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PRÓLOGO
Trescientos ochenta y cinco jodidos centímetros de lluvia al año y aquel pequeño rincón de la selva colombiana los recibía todos de golpe esa noche. Hostias. Kid Caos Chronopoulos apartó la vista del diluvio que caía tras la puerta de la cantina y miró a los otros parroquianos que estaban sentados a la barra del mostrador lleno de humo: un viejo con el que podría enfrentarse en el día que peor se sentía —y hoy sin duda iba camino de serlo—; dos prostitutas jóvenes que él no querría ni regaladas; y media docena de ratas que parecían capaces de cogerlo sin esforzarse demasiado.
Se apretó la cintura con el brazo, y volvió a inspeccionar la puerta. El río subía como la madre que lo parió, pero, según el encargado de la cantina, la Garza todavía estaba ahí fuera resoplando río abajo, lo que significaba que aún existía una posibilidad de salir a dar un paseo en esa noche asquerosa.
«Gracias a Dios y a C. Smith Rydell». Aunque tuviera que ir a nado para abordarlo, no iba a perder aquella maldita embarcación. Ni hablar de eso. A la mierda con las pirañas. Si querían comerle un pedazo, iban a tener que hacer cola. Echó un vistazo rápido a la barra. C. Smith se había levantado para pedir comida caliente y cerveza fría. Era una posibilidad muy remota a esa hora de la noche, pero Kid apostaba a que Smith lo conseguiría. El muchacho no aparentaba tener más de diecinueve años, con la coleta de caballo rubia, la barba desaliñada, y la sonrisa de superioridad, pero si quedaban dos platos de arroz y una cerveza fría en ese páramo infestado de ratas a orillas del río Putumayo, se podía contar con que el yanqui hippie, con la Sig Sauer 45 en la cintura y la tarjeta de identificación de la DEA estadounidense enterrada en la mochila, los conseguiría.
Algo frío le vendría de puta madre. Cualquier cosa que estuviera fría. El sudor le corría por la cara, por el cuerpo, y era lo único que podía hacer para no caer redondo sobre la mesa.
Mierda.
Respirando hondo para no perder el equilibrio, bajó la vista y retiró despacio la mano del costado del cuerpo. Muy bien. Se sentía algo destrozado, pero eso no estaba tan mal, salvo por la sangre que se le escurría entre los dedos. Todavía tenía la bala alojada allí, debajo de la piel; quizá le había rozado una de las costillas, lo que explicaría por qué coño le dolía tan fuerte. Aquello no estaba tan bien, pero la sangre… sí, la sangre era un problema. Había perdido demasiada. Smith le había puesto un parche rápido cuando lo balearon, pero hacía una hora que se le había caído, y con ocho hombres armados casi mordiéndoles el culo no se atrevieron a parar el tiempo suficiente para que lo vendara bien. Que les dispararan era una cosa, pero morir mientras trabajaban realmente contradecía todas las órdenes que les habían dado. Un agente de la DEA con cara de bebé y un soldado encubierto del Departamento de Defensa encontrados muertos en la selva sudamericana era el tipo de incidente que el gobierno de los Estados Unidos no quería tener que explicarle a nadie.
Visto por el lado bueno, él y Smith habían localizado con éxito el aeródromo donde Juan Conseco transportaba la coca parcialmente refinada desde el sur, para que la procesaran en los enormes laboratorios que tenía en el norte de Colombia. También habían encontrado látex de opio, pero el auténtico premio era un número de teléfono del satélite —SATCOM— pegado a una pared, junto con un itinerario de vuelo y el documento de carga de un barco. Smith reconoció el número, una mala noticia para el gobierno estadounidense, y una buena noticia para todos los drogadictos del hemisferio norte. Recién liberado de la «Operación de Contención» realizada por la DEA en Kabul, Afganistán, a Smith lo habían transferido a la fuerza de tareas de heroína de Bogotá, para seguirle la pista a unos narcoterroristas de Medio Oriente que buscaban ampliar el mercado. Encontrar el teléfono de un caudillo afgano del opio adherido a la pared de la barraca de un aeródromo ilegal, al norte del Putumayo, era una muestra de la amplitud alcanzada por el tráfico de drogas. Smith había sonreído de oreja a oreja. Lo último que Estados Unidos necesitaba era que alguien empezara a dejar correr la heroína de Asia por los mismos canales de la cocaína del cártel de Colombia, pero fue maravilloso seguir un instinto visceral a través de medio mundo y dar con una mina de oro.
Con drogas y matones de uno a otro extremo del globo, todos los grupos terroristas del mundo recibían una tajada de la acción del dinero negro; inhalar cocaína o heroína en LosÁngeles, alimentar a un terrorista en Kabul, en Teherán o en Medellín, Colombia, la conexión era muy directa.
—Kid.
Una botella de cerveza fría, goteando por la condensación del frío aterrizó sobre la mesa. Le siguió un plato de comida que llegó justo en el momento en que Smith se sentó a su lado. Kid estiró la mano para coger la cerveza.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Cinco minutos como máximo —dijo Smith—. Después, el generador se apaga temprano, el resto de la cerveza se calienta y esta ciudad desaparece por entero en la selva hasta el amanecer. Come.
Kid comió un bocado, después engulló otro.«Ciudad» era un cumplido inmerecido para Banco Nuevo.Él se mantenía fiel al concepto de «agujero infernal» para describir la calle de barro y dos docenas de edificios destartalados que hacían lo imposible para no desmoronarse en el río.
—¿Y el barco? ¿El Garza?
La comida tenía gusto a aserrín, y las tripas se le revolvían, pero estaría arruinado si vomitaba. Comida, agua, cerveza: las tres cosas eran esenciales. Si no podía tragarla sin retenerla, no iba a tener fuerza para hacer lo que debía hacerse. Todavía no habían hecho lo más difícil. Lejos de eso. Coño, la única razón por la que Smith lo había arrastrado hasta allí era para mantenerlo alejado de la lluvia y aplicarle un apósito rápido y, si era posible, embutirle un poco de comida caliente. Eran una presa fácil en la cantina.
—Si dentro de media hora el muelle todavía está en pie, el barco atracará allí.
Smith sacaba material de primeros auxilios de la mochila con una mano y con la otra le daba de comer. El espectáculo no era muy agradable, pero ellos tampoco lo eran después de pasar diez días reconociendo la selva y tres horas huyendo a toda máquina.
—¿Puedes aguantar eso un rato más?
—«Abso-puta-mente».
El Garza era el único que los podría acercar por la mañana a Santa María, y Santa María era el último lugar que quedaba sobre el río donde podrían solicitar un avión que los recogiera. Quizá mañana ya podrían dirigirse a Bogotá. Pero primero tenían que pasar la noche, y teniendo en cuenta la cantidad de gente a la que habían hecho encabronar eso no iba a ser fácil. La jauría de «pistoleros» furibundos que habían dejado atrás estaba tan paralizada por la lluvia como ellos.
No, ellos querían que les devolvieran su mierda, todos los papeles y documentos que él y Smith habían metido en las mochilas en el aeródromo, toda la información que el Tío Sam y el gobierno de Colombia necesitarían para encerrarlos o borrarlos del mapa. La única pregunta era: ¿quién llegaría primero a Banco Nuevo, el Garza o las narco-guerrillas?
Kid rogaba para que fuera el Garza. Conocía a los tipos como Conseco, y sabía de hecho que la tortura ocupaba un lugar prominente en la muerte que ellos repartían a diestro y siniestro, en particular a los agentes del gobierno de los Estados Unidos. Smith también lo sabía.
