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CAPÍTULO 1
Essex
Abril 1819
—¿Qué diablos quiere decir con eso de que no está aquí?
Sir William Lewis parpadeó ante el irritado tono de su compañero.
—Pensaba que lo sabía.
Julian Rexley, el conde de Wolfram, se levantó de un sillón estampado que con el tiempo se había moldeado a un trasero mucho más grande que el suyo y frunció el ceño a su anfitrión.
El viaje a Essex había sido más largo de lo habitual debido a las malas condiciones de los caminos, y Julian se había quedado atrapado en su carruaje con nada más que hacer que mirar la lluvia y el barro. El hecho de tener que esperar en la pequeña y calurosa sala de ese baronet sin carácter no mejoraba la situación, y descubrir que todo el viaje había sido en balde sólo empeoraba su mal humor.
—Estimado señor, no estaría aquí si hubiera sabido que no hacía falta venir.
Pero no había sido así. Letitia no le había informado de su cambio de planes. ¿Por qué? Las mejillas ya coloradas de sir William Lewis enrojecieron aún más.
—Es una situación muy violenta, Wolfram. Muy violenta.
—Sir William —dijo Julian, apretando los dientes. Tenía tanto calor que le picaba el cuello y sentía un agudo martilleo en la cabeza—. ¿Dónde está mi hermana?
El baronet se sentó desgarbadamente en la silla y al hacerlo los botones del chaleco se tensaron al límite. Miró fijamente a Julian con una expresión de perplejidad
amable.
—No lo sé.
Julian notó una desagradable punzada en la cuenca de los ojos. Frunció el ceño, lo cual empeoró su malestar. Intentó recobrar la calma, aunque los pensamientos sobre los peligros a los que podía enfrentarse su hermana le bombardeaban la cabeza y le aceleraban el corazón. Letitia era de aquellas personas que no tenían que buscarse problemas, ya que éstos solían llegar a ella fácilmente.
—¿No lo sabe? ¿Puedo preguntarle, estimado señor, por qué dejó que una mujer se alejara de su protección y compañía sin asegurar primero su destino?
Su tono era engañosamente suave, pero por dentro estaba a punto de dejarse llevar por el pánico. Nadie había sabido adónde había ido Miranda, y cuando Julian la encontró ya estaba muerta. Suponer que le podía ocurrir lo mismo a Letitia era de locos, pero no podía evitar que ese horrible pensamiento le pasara por la cabeza. Sir William enrojeció aún más.
—Perdóneme, lord Wolfram, pero no parecía tan extraño como sugiere. Lady Letitia ya no es una chiquilla recién salida del colegio y dejó muy claro desde el momento de su llegada que nos dejaría el día 4 debido a una obligación previa. Lo mencionó de una manera tan despreocupada que no noté nada sospechoso en su tono y tampoco se me ocurrió que no tuviera su aprobación.
Tenía razón, por supuesto. ¿Por qué iba a sospechar de Letitia o a pensar que lo engañaba? Sir William no conocía a su hermana como Julian. Amable y de buen corazón, Letitia también era testaruda y consentida, un hecho del que Julian tenía la culpa.
Pero en ese momento no era trascendental. Lo importante era saber adónde había ido la astuta de su hermana, y por qué lo había considerado un secreto lo suficientemente importante como para no contárselo. Sin duda alguna, parte del motivo era su deseo de no ir a Londres para la temporada social. Letitia sabía muy bien que él quería que encontrara marido ese año, del mismo modo que Julian era muy consciente de que su hermana menor no quería su ayuda en ese tema.
—Sir William.
El baronet lo observó con la cautela de alguien que mira a un perro gruñón.
—¿Señor?
Julian forzó una sonrisa.
—Me pregunto si su hija conoce el paradero de mi hermana.
—¡Claro! ¡Apostaría a que sí! —respondió sir William alegrándose—. Esas dos van todo el día juntas, como el callo en el talón de una puta.
Con esa encantadora analogía en mente, Julian esperó a que el hombre fuera a buscar a su hija. Sir William se limitó a sentarse, colorado y aturdido. Irónicamente, Julian se preguntó si la estupidez del baronet le habría conllevado muchas palizas en el colegio.
—¿Podría hablar con ella? —le preguntó cuando resultó obvio que ese pensamiento no iba a pasar por la cabeza inmensamente desierta de sir William.
