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Prólogo
Nueva York
La noticia de que iba a morir le llegó como el lejano estampido de
un trueno, un sonido inquietante en los límites de su conciencia,
que le hizo alzar la cabeza y preguntarse si había oído bien. Aaron
Lear miró por la ventana de su despacho en el piso cuarenta y tres
del centro de Manhattan y se dio cuenta de que la luz del atardecer
estaba comenzando a desvanecerse. ¿Era ya tan tarde?
Seguía sin moverse de donde estaba cuando recibió la llamada: acuclillado contra la pared de roble pulido por donde se había ido dejando resbalar mientras su mente trataba de asimilar las palabras «cáncer» y «agresivo». Su oficina le resultó de repente sofocante; estaba oscureciendo rápidamente, y sombras grises y negras comenzaban a tapizar su despacho. Aaron trató de tomar aliento; no estaba preparado para eso, ni siquiera había considerado la posibilidad de su propia mortalidad. Incluso cuando comenzó a encontrarse mal, sólo un pequeño malestar extraño, nunca se le había ocurrido que pudiera ser algo tan... vil. Tan malditamente concluyente.
«De momento no puedo decirte nada más. Por ahora, agárrate a eso», le había recomendado su médico. Pero ¿cómo podía agarrarse a algo tan vago? Aaron se incorporó, pero las piernas le pesaban como plomo, y tuvo que apoyarse en el escritorio. La sala estaba casi a oscuras; se preguntó cuánto tiempo habría pasado realmente desde que cogió el teléfono. Toda una jodida vida. Por supuesto, hacía semanas que sospechaba que algo iba realmente mal. Desde el momento en que había notado la hostil invasión de su cuerpo, había sentido una vaga pero innegable guerra en su interior; en algún monitor interno había visto cómo las células cancerosas avanzaban como un ejército de hormigas por su estómago y por las sinuosas curvas de su colon, y lanzaban sus bombas incendiarias por el vertedero.
«¡Mierda, sólo tengo cincuenta y cinco años!»
Era imposible contemplar siquiera la posibilidad de desaparecer. Quedaba tanto por hacer, por ver, ¡por ser! ¿Y la dinastía que había creado y aún dirigía desde su posición de presidente y director general? El vasto imperio de transporte era obra suya, su creación, lo que había comenzado a los diecinueve años, después de escapar del oeste de Texas y de una vida en una granja de algodón. Había construido esa compañía camión a camión, avión a avión. Había comenzado conduciendo entre Dallas y San Antonio para una compañía de transportes, escatimando y ahorrando hasta que pudo comprarse su propio camión. Luego fueron dos. Más tarde cuatro, y por fin toda una flota, que fue expandiéndose y creciendo bajo su tutela, hasta que consiguió ampliar su ámbito a todo el mundo. Las Lear Transport Industries, más conocidas como LTI, eran como otra hija para él; la orgullosa marca de un hombre, de su vida y sus éxitos.
«¡No estoy preparado para partir!»
Bonnie. Tenía que hablar con Bonnie, que seguía siendo su esposa a pesar de llevar quince años separados, y su único y verdadero amor. Bonnie Lou Stanton, su novia del instituto, la reina de la fiesta, con sus risueños ojos azules, la única que lo apoyó cuando la relación con su padre se agrió. Había sido Bonnie quien se había ido con él a Dallas cuando dejó atrás la granja de algodón de la familia; la que había estado a su lado aquellos duros años, cuando todo parecía tan negro, y quien lo había animado cuandoél creía estar fracasando. Y más tarde, con un bebé a cuestas, la que sonreía alegremente mientras conseguía que una lata de judías durara dos días. Habían estado muy unidos entonces, apoyándose el uno en la fuerza del otro. Aaron no podía recordar exactamente cuándo comenzaron a distanciarse, pero sabía que aún la amaba, que siempre la amaría.
Su mirada cayó sobre el retrato de sus hijas que se hallaba sobre el escritorio, y notó cómo una sonrisa se dibujaba en su rostro. Eran su mayor éxito. Robin, la mayor, con su negro pelo rizado, indicativo de su empuje, y sus ojos azules cargados de férrea determinación. Rebecca, ocupando con gracia el lugar entre sus dos hermanas, tan hermosa ahora como el día en que la coronaron Miss Houston. Y luego Rachel, la pequeña, riendo cuando simplemente debería haber sonreído, con sus azules ojos iluminados por la alegría que siempre llevaba en su interior. Tres hermosas mujeres en cuya creación él había participado. Biológicamente, quizá, pero más allá de eso no podía atribuirse más méritos.