—Levanta el brazo —le ordenó Smith—. Te puedo garantizar que esto te dolerá.
Ése era Smith. Iba derecho al grano. Nada de endulzar la golosina. Kid vio la botella de aguardiente matarratas que Smith había traído de la barra junto con la comida y la cerveza. Ah, mierda. Puso el tenedor en el plato y tragó el resto de comida que le quedaba en la boca.
—Pienso que no…
—Buena idea —lo interrumpió Smith alzando la botella—. No pienses.
Sin pronunciar otra palabra, vertió el alcohol en la herida de Kid. Un dolor abrasador, violento, que quemaba sin parar como un puto atizador al rojo vivo la sangrienta herida desgarrada, le atravesó como una ráfaga el costado izquierdo del cuerpo. El dolor no se iba y quemaba.«Aaaay, joder, joder, joder, joder». Los ojos se le pusieron bizcos y casi se desmayó, pero Smith lo impidió cogiéndolo de la camisa, y manteniéndolo sentado a la fuerza.
—Vamos, Kid —dijo Smith en voz baja y áspera—. Tú tienes fuerza suficiente para soportar esto.
No. En ese preciso momento, a él no le parecía así. En ese momento, era más fácil desvanecerse. Dejar que los ojos se le pusieran en blanco y liberarse. Smith lo volvió a rociar con el matarratas —el hijo de puta—, lo puso de nuevo en la mesa y empezó a sacarle la camisa que tenía adherida a la piel. Ah, la hostia, cómo dolía.
—Si te tengo que sacar de aquí, se va a poner feo.
Sí. Feo de verdad. Sus noventa y un kilos estaban encima de C. Smith, y cada uno llevaba una mochila que pesaba veintidós kilos, además de los trece kilos de armas y municiones—y las necesitaban todas, hasta el último gramo—.
—No serías capaz de sacarme de aquí ni en tu mejor día —le dijo apenas con un susurro, lo que contribuía muy poco a aumentar su confianza. «Por favor, ah, coño, no dejes que me desvanezca».
—Suerte para ti, Kid, este no es mi mejor día.
Smith le dedicó una de aquellas sonrisas tontas de superioridad. Kid estuvo casi por devolvérsela…, casi, no del todo, porque en ese momento Smith abría un apósito y laúnica razón por la que Smith abriría un apósito era para aplastarlo sobre la herida y sellarla herméticamente para evitar la infección. Una gran idea de mierda, pero él no quería que nadie le aplastara nada.
«Aay, Smith…».
Demasiado tarde. El apósito avanzó, y Smith selló los bordes. Kid sintió que sus límites se hacían algo borrosos y se ponían negros. Trató de acordarse de seguir respirando…, y se olvidó. La cerveza fría que le tiraron a la cara le hizo recobrar la conciencia en un instante.
—M… maldito seas, Smith —farfulló—. Estás desperdiciando la cerveza.
—Cuando lleguemos a Santa María te compraré otra.
Smith rompió un rollo de gasa y empezó a envolverla
muy tirante alrededor de la cintura de Kid.
Dioooos. Eso también dolía, pero lo que menos quería
era desangrarse en Banco Nuevo, o que Juan Conseco lo capturara
vivo. El magnate de la cocaína tendría una recompensa
por ellos para el amanecer.
No porque alguien necesitara el agregado de un incentivo
para sacarlo de allí. La gloria merecía la pena por sí
sola el riesgo.
El Asesino Fantasma. Sabía que así era cómo lo llamaban:«el Asesino Fantasma». No se preocupaba mucho por el nombre. Se lo había ganado. Y se lo había ganado de una forma ardua, de muerte en muerte, una por una, hasta que metió en la tumba a todos los narcoguerrilleros que habían masacrado a su hermano. Pero la fama lo empezó a perseguir como un perro hambriento, con cada tirador insuficientemente preparado que le pisaba los talones de Cuzco a Cartagena. Si no rompía las amarras y se largaba de Sudamérica, iba a morir allí. Era hora de partir. Se había acabado el tiempo.
—¿Te sientes bien? —le preguntó Smith mientras cortaba la gasa—. ¿Firme?
—Como una roca.
Sí. Muy bien. Eso era él: firme como una roca. Iba a dejar las marcas de los dedos en la mesa, tal era la puta fuerza con la que se estaba cogiendo a ella. Estaba empapado en sudor, y si no se quedaba quieto de verdad, perdería el arroz y la carne de mono que hubiera habido en él. El cantinero colocó un farol sobre el mostrador, junto a la cristalería, y encendió la mecha. El tiempo se acababa.
—Sigue comiendo —dijo Smith al mismo tiempo que lo soltaba y extraía de la mochila una caja de municiones de combate.Imposible. Todavía no. Kid necesitaba controlarse primero.
Smith se movía rápido, sacando los cargadores vacíos del equipo de Kid y reemplazándolos por los nuevos que llevaba en su chaleco antibalas. Kid ya se había aligerado del peso del M4 que ahora descansaba en su hombro.
—¿No estarás haciendo planes para sacarnos de aquí como Butch y Sundance, no?
Francotirador por entrenamiento y oficio, gentilezas recibidas por haberse enganchado en el cuerpo de Marines de los Estados Unidos, el sigilo era siempre el modus operandi preferido de Kid.
—No —dijo Smith, mientras volvía a reponer los cargadores de Kid y deslizaba un cartucho de 5,56 mm uno encima de otro con rapidez y eficiencia—. Butch y Sundance cargaban seis tiros y los Colts eran de acción única. Tú me vas a cubrir con media docena de cargadores de repuesto y el M4 semiautomático.
A Kid no le gustó lo que escuchó. ¿Contra qué lo iba a cubrir?
—¿Adónde vas? —las órdenes de Kid eran claras: lleva al muchacho de la DEA al sur de Colombia, ayúdalo a encontrar el puto aeródromo, y tráelo entero a la oficina de Bogotá.
—A salir con un cuchillo cuando oscurezca.
Que Smith saliera solo a enfrentarse con los muchachos de Conseco, sería con toda seguridad la última alternativa a la que Kid recurriría según del proyecto del departamento. De hecho,él nunca lo había preguntado, pero, por muy bravucón que fuera el muchacho, más de una vez se preguntó si de verdad era posible que C. Smith tuviera nada más que diecinueve o veinte años o que de alguna forma hubiera eludido subrepticiamente la edad requerida por la DEA. Parecía muy joven, y entre los diecinueve y veinte años, hasta los más resistentes carecían de la experiencia necesaria para salir en la oscuridad con un cuchillo… y menos cuando había más de media docena de bandidos con mala leche esperándolo afuera.
Por otra parte, Kid estaba absolutamente convencido de que él no estaba en condiciones de salir de cacería. Iba a requerir de todas sus fuerzas para llegar al muelle, y quizá no le bastarían. Trataba de esforzarse para que no le diera un soponcio. Era extraño, te sientes como la mierda cuando has perdido mucha sangre y comienzas a sofocarte.
—Quizá podamos distraerlos y hacer que salgan de su escondite —Era un plan mejor, más seguro.
Smith sonrió nada más y siguió empujando cartuchos en el cargador del M4.
—No te preocupes, Kid. La única persona en este pueblo a la que no puedo atacar con un cuchillo esta noche eres tú
—Encajó el último cartucho y reemplazó el cargador completo por el que estaba medio vacío en la carabina de Kid—. Vamos. Tenemos que enderezarte.
