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Castillo de Vernay, Normandía, noviembre de 1154
Los tibios labios que acariciaban su piel ya no despertaban su deseo, como tampoco lo hacía la brisa fresca de la melena sedosa que recorría sensualmente su espalda desnuda. Ranulf yacía boca abajo sobre las almizcladas sábanas de lino, saciado y extenuado, y con el cuerpo cubierto de sudor. Complacer a dos muchachas lascivas al mismo tiempo no era tarea fácil, ni siquiera para un hombre de su vigor y aguante.
Y, sin embargo, la boca y los labios de Layla continuaban su despiadado asalto, las exuberantes y voluptuosas curvas de su cuerpo lo envolvían en su cerco sensual, sus uñas hacían que un delicado escalofrío le recorriera la espalda, sus dientes afilados le pellizcaban los glúteos intermitentemente, sometiéndolo a fugaces sacudidas de dolor.
—Basta —susurró él con voz ronca.
Una orden que no tenía fuerzas para hacer cumplir. Cuando ella se inclinó ofreciéndole uno de sus cautivadores senos, jugueteando con los labios de Ranulf con el pezón moreno, él apartó la cara pacientemente y, cuando Layla entrelazó los dedos en sus negros cabellos, tirando de ellos con insistencia, él tan sólo asió su muñeca y le apartó la mano. Sólo cuando le recorrió la espalda con las uñas, siguiendo deliberadamente el camino que marcaban las cicatrices, reaccionó finalmente: Layla sabía de sobra que las cicatrices eran territorio prohibido, aunque él no había conseguido quitarle ese hábito.
—Detente, mujer.
Su voz atronadora hizo estremecer el joven cuerpo maduro que yacía junto a él al otro lado de la cama, y Ranulf tuvo que susurrar suavemente al oído de Flore y acariciarla para que volviera a acurrucarse junto a él. Prefería la menuda palidez de Flore a la voluptuosidad de Layla, con sus largas trenzas de ébano tan negras como las suyas.Flore era una dulce y sumisa muchacha normanda, siempre dispuesta a complacerlo, mientras que la naturaleza de Layla, la extranjera, era ávida y quejumbrosa. Solamente las exquisitas habilidades de la bella sarracena se la hacían soportable.
—Tan sólo trato de complaceros, mi señor —dijo, enfurruñada, con la voz impregnada de un meloso acento extranjero—. Bien sabéis que Layla os proporciona más placer que ninguna otra.
Ranulf tenía que darle la razón: la habían raptado y vendido como esclava a un burdel donde había aprendido todas las artes orientales del amor, sabía bien cómo proporcionar placer a un hombre, cómo despertar en él un deseo febril. Y si poseer a la exótica concubina que su aborrecido padre había traído de Tierra Santa le proporcionaba además una amarga satisfacción adicional, no se negaría a sí mismo ese placer, aunque tuviera que soportar la afilada lengua de Layla y sus ataques de celos. Tenía a su disposición a docenas de campesinas dispuestas a calentar su cama, pero esa noche necesitaba la feroz liberación que la sarracena desataba en él. Necesitaba olvidar, y haber llamado a Flore al mismo tiempo simplemente incrementaba las posibilidades de disipar los demonios que lo atormentaban.
—Sois cruel con Layla, mi señor —se quejó ella, pasándose la lengua por sus labios carnosos, en los que se dibujaba un mohín.
—Tres veces es suficiente —respondió Ranulf secamente—, incluso para una mujer tan apasionada como tú.
Ella respondió cogiéndole una mano y llevándola hasta sus generosos pechos satinados.
—¿No os agrada mi pasión? ¿Ya no deseáis a Layla?—Ranulf no pudo evitar sonreír al tiempo que pellizcaba juguetonamente uno de sus firmes pezones—. Mujer, tendrían que castrarme para apaciguar mi deseo por ti, pero ya es hora de que te retires a tu cama.
