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PRÓLOGO
San Sebastián, agosto de 1700.
Paseaban por el muelle de la ciudad entre los puestos de las pescaderas y en medio de un lío de pregones para inducir a los a los transeúntes a comprar su mercancía.
Flanqueado por cuatro de sus hombres caminaba el capitán don Diego Izaguirre García, aunque muy pocos lo habrían reconocido como tal, disfrazado como iba. Desde que llegó a San Sebastián, una semana atrás, se hacía llamar don Roberto López de Valencia, comerciante de géneros variados con el Nuevo Mundo y capitán del Tritón. Bajo la casaca y las calzas de seda azul cobalto, su figura esbelta permanecía oculta entre rellenos de algodón, con el fin de darle una apariencia oronda y torpe. Su cabello negro estaba ahora disimulado bajo una peluca castaña, larga y rizada, y las facciones de su cara se difuminaban tras una capa de polvos de arroz y colorete, siguiendo la moda que se imponía desde la corte francesa. Su paso afectado y hasta un tanto afeminado contribuía a crear la ilusión de estar frente a un petimetre de la nobleza. Para dar más realismo al disfraz, se valía de un bastón de ébano con empuñadura de plata y un pañuelo perfumado de encaje, que agitaba a la menor oportunidad frente a su nariz.
No quería ser reconocido por los lugareños de una ciudad tan encantadora —de la que se consideraba oriundo pese a no haber nacido en ella—, a menos, claro está, que quisiera bailar la danza de los ahorcados, algo que no cabía en sus planes inmediatos, ni en los futuros.
Sus hombres no escondían lo que eran; marineros con la piel del color del cuero curtido, resultado de muchas horas capeando temporales sobre la cubierta de un barco. Formabanun cuadro variopinto al lado de su capitán; sus ropas, lejos de presentar la pulcritud y categoría de las de Diego, se componían de tejidos bastos y, en muchos casos, desgastados por el uso continuado; las calzas, que no sobrepasaban las rodillas, tenían un color indefinido, fruto de la cantidad de lavados sufridos. Dos de ellos incluso se paseaban con los espléndidos músculos de sus torsos brillantes del sudor, para deleite de las pescaderas, que silbaban a su paso lanzándoles miradas provocativas. Los otros dos con camisas que alguna vez fueron blancas. Andrés, el maestro artillero y gran amigo del capitán Izaguirre, iba con un gran saco vacío cruzado sobre el pecho y la espalda. Su aspecto rudo y musculoso, los ojos azules, un poco sesgados, y el cabello rubio, demasiado largo, le conferían un aspecto de vikingo difícil de olvidar.
Se dirigían al Tritón, el barco que, amarrado en un extremo del muelle, aguardaba para partir con la marea de la tarde. Podían ver los dos mástiles recortándose contra el cielo estival. Sus tripulantes se sentían tan orgullosos de ese bergantín como su capitán. Una nave llena de gracia y donaire en la navegación. Los marineros que habían quedado esa mañana a bordo estarían cargando los productos que iban a llevar al Nuevo Mundo: telas de brocado y encaje, aperos de labranza, aceite de oliva y frutos secos.
El capitán Izaguirre observó a un grupo de niños que, entre risas, se zambullían en el agua desde el muelle para paliar el bochorno reinante, ajenos a los desperdicios que flotaban en el agua. Con gusto se habría unido a ellos como uno más. Podía sentir correr el sudor bajo la fastidiosa peluca a lo largo de su espalda y perderse por las calzas empapando el algodón de los rellenos. No veía la hora de quitárselo todo y recuperar su apariencia habitual. Sin darse cuenta golpeó el suelo con el bastón, un tanto irritado.
Para distraerse del aplastante calor decidió repasar la lista de la mercancía mentalmente, tratando de no olvidar nada. Antes de partir quería visitar a su tío Santiago, el hermano mayor de su padre, por lo que debía darse prisa con el género. En un gesto habitual en él, se llevó la mano al pecho para tocar el medallón que siempre colgaba de su cuello. No lo tenía. Recordó en seguida que se lo había quitado esa mañana y ahora lo llevaba en el bolsillo de sus calzas. Al sacarlo, el disco dorado capturó la luz del sol y brilló con intensidad. Era una locura que lo vieran en público con él. Era un objeto muy raro y claramente identificable como de su propiedad. Por si fuera poco, llevaba su nombre grabado en el reverso. Si alguien lo reconocía, de nada le iba a servir el disfraz; su identidad sería inmediatamente descubierta. Pero aquella mañana, mientras se vestía, y a pesar de que su instinto le ordenaba no sacarlo del barco, lo metió en el bolsillo en lugar de colgado bajo la ropa como en días anteriores. Ni él mismo sabía por qué, pero la necesidad de tenerlo junto a sí era más fuerte que la lógica. Era un regalo de su padre y le tenía mucho aprecio. Con afecto pasó el pulgar por toda la superficie.
Como salido de la nada, un chiquillo de menuda estatura se acercó a Diego con mucho disimulo y, con una habilidad sorprendente, le arrebató el medallón. Fue tan repentino que ni el mismo capitán fue capaz de evitar que se le escurriera de los dedos.
—¡Demonio de niño! —exclamó Diego con afectación, tratando de mantener su papel de petimetre para no salir en pos del ladronzuelo y levantar sospechas a su alrededor—. ¡Ay de mí! ¡me ha robado el muy tunante! —chilló con voz de falsete.
Con un gesto imperceptible para quien no lo conociera, indicó a maese Andrés que siguiera al chiquillo.
—Lo encontraremos, capitán —aseguró el maestro de armas—. Acompáñame, Pedro —dijo a uno de sus compañeros antes de lanzarse en persecución del ratero.
—Atrapadlo, os esperaremos en el Tritón —ordenó Diego, maldiciendo entre dientes por su insensatez.
