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Jezz Burning
 
 
 
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Dedicado a todas aquellas personas,

que cada noche me hacen olvidar,

la monotonía de la realidad.

Con todo mi cariño.

Introducción

La única luz provenía del interior de la cabaña de madera, rodeada de altos árboles que parecían rozar el cielo. Las ventanas y contraventanas, estaban abiertas de par en par con la intención de refrescar el abarrotado interior. La música y los vítores de los asistentes a la fiesta, se derramaba por todo el pequeño valle, e incluso los animales que lo habitaban, parecían compartir la dicha siguiendo cierto compás.

Dagda golpeaba un pequeño trozo de madera con su lanza Lug. El viento juguetón, se enredó entre sus ropajes de celebración haciéndolos bailar a un extraño son que sólo él entendió, susurrándole al oído palabras en una lengua ininteligible para los mortales. Excitado ante la primera revelación, se agachó para tomar un poco de tierra y olisquearla mientras alzaba sus ojos hacia el firmamento. La piedra Fal brilló en la oscuridad.

Sí, no había lugar a dudas, aquella era la pareja elegida. De ella nacerían sus amadas guardianas. Señoras de las tierras que él les ofrecería y que ellas se verían en la obligación de aceptar, llegado el momento, para incluso si fuera necesario, sacrificarse por el bien del equilibrio cósmico.

Con voz serena y profunda, conjuró el hechizo necesario para llevar a cabo lo que habría de llegar. Los cinco elementos reunidos. Los naturales; aire, fuego, agua, tierra. Y por último el que estaba fuera de todo conocimiento mortal, el oscuro.

1

El condado de Stone, que una vez fuera verde y frondoso, ahora se veía yermo y árido. Las entradas de las cuevas que hacían las veces de viviendas para sus tranquilos habitantes, y que por lo general estaban decoradas con guirnaldas de flores y plantas, restaban teñidos de negro por el denso humo de los incendios que habían arruinado el interior. Los oscuros troncos desprovistos de hojas se alzaban como tridentes salidos de las entrañas de la tan querida tierra. Pequeñas piras se alzaban danzantes por doquier, gritando a los cuatro vientos que el mal había hecho presa en la tierra, dañándolo todo a su paso. Todo lo verde y tierno había sido arrasado sin piedad.

Quieta, como una figura de piedra, Rhiannon observaba la destrucción a su alrededor sintiendo como la desolación, que primero había hecho hueco en su interior se transformaba en ira. Con los puños apretados a los costados y una mueca de furia en el rostro, la energía se concentró a su alrededor hasta que pequeños guijarros levitaron por encima de la planicie. Un temblor en la tierra hizo que las llamas de las hogueras que aún quedaban esparcidas por el terreno, comenzaran a disminuir en intensidad.

No podía creer lo que veía. Después de tantos años de paz y vida tranquila, de pronto se encontraba con aquello. Su salida hacia las entrañas del planeta, hacía varios días, se había desarrollado como siempre. Los niños y los ancianos le habían besado deseándole un buen viaje y una vuelta pronta. Las madres le habían provisto de alimentos suficientes, y los hombres, habían prometido proteger el poblado hasta su regreso.

Relajó los músculos y se concentró en buscar alguna señal de vida. De vez en cuando el movimiento de algunas cenizas que danzaban por el aire al igual que algunos esquejes de su propia cabellera, llamaba su atención haciéndole creer que encontraría a alguno de sus habitantes. No encontró nada. Parecía como si los pobladores de aquella tierra hubieran desaparecido con ella.

Un cambio en la atmósfera encendió una pequeña luz de alarma en algún lugar de su cerebro. Alerta, sintió en las yemas de sus dedos, como la agradable temperatura que reinaba en el lugar comenzaba a perder algunos grados y el aire se tornaba más denso y húmedo. Una pequeña llovizna inició su repiqueteo terminando el trabajo de apagar completamente cualquier resquicio del fuego destructor.

-Lluvia –pensó en voz alta, tranquilizándose-. Ceridwen.

Entre la fina cortina de agua, la figura de la conocida y querida mujer se acercaba a ella mientras las gotas comenzaban desaparecer. Era una bella joven, de estatura media y su largo y ondulado cabello ahora se veía suavemente aplastado enmarcando su rostro. Ataviada con una larga túnica negra de la que resaltaba un colgante con una piedra grande y azul, parecía que más que caminar, flotaba a unos centímetros por encima de la superficie.

-Hermana –dijo alzando los brazos hacia ella- Hermana mía.

Rhiannon la abrazó dándole la bienvenida. Hacía décadas que no veía a nadie de su familia y aquel día era el último que hubiera imaginado para que aquel encuentro sucediese. Como si también la maltratada tierra diera la bienvenida a la inesperada visita, pequeños y tiernos brotes emergieron lentamente de la tierra alrededor de ambas hermanas.

-No te preguntaré qué ha ocurrido pues en mi misma tierra hemos sufrido algo semejante.

-¿Quieres decir que el condado de Snow también ha sido asolado?

-Ciertamente así a sido. Snow ha sido centro de tremendos vendavales y ya te puedes imaginar los destrozos que han producido. No puedo decir quién ha realizado tan horroroso ataque pero durante mi viaje hasta aquí he oído rumores. Las nubes y las aguas hablan de miedo y terror.

-Tienes razón, la tierra también me avisó que algo extraño sucedía, por eso adelanté mi regreso de sus entrañas. Es como si me hablaran de horrores futuros. No acabé de comprenderlo hasta que llegué aquí –terminó de explicar Rhiannon. Miró a su hermana con la alegría del que vuelve a ver a un ser querido después de muchos años, con amor y dulzura en la mirada, la tomó por los hombros y prosiguió-. Pero acompáñame, vallamos a un lugar más abrigado, mi cueva no está lejos y aunque no sé en qué condiciones la encontraremos al menos nos resguardará de la intemperie.

Caminaron en silencio una al lado de la otra, aún cogidas de la mano, como si ambas temieran perder la compañía de la otra al romper el contacto. Aunque había pasado mucho tiempo sin recibir noticias de sus familiares, hacia Ceridwen quizá sentía un acercamiento especial.

Eran las pequeñas de cinco hermanas y ellas dos habían sido las que trajeran de cabeza a las tres mayores. Las maquinadoras de experiencias, a cual más peligrosa, aunque para ellas excitantes.

Le fue imposible no recordar aquellos tiempos en los que corrían alegres por los bosques, sin pensar en los peligros que pudieran albergar, haciendo gala de sus poderes sin preocuparse en nada, a excepción de la diversión que ofrecían. Rememoró las incontables veces en las que, Easter y Melilot, habían corrido tras ellas intentando alcanzarlas sin recurrir a sus propias energías por miedo ha hacerles un daño irreparable. Nemain, la que por nacimiento se encontraba delimitando las edades de las adultas y las niñas, jamás había sido dada a semejantes correrías. Su mundo era muy diferente al de las otras cuatro.

Cinco mujeres, cinco poderes, las cinco puntas de una estrella. La estrella de Dagda, la que guarda el equilibrio de la energía cósmica.

Sorteando piedras y montones de cenizas húmedas llegaron a la cueva en pocos minutos. En la entrada, de la que tan sólo unos días atrás colgabas verdes y exuberantes helechos, ahora tan sólo encontraron negruzcos tallos quemados.

-Oh, hermana, mira esto. –comentó tristemente Ceridwen tomando cuidadosamente uno de ellos sobre las yemas de sus dedos. -¿Crees que volverá a vivir?

Rhiannon posó su mano durante un instante sobre la oscura y maltratada tierra, justo al lado de brote del helecho quemado, a su alrededor comenzó a emanar una tenue luz que enseguida fue absorbida por el sustrato. Poco a poco, aquel maltratado esqueje, comenzó a reverdecer. Desde la raíz hasta cada una de las puntas de la gran planta, pequeñas y tiernas hojas verdes comenzaron a emerger como de la nada. Ceridwen animada con la magia de conseguir revivir de nuevo aquel símbolo de vida, se llevó las palmas de sus manos al rostro, y formando un pequeño círculo con sus labios, les sopló un beso que rápidamente se convirtió en una finísima llovizna que terminó el trabajo.

-Tan sólo es necesario no perder la fe.

-¡Rápido! –rugió Melilot azorada- ¡Haced una presa allí! ¡Vamos! ¡Moveos!

Una golpe de agua la azotó en la cadera haciendo que perdiera el equilibrio por un instante.

-¡Maldita sea! –rugió furiosa.

Afianzó de nuevo los pies y volvió a tomar un gran tronco entre sus manos para colocarlo sobre los otros que ya estaban apilados.

La tierra de Sizzle estaba siendo azotada por un extraño temporal. El condado, situado en el volcán del mismo nombre, había gozado hasta la fecha de un cálido clima. Jamás antes había ocurrido nada parecido al desastre al que se estaban enfrentando en aquel momento.

Habían conseguido salvar las cabañas de los aldeanos. Por el emplazamiento, era lógico que aquella fuerte lluvia se acumulara en el centro mismo de la boca del volcán. Al principio Melilot no le había dado la menor importancia pensando que cesaría, pero no había ocurrido así, sino que se había vuelto más fuerte y persistente, hasta rebasar el límite de lo racionalmente recomendable.

Volvió a encorvarse para tomar otro tronco cuando su colgante, rojo como sangre, salió hacia afuera y brilló. Aún con escasa luz en los cielos, la piedra emitió un intenso fulgor que iluminó unos centímetros del espacio a su alrededor.

-Esto no es normal –se dijo pensativa-. Esta lluvia es extrañamente intensa y está durando demasiado para estas tierras.

Sin duda algo que escapaba a la naturaleza y a su razón estaba produciendo aquello. En un instante le acudió a la mente Nemain, ella debía tener la respuesta. Sin pensarlo dos veces, se irguió y corrió tanto como sus doloridas piernas le permitían hacia el borde del volcán. La fuerte lluvia le nublaba la vista y el corazón le martilleaba en el pecho amenazando con salírsele. Cuando por fin, boqueando llegó a su meta, tomó un trozo de piedra volcánica, el carbón de sus dominios. Con él en una mano y su propia piedra en la otra, las unió e invocó a su hermana, mientras luchaba por evitar que el agua se colara en su boca al hablar.

-Yo Melilot, guardiana del fuego eterno y señora de Sizzle, por el poder de la llama y la oscuridad, te invoco a ti Nemain, guardiana de las frías tinieblas y señora de Shadowearth. Acude presta a mi súplica de ayuda, obligada por los lazos de la sangre que nos une.

De la unión de ambos materiales surgió una gran luz roja que en un parpadeo se tornó purpúrea hasta convertirse en un denso humo negruzco que ni siquiera la insistente lluvia logró hacer desaparecer. Esa columna deforme flotó a su alrededor, mientras la guardiana del fuego la seguía atenta con la mirada, hasta colocarse justo frente a ella. Poco a poco comenzó a dibujarse una figura humana, alta y extremadamente delgada, un cuerpo de mujer. Un tiznón de aquel vapor negro se convirtió en una espesa cabellera flotante contradiciendo así las leyes de la madre natura. De su cuello colgaba una piedra similar a la suya pero de un negro profundo y misterioso. Melilot observó atenta como unos rasgos faciales, de aquello que había sido una masa informe, empezaban a perfilarse hasta que reconoció en ellos a su hermana.

Con un educado gesto la saludo y esperó a que fuese ella quién hablara primero.

-Presiento que mi llamada no ha sido por cortesía.

-Así es Nemain, necesito de tu sabiduría.

-No es a mi a quién necesitas, no en este momento –contestó rotundamente-. Acude a Skyland, encuentra a Easter. Otras dos de tus hermanas comenzarán su camino hacia Dagda en breve.

-Gracias Nemain, así haré.

2

Adivinó un cielo cubierto de nubes a través de los cristales. Empañados por el calor que reinaba en la habitación, no estaban completamente transparentes como solía mantenerlos. Con algo de hastío en la mirada, volvió a observar a su acompañante.

-Ah ¿aún estas ahí? –le dijo con desdén- Podrías tener un poco de orgullo y marcharte. Después de esto...

-Lo siento Easter, no sé que me ha ocurrido –se disculpó el hombre-. Sabes que jamás antes me había sucedido. Deben ser los nervios, sabes que el nuevo negocio no marcha precisamente bien y estoy preocupado....

-¿Que lo sientes? –le cortó-. Con sentirlo no me basta Goneri, espero una compensación –continuó con la mirada maliciosa.

-¿Una compensación? Y ¿se puede saber en qué estas pensado?

-En nada en concreto, la verdad –dijo apartando los ojos de él para quitarle importancia. –Sorpréndeme.

-¿Ahora?

-Sí, ahora. Claro que ahora. ¿No conoces ese refrán de no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy? Además me lo merezco después del gatillazo –respondió con fiereza.

-Bien. De acuerdo, lo haré. –una sonrisa perversa apareció en los labios de la mujer-. Pero la verdad, no sé que esperas de mi.

-Adelante.