Como Layla se disponía a protestar, Ranulf se incorporó sobre un codo y dijo:—Sabes de sobra que duermo solo.
Era cierto: no la despedía para castigarla, sino que dormir solo era una norma que se había impuesto a sí mismo. Pese a disfrutar grandemente del cuerpo femenino, rara vez permitía que su presencia se prolongara después. La complacencia excesiva ablandaba al guerrero; un caballero que retozaba demasiado se volvía perezoso y descuidado.
Viendo que Layla se negaba a moverse, Ranulf le golpeó el costado suavemente. Ella emitió un gemido de fingida protesta y, desafiante, se recostó sobre los almohadones esparcidos por la cama, clavando en él una mirada lánguida y seductora, dejando que sus finos dedos juguetearan provocativamente con sus propios senos, acariciándose el carmesí tostado de los pezones, como invitándolo, sensual, al tiempo que separaba los voluptuosos muslos y se ofrecía a él.
—Una vez más, señor, os lo suplico…
Pese a la desobediencia de la sarracena, Ranulf soltó una carcajada áspera entre dientes: se sentía lo suficientemente saciado para que le divirtieran las tácticas de Layla y era lo bastante sabio para ceder. En ocasiones, el deber de un hombre es otorgar a la mujer pequeñas victorias a fin de que ésta se muestre más dócil en asuntos más importantes.
—Una vez más, entonces.
Ranulf posó la mano entre las piernas de Layla, completamente depilada según la costumbre sarracena, y extendiendo los dedos, separó los labios de su sexo, húmedo y trémulo de pasión, buscando el tierno cáliz donde se oculta el placer de una mujer. Ella respiró profundamente y cerró los ojos. Sus muslos se abrieron de par en par a las caricias de unos dedos que se adentraban en la húmeda sima ardiente de su interior. Con destreza, él dejó que se deslizaran sobre la carne trémula, que penetraran suavemente la satinada humedad en llamas. Layla se estremeció de placer y, al cabo de unos instantes, un gemido profundo se escapó de sus labios, echó la cabeza atrás, extasiada, y arqueó la cimbreante espalda mientras que su voluptuoso cuerpo tostado ondulaba a la luz de las velas.
Ranulf contempló, satisfecho, cómo respondía estremeciéndose jadeante. Layla merecía una recompensa por las exquisitas atenciones que le había brindado hacía un rato, por el consuelo que le había proporcionado esa noche, y era justo que ahora él le correspondiera. La verdad era que durante las últimas semanas, desde que Ranulf había vuelto a Vernay para descansar y aguardar las órdenes de Henry, Layla lo había socorrido a menudo.
Quizá debería sentir más remordimientos por haber relajado sus propias normas de abnegado sacrificio, pero laúnica razón por la que permitía a su lujuria más concesiones de lo habitual cuando estaba en Vernay era que eso lo ayudaba a mantener los recuerdos alejados de la mente.
Ranulf alzó la vista hacia el dosel, intranquilo. Los aposentos del señor de Vernay eran gélidos, desnudos, espartanos, sin más lujo que un buen fuego y algún que otro tapiz sobre las paredes de piedra para combatir el frío. Se había negado a cambiar ni una sola pieza del mobiliario, perversamente decidido a conservar la amarga evidencia del pasado, dejándolo todo tal y como estaba en tiempos de su padre. Pero él era el señor ahora, se recordó. La honra de Vernay era la suya, éste era el feudo que el duque Henry le había devuelto junto con una carta de nobleza que le restituía el rango que le correspondía. Ya no era un desheredado sin tierras ni fortuna.
A pesar de todo el poder y las riquezas que poseía ahora, no conseguía acallar el desasosiego que le producía siempre aquella estancia: el lugar donde su padre había destrozado su espalda. Incluso ahora, un sudor frío cubría pavorosamente su piel cada vez que entraba en aquellos aposentos, porque no podía olvidar el terror y el dolor que había sentido allí siendo muy joven. No tenía ni que cerrar los ojos para verse a sí mismo, un niño acurrucado contra la pared, desnudo y tembloroso, preparándose a soportar el cruel castigo a manos de su vengativo padre.