En general había sido un padre ausente; según Bonnie, una de sus características más destacables. Dios, ¿cuántas veces habían discutido por ello? Él insistiendo en que su trabajo era lo que les permitía llevar una vida privilegiada; Bonnie diciendo, con la misma pasión, que la riqueza y el privilegio no eran tan importantes para las niñas como un padre. Miles de minúsculas saetas de amargo remordimiento se clavaron en él; no se podía engañar a un hombre consumido por el cáncer. Mientras creaba su imperio, había sido un amante egoísta, un marido lamentable y un padre inexistente. Le había fallado a Bonnie de la peor manera, y a las niñas aún más; y el dolor que esa verdad le producía era casi tan letal como el propio cáncer.
Lo peor de todo era que tenía miedo a la muerte; algo que lo tenía allí temblando en la oscuridad ante lo que se avecinaba. El cobarde que había en él necesitaba a Bonnie como nunca antes la había necesitado. En la penumbra, Aaron encontró el teléfono, que había apartado antes, y marcó el número del móvil de Bonnie. Sonó tres veces antes de que ella contestara.
—¿Sí?
El sonido de fondo de cristal entrechocando se clavó en su conciencia; Bonnie tenía una nueva vida. Ya no esperaba sus llamadas.¿No lo había dejado lo bastante claro?
—Aaron, sé que eres tú. Veo tu número en la pantalla.
—Bonnie. —Sonaba vacío, hueco—. Bonnie, ¿cómo estás?
Ella tapó el teléfono; Aaron la oyó susurrarle a alguien.
—Eh... bien.
—Me alegro... me alegro —¿Cómo se hacía para decirle a la propia esposa que uno se estaba muriendo?—. ¿Qué tal tiempo hace por Los Ángeles?
El suspiro de Bonnie fue de puro tedio.
—Aaron, ahora estoy ocupada. ¿Qué quieres?
Se aclaró la garganta y trató de obligar a las feas palabras a salir de ella.
—Bueno, lo cierto es que hay algo que debo decirte...
—¿Se trata de una de las niñas? —preguntó Bonnie en seguida.
—No, no, de las niñas no. No... no sé cómo decir esto...
—¿Decir qué?
Aaron cerró los ojos y los apretó para contener las lágrimas.
—Tengo malas noticias... Este verano me pasó una cosa y fui... bueno, supongo que no tengo que explicarte todos los detalles, pero... —Hizo una pausa y se apretó los ojos con los nudillos, incapaz de formular en palabras su condena a muerte.
Oía moverse a Bonnie, el repiqueteo de sus tacones sobre el
pavimento.
—Aaron —dijo Bonnie en voz dulce y baja, como él la recordaba—,
¿pasa algo malo?
Las lágrimas rebasaron los nudillos y le resbalaron como lava por las mejillas.
—Estoy enfermo —murmuró casi sin voz—. Muy enfermo. Y... ya sé que no tengo derecho a pedirte esto, pero... pero te necesito, Bonnie. Te necesito de verdad.
Ella no respondió inmediatamente. Aaron contuvo la respiración, sintió que la ardiente humedad de las lágrimas le abría surcos en las mejillas. Esperó. Esperó durante un largo rato durante el cual pudo oír una acelerada respiración al otro lado de la línea, y cuando pensó que ya no podría aguantarlo más, Bonnie contestó.
—Estaré ahí tan pronto como pueda —dijo simplemente.
1
Houston
Todos recordarían siempre dónde estaban el día en que se enteraron
de que Aaron Lear se estaba muriendo. Para Robin, su hija
mayor, el día había comenzado como de costumbre: con la frenética
búsqueda de un estúpido zapato por su mansión Tudor,
espaciosa, vacía y cubierta de polvo.
Tenía bastante prisa; suponía que en su escritorio debía de estar
esperándola una pila de informes de dos metros de alto, consecuencia
de haberse pasado todo el mes de enero en Londres. Y
estaba el asunto del acuerdo con Atlantic, una idea que se le había
ocurrido durante un cóctel, después de que el representante
de Atlantic hubiese compartido con ella unas cuantas copas.