Goneri respiró hondo, aquella mujer era tremendamente sexy, el problema es que ella lo sabía y eso era lo peor. Se contaba de ella que era capaz de hacerte tocar las estrellas y él mismo podía corroborarlo, pero también podía aplastarte como un simple gusano si no la satisfacías como ella esperaba. Estar a la altura esa noche le costaría mucho, estaba demasiado nervioso. Se sentía como a punto de pasar un examen.

Y no se equivocaba. Easter no soportaba que un hombre no respondiera como tal. Sabía que muchos la deseaban, que podían hacerle pasar un buen rato entre las sábanas y no estaba dispuesta a perder un tiempo precioso con aquel cretino. Dejó que él se acercara y comenzara a besarla. Ella respondió a los besos sin mucho interés, esperando algo más de su parte.

El hombre trató por todos los medios de excitarla, ahondando más el beso y empezando con leves caricias incitadoras. Easter las tomó como un torpe intento de recuperar algo que no había conseguido terminar hacía tan sólo unos minutos. Posó una mano en el hombro de Goneri y lo apartó con fuerza.

-Vístete y vete.

-Pero Easter...

-Hazlo.

Goneri tomó sus ropas y cubrió su cuerpo rápidamente mientras Easter, vestida tan solo con una bata de un fino y rarísimo tejido que ni siquiera se tomó la molestia de cerrar para ocultar su desnudez, se incorporaba de la cama y caminaba unos pasos hasta el mueble que hacía las veces de aparador. Tomó una copa de la que bebió un pequeño sorbo y se giró para mirarlo con los brazos cruzados.

-La próxima vez.. –prometió el hombre una vez debidamente vestido.

-No habrá una próxima vez –dijo Easter cortante.

Con la mirada clavada en ella, observó como se acercaba a la puerta y la abría para invitarle a salir. Goneri no sabía que decir, estaba abrumado. Ninguna mujer se atrevería a hablarle a un hombre como Easter lo estaba haciendo. Pero ella no era cualquier mujer, era la señora de Skyland, tenía poder, fuerza y una fuerte personalidad. Era capaz de luchar contra cualquier hombre y ganarle sin necesidad de usar su magia. No era el primero, ni sería el último, que Easter rechazara, así que reunió el poco orgullo que le quedaba y salió de la casa sin decir nada más.

Easter cerró la puerta tras la salida del hombre y al momento olvidó lo sucedido. Su interés se centró de inmediato en algo que llamó su atención desde el otro lado de la pequeña casa.

Tomó su boomerang de tres puntas del clavo donde solía colgarlo para tenerlo siempre a la mano, y con un ademán hizo que una ráfaga de viento abriera las ventanas de par en par. Los goznes chirriaron quejicosos. Los cristales temblaron y los marcos emitieron un sonido de madera crujiente al chocar violentamente contra los sólidos muros de piedra.

Agachada, caminó unos pasos para acercarse a la abertura y con su arma en la mano, calculó la fuerza necesaria para que saliera despedida a través de la ventana y acertara en aquello que había causado el origen de su incomodidad. Su intuición jamás se equivocaba y estaba completamente segura de dar en el blanco. Lazó el boomerang. Justo en aquel momento, otro sonido que cortaba el viento se hizo evidente y su arma quedó clavada en la madera del marco de la ventana con tal fuerza que volvieron a chocar ruidosamente.

-¿Pero qué ...? –dijo arrancando la flecha que había conseguido parar su poderosa arma arrojadiza. En cuanto la suficiente luz incidió sobre ésta, reconoció la punta metálica incandescente. Nadie más podía moldear algo así pensó sonriendo y corrió hacia la puerta para abrirla.

-¡Melilot! –exclamó riendo mientras abrazaba a su hermana utilizando sus brazos como cepos.

-Basta Easter vas a ahogarme. –se quejó riendo a su vez.

-Lo siento pero me alegra mucho verte después de tanto tiempo. Dime ¿qué te trae por aquí? –dijo aflojando el abrazo pero sin soltarla del todo.

-Si me permites entrar te lo cuento, en estas tierras hace un frío del demonio.

-Claro adelante.

Melilot entró cerrando la puerta tras de sí y echó un largo vistazo a su alrededor.

-Dime una cosa Easter, ¿para qué diablos quieres una chimenea si no la utilizas? Esta casa está helada –y sin más comentarios alzó su mano hacia el rincón donde una pila de madera, colocada para tal fin, reposaba seca y lista. En un abrir y cerrar de ojos, un brillante y alegre fuego comenzó a chisporrotear.

-¿Pero qué dices? Está caldeadísima, además lo hubiera estado incluso más si no te hubieras presentado de esa forma tan poco elegante.

-¿Cómo? –preguntó Melilot con un rictus serio-. Tu recibimiento si fue poco elegante, ¿siempre recibes a una hermana lanzándole tu arma? -no esperó a que Easter respondiera, pues se arriesgaba a presenciar uno de sus estallidos de mal humor, y antes de que eso sucediera debía encauzar sus pensamientos a otras cuestiones más importantes-. Nemain me dijo que viniera a reunirme contigo.

El semblante de Easter cambió por completo. Nemain, pensó. Desde que el mismo Dagda les otorgara las tierras no había vuelto a saber de ella. Había tenido noticias de sus otras tres hermanas, casi siempre saludos y buenos deseos durante las celebraciones del Imbolc, el Beltane, el Lugnasad y el Samain. Pero Nemain siempre había permanecido en silencio.

-Por favor, toma asiento y cuéntame.

Acomodadas en torno a la redonda mesa, Melilot relató en pocos minutos el desastre que había asolado sus tierras y como había luchado con todas sus fuerzas para impedir que las fuertes lluvias arruinaran el poblado.

-Al menos hemos conseguido que no hubieran bajas humanas.

-Es extrañísimo pero las aves, que por lo general habitan entre las copas de los árboles donde mi gente hace sus hogares, han desaparecido por completo. Y ahora que lo dices, yo he notado pequeños temblores en la tierra. Al principio sin importancia pero últimamente aunque muy suaves han ocurrido con asiduidad.

-Te recomiendo que informes a tus súbditos para que puedan huir a tierras más bajas y fuera de peligro.

-¿Crees que todo esto lo está causando alguien?

-Espero que no, pero tengo ganas de hablar con Ceridwen y Rhiannon para poder salir de la duda. Ellas mejor que nadie, podrán darnos una pista sobre lo que les ha sucedido al agua y a la tierra en estos días.

-¿Qué sabes de ellas?

-Poca cosa, tan sólo que están de camino a Dagda. Nemain cree conveniente que nos reunamos allí.

-Bien, partamos de inmediato.

Después de que Easter modificara su atuendo adaptándolo para el viaje, salieron al exterior.

Mientras ésta revisaba cada uno de los conjuros que debían mantener su casa a salvo de ladrones y curiosos, Melilot, abrazada a sí misma como para alejar el frío, dejó que sus ojos vagaran sobre el valle iluminado por la luna que se extendía muchos metros más abajo.

-¿Bonito verdad? El río parece plata líquida.

-La verdad es que gozas de excelentes vistas desde aquí.

-Tranquila que aún podrás gozar de algunas mejores mientras nos desplazamos.

-¿Que quieres decir?

-¿No dijiste que Ceridwen y Rhiannon ya habían comenzado su camino hacia Dagda? Pues seguro que deben estar llegando a la ciudad, así que nosotras como buenas hermanas que somos, no dejaremos que nos esperen demasiado tiempo- explicó mientras con sus manos trazaba intrincados dibujos en el aire.

De pronto un fuerte viento comenzó a soplar con movimientos circulares, Easter colocó su mano justo en el centro de la suave pero insistente rotación, separando unas capas como si de una cortina de agua se tratara, mientras tomaba a Melilot por un brazo.

-Vamos Melilot, de esta forma llegaremos en un periquete.

-Sí pero ¿en qué circunstancias? –comentó Melilot con gesto de disgusto mientras su hermana la instaba a entrar con un reto en su mirada- Está bien Easter por esta vez será a tu manera –claudicó aunque no muy convencida.

Para ir desde las tierras de Rhiannon hasta Dagda de la forma más rápida, era como en todo trayecto, respetando la línea recta.

Habían caminado durante unas pocas horas y a lo lejos ya se distinguían las construcciones más altas aun siendo de noche.

Dagda, centro mismo de lo que a los aldeanos les había dado por llamar el área cósmica, se hallaba a medio camino entre Stone y Skyland, la tierra que regentaba Easter. El porqué habían dado ese nombre a aquella zona, era algo que escapaba al entendimiento de los jóvenes. Los hombres y mujeres de edad avanzada solían enmudecer cuando, alguien de más corta edad, preguntaba guiado por la curiosidad que acompaña el desconocimiento. Aun así, ellos mismos también habían aceptado ese extraño nombre y lo usaban para denominarlo.

-Hacía largo tiempo que no pisaba estas tierras –comentó Rhiannon- y sin embargo parece que fue ayer, no ha cambiado nada.

-El tiempo tiende a afectar mucho más a las personas, parece que guarde su terrible influjo tan solo para los vivos.

Después de que Ceridwen hiciera ese comentario al que Rhiannon no supo que responder, caminaron en silencio. El sol ya comenzaba a despuntar cuando ante ellas se desplegó la belleza de Dagda en todo su maravilloso esplendor. Tan sólo algún que otro trino, de una tardía ave nocturna, acompañó con música el andar.

Descasaron sentadas y apoyando la espalda sobre el grueso tronco de un viejo árbol. Siempre lo habían recordado allí mismo, alto y regio, dominando desde una suave loma, toda la extensión de la ciudad.

Incluso cuando era el blanco astro el que aún dominaba el cielo, se veía llena de poder, de riquezas y de una actividad incomparable. Todo aldeano que poseyera una virtud para trabajar con sus manos cualquier material, obtenía su recompensa allí. Los jóvenes que se dejaban llevar por el amor a las artes interpretativas, se veían aceptados y vitoreados por los espectadores de Dagda. Otros, los que se dejaban atrapar por la belleza de los bailes de sociedad, y el vaivén de las gentes ociosas cuyo único entretenimiento era el diálogo sobre la vida de otros, también tenían cabida. Todo era posible en Dagda, buen sitio para los negocios de cualquier clase, incluso aquellos catalogados como pocos ortodoxos, y también para el descanso y el turismo.

En cuestiones puramente estéticas también era la envidia de muchas ciudades. Con una arquitectura escandalosamente llamativa, sus edificios principales y más importantes estaban bañados por finas capas de oro que relucían cuando el sol reinaba en lo alto. Una joya dorada entre los bosques de la planicie.

Una leve brisa se enredó entre los largos cabellos de Rhiannon haciéndolos levitar unos instantes.

-Que agradable –comentó cerrando los ojos y dejando que la sensación se apoderada de ella por entero.

Poco a poco la brisa fue tomando velocidad hasta convertirse en viento.

-Tienes un gusto un tanto extraño, yo diría que más que agradable es incómodo.

Efectivamente el suave juguetear del viento con su pelo se había convertido en verdaderos azotes contra el rostro.

-¡Ceridwen, esto ya no es normal! –gritó Rhiannon para hacerse oír por encima del fuerte silbido del aire.

-¡Al fin estamos de acuerdo en algo! –respondió igualmente a gritos mientras luchaba por apartarse los cabellos de los ojos. Algo llamó su atención en el cielo- ¡Mira! –llamó a su hermana indicándole hacia lo alto en el horizonte.

Rhiannon se recogió el cabello en la nuca, manteniéndolo allí ayudada con una mano, y clavó sus ojos donde Ceridwen le indicaba. Una especie de torbellino ventoso se acercaba a ellas con algo borroso en su interior. Parecía increíble que un apacible amanecer como el que habían estado disfrutando, se hubiera tornado en algo tan bestialmente incontrolable. Aquella turbia mancha se acercó a ellas hasta que rozó el suelo soltando lo que contenía. Cuando la tierra y la pequeña gravilla volvieron a su lugar, aposentándose de nuevo, ante ellas se irguió la figura de Easter, y a sus pies, frotándose el dolorido trasero, Melilot.

-¡Niñas! –gritó la mayor de las hermanas mientras corría hacia ellas para abrazarlas.

Abarcó en sus brazos a ambas mujeres y las cubrió de besos.

-¡Cuando dejéis de besuquearos y haceros arrumacos venid a ayudarme! –exclamó Melilot desde atrás mientras se ponía en pie.

-¡Oh Melilot! Te falta ejercicio hermana ¿quién hubiera pensado que tú no serías capaz de controlar el aterrizaje?

-Perdona Easter pero creo que quién controla el viento eres tú no yo. La próxima vez que tengamos oportunidad dejaré que controles tú un río de ardiente laba. –respondió mordaz.

La risa de las otras tres consiguió que el serio rictus se transformara por fin en una maravillosa sonrisa que iluminó sus ojos.

-Venid aquí pequeñas, os he echado de menos –le dijo con una resplandeciente sonrisa.