—¡Por supuesto! —respondió el baronet mientras se levantaba con tanta elegancia como le permitían tanto su tamaño como su gota—. Iré a buscarla yo mismo.
Los labios de Julian esbozaron una sonrisa o una mueca, no sabía muy bien qué.
—Se lo agradezco mucho. Sir William hizo un gesto con la mano como restando importancia a esas palabras y con una amplia sonrisa abandonó la habitación arrastrando los pies, en busca del fruto de su amor.
¿Adónde diablos había ido Letitia? ¿Y cómo podía permitir que él se preocupara tanto? Sir William tenía razón; Letitia no era ninguna chiquilla. Era una mujer de veinticuatro años, lo suficientemente mayor como para saber que ese comportamiento era infantil y desconsiderado. Tendría que haber sabido que la noticia lo asustaría. Quizás ésa fuera su intención. Estaba enfadada con él porque le estaba intentando buscar un marido y ésa era su manera de mostrar su disgusto.
Esa mocosa aún no sabía lo que era un disgusto, pero cuando Julian la encontrara lo iba a saber. Huir no era forma de enfrentarse a los problemas y tampoco lo era esconderse. Ahora tenía que robar tiempo de su ocupada agenda para ir a buscar a su maleducada hermana. No estaba nada contento. ¡Dios santo! Esperaba que no le hubiera pasado nada.
No iba a soportar que le ocurriera algo a Letitia. Era todo lo que tenía. Había perdido a sus padres a los dieciocho, y a su otra hermana, Miranda, menos de diez años más tarde. Sólo su amigo Brave, quien había amado a Miranda, sabía lo que había sufrido tras su muerte. Tendrían que encerrarlo si perdía también a Letitia. Algunas veces parecía que fuera tanto su hija como su hermana, y sabía que a veces ella pensaba que era un tirano, pero él había hecho todo lo posible por darle la vida que se merecía. Incluso le había permitido que escogiera al marido que quisiera, pero de eso hacía ya cinco años y la elección aún estaba pendiente.
Necesitaba su apoyo, y si él quería tener su propia vida, tendría que ayudar a su hermana a salir de su casa para ir a la de otro hombre. Un hombre que se la mereciera y que la amara.
Y, sobre todo, un hombre que pudiera controlarla sin aplastar su espíritu. Letitia podía ser testaruda, pero tenía un carácter dulce y era de una naturaleza romántica que tendía tanto a la melancolía como a la alegría. El hombre que pudiera darle lo que necesitaba debía ser especial. Por ese motivo, Julian se había atrevido a seleccionar posibles candidatos. Haría todo lo posible por asegurarse de que el corazón de su hermana no se uniera al de otra persona de manera catastrófica, como ocurrió con Miranda.
El agobiante calor de la habitación estaba empeorando el martilleo de su cabeza. Alejándose del fuego todo lo posible, Julian se detuvo cerca de la ventana, en un extremo de la sala. Allí no se estaba tan mal, y si presionaba la frente contra el cristal frío y mojado de lluvia, notaba un poco de alivio.
No iba a lamentar tener que irse de la casa de sir William. Prefería estar fuera, donde hacía más frío. Y prefería aún más saber dónde estaba Letitia.
—Aquí está, Wolfram.
La voz alegre de sir William sonó en la puerta, lo que menguó la poca paciencia que le quedaba a Julian.
Por un segundo, Julian creyó que sir William estaba hablando de Letitia, pero luego recordó la situación.
La señorita Lewis no se parecía nada a su padre, lo cual sólo podía ir a su favor. Era chiquita, de pelo marrón rojizo, con una nariz respingona y unos ojos grandes, verdes y llamativos, con forma felina. A primera vista, Julian supo que esa chica y su hermana juntas podían ser un peligro.
Y a primera vista también pudo darse cuenta de que sabía exactamente dónde estaba Letitia. Por si el sobresalto de su cara al verlo no fuera suficiente, el hecho de que no pudiera mirarlo a los ojos sí lo era.
Ahogando el impulso de empezar a exigir respuestas a sus preguntas, Julian hizo una reverencia.
—Señorita Lewis.
La chica hizo una reverencia y masculló algo en respuesta, aunque seguía sin mirarle.
