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Estructuración hacia la inutilidad

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Un título que de entrada no nos dice nada, lo sé, tras él se esconde lo que yo llamaría “Un esfuerzo continuo e inútil de clasificar y marcar pautas” de algo que a todas nos gusta, la lectura. Esta costumbre tan marcada de separar los libros por géneros tiene su razón de ser, por descontado, cuando hablamos en términos generales, pero cuando se empieza a dividir cada género en distintos subgéneros llega al colmo de la estupidez y, a mi entender, de la más pura jocosidad. Ó como diría una amiga mía “cultureta”, se cae en el más absoluto chovinismo romántico-literario

Partiendo de una base lógica de estructuración, no lo sería incluir bajo un mismo género la novela de aventuras y la histórica, el resto es querer rizar el rizo. Me parece conveniente para el lector/a de novela romántica distinguir entre la histórica y la contemporánea, sobre todo porque cada una de ellas tiene un grupo distintivo de lectores que no siempre son los mismos. Pero caer en el esperpento, marcado desde Estados Unidos, de separar así mismo la Histórica entre varios subgéneros (como escoceses, regencia, medieval y un largo etc), como también se hace con la contemporánea, y más desde que hizo su entrada en el mercado la novela con tintes paranormales, hace que se llegue a puntos ridículos como el hecho de que una novela pueda ser clasificada de: Histórica/Medieval/Paranormal/Vampírica, y si encima a la autora se la ocurre incluir un “viajecito” en el tiempo se puede tardar más en leer la clasificación o género de la novela que el argumento de la misma.

Será que soy bastante anárquica y siempre me han molestado las clasificaciones y etiquetaciones sea de personas, libros o ideas. Para mí un libro es lo que el autor/a quiere que sea, marcándose para ello unas pautas y poniendo su empeño en lograr transmitir al lector el cúmulo de sentimientos que de su imaginación va fluyendo. Y claro, la capacidad del lector para captar todo ello. Ni siquiera se debería hacer una clasificación entre los buenos y malos libros, porque lo que para mí puede ser una joya a otra persona le puede parecer un verdadero brodio, o al contrario.

Hace poco y discutiendo sobre las prebendas que a veces a priori deben hacer los autores en pos de las posibilidades de publicación o ventas, a veces auto infligidas y otras marcadas por las editoriales, llegamos a una clara conclusión (clara para nosotras evidentemente, y con la que no es necesario estar de acuerdo), lo peor que se puede hacer como autor es forzar estilos que no son los adecuados a su forma de escribir. Con ello sólo consigue no decir nada a la persona que esté leyendo esa obra (sea del género que sea), que pase sin pena ni gloria como si de un vaso de agua se tratara. Y aunque parezca que no viene esto a cuento de lo que decía en las líneas anteriores, sí la tiene y lo explico. La moda de crear esos subgéneros de los que hablaba ha forzado a muchas autoras a querer subirse a ese carro, llámese paranormal, chick-lit, erótica, o del que se trate en cada caso, que vende y mucho en Estados Unidos y ya se está exportando a nuestro país, cuando en realidad ése no es el estilo en el que están “cómodas” escribiendo.

Conste que sólo hablo de forma muy generalizada, pero plantearlo de esta manera... Si una escritora no se encuentra cómoda con lo que está escribiendo, si ella misma no se lo cree, ¿cómo hará para transmitir sentimientos genuinos al lector? Los que sean, amor, odio, terror, deseo, la gama es lo bastante amplia para no dejarse marcar por tendencias o estilos. Pero no, ¿que el paranormal se pone de moda? pues venga, saquemos a los vampiros del armario y dejemos que los lobos campen a sus anchas. ¿Qué lo que vende es la erótica?, pues escribamos líneas cada vez más calientes, busquemos una amplia gama de orgías que ni Nacho Vidal sería capaz de rodar y dejemos que las ventas suban. Señores autores y, sobre todo, señores editores: no todas las lectoras de novela romántica nos ponemos a babear al leer un tipo de escena como la antes mencionada. A algunas nos gusta mantener el libro seco y limpio.

Cuánto mejor sería que hicieran lo que saben hacer, y no en todos los casos, escribir y hacerlo bien, desde el corazón y con la mente. Tocando los acordes que hacen que el lector vibre con las palabras, que se emocione con los personajes, que viva la trama que va entrelazando la autora... desde la más íntima sinceridad, y que dejen de lado esas paparruchadas de los géneros que más venden. Y si para ello somos las lectoras las que debemos alzar la voz para que acabe esta tontería, pues hagámoslo. Quizás así nos evitaríamos brodios incalificables, y no precisamente por no saber donde encuadrarlos, sino más bien por la absurdidad de textos en los que lo más que nos transmiten es un alzamiento de ceja, el pensamiento de si la autora está en su sano juicio o hacernos un mapa mental de qué postura están usando en ese momento los personajes (porque tal y como lo describe es, de hecho, imposible) o en qué lugar exacto del tiempo ha ido a parar el héroe o heroína en cuestión.

Marcar tendencias está muy bien, siempre que sea desde la más absoluta espontaneidad, veracidad y seriedad. El resto no es más que marketing y el más puro “freakismo”. Y desde mi franqueza en estas líneas pediría, sobre todo a las editoriales, que dejen las manipulaciones de mercado y nos ofrezcan un buen producto, y en ello no sólo englobaría textos bien escritos, coherentes y originales, sino que también fueran acompañados de buenas traducciones y correcciones, cosa que últimamente la mayoría no cumple.

Melisande

 
 

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