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Me enamoré de la novela romántica de adolescente. Subsistiendo con una severa dieta a base de novelas góticas de Victoria Holt y harlequines, no tardé mucho hasta que comencé a crear mis propias historias. Escribí mi primer libro, The Emerald Castle, a los trece años. Era una novela verdaderamente horrorosa, con una heroína ingenua y un héroe arrogante. Ella le amaba por ningún motivo en particular, y él la trataba como si fuera basura. Pero la historia tenía un principio, un nudo y un desenlace, lo cual es mucho más de lo que otra gente consigue.
Así que, seguí escribiendo... y escribiendo... y escribiendo. Escribí mientras estaba en la universidad y seguí haciéndolo tras el nacimiento de mi primer hijo. Durante diez años me volví muy crítica y comencé varios manuscritos, escribiendo y reescribiéndolos. En algún momento, todo encajó. No fueron los libros de autoayuda los que me ayudaron a lograrlo, sino que fue la persistencia y una buena crítica que me llegó en la forma de mi amiga Sydney Baily-Gould.
La moraleja de esta historia, si es que tiene una, sería esta: ¡Puedes hacer cualquier cosa que tu corazón desee, lo único que tienes que hacer es no abandonar, y nunca jamás rendirte! (Le doy las gracias a Winston por esas estimulantes palabras)
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