Julian hizo todo lo posible por esbozar una sonrisa encantadora al dirigirse hacia sir William y su hija. Despreciaba cualquier tipo de secreto o engaño. Había dos personas que ya habían intentado engañarle a propósito hasta entonces: Miranda y otra. Miranda lo había conseguido y la otra casi. La simple sospecha de que le mintieran o conspiraran contra él bastaba para atizar las brasas de su genio.
—Mi querida señorita Lewis —dijo con dulzura—. Siento implicarla en esta... situación.
La chica levantó la cabeza, pero mantuvo la mirada desviada.
—No sé de qué situación me está hablando, señor.
Julian apretó los dientes. Tendría que haberse imaginado que no iba a cooperar inmediatamente.
—Me refiero al hecho de que mi hermana la haya implicado en ese plan suyo para no ir a Londres.
Le miró y mintió con descaro.
—No conozco ningún plan, lord Wolfram.
Apretando los labios, Julian encontró esa mirada candorosa con la suya, que era seria. La serenidad de la joven se resquebrajó un poco.
—Creo que sí lo sabe.
Empalideció pero no dijo nada. Quizás no estuviera insistiendo de la forma adecuada. La lealtad de la chica hacia Letitia era admirable, por no decir insensata. No iba a delatar a su amiga ante un hermano fanfarrón, o no iba a hacerlo sólo porque él lo exigiera. No. Necesitaba un incentivo mayor.
Julian esbozó una mueca de disculpa.
—Odiaría que mi hermana se viera inmiscuida en un escándalo que también pudiera manchar su reputación, sobre todo dadas las circunstancias.
Eso sí que captó su atención, y la de su padre. No era ningún secreto que sir William quería que su hija encontrara un buen partido. Las propiedades y el título pasarían al hijo del baronet cuando muriera, pero no eran demasiada herencia. Los dos hijos de sir William tendrían que casarse provechosamente para conseguir el estilo de vida que querían, y un escándalo sin duda los afectaría.
Sir William lanzó a Julian una mirada nerviosa antes de volver a observar a su hija.
—Bien, señorita. ¿Qué sabes del paradero de lady Letitia?
—Hertford —murmuró—. Está en Hertford.
Julian sintió alivio. Lady Wickford, una muy buena amiga de la familia, vivía en Hertford. Letitia iba a visitarla a menudo. Su secretismo sólo había servido para retrasar el encuentro de Julian con su hermana.
La señorita Lewis se acercó a su padre.
—Está con lady Aberley.
Todo el alivio que Julian acababa de sentir desapareció para quedar reemplazado por una oleada que le inundó el cerebro como la vez en la que Fitz Parkington le golpeó la cabeza contra el suelo en el colegio.
La marquesa de Aberley era Sophia Morelle. Se llamaba Sophia Everston cuando la conoció. Hubo una época en la que se refería a ella como «querida Fe». Ella era la otra persona que había intentado engañarlo. ¿Cómo había conseguido poner sus garras sobre Letitia?
—¿Está segura de que ha ido allí? —le preguntó cuando recuperó la voz.
La señorita Lewis asintió fríamente. Tanto ella como su padre lo estaban observando de cerca. Sin duda, ambos eran conscientes del escándalo que hubo entre él y lady Aberley. Sir William era lo suficientemente mayor como para recordarlo de primera mano y no hacía falta que se preguntara cómo lo sabía la señorita Lewis. Indudablemente, Letitia se lo había contado.
Se habría puesto a reír, pero estaba demasiado furioso. Letitia no era nada tonta, aunque a veces tenía que preguntarse cómo le funcionaba la mente. Ella sabía lo que pensaba de Soph..., lady Aberley. Sin duda, creía que allí estaría a salvo, que Julian no iría a buscarla porque siempre hacía lo posible por no encontrarse con la marquesa.
Pues su hermana no podía estar más equivocada.
Les dio las gracias murmurando y se marchó dejando a sir William y a su hija casi con la palabra en la boca. No le importaba si hablaban de su comportamiento a sus espaldas. No le importaba lo que dijeran de él; sólo le preocupaba Letitia. Por suerte, la señorita Lewis era una buena amiga de su hermana y sin duda mantendría el secreto de Letitia, incluso sin la insinuación del posible escándalo si el secreto se difundía.