Llevaba cuatro o cinco semanas trabajando en el contrato, y necesitaba cerrarlo lo antes posible, porque su padre no estaba contento con las cifras de sus ventas regionales. Ni con ninguna otra cosa, para ser sinceros. Por eso le preocupaba un poco la llamada del día anterior del señor Herrera, el dueño de una de las cuentas más antiguas de LTI, Valley Produce. Herrera había hablado con Lucy, la secretaria de Robin, y se había quejado, en términos inequívocos, de que una gran parte de sus productos transportados por LTI llegaban marchitos o estropeados a los tenderos, y de que ninguno de los representantes de LTI parecía dispuesto a hacer nada al respecto.
Por tanto, se había visto obligado a llamar al vicepresidente de Operaciones del Sudoeste (es decir, Robin) exigiendo respuestas. Si no podía confiar en que LTI llevara sus productos al cliente en el tiempo requerido, estaba seguro de que encontraría otra compañía de transportes que lo hiciera. Lo que preocupaba a Robin de esa llamada no era tanto que su cliente estuviera insatisfecho, como por qué diablos no se había dado cuenta antes de su insatisfacción. Valley Produce fue uno de los primeros clientes de su padre cuando éste comenzó el negocio, hacía treinta y tantos años, y Robin estaba segura de que a su padre no le gustaría nada recibir una llamada del señor Herrera en esos momentos. Sobre todo teniendo en cuenta que la última vez que Robin había hablado con su padre, éste se había mostrado muy descontento de cómo había llevado ella una situación similar en Austin.
Sí, bueno, su padre se sentía descontento con facilidad; así era él.
¿Dónde demonios estaría su zapato? Vestida con una falda Donna Karan, corta, ajustada y negra (todas sus prendas ajustadas eran negras), Robin rebuscó, en el desastre de su habitación, su zapato izquierdo de tacón Stuart Weitzman de cuero negro. Su caótico entorno vital, aunque no totalmente novedoso, le resultaba bastante desagradable, y se dio cuenta de que estaba desesperada por llegar a un acuerdo con Jacob Manning para que éste concluyera las reformas que ella había comenzado y abandonado.
De acuerdo, sus amigos tenían razón: la compra de esa casa había sido una tontería. Había tropezado con ella un domingo por la tarde, mientras transitaba en coche, perdida por el Village, buscando la barbacoa a la que sus amigos Linda y Kirk la habían invitado. La casa estaba en un amplio bulevar, con grandes robles y enormes mansiones. Le pareció perfecta, claro, ni demasiado grande, ni demasiado pequeña. Así que había llamado a su abogada y le había dicho que la comprara. Luego había trasladado sus pertenencias, había metido toda su ropa en una habitación, había comprado la mesa de comedor y había dejado vacío el resto de la casa en espera de las reformas que pensaba llevar a cabo.
Al principio había tenido intención de hacerlas ella misma. Pero sólo había conseguido hacer un par de grandes agujeros en la pared antes de irse a Madrid, y cuando volvió, fueron Londres y Nueva York, y luego... lo que fuera. Bueno, ¡qué diablos!,¿cómo podía haber sabido ella que le iban a surgir tantas cosas? Ni que decir tiene que había decidido buscar a alguien que hiciera las reformas por ella antes de volverse totalmente loca, y eso, pasase lo que pasara, era lo que iba a resolver sin falta ese día.
Después de dar con el zapato perdido, Robin salió de la casa con un aspecto moderno y sofisticado, y con toda una serie de elegantes accesorios. El único que no podía considerarse así era la cinta de cuero negro que se había colocado en la cabeza comoúltimo recurso para poner algún tipo de orden en los salvajes rizos de su pelo.
Robin salió al jardín; saludó a Raymond, su jardinero, con un gesto, y se metió en su Mercedes 500 clase-E. Lo puso en marcha y se lanzó a buena velocidad por el bulevar Norte. Mientras ella dejaba atrás el bulevar, un hombre con una Harley entró en el camino de su casa. Aparcó la moto y saludó a Raymond.
—¿Cómo está? —preguntó mientras el jardinero iba hasta la puerta y se la abría.
—No puedo quejarme, no puedo quejarme —contestó Raymond—. ¿Va a estar mucho rato, señor Manning?
—No. Sólo necesito echar un vistazo a un par de cosas.
Dejaré la llave fuera.
—De acuerdo —repuso Raymond.
