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AMOR PROHIBIDO , Laura Lee Guhrke

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Extracto de la novela

La puerta se abrió. Daphne levantó la cabeza y una fría corriente de aire apagó las velas de su mesa de trabajo y reavivó las brasas del fuego. Las llamas alumbraron lo bastante como para que ella pudiera ver quién estaba de pie en el umbral, y luego volvieron a apagarse.

Era él. Ella distinguía perfectamente su inconfundible silueta en el marco de la puerta, sus anchos hombros parecían un muro negro contra la plateada luz de la luna.

—Te veía aquí. —Hizo una pausa y, enigmático, añadió—: Dondequiera que fuera.

Daphne carraspeó nerviosa.

—Has vuelto. —Fue lo único que se le ocurrió decir. No se veía capaz de formular nada más complicado. Cuando él entró en la habitación, ella se levantó y cruzó los brazos para protegerse del frío que había entrado al abrir la puerta.

Él la cerró y se apoyó en ella, su cara permanecía en la oscuridad.

—Y tú aún estás aquí —dijo él quedamente—. Pensé que ya te habrías ido. ¿Tu último día de trabajo no era el veintitrés de diciembre?

Él no había tenido ninguna intención de despedirse de ella. Daphne recurrió al orgullo para controlar sus emociones.

—Mañana me voy a Long Meadows. Estaré allí dos semanas y cuando los Fitzhugh se vayan a la ciudad, me acompañarán a casa de su hermana.

Él no contestó y a medida que crecía el silencio entre ellos también lo hacía el enfado de ella.

—¿Qué, no va a tentarme para que me quede, señoría? —saltó al fin, irritada ante su indiferencia—. ¿No va a hablarme de nuestra amistad, de mis preciosos ojos? —Se le quebró la voz—. ¿No va a despedirse ni a desearme suerte, como haría con cualquier otro miembro de su servicio?

Él se apartó de la puerta y caminó hacia ella como una sombra gris y negra.

—Dios, Daphne, ¿de qué crees que estoy hecho? —preguntó mientras rodeaba la mesa y se colocaba a su espalda—. ¿Acaso crees que soy de piedra?

—¿No es eso de lo que cree que estoy hecha yo? —le atacó ella, e intentó apartarse, pero él no se lo permitió. Él le puso una mano en el hombro y con la otra le acarició la cara y le apartó un mechón de pelo de la mejilla.

—No, no eres de piedra —le susurró, apretándose contra su espalda—. Yo creo que eres más bien como una trufa.

—Gracias por compararme con una seta —dijo ella, y trató de soltarse los brazos para así separarse un poco de él.

Anthony le puso la mano en el otro hombro para mantenerla donde estaba, y su cálida risa le acarició el rostro.

—No el vegetal —explicó él, y le besó la mejilla—, el chocolate. Eres como una trufa de chocolate, dulce, suave y deliciosa en el interior, pero protegida por una caja de cartón. —Deslizó sus manos hasta las suyas—. Una trufa helada, me temo. Tienes las manos congeladas.

La calidez de su cuerpo contra el suyo empezaba a hacerla entrar en calor. Ella prefería tener frío.

—Deja que te abrigue. —Él le soltó las manos y le dio la vuelta. Le quitó las gafas y las guardó en el bolsillo de su delantal. Le cogió la cara entre las manos y entonces bajó la cabeza y la besó, pero se volvió.

—He intentado alejarme de ti —le dijo, dándole pequeños besos en los labios, las mejillas, la frente—. Si volvía para despedirme no iba a ser capaz de resistirme a esto. Daphne, has sido como una sombra para mí durante estas seis largas semanas, te veía en todas partes. No estoy hecho de piedra. Sólo soy un hombre y, que Dios me ayude, no puedo dejar de desearte. No me tortures más. —Le acarició los labios con la lengua—. Bésame.

Ella abrió los labios bajo los suyos y cerró los ojos entregándose. Hacía tanto... Él había estado lejos tanto tiempo que ella ya había olvidado la sensación de su boca sobre la suya.

Daphne lo cogió de las solapas del abrigo y lo atrajo hacia sí, como respuesta, él profundizó el beso saboreándola a conciencia. Ella le rodeó el cuello y, con los dedos, le acarició el pelo.

Él interrumpió el beso y se apartó un poco para mirarla, parecía muy resuelto.

—Di mi nombre —le ordenó, y bajó las manos hasta los nudos del delantal. Empezó a deshacerlos—. Anthony.

—Deje de darme órdenes, señoría —dijo ella, y se puso de puntillas para poder besarle—. No lo estropees.

Él le quitó el delantal y lo tiró sobre la mesa que había tras ella. Daphne oyó cómo algo se caía y se rompía en mil pedazos contra el suelo, y supo sin lugar a dudas que acababa de romper la preciosa vasija. Su último día de trabajo desaprovechado. Empezó a reírse contra sus labios.

—La has roto.

—¿Qué era? —preguntó él, dejando de besarla y enterrando la cabeza en el cuello de ella.

—Una vasija de Samaria —suspiró ella—, del siglo segundo, de un valor incalculable.

Él se desabrochó el abrigo y la pesada prenda se deslizó hasta sus pies.

—Ya me arrepentiré de ello mañana. —Volvió a besarle el cuello—. Dilo.

Daphne le acarició el torso con las manos notando sus poderosos músculos bajo la camisa y volvió a sentir la excitación de sus pasadas negociaciones.

—Y si lo hago, ¿qué me ofrece a cambio, señoría?

—¿Qué quieres?

Ella pensó en aquel fresco, en aquella pareja, en cómo el hombre acariciaba el pecho de la mujer, en sus cuerpos unidos, y decidió que había llegado el momento de ser sincera consigo misma y de reconocer lo que sentía.