Su intuición siempre había sido muy fiable. ¿Por qué diablos no le había hecho caso?, se preguntaba malhumorado.
Sorprendentemente, la pérdida del medallón había cambiado la prioridad de las cosas; el cuidado de ser reconocido se había transformado en la necesidad de encontrar ese objeto tan valioso para él. Enojado apretó el paso rechinando los dientes ante el contratiempo. Lo más probable era que el pequeño rufián se deshiciese del medallón empeñándolo rápidamente. Tendría que enviar a alguien a las casas de empeño para volver a recuperarlo, y engordar, de paso, la bolsa del prestamista para que no lo denunciase al preboste.
Sin lugar a dudas era un maldito contratiempo.
—Perdón, mi capitán... —susurró con respeto Segundo para llamar la atención de Diego—. Si me permitís advertíroslo, vuestro andar es demasiado enérgico para un señoritingo. —Sorbió ruidosamente por la nariz.
—¿Perdón? —preguntó confundido, mirando a sus hombres, hasta que recordó su papel—. Aaah… ejem… tenéis razón, buen hombre. —Fingió un traspié con los adoquines del muelle y se enderezó con grandes aspavientos, atusándose los rizos de la peluca con coquetería—. ¿Así mejor? —apuntilló en voz baja.
Los dos hombres asintieron satisfechos y se apartaron para dejar paso a un coche de alquiler.
—Creo que iré a visitar a mi tío, después de todo. —Se llevó el pañuelo perfumado a la nariz—. Este sitio es demasiado maloliente para mí —aseguró Diego. Y alzó el bastón para detener el carruaje.
El cochero frenó a los dos enormes bayos, encantado con tener nuevos pasajeros.
El capitán no aguantó más su papel de petimetre y, sin importarle traicionarlo, saltó al vehículo con agilidad.
—Subid, muchachos —dijo más alto de lo que debiera—. Cochero, a la casa-torre Izaguirre. Rápido —solicitó una vez que los dos marineros se hubieron acomodado en el asiento frente a él.
El cochero no se hizo rogar y con un chasquido del látigo los caballos partieron sin demora.
***
Pedro y maese Andrés corrieron como locos tras el pillo, sorteando a los transeúntes de aquel muelle atestado. Lo vieron a escasos metros de donde estaban, buscando un lugar por donde escapar. Pedro, menos corpulento que su compañero, se adelantó para aprehender al niño. Casi lo tenía al alcance de sus dedos. Le rozó la ropa. Un poco más y sería suyo. Se felicitaba incluso de antemano, cuando un trineo cargado de estiércol le interceptó el paso.
—¡Apártate de en medio! —farfulló consternado.
—¡Apártate tú, estúpido! —le contestó el cochero, un sujeto con aspecto de malas pulgas que alzó un puño con actitud amenazante. Pedro pensó si merecía la pena darle una buena paliza a aquel cretino. Mejor dejarlo, tenía cosas más importantes que hacer, así que concluyó la discusión con un generoso corte de mangas.
Aquellos breves intercambios verbales fueron suficientes para que el marinero perdiera de vista al bribonzuelo, que aprovechó ese instante para lanzarse sobre un carro que partía del muelle cargado de pescado. El miedo a que lo alcanzaran aquellos hombres le restó agilidad y cuando saltó lo hizo de manera desmañada. La viscosidaddel pescado y lo desigual del firme contribuyeron a que resbalara en el carro de un lado a otro. Una de las ruedas trastabilló con un bache y el chico se golpeó contra un lado del vehículo, precisamente en el brazo donde llevaba el fruto de su robo. El dolor lo atravesó como un hierro al rojo. No sentía la mano, que se quedó sin fuerza. Sus dedos se abrieron inertes y, sin poder hacer nada para evitarlo, soltó el colgante. Rápido, intentó atraparlo con la otra mano. Lo rozó con las yemas y cuando casi lo tenía otra vez, resbaló entre todo aquel pescado medio podrido y no pudo alcanzarlo. Para su desesperación, tras rebotar en los adoquines, el objeto cayó al fondo de las aceitosas aguas del embarcadero.
—¡Maldición! —bramó con los ojos desorbitados de miedo—. ¡Ay, Dios mío…! ¿Qué voy a hacer ahora? —Se mordió el labio tembloroso en un esfuerzo por no echarse a llorar—. Al menos, recuerdo bien cómo era— pensó el niño, con la vana esperanza de que el hombre que le había encargado aquel robo se conformara.
CAPÍTULO UNO
San Sebastián, agosto de 1994.
Nunca sabes, cuando te levantas cada mañana, si ese nuevo día te traerá la aventura de tu vida.
Las palabras seguían resonando aún en la cabeza de Marina. Se las había dicho su padre en el sueño que acababa de tener. Por un momento se sintió feliz; luego la cruel realidad se filtró en su mente: su padre ya no estaba con ella; como tampoco lo estaba su madre. Los dos habían muerto dos años atrás en aquel accidente. Marina reprimió las ganas de llorar. No tendrían que haber ido. Habría sido tan sencillo…
A través de la persiana, se filtraban los primeros rayos de sol de la mañana. Ya era hora de levantarse. Aunque era el primer día de vacaciones, prefería no caer en la tentación de permanecer más tiempo en la cama sin hacer nada. El día prometía ser hermoso y era un desperdicio desaprovecharlo.
Por un momento, al pensar en las palabras del sueño, se estremeció con un mal presagio.
—No empieces a imaginar cosas… —se reprochó—. No es más que un sueño y ya le estás buscando tres pies al gato.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Su vida tenía que continuar. Buscó dentro de ella un poco de optimismo y saltó de la cama con energía, deseosa de enfrentarse a la aventura diaria.