Smith se inclinó lo suficiente para pasar su hombro debajo del brazo sano de Kid y lo ayudó a ponerse de pie. Cogió ambas mochilas, una detrás de otra, y las cargó sobre el otro hombro. Más duro que el puto titanio.
—Desde la puerta del fondo, que da a una especie de porche, se ve el río —dijo Smith mientras los dos atravesaban la cantina hacia allí—. No hay mucha protección, pero una vez que el generador se apague, ahí fuera estará realmente oscuro. Voy a encender una luz en el muelle para tratar de que el Garza no pase de largo. Si para, saca volando el culo de allí. Dame dos minutos. Si no logro regresar, dile al capitán que se vaya. Nadie más sube al barco en Banco Nuevo. Nadie.
Perfecto. A Kid el plan realmente le repugnó. Dejar abandonado a Smith no era una alternativa viable. Cuando llegaron al porche, el generador se apagó y el mundo entero se oscureció. Smith tenía razón: con esa lluvia y sin la luz del generador que iluminara el lugar, el Garza seguiría flotando y no se enteraría nunca de que había pasado de largo de Banco Nuevo. Smith lo recostó contra el porche y revisó el cargador de la pistola de Kid.
—Por si alguien se acerca demasiado —dijo, mientras embutía el cargador en su sitio con una palmada, antes de meterlo en la funda de Kid—. Pase lo que pase, tú te subes a ese barco. Cuento contigo, Chronopoulos. No me decepciones.
Y luego desapareció, fundiéndose en las tinieblas.
Mierda.
Kid se recostó contra la pared y se acomodó la carabina. Joder, sí que estaba oscuro, y la lluvia caía a cántaros del cielo como si fuera un gran balde de agua dado la vuelta. El barullo por sí solo era suficiente para hacerle bailar el cerebro a un tío.
Aquella no era la forma en que había planeado hacer su última actuación, desangrando de muerte en un lugar ignoto, en el porche del fondo de un antro comido de pulgas sobre el Putumayo. Coño.
Siete meses en Sudamérica, la mitad de ellos en la selva colombiana, la otra mitad yendo y viniendo por las alturas peruanas, abriéndose camino por la cordillera de los Andes, y la única recompensa que recibía era otra puta herida de bala, una reputación que jamás borraría y una lista de muertes tan larga como su brazo. Y dos anillos de boda que colgaban de una cadena de plata que llevaba al cuello.
Sí, todavía los tenía.
Sacar los anillos del dedo de los esqueletos que encontró en una antigua ruina inca en Cuzco, en Perú, era la única cosa ilegal que había hecho en su vida. Eran dos conjuntos de huesos, uno masculino y otro femenino, enterrados debajo de metro y medio de escombros dejados por un terremoto. Había cogido los dos anillos. Para Nikki. Si le pertenecían a alguien, era a ella, los expedientes de Nikki McKinney.
No, pensar en la chica de la que se había enamorado el verano anterior no lo ayudaría a salir vivo de Banco Nuevo. Ahora ella le pertenecía a otro, a cierto «artista de las fibras» que había conocido, y eso dolía más que la posta que tenía enterrada cerca de las costillas. Tenía que haberla llamado o haberle escrito después de irse de Denver; o por lo menos haber vuelto a Colorado para la Navidad. ¿Eso hubiera sido tan puñeteramente difícil? Al parecer sí, porque no lo hizo, y ella se había ido y se había comprometido con otro tío. «Comprometido» leches.
Le resultaba absolutamente imposible pensar en eso, menos aún imaginárselo. Desde que se enteró de la noticia, cerró los ojos ante ese hecho durante cuatro largas semanas. Lisa y llanamente, los cerró.
Pero él había encontrado los anillos, y ningún artista de mierda de Boulder, en Colorado, podría haber hecho eso.¿Y en definitiva, qué cojones era «un artista de la fibra»? Un tejedor de cestas, eso era. «Artista de la fibra», su culo. Suspiró y volvió a centrar su atención en los lados de la calle.
La lluvia cesó. Lo típico. La selva chorreaba agua, pero el diluvio había terminado. Uno por uno aparecieron un farol aquí y otro allá en algunos bohíos. No proyectaban mucha luz, pero era suficiente para meter a todo el mundo en dificultades, lo que venía muy a propósito para Kid. De repente, la noche fue suya. Cargó una bala en la recámara del M4 e hizo lo que mejor hacía: esperar en la oscuridad para disparar.
No había pasado más de un minuto cuando un fuerte chorro de luz cortó la oscuridad, a la orilla del río. Smith había dejado la linterna amarrada al muelle. Al instante, alguien disparó una corta andanada y destrozó una de las planchadas del muelle, y aquel resplandor que salió de la boca de un fusil fue para Kid como una gran luminaria. Vio movimiento, contuvo la respiración y apretó el gatillo.
Medio kilo de presión y un minuto después, el tipo cayó. Las narcoguerrilleros, con sus armas automáticas, no estaban tan lejos como él y Smith habían supuesto. En realidad, Kid no estaba sorprendido. Desmoralizado sí, pero no sorprendido. Salir de Banco Nuevo iba a ser un infierno. Extendió la mano para coger el 45 y tiró del seguro. Los muchachos de Conseco no tardarían en bloquearlo en su posición, y entonces todo el porche se transformaría en la«última batalla de Kid».
Mierda.
Butch y Sundance al menos habían salido andando. Algo, un movimiento en la oscuridad, una intuición, atrajo su atención hacia el tercer bohío que estaba en el punto más alejado del río. La luz que provenía de la entrada contigua iluminó la pared de la casucha de paja con un tenue hilo de luz. No hubo ni un sonido, ni un grito, ni un disparo, pero mientras volvía a tomar aliento un cuerpo cayó en las sombras y aterrizó de cara en el barro.
No era Smith.
La aparición del hombre muerto atrajo a otro tipo que corría por la calle agazapado, con el rifle listo. Listo para qué, quería preguntarle Kid, pero ya sabía cuál era la respuesta: listo para el último error que el cabrón cometería en su vida.
Kid alzó el M4, ajustó la mira y disparó… Smith y él llevaban una ventaja de tres. Dos disparos hechos desde el mismo escondite lo pusieron al descubierto. Tenía que desplazarse, sin importar cuánto le costara. Usando la mochila como apoyo, se arrodilló… y entonces lo oyó. Era el sonido suave de unos pasos que se arrastraban en el barro. Un vistazo rápido detrás de donde estaba el mostrador le confirmó que el viejo, el cantinero y las dos muchachas todavía estaban dentro, acurrucados en el piso, demasiado inteligentes para meterse en medio del lío que Smith yél habían atraído sobre sus cabezas.
Las ratas estaban a su rollo.
Sacó el 45 y cuando la boca de un fusil se abrió paso por una esquina de la cantina, puso el dedo en el gatillo y esperó. En el instante en que el hombre se asomó, Kid disparó dos veces en rápida sucesión, haciendo que el tipo fuera volando hasta el infierno. Ahora estaba jodido de verdad. En el pueblo todos debían de saber dónde se encontraba y, Dios, el costado le dolía como si tuviera un cuchillo clavado…, un cuchillo de hoja aserrada. Joder. No podía recuperar el aliento. Una nueva ráfaga de disparos que provenía de sitios diferentes dio en las paredes de la cantina y le llovieron astillas y pedacitos de madera. Decididamente lo habían encontrado. Un pedazo de madera se le clavó en el antebrazo como un tacón de aguja. Algo agudo y más caliente que el infierno le cruzó por la cara. Sintió que la piel se rasgaba y ardía. Lo olió. Jurando por lo bajo, cogió una de las correas de su mochila y bajó tropezando, y arrastrándose junto con la mochila los escalones del porche. Llegó hasta el árbol más próximo antes de que una bala le diera en la pierna y se desplomó. El corazón le latía como un martillo neumático.
