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Capítulo 1
Prólogo
Primavera, 1820
El deleite con los hijos varones estriba estrictamente en desempeñar la responsabilidad de una para con ellos y en el simple hecho de tenerlos, porque, desgraciadamente, en algún momento se convierten en hombres.
La duquesa de Roxborough
—Y por tanto, damas, propongo que hagamos algo más allá del simple hecho de quejarnos y esperar lo mejor. —La duquesa de Roxborough lanzó la más brillante de sus miradas alrededor de las damas reunidas en el salón de la casa Effington.
Helena, la condesa de Pennington, dio un sorbo a su té con aire pensativo y miró alrededor del salón decorado a la moda para observar la reacción de la aproximadamente docena de mujeres presentes. Todas eran amigas o, al menos, conocidas. En efecto, ella había conocido a la mayoría con ocasión de su presentación en sociedad, desde la cual ya habían transcurrido demasiados años como para no sentir un escalofrío de consternación al reparar en ello. Aparte de eso, cada una de las mujeres allí presentes tenía un hijo o una hija en edad de casarse. Y en un momento u otro, Helena las había oído a todas perder la esperanza de que dichos hijos aceptaran una pareja adecuada.
—Estoy un poco confundida, Su Excelencia. —Marian, vizcondesa Berkley, alzó ambas cejas a la vez.
Marian estaba un poco confundida desde hacía tanto tiempo como cualquiera de las allí presentes la conocía, pero era tan deliciosamente agradable que a nadie parecía importarle. La verdad es que cuando era muy joven y muy rubia y muy coqueta, Helena en realidad sospechaba que Marian había perfeccionado hasta tal punto su estado de inocente confusión que lo había elevado al nivel de un arte.
—Tu hijo y tu hija ya están casados —dijo Marian—. No acabo de entender por qué nos propones esto… ¿qué sacas tú a cambio?
—La Sociedad de Damas a favor de la Mejora del Futuro de Gran Bretaña. —La voz de la duquesa resonó en la habitación, y Helena estaba segura de haber visto que su pecho se hinchaba con orgullo.
Un murmullo de aprobación recorrió la multitud. ¿Y por qué no? Era en efecto un gran nombre. Y mucho mejor que cualquier otro que incluyese las palabras «intromisión» o «metomentodo» o, Dios lo prohíba, «casamenteras» o «alcahuetas».
—Y yo propongo esto, lady Berkley, precisamente porque ya no tengo que preocuparme de que mis hijos encuentren buenas parejas, pero yo, como todas deberíamos hacer, me preocupo por las generaciones futuras. En efecto, podría muy bien ser considerado nuestro deber patriótico. Además, hay cierto número de jóvenes en mi familia que no están haciendo ningún esfuerzo particular por casarse. Encuentro este hecho bastante angustioso. Y, por último, hay que añadir —apareció en su rostro el destello de una sonrisa pícara— que creo que será realmente divertido.
Las damas se rieron y asintieron en señal de aprobación.
—Simplemente sugiero que pongamos el destino de nuestros hijos en nuestras manos y hagamos todo cuanto esté a nuestro alcance, ayudándonos unas a otras, para encontrarles parejas adecuadas, lo deseen ellos o no.
—El momento de que se case mi hijo ya ha pasado —murmuró una mujer desde algún lugar detrás de Helena.
Lady Heaton frunció los labios.
—Una estación más y mi hija se quedará para vestir santos. Y la tendremos pegada a nosotros para siempre.
—Probablemente porque se parece enormemente a su madre —le dijo Marian por lo bajo a Helena.
—Shhh —susurró Helena, ahogando una risa de complicidad.
—Somos un grupo inteligente —continuó la duquesa—, y sin duda tenemos habilidades para ayudarnos unas a otras en caso de que sea necesario, con variadas y surtidas ideas…
—Conspiraciones, tramas… —dijo una.
—Planes, tácticas… —añadió otra.
Las voces se alzaron con excitación.
—¡Estrategias, intrigas!
—Exacto —dijo radiante la duquesa—. Es posible que en ciertos casos… pienso en ellos como proyectos… los miembros de nuestra sociedad sólo necesiten darse un poco de apoyo moral unos a otros. En otros casos, digamos que proyectos más complicados, podría ser necesario que la ayuda consista en una intervención activa.
—Doy por sentado que no está sugiriendo que aquellas de nosotras que tenemos hijas tendamos una trampa a un caballero para sorprenderlo en una situación en la que la única solución honorable sea el matrimonio —dijo lady Dawson con un matiz de horror en la voz.
—Por supuesto que no, aunque yo por mi parte al menos consideraría tal sugerencia si las circunstancias lo hacen necesario. —La duquesa hizo una pausa pensativa—. ¿Y qué edad tiene ahora su hija?
—Casi veintidós, Su Excelencia. —Lady Dawson sonrió débilmente.
—Tan mayor… —murmuró la duquesa.
