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Título original: Flowers from the Storm
Autor: Laura Kinsale
Colección: Narrativa Femenina (Plaza & Janés)
Fecha de publicación: 17 Febrero 2006
Al caballero le gustaba el radicalismo en política y sentía debilidad por el chocolate. Cinco años atrás, la honorable señorita Lacy-Grey había sufrido un desvanecimiento, hecho este comprobado, cuando él la solicitó como pareja de baile en una contradanza. El incidente era un ejemplo de la clase de cosas en las que sus amigos encontraban una fuente inagotable de diversión y que gustaban recordar hasta la saciedad tras haber bebido. La ocurrencia mil veces repetida era que una proposición de matrimonio hubiese dejado a la muchacha inválida de por vida, y que una invitación de naturaleza más vulgar la habría matado en el acto.
Dado que en ese momento Christian estaba acostado y reposaba la cabeza en la suave curva de la espalda de dicha dama, mientras sus dedos indolentes se deslizaban entre las medias y la piel, justo por encima de una liga de color azul y amarillo, no tenía más remedio que reconocer que sus amigos se habían equivocado ligeramente en sus predicciones. A su parecer, la dama disfrutaba de excelente salud, ya que cruzaba los tobillos con gracia y los mecía con suavidad en el aire por encima de él. Christian colocó la palma de la mano sobre la nalga de ella, besó el hoyuelo al final de su espalda y se incorporó, apoyándose en un codo.
—¿Cuándo vuelve Sutherland?
—No hasta dentro de dos semanas, como mínimo.
La dama, de soltera señorita Lacy-Grey, se dio la vuelta sonriente, dejando al descubierto unos pechos que se habían vuelto más rotundos y un talle ligeramente más ancho y abultado. Eran amantes desde hacía casi tres meses. Christian examinó por un momento aquellas señales apenas perceptibles y, sin pronunciar palabra, levantó la mirada.
—Ojalá no volviese nunca —comentó ella, mientras entrelazaba las manos por encima de la cabeza—. Ha sido maravilloso.
—Mejor que el chocolate.
—¿De verdad?
Tras haberlo recordado, él miró a su alrededor. El alto chocolatero estaba allí a la espera; el hervidor humeaba con suavidad en el hornillo.
—Con permiso —dijo, y saltó de la cama.
—Eres un hombre odioso.
Le dedicó una reverencia y un guiño, y cogió el hervidor para verter agua caliente en la leche fría, mitad y mitad exactamente; después echó las virutas de chocolate en el recipiente e introdujo el molinillo. Bajo sus pies desnudos la alfombra tenía un tacto sedoso y fresco. Frotó con vigor entre sus manos el largo mango del molinillo, algo que debería hacerse sobre el fuego y no en el recipiente, pero las condiciones a altas horas de la noche en el dormitorio de otro hombre no eran siempre las ideales, y sirvió en una taza la espumosa mezcla resultante.
—Que seas capaz de beberte eso sin un solo grano de azúcar es todo un reto para la imaginación —comentó ella.
—El azúcar lo pones tú, dulzura mía —respondió al instante y bebió un sorbo, desnudo junto a la mesa—. ¿Cómo podría ser de otra manera?
Ella trató de poner mueca de hastío pero acabó dedicándole una sonrisa. Estiró de nuevo los brazos con un suspiro y arqueó el cuerpo con provocación, a la vez que deslizaba los pies enfundados en las medias una y otra vez sobre las sábanas.
—¡Ay! De verdad que espero que Sutherland no vuelva nunca a casa.
—Mejor harías en desear tenerlo pronto de vuelta para que se acostase contigo, niña mía, y cuanto antes mejor.
Ella levantó la vista hasta las manos, que a continuación bajó, y frunció los labios de nuevo con aquel gesto tan atractivo.
—A él no le importará.
—Seguro que no —afirmó Christian con cinismo.
Ella posó la palma de la mano en el vientre abultado y lo miró por el rabillo del ojo.
Christian dejó la taza y se inclinó sobre ella, le besó el pecho, mientras enredaba los dedos en su pelo, y posó los labios en su cuello.
—¿Ha valido la pena? —le murmuró al oído.
Ella levantó los brazos hasta rodearle los hombros y lo estrechó con fuerza. La suavidad de aquella piel volvió a despertar el deseo en Christian y, mientras la joven se aferraba a él como si se estuviese ahogando, aprovechó el momento para mancillar el honor de la dama una vez más. Ella pareció disfrutar el momento como, Dios era testigo, lo disfrutaba él.