—Lo mismo que tú —contestó, e intentó deshacerle el nudo de la corbata sin conseguirlo.

—Deja que lo haga yo. —Él sólo tardó un segundo en aflojarlo y la corbata cayó también al suelo. Se quitó la chaqueta y se desabrochó la camisa.

Daphne no podía dejar de mirarle, ahora ya no necesitaba el catalejo para hacerlo. Le tocó el pecho y se dio cuenta de que estaba caliente bajo sus manos. Sus músculos eran duros como la piedra pero a la vez cálidos. Él no se movía, pero ella sentía cómo la observaba mientras ella trazaba con sus dedos aquellas formas que tantas veces había dibujado. Apoyó las manos en sus abdominales y se inclinó para besarle el pecho.

Él gimió y le agarró las muñecas.

—Basta —dijo—. Ahora, dilo.

Ella no quería hacerlo. Aunque sonara extraño, le parecía que era demasiado íntimo. Era capaz de besarle el pecho desnudo pero no quería decir su nombre y recordar su anterior enamoramiento.

Aquel momento de pasión era real, y también el deseo, pero no era amor. Ella le deseaba, quería vivir ese momento y no tener que imaginárselo, como había hecho cuando le espiaba con el catalejo. Lo miró directamente a los ojos y, sin decir una palabra, le cogió la mano y se la llevó al pecho.

Anthony abrió la mano y ella suspiró. Una dulce sensación la inundó por completo, era como si por su cuerpo circulara una corriente de miel caliente. Él le acarició los pechos y aquella suave excitación se transformó en una necesidad desesperada. Ella se apretó contra su mano deseando más.

No lo consiguió. Él se apartó, pero antes de que pudiera protestar, notó cómo sus manos le estaban desabrochando el vestido. Cuando hubo soltado todos los botones, Anthony deslizó el vestido por sus hombros y empezó a besarla justo por encima de la camisola.

—Mi nombre —susurró contra su piel—. Lograré que lo digas.

Ella sabía que estaban a punto de llevar a cabo el acto más íntimo que pueda haber entre un hombre y una mujer, pero ni aun entonces podía pronunciar su nombre. Negó con la cabeza y le puso las manos en las caderas para atraerlo hacia sí.

Él le acariciaba la piel desnuda de encima de los pechos y Daphne gimió. Trataba de agarrarse a la mesa que tenía detrás, pues las rodillas ya no la sostenían. Él le desabrochó la camisola y dejó sus pechos totalmente al descubierto, para luego cubrirlos con sus manos.

Daphne podía oír los extraños sonidos que salían de su propia garganta a cada caricia suya. Él moldeó su busto con las manos haciéndola arder de deseo, un anhelo que la impulsaba a arquearse contra él. Frotó sus caderas con las suyas y el roce aún le produjo más placer.

Esa caricia pareció encender algo en él, que le deslizó la camisola por los hombros y luego empezó a levantarle la falda hasta la cintura. Ella sintió el frío en sus piernas desnudas y cómo las manos de él ardían contra sus muslos cuando la levantó y la sentó en la mesa.

Podía sentir su erguido falo contra su rodilla mientras él le acariciaba suavemente el interior de los muslos.

—Sí, sí —susurró para evitar decir su nombre.

Apoyó las manos en la mesa y se recostó en ella; sus caderas se movían al ritmo de las caricias del hombre. El vestido, que ahora llevaba desabrochado, le apretaba incómodamente los brazos, pero no le importaba.

Él se agachó y le besó el ombligo, un beso caliente y húmedo mientras los dedos del hombre se dirigían a un sitio que ella no podía ni nombrar, cada caricia más dulce e insoportable que la anterior. Él lo sabía, sabía lo que Daphne quería mejor que ella misma, y la estaba atormentando sin piedad.

—Di mi nombre —respiró contra su piel—. Dilo, Daphne, dilo.

Él la acarició con el pulgar, y esa pequeña caricia desató algo en ella, la liberó de todas las restricciones y de todas las limitaciones que se había impuesto desde el día en que lo conoció. Con la fuerza con la que un río rompe una presa, un placer puro, indescriptible, la inundó, y no pudo evitar darle lo que pedía.

—Anthony —suspiró—, oh, por favor, oh, sí, sí.

Él oyó cómo ella decía su nombre en medio de otros sonidos incoherentes, súplicas y gemidos que le demostraron cómo sus caricias la estaban afectando. Dios, ella era tan dulce.

Anthony la acarició hasta que ella tuvo otro orgasmo y entonces se colocó entre sus piernas. Si aguantaba más iba a explotar. Nervioso, se desabrochó los pantalones y le separó un poco más las piernas.

—Daphne —dijo, y movió las manos tras su espalda para sentarla en la mesa.

Ella se acercó al borde y, cuando él la sintió, húmeda y caliente contra su erección, sólo pudo pensar en que tenía que poseerla. Con un único movimiento la penetró.

Ella gritó un poco, él sabía que le había hecho daño, así que se mantuvo quieto, pero Daphne le rodeó el cuello con los brazos, las caderas con las piernas y lo introdujo más profundamente en su interior. Anthony perdió la poca cordura que le quedaba. Le acarició los pechos, le besó la cara y no dejó de murmurarle palabras sin sentido mientras la penetraba con más fuerza hasta llegar al abismo. Cuando alcanzó el clímax cayó por ese abismo como nunca antes lo había hecho en su vida.

Después, mientras estaban tumbados en la mesa, con un brazo de él bajo la cabeza de ella para que le sirviera de almohada y tapados con su abrigo para no tener frío, él se dio cuenta de lo que había hecho.

Se dio cuenta de las inevitables consecuencias de lo que acababa de pasar.

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