3

El salón principal de recepciones estaba completamente desierto. Las luces que iluminaban la estancia se reflejaban en el pulido suelo, de forma que parecía hecho de cristal, cuando en realidad, era de piedra maravillosamente trabajada. Las paredes cubiertas de hermosos mosaicos que representaban bellos paisajes boscosos habitados por extraños animales mitológicos, parecían cobrar vida propia cuando se los miraba atentamente.

El repiqueteo de los pasos de las cuatro visitantes, sonaban reverberando en la sala, consiguiendo que, para aquel que estuviera privado de la vista, pensara que acababa de entrar un buen número de personas.

La gran puerta dorada que separaba el salón principal de la sala privada de Dagda, estaba cerrada a cal y canto. Ceridwen alzó la cabeza para mirarla de arriba a abajo, siempre se impresionaba con aquella entrada. Irracionalmente tomó entre sus dedos la piedra Fal y la ocultó entre sus ropajes. Aquellas piedras se las habían proporcionado el mismísimo Dagda, y siempre que se encontraba cerca del hombre, Ceridwen sentía como si a través de aquel amuleto él pudiera mirar dentro de sus pensamientos, algo que no le gustaba en absoluto. Sus pensamientos eran suyos y de nadie más, a menos que ella quisiera compartirlos.

-Es extraño –comentó Melilot.

-¿Qué te extraña? –preguntó Easter colocándose en guardia y con la mano en su arma.

-Que la puerta esté cerrada. Dagda no suele hacerlo. –dijo perspicaz.

-¿Quizá esté haciendo algo importante? O simplemente no esté. –apuntó Rhiannon observando también el franqueado paso.

-Puede ser –concedió Melilot aunque no muy convencida.

Easter se adelantó resuelta y alzando el puño llamó un par de veces.

-Así saldremos de dudas. A veces te pasas de precavida Mel.

-Y tú de lanzada –contestó picada- ¿no piensas nunca que quizá molestes?

-Prefiero actuar.

-Pues esas actuaciones tuyas nos han traído problemas más de una vez... –replicó Melilot.

-¿Queréis dejarlo ya? –dijo Rhiannon conciliadora- Pensé que con el paso de los años estas tontas disputas desaparecerían, pero veo que no habéis cambiado en absoluto -sonrió. Aunque Melilot y Easter tomaron la reprimenda como totalmente en serio, Rhiannon se alegraba en secreto de que sus hermanas siguieran siendo las mismas que recordaba.

Un crujido de goznes las alertó. Poco a poco una de las alas de la gran puerta se movió dejando el espacio justo para pasar, pero nadie se asomó a recibirlas. Las mujeres se miraron extrañadas de nuevo. ¿Y la servidumbre de la que Dagda siempre se rodeaba?

-Deberíamos llamar a Nemain, supongo que Dagda agradecerá que estemos todas presentes.

-Hazlo –dijo Easter.

-No es necesario –la voz de Nemain le llegó desde lo alto. Una neblina negruzca, flotaba a unos palmos sobre sus cabezas, de la que comenzó a dibujarse el perfil del conocido rostro-. Melilot hizo un buen trabajo cuando me conjuró la última vez. Tus dotes han mejorado con los años adquiriendo fuerza y poder. Mis más sinceras felicitaciones hermana.

-Gracias Nemain.

-Bueno ya tendréis tiempo de hablar sobre ello ¿entramos? –preguntó Easter casi desapareciendo ya tras la abertura de la puerta.

Una tras otra penetraron en el lugar mientras Nemain adquiría su condición corpórea por lo que fue la última en entrar. La sala privada de Dagda, estaba tal y como la recordaban.

Una amplia estancia decorada en un tono rojo muy apagado salpicado de motivos dorados. En el piso, realizado en la más noble madera, traída especialmente de Hokhno para embellecer el lugar, se reflejaba la luz proveniente de las amplias ventanas acristaladas usando coloridos detalles. Hermosas sillas de tres patas y sillones cubiertos por magníficos tapizados, suntuosas alfombras del mejor tejido cubrían el suelo bajo exquisitas mesas con intrincados relieves. Al fondo, el gran escritorio, cubierto por extraños utensilios de los que tan sólo el mismísimo Dagda conocía su uso concreto. Y tras éste, el sillón desde donde el sabio regía toda la extensión de sus tierras.

Unas voces les llegaron desde la izquierda, al fondo de la habitación, llamando su atención.

-¡Ah queridas! Por fin habéis llegado. –el tono dulce y tranquilo del anciano las recibió. Junto a él, una hermosa mujer de cabellos inusualmente cobrizos y unos profundos ojos oscuros–. Permitidme que os presente a Bethame, heredera de las tierras de Hona’b.

Los bellos labios de la mujer se abrieron para ofrecer una preciosa sonrisa de bienvenida. Rhiannon fue la primera en adelantarse para tomar su mano y así saludarla personalmente.

-Encantada Bethame, es un placer. Yo soy Rhiannon, regente del condado de Stone.

-Lo mismo digo.

-Easter, condado de Skyland.

-Encantada.

-Melilot, condado de Sizzle, bienvenida a Dagda.

-Gracias Melilot.

-Ceridwen, regente del condado de Snow.

-Un placer.

Nemain se había quedado en el otro extremo de la sala, absorta en sus propios pensamientos, observaba la lanza Lug de Dagda, apoyada como olvidada, junto a uno de los sillones.

Aquella arma, inusitadamente singular, dorada en su totalidad con incrustaciones de piedras preciosas en ambos lados, había sido creada con dos virtudes. Dos poderosos dones. Por un extremo podía dar la vida en todos sus aspectos, y por el otro, la muerte. No era un bastón cualquiera para dejarlo reposar sobre la pared.

-Perdona a nuestra hermana Nemain, no es muy dada a las celebraciones ni a las reuniones sociales –comentó Rhiannon.

-¿Le ocurre algo a tu lanza, Dagda? –preguntó Nemain sin despegar los ojos del arma.

-No –respondió este extrañado-, ¿por qué lo preguntas?

-Simple curiosidad –comentó Nemain tomándola para observarla más de cerca. En cuando los dedos de Nemain rozaron la larga barra metálica, esta brilló enérgicamente para después ir perdiendo intensidad-. Creo que alguien que no debía a puesto sus manos sobre ella. Supongo que sabes el riesgo que corres al dejarla al alcance de cualquiera.

-Vamos Nemain –rió Dagda-, sabes perfectamente que no todo el mundo puede tomarla.

-Sí lo sé. ¿Qué tema querías tratar con nosotras Dagda? –preguntó esta vez volviéndose hacia él.

-Por favor, sed tan amables de acompañarme hasta mi mesa y allí os pondré al corriente –respondió dirigiéndose a todas las presentes-. Pero antes, creo que vosotras mismas tenéis algo que contarme ¿no es así?

-Efectivamente –contestó Melilot, mientras Dagda tomaba asiento tras la hermosa mesa-. Nuestros condados han sido arrasados de una forma que, sinceramente Dagda, me hace pensar que lo han hecho para que creyéramos que nuestras propias hermanas tenían algo que ver. Sin ir más lejos mis propias tierras han sufrido un tremendo aluvión digno de los poderes de Ceridwen, aunque sé perfectamente que ella no ha tenido nada que ver. Asimismo, las tierras de Rhiannon sufrieron debido al fuego, las de la propia Ceridwen arrasadas por el viento y en el condado de Skyland han registrados movimientos de tierra.

-Sí querida Melilot, he tenido conocimiento de todo esto que me cuentas y también sé quién ha sido el causante.

-Pues dínoslo inmediatamente para que podamos ir a visitarle y ajustar cuentas –siseó Easter tomando ya su boomerang entre los dedos.

-No es tan sencillo querida Easter –respondió Dagda con una sonrisa-, dejadme que os explique y comprenderéis enseguida.

-¿Has contratado recientemente a algún sirviente nuevo, Dagda? –preguntó Nemain aún con la lanza Lug entre sus manos, el hecho de que alguien hubiera intentado arrebatarla la trastornaba. Por muchos era bien sabido que aquella lanza tan solo podía ser empuñada por Dagda o por ella misma.

-Pues no que yo sepa Nemain, pero como supondrás no es algo de lo que yo me encargue, aunque no te quepa duda que me informaré sobre ello debidamente-. Dagda sonrió y procedió a explicar el tema que les interesaba –Hace ya unos días, Fenrik, el señor de las tierras negras, me visitó para solicitarme la mano de Bethame.

-¡No puedo creerlo! –intercedió Ceridwen, aunque al notarse observada por todos los presentes volvió a enmudecer al instante, para seguir escuchando al hombre.

-Pues así es hija mía. Y si lo pensáis un momento enseguida entenderéis el porqué, Bethame es, como ya os he dicho, la heredera de las tierras de Hona’b –explicó haciendo un breve asentimiento de cabeza en dirección a la mujer- Según los textos de Oalab, guardados en la cámara secreta del palacio de su padre, estas tierras guardan en su interior un gran poder que en manos de Fenrik podría ser terrible.

-Pero es bien sabido que los textos de Oalab, están escritos en clave, no sería nada fácil utilizarlo como guía para localizar ese poder ¿verdad? –preguntó Melilot perspicaz.

-Te equivocas Melilot, aunque los textos están escritos en clave, para alguien tan versado en el tema como Fenrik, no sería nada complicado descubrir el emplazamiento exacto. Por ello es que me negué en rotundo a entregársela.

-Por supuesto, no podría ser de otro modo –asintió Rhiannon.

-Pero como sabéis, Fenrik no es un hombre que se amedrente fácilmente, y por supuesto, todo lo que han sufrido vuestras tierras tiene su origen en esto.

-¡Maldito sea! –exclamaron Easter Y Melilot a un tiempo.

-El caso es, que todo a llegado a oídos del padre de Bethame, quién ha proporcionado a ésta la sabiduría de los antiguos textos. Riwall tiene la esperanza de que con ellos Bethame, pueda reducir a Fenrik, y terminar así con la batalla que llevan manteniendo desde hace décadas.

-¿Y de qué se trata esa sabiduría tan poderosa? –preguntó Rhiannon interesada.

-Bethame, nació con la señal y ha sido desde muy temprana edad, educada en las artes de la Wicca.

Nemain, quién aunque escuchaba las palabras de Dagda, había mantenido hasta entonces más interés en la lanza Lug, levantó el rostro para mirar a la mujer de cabellos cobrizos, con ojo crítico. Bethame, notó al instante el escrutinio al que Nemain la estaba sometiendo y soportó su intensa mirada hasta que no tuvo más remedio que clavar los ojos en el suelo. La sensación de que estuvieran leyendo en su interior, y que éste le revelara a aquella extraña criatura todos sus secretos, no le gustó y no pudo por menos que cortar el contacto visual.

-Bien, Dagda y ahora que todo está solucionado, ¿qué tenemos nosotras que ver con todo esto?

-Os he citado aquí porque necesito que escoltéis a Bethame, hasta Fenrik.

-¿Qué? –preguntó Ceridwen con los ojos abiertos, incrédula.

-¿Te has vuelto loco Dagda? –preguntó Easter- No sabes lo que nos estás pidiendo. Ir a las tierras de aquél que ha producido tanto sufrimiento y trabajo en las nuestras para llevarle a su mujercita, no es una petición natural. No puedes pedirnos eso Dagda, yo misma lo ensartaría con la espada de Rhiannon si tuviera la más mínima oportunidad.

-Recuerda, querida Easter que Bethame, es llevada con la intención de terminar con él –hizo una pausa y prosiguió-. Escuchad mis queridas niñas, yo mismo he pensado en todo esto y creo que la seguridad de Bethame, en estas circunstancias es primordial, y no hay nadie mejor que vosotras para ese trabajo. Por favor, pensar en el bien que haremos a todos los condados y por supuesto al equilibrio cósmico. Fenrik no debe apoderarse, bajo ningún concepto, del poder que esconde las tierras de Hona’b.

-Aun no sabemos con certeza cual es ese poder –apuntó Nemain.

-Knatock –respondió Bethame quién había permanecido en silencio hasta aquel momento -el antipentáculo.

Aunque todas habían oído hablar de aquel objeto ninguna lo había visto jamás. Knatock, era una leyenda en sí mismo, pues se decía que el antipentáculo había dado origen al mismísimo Dagda.

Al igual que el propio Fenrik. También se contaban muchas historias sobre él, aunque la mayoría de ellas jamás se habían podido contrastar con la verdad. Muchos habían oído hablar y habían sufrido en sus propias carnes sus actuaciones, pero pocos habían gozado de su presencia y habían vivido para contarlo. Por las habladurías de las gentes, tampoco podía tenerse a ciencia cierta una idea de la imagen de este. Unos lo pintaban como un hombre rayando la vejez, propietario de una poblada barba blanca, mientras otros relataban las proezas de un poderoso regente, al que los dioses habían dotado de una belleza extraordinaria.

Lo que Fenrik pretendiera apoderándose de aquel objeto era algo que tan sólo podían imaginar.

-Sabemos muy poco referente a ese objeto –comentó Melilot, exponiendo en voz alta lo que el resto pensaba –ni siquiera tenemos la seguridad de que exista realmente.