Al pie de la escalera parpadeaba la luz de una única vela, que iluminaba el brazo izquierdo y los ropajes de una copia en mármol de una estatua de Ceres, cuya mirada, en un exceso de sentimentalismo, reposaba en un haz de trigo a sus pies. Christian bajó la escalera con discreción, pero no a hurtadillas, ya que unas semanas antes se había congraciado con el mayordomo gracias al simple gesto de dejar junto al candelabro un ordenado montoncito formado por tres monedas de oro cada vez que salía de la casa. Estaba palpándose el bolsillo con la mano enguantada en busca de las monedas cuando oyó el sonido de unos pasos allá abajo. Se detuvo en el rellano, la mano apoyada en la barandilla.
—¿Edith? —dijo desde abajo una voz masculina, que reverberó con un ligero eco en el vestíbulo.
El diablo me lleve.
Christian se quedó completamente inmóvil. Al pie de la escalera apareció Lesley Sutherland, desabrochándose el abrigo.
—¿Eydie? —llamó de nuevo, y se alisó las rojas patillas mientras miraba hacia arriba.
En el vestíbulo se oyó el tictac de un reloj cuya presencia Christian nunca había advertido, pero que en aquel momento de silencio sonó como un cómputo claro e irrevocable. Uno... dos... tres... cuatro...
Al llegar a cuatro sucedió. La media sonrisa desapareció del rostro de Sutherland. Sus labios se entreabieron. Christian no esperaba que pronunciasen palabra alguna, y no lo hicieron: solo silencio, y el rostro de Sutherland que palidecía por momentos hasta que cerró la boca y el color lo invadió todo excepto los profundos surcos junto a la nariz y en torno a los labios.
Seis… siete… ocho…
A Christian se le ocurrieron varias cosas que decir, todas ellas burlonas y dirigidas a sí mismo, excepto la clásica frase: Has vueltopronto, ¿no?
Las retuvo entre los dientes. Sutherland aún parecía presa de una profunda impresión. Un incómodo cosquilleo en la mano derecha hizo a Christian darse cuenta de la fuerza con que agarraba el pasamanos a través del guante. Lo soltó, pero la sensación de hormigueo aumentó y tuvo la impresión de que el vértigo se adueñaba de él, como si la escalera frente a él ondulase sin moverse.
Abrió y cerró la mano para desentumecerla.
El gesto dio la impresión de despertar a Sutherland. Con la vista fija en la mano de Christian, y en tono incongruente por la suavidad que empleó, dijo:
—Jervaulx, te mataré por esto.
Ni siquiera pronunció bien el nombre aquel civil venido a más; demasiada jota y demasiada equis. En un momento como aquel, de aturdimiento e inquietud, la mente de Christian tuvo una reacción de lo más absurda y se dedicó a repetir la pronunciación exacta de su título: Shervoh – Shervoh – Shervoh…
No dijo nada, estiró la mano y dobló los dedos de nuevo hasta formar un puño. Notaba el brazo pesado, como dormido, y un escozor que le recorría los huesos de los dedos.
—Los nombres de tus padrinos —dijo Sutherland en tono más alto y con más agresividad—. Quiero sus nombres.
—Durham. Y el coronel Fane. —Era inevitable. Pero le sorprendió sentirse tan raro.
Mientras se miraban, el reloj marcó otros diez segundos.
—¡Fuera de mi casa, canalla!
Fue un grito casi ahogado. Sutherland tenía el rostro tan encendido, estaba tan congestionado, que Christian pensó que estaba a punto de reventar y de caer al suelo presa de una apoplejía.
—Está bien —respondió sin alterarse.
Bajó por la escalera y pasó al lado del otro hombre con movimientos deliberadamente contenidos. Sutherland, con todo derecho, sentía deseos de matarlo, pero Christian no tenía la más mínima intención de ser la causa de que aquel hombre se desplomara y cayese muerto en su propio vestíbulo.
Además, necesitaba respirar aire fresco. Se sentía ebrio. Al abrir la puerta, la mano derecha seguía torpe y entumecida. Cerró con la izquierda, trastabilló, y tambaleándose se apoyó en la barandilla de la entrada.
La luna estaba llena e iluminaba el manto de niebla que cubría el fondo de la calle: una niebla azulada, en contraste con la negrura de las fachadas, que se elevaba lentamente. Christian seguía sujetándose a la barandilla. No cabía duda, algo extraño le sucedía. Notaba náuseas y mareo y… se sentía raro. El pensamiento alocado de que lo habían envenenado se adueñó de su mente.