Eran las ocho de la mañana y por la calle se oían los ruidos característicos de aquella hora: el barrendero, los repartidores, las persianas de algunos comercios. Era extraño no tener que ir a trabajar, pero no lo echaba de menos. Iba a emprender las vacaciones con optimismo y ganas de disfrutarlas. Después de todo habían pasado más de dos años desde la última vez. La restauración de algunos cuadros del Museo de San Telmo le había llevado todo ese tiempo. Era un trabajo que la llenaba de satisfacción. Sentía tal reverencia ante el manejo de aquellas obras de arte de siglos atrás, que temía que un mal paso dañase la pintura irremediablemente. El director le había comentado en diversas ocasiones que, dados sus conocimientos, eso era prácticamente imposible, pero cada vez que comenzaba un nuevo trabajo volvía a sentirse tan insegura como un colegial.
Al licenciarse en Bellas Artes comenzó como aprendiz de su padre, que trabajaba allí. Poco después, a raíz de los excelentes resultados de sus restauraciones, el director del museo la contrató para que continuara con la labor. De eso hacía ya tres años. Le había resultado difícil seguir desempeñándose en el mismo lugar donde trabajó su padre toda su vida, pero al final lo había conseguido y se sentía orgullosa de ello.
Dejó aquellos pensamientos a un lado y puso la cafetera antes de ir a la ducha. Al salir, el aroma de café llenaba la casa y sus tripas gruñeron de anticipación. Desayunó mientras dejaba que el pelo se le secara al aire. Lo llevaba peinado en suaves e indomables ondas por debajo de los hombros. Tenía un color de un extraño matiz caoba, como las algas que aparecen varadas en la playa al final del verano. Tanto su padre como su abuelo la llamaban sirena desde que era un bebé por ese motivo, y por el verde intenso de sus ojos que, según ellos, les recordaba el verde profundo de las olas del mar. Con el tiempo su amor al mar les dio una razón más para llamarla de ese modo.
Recogió la casa en muy poco tiempo y se vistió, como de costumbre, con unos simples pantalones vaqueros, que volvían a quedarle flojos, y un holgado jersey de punto azul marino, porque a pesar de estar en agosto, a esas horas aún hacía fresco en la calle. Los mocasines de piel terminaban su atuendo. No se maquilló; casi nunca lo hacía. Se aplicó un poco de vaselina en los labios para evitar que la brisa marina se los resecara.
Al coger las llaves de la casa se fijó en las uñas. Las llevaba, como siempre, muy cortas y con restos de óleo de distintos colores. La visión la llevó hacia atrás en el tiempo, cuando su madre le regañaba por tener las uñas siempre sucias, siempre oliendo a trementina y pintura al óleo. El recuerdo lehumedeció los ojos.
—Vaya, parece que hoy me he levantado un tanto melancólica —se reprochó a si misma.
Con una sacudida de cabeza alejó los malos pensamientos. Ya era tiempo de mirar hacia delante y vivir. Nunca había sido una persona dada a pensamientos tristes y no iba a empezar ahora.
En la calle algunas tiendas ya habían abierto, mientras otras estaban a punto de comenzar la jornada. A Marina le gustaban las mañanas, cuando el aire estaba fresco de la noche; las calles limpias y aún humedecidas por el agua de limpiar el pavimento. Los sonidos eran más suaves que al atardecer, cuando la Parte Vieja de la ciudad se llenaba de música estridente, de las voces desafinadas de los que cantaban tras unas copas de más o las charlas de los asiduos a los muchos bares y que, formando grupos, tomaban sus consumiciones a la puerta del establecimiento, porque el interior se encontraba atestado. A primeras horas de la mañana eso sencillamente no existía. A medio día, cuadrillas de hombres se dedicaban a lo que coloquialmente se llamaba chiquiteo, y que no era otra cosa que ir de bar en bar bebiendo chiquitos de vino y cantando, a coro, tonadas populares con sus voces de barítonos un tanto achispadas.
Se encaminó directamente al muelle. Quería visitar a su abuelo, el único familiar que le quedaba. Su padre había sido hijo único. Por algún motivo que Marina desconocía, su abuela no pudo tener más hijos y, además, murió poco después de nacer ella. Por otro lado, la madre de Marina se crió en un convento junto a las monjas hasta que conoció a Julián y se casó con él.
Su familia había sido muy pequeña y ahora lo era aún más. Tal vez, por ese motivo, su abuelo y ella estaban estrechamente unidos; a falta de otros familiares y pese a que vivían cada uno en una casa, porque su abuelo consideró que ella necesitaba tener su propio espacio y él no quería interferir, se apoyaban el uno en el otro; ya fuera para divertirse navegando o para acompañarse a la consulta del médico. Algunos fines de semana que el tiempo no era propicio para salir a la mar, alquilaban películas antiguas para verlas con un cuenco de palomitas de maíz en el regazo.
Llegó al muelle. Era un hervidero de gente que iba de un lado para otro acarreando cosas. Por un breve instante se permitió fantasear, como en tantas otras ocasiones, en la imagen que habría presentado ese mismo puerto unos siglos atrás. Por su mente desfilaron imágenes de grandes buques, goletas, bergantines… con sus imponentes aparejos apuntado al cielo. Ya no estaban las casas de pescadores a los pies del monte Urgull, ni los coches modernos aparcados. Aún existían las compuertas que cerraban la dársena.
Veía, también, a los marineros atareados en la descarga o la carga de mercancía en las bodegas de las naves; a las pescaderas con cestas en la cabeza pregonando sus exquisiteces o a las mujeres de los intrépidos pescadores, con las manos encallecidas de remendar las redes de pesca, sentadas sobre los adoquines y charlando de los problemas cotidianos.