Por un lado, la propuesta de la duquesa era escandalosa: se trataba de que convirtieran a sus hijos en los blancos de una asociación determinada a verlos casados. Sin embargo, Helena sabía muy bien que los matrimonios de un buen número de las mujeres presentes habían sido arreglados por sus familias, y la mayoría de ellos habían salido bien.
En efecto, era una verdadera lástima que esas cosas hubieran dejado de estar bien vistas. En cierto sentido, la sociedad de la duquesa simplemente arreglaría las cosas al viejo método cuya eficacia estaba ya probada. Se trataba de mantener una tradición consagrada. Honrar la herencia de su país. ¿Quién podría oponerse a eso?
—No hace falta ni mencionar que, si decidimos llevar esto adelante, mantenerlo en secreto resulta de suma importancia. —El tono de Su Excelencia era firme—. Simplemente, no funcionará si cualquiera de los jóvenes se da cuenta de que son el blanco de un esfuerzo organizado. —Negó con la cabeza—. Pueden ser de lo más testarudos cuando sospechan que una madre se está entrometiendo en sus asuntos. Creo que es porque lo aprenden de sus padres.
Hubo un murmullo general de aceptación.
Helena ya tenía una idea aproximada de lo que podría servir para que su hijo aceptara sus obligaciones familiares y por fin se casara. Había empezado siendo un pensamiento curioso y circunstancial, pero había acabado anidando de forma permanente en el fondo de su mente, haciéndose más sólido cada vez que volvía a dirigir su atención hacia él. Simplemente no había tenido el coraje de llevarlo a cabo. Ahora, sin embargo, teniendo al menos el apoyo moral de la sociedad de damas detrás de ella…
—Su Excelencia. —Helena se puso en pie—. Creo que la Sociedad de Damas para la Mejora del Futuro de Gran Bretaña es una propuesta extraordinaria, y me gustaría participar. —Se puso derecha—. Por lo tanto, estoy más que dispuesta a ofrecer a mi hijo como el primer proyecto de esta sociedad.
—Excelente, lady Pennington. —La duquesa la honró con una brillante sonrisa—. Me atrevo a decir que no se arrepentirá. ¿Tiene alguna expectativa en mente para él?
—No sólo tengo expectativas. —Helena sonrió abiertamente—. Tengo un plan.
Capítulo uno
Los hombres no son de fiar, pues son canallas desleales que no se preocupan más que de sus propios placeres y de la perpetuación de su linaje.
Gwendolyn Townsend
«Nunca sale nada bueno de la cita con un abogado.»
Gwendolyn Townsend se puso más rígida de lo que ya estaba e hizo caso omiso de la urgencia que sentía por toquetear los puños de su gastado abrigo de piel. Era la hija de un vizconde, y a pesar de sus actuales circunstancias, no se dejaría intimidar por un simple abogado. Además, no le gustaba nada que la hicieran esperar. Sin tener en cuenta además el hecho de que, a pesar de su linaje, en aquel momento no era más que una institutriz y para colmo bastante inútil.
«Nunca sale nada bueno de la cita con un abogado.»
Era difícil ignorar aquella advertencia hacía ya tanto tiempo olvidada que había salido ahora a la superficie de su mente como una venganza y que se negaba a dejarla en paz. Había resonado en el fondo de sus pensamientos desde que la carta del último hombre encargado de los negocios de su padre, el señor Whiting, le había llegado por fin a Nueva York. ¿Y por qué no habría de ser así? Había oído a los criados de la Academia de Madame Chaussan para Damas Jóvenes hacer muy a menudo esa afirmación durante la mayor parte de los primeros dieciséis años de su vida y, en efecto, ¿acaso no se había demostrado que siempre era cierta?
La última vez que Gwen había tenido algún trato con un abogado había sido hacía cinco años, cuando el sobrino del señor Whiting, al pasar a hacerse cargo de los negocios de su tío, le había informado de que ella estaba sin un céntimo.
Todavía recordaba aquel momento… la incomodidad del joven —apenas unos pocos años mayor que ella— al hacer su declaración, y la compasión que se reflejaba en sus ojos marrones. Recordaba su mirada con tanta claridad como recordaba sus palabras.
—Señorita Townsend, perdóneme por hacerla esperar. —Un caballero de aspecto distinguido entró en la habitación y se acercó hasta su silla. Gwen sabía su nombre, pero nunca habían tenido ocasión de encontrarse hasta ahora. Él le ofreció la mano y ella aceptó con prudencia—. Su visita es en cierto modo una sorpresa. No la esperaba hasta dentro de unos días.
—Creí que lo mejor sería volver enseguida a Inglaterra.
—Por supuesto. —Él apartó la mano y señaló con la cabeza hacia la puerta, con una expresión decididamente de disculpa en su rostro. Ese día no había compasión en sus ojos, pero sí un aire de extrañeza.
—Por supuesto. —Ella sonrió educadamente y esperó. Si una cosa había aprendido, y en efecto tenía que ser sólo una cosa, de los siete empleos que había tenido, era cómo parecer una persona paciente.