Jake Manning entró en la vacía mansión, y se detuvo un instante en el recibidor, a echar un vistazo al comedor, donde era evidente que la señorita Lear se había instalado. Arrugó la nariz mientras supervisaba el caos: yogures vacíos, papeles por todos lados, un curioso par de medias colgado de una silla. El consabido ordenador, una solitaria zapatilla deportiva y una botella de vino vacía. Jake siguió adelante y subió por la escalera de caracol hacia los pisos superiores.
Ahí estaba la parte rara, pensó mientras llegaba al rellano del segundo piso y contemplaba el enorme agujero que había en la pared. Ese agujero no tenía ningún sentido. Ella lo había reconocido sin ningún problema diciendo que había empezado las reformas. Lo cual no tenía ningún sentido, porque A) el agujero no servía a ningún propósito, y B) aunque nunca había visto a Robin Lear en persona (ella prefería que fuera Raymond quien le abriera la puerta), su casa tenía toda la pinta de pertenecer a una pija. Lo reconocía al instante, pues había hecho reformas en muchas de sus casas y podía detectarlos a un kilómetro de distancia. Sin embargo, ese agujero le daba que pensar. Ninguna mujer, refinada y cosméticamente mejorada, haría un boquete de ese tamaño.
Se encogió de hombros y siguió hacia el cuarto de baño principal para tomar medidas.
Mientras tanto, Robin maldecía el tráfico, que, como de costumbre, avanzaba a paso de tortuga. Marcó un número en su móvil y aprovechó la caravana matutina para cambiar la fecha de una cena privada, devolver dos llamadas de trabajo y localizar a la secretaria de Darren Fogerty (Darren era su contacto en Atlantic) para acordar una cita para la mañana siguiente. Cuando acabó con esa llamada, ya se hallaba en el ascensor, subiendo hacia los despachos del piso décimo, que albergaban la central de LTI Sudoeste. Cuatro despachos. Ah, y una sala de reuniones. Abrió la puerta de vidrio estampada con el nombre Lear Transport Industries, Inc. con el maletín colgado descuidadamente al hombro, y saludó a la recepcionista mientras se detenía para recoger sus mensajes telefónicos. Tenía varios, de Bill (Vuelo hoy. ¿Una copa esta noche?), de Darren de Atlantic, de un encargado de compras de una empresa de cable y otros tres que sí le llamaron la atención: del señor Herrera (para leer ése necesitaba una taza de café), de papá (ése con un tranquilizante para elefantes) y de Jacob Manning, que, si ella estaba de acuerdo, comenzaría las reformas de su casa inmediatamente.
Con los papelitos amarillos firmemente sujetos en la mano, Robin siguió adelante; pasó ante la puerta de Evan Iverson, y su corazón dio un pequeño salto cuando lo vio sentado a su mesa. Luego metió la mano en el cubículo de Lucy para indicarle que, por fin, había llegado, y desapareció dentro de su despacho. Dejó el maletín a un lado, e inmediatamente se dirigió hacia donde se hallaba la cafetera con el café ya preparado por Lucy. De filtro. Pedestre pero potable.
Se estaba sirviendo una taza cuando Lucy entró con un «hey». Por encima del hombro, Robin miró a Lucy, que se había quedado a la puerta del despacho. Iba vestida con un jersey color lima y pantalones negros y llevaba su larga melena pelirroja recogida en lo alto y sujeta con un lápiz.
—¿Has cogido tú la llamada de papá? —le preguntó Robin después de tomar un sorbo del néctar de los dioses.
Lucy acabó de entrar en el despacho y se ajustó las gafas de concha negra.
—Cogí la primera —contestó—. Dijo que suponía que aparecerías por aquí antes del mediodía, y que cuando lo hicieras, debías llamarlo inmediatamente al rancho.
«Al rancho. Oh, mierda», pensó Robin.
No podía imaginar cuándo ni por qué su padre habría hecho todo el camino hasta Texas, y lo cierto era que prefería no pensarlo.
—El señor Herrera ha llamado dos veces. ¿Vas a devolverle las llamadas? Tienes que hacerlo.
¡Como si no lo supiera! Robin tomó otro sorbo de café.
—¿Es posible que haya visto a Evan? —preguntó, haciendo un gran esfuerzo por mostrarse indiferente.
—Sí.
—¿Y qué está haciendo aquí?
—No lo sé —contestó Lucy encogiéndose de hombros y mientras se dejaba caer sobre uno de los dos sillones de cuero que había en el despacho de Robin—. Pero tiene que hablar contigo ante de volverse a Dallas. Ha preguntado si tenías planes para comer.