De nuevo esa percepción fue tan intensa y tan vívida, que hubo de parpadear varias veces para tomar conciencia de dónde estaba. No era la primera vez que le ocurría algo así. De hecho, desde muy niña le asaltaban imágenes de otros tiempos, tan nítidas como si fueran recuerdos. Era sorprendente y escalofriante por momentos ver algún objeto en un museo y saber casi con exactitud para qué se utilizaba antes de leer las explicaciones que tenía al lado. Esa capacidad, por llamarla de alguna manera, era motivo de bromas por parte de sus amigas, que mantenían entre risas que al nacer se había equivocado de siglo.
Agitó la mano al aire, como si quisiera negar esa fantasía, y se dirigió al velero de su abuelo saltando de barco en barco.
A su aitona, desde que se jubiló como práctico en el puerto de Pasajes, se le podía encontrar todas las mañanas sobre la cubierta de su pequeño velero reparándole alguna cosa. A sus setenta años se negaba a abandonar el barco que le había pertenecido casi toda su vida y al que cuidaba con todo mimo.
El velero se destacaba de los demás por ser el único que era enteramente de madera, no como los barcos vecinos, más modernos, que estaban hechos con fibra de vidrio. En el casco recién pintado de azul y blanco podía leerse su nombre: Sirena. El mástil y la cubierta relucían con el barniz en perfecto estado, fruto de los innumerables cuidados que le prodigaba su abuelo. Sin lugar a dudas era una bonita nave, de las que ya quedaban pocas.
—¡Ah, del barco! —se anunció Marina.
—Buenos días, sirena —respondió Eusebio, su abuelo, desde la cubierta y se tocó la gorra de capitán de barco, ya parda por tanta exposición al sol—. Sube, cariño.
Se abrazaron y besaron en las mejillas en cuanto Marina puso los pies en cubierta.
—Ten cuidado, muchacha, tengo las manos manchadas de grasa y te pondré perdida. —Cogió un trapo y empezó a limpiárselas. Luego se acomodó mejor la pipa apagada, que colgaba de su boca como un apéndice más.
Marina sonrió al ver los viejos pantalones, manchados de barniz, la camisa holgada y unas zapatillas de lona que habían conocido tiempos mejores. Tendría que llevarle a comprar ropa; seguro que tenía otras prendas con las que podría estar allí, sin necesidad de parecer tan zarrapastroso.
—Vaya sorpresa, cielo. —Su cara, morena y surcada de arrugas, se ensanchó en una sonrisa de satisfacción—. No sabía que ibas a venir. Vamos, pasa a la cabina —le comentó, sujetando la pipa entre los dientes, mientras se restregaba las manos hasta dejarlas limpias.
Dentro de la cabina olía al tabaco de pipa que fumaba su abuelo. Era un olor que le traía recuerdos de su niñez. Muchas veces había salido a navegar en aquel velero en compañía de los dos hombres de su vida: su padre y su abuelo. Las fotografías pegadas por toda la cabina formando un collage atestiguaban aquellas salidas.
—Vaya, había olvidado que hoy empezabas tus vacaciones. ¿Cómo lo llevas? —preguntó Eusebio al entrar en el habitáculo.
—Muy bien. Me cuesta desconectar y aún no he conseguido quitarme las manchas de óleo de las uñas…
—Eso es que no te has tomado el tiempo necesario, sirena —aseguró el anciano, sonrió a su nieta y se sentó en la pequeña mesa que presidía el camarote—. Anda, muchacha, siéntate un rato —la apremió con un ademán y esperó a que ella lo hiciera—. Tu madre te las habría metido en trementina hasta dejártelas como la patena y después habría insistido para que usases guantes de cirujano.
—Estoy segura de que lo habría hecho; siempre se preocupaba por que estuviera bella. Terminó aceptando mi negativa a pintar con guantes, aunque no creo que lo entendiese. Necesito sentir el tacto del óleo en las manos. —Se encogió de hombros—. Supongo que será una manía por mi parte. Tal vez, conseguiría acostumbrarme a utilizarlos si dejara a un lado mis manías. Eso me permitiría conservar las uñas limpias —terminó, observando con fastidio las manchas de colores en sus dedos.
Su abuelo se levantó y encendió el hornillo después de colocar un cazo con agua. Ahora que el médico le había quitado el tabaco, cultivaba su otro vicio: el café.
—Dale tiempo y quizá lo conviertas en moda. Ahora cualquier cosa lo es. Viniendo para aquí me he cruzado con un muchacho con la cabeza rapada y una cresta de pelo que habría puesto verde de envidia a cualquier guerrero cheroqui que se preciase.
Los dos comenzaron a reír con ganas.
—Se llaman punks, y ya es una moda casi trasnochada. A estas alturas ya deberías de haberte acostumbrado a verlos.
El aitona puso los ojos en blanco.
—Da igual cómo se llamen, parecen indios de las praderas. ¿Qué será lo próximo? Eso de la moda es una locura. —Señaló con la pipa las manos de su nieta—. Es posible que de ahora en adelante las jovencitas lleven las uñas pintadas de colorines… Bueno, sirena —continuó, cambiando de tema—, nunca te imaginarás lo que me he encontrado hoy al subir el ancla.
—Cualquier cosa; en el fondo del muelle puede haber de todo —anunció entre risas.
Eusebio dejó un par de tazones en la mesa y fue a abrir un cajón cercano. Extrajo algo cubierto por un pañuelo. Lo desenvolvió con lentitud, tomándose todo el tiempo necesario. Sabía que a su nieta le iba a gustar aquel objeto; a ella le encantaban las cosas antiguas. Tenía fascinación por el siglo XVIII. En muchas ocasiones había pensado que ella habría sido más feliz en aquella época. Sonrió ante la sorpresa que se iba a llevar.