El señor Whiting ocupó su lugar detrás del escritorio e hizo un gesto desdeñoso a su sobrino. Albert comenzó a dirigirse hacia la puerta, pero bruscamente se dio la vuelta.
—Señorita Townsend, por favor acepte mis más sentidas disculpas.
De inmediato ella reconoció que lo que había en sus ojos era culpabilidad.
Dio unos pasos hacia ella.
—La culpa ha sido del todo mía, y no puedo decirle lo espantosamente mal que me he sentido desde que el error ha sido descubierto. He estado de lo más preocupado por su…
—Es suficiente, Albert —dijo Whiting con firmeza.
«¿Error?» La mirada de Gwen se deslizó de Albert a su tío y luego de nuevo a Albert.
—¿Qué error? —dijo ella lentamente.
—Ha habido una equivocación. —Albert sacudió la cabeza—. De lo más inexcusable, y nunca me perdonaré…
«¿Equivocación?»
—Albert. —La voz de Whiting atravesó la habitación.
Albert hizo caso omiso.
—Señorita Townsend, por favor, comprenda que a partir de este momento en adelante me considero a su servicio. Si necesita cualquier tipo de cosa, considerando incluso los beneficios que sólo pueden derivarse del matrimonio, me sentiré honrado de ofrecerle mi…
—Albert —lo cortó Whiting—, yo me ocuparé de esto. Estoy seguro de que tienes otras obligaciones que atender.
Albert vaciló, luego asintió.
—Por supuesto, tío. —Se puso derecho y se encontró con la mirada de ella—. Reitero mis disculpas, señorita Townsend.
Salió sin decir otra palabra. Gwen lo miraba absorta. Un sinnúmero de pensamientos daban vueltas en su mente, pero ninguno tenía el más mínimo sentido.
Whiting se aclaró la garganta.
—Señorita Townsend, yo…
—¿Qué equivocación? —Su mirada se volvió rápidamente hacia él.
Whiting hizo una pausa, como si estuviera considerando sus palabras. Estaba claramente incómodo y, por primera vez desde la muerte de su padre, un destello de lo que podía haber sido esperanza afloró en su interior.
Al recibir la carta de Whiting había sentido curiosidad, por supuesto: iba acompañada de un pasaje ya pagado de vuelta a Inglaterra. Pero lo único que decía era que se trataba de una cuestión importante relativa a su familia y que requería su regreso inmediato. Se había sentido más que satisfecha ante la idea de despedirse de sus empleadores y de los irritantes hijos de éstos y había zarpado en el primer barco de vuelta a casa.
—¿Señor Whiting?
Había supuesto que la cita de Whiting tendría que ver con la firma de papeles respecto a la hacienda de su padre o la transferencia de su propiedad al nuevo propietario, cuestiones que ella creía ya arregladas hacía mucho tiempo. Sin embargo, fuera lo que fuese, era lo suficientemente significativo a los ojos de Whiting como para proporcionarle un pasaje de vuelta a Inglaterra, y eso era lo que a ella realmente le importó.
Ahora, atendiendo a la evidente incomodidad del abogado, junto con la disculpa llena de arrepentimiento de su sobrino y su extraña proposición de matrimonio, Gwen se daba cuenta de que «cuestión importante» era mucho más significativa de lo que había imaginado.
—Señorita Townsend. —Whiting cruzó las manos sobre el escritorio—. Mi sobrino nunca debía haberle informado del estado de sus finanzas de la manera en que lo hizo. Ni debería haber dicho nada de nada después de transcurrido tan poco tiempo desde el fallecimiento de su padre.
A Gwen le dio un vuelco el corazón.
—Fue de lo más desconsiderado por su parte y…
—Señor Whiting, por mucho que aprecio sus sinceras aunque también muy retrasadas disculpas en nombre de sus sobrino, no había necesidad de hacerme cruzar el océano para esto. Aun así, le estoy de lo más agradecida por el pasaje de vuelta a casa. Imagino que procurármelo ha sido una forma de aligerar su conciencia respecto a la brusca naturaleza de la revelación del estado de mis finanzas al día siguiente de la muerte de mi padre. Sin embargo, continúa siendo extremadamente amable por su parte.
»Me ofrecería a reembolsárselo, pero tal oferta no tendría ningún sentido, dado que mi estado financiero es poco mejor hoy que hace cinco años. Además, no tengo ningún tipo de reparo en aceptar tanto sus disculpas como su financiación de mi regreso a Inglaterra. Debe decirle a Albert que también aprecio su oferta de matrimonio. Y ahora… —Se puso en pie—. A menos que tenga algo más que decirme…
Whiting se levantó.
—Por favor, señorita Townsend, le ruego que sea indulgente. Hay un asunto aún mucho más importante. Sin embargo, es extremadamente incómodo y de lo más complicado. En muchos sentidos me siento como si mi sobrino y yo prácticamente le hubiéramos arruinado la vida.
