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Prólogo
Toda la culpa era de la madre de India McKnight. O por lo menos eso decía el reverendo Hamish McKnight las contadas ocasiones en que levantaba la vista de su colección de sermones y tratados de teología el tiempo suficiente para meditar sobre la vida de su única hija. ¿En qué había estado pensando la señora McKnight, decía, cuando le puso a la niña un nombre tan estrafalario y pagano? Y los libros que le leía, Las mil y una noches, Marco Polo y demás relatos impíos, probablemente ideados para despertar la imaginación de la niña y hacerle soñar con lugares remotos y exóticos cuando tendría que estar bordando y aprendiendo el catecismo.
Así y todo, cuando se detenía a reflexionar sobre el futuro de su hija —algo que, francamente, hacía raras veces—, Hamish McKnight se consolaba pensando que, con el tiempo, India se vería obligada a renunciar a su poco femenina sed de viajes y aventuras y adaptarse a la vida previsible y conformista de una esposa, a ser posible de un vicario serio y formal como el propio reverendo McKnight. Sin embargo, dado que falleció antes de que la realidad echara por tierra tan tranquilizadora esperanza, Hamish McKnight nunca supo lo equivocado que estaba.
1
Los vientos alisios del mar del Coral eran cálidos y dulces,
recordatorios de lugares lejanos que silbaban entre las jarcias
de los queches y balandros anclados en el soleado puerto de
Rabaul, y sacudían la pesada falda del práctico atuendo de viaje
de la señorita India McKnight.
—Lo siento, señora —dijo el comerciante indio de mediana edad, con sus cortas piernas bien abiertas sobre la inestable plataforma del muelle—, pero no puedo ayudarle.
India McKnight, soltera, escocesa y escritora de libros de viajes de cierto renombre, estaba acostumbrada a encontrar —y vencer— resistencias. Cuando el comerciante hizo ademán de sortearla, se limitó a trasladar el peso de su cuerpo hasta interponerse de nuevo en su camino. Dado que él era bajo y menudo, e India medía un metro setenta y siete descalza, la maniobra obligó al hombre a detenerse una vez más.
—Me han dicho que alquila su queche —dijo India, suavizando con una sonrisa la manifiesta beligerancia de sus tácticas de bloqueo.
La cabeza del indio se balanceó de un lado a otro en un gesto que parecía un no pero que en realidad quería decir sí.
—Así es, pero usted no quiere ir a Takaku y aún menos a la bahía del sur.
—Se equivoca —repuso India con voz serena—, le aseguro que estoy deseando ir.
—Es peligroso, muy peligroso. —El indio abrió los ojos de par en par al tiempo que se inclinaba y bajaba la voz, como si se dispusiera a revelar un terrible secreto—. Caníbales. Un hombre de la Sociedad Misionera de Londres fue allí el año pasado.
Los habitantes de Takaku dejaron que les leyera la Biblia y rezara por ellos, y luego se lo cenaron. Como plato principal.
—Yo no soy misionera y no le estoy pidiendo que me acompañe en mi expedición a las faldas del monte Futapu. Usted solo tiene que anclar en la bahía, llevarme a tierra en su bote y aguardar cuatro o cinco horas hasta mi regreso.
—El canal que atraviesa los arrecifes del sur de la isla es peligroso. —El indio escudriñó las fulgurantes aguas azules del puerto. A lo lejos, más allá de la costa dorada de Rabaul y los cocoteros que ondeaban con el viento, se adivinaba la silueta recortada de la isla de Takaku con sus imponentes conos volcánicos y sus oscuros secretos—. Muy peligroso —repitió—. Angosto y rocoso.
India agarró con fuerza su bolsito de viaje de una forma que atrajo la atención del comerciante.
—Le pagaré el doble de su tarifa habitual.
El hombre se humedeció los labios, agrietados por la sal.
—¿Quiere ir a Takaku? La llevaré al lado norte de la isla, al puerto francés de La Rochelle. Es bonito, muy bonito, y allí no hay caníbales. —Esbozó una sonrisa jovial antes de recuperar la seriedad—. Aunque está lleno de franceses.
India meneó la cabeza.
—Quiero estudiar las Caras de Futapu y es mucho más fácil llegar hasta ellas por la bahía sur que por tierra desde La Rochelle.
El indio la miró fijamente. Su rostro, mofletudo y chato, adoptó una expresión pensativa.
—Ahora recuerdo por qué pensé que había oído hablar de usted. Usted es la loca inglesa que escribió un libro sobre los polinesios. En Takaku no hay polinesios, solamente hay negros. Cazadores de cabezas. —Hizo una pausa—. Cazadores de cabezas hambrientos.