A la luz que se colaba por los ojos de buey de la cabina, apareció bajo los pliegues de la tela un disco dorado de unos cinco centímetros de diámetro. El viejo práctico lo había limpiado, pero la suciedad aún se acumulaba en los surcos de los intrincados grabados que circundaban y cubrían la superficie de la joya. Se lo entregó a Marina, que lo examinó arrobada.
—Es un medallón… antiguo. —Tomó asiento frente a su nieta—. ¿Ves? En medio tiene la rosa de los vientos en relieve, con los nombres de los cuatro puntos cardinales.—Señaló las letras—. ¿Qué? ¿Te gusta?
Marina tomó la pieza emocionada por ese hallazgo. Los nombres de los puntos cardinales estaban escritos con letra gótica. No era muy grande; tendría unos cinco centímetros de diámetro y poco menos de medio de grosor. Pesaba bastante, como si fuera macizo.
—Por supuesto que me gusta. Es una pasada… y por lo que parece es de oro. —Declaró Marina, volteando la pieza—. Mira, por la parte de atrás tiene un nombre escrito… Diego Izaguirre García. ¿Quién será? —Un escalofrío recorrió su espalda y sin poderlo evitar se estremeció.
—No. Más bien, ¿quién era? —especificó Eusebio y se volvió para traer el agua hirviendo del hornillo. De un armario sacó un bote de café instantáneo, azúcar y dos cucharillas—. Anda ponte un café para que entres en calor. —Se sentó otra vez y llenó de tabaco la cazoleta de su pipa, antes de prenderle fuego.
—¿Cómo lo has encontrado? —preguntó interesada, dejando la joya sobre la mesa para frotarse distraídamente los brazos, repentinamente fríos. Preparó café para los dos y sujetó el tazón con las dos manos para darse calor.
—Ya te lo he dicho: al sacar el ancla estaba enganchado en ella con un cordón de cuero medio podrido. No entiendo cómo no lo han encontrado antes… con las veces que han dragado el lecho del muelle. —Alzó los hombros, sorprendido; dio varias caladas y después exhaló el aromático humo.
—Ya… —declaró Marina, sonriendo con cariño, olvidado ya el momentáneo frío—.Será que teníamos que encontrarlo nosotros. ¿No dices eso siempre que sucede algo extraño?
—Sí, y es la realidad. Las cosas pasan porque tienen que pasar; nada sucede por que sí; todo tiene un propósito. La mayoría de las veces lo descubrimos con el tiempo y nos decimos: «Mira aquello que pasó aquel día y a lo que no dimos la menor importancia; era para esto…» —aseveró el hombre, señalando a su nieta con la pipa—. No lo olvides, jovencita.
Marina, entonces, recordó el sueño.
—Aitona, esta noche he tenido un sueño extraño.
—¿Ah, sí? ¿Otro? —bromeó Eusebio.
—No te burles de mí. No tengo la culpa de tener sueños de lo más raros. —Suspiró—. Esta vez he soñado con mi padre.
La mirada castaña de su abuelo se ensombreció ante la mención de su hijo.
—Me decía: «Nunca sabes, cuando te levantas cada mañana, si ese nuevo día te traerá la aventura de tu vida.» —Recitó con rapidez para no dar tiempo al anciano a entristecerse.
Por un momento se hizo silencio dentro de la cabina del velero. Abuelo y nieta se dedicaron a remover el café con la cucharilla. Ella casi se estaba arrepintiendo de haberlo contado, cuando el viejo práctico se quitó la gorra y se rascó la calva.
—Bueno, tal vez, te esté anunciando precisamente eso… Hoy empiezas las vacaciones, ¿no? Pues ahí tienes un buen momento para vivir una aventura.
—Entonces, ¿tú crees que mi padre quería decirme algo? —preguntó sorprendida.
—Seguramente, ¿por qué no? —Se alzó de hombros en un gesto habitual en él—. ¿Tú qué crees?
—No lo sé, es tan complicado… —Se masajeó las sienes desconcertada y miró el colgante que reposaba en la mesa.
—Anda, sirena, no lo pienses más, ya lo sabes…
—Lo que tenga que ser, será —terminó Marina por él. Pasó un dedo por los relieves de la joya—. ¿Me lo puedo quedar yo? Sólo hasta que lo devolvamos a Objetos Perdidos —rogó, sorprendida por el deseo de poseer aquel colgante aunque fuera por unas horas.
—Bueno, sirena, pero habrá que ponerle un cordón para que lo cuelgues —dijo, y comenzó a buscarlo por los cajones de la cabina—. Éste valdrá —aseguró unos minutos después, con un cordón de cuero en las manos.
Una vez colocado en el medallón, Marina no perdió tiempo en colgárselo del cuello. Se sentía extraña, pero de alguna manera el colgante le resultaba familiar.
«Seguramente lo he visto en algún libro o en un grabado antiguo; debe de ser un modelo habitual de la época», pensó. Le preguntaría al director del museo la posibilidad de datarlo. En su mente vio la cifra 1700 con total claridad.
«Estás dejándote llevar por la imaginación otra vez», se reprochó en silencio.
—Vaya, sirena, ¿tienes algo proyectado para estas vacaciones?
—No, aún no —contestó distraída.
—¿Vas a ir algún sitio? —Insistió el aitona, chupando su pipa.
—Quizá. En realidad no he tenido mucho tiempo para pensar algo. Estos últimos días he trabajado a contrarreloj para acabar todo. Casi no he salido del estudio; de hecho, sólo me faltaba quedarme a dormir allí —sonrió—. Lo cierto es que he disfrutado mucho con el trabajo.
Eusebio asintió. No dudaba de que hubiera gozado haciéndolo; ya desde niña le había gustado pintar y dibujar. A decir verdad, lo hacía hasta en la arena húmeda de la playa o en el vaho de los cristales.