El consuelo de los tibios cuerpos femeninos no podía disipar por completo sus recuerdos, pero sin duda compensaba de alguna manera las interminables horas de tormento que había padecido entre esas cuatro paredes. El estruendo lejano de la trompeta del vigía hizo que Ranulf levantara la cabeza como un lobo que olfatea el viento. Esa reacción repentina hizo que Layla abriera los ojos.
—¡No, mi señor… no podéis deteneros ahora…! —Su voz entrecortada estaba teñida de descarnada insistencia.Él esbozó una leve sonrisa a medida que sus recuerdos se desvanecían.
—Aún tenemos tiempo.
Y así era, porque para entrar en Vernay había que esperar
a que bajaran el puente levadizo y pasar después
por varios patios antes de llegar por fin a la entrada del
castillo. Así pues, disponía del tiempo necesario para llevar
a Layla hasta la cima del placer. Pero incluso antes de
que el anhelante y agradecido cuerpo femenino se desplomara
contra el suyo, sus pensamientos ya estaban lejos,
enfrascado en sus planes. Si se trataba del mensajero del
duque portando un llamamiento para que se le uniera, eso
significaba que el rey Stephen había muerto y que Henry
se preparaba para reclamar, tal y como le correspondía, la
corona de Inglaterra. Henry no dudaba que encontraría
resistencia y necesitaba un ejército si quería hacerse con el
poder.
Ranulf sentía una deliciosa anticipación ante la perspectiva
del combate. No sólo proporcionaría a su señor el
número estipulado de caballeros de buen grado, sino que
estaba impaciente por alzar las armas en favor de Henry.
Había estado desocupado demasiado tiempo, la espada y
la lanza se oxidaban por falta de uso. Durante los últimos
tres meses, más incluso, la paz había reinado en Normandía
y no había habido rebeliones, ni escaramuzas, ni siquiera
algún torneo en el que pudiera poner en práctica
sus habilidades de guerrero y dar salida a su frustración;
tampoco una refriega con la que incrementar su fortuna,
cobrando el rescate de caballeros enemigos.
Durante las últimas dos semanas, todo había estado preparado para el inminente viaje: la armadura bruñida, las armas afiladas, las alforjas prestas para ser llenadas de provisiones. Sus caballeros y soldados habían estado practicando a diario, ejercitándose en el manejo de espadas y lanzas, entrenándose con los arcos en el campo de tiro, pero también ellos estaban inquietos por el retraso y deseosos de comenzar la campaña. Y ahora, por fin, parecía que el momento había llegado.
Tal y como esperaba Ranulf, pasó bastante tiempo antes de que llamaran a la puerta, que había aprovechado para ocuparse del goce de Flore, recompensándola por su dulzura y paciencia. Respondiendo a su orden, Payn Fitz-Osbern entró en los aposentos a grandes zancadas, con el cuerpo a medio cubrir por una túnica desabrochada y una amplia sonrisa en los labios.
—¿El duque Henry? —preguntó Ranulf trepando por encima del cuerpo de la sarracena y sentándose en el borde de la gran cama.
—Sí, el duque, pronto rey de Inglaterra, se dirigirá hacia la costa dentro de dos días y espera que lo acompañemos—dijo Payn sin ocultar en ningún momento su alegría—. El mensajero quiere hablar contigo.
Ranulf, sonriendo también abiertamente, cubrió con diligencia a las dos mujeres con las sábanas y dijo:—Haz que entre.
Era evidente que el mensajero de la corte del duque había venido tan de prisa como pudo, pues tenía el manto cubierto de barro y la fatiga dibujada en el rostro. Le confirmó lo que ya le había adelantado Payn, añadiendo detalles sobre los planes de partida y la composición de las fuerzas con que contaba Henry, y advirtiendo sobre la resistencia que cabía esperar de los antiguos partidarios del difunto rey Stephen cuando llegasen a Inglaterra.
