biografía
Siempre me han gustado las historias de amor. Tuve la suerte de tener una madre que no solamente me leía, sino que inventaba sus propios cuentos. Mi fortuna continuó mientras me iba haciendo mayor. El cuarto curso fue uno de mis favoritos como estudiante. Hay cosas que nunca se olvidan, como es el caso de la hermana Joseph Anne y sus originales historias sobre las aventuras de Jane y Fifi en Avocado Green.
A la edad de once años, tuve la audacia (y la confianza) de presentar mi pequeña obra maestra, una historia corta, a una editorial de ciencia ficción. Pero ésta fue rechazada, cosa que me pareció increíble y me causó una enorme desilusión. Pero no había que tirar la toalla por una tontería, así que volví a presentar otro manuscrito, esta vez paranormal, que también fue rechazado ¿¡Qué sabían ellos!?
No paré de escribir, poemas, relatos cortos... pero no volví a presentarlos. ¡Eran los niños de mis corazón! (Mejoré en el género dramático pero, ¿no hacen eso todos los preadolescentes?) No podía soportar que nadie los criticase.
Como ávida lectora, leí "El Exorcista" y "Tiburón" antes de que se transformasen en películas. Al fin y al cabo, ¿cómo se podía comparar el trabajo de un cineasta con mi propia imaginación?
En esa época, lo que más me gustaba leer era la ciencia ficción, pero sentía que me faltaba algo. Y ahora es cuando empiezo a hablar de mi otro primer amor. Cuando tenía catorce años conocí al muchacho que más tarde se convertiría en mi marido. En esos tiempos ya era una romántica empedernida (aunque no lo supiera) así que, el pobre chico, no tuvo otra opción. Un día me besó ¡Justo! Eso era lo que faltaba en mi biblioteca ¡Un beso de los que hacen que te tiemblen las rodillas y se te acelere el corazón! Compré un pequeño bloc de notas y empecé a escribir sonetos. ¡Había encontrado mi destino! ¡El Romance, dulce y brillante Romance! La vida tenía sentido. Finalmente comprendí porque siempre había tenido un Ken a juego con mi Barbie.
La felicidad. La dicha.
Pero la cruda realidad llamó a mi puerta. Escribía porque me encantaba hacerlo. El pensamiento de dedicarme profesionalmente a ello nunca cruzó mi mente (y todas esas cartas de rechazo apiladas con mis relatos que me decían, ¿te acuerdas de nosotras?, ¿te acuerdas?, no ayudaron mucho).
Así que tuve que buscar empleo. Uno que realmente me diera dinero. Me casé con ese chico que con sus besos hacía que mis rodillas se doblasen, tuve tres preciosos niños y un completo zoo con Lhasa Apso, un chihuahua, dos serpientes, salamandras...
Seguía escribiendo. Tecleaba con dicha página tras página, feliz de poder compartir mis historias con mi madre y mi mejor amiga, para después meterlos en coloridos sobres y almacenarlos junto con el resto de mis manuscritos. De cuando en cuando, afortunadamente, les quitaba el polvo y se los leía a mi marido por la noche, Nunca bostezó, pero se quedó dormido en varias ocasiones.
El siempre fue mi campeón. (¿Puede una escritora de novela romántica conformarse con menos?) Y me convenció para que presentase mi trabajo a las editoriales.
No. No puedo. Vale... sólo una vez.
Mi cuñado, George (te echo mucho de menos) me puso en contacto con una magnifica agencia. ¿Quién? ¿Qué? ¿Estás bromeando? ¡Les gusto! Desafortunadamente, la agencia no llevaba romance histórico, (¿os he dicho que me encanta la historia?). Les gusté, pero tan sólo recibí un: Lo sentimos. Adiós y buena suerte.
Entonces mi campeón volvió a batallar por mí. Mi marido me obligó, sí, me obligó, a enviar mi libro a otra agencia. ¡Les encanté!, y Lord of Desire se vendió a Warner Forever. El resto ya es historia.
La moraleja de todo esto es la siguiente. Señoras, mantengan los ojos abiertos en busca de un campeón. En verdad existen.
De acuerdo, eso no es una moraleja. Pero es que yo soy una auténtica romántica. ¡¡¡Oh, sí!!! Ahora también soy una escritora.
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