Como mínimo, Letitia tenía un cierto sentido común al escoger a los amigos, pensó al bajar las escaleras de sir William a toda prisa. El cochero de Julian llegó corriendo desde los establos cuando un lacayo de sir William abrió la puerta del carruaje.
—A Hertford —ordenó a su pobre cochero, quien, a pesar de la protección de un impermeable, no había podido evitar el frío y la humedad—. Si me llevas allí rápido, te conseguiré comida y una bañera caliente para que entres en calor.
—Sí, señor —respondió el cochero al subir al pescante.
Tras correr las cortinas para que el interior del vehículo quedara envuelto de una oscuridad tenebrosa, Julian se apoyó contra los cojines y el carruaje empezó a moverse. Hacía más frío que en la casa, lo cual aliviaba ligeramente su dolor de cabeza. No podía hacer nada para evitar la tensión de los hombros o el nudo que tenía en el estómago. Sin embargo, en ese momento no tenían nada que ver con el viaje sino con el destino.
Sophia.
¿Cuándo fue la última vez que la había visto? Hacía unos años, la había visto fugazmente en Bath cuando ella y el marqués habían ido a tomar las aguas debido a su débil salud. Era obvio que las aguas no habían funcionado, porque Sophia se había quedado viuda hacía dos años y medio. Como era apropiado, y muy raro en ella, había vivido relativamente aislada durante su período de duelo. Julian había más o menos esperado que se presentara en la boda de su amigo Gabriel, pero no lo había hecho, aunque sabía que Lilith, la esposa de Gabriel, la había invitado.
Julian se enorgulleció de que Sophia no hubiera ido a la boda para evitar verlo, pero sabía que nada podía estar más lejos de la realidad. La Sophia que él conocía no temía nada.
Por otro lado, la Sophia que él conocía no se habría escondido durante dieciocho meses de duelo; no por un marido.
Cuando pensó lo cerca que había estado de convertirse en su marido se estremeció. Había hecho todo lo posible por atraparlo, pero había fracasado, gracias a Dios. Se le había ofrecido de una manera que le hizo creer... Bien, no importaba lo que él creyera. Había caminado por voluntad propia hacia su telaraña, sólo para descubrir que todo era una estratagema rebuscada para meter sus codiciosas manitas en su fortuna.
Fue un escándalo. Todos en Inglaterra sabían que lo habían pillado literalmente con los calzones abajo, o bastante desabrochados. Aún podía recordar el destello de triunfo de los ojos de Sophia cuando creyó que lo había atrapado. También recordaba el odio que vio allí mismo más tarde.
Lo peor de todo es que había sido tan ingenuo que se había creído que le importaba. Esa idea se disipó pronto con su precipitado compromiso con el marqués y su increíble fortuna. Gracias a Dios que había descubierto la verdad sobre Sophia y su avaricia antes de que pudiera cambiar de idea y ofrecérsele. Ya lo había ridiculizado bastante sin que eso ocurriera.
Aún lo ridiculizaba, a decir verdad. El poema que le había lanzado a la fama como escritor estaba inspirado en ella. Aunque las obras posteriores lo habían consagrado como uno de los poetas más respetados de Inglaterra, esa obra era la predilecta. Era la obra de la que hablaba la gente y a la que se referían todos como «lo mejor» que había escrito.
Tenía muchos más poemas de ese tipo inspirados en Sophia, pero muy pocos estaban publicados. No quería que ella fuera su musa.
Y la muy bruja tenía a su hermana, la única familia que le quedaba. No lo iba a tolerar.
Que Letitia pensara que podía manipularlo y controlarlo de esa manera demostraba el peligro que representaba Sophia. Por muy terca y consentida que fuera su hermana, no era muy mentirosa. Si lo fuera, no le habría contado a su amiga adónde iba. Habría querido que Julian sufriera su ausencia. No. Se trataba de una lucha de poder. Al huir a casa de Sophia, Letitia desafiaba a su hermano a que fuera a buscarla. Pensaba que no lo iba a hacer.
Pero se equivocaba.
Iría a Hertford y la sacaría de casa de Sophia, aunque tuviera que ser por la fuerza. Y luego se llevaría a su malhumorada hermana a Londres. Si fuera necesario, le pondría grilletes y la ataría a su brazo durante toda la temporada social de Londres, o al menos hasta que encontrara un marido adecuado para ella. Afortunadamente, por aquel entonces ya estaría demasiado enamorada de su prometido para mudarse constantemente por toda Inglaterra y causar problemas a su cansado hermano mayor.