-Existe Melilot –aseguró Dagda-, si no fuera así Riwall jamás enviaría a su única hija para protegerlo. Bethame es la heredera de Hona’b, y como tal, su sucesora en el trono.

-Bien –dijo Easter-, ya está todo dicho. Si ese objeto es tan poderoso como las leyendas cuentan está claro que en manos de ese pretencioso de Fenrik sería causante de muchas desdichas, así que debemos hacer lo que se nos pide –terminó, más para convencerse a si misma que para resumir los hechos.

-Estoy de acuerdo –convino Rhiannon- si está en nuestra mano la seguridad de Bethame, no podemos negarnos. ¿Qué opinas Ceridwen?

-Que así sea y que la sabiduría de los antiguos nos acompañen –aceptó con seriedad y en seguida volvió a hundirse en sus propios pensamientos.

-Y en el caso de que estos nos fallen, siempre podréis contar conmigo –comentó Nemain mirando directamente a Dagda.

4

Atrás había quedado la bulliciosa ciudad. La abandonaron cuando la actividad empezaba a hacerse patente, y las calles comenzaban a llenarse de turistas, comerciantes que montaban sus tenderetes y mostraban los últimos souvenirs, vendedores que a voz en grito, pregonaban las maravillosas propiedades curativas de su último descubrimiento y en general, el incesante ir y venir del variopinto gentío que la poblaba.

Nemain, tras salir del palacio de Dagda, había vuelto a desaparecer sin advertirlas sobre ello. Era habitual, en la hermana más extraña, ese tipo de proceder. Ya estaban acostumbradas a que se marchara de aquella forma. Tan sólo Bethame tuvo la intención, en un momento dado, de comunicarlo, pero advirtió que todas ya lo habían notado y decidió dejarlo estar con un encogimiento de hombros.

De nuevo en el punto donde se habían reunido, junto al centenario árbol que vigilaba la ciudad desde el alto plano, Ceridwen detuvo su caminar para mirar de nuevo la estupenda estampa de Dagda iluminada por el sol. Los rayos del astro rey incidían en los dorados palacios principales, reflejando la luz con intensidad. Sin poder evitarlo, pensó en sus tierras cuando el sol se reflejaba, exactamente igual, sobre las casas de hielo construidas con esfuerzo por sus habitantes, consiguiendo el efecto visual de la contemplación de diamantes sobre un manto blanco aterciopelado.

-Vamos hermana –la animó Rhiannon rodeándola con sus brazos-, todas tenemos en mente nuestra tierra pero hay que pensar en el trabajo que tenemos por delante para el bien de nuestros súbditos y... de nosotras mismas.

-Tienes razón Rhiannon, pero no puedo por menos que sentir cierta culpa por todo lo ocurrido.

-Lo comprendo, todas albergamos un sentimiento similar, pero no debemos cerrarnos a él pues hicimos por nuestras propiedades tanto como pudimos, ahora es tiempo de luchar por que el mal no adquiera mayor poder.

-Eres muy joven Rhiannon, y posiblemente por más que yo te expusiera mis pensamientos jamás lograrías llegar a comprenderme –comentó más para sí que para su hermana-. Aunque sí, tienes razón, es hora de buscar soluciones –agregó más resuelta.

-Bien, me alegro de oír eso –sonrió Rhiannon y la acompañó en el caminar hasta alcanzar al resto.

Ya era bien avanzado el medio día cuando comenzaron a sentir la necesidad del descanso y los alimentos. Decidieron detenerse bajo un grupo de árboles que ofrecían una estupenda sobra para resguardarse de un sol de justicia, que en aquel momento, azotaba el camino. Mientras Rhiannon y Ceridwen acompañadas de Bethame, reunían leña para la hoguera con la que cocinarían los alimentos, Easter y Melilot desaparecieron con la intención de atrapar alguna buena pieza que les saciara el apetito.

-¿Y tú que opinas de todo esto Bethame? –preguntó Rhiannon ante el silencio reinante, después de unos largos minutos recogiendo ramas y pequeños troncos.

-Que Dagda tiene razón y no debemos permitir que Fenrik se apodere del Knatock. –respondió mientras recogía una nueva rama.

-No me refería a eso exactamente. Te preguntaba sobre que piensas de que tu propio padre te envíe a la guarida de Fenrik. Es como si te empujaran a la boca del lobo ¿no crees? –volvió a preguntar mientras ayudaba a Ceridwen a recoger un grueso tronco que mantendría vivo el fuego durante un buen rato.

-Bueno –comentó como quitándole peso al asunto, aunque mirando a Rhiannon indirectamente-, podríamos decir que a vosotras os han hecho prácticamente lo mismo ¿no? Tengo entendido que Dagda es algo así como un segundo padre para vosotras. De hecho es lo único que sé acerca de vuestra relación, ya que él mismo me lo dijo la tarde en la que nos presentaron, y después de todo, ha sido él quien os ha encomendado acompañarme.

-Sí –respondió Rhiannon mientras miraba fijamente a Ceridwen, quién había clavado sus ojos directamente en los de su hermana al oír la respuesta de Bethame-. Aunque también es cierto que no solamente lo hacemos por acompañarte. Fenrik ha infringido mucho daño a nuestras tierras.

-¿Quieres decir que tenéis pensado hacer algo más que protegerme Rhiannon? –preguntó Bethame, irguiéndose y mirando a sus compañeras de viaje directamente.

-Aun no sé nada con certeza, pero ten la seguridad de que ni Easter ni Melilot dejarán pasar cualquier oportunidad que tengan de arreglar cuentas con ese malnacido.

-Efectivamente, y por supuesto yo tampoco –añadió Ceridwen quién había permanecido en silencio durante toda la conversación.

Bethame no dijo nada más sobre el tema, recogió alguna pequeña rama más y se giró para encaminarse hacia el lugar donde habían montado el precario campamento. Ceridwen la siguió con la mirada. No estaba completamente segura del porqué, pero no le gustó la forma en que Bethame las había mirado cuando había planteado su última pregunta. Levantó la cabeza hacia el hermoso cielo raso. Tenía que tranquilizarse, no estaba bien juzgar a una persona nada más conocerla y era cierto que Bethame, había sido muy educada con ellas, mostrándose más que dispuesta a colaborar. Bajó de nuevo la cabeza y vio a Rhiannon ante ella, mirándola mientras le tomaba de las manos.

-Tan sólo está nerviosa –dijo Rhiannon adivinando los pensamientos de su hermana-. Después de todo, es normal. Su situación no es nada sencilla de sobrellevar. Sabe que soporta un enorme y desagradable peso sobre sus hombros y eso crispa los nervios de cualquiera.

Un par de kilómetros al norte, Easter y Melilot se encontraban agachadas tras unos tupidos arbustos, con la mirada fija en una pieza idónea para su objetivo, que pacía tranquilamente, ignorante de lo que acontecía a tan sólo unos metros. El animal, ajeno a cualquier otra cosa que no fuera comer, devoraba pequeñas flores y tiernos brotes con tranquilidad y parsimonia.

-Vamos Melilot, no lo pienses tanto –susurró Easter.

-Tranquila, sólo quiero asegurarme que está solo. ¿Ves desde aquí si es macho o hembra?

-¿Y qué más da?

-No quisiera matar a una hembra, eso es todo. Estamos en época de apareamiento y la mayor parte de las hembras en este momento están preñadas.

-¡Oh! Melilot, de todo tienes que hacer una montaña. Venga hazlo, estoy casi segura de que es un macho.

-¿Casi? No me sirve un casi.

-¡Sí lo es! –exclamó crispada.

La voz alzada de Easter, alertó del peligro al animal que escapó veloz para ocultarse en pocos instantes.

-¡Mira lo que has hecho! –exclamó Melilot enfadada e irguiéndose para estirar las piernas que ya sentía entumecidas –. ¡Has conseguido que la presa escapara con tus gritos!

-¡La presa ha escapado aburrida de esperar que la matases Melilot! –respondió poniéndose a la altura de su hermana- ¡De hecho me extraña que no se hubiera muerto tan sólo por ese motivo! ¡Por todos los Dioses!

-¡El animal hubiera huido igualmente por la escandalera que están formando tus tripas! ¡Es imposible ir a cazar contigo en este estado!

Aquella aseveración hizo que Easter estallara en risas por la verdad de las palabras. Carcajadas a las que Melilot no tuvo más remedio que unirse por la comicidad del momento.

En el campamento Ceridwen también reía observando como Rhiannon trataba de encender el fuego sin conseguirlo. La pequeña de las hermanas llevaba un buen rato frotando una rama contra un tronco infructuosamente.

-Si tanta gracia te hace ¿por qué no lo intentas tú?

-No es eso Rhiannon, ¿no crees que es más sencillo esperar a que venga Melilot?

Nada más terminar la frase escucharon las voces de ambas hermanas que bajaban la pequeña colina por la que se habían marchado, con algunas aves colgadas al hombro que se zarandeaban con el movimiento rítmico y apresurado de la pareja.

-Por fin llegasteis, vamos Melilot enciende el fuego, estoy hambrienta. –informó Rhiannon.

-Hubiéramos llegado antes si a nuestra naturista hermana no le diera por pensar en la sostenibilidad zoológica del área cuando tiene que cazar para alimentarse –comentó Easter con una sonrisa irónica en el rostro mientras Melilot levantaba su mano para ejercer el movimiento adecuado de prender los troncos apilados.

Al escucharla ésta, giró el rostro para perforarla con una mirada encendida. Por lo visto a Easter le costaba mantener quietecita aquella lengua mordaz.

-Easter querida ten mucho cuidado al comer estos maravillosos manjares que hemos cazado –comenzó Melilot con voz engañosamente dulce para terminar en un toco seco-, podrías morderte la lengua y envenenarte.

En pocos minutos los alimentos estuvieron preparados por Ceridwen y las cinco mujeres se sentaron para comerlos con apetito voraz.

Después de saciada la necesidad, Bhetame acomodó su espalda contra la rama gruesa de un árbol cercano que ofrecía una magnífica sombra, para descansar y reemprender un poco más tarde el camino.

-¿Qué es esa señal que tienes en el tobillo Bhetame? –preguntó Easter curiosa al ver una especie de tatuaje o lunar extraño y demasiado grande en su tobillo.

-¿Esto? –preguntó Bhetame sabiendo a qué se refería- Es la señal de las guardianas de los textos antiguos conocedoras de la sagrada magia Vicca. Es una marca mágica realizada por la suma sacerdotisa a su discípula.

-¿Quieres decir que ahora tú eres la sagrada sacerdotisa? –Preguntó Melilot.

-Aun no –rió Bheame- Sólo hay dos formas de asumir el cargo de sacerdotisa Vicca en mi tierra; demostrar que se es digna para el o esperar a que la sacerdotisa saliente desee retirarse. Y por el momento Amhatara creo que no tiene pensamientos de hacerlo.

-En cierto modo, supongo que es mejor ¿no? –comentó Easter, por lo que se ganó una mirada de advertencia de su hermana mayor-. Quiero decir que debe ser una responsabilidad enorme y es sabido que a nadie le gusta acarrear ese tipo de carga.

-Sí, supongo que tienes razón. –comentó Bhetame mientras volvía a reposar la espalda que había erguido para poder mirar los rostros de sus contertulias- pero cuando desde el nacimiento se te ha estado preparando para ello se ve de otra forma. Quiero decir, que no me da miedo ostentar el cargo, nací para ello. –terminó la explicación con una sonrisa.

Era tremendamente placentero estar allí tumbadas, sobre el suave y tierno manto verde que cubría la ladera de la colina, mientras el sol se dejaba entrever entre las hojas de los árboles que el suave viento acariciaba. El canto de algún que otro pájaro le llegó dulce a los oídos, como queriendo envolverlas con su trino y así ofrecerles una nueva sensación de bienestar.

-¿Descansando? Bien me uniré a vosotras, hay algo extraño sobre lo que debo reflexionar –comentó Nemain quién había aparecido de la misma forma en que se había marchado, silenciosamente y sin avisar. Sin añadir nada más, eligió un lugar algo más apartado del área que ocupaba el resto y se sentó.

Bhetame la miró interrogante. Le resultaba cómico que alguien como ella pudiera calificar como extraño algo.

-¿Siempre es así? –preguntó a Easter por lo bajo y refiriéndose a la recién llegada.

-La mayoría de las veces –respondió ésta sin darle importancia mientras sonreía satisfecha por el descanso.

Nemaín, sentada con las piernas cruzadas y la espalda erguida, adelantó las manos con las palmas hacia arriba como a la espera de recibir un presente, y pronunció en murmullos unas palabras ininteligibles. En medio de estas, y a la altura de su pecho, comenzó a originarse un pequeño disturbio en el viento. Una extraña luz de un tono indefinido brilló hasta alargarse sobre ambas palmas y convertirse en aquella extraña lanza que había estado observando en el salón privado de Dagda, mientras conversaban.

Las otras cuatro hermanas, alertadas por el conjuro, alzaron sus cabezas del reposo y miraron en dirección a Nemaín que observaba absorta la lanza Lug.

-¿Cómo demonios has conseguido eso? –preguntó Melilot.