¿Eydie? El chocolate. ¿Sería capaz Eydie de envenenarlo? ¿Con qué motivo haría semejante cosa?
El corazón le latía acelerado; tragó saliva varias veces en un intento de aquietarlo, de pensar.
Pasado un tiempo, soltó la barandilla. El aire fresco de la noche pareció darle fuerzas. Tomó unas cuantas bocanadas y le pareció recobrarse.
Al pie de la escalera de entrada a la casa vislumbró un bulto negro; lo escudriñó y vio que se trataba de su sombrero.
Bajó los peldaños, pasó al lado del bulto y recordó de nuevo que era su sombrero. El carruaje le esperaba dos calles más abajo. Miró con incertidumbre hacia el sombrero y siguió adelante. No se le ocurría ninguna razón para que Eydie lo envenenase y eso le molestó bastante. Pero ahora, al andar, se sentía mejor. Las cosas se ponían en su sitio. Cuando llegó a la altura de su cupé, el cochero bajó con rapidez del pescante y le abrió la puerta.
Cass y Devil salieron de golpe y movieron las peludas colas con euforia. Christian se apoyó en el carruaje y dejó que cada uno de los perros saltase una vez sobre él. Les acarició las orejas con una mano, llamó a Devil para que volviese y dejase de olfatear los depósitos de carbón que había junto a la acera, y de un salto se introdujo en el carruaje. Cass se tumbó sin aspavientos a los pies de
Christian, pero Devil introdujo el manchado hocico por el guante e intentó sentarse a su lado. Christian acarició la cabeza del setter. Al iniciar el carruaje la marcha, alargó la mano para quitarse el sombrero y descubrió que no lo llevaba.
Reclinó la cabeza en el asiento. Sutherland. Sutherland le exigía una reparación. Lo único que Christian quería era dormir. Flexionó los dedos de la mano derecha para librarse de aquella sensación de pesadez que continuaba sintiendo en ella. Medio adormilado, pensó en que, por una vez en la vida, agradecía ser zurdo, porque si no le habría resultado imposible empuñar una pistola.
–Todavía me resulta imposible entenderlo. Está claro que jamás lo haré. ¿Cómo es posible que alguien como tú, papá, espere recibir la debida consideración de una persona de su… —Arquimedea Timms se detuvo, buscando el término adecuado —… de su calaña?
—¿Tendrías la amabilidad de servirme una taza de té, Maddy?
—le rogó su padre con aquel tono de voz tan apacible que no daba pie a que nadie iniciase una discusión en serio.
—Para empezar, es duque —dijo ella por encima del hombro cuando atravesaba el comedor en busca de Geraldine, ya que la campana del salón no funcionaba. El tiempo que le llevó encontrar a la doncella, ver cómo cogía el agua y la ponía a hervir, y volver al salón no fue suficiente para que olvidase el orden de sus pensamientos—.
Es imposible imaginar que un duque se tome en serio asuntos de esta naturaleza (el cuadrado lo tienes junto a la mano derecha, papá), como ha dejado bien claro el hecho de que durante la semana pasada no haya preparado su integración.
—No deberías impacientarte, May. Estas cosas hay que hacerlas con infinito cuidado. Se está tomando su tiempo, y lo admiro por ello. —Su padre buscó con los dedos el trozo de madera recortada en forma de numeral dos y lo colocó en el lugar correspondiente para que fuese el exponente de s.
—No se toma su tiempo, le trae sin cuidado. Sale de juerga sin parar y se dedica a los placeres mundanos. No tiene ni la más mínima consideración ni por tu reputación ni por la suya propia.
Su padre sonrió, mirando al frente, mientras buscaba un signo de multiplicar y lo añadía a la secuencia de letras y números de madera que había colocado sobre el tapete de paño rojo; con los dedos recorría los bloques hasta reconocerlos por el tacto.
—¿Tienes certeza absoluta de esos placeres mundanos, Maddy?
—No hay más que leer la prensa. No ha habido en toda esta primavera ni un solo acontecimiento social que no haya contado con su presencia. ¿Y la presentación de vuestro tratado matemático conjunto anunciada para el Tercer Día por la tarde? Tendré que ser yo quien se encargue de cancelarla, ya lo sé, porque a él ni se le ocurrirá.
El presidente Milner se ofenderá muchísimo, y con toda la razón, porque ¿quién sustituirá a Jervaulx en el estrado?