—¿Arruinado mi vida? Eso difícilmente sería posible. —Lo miró directamente a los ojos—. Ustedes son las personas más conscientes del estado del patrimonio de mi padre. Su título, su casa y su tierra tenían límites a su sucesión, y constituían el legado de su único pariente masculino vivo, un primo lejano al que yo nunca conocí. Dado que yo no he nacido hombre —reprimió la marea de amargura que crecía en ella al decir esas palabras— no puedo heredar su casa, mi casa. Ése es un hecho, señor Whiting. Un hecho que he sabido siempre. La declaración de su sobrino no me sorprendió, a pesar de que su momento y sus palabras exactas no fueran todo lo prudentes que debían haber sido.
Por primera vez desde que había entrado a ese despacho, ella sonrió, aunque con cierta tristeza.
—Circunstancias de la naturaleza y cuestiones legales de hombres arruinaron mi vida, aunque me atrevo a decir que no me siento del todo arruinada. Tengo mi nombre y mi reputación, y encontraré alguna forma de mantenerme por mí misma.
—Sí, bueno… —La voz de Whiting sonaba ronca—. Eso no será necesario.
—¿No?
—Por favor. —Él le señaló la silla y ella volvió a sentarse.
Whiting se echó hacia atrás en su sillón y respiró profundamente.
—Cuando mi sobrino le informó del estado de sus finanzas no tenía tanta experiencia en estas cuestiones como tiene ahora…
Ella hizo un gesto con la mano rechazando sus palabras.
—No es necesario que vuelva a disculparse.
—Permítame continuar, señorita Townsend, ésta no es otra disculpa. —Él parecía enojado—. Lo que estoy tratando de decirle es que la falta de experiencia de la que adolecía Albert hace cinco años le llevó a hacer ciertas suposiciones basadas en lo que sabía acerca de los negocios de su padre. Estas suposiciones eran correctas, pero sólo respecto a esas cuestiones en las que él estaba versado. No era consciente, mientras que yo sí, de que su padre había hecho ciertas previsiones para asegurarle a usted su futuro.
—¿Previsiones? —Ella contuvo la respiración—. ¿Qué tipo de previsiones?
—Él no la dejó sin nada.
Por un momento el mundo se inclinó a su alrededor. Su postura perfecta le falló y se desplomó en la silla sintiéndose como una vela que de pronto es desprovista del viento.
—¿Se encuentra bien, señorita Townsend? —Whiting se puso en pie de un salto y abandonó el escritorio para dirigirse hacia ella.
«Él no la dejó sin nada.»
—Perfectamente. —Sacudió la cabeza para despejarla y le hizo un gesto con la mano para que se apartara—. Continúe.
—Muy bien. —Whiting la estudió cuidadosamente, luego volvió a su asiento. Dio un vistazo a los papeles de su escritorio—. Tras el nacimiento de cada una de sus hijas, su padre abrió una cuenta bancaria para proporcionarles a las dos ciertos ingresos en el caso de que no estuvieran casadas tras su muerte. Cuando su hermana se casó en contra de sus deseos, él canceló su cuenta.
—Por supuesto —murmuró Gwen.
No podía recordar la última vez que había pensado en su hermana. Louisa era trece años mayor y se había enamorado de un audaz y apuesto aventurero cuando Gwen era muy joven. Louisa se había casado en contra de los deseos de su padre y partió con su marido a recorrer el mundo, rompiendo todos los lazos con su familia. Al menos eso era lo que Gwen había entendido de lo poco que había oído a través de los años. En ocasiones se preguntaba sobre aquella hermana suya que apenas recordaba. Dónde estaría y qué estaría haciendo. Y si alguna vez ella pensaría en su hermana pequeña que nunca había llegado a conocer realmente.
—Como le iba diciendo, la renta anual no es muy alta, pero le permitirá vivir modestamente. Además, el legado que le ha dejado su padre incluye una pequeña casa en el campo, cerca de la aldea de Pennington.
—Una renta y una casa. —Ella lo miró fijamente con incredulidad durante un largo momento—. ¿Una renta y una casa?
—Hay algo más. ¿Puedo continuar? —En su rostro se reflejaba la preocupación—. ¿Está segura de que se encuentra bien?
—No lo sé. —Sacudió la cabeza. «¿Una renta y una casa?»—. No, creo que no estoy bien. —De golpe le sacudió lo absurdo de la situación y se echó a reír.
—¿Señorita Townsend?
—Oh, borre esa expresión de su rostro, señor Whiting, no voy a enloquecer. Es simplemente que… —Se apretó los dedos contra las sienes, tratando de asimilar completamente la importancia de sus palabras.
Posiblemente no podría explicar a aquella persona extraña el alivio, no, la dicha de encontrar la salvación donde nadie lo hubiera esperado. De pronto, un pensamiento la asaltó y toda su alegría se desvaneció.
—¿Por qué no he sido informada de esto antes?