¡Cojones! No iba a morir allí. De ninguna manera. El tiroteo se detuvo y no se escuchó nada más que el sonido del agua que caía de los árboles. Afirmándose, estiró el brazo y se sacó la astilla de madera del brazo. La arrojó a un lado sin mirarla. No quería saber de qué tamaño era. Lo único que quería era irse a tomar por culo de allí.
Mientras aligeraba el peso del costado, inspeccionó la calle. Todavía quedaban dos cuerpos en el barro y no había ninguna señal de Smith ni de los otros francotiradores. El ruido de un motor que avanzaba traqueteando por el río le hizo dar vueltas la cabeza. El Garza atracaba en el muelle, con los cilindros fallando, mientras las letras con la pintura descascarada de la proa aparecían iluminadas por la luz de la linterna de Smith.
Sintió como una ola de mareo en la parte posterior del cráneo…, no era la primera vez esa noche, y con seguridad no sería la última. Bajó la cabeza con cuidado e hizo un esfuerzo por aguantarlo, concentrándose en respirar profundo para que se le pasara y esperó. Si se desmayaba, no duraría vivo ni treinta segundos.
Detrás de él se escuchó el canto de un chotacabras. Un puto chotacabras en la selva tropical colombiana. Oh, Dios si no estuviera tan malherido, habría lanzado una carcajada. Smith estaba loco.
Se animó a mirar hacia arriba. Afuera, alguien había bajado del barco con una soga para atarlo al muelle… y allí se quedó. Carnada para yanquis. Volvió a respirar hondo y trató de quedarse inmóvil y en silencio todo lo posible. La gente de Conseco todavía estaba allí esperando que él y «el chotacabras» intentaran llegar al Garza. No escuchó a Smith llegar por atrás, pero tampoco se sorprendió cuando el muchacho se deslizó ante su vista. Smith parecía un poco desmejorado. Tenía sangre en la cara y un tajo profundo en el brazo.
Nada fue nunca fácil.
Smith alzó tres dedos y los apuntó a tres direcciones diferentes de la calle. Kid hizo un pequeño gesto de asentimiento con la cabeza y señaló su posición relativa. Había habido disparos procedentes de algún lugar a su espalda. Smith se pasó la mano por la garganta en sentido horizontal, de lado a lado.
Perfecto, pensó Kid, muy impresionado. Dos tantos para el niño maravilla y su cuchillo. Salvo que los muchachos de Conseco hubieran pedido refuerzos, habían quedado reducidos nada más que a tres tíos en la acera de enfrente. Y el Garza todavía estaba allí afuera, pero parecía como si se encontrara a un millón de kilómetros de distancia.
—Nos van a cortar el paso si intentamos llegar al muelle —dijo con tranquilidad. El informe sobre daños tenía que llegar más tarde.Smith asintió. Resoplaba mientras la sangre le corría por el brazo.
—Vamos a tener que ir a nado y subir por el lado de estribor.
Sí. A nado.Nadar corriente arriba en un río desbordado cargando con él, con dos balazos encima, sangrando como un cerdo, estaqueado y rogándole a Dios que las pirañas no anduvieran buscando un bocado de medianoche.
Nada fue nunca fácil.
Smith empujó con el hombro la mochila de Kid junto con la suya, se detuvo un instante para recuperar el aliento y después le hizo una seña para que salieran. Sí, él tenía razón, y si C. Smith podía cargar el equipo, lo menos que Kid podía hacer era meterse en el río. Era una locura preocuparse por las pirañas. Mierda. Lo más probable es que se hundiera como una piedra y se ahogara mucho antes de que las pirañas se apoderaran de él.
De acuerdo.
Se apoyó en la pierna sana, e instantáneamente el esfuerzo le costó la cena. La lanzó toda en el suelo de la selva. Ah, la Virgen, eso dolía. Se cogió el costado y eso también le dolía. Cada parte del cuerpo le dolía como la madre que lo parió. Se secó la boca con el dorso de la otra mano y trató de no sentirse tan puñeteramente mal, y de improviso supo que tenía un verdadero problema. No tuvo que mirarse la herida.
Sabía lo que él sentía. Sangraba por el parche. Ya. Como no se movía, Smith miró atrás. Kid se demoró un instante en respirar y otros dos segundos en sobreponerse al dolor y poder hablar, pero, cuando lo hizo, le resumió a Smith los detalles lo más clara y sucintamente posible.
—… necesitamos… yo… coño, Smith. Necesitaría a Superman para sacarme de aquí esta noche.
C. Smith sabía quién era Superman; todo el mundo lo sabía: un tipo que se llamaba Christian Hawkins y que trabajaba con Kid en la FED, Fuerza Especial de Defensa, una unidad clandestina de fuerzas especiales cuya existencia ni el Pentágono ni el Departamento de Defensa jamás admitirían. Hawkins era una leyenda con una reputación bien merecida por haber salido airoso del tipo de situaciones que mataba a los simples mortales—a él y a quienquiera que lo acompañara—. Estaba además a cuatro mil ochocientos kilómetros del río Putumayo.
Sin embargo, Smith comprendió.
—Bueno, entonces esta es tu noche de suerte, Kid — dijo dejando caer las mochilas en el barro—. Porque esta noche yo soy el superman de mierda.
Con un movimiento tortuosamente doloroso, puso a Kid sobre sus hombros y se dirigió al río.
CAPÍTULO 1
Ciudad de Panamá. Cuatro días después
En el baño encontró la parte de abajo de un bikini. Picado por la curiosidad, Kid cogió el retazo de algodón verde y morado que colgaba del toallero y lo hizo girar en la mano.
No era infrecuente que al volver a casa se encontrara con que alguna persona se había quedado a dormir. Se dio cuenta de que había alguien allí al instante de entrar. La casa de Panamá le había pertenecido a su hermano, y J. T. siempre cultivó una política de puertas abiertas. Pero el bikini no era habitual.
Botas de combate, tablas para surf, cajones de cerveza…, normalmente encontraba cosas así. Pero no un bikini escandalosamente verde con un estampado de hojas de palmera de color morado. Era suficiente para hacer pensar a cualquiera.
En el sexo.
Y en la muerte.
Juró por lo bajo y volvió a poner el traje de baño en el
toallero. J. T. era la clase de tío que se preocupaba de la gente,
de un montón de gente. Algunas eran mujeres, en su mayoría
amigas, aunque en los últimos meses habían aparecido un par
de ex amantes; pero esa noche, Kid se sentía incapaz de estar
frente a frente con cualquiera de ellas, y tener que decirles
que J. T. había muerto. Él mismo se sentía casi medio muerto.
Moviéndose con cuidado, volvió cojeando a la sala de
estar. La casa era un auténtico bungaló tropical, con dos cuartos,
dos baños, una cocina y una zona para comer integradas,
y una sala de estar que daba a un patio sombreado por palmeras.
Había lagartijas corriendo por fuera, una casera que se llamaba Rosa y que mantenía el lugar en pie sin importar la cantidad de visitas inesperadas que aparecieran, y vecinos a quienes les encantaba la juerga, como en el caso de esa noche. El ritmo de salsa llegaba desde ambos costados de la casa.