—Tú te encargarás de escribir las ecuaciones en el encerado, y yo estaré allí para responder a las preguntas.
—Siempre que el Amigo Milner lo permita —dijo Maddy con amargura—. Dirá que es de lo más irregular.
—Nadie se molestará. Tú nos deleitas con tu presencia todos los meses, Maddy. Ha sido siempre bien recibida. El propio Amigo Milner me dijo una vez que el rostro de una dama alegra enormemente los salones de las reuniones.
—Pues claro que asisto a las reuniones. ¿Cómo iba a dejarte ir solo?
Levantó la vista al entrar la criada con la bandeja. Geraldine dejó el té sobre la mesa, y Maddy le sirvió una taza a su padre, tomó su mano y la guió con suavidad hasta el platillo y el asa. Tenía unos dedos pálidos y suaves tras tantos años de trabajo en casa, y un rostro en el que, pese a la edad, todavía no se veían arrugas. Siempre le había rodeado un aire de abstracción, incluso antes de perder la vista.
La verdad sea dicha, los hábitos establecidos en su vida apenas se habían alterado tras la enfermedad que, años atrás, le había dejado ciego, excepto por el hecho de que ahora se apoyaba en el brazo de Maddy cuando salía a dar su paseo diario o acudía a las reuniones mensuales de la Sociedad Analítica y de que además hacía uso de las piezas de madera y del dictado para las cuestiones matemáticas en lugar de escribir con su propia pluma.
—¿Irás hoy a casa del duque para que te entregue los diferenciales?
—preguntó.
Maddy hizo una mueca de disgusto sin necesidad de disimularla, ya que Geraldine se había marchado.
—Sí, papá —contestó, esforzándose para que su voz no revelase la irritación que sentía—. Iré de nuevo a casa del duque.
Cuando Christian despertó, lo primero que le vino a la mente fue la integración incompleta. Apartó de un manotazo las sábanas, expulsando de la cama a Cass y Devil, y agitó con fuerza la mano, en un intento de librarse de la sensación de agujetas que sentía tras haber dormido sobre ella. Los perros lloriquearon junto a la puerta, y los dejó salir. Aquella insensibilidad incómoda de los dedos tardaba en desaparecer; apretó el puño mientras se servía el chocolate y, con el batín puesto, se sentó a hojear las páginas en las que estaban escritas las ecuaciones de Timms y las suyas propias.
Era fácil distinguirlas: las de Timms estaban escritas con letra pequeña y refinada, cuyo tamaño era apenas un tercio de aquellos garabatos torcidos que hacía Christian. Desde la primera vez que pisó un aula, Christian se había rebelado ante la insistencia de que escribiese en letra cursiva con la mano derecha y lo hacía con la izquierda, aguantando en silencio, lleno de resentimiento, los golpes que con regularidad recibía en la palma de la mano causante de la ofensa, pero todavía se sentía incómodo cuando tenía que escribir en presencia de otros. Esa mañana la escritura de Timms se veía tan diminuta que resultaba incluso difícil de leer; los signos parecían flotar sobre el papel y a Christian le produjo dolor de cabeza tratar de enfocar la vista en ellos.
Era obvio que sufría los efectos del brandy que había consumido la noche anterior. Cogió una pluma, preparada ya por su secretario para que tuviese el ángulo exacto que requería la postura torpe y retorcida de la mano de Christian, y empezó a trabajar, haciendo caso omiso de lo que ya estaba escrito. No resultaba difícil abstraerse en aquel mundo luminoso y sereno, formado por funciones y distancias hiperbólicas. Los símbolos sobre la página podían parecer torcidos y temblorosos, pero en su mente las ecuaciones eran una melodía ininterrumpida. Tras parpadear, apretó los músculos del rostro, tratando de librarse de aquel dolor que parecía haberse instalado en el ojo derecho, y continuó escribiendo.
Cuando por fin había acabado de calcular el último diferencial y pensó en llamar a Calvin para que le llevase la bandeja del desayuno, tuvo la impresión de que despertaba de un trance al levantar la vista y reconocer su propio dormitorio: las columnas de estilo palladiano que flanqueaban el lecho, el friso de escayola, los paneles de madera y el papel con dibujos azules de la pared, elegido por alguna dama cuyo nombre ahora era incapaz de recordar. Pensar en damas, sin embargo, le trajo el recuerdo agradable de Eydie a la mente, y mandó a Calvin que se asegurase de que recibía una orquídea antes de la hora del té.