¡Menudo lunes! Su padre y su antiguo amante. ¿Sería capaz de soportarlo?
—Creo que no.
—¿A qué viene esa cara? —preguntó Lucy mirando a Robin con suspicacia.
—¿Qué cara?
—Esa cara.
—Imaginaciones tuyas.
Era evidente que Lucy había visto algo raro. Había muchas cosas que Lucy sabía sobre Robin, pero su lío con Evan no era una de ellas. Como jefe de operaciones, Evan era el hombre de confianza de su padre; su lealtad hacia la compañía era incuestionable y era muy bueno en su trabajo. La suya era la típica historia del hombre que se hace a sí mismo: se graduó en la Universidad de Austin y comenzó a vender contenedores a los negocios. Así fue como conoció a Aaron y comenzó a trabajar en LTI. A partir de ahí, inició su carrera ascendente y convirtió LTI en una empresa muy provechosa, y a sí mismo en un hombre muy rico. Robin había oído a su padre contar la historia del chico de oro las suficientes veces como para sabérsela de memoria.
Pero resultaba que, además de listo, Evan también era un hombre muy atractivo y Robin no podía remediar sentir una atracción que había comenzado durante los cuatro años que pasó con su padre en Nueva York. Pero hasta que convenció a su padre de abrir las oficinas de Houston y de volver a Texas, el affair no había comenzado. En una reunión de negocios en Dallas había flirteado con Evan, yéste había mordido el anzuelo; el resto era la vieja historia de las citas a escondidas, que había continuado hasta que Robin empezó a darse cuenta de que ser guapo no era exactamente lo mismo que ser interesante.
Cuando Evan comenzó a lanzar indirectas sobre la posibilidad de que su relación se hiciera más seria y permanente, Robin no había querido darse por enterada y se había escaqueado con la excusa del trabajo. Probablemente podría haber sido un poco más delicada, pero las cosas no habían acabado tan mal, suponía, puesto que Evan le había prometido que, «por el bien de la empresa», no la haría sentirse incómoda. Por desgracia, era evidente que, aun sin querer, ella sí lo hacía sentir incómodo a él. Cada vez que la veía, la miraba con ojos de cordero degollado y le preguntaba «¿Cómo estás?» con esa voz de «tenemos un secreto».
Y ésa era la razón por la que, tras otra relación fallida en Londres, Robin se había prometido no volver nunca, nunca, a tener nada que ver en ese terreno con nadie de la compañía.
—¡HOOO-LAAA! —medio gritó Lucy.
—¿Qué? —exclamó Robin, sobresaltada.
—Estabas en Robinlandia —dijo Lucy con un bufido, y se levantó de la silla—. Tienes que firmar algunas cosas.
Mientras Lucy seguía hablando, Robin se sirvió otra taza de café, cogió el teléfono y marcó el número del depósito de Río Grande para hablar con Guillermo, el representante comercial de allí.
—Hola, señorita Lear, ¿cómo está? —saludó él alegremente cuando se puso al teléfono.
—Bien. Escuche, ayer me llamó el señor Herrera de Valley Produce. Está bastante molesto. Dice que sus productos llegan estropeados.
—Sí, señora, así es —contestó Guillermo como si nada—. Son esas unidades de refrigeración que tenemos en los camiones. No funcionan una mierda, y perdone la expresión, y parece que siempre que una se estropea, tenemos dentro la carga del señor Herrera.
—¿Unidades de refrigeración? ¿Qué unidades de refrigeración?
—¡Las unidades de refrigeración! Con todo el respeto, señorita Lear, pero se lo dije antes de Navidad. Verá, los serpentines no funcionan como debieran. Es un corte en...
—Guillermo, yo no recuerdo nada sobre serpentines —contestó Robin con firmeza.
—Claro que sí, ¿no se acuerda? Fue en aquella fiesta de vacaciones en Padre; le expliqué lo de los serpentines.
De repente, a Robin le vino a la cabeza la imagen de Guillermo con una cerveza en una mano y en la otra una pata de pavo a medio comer, con la que subrayaba su monólogo sobre serpentines y unidades de refrigeración... Y algo sobre la vida media de una lechuga. Robin gruñó.
—Sí, lo recuerdo, pero en ese momento no me di cuenta de que me estaba diciendo que teníamos un problema... ¡Por Dios!, era una fiesta.