—Señorita Townsend, como antes le he explicado, Albert era…
—Maldito sea Albert. —De manera abrupta, una ira implacable la hizo ponerse en pie—. Usted es el hombre en quien mi padre confió para que se hiciera cargo de sus asuntos, y no su sobrino. El único culpable aquí es usted, señor Whiting. ¡Usted y únicamente usted!
—En efecto así es. Y así lo acepto. Es por eso precisamente que le pagué su pasaje de vuelta a casa. —Él también estaba de pie—. Mi error fue enviar a un chico inexperto para comenzar a encargarse de los detalles del patrimonio de su padre. No tenía ni idea de que se inmiscuiría en el asunto hasta el extremo en que lo hizo. Él no tenía el encargo de informarle a usted de nada. En realidad, lo envié a Townsend Park para que se adelantara a mi llegada y no hiciera nada más que comenzar a clasificar los papeles de su padre, todo dentro de la jurisdicción de mis responsabilidades como ejecutor. Me reuní con Albert al día siguiente, pero usted, mi querida joven, ya se había marchado.
—¿Y qué esperaba? Todos mis temores se habían hecho realidad. Mi padre había muerto. —Comenzó a dar vueltas y caminar arriba y abajo ante el escritorio, hablando más para sí misma que para él—. Sí, yo había pasado la mayor parte de mi vida fuera en el colegio y la verdad es que apenas lo conocía, pero siempre había existido. Siempre sabía que él estaba ahí. Y siempre me trató bien, aunque sin grandes demostraciones de afecto. No tenía razones para pensar que no sintiera nada por mí y yo también sentía cariño por él. No me di cuenta de cuánto hasta que me faltó. Me sentí muy afligida por su muerte.
»Además, me echaron de mi casa. Yo era, en palabras de su sobrino, una huérfana sin un centavo y sin ningún porvenir o perspectivas de futuro salvo la de encomendarme a la compasión y generosidad de un primo desconocido.
Ella se detuvo y se encontró con su mirada.
—Hace ya mucho tiempo que decidí que en este mundo uno en realidad únicamente puede contar con uno mismo. Mis padres están ambos muertos, mi hermana se esfumó hace mucho tiempo; ya no me queda nada en Townsend Park. Difícilmente puede culparme por marcharme. —Se acercó a él unos pasos—. Cada día de mi vida era demasiado consciente de que si mi padre moría antes de casarme, yo no tendría nada y sólo podría depender de mí misma. Y eso, señor Whiting, es precisamente lo que hice.
—Y eso es lo que hizo que fuera condenadamente difícil encontrarla —soltó Whiting—. Lo intenté, Dios sabe hasta qué punto lo intenté. Me llevó meses seguirle el rastro desde Townsend Park hasta esa maldita casa de la mujer francesa aquí en Londres… —Entrecerró los ojos—. ¿Cómo consiguió eso, siendo una huérfana sin un centavo?
—Tenía algunos recursos —dijo ella con altivez. Durante años había ahorrado cualquier moneda extra que hubiera aparecido en su camino.
Él resopló.
—Sin duda. Para cuando encontré a madame Freneau y de Chabot… y en algún momento me gustaría que me explicara detalladamente cómo pudo conocer precisamente a una mujer de tan dudosa reputación…
—Señor Whiting, madame de Chabot es la cuñada de madame Freneau. Madame Freneau fue mi maestra y después pasó a ser mi más querida amiga. Y las dos damas han sido extremadamente amables conmigo. —En vistas de la obvia desaprobación del señor Whiting respecto a madame de Chabot, no era necesario mencionar que se alojaba con esas mujeres desde su regreso a Londres hacía dos días. Después de todo aquel hombre tenía el control de sus finanzas. Sin embargo… Además, no le debo explicaciones a nadie, y menos a usted. No soy ninguna niña recién salida de la escuela…
—¡Ajá! —Él le lanzó una mirada feroz—. Pero eso es precisamente lo que eras al morir tu padre. Apenas tenías dieciséis años, y yo fui nombrado tu tutor y el ejecutor de tu patrimonio. Y debo puntualizar que además soy el administrador de tu renta hasta que te hayas casado.
—Ahora no necesito ningún tutor. Soy mayor de edad.
—Aún así, continúo teniendo el control de tu renta y seguirá siendo así hasta el día en que te cases o hasta el día en que yo muera. —Se inclinó hacia delante de una forma claramente amenazadora—. Siéntese, señorita Townsend.
Ella iba a protestar, pero lo pensó mejor y se sentó.
—Cuando conseguí descubrir cuál había sido su residencia en Londres, usted ya había huido a América. —Entrecerró los ojos—. Imagine cuál sería mi sorpresa al descubrir que ya no estaba tratando de encontrar a la hija de dieciséis años de un lord británico, sino a una institutriz de veinte años. Una tal señorita… —echó un vistazo a los papeles que tenía ante él— no… una tal mademoiselle… Fromage. ¿Fromage? —Alzó una ceja—. ¿Queso?
—No diga tonterías —murmuró—. Era Froumage.