—Deberías viajar un poco. Eres joven. Si yo tuviera tu edad, jovencita…
—¿Qué harías? ¿un safari? ¿escalada? ¿salto en paracaídas?—preguntó con picardía; apartó las manos de la joya, dejando que colgara entre sus senos y miró a su abuelo haciendo muecas de interés.
—Ahora eres tú la que se burla de mí, muchacha —la amonestó simulando enfado—. Pero es cierto: me iría por ahí, en busca de aventuras. Creo que llevas demasiado tiempo sin salir. Un poco de alegría y emoción en tu vida no te hará ningún mal. —Aspiró por la pipa y soltó una bocanada de humo—. Prométeme que pensarás lo de viajar. No te desanimes si ninguna de tus amigas puede ir contigo, porque durante el viaje seguro que conocerás a muchas personas y te lo pasarás muy bien.
—Está bien, capitán. Pasaré por alguna agencia de viajes para ver qué me proponen —claudicó con una sonrisa, admirando el colgante otra vez.
—No aceptes nada donde puedan ir jubilados —dijo el anciano con cara seria—. No necesitas más viejos en tu vida. Asegúrate de que tus compañeros de viaje sean menores de treinta y cinco años, solteros y…
—Por Dios, aitona, no sé si quieres que viaje para divertirme o para encontrar marido —le regañó, fingiendo disgusto.
—Caray, sirena, no se sabe dónde está nuestro destino… y ya va siendo hora de que tengas un buen muchacho a tu lado. —Ella refunfuñó, lanzándole miradas esquivas—. No me mires de ese modo, jovencita; sabes que tengo razón —sentenció antes de dar una larga chupada a su deslucida pipa y exhalar el humo con decisión.
—No deberías fumar; el médico ha insistido en que tienes que dejarlo.
—Lo sé, pequeña, pero ya sólo fumo tres veces al día —aseguró—. Te preocupas demasiado. No me va a pasar nada…
—No quiero que tengas otro ataque —le cortó, frunciendo el ceño.
—No pongas esa cara; el doctor Goena dice que debo hacer vida normal. El que una vez me diera un infarto no quiere decir que se vuelva a repetir. Sé que lo haces por mi bien, sirena. —Le pasó un dedo por el entrecejo para borrar las arrugas—. No pongas esa cara; imagina que te queda así. —Juntó las cejas hasta componer un rictus de malhumor, tan exagerado que arrancó una renuente sonrisa a su nieta—. Eso está mejor.
—Temo que te pase otra vez y… —Se mordió el labio superior incapaz de terminar la frase.
—Ten por seguro de que viviré hasta conocer a mis bisnietos, sirena —aseguró Eusebio, contundente.
Como siempre que se encontraban el tiempo pasó volando, y si no fuera por la campana de la iglesia les hubieran dado las tantas.
—¡Ay! Las once menos cuarto. Será mejor que me ponga en marcha. Quiero hacer unas cosas antes de comer —anunció Marina y se puso en pie para lavar las tazas.
—Deja eso, muchacha, y ve a tus tareas. No dejes de ir a una agencia de viajes.
—Que sí. Claro que iré. Buscaré algo con leones y tigres… —Se rascó el mentón con teatralidad—. ¿Algo como Mogambo?
—Mira que eres guasona, sirena. Me conformaré con que te lo pases bien. Anda, ven y dame un beso de una vez —le ordenó con fingida severidad.
Se abrazaron con cariño.
Eusebio la vio saltar de barco en barco con elasticidad y equilibrio hasta ganar las piedras del muelle, y sonrió ante su figura menuda que asemejaba más a la de un muchacho imberbe que a la de una mujer. Se sentía muy feliz por tener una nieta como ella, aunque en muchas ocasiones le hubiera agradado que no estuviera tan sola. Ya tenía veintiséis años e iba siendo hora de que tuviera pareja. Él a su edad… Pero ya no eran esos tiempos, pensó.
Dos de las tres amigas de la infancia de Marina, Beatriz y María, estaban ya casadas, y Mónica estaba a punto de hacerlo. La primera tenía un hijo de pocos meses y la segunda no tardaría mucho en imitarla. Caramba, al él también le gustaría tener un bisnieto. Ojalá fuera de viaje y conociera a alguien que…
—¡Deja de chochear como un viejo carcamal! —se reprendió. Y vació la cazoleta de la pipa, ya apagada, contra la regala del barco y volvió a sus tareas de capitán mientras pensaba en lo dichoso que era por tener una nieta como aquella.
Ajena a los pensamientos de su abuelo, Marina se dirigió a la iglesia de San Vicente, en el otro extremo de la Parte Vieja. Era un lugar donde iba a menudo, no a escuchar misa, sino a relajarse, a meditar. Consideraba que esos lugares estaban llenos de energía y paz.
Llevaba bastante tiempo sin ir, más por falta de tiempo que de ganas, y ya era hora de remediarlo.
Eran poco más de las once cuando traspasó las puertas de la iglesia, de estilo gótico tardío. Dentro la temperatura era más fresca que en el exterior pero resultaba agradable. El deterioro de los muros era evidente; precisaban de una buena restauración. Tratando de imaginarse las reparaciones que llevaría a cabo en caso de que ella fuera la encargada de hacerlo, fue paseando por el interior del templo. Imaginó el retablo mayor, con sus imágenes del Salvador, San Vicente, San Sebastián y la Asunción ya limpios y restaurados en todo su esplendor. Giró para contemplar las altas vidrieras y bajó la vista por los pilares que sustentaban el alto techo. Fue en esos momentos cuando su vista reparó en un confesionario antiguo que, medio cubierto de polvo, estaba a un lado de la puerta principal. No recordaba haberlo visto en sus muchas visitas anteriores. La curiosidad pudo más que ella y se encaminó hacia allí, mientras que el medallón, que pendía de su cuello, oscilaba a cada paso.