Ranulf, satisfecho, lo despidió dando orden de que se le proporcionara comida y un lugar para descansar, y se dirigió desnudo a la mesa sobre la que había una jarra de vino. Llenó dos copas, entregó una a Payn y alzó la suya.
—¡Por Inglaterra!
—¡Sí, por Inglaterra! Confiemos en encontrarnos con muchísimos rebeldes ingleses a los que someter antes de que tu humor se agrie más todavía.
—¿Yo malhumorado? —dijo Ranulf, burlón y arqueando una ceja—. Pero si últimamente he sido dulce como la miel.
Su vasallo y amigo soltó una carcajada:
—¿Y qué me dices de los tres postes que destrozaste ayer cuando entrenabas con la lanza? ¡Si hubieran sido infieles, a estas alturas ya habríamos liberado Tierra Santa! Te juro que me he topado con jabalís menos peligrosos que tú después de llevar enjaulado aquí en Vernay una temporada.
Ranulf simplemente se encogió de hombros mientras vaciaba su copa.
—Puede ser.
—Pero veo que te has esforzado por encontrar cura para tu mal humor —dijo Payn sonriendo maliciosamente mientras señalaba con la cabeza a las mujeres que yacían en la cama de su señor—. ¡Por los clavos de Cristo!, ¿dos a la vez, Ranulf? ¿No podrías dejarnos alguna a los demás?
Ranulf miró al apuesto caballero de cabellos oscuros con una expresión burlona.
—Dudo mucho que a ti te falte la compañía.
—¡Cierto! Pero, por alguna inexplicable razón, las mujeres prefieren la tuya, incluso a pesar de tu humor de perros.
—Es porque que me tomo el tiempo de asegurarme de que ellas también gozan en vez de buscar sólo mi propio placer. —Payn hizo una mueca y Ranulf soltó una carcajada—. Un poco menos de egoísmo te reportaría grandes beneficios, amigo mío.
—Seguramente tienes razón. —Payn echó la cabeza atrás para apurar la copa y acto seguido miró a Ranulf con astucia calculada—. Y mucha. Harías bien en disfrutar de tus mancebas ahora que puedes. Tu prometida debe de estar deseosa de disfrutar de ti en cuanto os caseis. Una dama de tan noble cuna esperará que le dediques toda tu atención, al menos al principio.
El buen humor de Ranulf se desvaneció al oír el comentario. Su prometida lo esperaba en Inglaterra y ésa era la única razón por la que esa campaña no le satisfacía totalmente.
—A juzgar por la oposición a la que sin duda habremos de enfrentarnos —respondió rápidamente—, podrían pasar meses antes de que haya ocasión de celebrar la boda.
—Pero es poco probable que puedas posponer tus nupcias indefinidamente —replicó Payn en tono jocoso.
Para no mostrar sus pensamientos, Ranulf giró sobre sí mismo y se acercó de nuevo a la mesa para rellenar su copa. Su amigo sabía desde hacía tiempo de su reticencia a visitar Inglaterra, pero sólo últimamente había empezado a sospechar cuál era la causa: el Dragón Negro de Vernay había perdido su legendario valor.
Ranulf sacudió la cabeza con gesto compungido. ¿Cómo era posible? Era un guerrero, un poderoso caballero que se había ganado las espuelas a la temprana edad de diecisiete años. En los once años siguientes había demostrado su valentía en innumerables ocasiones. Sus extraordinarias gestas le habían valido el sobrenombre de Dragón Negro, un apelativo que despertaba el temor y hacía temblar a sus enemigos. Y, sin embargo, la sola idea de desposar a la heredera de Claredon lo ponía nervioso. Tenía miedo de una simple chiquilla.