Después de la aventura con C. Smith en el Putumayo, de haber pasado dos días en un hospital de Bogotá, y dos días de rendir informes en la DEA y ante los muchachos del Departamento de Defensa, no estaba de humor para festejar nada. Lo único que quería era dormir en su propia cama. Esperaba que la chica del bikini hubiera elegido el cuarto de invitados y no el que generalmente usaba él.
El pensamiento lo obligó a hacer una pausa. Hostia. No era de extrañar que nunca se echara un polvo. Sacudió la cabeza y siguió andando hasta la galería exterior y al cuarto que daba al sur, su preferido y, efectivamente, no había ninguna duda de que estaba ocupado. Había ropa tirada por todas partes, y cosas, cosas de mujer apiladas en el tocador y acomodadas sobre la silla, cosas vaporosas, un surtido de colores brillantes. Las maletas de piel de cocodrilo de la chica estaban en un rincón del suelo, y además de tener el tono rosado más alucinante que había visto en su vida, desbordaban de cables eléctricos, bolsas de maquillaje, y zapatos como si una «mujer granada» hubiera estallado y lanzado ropa por el aire en todas direcciones, y hubiera dejado que el material pesado se asentara.
Esa idea también le dio que pensar, en cierto modo le hizo recordar otra cosa, pero no iba a desperdiciar esfuerzos tratando de explicarse quién era. Esa noche estaba demasiado cansado como para revisar cualquier cosa. Lo único que quería era dormir, y una cama u otra realmente le daban lo mismo. Dio media vuelta para irse, cuando una playera pequeña y rota de color blanco que colgaba de la manija de la puerta le llamó la atención, una camiseta blanca lisa con una mancha de pintura… azul eléctrico.
Todo en su interior se inmovilizó, salvo el corazón, que se hundió en la boca del estómago.
Imposible. Era absolutamente imposible, pero conocía aquella camiseta, conocía aquella mancha de pintura. Deslizó la mirada sobre las prendas acomodadas en la silla y vio otra cosa conocida: una bata de seda morada con la letra «N» pintada en el bolsillo. Dios mío. Paseó la mirada por el cuarto, por todas las cosas. Pero no era sólo eso, y no era cualquier chica-granada la que había explotado allí. Era una granada Nikki McKinney.
Cogió la bata, se llevó la seda al rostro, y su aroma le inundó los sentidos. Sexo caliente, amor cálido, todos los recuerdos estaban allí, tan cerca de la superficie. Demasiado cerca. Nikki estaba allí, y de repente, todo se ponía patas arriba.
Patas arriba.
¿Por qué diablos estaría Nikki en la ciudad de Panamá? ¿Y habría traído al hijo de su madre del artista de la fibra para que la acompañara?
Hostias. No podía tragarse eso. Imposible, joder. Apartó la vista de la bata y pasó revista a la habitación; no, aquel era el desastre producido por una sola persona, desde el sombrero panamá y las gafas a rayas rosas y verdes que estaban sobre el tocador a la pila de ropa interior sobre la cama. Cada centímetro de aquello, todo hablaba de Nikki.
La ropa interior. La cama. Nikki.
Y de pronto, él y cada célula de su cuerpo estaban totalmente despiertos. Dejó caer la bata en la silla y salió. Ya en la galería, giró hacia el lugar en donde la música se oía más alto. Nikki estaría en la zona cero, lo que quería decir al lado, en el jardín tapiado de los Sandoval. Rico y Luis Sandoval eran un par de mellizos que vivían de un fideicomiso y cuyo padre dirigía la cadena de venta de coches más grande de Panamá. Eran unos tíos fantásticos para pasarlo bien, tomar una cerveza fría, y jugar una partida de póquer un viernes por la noche, strip póquer si podían convencer a una chica para que jugara.
Kid siempre se borraba de cualquier programa de los Sandoval que incluyera mujeres ebrias desnudas, pero Rico y Luis no habrían tenido que emplear mucho alcohol o hablar demasiado rápido para meter a Nikki en el juego. No había nada que le gustara más que los hombres desnudos. Los mellizos representarían un plus irresistible según su perspectiva.
Joder. Nikki y un par de panameños estafadores de playa con una baraja marcada. El pensamiento hizo que Kid cojeara a paso redoblado. A Rico y a Luis les estaría bien empleado si él dejaba que ella les diera su merecido. Por tramposos que fueran, ellos nunca estarían en situación de ventaja respecto a ella y una vez que les tirara el anzuelo con su «Oye,¿te puedo pintar desnudo?», no tendrían la menor oportunidad.
Nikki los despojaría de su machismo más deprisa de lo que ellos eran capaces de quedarse en paños menores. Los muchachos del fideicomiso todavía estarían buscando sus pelotas para Navidad. Pero él no quería que otros tíos se bajaran los calzoncillos por Nikki esa noche, ni ninguna otra noche, chulos de playa panameños o novios artistas de la fibra. Un novio, ¿cómo demonios había dejado que las cosas se le fueran tanto de las manos? ¿Cómo había dejado pasar siete meses sin llamarla? ¿Sin escribirle?
Se paró al lado de la pared de entrada, se paró y se obligó a hacer un examen de la realidad. La verdad era que él sabía por qué no se había comunicado con ella. Sabía perfectamente por qué no había vuelto a casa por Navidad, y nada había cambiado.Él no era el hombre del que ella se había enamorado, nunca más lo sería, ni siquiera un poco, y no había vuelta atrás desde los lugares adonde había ido.
Pero Nikki estaba allí y tenía que verla. No se iba a engañar pensando que había venido a verlo a él, porque era laúltima persona que ella hubiera esperado que apareciera en Panamá, pese a ser el dueño de la casa. Si quiso venir a Panamá, fuera cual fuere la razón, Skeeter debió de haberle prestado la llave y le habría dado el informe de situación: él estaba en Colombia, trabajando fuera de Bogotá. Y si no fuera porque no aguantaba más, todavía estaría allí.
No, seguramente no había venido a buscarlo a él. Durante los siete meses anteriores nadie sabía dónde estaba o qué estaba haciendo, salvo los hombres con los que trabajaba: al principio fue Hawkins, y después otro operario de la FED, Creed Rivera. Cuando terminó la misión, Creed volvió a su país, pero Kid se quedó.
Se había quedado demasiado tiempo.
Colombia ya no era un lugar seguro para él. Había personas que lo estaban buscando. No sabían su verdadero nombre ni qué aspecto tenía —todavía no—, pero eso no detendría para siempre a aquellos tipos, no, si él seguía haciendo lo mismo que hacía antes. En el aeródromo de Putumayo no era la primera vez que el Asesino Fantasma había asestado un golpe en la actividad comercial de Juan Conseco, y el señor de la droga no lo ignoraba. La noticia de «la recompensa del Putumayo» que Conseco había ofrecido por la cabeza del Asesino Fantasma llegó a Bogotá mientras él todavía permanecía en el hospital. El magnate de la cocaína lo quería vivo o muerto, y Kid se imaginaba que por medio millón de dólares Conseco tenía una linda oportunidad de encontrarlo.
Era una jodida cantidad de dinero, pero Kid había hecho una jodida cantidad de daño, incluyendo un par de asesinos estrella a sueldo contratados por el gobierno de Colombia a través del Departamento de Defensa americano para matar a dos importantes lugartenientes de Conseco, una misión tan oscura que fue «negro sobre negro». Todo eso hacía que la presencia de Nikki fuera más desconcertante todavía, si eso era posible… que, por Dios, no lo era. Ya se había puesto nervioso hasta las entrañas porque ella estaba allí y la situación con Conseco sólo empeoraba las cosas.