-Muy sencillo, volví a por ella.

-¿Y Dagda te la cedió? ¿Así sin más? –quiso saber Ceridwen.

-Eso es lo más extraordinario de todo –comentó Nemain-, Dagda no estaba y él jamás se separa de ella.

5

Después del reparador descanso, volvieron a emprender el camino. Aunque el sol, rey en las alturas, ya no era tan fuerte, se notaba como un peso más que acarrear en el duro trayecto. Ceridwen caminaba observando sus propios pies y se le antojó que iban devorando la tierra a medida que avanzaba. Easter jugueteaba con su boomerang, mientras que Rhiannon y Melilot charlaban para amenizar la marcha. Nemain, después de compartir con ellas unos minutos en los que estuvo completamente concentrada en sus misteriosos quehaceres había vuelto a desvanecerse, esta vez informando que volvería.

Bhetame paseaba la mirada de una a otra hermana preguntándose qué tenían de especial aquellas mujeres, a parte de los evidentes poderes, para que Dagda creyera tanto en ellas. Todo el mundo tenía un punto débil, aunque ellas parecían estar por encima de todo despropósito. Aunque no las había visto con otro atuendo que no fuera aquella especie de túnica de grueso tejido negro, portaban cada una un saco, en el que supuso guardaban las pertenencias necesarias para el viaje, de los cuales, excepto en el de Easter y Melilot, colgaban las vainas de lo que parecían ser armas blancas. Sin razón aparente Bhetame no podía imaginarse a las dos más pequeñas luchando con aquellas armas, sencillamente no le cuadraba con lo poco del carácter que había percibido en ellas.

Melilot, la mayor, se revelaba como la más racional, pensó, la comparó con el tipo de mujer que siempre piensa en todas las opciones frente a un problema antes de actuar. Con el arco y el carcaj colgados al hombro, examinó sus pasos. Los avances seguros hablaban de una persona de carácter fuerte, y por lo que había visto de ella, sabía que se sentía muy responsable de sus hermanas. De estatura media, con el pelo muy corto como rasurado a cuchillo, sus ojos marrones se encendía con brillos verdosos cuando montaba en cólera.

Easter, por el contrario, destacaba por su pasión por la acción rápida, sin duda alguna, enfrentarse con aquella mujer cara a cara debía ser aterrador, pues su sola presencia imponía por el arrojo incluso de su postura. Un par de centímetros más baja que su hermana mayor, compartían muchísimo el parecido físico, la forma de los ojos e incluso el color, así como el corte de pelo, aunque ésta lucía unos brillos dorados más acentuados.

Ceridwen, era con mucho la más callada y reservada, apenas la había oído pronunciar unas pocas frases durante todo el día. Con el cabello largo, rizado y muy oscuro; la piel extremadamente blanca, era el marco perfecto para un rostro de líneas finas, muy femeninas, como si su misma cara hubiera sido acariciada por el agua que dominaba.

La pequeña Rhiannon, era lo opuesto a la anterior con respecto a personalidad. Animada y charlatana, siempre que la había mirado ostentaba una sincera sonrisa en su rostro redondo y aniñado. Compartía con su hermana inmediatamente mayor, una larga y rizada cabellera oscura. Sus ojos también del color que predominaba en la familia, mostraban un brillo especial, sin duda debido a esa faceta optimista que reinaba en su carácter.

Y por supuesto Nemain. La extraña, la había bautizado. Un halo de misterio y ocultismo rodeaba a aquella mujer. La tez de un color prácticamente blanco, como si jamás hubiera gozado de los rayos de sol, le cabello largo, negro como ala de cuervo y completamente liso, hacían juego con unos ojos oscuros y sobrecogedoramente profundos. Su cuerpo aun cuando estaba es estado sólido presentaba unas formas que solo podía calificar como etéreas.

Cinco sorprendentes y completamente diferentes mujeres que conformaban una misma fuerza pero a la vez tan dispares unas de las otras.

Caminaron durante horas hasta que el astro rey fue perdiendo terreno en beneficio de la blanca Luna, y con él, la luminosidad que necesitaban para seguir avanzado.

-¿Qué os parece si pasamos la noche aquí? –dijo Melilot, señalando el amplio y despejado terreno por el que caminaban-. Bajo mi punto de vista, creo que es el lugar perfecto, libre de posibilidades para una emboscada a media noche, los veríamos aparecer.

-Me parece perfecto –coincidió Easter.

-¡Esto hay que celebrarlo! –exclamó Rhiannon sorprendiendo al resto con su alegría.

-¿Qué hay que celebrar? –preguntaron las otras.

-Que Melilot y Easter estén de acuerdo por una vez ¿No me diréis que eso ocurre todos los días?

En poco tiempo tenían montado de nuevo el pequeño campamento, esta vez, teniendo en cuenta que deberían pasar la noche, acomodaron sus pocas pertenencias alrededor de unas piedras colocadas en círculo, que albergaría la fogata que alejaría las alimañas y las calentaría.

-Bien ahora deberíamos pensar en lo que llevarnos al vientre –comentó Easter.

-Es tarde para cazar, dejad que nosotras nos encarguemos ¿estas de acuerdo Ceridwen? –preguntó Rhiannon mirando a su hermana con una sonrisa.

-Desde luego.

Las dos hermanas caminaron unos pasos, alejándose de la fogata que ya crepitaba gracias al poder de Melilot. Bhetame, miró a las más pequeñas sin comprender qué se proponían. Durante largos años había convivido con la magia, creía conocer todos y cada uno de los aspectos de aquella ciencia, pero su saber se reducía a conjuros y hechizos que para conseguir algo complejo debían ser realizados incluso con días de antelación. El poder que parecían ostentar aquellas mujeres excedía con mucho su comprensión. Era cierto que con buenos conjuros se podría realizar verdaderos milagros pero de ahí a conseguir algo que saciara el apetito iba un mundo. Las vio sentarse sobre la tierra cubierta de tierno césped. Rhiannon extrajo algo de entre sus ropajes que hundió en la tierra. Ceridwen fue la primera que llevándose las yemas de sus dedos a los labios, dejó caer sobre la tierra algo de su saber en forma de un ligero beso lanzado. En seguida Rhiannon posó las palmas y entonando un suave cántico procedió a ejercer algún tipo de magia.

-¿Que se supone que intentan hacer? –preguntó Bhetame que no comprendía nada de aquel extraño ritual.

-Proveernos de alimentos para la cena –contestó Melilot quitándole importancia a aquel increíble hecho.

-No puedo imaginar cómo.

-Pues observa.

Volvió a clavar los ojos en las hermanas. Rhianon permanecía con las manos apoyadas en el suelo mientras seguía murmurando aquella extraña letanía. Ceridwen había cambiado su postura y se encontraba frente a su hermana cubriendo entre sus manos algo que Bhetame no alcanzaba a vislumbrar. Volvió a mirar a Melilot tratando de buscar una respuesta a todo aquello, pero la hermana mayor, sentada relajadamente y presa de un aburrimiento patente se entretenía lanzando finos soplidos a las llamas que al recibirlos se alzaban hasta alcanzar una considerable altura. Easter lanzaba su boomerang tratando de eludir las peligrosas lenguas de fuego tal y como hacían cuando eran niñas.

Poco a poco, aquello cuidaban las hermanas, tomó la forma de brote que crecía y crecía hacia lo alto, extendiendo sus ramas sobre ellas. Cuando había alcanzado ya un tamaño considerable, Rhiannon y Ceridwen juntaron sus manos abrazando al árbol entre ellas. Con los ojos cerrados, completamente concentradas, lanzaron algún tipo de potente hechizo que iluminó todo el grueso tronco en toda su longitud y que tuvo como resultado unos enormes y jugosos frutos que colgaban de las ramas de su creación. Era consciente de los poderes de sus acompañantes pero aquello que había contemplado superaba cualquier cosa que hubiera podido imaginar. ¡Habían creado vida!

Rhiannon rió contenta por lo conseguido y se dedicó a recolectar la reciente cosecha. Ceridwen visiblemente fatigada se acercó para sentarse cerca del fuego.

-¿Te encuentras bien hermana? –preguntó Melilot.

-Sí, solo un poco cansada.

-¿Y quién no lo está? –comentó Easter-. Estoy derrotada, siento los músculos atrofiados de caminar. ¡Dioses! Como hecho de menos un buen baño que me relaje el cuerpo.

-¡Oh sí! –comentó Rhiannon ofreciendo la fruta a sus hermanas que inmediatamente comenzaron a engullir- Eso sería magnífico, un buen baño reparador.

-Bien, mañana intentaremos buscar una solución a ese problema –comentó Melilot resuelta -¿estáis de acuerdo?

Todas asintieron con una sonrisa pintada en los labios ante la esperanzadora posibilidad.

Después de cenar se organizaron los turnos de vigilancia. Aunque el lugar que habían elegido para pernoctar era lo más seguro que habían encontrado hasta el momento, todas estuvieron de acuerdo en que una permaneciera despierta por turnos para evitar sorpresas indeseadas. Bhetame también se pronunció al respecto, informando de su intención de ayudarles en aquella empresa, aunque Melilot expuso alguna que otra objeción, al final tuvo que claudicar ante las razones del resto. Era la mejor forma de que todas durmieran las horas necesarias para un buen descanso. Así, se decidió que Bhetame sería la última en velar el sueño de las otras cuatro, ya que las primeras horas de la mañana era el momento más improbable para un asalto.

Pasaron las primeras horas de la noche, Melilot y Easter ya habían hecho sus turnos, Ceridwen caminaba unos pasos para estirar las piernas en los últimos minutos de su turno antes de despertar a Rhiannon para que la relevara. Se acercó hasta el bulto en el suelo que era su hermana pequeña para proceder a sacarla de su sueño y sonrió al verle el rostro. La cara de Rhiannon era de una placidez absoluta. Cubierta por una fina capa de sudor, su boca formaba un riptus de placer que Ceridwen no pudo por menos que comparar con el éxtasis de un encuentro sexual. ¿Con quién estaría soñando? Se preguntó en un murmullo entre risas.

Aunque le sabía fatal privar a su hermana de continuar durmiendo y soñando con aquello que le proporcionaba tanto bienestar, Ceridwen tuvo que reconocer que necesitaba también el descanso para poder continuar la marcha al día siguiente. El camino era duro y ella, extrañamente, estaba notando el cansancio más que otras veces. Meditó un momento sobre ello, en cuclillas al lado de Rhiannon, Ceridwen buscó a tientas entre sus ropajes la piedra Fal, la encerró entre sus dedos deseando que aquel amuleto la ayudara a superar el viajeque se le antojaba demasiado agotador. Se estaba volviendo un poco paranoica pensó, sin duda es resultado de un trayectodemasiado largo. Después de todo, ella había tenido que caminardesde sus tierras hasta el condado de Stone, y luego hasta Dagda, llevaba muchos más kilómetros en su haber que el resto de sus hermanas. Recordó de nuevo su casa y los últimos momentos vividos allí junto a aquel hombre que la había cautivado y seducido.

Ceridwen no era de las que se dejaban llevar por devaneos sexuales, eso lo dejaba para Easter que sin duda sabía manejarlo a su antojo. Ella era más bien mujer de un solo hombre, pero mujer al fin y al cabo, así que las atenciones de aquel musculoso y bello ejemplar consiguieron que el deseo se encendiera en ella de una forma que creía que jamás conseguiría ningún hombre. Sonrió mirando a Rhiannon y deseó que su sueño fuera como mínimo tan satisfactorio como la última noche pasada en Snow entre los brazos de su amante.

-Vamos Rhiannon –la sacudió dulcemente- es tu turno.

-¿Ya? –preguntó Rhiannon adormilada.

-Sí, ya.

-Está bien –respondió estirando el cuerpo e irguiéndose perezosamente- Vamos ve a dormir.

-Me voy, pero recuerda que mañana tendrás que explicarme qué has soñado. Por el rostro que tenías durmiendo deduzco que ha debido ser muy placentero –comentó Ceridwen con una sonrisa pícara- Buenas noches cariño.

Cuando Rhiannon pudo procesar mentalmente lo que su hermana había dicho enrojeció a la vez que sonrió recordando al instante el maravilloso sueño que había tenido, mas no pudo hacerle comentario alguno a su hermana pues ésta ya había caído rendida en su manta cerca de la casi extinguida fogata.

El sol ya brillaba cuando Bhetame despertó a las hermanas. Pensó que tardarían todavía en recoger los bártulos y comenzar la marcha, pero se equivocaba de nuevo. Las cuatro mujeres se pusieron rápidamente en pie y tomaron sus pertenencias para emprender de nuevo el camino.

Una pieza de la misma fruta de la cena sirvió para llenar un poco los estómagos hasta el almuerzo. Cualquier mujer de su condición sabía que no era recomendable caminar bajo el fuerte sol con el estómago demasiado lleno. Lo único indispensable era el agua potable, bien del que aún disponían generosamente.

