Biografia
 
 
   

Bueno, ¿por dónde empiezo? He vivido en San Francisco durante más de una década, por lo general con más de un gato. Gané el concurso de deletreo cuando estaba en 7º curso, la palabra que me hizo ganar fue «ukelele». En un primer momento quise ser una estrella del rock (tengo cierta fijación con Bono, pero ¿quién no?, y tengo las guitarras y el dudoso guardarropa almacenado al fondo de mi armario para demostrarlo).

Pero escribir fue siempre mi gran amor. Fui editora del periódico de mi colegio (lo creáis o no, la clase de quinto curso de la señorita Little del colegio Glenmoor tenía uno); del periódico de mi instituto (junto con mi mejor amiga del insti, Cindy Jorgenson); y del de la universidad, donde el impresor me obligó finalmente a aprender a editar porque mis artículos normalmente llegaban tarde (y por tanto, probablemente tengo que darle las gracias por todos los trabajos de ordenador que sobrevinieron a lo largo de los años).

Gané un par de concursos por pura suerte: el Bank of America English Award en el instituto (lo que básicamente se reducía a una bonita placa que decía que yo era muy, muy buena con el inglés); y un premio al mejor artículo de deportes del periódico de la facultad (y quien me conoce bien comprende lo irónico que eso resulta).

Comencé mi carrera académica en la especialidad de periodismo, cambié a escritura creativa, que se ajustaba mejor a mi desbocada imaginación y súper desarrollado sentido de lo imprevisible. Soñaba con ser novelista.

Pero creo que la mayoría de nosotros tendemos a dar por sentado todo aquello que conseguimos con facilidad. Me encantaba escribir y todo apuntaba a que era bastante buena, pero yo, como no, quería ser una estrella del rock. Lo cual resulto un pelín más difícil que escribir. E implicaba muchísimo más equipamiento, eso seguro. Cosas pesadas con botones. También implicaba estar hasta altas horas de la noche, locales de ensayo apestosos, chicos guapos y chiflados, actuaciones estrambóticas, conflictos... ¿qué podía ser mejor?

Pero nunca abandoné mi sueño de ser una escritora publicada. Sin embargo, cuando el encanto (ejém) de tocar con cuatro personas en un diminuto club la medianoche de un miércoles por fin se apagó, comprendí que podría incorporar todo lo mejor de estar en un grupo —es decir, drama, pasión y hombres de pelo rebelde— en las novelas, al mismo tiempo que satisfacía mi amor por la historia y la investigación.

Así que escribí The Runaway Duke, se lo envié a Elizabeth Pomada, una agente literaria que lo vendió a Warner Books unos meses después de eso... lo que convierte el 2003 en uno de los años más extraordinarios y vertiginosos que he vivido.

¿Por qué novela romántica? Bueno, como la mayoría de la gente, leía gran variedad de géneros, pero he sido una ávida lectora desde que me metí en problemas por sacar a hurtadillas una novela de Rosemary Rogers del cajón de la mesilla de noche de mi madre (me parece que se trataba de Sweet Savage Love). Rosemary Rogers, Kathleen Woodiwiss, Laurie McBain... me salieron los dientes en el género con esas escritoras. Y por lo general obtengo un placer casi visceral al crear un héroe y una heroína, hacer que sus caminos emocionales se crucen y observar el desarrollo de su relación página tras página. Y, desde luego, lo mismo se podría decir de los finales felices:)

¿Y por qué Regencia? Bueno, para empezar creo que podemos culpar de ello a Jane Austen. Su inimitable ingenio, compasión y visión devolvió la época de la regencia a la vida para generaciones de lectores. Si Jane Austen hubiera escrito novelas románticas sobre los incas, por ejemplo, creo que tendríamos estantes y estantes de novelas románticas sobre incas en las tiendas de todo el país, y Waner Forever sería la línea romántica del romance inca.

Pero soy una fanática de la historia en general. Para ser francas, hoy en día leo más historia que ficción (¡cuando tengo tiempo de leer!). Cuando éramos pequeñas, mi hermana y yo solíamos jugar a «La casa de la pradera», nos adheríamos religiosamente al argumento que se daba en los libros, haciendo tartas de barro el día que tocaba hornear y fingiendo ordeñar a nuestro sufridor malamute, Shadow, cuando era tiempo de ordeñar las vacas. Quiero decir que deben gustarme las cosas viejas: hoy en día vivo en un edificio que se construyó poco después del terremoto de San Francisco de 1906 y oigo como se va deteriorando a mi alrededor mientras escribo esto.

       
 
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