—Soy escocesa, no inglesa. —El tono de India empezaba a sonar menos comedido. Al final del destartalado muelle, un capitán de la armada británica acompañado de otros dos oficiales se había vuelto y la observaba atentamente—. Sé que ahora no hay polinesios en Takaku —dijo, bajando la voz—, pero sí los hay en la isla de Ontong Java y en Tikopia, y si es verdad que…
—¿Quiere ir a Ontong Java? El vapor la llevará. Se detiene en muchas islas, como Neu Brenen, Ontong Java y Fiji, antes de continuar hacia Samoa, las Marquesas y las islas Sandwich.
—Algún día visitaré esos lugares, pero en este momento debo ir a Takaku.
—No en mi queche —aseguró el comerciante, y antes de que India pudiera percatarse de sus intenciones, el hombre dio un paso a un lado y la sorteó. El feroz sol tropical brilló en su rostro sudoroso cuando se volvió para lanzarle una mirada de pánico antes de ponerse a trotar hacia la orilla.
—¡Maldita sea! —murmuró India entre dientes, pues era el cuarto comerciante al que abordaba y se le estaban agotando las opciones.
Al final del muelle, el capitán británico se despidió de sus colegas con un ademán de cabeza y echó a andar en su dirección.
Era un hombre alto de treinta y pocos años, constitución huesuda, facciones atractivas y unos ojos grises que se arrugaban en las comisuras.
—Disculpe que la moleste, señorita —dijo tocándose el ala de su sombrero y deteniéndose frente a ella—, pero ¿no es usted India McKnight, la escritora de viajes?
India sintió que se henchía de placer. Cierto que el comerciante de copra indio también había oído hablar de ella, pero su comentario había sido de lo menos halagador.
—¿Por qué? Sí, soy yo.
Una amplia sonrisa iluminó el rostro bronceado del capitán.
—Soy Simon Granger y ese de ahí es mi barco, el Barracuda. —Señaló con la cabeza una elegante corbeta que fondeaba en las soleadas aguas del puerto—. Me temo que no pude evitar escuchar su conversación y debo decirle que dudo mucho que encuentre a alguien en Rabaul dispuesto a hacer escala en la bahía sur de Takaku.
India respondió a la encantadora sonrisa con otra sonrisa igual de encantadora.
—Va a decirme que es peligroso, que el canal que cruza el arrecife es angosto y rocoso y que los nativos de la zona han recuperado la vieja costumbre de resolver sus problemas comiéndoselos.
El capitán rió, sorprendido.
—Eso es exactamente lo que iba a decirle.
—En ese caso, estoy más decidida que nunca a ir. Sé, por experiencia, que los lugares más fascinantes son siempre aquellos que la gente me aconseja que evite.
El capitán rió de nuevo antes de recuperar la seriedad y mirar a lo lejos con expresión pensativa.
—Tal vez haya alguien dispuesto a llevarla hasta Takaku si realmente está decidida a ir. Se llama Ryder. Jack Ryder. Conoce el arrecife que rodea la isla mejor que la mayoría y no le asustan los caníbales.
India observó al capitán Granger con curiosidad.
—¿Por qué no?
—Quizá porque vivió dos años con ellos.
India tragó saliva.
—¿Vivió con caníbales? ¿Un inglés?
—En realidad no es inglés. Es de Queensland, de las colonias australianas.
—Entiendo —murmuró India, pues ese detalle decía mucho del hombre. Los australianos tenían fama de anárquicos. Por supuesto no tanto como los cazadores de cabezas de la isla, pero casi.
—Tiene una pequeña plantación de copra en Neu Brenen —estaba explicando el capitán—. A primera hora de la mañana parte un vapor que podría dejarla allí.
—¿Vive en Neu Brenen? Tengo entendido que es una isla alemana, ¿no?
Los finos labios del capitán se tensaron.
—Eso creen los alemanes. Y el cañonero que fondea en el puerto es la principal razón por la que Ryder se instaló allí.
India experimentó una sensación de temor que se mezcló, paradójicamente, con otra de curiosidad.
—¿Es un bucanero?
—No exactamente. Pero ha de saber que se trata de un tipo duro.
—Pero no muy peligroso, o de lo contrario no me habría hablado de él, ¿verdad? —India le tendió una mano—. Nuestro encuentro ha sido afortunado, capitán. Le agradezco la información.
El capitán Granger le estrechó la mano al tiempo que meneaba la cabeza.
—Son muchos los que dirían que le he hecho un flaco favor, que hubiera debido aconsejarle que se mantuviera alejada de tipos como Jack Ryder y poner más empeño en disuadirla de ir a Takaku.
—No lo habría conseguido.
El regocijo ahondó las arrugas de los ojos del capitán. —Supongo que no. —Simon Granger hizo el gesto de alejarse pero se detuvo para mirar de nuevo a India, esta vez con expresión ceñuda, como si algo le preocupara—. Si decide buscar a Jack Ryder, probablemente no sea una buena idea que mencione mi nombre.
—¿Son viejos enemigos?
El capitán esbozó una sonrisa que India encontró fría y virulenta.
—Al contrario. Fuimos muy buenos amigos, en otros tiempos.