Caminaron de nuevo en silencio, concentradas únicamente en conservar un buen ritmo de avance. Era primordial no tardar demasiado en llegar a las tierras de Fenrik, mientras más tardaran ellas más tiempo tendría él de apoderarse de los documentos que necesitaba. La antigua lengua de los textos de Oalab, como bien había dicho Dagda, no supondría ningún problema para él. Pero se comenzaba a vislumbrar las primeras señales de cansancio en el grupo.

Melilot razonó que tampoco era producente forzar la maquinaria, a aquel paso llegarían a las Tierras Oscuras demasiado agotadas como para luchar contra Fenrik. Su primera preocupación recayó en su hermana más silenciosa.

-¿Cómo te encuentras Ceridwen? –preguntó Melilot, pregunta que llamó la atención del resto.

-Bien –contestó esta con una tímida sonrisa mirando alternativamente a los inquisitivos ojos que la observaban.

-Anoche después de ayudar a Rhiannon te noté muy agotada y me tienes algo preocupada.

-No me ocurre nada Melilot –recalcó-, es más ¿no deseabais un buen baño? Pues me pondré manos a la obra, yo me encargo de encontrar el lugar.

-¡Fantástico! –coincidieron Easter y Rhiannon.

Enseguida Ceridwen se concentró entrando en una especie de trance que duró unos minutos. Después abrió los ojos e indicó el camino a seguir.

Justo cuando el resto de mujeres iniciaban de nuevo el caminar en dirección al lugar que había señalado Ceridwen, unos desconocidos les salieron al paso, rodeándolas.

-¡Alto ahí! ¿Quién va?

Ante la sorprendente revelación de aquellos que habían permanecido hasta entonces ocultos, Easter sobresaltada no tardó ni un parpadeo en colocarse en posición de ataque boomerang en mano.

-¿Y vosotros? ¿De donde diablos habéis salido? –preguntó airada y con el ceño fruncido.

Melilot, siempre con la cabeza fría, se interpuso entre su hermana y el inmediato a ella, tratando de mediar para terminar con aquello de la mejor forma posible. Bajando con una mano el arma de Easter, evaluó la situación.

-Buenos días caballeros. Soy Melilot, señora de Sizzle, tratamos de atravesar estas tierras sin crear problemas siempre que nos lo permitan -. Las buenas palabras de Melilot parecieron ejercer de alguna forma un visible relajamiento entre los hombres.

-Buenos días señoras, ¿y qué objetivo puede ser tan importante como para tratar de atravesar estas tierras? Son tiempos extraños, tiempos en los que tan elogiables damas no deberían arriesgarse por estos andurriales-respondió alguien que aún permanecía entre las sombras.

Poco a poco un hombre alto y fornido, al que las mujeres reconocieron como el jefe de aquellos que los retenían, emergió de las profundidades del bosque. Era un bello ejemplar masculino, de pelo rizado y oscuro, que contrataba con unos ojos plateados que brillaron como plata helada. Las miró una a una como tratando de medirlas en fuerza.

Hoel, siempre había tenido claro que no había enemigo pequeño. Aquellas bellas hembras, aunque inofensivas en apariencia, desprendían un extraño e inquietante poder. Casi podía palparlo. Siempre había tenido un sexto sentido para ello. Pensó que debía, por el bien de su pueblo, averiguar el porqué de aquella imprevista visita a su territorio, algo le decía que era de máxima importancia conocer el motivo. Y si los Dioses estaban de su parte, quizá también podría aprovecharlo.

6

Debido a la insistencia de Hoel, el grupo de mujeres se unió al almuerzo durante el cual el diálogo se basó casi exclusivamente en presentaciones y charla ligera. Con una mirada de entendimiento las cuatro hermanas decidieron ocultar sus poderes para no crear problemas indeseados y pasar por simples mortales con un objetivo común, llegar hasta Fenrik y combatirlo. Una vez pasado el primer contacto, los hombres que componían el pequeño grupo se mostraron mucho más afables y solícitos, colmando de atenciones a las cuatro hermanas y a Bhetame, que apenas había dicho nada durante la comida.

Más tarde, muchos se retiraron a descansar durante unos minutos y otros a organizar el siguiente relevo de guardia y ordenar el campamento, oculto ingeniosamente en un alto plano rodeado de rocas, algo alejado del camino principal. Era obvio que Hoel y sus hombres llevaban en aquel lugar varios días y tenían pensado pasar algunos más, por la cantidad de comodidades de las que disponían. Ninguno de ellos dormía a la intemperie, todos gozaban de una especie de tiendas chatas realizada de pieles y gruesos tejidos que los resguardaban del frío y la posible lluvia.

-¿Dónde os proveéis de agua? –preguntó Melilot a Hoel que reposaba distraído a la sombra del gran y único árbol que había en el área- sé que debe haber algún río por aquí cerca.

-Efectivamente, a unos minutos caminando en aquella dirección, se encuentra el nacimiento del río Shober. De ahí es de donde tomamos el agua potable y unos metros más abajo existe un remanso donde poder asearse cómodamente –indicó.

-Creo que me acercaré a echar un vistazo.

-Te acompañaré, es fácil extraviarse si no se conoce el camino.

Melilot aceptó de buena gana, sin duda también sería el momento idóneo para tratar de averiguar algo más sobre aquel grupo y su jefe. En un instante ambos ya estaban preparados para la pequeña excursión y comenzaron a caminar pausadamente.

-He observado que debéis llevar ya bastante tiempo aquí.

-Ciertamente y a mi pesar así es, desde que hace ya prácticamente un año Fenrik comenzó el asedio a mi pueblo. Siempre hemos sido personas tranquilas, dedicadas casi exclusivamente a cultivar los campos y a la ganadería, es por eso que al principio no entendí el porqué del ataque del señor de las Tierras Oscuras. ¿Qué podíamos tener que Fenrik deseara? Esta era la cuestión que los primeros días ocupaba mi mente, tratando por todos los medios de encontrar la respuesta.

-Fenrik no necesita un motivo para destruir.

-Esa fue la conclusión a la que llegué después de soportar un nuevo ataque en el que perdimos muchas vidas, vidas que quizá pude haber salvado si hubiera empleado el tiempo pensando cómo rechazar el asedio si volvía a intentarlo –la tristeza que denotó su tono de voz y el hecho de que de pronto clavara la vista en el camino, le dijo a las claras a Melilot que Hoel había sufrido la perdida de alguien muy querido-. Es por ello, que ahora, hemos montado puestos de vigilancia que rodean todo el área, además de tomar las precauciones necesarias dentro del poblado.

-Todos hemos sufrido perdidas debido a la maldad de ese gusano –dijo Melilot palmeándole la espalda a modo de apoyo moral- No te atormentes, Fenrik es muy poderoso, quizá el resultado hubiera sido el mismo.

-Eso nunca lo sabré –comentó apesadumbrado.

-Mi pueblo, así como el de mis hermanas, también ha sido asolado. Pero para nosotras sí existe una razón, Fenrik tiene un objetivo marcado y aunque no puedo hablarte sobre él, es el motivo de este viaje hasta su morada –dijo entristecida. Le hubiera gustado compartir con Hoel todo aquello que le inquietaba. Jamás había viajado hasta aquellas tierras y para ella, que le gustaba tenerlo todo controlado y adelantarse a los acontecimientos, era insoportable enfrentarse a la duda sobre qué se iban a encontrar.

Sopesó de nuevo la idea de explicarle todo aquello que se proponían y los motivos que les movían a todos, pero su mente, que siempre calculaba todas las posibilidades, buenas y malas, la instaba a callar. Le gustaba Hoel y se resistía a pensar que pudiera fallarle.

-Lo comprendo.

Permanecieron en silencio durante unos minutos y antes de que Melilot se diera cuenta llegaron al nacimiento del río.

Era un paraje espectacular en exuberancia. En el medio del bosque se alzaba un pequeño promontorio del que de su cima manaba una pequeña cascada de cristalina agua, que caía en un remanso, formando un pequeño lago perfecto para bañarse tal y como Hoel le había dicho. Rodeado de abundante vegetación, existía también una zona libre de arbustos, cubierta por un leve manto de tierno césped.

-Esto es realmente una visión –dijo Melilot sonriendo y con los ojos llenos de deseo de probar aquellas aguas en tan bello lugar.

-Aún os quedan un par de días de viaje por caminos mucho más duros en los que no dudo encontraréis resistencia, te propongo que paséis con nosotros lo que resta del día y la noche, así podréis descansar –ofreció Hoel. Melilot pensó silenciosamente si aceptar o no-. No aceptaré un no por respuesta. Sabes tan bien como yo que es necesario.

Melilot recompensó con una sonrisa que alguien por una vez en su vida eligiera por ella, con aquel gesto ya estaba todo dicho.

Decidieron volver al campamento e informar al resto del cambio de planes. Sabía que Ceridwen agradecería aquellos momentos de descanso, aunque su hermana se empeñaba en decir que no era nada, se sentía algo preocupada. Era cierto que nunca había sido la más activa de las cinco pero jamás había visto mermada su resistencia tanto como aquellos días. Y por supuesto, Easter y Rhiannon estarían encantadas de sentirse rodeadas de hombres apuestos y atentos. El único punto que le preocupaba era la aparición de Nemain ¿cómo lo explicaría? Aún no habían hablado sobre ella y estaba segura que su llegada sería todo un acontecimiento entre el grupo de guerreros. Sonrió con humor, pensando en aquella posibilidad.

Cuando por fin vislumbraron el campamento observaron que Easter y Rhiannon se entretenían midiendo sus fuerzas con alguno de los hombres de Hoel mientras reían abiertamente. Aunque eran consumados guerreros, Rhianon manejaba su espada de dos filos como si formara parte de su mismo brazo, consiguiendo mantener a raya a dos de los hombres que intentaban desarmarla. Riendo a carcajadas, la pequeña de las hermanas, realizaba giros y ejecutaba cintas, que eran elogiadas con regocijo por parte de otro grupo de hombres que admiraban el amistoso combate.

Easter por su parte, practicaba la puntería de su boomerang con otros tres hombres armados con arcos, dejando a estos siempre en un segundo plano.

-Vuestras hermanas se defienden maravillosamente –dijo Hoel asombrado.

-Han sido entrenadas para ello desde pequeñas.

-No obstante la espada de Rhiannon parece muy pesada, y Easter domina ese extraño artefacto con destreza, es incluso mejor que mis mejores arqueros –Melilot rió divertida ante el comentario.

-Y espera, que aún no le ha dado por derribar las flechas lanzadas, es digno de ver.

Hoel se unió al resto del grupo que observaba atento las hazañas de ambas hembras, y Melilot, aprovechó para acercarse a Ceridwen e informarle sobre el río y el ofrecimiento de su anfitrión.

A medida que se acercaba a ella, que también observaba el entrenamiento protegida por la sombra que proyectaba una de las tiendas, Melilot notó que Bhetame no se encontraba acompañándola. Giró la cabeza para tratar de verla pero fue en vano.

-¿Dónde está Bhetame? –le preguntó a Ceridwen cuando llegó a su altura mientras tomaba asiento a su lado.

-Creo que fue a caminar un poco, comentó que necesitaba estar sola durante unos minutos. No creo que tarde en volver.

-No me gusta que se hagan estas cosas. Estas tierras no son seguras, no debería haberlo hecho –dijo Melilot algo enfadada-. Se supone que nosotras debemos velar por su seguridad y no podemos hacerlo si ella ahora comienza a escabullirse.

-No te preocupes Mel, seguro que sabe cuidarse ella misma perfectamente, además, comprendo que necesite unos minutos de soledad, yo también he sentido esa necesidad muchas veces, y esta área está estrictamente vigilada por los hombres de Hoel. No correrá ningún peligro.

Aunque a regañadientes Melilot aceptó que Ceridwen tenía razón. No se podía tener unos momentos de soledad si se sabía que había alguien justo detrás de ti siguiendo tus pasos. Aún así, sus nervios se relajaron completamente cuando la vio aparecer entre las rocas. Su primera intención fue ir hacia ella y compensarla con una buena reprimenda. Ceridwen conocía a su hermana mayor y agarró su mano, apretándola dulcemente, solicitándole comprensión, así que el imperceptible movimiento para levantarse tan sólo se quedó en un amago que nadie notó excepto ellas dos.

Melilot comunicó al resto de sus hermanas y a Bhetame la decisión de descansar el resto del día y la noche en el campamento de Hoel, decisión que fue muy aplaudida por todas, pero muchísimo menos que cuando supieron que podrían tomar el baño prometido el día anterior, noticia que recibieron con escandaloso placer.

Nada más saber el emplazamiento exacto del río, y tras la decisión de Bhetame de hacerlo durante las primeras horas de la mañana, Easter, Rhianon y Ceridwen tomaron sus bártulos y marcharon hacia el agua, con divertida animación. Melilot decidió que tomaría su merecido esparcimiento acuático después de la cena, eso le proporcionaría un relajado y placentero descanso nocturno.