A Payn le hubiera hecho verdadera gracia y desde luego sería gracioso, si no fuera por las potenciales repercusiones, reconoció Ranulf con ironía. Si sus hombres estuvieran al corriente de sus preocupaciones, no sólo sufriría sus despiadadas burlas, sino que hasta cierto punto le perderían el respeto; su autoridad se vería mermada. Como si pudiera percibir su desasosiego, Payn lanzó una risotada y le dio una palmada en la espalda.
—No te desanimes, mi señor. Como bien decías, podrían pasar meses antes de que tengas que enfrentarte a tu prometida. Con un poco de suerte, los partidarios de Stephen no entregarán Inglaterra tan fácilmente y pasarás tus días luchando y sometiendo a los rebeldes. Tal vez consigas posponer tu visita a Claredon hasta la próxima primavera o incluso el verano.
—Sí —dijo Ranulf, tomando un gran trago de vino.
Lo que necesitaba para olvidarse de sus inminentes nupcias era una buena refriega. Guerra, ejercicio y torneos eran sus pasiones y no las mujeres, no la heredera a quien estaba prometido. Estaba deseando entrar en combate, anhelaba la lucha, aunque sólo fuera porque le permitiría escapar del matrimonio un poco más de tiempo.
—Puedes confiarme los preparativos finales del viaje —le aseguró Payn—. Estaremos listos para iniciar la marcha al amanecer.
Ranulf asintió con la cabeza, pero apenas reparó en que su vasallo se había marchado. Estaba demasiado absorto pensando en la suerte que lo aguardaba al otro lado del canal. Pese a que ansiaba comenzar la campaña militar, no deseaba en absoluto poner un pie en Inglaterra.
Su compromiso se había formalizado hacía más de cuatro años, y mientras tanto se había dedicado al combate y a servir a su señor. Había permitido que el tiempo fuera pasando, una estación tras otra, demasiado ocupado en sus deberes y obligaciones para ir a buscar a su joven prometida, convencido de que ésta preferiría permanecer con su familia en Inglaterra en vez de verse arrastrada, ya como su mujer, hasta la temible guarida del Dragón Negro en Normandía. Incluso, cuando la oportunidad había surgido, Ranulf no había movido un dedo para ir a buscarla, sino que se las había ingeniado para posponerlo y permanecer en Normandía. Ni siquiera había acompañado a Henry a Inglaterra el año anterior, cuando el duque se había entrevistado con el rey Stephen para asegurarse la sucesión.
Se acercó a la chimenea con aire ausente y la mirada perdida en las llamas. En su día, su compromiso con Ariane de Claredon le había parecido una buena idea, una hábil maniobra política que le proporcionaría tierras y herederos y consolidaría una alianza con una de las familias feudales más poderosas de Inglaterra. Tras haber pasado gran parte de su vida sin tierras, sin un nombre siquiera, no había dejado escapar la oportunidad de aumentar su riqueza y extender su poder a Inglaterra, donde sólo tenía unas cuantas posesiones. Se había mostrado más que favorable a la alianza que le proponían, espoleado por la feroz determinación de llegar a ser más poderoso que su despreciable padre, de dejar tras de sí una dinastía que rivalizaría en importancia con la de cualquier otro señor. El hecho de que una esposa de noble cuna formara parte de la transacción no le había parecido un precio demasiado alto… entonces.
El padre de ella, lord Walter, deseaba el matrimonio por motivos tan mercenarios como los suyos, y tal vez incluso más políticos. Walter apoyaba al rey Stephen, pero sabía que la emperatriz Matilda y su hijo Henry triunfarían algún día. Astutamente, el señor de Claredon había prometido a su hija de catorce años a un caballero normando partidario de Henry con la intención de ponerla bajo la protección de un marido poderoso, por si se diera el caso de que la corona inglesa cambiara de manos.
Por aquel entonces, pensaba Ranulf ahora, el escándalo de sus orígenes humildes y su dudoso linaje no había sido gran impedimento, porque acababa de serle restituida su herencia, añadiendo así los dominios de Vernay a sus importantes ganancias en la guerra y los torneos, lo que lo convertía en uno de los caballeros más ricos de Normandía.