Tras echarse una manta de piel sobre el pecho para resguardarse del frío, Julian reposó la cabeza sobre la almohadilla aterciopelada. Era demasiado mayor para todo esto. Preferiría estar en casa con un buen libro y una copa de vino y no tener que estar fuera con ese tiempo horrible.
—¡Ah, Lettie! —suspiró cerrando los ojos.
Hubiera sido mucho más fácil enfurecerse con esa niña si no la quisiera tanto, pero aquella última travesura era demasiado. Era la última vez que lo desafiaba.
El dolor de cabeza disminuyó cuando el sueño, estimulado por el sonido de la lluvia sobre el techo y la oscuridad del interior del carruaje, se apoderó de él. Julian apartó todos los pensamientos de su hermana e intentó no pensar en nada mientras se quedaba dormido. Casi lo consiguió, a excepción de unos pensamientos que lo atormentaron mientras caía sumido en su sueño, unos pensamientos de unos ojos oscuros riéndose y de la mujer que los poseía.
—¿Se puede saber qué es lo que te parece tan interesante de la lluvia para que no dejes de mirar por la ventana?
Sophia Morelle, viuda del marqués de Aberley, dejó de mirar la puerta principal que estaba al otro lado del cristal para dirigirse a la joven vestida de satén color caléndula y echada en la tumbona que estaba en el otro extremo de la sala. Sonrió, aunque no estaba de humor para hacerlo.
—Estoy esperando a tu hermano —contestó con un escalofrío que tenía más que ver con el hombre en cuestión que con la corriente de aire que atravesaba el fino cachemir de su chal.
Letitia puso los ojos en blanco en señal de exasperación.
—Creía que ya habíamos quedado en que Julian nunca vendría aquí.
Sonriendo ariscamente ante la certeza de su amiga, Sophia se levantó de la silla que estaba cerca de la ventana y pisó delicadamente el suelo de roble crujiente para dirigirse a la chimenea frente a la que estaba Letitia.
—No. Tú quedaste en eso. Yo nunca te di la razón y sigo sin estar de acuerdo. Te equivocas si piensas que tu hermano permitirá que te quedes bajo mi techo cuando sepa que estás aquí.
La mujer, más joven y delgada, observó con curiosidad a Sophia mientras se sentaba en la silla que tenía enfrente. La advertencia no parecía asustarlo.
—Te tiene miedo.
Sophia resopló.
—No tiene miedo de nada.
Letitia se inclinó hacia adelante, apoyando el codo en los cojines.
—¿Y entonces por qué cambia sus planes sólo para no coincidir contigo?
—Porque me desprecia.
Hacía mucho tiempo, parecía una eternidad, ella también lo había despreciado, pero ese sentimiento se había mitigado con los años. Ahora, casi podía entender por qué Julian la había traicionado. Por desgracia, la herida de su traición no se había desvanecido con su odio. Estaba siempre presente. A veces pasaban meses sin que pensara en ello, pero cuando lo hacía, el daño aún era muy agudo y doloroso.
Había sido estúpida, muy estúpida, con él y nunca se había perdonado a sí misma.
Su amiga sonrió.
—Mi hermano se pavonea ante las personas por las que siente aversión. Creo que en cierto modo disfruta perversamente al hacerlo, pero se marcharía de un lugar en el que estuvieras tú antes que jugar a eso contigo.
—Le humillé —replicó Sophia, sintiendo cómo la vergüenza le subía por las mejillas—. Está claro que verme se lo recuerda.
—¿Y también la mención de tu nombre? —Letitia levantó una ceja—. ¿Eso también se lo recuerda? Porque tampoco soporta eso.
Sophia miró fijamente a su amiga. Letitia hacía que el odio que Julian sentía por ella sonara como algo que debía enorgullecerla. En ese instante, con esa expresión de altivez y satisfacción de sí misma, se parecía mucho a su hermano mayor. Tanto que Sophia tuvo que mirar a otro lado.
—Ya me imagino que la simple mención de mi nombre lo hace sentir incómodo —murmuró.
Dios sabía que ella se encogía cada vez que se hacía una referencia sobre él.