Pasados varios minutos tras la marcha de las tres mujeres, se produjo el incidente que Melilot esperaba. La llegada de Nemain. Se divirtió de lo lindo mientras observaba como un grupo de hombres miraban extasiados la formación nebulosa que se formaba sobre sus cabezas con demasiada rapidez como para que fuera simple niebla. Hoel también se unió al grupo y soltó una exclamación junto a los demás cuando de ese extraño cúmulo comenzó a dibujarse la silueta de Nemain. Asustados, al instante se pusieron en guardia siguiendo las órdenes de su jefe, que las impartía rápida y efectivamente. Aquel extraño ser debía pertenecer sin duda a las filas del señor oscuro. Con sus armas en las manos tomaron rápidamente posesión de sus puestos, listos para entrar en combate. El silencio se hizo patente en todo el campamento y Melilot no pudo resistir soltar una gran carcajada mientras se acercaba a su hermana con los brazos abiertos.

-Tranquilos muchachos no pasa nada –comunicó a voz en grito- ¿No podías evitarlo verdad? –susurró pícaramente a su hermana una vez que esta ya había tomado su forma sólida completamente.

-Jamás te defraudaría –le guiñó un ojo.

Ajenas a cuanto acontecía en el campamento Easter, Rhianon y Ceridwen gozaban del privilegio de sumergir sus cuerpos en la ligera corriente del río. El rostro de las mujeres denotaba sin lugar a dudas el placer de sentirse sumergidas y acariciadas por la frescura del agua, que tonificó sus doloridos músculos.

-¡Ah! –suspiró Rhiannon- esto es el paraíso. –comentario al que se unieron las otras dos.

Nadaron lentamente, después de lavar sus cuerpos y los cabellos, alternando brazadas con paros en los que se relajaron flotando y dejándose llevar a la deriva. Cuando las pieles de sus dedos ya comenzaron a arrugarse, decidieron que era momento de terminar el baño.

Ceridwen fue la primera en salir del agua, se secó rápidamente y cubrió su cuerpo con una túnica limpia. El sol aún brillaba lo suficiente como para calentarlas durante una hora más, así que Rhiannon y Easter decidieron tumbarse desnudas sobre la hierba y dejar que los rayos de sol secaran las pequeñas gotas que salpicaban sus cuerpos.

-Realmente necesitaba esto –comentó Rhiannon- Ha sido sencillamente perfecto.

-Quizá maravilloso, pero no perfecto. –sentenció Easter.

-¿No? –preguntó Rhiannon sorprendida, apoyando su cabeza sobre uno de sus brazos para mirar a su hermana más directamente.

Al instante recordó la inclinación de su hermana por las relaciones con el otro sexo y comprendió a la perfección mientras reía divertida.

-Bueno siempre puedes solicitar los favores de uno de esos apuestos guerreros cuando volvamos al campamento.

-¿Por quién me tomas niña? Yo tengo una reputación, por lo demás merecida que mantener, como para ir mendigando. –El fingido enfado de Easter divirtió aun más a Rhiannon que volvió a reír a carcajadas.

-Me vuelvo al campamento chicas –informó Ceridwen- seguramente deben estar ya preparando la cena y quiero aportar algo de ayuda a nuestros anfitriones.

-Bien hermana, nos vemos en un rato. Ten cuidado en el camino de vuelta.

-Tranquilas no me ocurrirá nada.

Ceridwen emprendió la marcha deshaciendo el camino que les había llevado hasta el río. A tan sólo unos metros del lugar, observó a un par de vigilantes sin duda impuestos por Hoel, que intentaban por todos los medios no ser detectados, pero que no escaparon a su adiestrado ojo. Riendo por lo bajo, caminó los pocos pasos que los separaban y carraspeó para hacerles notar que les había visto.

-Chicos, ahí atrás he dejado a un par de damas, que aunque no están en apuros, sin duda tampoco desmerecerían una atención... ¿cómo lo diría? Más personalizada.

Ambos hombres se miraron como sopesando la información y las posibilidades, y sonriendo saludaron a Ceridwen desapareciendo en dos zancadas.

Siguió su caminar mientras imaginaba el buen rato que sus hermanas pasarían en compañía de aquellos dos hombres. Conocía muy bien el sexo opuesto y sabía con certeza que además de vigilar, aquel par, las habían estado admirando durante prácticamente todo el rato que ellas estuvieron gozando en el agua.

Y no se equivocaba. Alar y Gael habían estado espiando a las tres bellezas desnudas que chapoteaban en el agua con anhelantes miradas que trataban de ocultar tras un velo de profesionalidad. Ahora, después de que aquella beldad morena les abriera el camino hasta ellas, no dudaron ni un segundo en dar rienda suelta a sus instintos.

Encontraron a las otras dos tumbadas, en magnífica desnudez, sobre la verde hierba. Antes de abordarlas salvajemente y dejar abierta la posibilidad de ser rechazados, ambos pensaron que lo mejor sería aprovechar el desconocimiento de éstas sobre su posición hacía tan sólo unos minutos. Y despojándose de sus ropajes se lanzaron al agua forzando así una casualidad que no existía.

Sorprendidas ambas por la intrusión de aquellos dos hombres, procedieron de muy distinta forma. Rhiannon alargó un brazo para tomar su túnica y cubrirse rápidamente todo lo mejor que pudo. Easter por el contrario, encantada con aquella inesperada visita, adopto una posición muchísimo más sensual e invitadora.

Sin necesidad de mediar palabra, Alar y Gael se acercaron a las mujeres, ambos convencidos de su belleza física, altos, con la piel húmeda por el baño y bronceada por el sol, de músculos torneados y cabellos oscuros hasta los hombros que contrastaban con unos ojos claros y tremendamente brillantes. Tumbándose el primero junto a Easter, y tomándola de la mano, el segundo a Rhiannon que sonrojada aceptó la ayuda, se adentraron entre la maleza buscando y ofreciendo así la intimidad necesaria y deseada.

7

Unas horas más tarde y después de llenar el estómago con la cena que habían preparado, Melilot tomó su bolsa y se dirigió con paso cansado hacia el río para tomar el merecido baño. Había estado toda la tarde deseando que llegara ese momento de tranquilidad y relajamiento. Imaginaba lo bello que estaría el paraje a la luz de la luna y sonrió satisfecha de sí misma por haber conseguido esperar hasta aquel momento.

Caminó despacio disfrutando del paseo a solas. Sabía por mediación de Ceridwen que el área estaba asegurada, así que no tuvo que informar a nadie de hacia donde se dirigía.

Hacía horas que no había vuelto a ver a Easter ni a Rhiannon, aunque estando rodeadas de hombres imaginaba perfectamente en qué deberían estar empleando su tiempo. Sonrió para sus adentros. Aquellas dos no tenían remedio. Pensó en ella misma debido a los derroteros que estaban tomando sus pensamientos. ¿Cuánto tiempo hacía que no gozaba de la compañía de un hombre? Desde luego había estado demasiado preocupada por otros temas como para pensar en eso, aun así notaba que su cuerpo comenzaba a necesitarlo.

Sin poder evitarlo a su mente acudió la imagen de Hoel. Sin duda un bellísimo ejemplar de guerrero, al que cualquier mujer desearía. ¿Incluso ella? se preguntó. Desde luego que sí. Durante la cena le había descubierto mirándola en varias ocasiones y tuvo que admitir que no le importó, más bien le agradó el hecho de que en su mirada, leyó algo que identificó como deseo. ¿O había sido su imaginación?

Casi había llegado, ya se oía claramente el sonido del agua al precipitarse por la pequeña cascada y la necesidad de sumergir su cuerpo en aquella frescura aumentó.

Aceleró un poco más el caminar y en un periquete se abrió ante ella el paisaje que había imaginado embellecido por los rayos de Luna. Solamente aquella estampa fue suficiente para borrar de su mente cualquier cosa que no fuera lo que estaba a punto de realizar.

Se deshizo de la túnica rápidamente, y se encaminó a la orilla dejando que el agua lamiera sus pies, reconfortándolos, tonificándolos después de tantos kilómetros recorridos. Suspiró agradeciendo aquel ligero masaje. Sin más dilación, caminó hacia el centro del pequeño lago hasta que su cuerpo quedó sumergido y nadó lentamente, regocijándose en el deleite de sentir todo su cuerpo acariciado por la tenue corriente. Cesó su avance cuando llegó al punto donde la cascada rompía la quietud del agua y dejó que esta la regara completamente, disfrutando plenamente del efecto que los chorros ejercían en sus músculos cansados.

Así la encontró Hoel cuando fue al manantial para su aseo diario. Melilot era una mujer muy bella, belleza que se veía resaltada por el poder que desprendía, pero verla allí, gloriosamente desnuda, con todo su cuerpo acariciado por las aguas, fue algo que lo excitó sobremanera.

Después de su paseo, cuando le mostró aquel lugar y durante el resto del día, se había encontrado varias veces observándola. Le gustaba su físico, su semblante dulce y su carácter serio, precavido y maduro. Algo dentro de él, como una voz susurrante, le indicó que ya iba siendo hora de olvidar a aquellos que ya no estaban. Por mucho que él se empeñara en tenerla siempre presente, Aourell no iba a volver. Como siempre le habían dicho sus hombres de confianza Alar y Gael, debía pensar en rehacer su vida, tener una luz entre tanta oscuridad, algo que le ayudara a mantener la cordura en aquel mundo de dementes.

Apartando de él todo pensamiento pasado, tan sólo dejó que la imagen de aquella beldad bajo el agua le llenara por completo. Limpio de todo aquello que no fuera su atracción por ella, se desvistió y se introdujo en el agua silenciosamente tratando de que no advirtiera su presencia y se asustara. Llenó de aire sus pulmones y se sumergió por completo, nadando a su encuentro.

Melilot se encontraba en el summun del relajamiento, de pie bajo la cascada y la cabeza ligeramente hacia abajo, dejaba que el agua masajeara sus hombros y el comienzo de su espalda. Una cortina líquida chorreaba en torno a su rostro que le impedía ver nada. De pronto unos dedos se posaron sobre sus hombros y se sobresaltó.

-Tranquila, sólo soy yo. No era mi intención asustarte –se disculpó Hoel-. ¿Puedo? –le preguntó indicándole con gestos si podía ayudar a relajar completamente su espalda.

-Naturalmente –sonrió Melilot- adelante.

Las manos del hombre comenzaron a masajear maravillosamente sus hombros y la parte de arriba de su espalda. De forma magistral consiguió deshacer los nudos que la tensión había acumulado en los músculos, acabando el trabajo que la cascada había comenzado. Soltando un suspiro de puro bienestar, Melilot echó la cabeza hacia atrás, dándole gracias al cielo mentalmente.

Aquella postura, adoptada sin pensar, dejó expuestos sus pechos al incesante golpeteo del agua. Los pezones se endurecieron rápidamente convirtiéndose en dos duras perlas que brillaban por la humedad. Los ojos de Hoel bajaron desde aquellos dos perfectos montículos, recorriendo la hermosa curva de su cuello y clavándose en la expresión de puro abandono del rostro de la mujer. Sin pensar en lo que estaba haciendo dejó que sus dedos recorrieran ese mismo camino en sentido inverso.

Melilot sintió como las manos de Hoel se apoderaban de sus pechos, martirizados por el agua, y cómo los envolvía dulcemente. Dejó escapar un suspiro y se echó más hacia atrás, dándole la bienvenida completamente.

-Te deseo –susurró Hoel en su oído.

Una de las acariciadoras manos masculina abandonó su lugar que fue reemplazado inmediatamente por la frescura del agua consiguiendo arrancar un jadeo de la garganta de la mujer. Sintió como Hoel, acariciaba lentamente el contorno de su cuerpo hasta llegar a su cadera y de ahí emprender un lento y excitante camino hasta su sexo.

Con la cabeza apoyada en el fuerte hombro de su amante, Melilot giró el rostro y depositó ardientes besos en su cuello mientras envió sus manos hacia atrás para encontrar el excitado miembro del hombre y envolviéndolo entre sus dedos, lo acarició sabiamente. Ambos gozaron descubriéndose mutuamente durante unos instantes que se les antojaron eternos, gozando y gimiendo de placer, dejando que todo aquello que les rodeara se convirtiera simplemente en el marco perfecto de su encuentro.

Ella ya no pudo soportar por más tiempo sentir tan sólo sus manos en su cuerpo, necesitaba tocarlo, sentirlo más cerca, ansiaba que la poseyera, que se hiciera dueño de todo su ser y dejar cualquier otro pensamiento relegado a la inconsciencia. Como si Hoel hubiera adivinado sus deseos, la giró para encararla y se apoderó de su boca con voracidad. Su beso era exigente, dominante, lleno de una instintiva potencia que rayaba lo animal. Melilot respondió de igual modo, hundiendo la lengua en su interior para entrelazarla con la suya, mientras pegaba su suave cuerpo al del hombre, acariciándolo así en toda su envergadura.