—Sí, claro, señorita Lear. Por eso la llamé a la semana siguiente.
¡Oh! Vale.
Estaba de camino hacia Londres y había colocado el mensaje de Guillermo con todos los demás que había decidido que podían esperar. Claro que entonces pensaba volver en dos semanas, y, bueno, no contaba con conocer a Nigel. Ese idiota sabihondo la había mantenido allí dos semanas más...
—... así que le dije, todo está en la central, pero sí, adelante, llámalo. Y lo hizo.
—¿Que hizo qué? —preguntó Robin.
—Llamar. El señor Iverson. Encargó las nuevas unidades. Deberían llegar hoy, y las tendremos instaladas a finales de semana.
Fabuloso. Tener a Evan arreglándole este pequeño lío era justo lo que necesitaba. Le dio a una tecla en el ordenador y la página del correo apareció en pantalla.
—De acuerdo. Gracias, Guillermo —dijo, e hizo una mueca al ver el e-mail de Evan. «Valley Produce. Unidades de refrigeración.» Le comenzó a doler la cabeza. Robin miró de nuevo el montón de papelitos amarillos con mensajes telefónicos. El número de Jacob Manning era de un móvil; lo cogió al tercer timbre.
—Hola, aquí Manning.
Sólo habían intercambiado una quincena de cortas llamadas y el sonido de su voz sorprendió a Robin.
—¡Oh! Hum... Señor Manning, soy Robin Lear.
—Hola, me alegro de oírla, señorita Lear.
Tenía una bonita voz aterciopelada, pensó Robin tontamente.
—Gracias por mandar el presupuesto de las reformas tan de prisa. Me gustan sus sugerencias.
—Perfecto. Es una casa preciosa.
—Gracias. Pero tengo un par de preguntas, si no le importa.
—Claro. Dígame.
Sí, una voz muy bonita.
—Calculo que este trabajo sale a unos cuatrocientos dólares por metro cuadrado, ¿no?
—Más o menos...
—Me han hecho otros presupuestos para el mismo trabajo y eran más baratos.
En realidad era una pequeña mentirijilla; lo cierto era que sólo había tenido otro presupuesto. El señor Manning no dijo nada, luego soltó una leve risita, un sonido que le produjo a Robin un rápido y sorprendente escalofrío.
—Seguro que sí, señorita Lear. Pero si quiere un trabajo de calidad, tendrá que pagar por él.
Bueno, ¿no era ésa la típica respuesta masculina?
—¿En serio? —preguntó Robin con timidez—. ¿Y usted cree que debo pagarle unos noventa dólares más por metro cuadrado que a cualquier otro experto en reformas? Quizá no se haya dado cuenta, señor Manning, pero sólo es una casa, no una galería de arte.
—Bueno, bueno, Robin, incluso yo puedo darme cuenta de que no es una galería de arte —contestó, y su diversión se notaba de manera irritante en su profunda voz—. De hecho, seguro que, en los últimos días, he visto esa casa más veces que usted misma, y se lo puedo confirmar, sólo es una casa. Pero si no quiere pagar por el trabajo que le propongo, de acuerdo. No todo el mundo quiere. No herirá mis sentimientos si prefiere acudir a alguien que le cobre noventa dólares menos por metro cuadrado. Es su decisión.
Su respuesta la pilló desprevenida, pero no tanto como que hubiese utilizado su nombre de pila, que, para su sorpresa, sonaba increíblemente sexy en sus labios.
—¿Y qué pasa con los materiales? —preguntó Robin—. ¿Cómo podré estar segura de que los materiales por los que estaré pagando una fortuna son de la calidad que usted dice?
—Puede revisar todo lo que lleve a la casa.
—¿Facturas?
—Le haré una copia de todas ellas.
—¿Y me consultará si hay algún cambio en su propuesta?
—No lo sé —contestó con un suspiro—. ¿También va a querer elegir los colores?
La pregunta era tan absurda que Robin se quedó sin habla.
—Era una broma —aclaró él con aquella voz.
—¡Ya me había dado cuenta! —contestó ella a la defensiva—. Señor Manning, necesito que haga ese trabajo inmediatamente. Supongo que podría aceptar su presupuesto si me garantiza que empezará esta semana. ¿Cuánto tardará en acabar?
El señor Manning se echó a reír.
—¿Siempre salta de un extremo a otro así de rápido? Durante un instante he pensado que me iba a despedir incluso antes de contratarme.