El mueble de madera oscura ostentaba un tallado rico en motivos florales entrelazados. La puerta de entrada presentaba calados entre las tallas ornamentadas. Tenía reclinatorios a ambos lados del mueble, con el enrejado característico por donde confesar los pecados al sacerdote de turno. El confesionario en sí era muy bello, pero la fina capa de polvo le quitaba parte de su belleza. Era como si no lo hubieran utilizado en mucho tiempo.
Nunca había visto ninguno igual. Los que conocía eran de líneas rectas y austeras. Nada que ver con semejante despliegue de relieves finamente trabajados; según pudo comprobar al pasar la mano por aquellas molduras.
Obedeciendo a un impulso, decidió pasar adentro. Empujó la puerta que, sorprendentemente, se abrió en silencio. Estaba oscuro, había humedad y olía a moho, pero eso no la detuvo. Cerró la puerta y se sentó en el asiento forrado de terciopelo violeta que presidía el interior. Desde pequeña había sentido curiosidad por saber qué había allí dentro y cómo se sentirían los sacerdotes mientras escuchaban la lista de pecados de sus feligreses.
Notó que dentro de aquel espacio hacía más calor que fuera, pero no le dio demasiada importancia. Poco a poco sus ojos se acostumbraron y la penumbra dejó de ser tan impenetrable. El interior del mueble era de forma cilíndrica y también estaba tallado, pero con motivos geométricos que, entrelazados unos con otros, formaban una espiral concéntrica cuyo eje central coronaba el techo del mueble.
—Vaya, vaya con los curas —murmuró desconcertada—. Jamás me habría imaginado que los confesionarios fueran así por dentro.
La certeza absoluta de que aquella cabina era diferente a las demás cruzó su mente.
Con suavidad pasó sus manos por las entalladuras tan bien realizadas, felicitando a las manos que habían trabajado con tanta destreza. Su errático recorrido la llevó a la puerta. Los calados que había visto en el exterior dejaban pasar la luz y formaban dibujos. Mirando más atentamente descubrió que no creaban dibujos sino letras.
—P… E… R… —Deletreó siguiendo con los dedos aquellos símbolos. Fuera las campanas del reloj señalaban las once y media—. T… E… M… P… O… R… E… Per tempore.
En cuanto pronunció las palabras sintió una leve sacudida y por un instante pensó que el mueble se había movido, pero luego desechó la idea por demasiado fantasiosa. No obstante, en ese mismo momento, el aire pareció condensarse; como si adquiriera la densidad de la miel. Le impedía respirar. Quiso salir de allí, pero las piernas fueron incapaces de obedecerla. La temperatura parecía haber subido varios grados de manera súbita y, junto a la humedad reinante, convertía aquel pequeño rincón en una sauna. Se le taponaron los oídos por la presión. Era como estar dentro de un molde lleno de gel transparente; podía ver, a través de la sustancia gelatinosa, las letras distorsionadas frente a ella. En ese momento, vio que comenzaban a girar y a dar vueltas como si estuviera en un tiovivo.
Trató de gritar, pero el sonido se le congeló en la garganta. Alzó los ojos, lo único que al parecer podía mover, al techo del confesionario. Notó que era absorbida por aquella espiral que, ante sus ojos espantados, giraba como un torbellino, tirando con fuerza de su persona en todas las direcciones. La velocidad se intensificó hasta que ya no le fue posible distinguir nada.
«Dios mío, ayúdame», pensó, desesperada en medio de aquel caos, antes de perder el conocimiento.
***
Se despertó desorientada. El olor a humedad asaltó su olfato y arrugó la nariz. Apenas veía; parpadeó varias veces para enfocar el lugar. Estaba en el confesionario, aprisionada entre el banco y la puerta, en donde había caído inconsciente. El pánico la instó a intentar levantase por si se repetía la experiencia anterior. Le costó incorporarse; se sentía aturdida, extraña, como perdida… El corazón latía descompasado en el pecho y notaba el estómago revuelto. Quiso pensar que todo era fruto de su momentáneo mareo y se apresuró a salir de allí.
La temperatura en el exterior de la iglesia había subido varios grados desde que Marina entró en ella, pero la muchacha no se percató por el afán de regresar al embarcadero lo más rápido posible. Jamás se había mareado antes y eso le preocupaba. Además, el extraño suceso en el confesionario la había asustado de veras y le urgía estar junto a su abuelo. Pese a no querer pensar en la extraña experiencia que acababa de ocurrir, no podía sacársela de la cabeza y le daba vueltas y más vueltas a las causas que lo habían producido.
«Vaya, debe de haber sido una bajada de tensión, por el calor que hacía dentro del confesionario o, simplemente, que soy demasiado imaginativa», pensó.
Había desayunado en condiciones, por lo que no podía ser debilidad. ¿Qué había sucedido entonces?
Llevaba recorridos unos metros cuando, poco a poco, comenzó a percatarse de que algo extraño sucedía a su alrededor.
Lo primero fue el olor, una mezcla de excrementos de caballo, verduras podridas y orina, que se le pegaba a la nariz. Después fue el aspecto de la calzada. «¿Dónde estaban los adoquines del suelo?», pensó, asombrada. El piso era ahora de tierra apisonada, marcado por roderas estrechas y huellas de cascos de caballo; incluso los regueros de la lluvia habían dejado su impronta en él.
Pero no sólo era la falta de adoquines: algunasde las casas eran distintas de como las había visto esa misma mañana. Hasta las personas que paseaban por allí vestían a la antigua. Un hombre llevaba pantalones hasta la rodilla, medias negras, chaqueta entallada y sombrero tricornio. A su lado caminaba una mujer con un hermoso vestido de color carmesí entallado hasta la cintura, falda de mucho vuelo y larga hasta el suelo. Otras personas llevaban un aspecto parecido, aunque no tan elegante. Sus ropas, en algunos casos, estaban muy usadas y remendadas. Parpadeó asombrada. No era su imaginación, como otras veces. Esto parecía real.