Aquello lo volvió loco. La tomó de las caderas y la alzó, buscando la entrada a su sexo. Melilot rodeó el cuerpo del hombre con las piernas mientras realizaba el mismo gesto con los brazos alrededor de su cabeza y dejó que él la penetrara con fuerza descontrolada. Arrancando un nuevo gemido de placer de la mujer con su invasión, se apoderó de uno de sus pechos. Mientras que con agresivos embates la poseía, acariciaba y mordisqueaba aquellos duros e enhiestos senos que reclamaban continuamente su atención. Sus jadeos fueron un canto místico a la Luna cuando el orgasmo les recorrió el cuerpo como un electrizante relámpago que los unió en un solo ser.

Ya era bien entrada la noche cuando Hoel y Melilot volvieron al campamento. Tan sólo cuatro hombres, apostados en diferentes puntos como vigilantes, los saludaron. El resto debían estar descansando dentro de las tiendas. Con toda naturalidad Melilot acompañó a su guerrero amante hasta su tienda.

-Bienvenida a mi humilde morada –comentó Hoel mientras la invitaba a pasar.

Agachada, traspasó las dos gruesas telas que colgaban a la entrada a modo de puerta, para descubrir un interior mucho más amplio y acogedor de lo que había imaginado en un principio. Toda la superficie estaba cubierta por suaves pieles que brindaban la comodidad necesaria para descansar. Un par de cojines de fina seda se hallaban olvidados en un rincón, y en el opuesto, un atado donde supuso que Hoel guardaba sus pertenencias.

-No es mucho, pero es lo único que puedo ofrecerte.

-Es perfecto Hoel, no tienes porqué disculparte.

-¡Alertaaaaaa! ¡Nos atacan! –gritó una voz desde el exterior.

Como un resorte bien engrasado Hoel tomó su arma, un enorme hacha de dos filos, y salió corriendo de la tienda seguido de Melilot. Giraron la cabeza a ambos lados buscando el origen del peligro. Más guardias aparecieron prestos y armados para defender sus tierras del ataque nocturno.

-¡A mí la guardia! –gritaron de nuevo llamando su atención.

-¡Allí Melilot! –indicó Easter que ya estaba a su lado con su boomerang metálico en la mano listo para segar la vida de cualquier invasor. Ceridwen y Rhiannon ya corrían también para unirse al grupo y presentar batalla.

Los vieron llegar desde el cielo. Tan sólo iluminados por la Luna y las estrellas, cinco enormes y negros seres alados semejantes a caballos, volaban hacia ellos de forma amenazadora, regando todo a su paso con enormes bolas de fuego azulado que escupían de sus bocas.

-¡Vamos, vamos a vuestros puestos! –gritó Hoel alejándose para distribuir convenientemente a su gente.

-¿Dónde está Bhetame? –preguntó Melilot mientras corría cerca de sus hermanas.

-La última vez que la vi entraba en una de las tiendas que han preparado los hombres de Hoel para ella –informó Nemain justo a su lado y con la lanza Lug en sus manos.

-¿Y cuanto hace de eso?

-Tan sólo unos minutos.

-Bien esperemos que sea prudente y se mantenga ahí, no nos interesa que la vean, es probable que todo esto sea por su causa.

Los grandes y temibles pegasos seguían escupiendo enormes cúmulos incandescentes, sembrando la muerte a cuantos tocaban y emitiendo espeluznantes sonidos que aterrorizaban el alma. Ágilmente esquivaban o simplemente quemaban las flechas que el grupo de Hoel lanzaba ininterrumpidamente.

-¡No conseguimos alcanzarlos! –gritó uno de los hombres para hacerse oír entre los gritos de terror y las órdenes que impartía su jefe.

Las cinco mujeres llegaron al centro del campamento, y sin decirse nada más concibieron instintivamente que cada una se encargaría de un engendro.

Easter calculó rápidamente la trayectoria y la fuerza a aplicar como sólo ella podía hacer. Asentó los pies fuertemente en la tierra y giró su cintura hacia atrás para volver a su postura normal en un parpadeo, lanzando su boomerang que brilló por un instante reflejando la última de las bolas incendiarias que lanzó el animal antes de caer degollado.

-¡Wow! –gritó victoriosa mientras recuperaba su arma al vuelo.

-¡Vamos Easter ayúdame! –gritó Rhiannon.

La señora del viento no necesitó nada más para entender lo que Rhiannon pretendía. Levantando su mano hacia ella creó un pequeño vendaval que la levantó en el aire espada en mano. Completamente concentrada en su objetivo y con el pelo azotándole el rostro, rechazó uno de los proyectiles con el doble filo de su arma y con una rápida cinta la clavó en la cabeza del animal hasta la empuñadura.

Mientras justo debajo de ella Ceridwen desplegaba parte de su poder lanzando un fuerte reguero de furiosa agua a los ojos de otra bestia que había conseguido llegar al suelo. Ésta momentáneamente cegada lanzó un espantoso alarido, momento que aprovechó la que dominaba el agua para acercarse en una gloriosa carrera y acabar con la vida de otro de los horribles animales hundiendo sus puñales gemelos en los ojos inyectados en sangre.

Melilot moldeó en su puño una de las puntas más mortíferas uniendo tres de ellas y la insertó en su arco. Con un brillo esmeralda en sus ojos, lo tensó como sólo ella era capaz y la lazó al cielo. Ninguna de aquellas bestias podría esquivar la fecha que atravesaba el viento imparable, animada por el poder del brazo diestro de la dueña del fuego, hasta que desapareció en las entrañas del animal.

Tan sólo quedaba uno. Easter ya se proponía lanzar de nuevo su arma voladora cuando Melilot tocó su brazo llamando su atención.

-Esperad.

Como una serpiente de niebla oscura y densa, Nemain flotó hasta colocarse bajo el animal. Con un conjuro murmurado en los labios, volteó la lanza Lug para mostrar su lado más mortífero y asestó un tremendo golpe con ésta, arrebatando la vida de la última de las bestias en un instante.

El silencio, tan sólo roto por los lamentos de algunos guerreros por sus compañeros caídos, reinó en el campamento.

Pasados unos minutos Hoel recuperó el aliento e impartió las órdenes necesarias para que retiraran los cuerpos de sus hombres muertos y los enterraran debidamente. También organizó un grupo que se encargaría de quemar los restos de aquellas abominaciones. Cuando todo quedó listo, se dirigió al grupo de las hermanas que charlaban animadamente.

-¿Quiénes sois realmente? –preguntó con un rictus demasiado serio en su semblante y los ojos brillantes como el metal-. Hacía meses que no recibíamos un ataque de esta índole y aunque tengo que agradeceros vuestra intervención me siento engañado pues jamás mencionasteis que poseyerais ese poder que habéis desplegado. Mis hombres murmuran.

-Hoel –le interrumpió Melilot conciliadora-, acepta que jamás tuvimos intención de traer desgracias a vuestra gente. Si lo crees conveniente nos marcharemos de inmediato. Jamás lo mencionamos, eso es cierto, pero tampoco os hemos mentido.

-¡Pero habéis callado, maldita sea! –jamás se había sentido tan humillado, pensar que hacía unos minutos había compartido con aquella mujer momentos de placer intenso aún lo ponía más furioso.

-Hoel –intervino Ceridwen-, acepta nuestras disculpas, somos quienes te dijimos que éramos y nuestro objetivo va más allá de toda explicación. Si callamos fue para protegeros.

Las palabras de Ceridwen por fin le hicieron entrar en razón. Aquellas mujeres no podían ser como aquellos diablos que habían exterminado. Hundió la cabeza pesaroso.

-Lo siento, no tenéis que marcharos. Aceptad una vez más mi hospitalidad y pasad la noche entre nosotros. Al alba yo mismo os proveeré de lo que necesitéis si es vuestro deseo reemprender vuestro camino –sin esperar respuesta, Hoel se encaminó de nuevo hacia sus hombres.

8

Easter, después de la anterior tarde, había esperado pasar la noche acompañada. Pero lo ocurrido impidió que disfrutara de la estupenda velada que había imaginado junto a Alar. Aquel hombre era magnífico en las artes amatorias, su cuerpo se estremeció con sólo recordar los niveles de placer que había alcanzado a su lado. Lástima que después de su actuación levantando por los aires a Rhiannon, hubiera decidido desaparecer. En el fondo, le entendía perfectamente. Suponía que para un hombre no debía ser agradable enterarse de que, la que él creía era una mujer normal, tenía el poder que había contemplado. Y eso que tan sólo había sido una mínima parte, pensó Easter con una sonrisa orgullosa, no quería imaginar qué hubiera pasado en el campamento si todas ellas hubieran desplegado toda su fuerza.

Decidió que ya era hora de salir de la tienda que compartía con Rhiannon. Su hermana aún dormía y trató de hacerlo lo más sigilosamente posible. Levantó el grueso tejido que hacía las veces de puerta, lo suficiente para salir al exterior. El sol ya había comenzado a hacer su aparición en el horizonte. Estiró su cuerpo, alzando los brazos para desentumecer los músculos aún dormidos y abrió la boca en un tremendo bostezo. Una mano fría se posó sobre su hombro.

-¿Tu nunca duermes? –preguntó a Nemain sabiendo perfectamente a quién pertenecían aquellos helados dedos.

-Por tu pregunta, deduzco que aunque en pie, aun estas dormida.

-¿Y Mel? –preguntó Easter de nuevo- ¿aún duerme?

-No ha dormido en toda la noche.

-¡Vaya! Parece que nuestro anfitrión le ha calado hondo –comentó con una sonrisa pícara, desde luego sería muy divertido ver las reacciones de su hermana ante las pullas que en aquel momento se le ocurrían.

-Nada ha tenido que ver Hoel en esto.

-¿Preocupada quizá por algún nuevo ataque? –volvió a preguntar con el ceño fruncido.

-Pregúntale tú misma –respondió Nemain señalando algún punto entre la maleza algo más abajo.

Easter miró hacia el lugar que su hermana le había señalado y al instante Melilot apareció. Había sustituido su habitual túnica negra, por la ropa que usaba cuando debía enfrentarse a algún enemigo. Ataviada con unos pantalones y un peto de color rojo oscuro ceñido a su cuerpo gracias unas finas cuerdas, con el mismo tono de la piedra Fal que lucía colgada al cuello, aquellos ropajes le permitían el movimiento libre de su cuerpo. Ascendía hacia ellas, arco en mano, con el semblante serio y el carcaj colgado a la espalda que acompañaba el movimiento de su caminar.

-¿Ha regresado? –preguntó a Nemain, nada más llegar hasta ellas.

-No

-Un momento, un momento –pidió Easter completamente confundida- ¿qué ocurre aquí?

-Antes del alba vimos como Bhetame abandonaba el campamento, supusimos que para aliviar su cuerpo, de eso hace ya bastante tiempo y aún no ha regresado.

-Bueno, tranquilas, no creo que sea de las que no saben cuidarse.

-No es eso lo que me preocupa. Ayer también desapareció por espacio de bastante tiempo.

-Quizá ha ido a bañarse, comentó que lo haría esta mañana.

-Cierto, por eso el río fue el primer lugar donde la busqué.

-¿A quién buscáis? –preguntó una conocida voz tras ellas.

Las tres hermanas se giraron para ver a Rhianon acompañada de Ceridwen que acababan de abandonar sus respectivas tiendas.

-¿A ver si lo adivino? –comentó Ceridwen- ¿Bhetame quizá?

-Premio –contestó Easter.

En aquel preciso momento un ruido llamó la atención de las cinco mujeres que atendieron al instante. La tienda que se había asignado para uso exclusivo de la heredera de las tierras de Hona’b, se abrió para que su temporal propietaria emergiera de ella.

-Asunto resuelto –comentó Rhiannon.

-Aún no –sentenció Melilot abandonándolas para dirigirse al encuentro de su protegida.

Bhetame la vio acercarse y con una sonrisa le ofreció los buenos días.

-¿Dónde has estado? –preguntó Melilot con el semblante adusto y una voz que no admitía gentileza alguna.

-He ido al río.

-Mientes.

-No miento, he ido al río tal y como os hice saber ayer mismo.

-Fui al río y tú no estabas allí.

-¡Oh! Eso tiene una explicación.

-Soy toda oídos.

-Verás no me quedé en el remanso. Nunca me ha gustado el agua quieta, para bañarme prefiero disfrutar de una corriente considerable, así que preferí hacerlo un poco más abajo donde el agua ha proporcionado un estupendo masaje a los músculos de mis piernas, muy doloridos por el desacostumbrado ejercicio de estos últimos días.

Melilot escuchó la respuesta considerando su certeza.

-Prepárate, partimos en pocos minutos.

Sin añadir nada más volvió sobre sus pies y se encaminó hacia sus hermanas.

-Tomad vuestras pertenencias, reemprendemos el camino –informó Nemain mientras observaba como Melilot volvía a penetrar en su tienda.

En unos instantes las cinco hermanas estuvieron listas. Easter y Rhiannon optaron por imitar a Melilot y se reunieron con el resto ataviadas para cualquier contingencia que pudiera sorprenderlas en el camino. Con similares ropajes de distintos tonos, gris en el caso de Easter y marrón el de Rhiannon, se acercaron con paso decidido y con sus respectivas armas sujetas a su cintura y perfectamente accesibles.

El campamento ya estaba en plena actividad normal, y los hombresdeambulaban por toda el áre