A ambas partes les había parecido una unión ventajosa, de no ser porque no se había ni secado la tinta sobre el pergamino cuando él ya comenzaba a anhelar su libertad perdida. En los tiempos inciertos que corrían, un compromiso podía romperse, porque, a fin de cuentas, ¿quién iba a encargarse de hacer que la ley se cumpliera? En Inglaterra, el derecho civil estaba sumido en el caos y el rey Stephen prácticamente había perdido el control sobre sus súbditos o la autoridad de administrar justicia. Pero, a medida que pasaban los años, Ranulf seguía sin encontrar una buena excusa para anular el compromiso. ¿Qué diría?, ¿que le asustaba una alianza tan ventajosa? Sus enemigos se deleitarían con su debilidad y aparecería como un necio ante los ojos de todos. Con la muerte de su hermano, Ariane de Claredon se había convertido en una pieza codiciada para cualquier noble.
Despreocupadamente, Ranulf se rascó el pecho y se quedó allí de pie, ensimismado y con la mirada fija en las llamas, vagamente consciente del calor que despedían. Sólo había visto a su prometida en una ocasión, con motivo de la celebración del compromiso. Ariane era entonces una chiquilla flaca, pero todavía la recordaba: su cuerpo largo y esbelto no estaba exento de cierta gracia juguetona, sus cabellos claros eran de un tono a medio camino entre el color del lino y el cobre, su físico de lo más normal, los huesos bien marcados, la piel cubierta de pecas y unos inmensos ojos grises que parecían ver más de lo que revelaban.
Ranulf consideraba que su juventud era una ventaja porque prefería una esposa dócil, una chiquilla joven y maleable a la que pudiera moldear a su gusto, a quien pudiera enseñar, si no a ser leal, por lo menos a obedecer. Se había molestado en asegurarse de que ella no se oponía al matrimonio, pues no deseaba que se repitiera la infidelidad de su madre. Ariane le había parecido lo suficientemente inocente e incluso poseedora de un cierto encanto virginal que lo había sorprendido y encandilado. No obstante, el tiempo la habría cambiado, sospechaba Ranulf con pesar. A estas alturas, debía de haber tenido múltiples oportunidades de aprender las artimañas características de su sexo: las artes de la crueldad, la mentira y la traición. Simplemente origen y posición ya daban a Ranulf motivos para sospechar.
Desde la cuna, las penalidades sufridas a manos de las mujeres de la nobleza habían dejado huella en su alma, del mismo modo que los azotes propinados por su padre le habían marcado la espalda. Su propia madre, una adúltera, lo había condenado a una vida de tormento sentenciándolo al infierno de la ira de su padre. Por causa de las infidelidades de su madre, él se había visto obligado a luchar por su derecho de nacimiento, por su identidad e incluso por su existencia.
La verdad era que las mujeres le servían de poco, a excepción del placer que sus cuerpos le proporcionaban. Él era un hombre de apetito voraz, pero prefería una campesina sencilla a una dama de noble cuna, una lujuriosa muchacha sin grandes aspiraciones, fácil de complacer, que no fingiera comprender el significado de palabras como honor, constancia y lealtad, que no le echara en cara sus propios orígenes humildes. Cualquiera, excepto alguien como su prometida, Ariane de Claredon.