—Ya veo. A pesar de todo, usted continuó estando siempre un paso por delante de mis esfuerzos por localizarla. —Ojeó de nuevo los papeles—. Su primer puesto, en Philadelphia, no duró más que unos pocos meses. A continuación aceptó uno nuevo en Boston, y otra vez su empleo resultó ser breve, al igual que su posterior puesto en Baltimore, de nuevo Philadelphia, hasta llegar al más reciente en Nueva York, donde por fin estuvo empleada en un lugar el tiempo suficiente para que mis agentes dieran con usted. —Le lanzó una mirada feroz—. Hubiera resultado mucho más fácil si no hubiera cambiado continuamente de nombre. El último fue… ¿cómo era?
—Piccard —murmuró ella.
—Supongo que hacía eso para evitar las malas referencias.
Ella suspiró con irritación y miró inocentemente a nada en particular, teniendo cuidado de no encontrase con la mirada de él.
—Mi carácter no es demasiado apropiado para el puesto de institutriz. Y ese déficit no hace más que incrementarse con la tendencia de los americanos a producir una descendencia extraordinariamente maleducada y consentida.
De nuevo le asaltó la idea de que nunca más tendría que volver a verse en esa posición. Volvió a clavar su mirada en la de Whiting y le preguntó con un extraño matiz de temor en su voz:
—¿No tendré que volver a hacer eso otra vez, verdad?
—Como le dije antes, señorita Townsend, la renta es extremadamente modesta, suficiente para cubrir las necesidades de una mujer soltera, pero nada más. No podrá vivir al estilo de Townsend Park, pero no tendrá que buscar empleo de ningún tipo. —Esto último lo dijo con una sonrisa.
Por un largo momento Gwen saboreó el sonido de sus palabras. De todas las cosas que había esperado al recibir esa carta, eso era algo que ni por asomo había osado imaginar. Su ira se había extinguido, aniquilada por la reciente comprensión del cambio de sus circunstancias y la aceptación de que aquellos últimos cinco años eran más el resultado de su propio temperamento impulsivo que del error de Albert.
—Bueno, señor Whiting —ella le ofreció una sonrisa genuina y se puso en pie—, entonces, ¿dónde está mi dinero?
Él se levantó y la miró bastante divertido.
—Todavía no he terminado, señorita Townsend. Aún hay más.
—¿Más? —Se dejó caer en la silla y lo contempló atónita—. ¿Más dinero?
Whiting se echó a reír y ella tuvo la cortesía de ruborizarse.
—Discúlpeme por sonar tan… tan mercenaria, pero… —se inclinó hacia delante—, en cuestión de unos pocos minutos he pasado de no tener nada a tener algo, por muy modesto que pueda ser. Y la idea de tener más… bueno… es en cierto sentido embriagadora.
—Sin duda. —Whiting intentó sin éxito ocultar su diversión y una vez más volvió a ocupar su asiento—. Sin embargo, dado que existe la posibilidad de incrementar sus… —se aclaró la garganta—, sus finanzas, no estoy seguro… —Se interrumpió y la estudió cuidadosamente—. Por ahora tiene usted una renta que continuará hasta que se case. Tras la boda, y dependiendo de que yo dé mi consentimiento a la unión, hay fondos que han sido reservados para una respetable dote, además de una suma sustanciosa que irá a parar a usted personalmente. Nunca más tendrá que volver a preocuparse por el dinero.
—¿Nunca más tendré que preocuparme por el dinero? —Sacudió la cabeza—. Es una idea interesante, aunque un poco difícil de asimilar en este momento. Sin embargo, —escogió las palabras cuidadosamente—, resulta que para conseguir esa libertad en lo financiero tendría que sacrificar mi propia libertad personal.
—Mi querida mujer, estamos hablando de matrimonio, no de una prisión.
—¿Hay mucha diferencia, señor Whiting?
—Desde luego que sí —dijo él con esa indignación reservada para aquellos que se atreven a cuestionar los principios de la corona, la patria y otras respetables instituciones.
—Vaya… —Ella lo examinó detenidamente—. ¿Está usted casado?
—Eso no tiene nada que ver.
Ella alzó una ceja.
Él suspiró.
—No.
—¿Ha estado casado alguna vez?
—No. —Su tono era firme—. No obstante, es una condición deseable, sobre todo para las mujeres.
—No para esta mujer en particular. —Sacudió la cabeza decidida.
—Señorita Townsend…
—Es muy simple, señor Whiting. Lo que he visto del matrimonio a lo largo de mi vida no me ha inspirado simpatía por la institución. —Lo miró directamente a los ojos—. Para las clases altas, la única razón del matrimonio es aferrarse a los títulos y a la propiedad. Mi madre murió cuando yo era muy joven mientras trataba de darle a mi padre un heredero varón… el único propósito verdadero de su unión. El matrimonio de mi hermana la separó de su familia y sus amigos. No tengo ni idea de dónde está, y ella jamás ha hecho ningún esfuerzo por contactar conmigo.