—Debo confesarte que Julian no me ha contado casi nada sobre la historia. Casi todo lo que sé son chismorreos.
Sophia levantó la vista. ¿Julian no le había contado toda la desagradable historia? No, suponía que no. No podía saber si las dos iban a ser amigas algún día, y además no era el tipo de historia que uno fuera contando por ahí a una joven de buena educación.
—Me enamoré de él.
Ante la mirada sorprendida de su amiga, continuó.
—Y el sentimiento no fue correspondido, por mucho que lo intenté.
Y cuando no fue correspondido, ella decidió sacarlo a la luz de la manera más pública y ostentosa que pudo.
—¡Oh!
La expresión de Letitia era de verdadera turbación y Sophia lamentó haberle dicho nada.
No hacía falta contarle a Letitia que Sophia había creído que sus sentimientos habían sido correspondidos en esa época. Todo eso formaba parte del pasado y Julian era el hermano de Letitia. Sophia no quería pintarlo como el malo ante los ojos de su hermana.
—Me deshonré con él.
Pronunciar esas palabras era como desgarrarse por dentro, pero era casi un alivio liberar la verdad.
—Y mi comportamiento es la razón por la que vendrá a por ti. No dejará que te influya de ninguna manera. La expresión de Letitia era de indignación.
—No necesito que me protejan de tu influencia. Tú no eres la que quieres obligarme a que me case. Tú no eres la que quieres convertirme en algo que no soy. Siempre me has alentado a ser lo que quiero ser.
Sophia sonrió.
—¿Lo ves? Soy una mala influencia. Como mínimo, desde un punto de vista masculino.
Riéndose, Letitia alargó el brazo y cogió una mano de Sophia para colocarla entre las suyas. Los dedos de la joven eran cálidos y firmes.
—Eres mi mejor amiga. Ojalá no hubiera tenido que ocultar nuestra amistad todos estos años.
—Tenemos que dar las gracias a lady Wickford por su ayuda —contestó Sophia, retirando su mano para poder recostarse en la silla—. Si no fuera por ella, casi nunca nos veríamos.
Había ocurrido de forma bastante casual hacía algunos años, cuando Edmund aún vivía. Letitia había estado por la zona visitando a lady Wickford y las dos se encontraron por casualidad con Sophia un día cuando compraban en el pueblo. Lady Wickford siempre había sido amable con Sophia, a pesar del largo y estrecho vínculo de la mujer con la familia Rexley. Le presentó a Letitia e invitó a Sophia a cenar con ellas esa noche. A Sophia la hermana de Julian le cayó bien inmediatamente, y cuando Letitia venía a visitar a lady Wickford, Sophia pasaba todo el tiempo que podía con ellas.
Pero esa última visita era distinta. Letitia no había ido a casa de lady Wickford primero. Había ido directamente a ver a Sophia, para huir de su hermano y sus planes de casarla con el caballero que fuera mejor partido.
—¿Qué opina tu señor Wesley de todo esto?
Letitia se alegró al oír mencionar al hombre a quien amaba.
Sophia envidiaba y a la vez temía su reacción. Sabía lo que era pensar que el sol salía y se ponía sólo para una persona y conocía la dulzura de esa inquebrantable devoción. También conocía la amargura de descubrir que esa devoción era inmerecida y no correspondida. Le ahorraría a su amiga ese dolor a toda costa.
Por esa razón había aceptado ayudar a Letitia, para poder determinar por sí misma cuáles eran las intenciones del señor Wesley y, en consecuencia, alentar o disuadir a Letitia.
—Dice que quiere hablar con mi hermano —contestó la joven con un evidente pavor en su tono—. Cree que puede convencer a Julian para que consienta nuestra boda.
A Sophia ya le gustaba ese tal señor Wesley. Convencer a un hombre como Julian Rexley de algo no era tarea fácil, sobre todo cuando el conde ya había decidido algo. Pero el hecho de que el pretendiente de Letitia quisiera ser abierto y sincero sobre sus intenciones, y no turbio, decía mucho de él. Después de todo, el señor Wesley no tenía ningún título, por el momento, aunque era el heredero de un lord. Algún día sería un partido excelente para una joven, pero en ese momento no podía comprarle a Letitia ni un vestido, ni menos aún ofrecerle el estilo de vida al que estaba acostumbrada.