Ranulf dejó escapar un suspiro receloso recordándose a sí mismo que era demasiado tarde para dar marcha atrás. Cumpliría su palabra: cuando Inglaterra fuera conquistada y el reinado de Henry se afianzara, viajaría a Claredon y se sometería a las nupcias que durante tanto tiempo había ido retrasando. Y eso pese a que hubiera preferido enfrentarse a todo un ejército enemigo antes que a su prometida. Dándose cuenta de lo absurdo de la idea, Ranulf no pudo evitar reírse de sí mismo. ¿Cómo era posible que se hubiera dejado atrapar de esa manera? ¿Prisionero de una chiquilla que pesaba la mitad que él y tenía mucha menos fuerza? En definitiva, ¿qué podía ella contra él? Sacudió la cabeza deliberadamente, como para desprenderse de esos pensamientos. ¿Qué le importaba a él su prometida o, lo que es lo mismo, cualquier otra mujer? Lo único queél sabía hacer era luchar: todo lo que deseaba eran unas cuantas buenas batallas, sin embargo… estaba en juego su futuro. En el momento en que pusiera pie en Inglaterra su suerte quedaría sellada, y su única esperanza de un retraso era que se produjesen revueltas que fuera necesario sofocar.
Las cavilaciones de Ranulf fueron interrumpidas por unos brazos sedosos que lo asían por detrás y se entrelazaban alrededor de su cintura, por un familiar y voluptuoso cuerpo femenino que se apretaba contra el suyo, sugerente. Las caricias delicadas de aquellas manos mitigaban el calor del fuego sobre su piel y Ranulf sintió que sus tensos músculos se relajaban.
—Ella no sabrá complaceros como yo —ronroneó Layla mientras mordisqueaba los antebrazos fibrosos del guerrero.
—¿Ella?
—Vuestra prometida inglesa.
Ranulf hizo una mueca. No deseaba en absoluto hablar de su prometida, y mucho menos con una de sus mancebas.
—No es inglesa, sino normanda, como lo son todas las familias influyentes allí.
—Normanda, inglesa… no sabrá deleitaros como Layla.
—Basta. —Agarrándole las manos, se deshizo del abrazo de su concubina—. No deseo hablar de ella.
Con un movimiento sinuoso, Layla se colocó frente aél y, fingiendo un mohín, dijo:—Perdonadme, señor. Layla no desea importunaros.
Ranulf frunció la boca, divertido.
—¿Ah, no? Mujer, sabes de sobra que te complace hacerme enfadar.
Impasible, ella se le acercó y apretó los labios contra su pecho describiendo círculos sobre uno de los pezones con su pícara lengua… comenzó a descender por el torso cubierto de suave vello negro… y más abajo aún, recorriendo su miembro inerte… arrodillada a sus pies sobre el suelo de piedra, encendiendo con su destreza el deseo de Ranulf.
—Tan sólo porque también sé cómo apaciguaros después, mi maravilloso semental —respondió ella en un susurro sin apartar los labios de la carne turgente.
—Sí —asintió él en tono ronco, notando de nuevo la energía en su entrepierna, su sexo en tensión latiendo con fuerza—, ¿por qué te demoras entonces? Apacíguame ahora.
Poniendo una mano sobre el hombro de Layla, la atrajo hacia su cuerpo palpitante. Ella sabía lo que Ranulf quería, lo que necesitaba de ella. Su boca dibujó una sonrisa felina, rodeó con los dedos el nacimiento del sexo del guerrero, ahora inmenso y turgente, y lo recibió en su abrasadora boca.
Él cerró los ojos con un gesto de placer, sus glúteos se contrajeron al tiempo que penetraba en la húmeda boca de Layla con un balanceo lento, contenido, trémulo. Ésa era su última noche en Vernay y tenía intención de aprovecharla, de disfrutar de las exquisitas habilidades de la exótica sarracena.
Ranulf posó la mano sobre la oscura cabellera de la mujer, tratando de perderse en el placer sensual que le proporcionaba, intentando sin éxito olvidarse de su cómico dilema. Él, un poderoso caballero normando y uno de los mejores vasallos del duque Henry, él, estaba acobardado, y los responsables no eran sus poderosos enemigos ni los ejércitos de éstos, sino una joven dama, una simple chiquilla. De manera absurda, desafiando su buen juicio y pese a todos los argumentos razonables que se repetía para sus adentros, temía a su prometida. Una prometida a la que no podría seguir rehuyendo mucho más tiempo.