—Como usted ordene, excelencia —dijo el mayordomo con una ligera inclinación—. El señor Durham y el coronel Fane se encuentran abajo. Llevan algún tiempo queriendo hablar con usted. ¿Quiere que les diga que su excelencia no se encuentra en casa esta tarde?
—¿Es que doy la impresión de no estar en casa? —Estiró las piernas, se reclinó en la butaca y cruzó los tobillos mientras miraba el reloj—. Por Dios, ya es la una y media. ¿Cuánto tiempo llevan ahí abajo? Haz que suban, ¿a qué esperas?, hazlos subir.
Christian no se molestó en acicalarse para recibir a Durham y Fane; no tenía amigos más antiguos ni más sencillos. Se frotó la cabeza ante la opresión aguda y persistente que en ella sentía, y por un momento no hizo otra cosa que quedarse recostado con los ojos cerrados.
—¡Por todos los diablos! ¿Qué tenemos aquí? ¿Otra vez haciendo garabatos? —La voz perezosa de Durham sonó ligeramente sorprendida—. ¿En un momento como este? Eres frío como un iceberg, no hay duda.
Christian abrió los ojos para de inmediato volver a cerrarlos.
—Que Dios nos ampare, aquí llega la curia.
—Justo a tiempo. Pareces a punto de necesitar que se te administren los últimos sacramentos, amigo mío.
—¿Y estás seguro de saber administrarlos? —dijo Christian mientras abría un párpado.
—Siempre podría repasarlos. Haría cualquier cosa por ti, Shev.
Durham todavía seguía el estilo de Brummell, tanto en la manera de hablar como en cuestión de vestimenta, pese a que hacía once años que Beau había huido a Francia para escapar de sus acreedores, pero la rubia cabellera y el gesto decidido eran el contrapunto voluntario a sus gráciles movimientos. La austeridad en el vestir era su única concesión a la vocación religiosa, y Christian, su único benefactor: en los duques de Jervaulx, entre otros veintinueve cargos eclesiásticos, recaía el privilegio de nombrar de por vida al titular de Saint Matthews-upon-Glade, puesto eclesiástico munificente que Christian había considerado adecuado conferir a su amigo. Y era favor merecedor de la más completa gratitud si se tiene en cuenta, además, el hecho irónico de que Durham carecía por completo de los atributos y el carácter que normalmente se exigen de un pastor de la
Iglesia anglicana.
Fane, seguido de los perros, entró a continuación y Devil se coló entre las botas del guardia real que iba resplandeciente con los encajes dorados y el uniforme escarlata de su regimiento y que, tras hacer girar una chistera con el dedo, la lanzó hacia Christian.
—De parte de Sutherland.
Christian la cogió y apartó las pezuñas de Devil de su regazo.
—¿De qué diablos hablas? ¿Sutherland?
—Aseguraron que anoche la dejaste a la puerta de su casa.
—¿Quién aseguró semejante cosa?
—Pues quién iba a hacerlo. —Fane, con el ceño fruncido, se dejó caer en una butaca—. Sus malditos padrinos, quiénes si no.
Christian, pese al dolor de cabeza, no pudo evitar una sonrisa.
—Vaya, ¿está de vuelta en la ciudad? ¿Ya me ha retado en duelo?
—Vete al infierno, Shev, a nadie le hace la más mínima gracia —dijo Durham—. Sutherland tiene una puntería endiablada.
Fane acarició la cabeza de Cassie y a continuación se quitó un pelo negro de la casaca roja.
—Quiere que sea mañana por la mañana. Depende de ti, claro.
Pensamos que con pistolas pero, al tratarse de Sutherland, podrías elegir los sables.
Christian cerró los ojos y volvió a abrirlos. El dolor de cabeza lo estaba ahogando; ni siquiera podía pensar con claridad.
—Qué mala suerte que te tropezases así con él en su propio vestíbulo —añadió Fane en tono lúgubre—. Podría jurar que él no tenía ni idea de lo tuyo con la Sutherland. No fue más que cuestión de mala suerte, de auténtica mala suerte. Uno pensaría que el muy imbécil querría mantener el secreto, ¿o no? ¿Qué cree que va a conseguir matándote, si es que logra hacerlo? Un largo viaje por Europa, o que lo ahorquen si es lento en la huida. Te juro por Dios, Shev, que yo mismo me encargaré de dar el chivatazo si te mata.