Robin puso los ojos en blanco.
—¿Cuánto tiempo, señor Manning?
—Debe comprender que este tipo de trabajo lleva lo suyo. Si una vez que haya sacado la pintura vieja hay que hacer algún tipo de reparación, deberá contar con dos semanas más, como mínimo. Es una casa vieja, Robin. No será un trabajo de seis semanas, eso seguro, no con lo que quiere hacer en el cuarto de baño y en la cocina. Por no hablar de las otras reformas en las que ya estoy trabajando. Déjeme ver... —Robin pudo oír el sonido de unas teclas—. Estamos hablando de unos tres meses, quizá cuatro.
—¡Cuatro meses! —exclamó ella—. ¿No puede cambiar su programa?
Su risa era sana y profunda; Robin podía imaginárselo: probablemente un caballero de edad, con las sienes canosas, vestido con una camisa blanca impecable y sentado en su lujoso sedán...
—Veré lo que puedo hacer, pero para serle sincero, no va a ser rápido. ¿Quiere empezar esta semana? —De nuevo, el sonido de un tecleo—. Puedo aplazar un par de cosas, supongo, pero lo más pronto que podría empezar sería el jueves. Le enviaré un contrato con la oferta a su abogado. Dígame si quiere cambiar algo. En cuanto lo firme, el trato será en firme. Le agradezco la confianza. Hablaremos pronto.
La conexión se cortó de golpe.
Sorprendida, Robin apartó el auricular y se lo quedó mirando. Bueno, como mínimo la reputación del señor Manning era excelente; había llamado a cuatro de sus clientes pidiendo referencias y todos habían alabado la calidad de su trabajo. Supuso que debería estar contenta de haber conseguido sus servicios, y más aún de que fuera a comenzar aquella misma semana.
—Robin.
Se sobresaltó al oír la voz de Evan; ni siquiera le había oído abrir la puerta. Pero allí estaba, en el umbral. Robin colgó el teléfono; se sentía un poco avergonzada de haberlo evitado completamente hasta entonces.
—Hola, Evan —dijo, indicándole con un gesto que entrara, y lo contempló caminar sin mirarlo directamente.Seguía tan atractivo como siempre; pulcramente afeitado, con el pelo rubio cortado a la perfección. Y, como de costumbre, su traje impecable, desde el elegante nudo de la corbata de seda hasta los pliegues de sus pantalones grises.
—Lamento interrumpirte, pero necesito hablar contigo antes de salir hacia Dallas.
—Ningún problema —mintió—. Siéntate, por favor.
Evan sacudió la cabeza y se sentó incómodo en una silla. Robin se levantó y fue a sentarse junto a él.
—Perdona que no te haya saludado antes. Tenía un montón de llamadas pendientes —dijo señalando hacia la mesa.
—Te veo muy bien —le dijo él.
—Uh, gracias... —respondió Robin, y una tímida sonrisa apareció en su rostro—. ¿De qué se trata?
—Esperaba que pudiéramos comer juntos...
—Bueno, yo...
—Ya veo que tienes mucho trabajo —la sacó Evan del apuro encogiéndose de hombros. Su mano perfectamente manicurada jugueteó inconsciente con el pasador de la corbata. Robin colocó sus propias manos sobre el regazo, ocultando sus uñas comidas—. Necesito hablar contigo antes de hacerlo con Aaron.
—¿Aaron? —preguntó Robin, confusa.
Evan la miró directamente, con un ligero ceño.
—Hemos perdido la cuenta de Valley Produce. Herrera se ha ido con American Motorfreight. Me lo ha dicho esta mañana.
Robin se quedó helada con la noticia. ¿Cómo habían podido perder esa cuenta? Pero ¡si ni siquiera había hablado todavía con Herrera!
—¿Estás bromeando?
—No, Robin, no estoy bromeando. Herrera era nuestra cuenta principal en Texas. Y una de las más antiguas. Ha estado con tu padre desde que empezó.
Sí, Robin era totalmente consciente de eso, y asintió, pero el ceño de Evan sólo se hizo más profundo.
—Robin, tú has perdido esa cuenta.
—¿Yo? —exclamó ella sorprendida, pero una punzada de culpabilidad ya había comenzado a reconcomerle la conciencia.
—Has perdido demasiado tiempo a la búsqueda de un pez gordo...