¿No era perfecto? No había estado en casa más de cinco minutos, y lo primero que tenía que hacer, literalmente, era sacar a Nikki McKinney de su cama de una patada. Bueno, cojones. Ahora por lo menos tenía algo más para decir que no empezaba ni terminaba con la frase «lo lamento». Se la había repetido tantas veces, en especial cuando ella lloraba, y cuando estuvieron juntos Nikki lloró mucho. Aunque tenía que reconocer que la frase «saca tu culo de mi casa» no parecía mucho mejor.
Estiró la mano para abrir el portón, pero tuvo que retroceder
cuando una pareja la atravesó a trompicones, estrechado
uno en brazos del otro, abrazándose mientras iban a
casa de los Ramones que estaba del otro lado del jardín de Kid.
A juzgar por la apariencia que tenían, un poco borrachos,
un poco despeinados, vestidos de mujer los dos con la
mitad de la ropa cayéndoseles, la fiesta de los Ramones debía
de estar en pleno apogeo, un hecho comprobado cuando cruzó
el portón.
Todos los años, cuatro días antes del Miércoles de Ceniza,
la ciudad de Panamá celebraba el carnaval, una fiesta
cargada de sexo, donde todo vale en preparación para la Cuaresma.
Todos los viernes por la noche, sin importar lo que sucediera el miércoles siguiente, los hermanos Sandoval hacían lo mismo. Había luces de colores colgando de los árboles, dos travestis que cantaban suavemente en un escenario improvisado, muy por encima de las cien personas atiborradas en el jardín, algunas vestidas con disfraces, mucha cerveza y un mostrador con raciones de «baja pantis», que en Panamá significaba cualquier bebida hecha con alcohol fuerte.
Y allí estaba Nicole Alana McKinney. La localizó al instante. Iba disfrazada a medias, con una tiara rosa de plumas sobre los pinchos del pelo negro y púrpura, una minifalda azul con lentejuelas y una estola haciendo juego con la parte de arriba del bikini estampado con palmeras verde y morado. En una mano tenía un «baja pantis» y en la otra, cinco cartas. Estaba de espaldas a él, sentada a una mesa con cuatro tíos, dos eran Rico y Luis, a uno de los cuales ya no le quedaba nada más que un par de calzoncillos y una boa de plumas color naranja.
Era como la encarnación viva de la peor pesadilla, o por lo menos de la suya, antes de que ella se comprometiera. Pero esa escena. Ah, sí, se la había imaginado muchas veces: Nikki y un grupo de individuos a medio desvestir que iban camino de convertirse en tipos completamente desnudos.
Era su trabajo, coger tipos desnudos y someterlos al minucioso escrutinio de su cámara fotográfica y sus pinceles hasta que lograba lo que quería, que siempre era más de lo que los tipos jamás hubieran pensado que eran capaces de ofrecer. Ahora era prácticamente famosa. Sus cuadros se exhibían en ambas costas de Estados Unidos y se vendían a un precio de cinco cifras. Tres meses antes, había hecho la portada de la revista Esquire con Brad Pitt como uno de sus ángeles caídos. Kid la había visto en Bogotá y era increíble.
El gilipollas de Brad Pitt. ¿Quién lo hubiera creído? La mentora de Nikki, Katya Hawkins, la llevaba rumbo a la cima del mundo del arte, exactamente adonde merecía estar. Una vez había visto trabajar a Nikki —sacarle la porquería a un tipo— y lo había hecho transpirar y casi darle la vuelta con lo de adentro para fuera. No conocía ninguna chica que fuera capaz de tener tan puta ferocidad. Sí. Se había mantenido al corriente de su carrera, de su vida. Era discreto, pero estaba al corriente, hacía algunas preguntas. La hermana estaba casada con otro de los operarios de la calle Steele, Quinn Younger, pese a que Quinn no había salido en muchas misiones desde que se había asociado con Regan.
Era un precio condenadamente alto para pagar por una mujer, pero, en circunstancias diferentes a las que él se había encontrado el verano anterior, quizá lo hubiera hecho por Nikki.
Ella no se lo había dicho abiertamente ni le había pedido que no se arriesgara tanto ni que renunciara a su trabajo, pero él lo había leído en sus ojos cada vez que ella lo miraba. Lo sabía cada vez que ella lloraba porque él se iba. Era tan implacable como la hostia y al mismo tiempo tan frágil…
Coño, quizá el tío que tejía canastas era la elección correcta, pero sí, por supuesto, él podría haberlo hecho, echarse atrás en su empleo y transformarse en un niño bueno, volver a la escuela y convertirse… en algo. Algo diferente de lo que era: un arma calificada del gobierno de los Estados Unidos. Los meses que pasó en compañía de Hawkins y Creed persiguiendo y eliminando a los asesinos de su hermano lo habían transformado. Superman y el chico de la selva lo habían cambiado. Habían aprovechado todo lo que el cuerpo de marines le había enseñado y lo habían afinado muy bien.
No era un superhéroe genuino, como Hawkins, y no era ni tres cuartas partes tan salvaje como Creed, pero no tenía mucho más que hacer que estar allí parado y mirarla para saber que todavía estaba enamorado de Nikki McKinney.
Dios, qué horrible noticia. Y eso no cambiaba absolutamente nada. Sólo hacía las cosas más difíciles. Tendría que mantener la distancia. Ser profesional. Conservar la frialdad. Jugar con astucia. Meterla de regreso en un avión lo más pronto posible y, por el amor de Dios, no tenía que hacer nada estúpido ni espontáneo.
Como besarla. O recorrerle con la lengua el dorso del cuello.
O ponerle las manos en el trasero.
Respiró, recorrió la lista de los «no debo» otra vez, y ya estaba preparado para avanzar, cuando de repente ella se dio media vuelta en la silla, sorprendida como un pájaro que remonta el vuelo, agitando las plumas, con las lentejuelas brillando, y lo miró directamente. Vio la sorpresa en su rostro, vio que la boca modulaba su nombre y el plan que él había elaborado rápidamente empezó a resbalar debajo suyo como la arena de la playa en una corriente de resaca.
En combate, un muy buen método para ser asesinado era «cavar un túnel», concentrarte en una sola cosa y perder de vista todo lo demás que sucede a tu alrededor. Al parecer, en el amor se aplicaba la misma regla porque a él le habían dado muerte. Los travestis se embarcaron en una versión masacrada de «La vida loca» y casi no la podía oír. Las otras cien personas reían, hablaban, cantaban, los vasos tintineaban, las lentejuelas temblaban y todos formaban nada más que una masa borrosa. Las plumas sueltas volaban por el aire, la cerveza se derramaba, las mujeres chillaban…, y Nikki era lo único que él veía. Lo único que podía oír era el latido de su corazón, lento, regular y fuerte. Era consciente de lo que sentía, y no había palabras para expresar aquello. No las había para eso.
La tiara atraía las luces y destellaba en su pelo oscuro, desordenado. Una cabeza como salida de la cama, plumas rosadas y un par de mechones de color violeta, hebras que se agitaban en todas direcciones. No era un accidente. Ella lo peinó de esa manera, se echó espuma y se pasó el secador de mano formando un revoltijo ingenioso. La había mirado mientras lo hacía, le había tomado el pelo por esa razón, la había besado entre la aplicación de la espuma y el secado… y había amado cada uno de esos instantes.