Una expresión de incomodidad se dibujó en el rostro de Whiting.
—Señorita Townsend…
Ella estiró la mano para hacerlo callar.
—Señor Whiting, permítame terminar. Incluso si lo que he visto en mi familia no me hubiera disuadido de los lazos del sagrado matrimonio, aquello de lo que he sido testigo en las casas donde he estado empleada sin duda lo ha hecho. —Respiró profundamente—. Admito con franqueza que no soy demasiado competente como institutriz. De hecho, con una o dos excepciones, los niños que estaban a mi cargo no me tenían especial cariño, y confieso que la falta de afecto era mutua. Sin embargo, ésa no era la única razón por la que abandonaba mis empleos.
Hizo una pausa, no muy segura de cómo decir aquello. Había tenido desde el principio la extraña sensación de que lo que le había ocurrido era de alguna forma culpa suya. Como si no se hubiera recogido su cabello rojo oscuro en un moño lo bastante apretado contra la cabeza, o no hubiera escogido las ropas apropiadas para ocultar lo que para su consternación representaba una figura demasiado lujuriosa, o no hubiera sido lo bastante sumisa como para no llamar la atención de los hombres que ven a una mujer soltera en su posición como un blanco legítimo para sus propósitos lascivos.
—En mi primer puesto, el cabeza de familia, el padre de los niños que tenía a mi cargo, creyó que mis obligaciones se extendían más allá de atender las necesidades de sus hijos a atender sus propias necesidades. —Hizo una mueca—. Basta con decir que me negué y abandoné el empleo inmediatamente.
—Maldita sea —murmuró Whiting.
—Escogí a mi segundo empleador con tanto cuidado como él puso en escogerme a mí. Lamentablemente, no extendí mi escrutinio a sus conocidos, y hubo un desagradable incidente a altas horas de una noche en la que rechacé las insinuaciones de un huésped que se presentó en mis habitaciones. —Sintió un escalofrío al recordar cómo se había despertado en medio de la noche con unas manos que la toqueteaban y unos labios exigentes. Y miedo—. Conseguí desalentarlo con la ayuda de un orinal.
—¡Cielo santo! —Whiting la contemplaba horrorizado—. ¿Recibió usted algún daño?
—Escapé con mi virtud intacta; sin embargo, mi empleo no sobrevivió. —Se encogió de hombros—. Hubo otros ejemplos parecidos a éstos en cada uno de los empleos que tuve, y en todas las ocasiones, los hombres implicados estaban casados y eso no les impedía sus insinuaciones lascivas. Como mínimo, una debería poder esperar fidelidad de un marido. —Sacudió la cabeza—. Y todavía no he conocido a un hombre casado que entienda ese concepto.
—De hecho, señorita Townsend —dijo Whiting con lentitud—, su padre hizo planes para que usted tuviera un marido específico.
—¿Eso hizo? —Por un momento ella lo contempló con incredulidad. Luego se echó a reír—. Señor Whiting, eso es de lo más divertido. Y, además, es grato saber que mi padre pensaba en mí lo suficiente para hacer tales planes. Muy bien. —Sonrió abiertamente—. ¿Y a quién tenía en mente?
—Al conde de Pennington. —Whiting rebuscó entre los papeles de su escritorio—. Su padre y el viejo conde eran amigos en su juventud. Acordaron un matrimonio entre usted y su hijo si ninguno de los dos se había casado cuando él alcanzara los treinta años. Este acuerdo está en una carta firmada por ambos hombres y me fue entregada a mí, dado que también me ocupo de los asuntos del conde.
—¿Y?
—Se acerca el día en que el conde cumplirá treinta años y sigue sin estar casado.
—Ya veo. —Se detuvo a pensar durante un momento—. Y dígame, señor Whiting, ¿perderé mi renta o mi casa si no me caso con ese conde?
Él negó con la cabeza.
—No perderá nada en absoluto. Al menos nada que ya tenga. Es un arreglo extremadamente inusual en este tipo de casos. El viejo conde decidió que era justo permitir que su hijo escogiera a su propia novia, aunque sólo estaba dispuesto a darle cierto tiempo para que lo hiciera.
—Hasta cumplir los treinta.
—Exactamente. —Whiting asintió—. En cuanto a su padre, dado lo inadecuado que resultó el matrimonio de su hermana, no estaba tan dispuesto a dejar que usted escogiera a su marido, pero accedió a establecer ese acuerdo con el conde, puesto que en caso de darse aquella unión resultaría de lo más favorable para usted. Además, cuando el hijo del conde cumpliera sus treinta años usted tendría ya veintiuno, y si todavía no estaba casada…
—Yo también necesitaría auxilio —dijo ella secamente.
—Me alegra que lo entienda. —Recogió y desechó varios papeles, luego encontró el que quería—. Aquí es donde el asunto se vuelve incómodo.
—¿Sólo aquí?
Él la ignoró.