Christian, con el ceño fruncido, miró inquieto a Fane. Pensó que aquello no era otra cosa que una broma muy estudiada para la que no estaba de humor. Pero nadie sonreía, y Fane tenía un aire decididamente serio, y la mandíbula apretada.
—¿Recibiste la visita de los padrinos de Sutherland esta mañana?
—A las ocho llegaron sus tarjetas —dijo Fane, para después añadir con un movimiento de la mano—: y a las nueve estaban en la escalera de mi casa de Albany. Está que echa espuma por la boca, Jervaulx. Sediento de sangre.
—¿Dijeron… que estuve en su casa?
—¿No fue así?
Christian se miró los pies. Ahora que lo pensaba, no podía acordarse bien de la noche anterior.
—Dios. Debía de estar borracho como una cuba.
Durham exhaló aire con fuerza.
—Por todos los diablos, Jervaulx, ¿quieres decir que no lo recuerdas?
Christian hizo un ligero gesto negativo. No se sentía como si hubiese estado bebiendo. No recordaba haber empezado a beber.
Tenía dolor de cabeza y la mano… se sentía extraño, nada más.
—Dios —dijo Durham, y se sentó en una butaca—. Menudo desaguisado.
—No importa. —Christian se apretó el puente de la nariz con los dedos—. ¿Mañana? ¿Quiere que sea mañana? Mañana es demasiado pronto.
—Entonces, ¿cuándo?
—Mañana por la tarde tengo que presentar un ensayo. Tendrá que ser el miércoles por la mañana.
—¿Un ensayo? —repitió Fane como un eco.
—Un ensayo matemático.
El coronel se quedó mirándolo.
—Un ensayo, Fane —explicó Christian con paciencia—, formado por palabras que transmiten un mensaje de suma importancia. ¿No leéis nunca en el ejército?
—A veces —respondió Fane.
—¿No sabes que Shev es un auténtico Newton? —Durham se reclinó y cruzó las piernas antes de añadir—: Aunque nadie lo diría a juzgar por su aspecto, ¿a que no? Tienes una pinta horrorosa, Jervaulx.
—Y me siento igual —dijo Christian. Acarició el cuello de Devil con la mano izquierda y suspiró—. Al infierno con todo. Y yo para remate acabo de mandarle una orquídea a Edith.
Aquel edificio de Belgrave Square, blanco, elegante y de reciente construcción, era una afrenta para Maddy. Todo lo relacionado con el duque de Jervaulx le resultaba ofensivo. Al haber nacido y haberse criado en el seno de la Sociedad de los Amigos era de suponer que a Maddy debía preocuparle el estado de gracia de un hombre que despilfarraba la vida en bailes, apuestas y diversiones como él hacía, pero, la verdad sea dicha, a su Divina Luz Interior no parecía interesarle lo más mínimo el estado espiritual del caballero. Más bien, lo que sentía era un antagonismo muy mundano hacia él. En circunstancias normales, Maddy no le habría dedicado ni un pensamiento; es más, ni siquiera habría oído hablar nunca del duque de Jervaulx si este, movido por quién sabe qué motivos perversos, no hubiese empezado a escribir cartas a la publicación que editaba la Sociedad
Analítica de Londres y, como consecuencia, llegado a ocupar un lugar tan importante e invisible en la casita que los Timms habitaban en Chelsea.
Ella era la que se encargaba de leerle la revista a su padre sin dejarse ni una coma y, por supuesto, era asimismo la que se había encargado de contestar, al dictado de su padre, la respuesta a la carta del duque que habían publicado, en la que se interesaba por la monografía de su padre titulada Solución a las ecuaciones de quinto grado.
Eso había sucedido el Primer Mes del año. Ahora se encontraban casi en el Sexto Mes, con las jardineras de las ventanas rebosantes de guisantes de olor y de tulipanes tardíos, cuyo rojo escarlata contrastaba vivamente con el color claro de las fachadas, y por tanto ya hacía tiempo que Maddy se había convertido en visitante habitual de la casa de Belgrave Square.