—¿Qué? Oh, lo lamento, pensaba que el objetivo era tratar de conseguir mejores cuentas, Evan, de las que suponen toneladas de transporte.
—El objetivo es cuidar a tus clientes.
«Touchée.»
—Espero que no me estés reprendiendo —dijo ella a la defensiva—. Y no tienes que hablar con papá por mí. Soy perfectamente capaz de decirle que hemos perdido esa cuenta.
—Ya sé que eres capaz, pero no olvidemos que yo soy el responsable. Te dejé llevar las cuentas del valle como pediste antes de largarte a Londres...
—No me largué...
—Lo que sea. Lo único que digo es que Aaron también querrá que yo le dé una explicación.
Robin quiso que se la tragase la tierra.
—Muy bien, es culpa mía —admitió reacia—. No me di cuenta de lo que Guillermo me estaba diciendo, y luego estuve fuera un mes...
—Cinco semanas, pero ¿para qué hablar de eso? Lo hecho hecho está —repuso Evan. Luego se puso en pie de golpe, se metió las manos en los bolsillos y fue hasta la ventana—. Mañana vuelo a Harlingen y hablaré con Herrera, pero no sé si servirá de algo. Ahora, escucha, Aaron sabrá de inmediato que esto es algo que podría haberse resuelto fácilmente. No intentes colarle una trola.
¡Cómo si fuera a intentarlo siquiera!
—Llamaré a papá ahora mismo. —Se puso en pie, dejó la taza de café encima de la mesa y fue a buscar la cafetera para servirse otro.
—¿Sigues bebiendo tanto café? —preguntó él en tono mucho más ligero.
—Eso parece —contestó Robin, y dejó caer tres terrones de azúcar en el café. Lo removió lentamente, consciente del silencio que llenaba el espacio entre ellos. Después de lo que pareció una eternidad, oyó que Evan se acercaba a ella.
—Me vuelvo a Dallas esta tarde —dijo, justo a su espalda. Había algo en su voz que sonaba a añoranza. Robin no se volvió, sino que asintió, esperando. Evan suspiró—. Te llamaré, ¿vale?
Cuando Robin se volvió, él ya no estaba.Se quedó allí de pie durante varios minutos, mirando la puerta, antes de regresar lentamente a su escritorio. El mensaje en el que la recepcionista había escrito «LLAMA A TU PADRE AL RANCHO DE INMEDIATO», la estaba mirando directamente. Mierda.
Aaron cogió el teléfono al primer timbrazo.
—¿Sí? —dijo ansiosamente.
—¡Hola, papá! Soy yo.
—¡Robbie! Dios, ¿es que «de inmediato» no significa nada para ti? ¡Hace dos días que te estoy buscando!
—¿En serio? Ayer salí con Mia. ¿Te acuerdas de ella...?
—He dicho que me llamaras en cuanto llegases. ¿Acabas de llegar?
Robin reprimió un gruñido.
—Papá, tenía otras llamadas que devolver. Oye, ya sé por qué me llamas, y...
—No, Robin Elaine, no lo sabes. Necesito que vengas al rancho.
—¿Cómo?... ¿Al rancho? —Eso no estaba para nada incluido en sus planes—. Esto..., papá, no creo que pueda por ahora.
—Rebecca y Rachel están de camino —continuó, como si no la hubiera oído—. Bec recogerá a Rachel en Dallas esta mañana, y vendrán en el coche. Tú podrías llegar esta noche, si sales antes de la hora punta.
—¡Papá! —exclamó Robin, riendo nerviosamente ante esa repentina urgencia de su padre por ver a sus hijas—. No puedo dejarlo todo e ir al rancho...
—¿Y por qué diablos no? —gritó él—. Mira, Robbie —dijo con voz ronca y suave—, tengo que deciros algo, pero no puedo hacerlo por teléfono. Necesito que vengas aquí.
Robin se puso seria; su padre era exigente, pero no hacía ese tipo de peticiones ansiosas, a no ser... a no ser que algo fuera realmente mal.
—¿Ha pasado algo? —preguntó en seguida.
—Sí. No. Bueno, está pasando.
—¿Qué? —inquirió ella, cerrando inconscientemente la mano en un puño y preparándose para lo que fuera—. ¿Es mamá? ¿Le ha pasado algo a mamá?
—¡Oh, nena! No, tu madre está bien —contestó su padre con suavidad, y suspiró pesadamente—. Dios, Robbie, ni yo mismo me lo creo, pero soy yo.