—Lo más pronto que usted y el joven conde pueden ser informados de este acuerdo es tres meses antes del día del cumpleaños de él. Una vez sean informados, la única forma de recibir la dote y la suma de dinero que antes mencioné, es que usted se case respetando los deseos de su padre.
—Así que… —escogió las palabras cuidadosamente—, si yo me hubiera casado antes de esta misma mañana, o si hubiera aceptado la proposición de Albert hace tan sólo unos minutos, habría recibido esa sustancial suma. Pero en este momento, la única manera de obtenerla es casarme con ese caballero de treinta años que no es capaz de encontrar una novia por cuenta propia.
Whiting frunció el ceño.
—Yo no lo habría expresado así, pero sí, en lo esencial es preciso.
—¿Es gordo, señor Whiting? ¿O feo? ¿Tiene demasiado estómago y no suficiente pelo?
El abogado apretó los labios en señal de desaprobación.
—Desde luego que no. El conde es realmente atractivo y además está considerado como un pretendiente de lo más deseable.
—No para mí. Tendré que conformarme sin el guapo y deseable conde. Estaré muy feliz de vivir con mi modesta renta, que es mucho más de lo que había esperado, en mi nueva casa cerca de la aldea de… —se dio un sobresalto—… ¿dijo usted de Pennington? ¿Como el conde de Pennington?
—En efecto, así es. Su propiedad representa menos de un acre y es colindante con la de él.
—Muy inteligente por parte de mi padre. Es una lástima que no lo conociera mejor. Sin embargo, no me casaré con un extraño, ni siquiera por una suma sustancial. —Una vez más se puso en pie—. Y ahora, señor Whiting… —La expresión de su rostro la detuvo en seco—. ¿Hay algo más?
Él asintió, ella suspiró y volvió a sentarse.
—No es nada agradable y no estoy muy seguro de cómo decirlo. —La aprensión le arrugó la frente—. Señorita Townsend, me causa un profundo pesar tener que informarle de la muerte del señor y de la señora Loring, su hermana y su marido.
Las palabras quedaron colgando en el aire, tan inesperadas que Gwen no pudo alcanzar a comprender durante un largo momento.
Sin aviso, un dolor agudo y despiadado la penetró y casi la hace soltar un grito ahogado. Nunca había conocido a esa mujer, su hermana, que nunca había hecho ningún esfuerzo por contactar con ella. ¿Por qué debía preocuparse ahora por el destino de Louisa?
—… ahogados según entendí, en un naufragio, creo, aunque la información era bastante vaga. En algún lugar de los mares del Sur, la Polinesia, tal vez, o…
Pero la afectaba, sí, mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.
—… ahora hace ya más de un año, sin embargo…
Tal vez era porque, sabiendo que tenía una hermana en algún lugar, Gwen no se sentía verdaderamente sola en el mundo.
—… los niños no…
Ahora sí lo estaba.
—… acogidos por misioneros, creo, y luego finalmente enviados a Inglaterra…
«¿Niños?»
Gwen volvió a dirigir la atención a él.
—¿Qué niños?
—Los hijos de su hermana. —Dio un vistazo a los papeles—. Son tres. Niñas. —Él la miró—. ¿Intuyo que usted no sabía que tenía hijos?
Tal vez después de todo no estaba sola.
—¿Qué ha sido de ellas?
—Actualmente están residiendo en el país. —En su voz podía notarse cierta reticencia—. Con su primo. En Townsend Park.
—Entonces están bien atendidas —dijo ella lentamente, desmintiendo con su actitud calmada el tormento que había en su interior. Townsend Park. Su hogar. Resultaba irónico que las hijas de su hermana estuvieran ahora viviendo en el mismo lugar que su madre había abandonado sin pensárselo dos veces.
—Así parece. —Sus modales resultaban evasivos. Demasiado.
Ella entrecerró los ojos y lo examinó. Su expresión concordaba con su tono. En el fondo de su mente ella se dijo que tal característica probablemente lo convertía en un excelente abogado.
—¿Qué es lo que no está diciendo, señor Whiting?
—No me corresponde decir nada, señorita Townsend.
—Sospecho que eso no va a detenerlo.
—Muy bien. Con excepción de su primo, una relación distante, si mal no recuerdo, usted no tiene familia. Lo más apropiado sería que usted visitara a sus sobrinas para conocerlas. Así determinará por sí misma cómo se encuentran. —Su tono continuaba siendo distante, pero su mirada era intensa—. Además, por mucho coraje o fuerza o independencia que se tenga, es extremadamente difícil estar solo en la vida. Especialmente para una mujer joven.
Ella alzó la barbilla y le dirigió una mirada feroz.
—Hasta el momento me he manejado en la vida enteramente sola y además de una forma bastante adecuada.
—Eso es discutible, señorita Townsend. Sin embargo —soltó un largo y sufrido suspiro—, no se trata de su vida y de su futuro, sino de la vida y el futuro de esas chicas. Son su única familia, pero hay algo mucho más importante: ellas sólo la tienen a usted.