«Ya… estarán haciendo algún tipo de anuncio o quizá sea una película», reconoció para sí. «Pero… ¿dónde están las cámaras? ¿Dónde acaba el decorado? ¿Y para qué este olor nauseabundo, si en la televisión nadie va a percibirlo?»
Un enjambre de moscas zumbaba junto a un charco de agua maloliente, mientras un caballo, atado a una argolla, coceó para apartar al insensato perro que olisqueaba a su lado.
Se giró en redondo para observar todo aquello. ¿Qué estaba pasando? Consternada y con el estómago agarrotado por la sensación de irrealidad, se tocó el medallón, que seguía colgando de su cuello, y éste brilló a la luz del sol. La urgencia por ver a su abuelo la llevó a volverse y a acelerar el paso con intención de llegar al puerto lo antes posible. Quería comprobar que todo seguía igual, que no era más que una de sus visiones. Una pesadilla, fruto de su desbordante imaginación, que estaba durando más de lo acostumbrado.
Alguien gritó por encima de su cabeza y al instante una cascada de líquido cayó a escasos centímetros de donde ella acababa de pasar. El olor a orina se extendió por el lugar.
«¿Qué está sucediendo?», se preguntó con desesperación y se abrazó a sí misma sin dejar de andar.
Un hombre de ropajes toscos y con un olor penetrante a sudor le interceptó el paso. Marina no pudo evitar un sobresalto.
—¿Adónde vas, muchachito? —le preguntó, aproximándose tanto a ella que pudo apreciar la falta de varios dientes y su aliento fétido. Marina aguantó una mueca de asco—. ¿Te has perdido?
—Déjeme en paz —murmuró, asustada.
—Vaya, vaya, grumete, ¿qué llevas ahí? —indagó, mientras acercaba la mano mugrienta para tocar el medallón.
Marina, sin salir de su estupor, golpeó la mano del hombre y se obligó a correr para escapar de semejante individuo.
—No corras, rapaz. Eres demasiado bonito para dejarte ir —aseguró el sujeto asiendo la manga del jersey de la joven—. No escapes. Estoy seguro de que me darán unos buenos dineros por ti.
Totalmente confundida pero resuelta a escapar de aquel personaje, forcejeó con ahínco. Tiró de su jersey con fuerza pero sólo consiguió estirar el tejido. El hombre le tenía sujeto y sonreía con satisfacción al ver los infructuosos esfuerzos de Marina por liberarse.
—Suélteme, maldita sea.
—¡Uy, uy, uy! Renacuajo, ¿qué lenguaje es ese? —preguntó con sorna, mostrando sus dientes cariados en una sonrisa.
—¡He dicho que me suelte! —siseó Marina, perdiendo los nervios, mientras manoteaba frenética.
Nunca había visto una persona con los modales y el aspecto de semejante tipo. ¿Cómo era posible que contrataran a ese tipo de gente para la película? Estaba muy asustada y confundida. Sólo quería regresar al Sirena para estar con su abuelo. Algo no marchaba bien. Algo había cambiado.
El sujeto trató de doblegarla dando un tirón de la manga y acercándola aún más a su cuerpo hediondo. Reprimió una arcada ante el hedor.
—¡Por mil demonios! Creo que recibiré una pesada bolsa por ti. Primero es menester que te domen, mi pelirrojo potrillo. Es una lástima que no sea yo…
Marina no tenía tiempo de seguir pensando ni de hacer conjeturas sobre qué pasaba. Era primordial escapar de ese energúmeno lo antes posible. Se sacudió con vigor, mientras asestaba golpes y patadas a diestro y siniestro ante la mirada socarrona de su captor, que no parecía sentir la menor molestia por su esfuerzo.
Marina comprobó que los demás actores pasaban cerca de ellos sin prestar atención a sus dificultades.
¿Es que nadie iba a hacer nada por ella?
Era evidente que no.
La indignación de verse, por un lado, ignorada, y por otro, amenazada, la hizo reaccionar retomando con más ahínco, si cabe, su defensa.
Con puntería certera, asestó un rodillazo en la entrepierna del hombre, que se dobló en dos y, aullando de dolor, soltó la manga.
Al verse libre, corrió para alejarse rápidamente de allí.
En su ciega carrera por llegar al muelle sorteó a la gente que se arracimaba junto a los puestos de venta. Muchos le lanzaron insultos al ser empujarlos, pero ella no se dio cuenta de nada de eso; su intención era llegar cuanto antes junto a su abuelo y comprobar que todo era… ¿qué?
Aceleró calle adelante. Al pasar al lado de la iglesia de Santa María del Coro dio varios traspiés al comprobar que ésta había desaparecido y en su lugar sólo estaban las ruinas de lo que pudo ser una iglesia. Se enderezó, obligándose a no pensar en ello. Si hasta ese momento sentía temor, en este instante el pánico pudo con ella. Podía entender que hubieran acondicionado la calle para que pareciera de época, pero ¿derribar una iglesia?
«¿Estoy volviéndome loca?», se preguntó y casi se echó a llorar.
Desembocó frente al puerto con la mirada perdida en el paisaje que tenía delante. Parpadeó varias veces, en un intento vano de alejar de su cabeza aquella imagen alucinante. La escena persistió nítida ante ella como burlándose de su incredulidad.
Frenó en seco.
—Dios mío, ¿qué ha pasado?
Varias arcadas amenazaron con vaciar el contenido de su estómago; gimió de angustia. Le recorrió un escalofrío por la columna vertebral y un nudo de puro terror se cerró en su garganta. Se llevó las manos a la cabeza y gritó.