Nací y cursé mis estudios, en Madrid, en donde también me casé y tuve un hijo.
En la actualidad trabajo y vivo en Madrid.
La primera novela romántica que me hizo soñar fue El Caballero de los Brezos, de Marisa Villardefrancos. La que me impulsó a empezar a escribir en serio, Shanna, de Kathleen Woodiwiss.
Mis aficiones: viajar, leer y escribir. De géneros variados. Históricas, de aristócratas, piratas, vividores, oeste. Incluso me atreví con una policíaca.
Compagino mi trabajo y mi casa con la escritura y cualquier momento es bueno para aislarme en el despacho y ponerme a crear historias. No podría hacerlo sin el apoyo de mi marido: mi secretario, mi corrector, mi refugio.
Siempre estoy hilvanando alguna historia mentalmente. O varias a la vez.
Lo mejor, cuando veo una historia terminada y me entretengo repasándola.
Lo peor, que imagino el inicio, la trama y el desenlace de una novela y después, en un momento determinado, los personajes toman su propio rumbo, te cambian las escenas, casi se puede decir que se auto-definen, con lo que tengo que replantearme el argumento de nuevo.
Como anécdota: una novela de jeques que terminé en un mes. Me asaltó la idea de camino a casa, me puse con ella y en menos de treinta días estaba terminada. Y estoy enamorada de esa novela.
Hasta ahora, nunca he concursado. Escribía para mí y para mis amigas. De hecho, de no haber sido por Lola, que me animó de modo insistente a contactar con editoriales, esta primera novela, Lo que dure la eternidad, quizás no se hubiera asomado al mercado. Ella y mi marido han sido el motor de esta aventura.