Y no es que hubiese visto alguna vez a Jervaulx en persona. No le había puesto la vista encima ni una sola vez. Era evidente que el duque no iba a dignarse recibir a una mujer cuáquera de clase sencilla y modesta como ella ni tampoco se dignaría acudir en persona a las reuniones de la Sociedad Analítica; tenía formas más aristocráticas y dudosas de pasar el tiempo. No. Arquimedea Timms se presentaba en la puerta de su noble casa con una copia del último trabajo de su padre, que ella con infinito cuidado y exactitud había puesto por escrito, y tras entregárselo a Calvin, el mayordomo, este la conducía a un rincón de la sala del desayuno, le ofrecía una taza de chocolate, se llevaba las propuestas tan trabajadas de su padre y la dejaba allí sentada, en ocasiones hasta tres horas y media cada vez, a la espera de que el sirviente volviese con una nota y varias hojas cubiertas de trazos descuidados y exagerados, de hileras de ecuaciones escritas como si los números y los signos tuviesen una finalidad estética y no matemática.
Con más frecuencia que otra cosa, todo lo que Calvin traía de vuelta era la promesa del duque de que la parte que a él le correspondía estaría lista al día siguiente. Y cuando al día siguiente volvía, la promesa era para el otro, y para otro más, hasta conseguir que ella perdiese la paciencia con aquel hombre. A eso, por si fuera poco, había que añadirle el nerviosismo callado pero cada vez más intenso de su padre por lo que entre él y Jervaulx estaban alcanzando. Las matemáticas lo eran todo en la vida de su padre, la prueba irrefutable de un teorema era el objetivo de su vida; no por la fama que un descubrimiento de esa índole le proporcionaría, sino por amor a la ciencia en sí. Para él, el duque era un milagro, un regalo portentoso para su vida, para la geometría y para la tierra en general; esperaba lleno de emoción aquellas respuestas impuntuales con una paciencia infinita.
En realidad, Maddy tenía miedo de sentirse un poco celosa. La forma de iluminarse el rostro de su padre cuando por fin ella volvía con una nueva serie de ecuaciones y axiomas de Jervaulx, aquel rostro en un principio atónito en el que, a continuación, se reflejaba el placer y hacía gestos de asentimiento cuando se los leía en voz alta y él descubría una innovación concreta, unos cálculos que ponían de manifiesto un refinamiento único… pero bueno, no tenía derecho a regatearle esa felicidad solo porque para ella todo aquello no fuese más que una serie infinita de símbolos, una especie de extraña lengua que uno sabe leer y pronunciar, pero que en realidad no entiende.
Había personas que nacían con ese don, y Maddy, pese a la ilusionada esperanza que su padre había expresado al ponerle aquel nombre en honor a Arquímedes, no se encontraba entre ellas.
Pero el duque de Jervaulx sí.
A la vez era disoluto, irresponsable y despilfarrador, galante, jugador, mujeriego, mecenas de las artes mundanas, de pintores, músicos y novelistas y sin muchos tapujos aparecía como el «D. de J.» en la prensa escandalosa, que con frecuencia se hacía eco de sus numerosas proezas.
Maddy había puesto todo su empeño en indagar en la vida de aquel hombre y, hablando en plata, era un libertino.
Su padre no se habría inmutado ni aunque el hombre hubiese sido un pastor de vacas; lo que importaba era el talento. Pero Jervaulx era un duque, algo que Maddy se veía obligada a recordar con mucha más frecuencia que su padre, para ser precisos, cada vez que se sentaba a esperar en aquel rincón a merced de sus aristocráticos caprichos. Y ahora, pese a que hacía dos meses que había accedido a ser coautor de aquel trabajo con su padre e incluso había condescendido a ofrecerse para hacer la presentación preliminar en la reunión mensual de la Sociedad Analítica, al parecer Jervaulx se había olvidado por completo del asunto y ni tan siquiera se molestaba en dar el último paso crucial y terminar los cálculos.
Al menos, ella esperaba que se hubiese olvidado, porque su temor acuciante era que estuviese gastándole una broma horrible a su padre. Su pesadilla más horrorosa era que Jervaulx apareciese en la Sociedad Analítica con algunos de sus indeseables amigos, quizá bajo los efectos de la bebida, en compañía de mujeres de mala reputación, para convertir a su padre y a todos los demás miembros de la Sociedad en objeto de escarnio público.
En realidad, no tenía razón alguna para imaginar que fuese a hacer algo semejante, pero en el mejor de los casos su padre iba a sentirse profundamente decepcionado y avergonzado ante sus amigos por la ausencia del duque, y todo por culpa de un aristócrata que era demasiado indolente para cumplir con sus compromisos, a no ser que se tratase de cuestiones libertinas. Para Jervaulx aquello era un mero pasatiempo; para su padre, la vida misma.