Nikki tenía cinco aros colocados en una oreja y tres en la otra, siempre, y ninguno de ellos hacía juego; cantaba por las mañanas y él fue su primer hombre.
Todo eso la hacía suya.
Avanzó y ella se levantó de la silla, mientras las cartas se caían de la mesa y se ponía la mano en el pecho, una mano delicada con pintura debajo de las uñas. Sin pintura, no había Nikki. Pintaba hombres. Pintaba sus fotografías. Pintaba ángeles y demonios. Se pintaba la ropa, y en una oportunidad, se había pintado para él… con chocolate y caramelo.
Ah, sí. Él no entendía nada. Era muy difícil.
Siete meses sin ella, sin sus besos, sin tenerla abrazada a él; con toda la razón, debería estar muerto. Pasó la última barrera de bailarines borrachos y de pronto se encontró de pie frente a ella sin tener absolutamente nada que decir. Dios mío. Todo lo que podía hacer era mirarla. Era tan hermosa. Lo había dejado sin sentido desde la primera vez que la vio y nunca se había recuperado: el color salvaje del pelo, las alas oscuras de las cejas, la forma del rostro, el gris claro, tornasolado, de los ojos. La boca. Dios, lo que ella le había hecho con la boca.
—No… no esperaba… —comenzó a decir Nikki con una voz que se fue apagando entrecortada. Tenía las mejillas enrojecidas—. No te esperaba esta noche.
—Y yo tampoco.
Era la pura verdad. Era lo último que esperaba ver en aquel lugar.
—¡Kid! —gritó Rico a modo de saludo por encima del ruido de la fiesta, por encima del canto y de la música, y de toda la cháchara.
—¡Kid! —Luis le puso una cerveza en la mano.
—¡Chuleta! —dijo otro y tiró las cartas sobre la mesa con una carcajada—. La hermosa paloma tiene una flor y una escalera.
—¡Nueve alto! —gritó Rico.
—¡Roberto! Sácate algo.
La conversación fluyó en torno a ellos en español e inglés, por deferencia a Nikki que no sabía español. Los hermanos Sandoval eran muy integradores, en especial respecto a las mujeres hermosas, y querían que ella se mantuviera en el juego. Pero ella ya se había ido con él. Solo que ellos todavía no lo sabían. Bebió un pequeño trago de cerveza, apartó la botella y la tomó de la mano.
No había absolutamente nada que decir, no después de que ella puso su mano en la de él. Necesitaba besarla. La besaría, pero no allí en la fiesta. Kid se la llevaría a casa.
Con ella pegada al costado de su cuerpo, se abrió camino entre la multitud que bailaba desenfrenadamente y se dirigió hacia la puerta. A sus espaldas, se escuchaban las burlas; Rico y Luis lo acusaban del grave delito de raptar hermosas gringas. No se ofendió. Se reían y lo alentaban entusiastamente, y nada de eso tenía maldita importancia.
No existía nada más que Nikki, su mano en la de él, tan pequeña y tan fuerte, la piel no muy suave de sus manos. Demasiada pintura, demasiada limpieza de pintura, demasiadas horas pasadas en el cuarto oscuro procesando películas según sus normas exigentes. Siempre tenía las manos ásperas, siempre llenas de rasguños.
Pero el resto era suave, impíamente suave. Abrió la puerta, y una vez que estuvo al otro lado, echó el cerrojo de la casa, que dejaba fuera al resto del mundo. Los Ramones no le preocupaban. El tráfico desde la casa de los Sandoval era normalmente en un solo sentido. Cuando la gente terminaba en casa de los Ramones, la noche ya había terminado para ellos.
No, toda su atención estaba concentrada allí mismo, en el ahora, exactamente donde él se encontraba. El corazón le latía. La pared que daba de su lado estaba oscura, oscura y dulce, con el olor de las flores, iluminada sólo con la luz que se filtraba entre las copas de los árboles y a través de las enredaderas.
—Kid —dijo Nikki, con la voz todavía un tanto entrecortada—. Estás aquí. Yo esperaba, pero… Dios mío, es como si te soñara.
Tenía la cara levantada hacia la de él mientras le acariciaba el brazo con la mano.
—Nikki… yo —empezó a decir, luego desistió y simplemente puso su boca sobre la de ella. No había nada que decir en ese momento, no cuando todo lo que deseaba, todo lo que él necesitaba era acariciarla, deslizar la lengua en su boca y saborearla, llenarse de ella.
Los labios se encontraron, los de ella se separaron y un centenar de emociones lo inundó. Esperaba el placer, un placer electrizante…, pero también encontró alivio, que le llegaba a los tuétanos. Ese era su hogar, estar con Nikki, con los cuerpos tocándose. Ella se puso de puntillas, con su boca contra la de él, rodeándole el cuello con los brazos, y él deslizó la mano por su espalda.
Luego más abajo. Dos reglas adentro en treinta segundos. La besaba y tenía la mano en su trasero… y era increíble. Aquello se iba a convertir en una locura, deprisa. Verdaderamente muy deprisa. Podía adivinarlo. El beso había pasado de la categoría «hogar, dulce hogar» a cálido y profundo en un instante. Trató de no pegarle la lengua a la garganta, trató de no devorarla, pero ella ya estaba allí, y él se ahogaba en el amor que sentía por ella, al borde de la desesperación que lo hundía, el calor de la piel de Nikki, en la arrolladora humedad suave de su boca.
Iba a ser algo más que locura. Iba a ser sexo caliente enloquecido, dulce y sucio contra la pared del jardín en menos de cinco minutos. Joder. Había estado tan enamorado de ella, estaba tan enamorado de ella. ¿Cómo pudo pensar alguna vez que sería capaz de vivir sin eso?
Nikki abrió más la boca, lo cogió más profundamente,
y todavía no era suficiente, ni mucho menos.
Estaba condenada. Nada podía ser tan excitante como
eso, tan veloz, y nada lo había sido jamás, salvo Kid Caos. Ella
había venido a Panamá porque necesitaba verlo. Su amiga
Skeeter le dijo que Kid había terminado una misión y que
volvería a su casa de Panamá. Nikki supo que ella debía venir.
Necesitaba atar cabos sueltos, cerrar la contabilidad,
sacarlo de su sistema para poder seguir adelante.
No había venido a besarlo.
No había venido para esto. Lo juraba, pero entre una apuesta al ganador y la otra, se enteró de que él estaba allí, y su corazón todavía no había dejado de latir aceleradamente. Era una locura. Ya lo sabía… pero, Dios, era Kid, y todo lo que ella había sentido por él, todo lo que él le había hecho sentir alguna vez arrasaba con su cuerpo y casi la hizo caer de rodillas.
Pensaba que ya había acabado con él, pero no había acabado con nada, ni desde el primer beso al último, a este. La forma en que ella lo sentía, la forma en que él olía; el ángulo de la mandíbula, la nuca, la forma en que abrazaba, la fuerza… su boca sobre la de ella y los brazos que la rodeaban; nunca quiso dejarlo.
Mierda, se suponía que no iba a ser así.
La había dejado en dos ocasiones, la última vez sin una palabra durante siete largos meses. Ninguna carta. Ninguna llamada de teléfono. Ningún mensaje electrónico. Sintió su falta hasta pensar que moriría; sintió enojo. Dios, cuánto lo había echado de menos: un metro noventa de calidez, piel suave y músculos de hierro. Era tan guapo: un guerrero de pelo marrón oscuro y ojos almendrados, un rostro despojado de todo artificio. Era lo que era, y era el primer hombre al que ella se había entregado… y, que Dios se apiadara, estaba por volver a hacerlo. La necesidad aumentaba dentro de sí, absolutamente irresistible, terriblemente inevitable.