Subió decidida los escalones del pórtico de la blanca mansión, casi dispuesta a entregar, junto con la cortés y tímida nota de su padre, otra escrita por ella al duque que expresase con claridad sus sentimientos. Pese a que jamás, ni en el silencio de su propia Asamblea, había encontrado en su interior el atrevimiento necesario para ponerse en pie y hablar, estaba segura de que no iba a sentirse atemorizada en absoluto por el hecho de que fuese un duque. No se inmutaría si tenía que hablar con él, lo que era señal, a su modo de ver, de que sus motivos gozaban de la aprobación divina. Tenía la convicción de que, a tenor de las enseñanzas bíblicas en torno a la igualdad de los hombres, cualquier cosa que sirviese para abrir los ojos del duque ante sus propias iniquidades de forma calmada y convincente no le haría más que bien.
Pero Calvin, que estaba sonriente cuando la hizo entrar, cogió una cartera plana de piel de una mesa que había en el propio vestíbulo y se la acercó.
—Para ser entregada al señor Timms, por mediación de la señorita Arquimedea Timms, con los saludos de su excelencia —fueron sus palabras—. El duque ha dado instrucciones para que le comunique al señor Timms que su excelencia asistirá mañana por la noche a la reunión de la Sociedad Analítica en compañía de sir Charles Milner y que espera con ansiedad el momento de hacer la presentación. Maddy tomó la cartera en sus manos.
—Ah —dijo—, lo ha terminado.
Calvin no mostró señal alguna de haber notado su sorpresa, se limitó a torcer ligeramente la cabeza con expectación en dirección a la sala del desayuno.
—¿Desearía tomar un chocolate, señorita?
—¿Un chocolate? —Maddy, con esfuerzo, puso sus pensamientos en orden—. No. Por supuesto que no. No voy a quedarme. Tengo que entregarle esto a mi padre de inmediato.
—Lo que usted diga, señorita.
Aquel cumplimiento repentino e inesperado de su promesa que el irresponsable duque había hecho dejó a Maddy completamente desconcertada, y en cierto modo más ofendida que satisfecha. Qué hombre tan odioso, ponerlo todo patas arriba y tener a todo el mundo pendiente de un hilo, y creerse después que puede poner todo en su sitio por el simple hecho de confraternizar con el presidente Milner y acabar las diferenciales en el último momento.
—Te hablaré con claridad, Amigo —dijo Maddy con el tono severo que había preparado para dirigirse al propio duque—, espero que Jervaulx haya preparado a fondo el discurso; ahora ya no queda tiempo para que mi padre le brinde su ayuda.
Calvin le dirigió una mirada anodina.
—Su excelencia no ha hecho mención a que tuviese previsto contar con la ayuda del señor Timms.
Como siempre, puso mucho énfasis en el tratamiento, lo que
Maddy interpretaba, sin ninguna duda, como la manera de mostrar su desaprobación ante el hecho de que ella utilizase el lenguaje Sencillo para hablar de Jervaulx y lo llamara directamente por el nombre de su ducado. A Maddy le importaba un bledo. Si hubiese sabido cuál era su apellido, habría ido todavía más lejos y lo habría utilizado como haría cualquier cuáquero sin artificio al hablar de otra persona.
Se quedó un momento quieta, mientras bajo la falda daba golpecitos con el pie en el suelo, sin hacer ruido.
—¿Podría hablar con él?
—Lamento comunicarle que su excelencia no se encuentra en casa.
Los golpecitos de Maddy aumentaron de intensidad.
—Claro. Qué lástima. En ese caso, te ruego que le transmitas el agradecimiento de mi padre.
Tras esas palabras, se colocó el estuche bajo el brazo, se dio la vuelta y bajó los peldaños.
Christian yacía en cama con los ojos cubiertos por un paño empapado en un ungüento fétido.
—Ha venido la señorita Arquimedea Timms, excelencia. Se ha llevado los papeles consigo.
—Muy buen.
Hubo un momento de silencio.
—El médico no tardaría ni un cuarto de hora en llegar —dijo Calvin—, si me ordenase llamarlo, excelencia.
—No necesito a ningún maldito matasanos —respondió Christian, tragando saliva—, esto desaparecerá en un par de minutos.
El mayordomo balbuceó unas palabras de asentimiento. La puerta dio un chasquido al cerrarse tras él. Christian se arrancó de un manotazo el paño con olor a moho y lo tiró al suelo. Se cubrió los ojos con el brazo y arqueó la cabeza hacia atrás mientras se preguntaba si aquel maldito dolor de cabeza lo mataría antes de que Sutherland tuviese oportunidad de intentarlo.