Condenada.
Nikki le sostuvo el rostro entre las manos, cubriéndolo de besos mientras él deslizaba una mano debajo de la falda, y todo lo que ella fue capaz de pensar fue «Sí… sí. Por favor, Kid». Había pasado tanto tiempo desde que lo había poseído, desde que él había sido suyo y era tan fácil volver a enamorarse de él, desnudarse un poquito más con cada minuto que pasaba.
Kid le sacó las bragas, ella le bajó el cierre del pantalón; la blusa se le soltó, ella le abrió la camisa.
—Te han herido —le susurró en los labios, mientras tocaba con los dedos el borde de la gasa.
—No —le aseguró, pero luego dio marcha atrás—. Bueno, quizá… un poco.
Era más que un poco, teniendo en cuenta el tamaño del vendaje, pero el corazón de Kid latía fuerte debajo de la mano de Nikki, la piel era cálida y su boca le decía a los cuatro vientos cuánto la deseaba. No necesitaba saber nada más. De momento, por ahora, era todo. En lo profundo de su cerebro, Kid sabía que la habitación quedaba nada más que a un metro y medio de la puerta del jardín. También sabía que no lograrían llegar tan lejos, la primera vez no, cuando ella estaba suave y mojada y él con los pantalones a medio bajar; no cuando ella tenía la mano entre las piernas de él, que apenas podía respirar debido a las caricias.
—Hostia bendita, Nikki —Se acunó en ella, la alzó en sus brazos y le aplastó la espalda contra la pared—. Pon las piernas alrededor de mi cintura.
Y ella así lo hizo ayudándolo, ayudándose y él pujó dentro de ella, y todo se hizo más lento. Era tan increíble: las sensaciones tan intensamente dulces, la ráfaga de emociones tan irresistible…
Kid juraba con suavidad. Ella se sentía tan asombrosamente bien. Él le acariciaba el cuello, hundiéndose en ella, sintiéndose morir un poco a causa del placer… y del dolor. La pierna lo estaba matando, y el costado le dolía terriblemente por el esfuerzo de levantarla, pero Dios, no había en la tierra forma de que él se detuviera.
Kid tenía los brazos debajo de los de Nikki, y en el puño aferraba unas ramas de enredadera, que los sostenía contra la pared y con la otra mano le enhebraba el pelo, flores aplastadas entre sus dedos. Todo era maravilloso, el calor, el olor, la suavidad, Nikki que lo poseía una y otra vez. Había pasado tanto tiempo. Había transcurrido una eternidad desde que había estado dentro de una mujer, y la mujer era ésta. Lo único que ella tenía que hacer era respirar para que él se excitara.
Pero Nikki hizo mucho más: selló con su boca la de él, le succionó la lengua y le llenó deprisa todo el cuerpo, de la cabeza hacia abajo, de sensación sexual. Todo. Lo devoraba. Todo era sexo y amor, y calor y Nikki. Desplazó un brazo debajo del trasero de la mujer, abrazándola más fuerte, alzándola, pujando más profundo y entonces sucedió. Sintió las señales de advertencia, sintió que alcanzaba aquella primera orilla dulce de la liberación y fue incapaz de detenerla. No tuvo la fuerza ni el deseo. Esta vez, no.
Oh, Dios. Desgarraba el alma, un orgasmo que comenzaba en el dorso del cráneo y en la base de la entrepierna y fluía a través de él, transportándolo a lo profundo de sí, a lo profundo de ella. Era una sensación intemporal, y duraba eternamente, y ella lo besaba todo el tiempo, lo abrazaba, su boca caliente y dulce sobre la de él.
—Nikki —gimió empujando más profundo mientras su cuerpo se estremecía. La había necesitado durante tanto tiempo, nada más que a ella.
El Learjet se dispuso a bajar en la pista de aterrizaje particular
ubicada al sur de la ciudad. En el interior, dos hombres
bien vestidos se apoderaban de la cabina delantera. Uno era delgado
y ascético, vestido con ropas negras austeras; el otro, más
joven, de complexión más robusta, hombros anchos y rostro
elegante y aristocrático. La camisa blanca que llevaba abierta debajo
del traje caro color gris dejaba ver una cruz de oro incrustada
con diamantes. Los dos usaban grandes anillos de oro grabados con la letra C con forma de fer-de-lance*, la serpiente más
mortífera de la América tropical. Tenía la boca abierta, lista para
atacar, con los colmillos a la vista. La «C» era la inicial de Conseco
y la serpiente era la personificación del ascenso de Juan Conseco
a la cima del cártel de la droga, un ascenso salpicado por una
serie de golpes imprevistos y letales contra sus competidores
hasta que no quedó ninguno en pie.Ahora únicamente tenía enemigos que lo trataban con
todo el cuidado y consideración que le hubieran prestado a
una serpiente venenosa.
—Esto no es inteligente, Juan —dijo el hombre mayor—. En Panamá no te puedo proteger de la misma forma que en casa.
—¿De la misma forma que protegiste a Ruperto y a Diego, tío Drago?
La pregunta era cruel, pero Juan Conseco era un hombre cruel, y vengativo. Ruperto era su primo, sangre de su sangre, el hijo mayor de Drago, y hacía un mes que la bala de un asesino, del Asesino Fantasma, lo había asesinado mientras desayunaba. Diego había muerto el mismo día, afuera de la casa misma de Juan, con veinte guardias armados que custodiaban los muros. Ninguno de ellos había visto nada, salvo a Diego cuando cayó al suelo con una bala entre los ojos.
Fue un disparo con firma, el Asesino Fantasma riéndose en la cara de Juan, cebando a la serpiente. Perder en un día dos lugartenientes —dos primos— fue un golpe terrible en el corazón y en el orgullo de la familia. El robo en la pista de aterrizaje del Putumayo cuatro días atrás había sido otro golpe más, el peor en la serie de impactos que dieron en los Conseco, e hicieron que él pareciera débil frente a sus enemigos… hasta que por la gracia de Dios y una enfermera de noche del hospital de Bogotá, las plegarias de Juan habían sido escuchadas.
El gringo al que le habían pegado un balazo en Banco Nuevo y que había salido en avión de Santa María, tenía un nombre: Peter Alexander Chronopoulos. Juan conocía demasiado bien el nombre, y había desvelado el misterio del Asesino Fantasma. Juan comprendió la fiera crueldad que había motivado al asesino a lo largo y ancho de Colombia y Perú, y lo había vuelto a traer: venganza apasionada con el mismo apetito de sangre que motivaba a Juan.
El asesino debía de querer matar a todos los guerrilleros y pistoleros de Colombia por lo que le habían hecho a su hermano. Juan habría hecho lo mismo si J. T. Chronopoulos hubiera sido su hermano. Admiraba a los hombres despiadados, pero el Asesino Fantasma, el demonio gringo que se atrevió a interferir en los asuntos de Juan Conseco, tenía que morir: ojo por ojo, diente por diente. Cuando Peter Chronopoulos tomó un avión rumbo a Panamá esa tarde, Juan y Drago no estaban muy lejos. Juan miró la cabina donde estaban los hombres que había traído consigo, dos asesinos, especialistas en todo tipo de muerte, y cuatro soldados de su guardia personal. Le darían caza a Chronopoulos y lo matarían como a un perro.