—¿Por qué te opones a que se encuentren? —preguntó Sophia, sirviéndose una taza de té de la tetera que estaba en la bandeja que tenía delante. No estaba humeante, pero esperaba que estuviera suficientemente caliente para ahuyentar el frío de sus huesos.
Letitia la miró fijamente como si la respuesta fuera obvia.
—Porque mi hermano nunca permitirá que me case con el señor Wesley. Hasta que Marcus no herede, no podrá mantenernos. Además, mi hermano cree que sabe mejor que yo quién es el marido apropiado para mí. —Hizo una mueca de indignación. —Quiere que me case con alguien tan remilgado y aburrido como él. ¡Como si alguno de los hombres que tiene en mente pudiera hacerme feliz!
Con la taza en la boca, Sophia se detuvo, permitiendo que el calor de la porcelana llegara a sus dedos y labios.
¿Julian remilgado y aburrido? Jamás en su vida habría descrito al joven apasionado que conoció de esa manera. Al principio había sido un juego para ella, pero no tardó en convertirse en mucho más que eso.
Ése había sido su mayor error; creer que Julian Rexley era algo más que un hombre con una cara bonita que sabía cómo hacer que una joven se sintiera guapa y especial. Ella empezó queriendo seducirle, pero acabó siendo seducida.
—Estoy segura de que tu hermano cree que lo que hace es lo mejor para ti.
Los labios en forma de arco de Cupido de Letitia se retorcieron para emitir un comentario inesperadamente amargo.
—¿Como hizo contigo?
La réplica tuvo su efecto, y sin duda uno mucho mayor del que pretendía Letitia. La niña, porque a pesar de su edad era sólo eso, estaba demasiado preocupada por su propio sufrimiento como para considerar si se había metido en el de otra persona.
—Eso fue distinto —respondió Sophia, mientras sus temblorosos dedos colocaban la taza sobre el platillo ruidosamente—. No era su hermana, y como bien has dicho tú misma antes, no tienes suficiente información sobre los hechos para poder hacer suposiciones.
Algo en el tono debió de sacar a Letitia de su ensimismamiento, porque su expresión cambió en el acto y pasó a reflejar arrepentimiento. Alargó de nuevo el brazo para coger la mano de Sophia.
—Oh, mi queridísima amiga. ¿Qué debes de pensar de mí? Tienes toda la razón. No tengo ningún derecho a fingir que sé lo que ocurrió entre tú y mi hermano. Te ruego que me perdones.
Sophia apretó los dedos de la joven y esbozó una sonrisa. Ya no tenía tanto frío. El fuego y el té empezaban a hacer su efecto.
—No debes disculparte por nada. Estás enfadada. Cualquiera lo estaría en tu lugar.
Letitia soltó su mano y se desplomó sobre la tumbona.
—¡Oh, Sophia! ¡«Enfadada» no es la palabra que describe mi sufrimiento! ¡Intento no dejarme llevar por las emociones, pero es tan difícil! ¿Sabes lo que es enfrentarse a la posibilidad de perder a la única persona que amas con todo tu corazón?
El corazón de Sophia quedó tan oprimido que casi gritó de dolor. Sí. Sabía lo que era sentirse así.
—Claro que lo sabes —continuó Letitia con rostro compasivo—. Has perdido a tu marido. ¡Maldita sea mi insensata lengua! ¡Alguien debería cortarla para que dejara de moverse!
Sophia se rió; no estaba muy segura de si era porque Letitia suponía que había amado a su marido o por el arrebato de su amiga. Quizás fuera por ambas cosas.
—No te deprimas —suplicó cuando el humor de Letitia amenazaba con ser tan gris como el día—. No me has hecho daño y no permitiré que actúes como si me lo hubieras hecho. No se permite estar melancólico en esta casa.
Con la misma rapidez con la que habían aparecido las nubes tormentosas en la cara de la joven, desaparecieron, y el sol empezó a brillar con la alegría de las carcajadas de Letitia. Ese sonido puso a Sophia los nervios de punta, porque no estaba acostumbrada a un temperamento tan volátil. Que el cielo la alejara de las personas apasionadas, porque seguro que acabarían con ella.
Y pensar que en su día había sido una de ellas... Dios santo. No sería esa chiquilla de nuevo por nada del mundo. Pero..., pero sería bonito reírse de ese modo aunque sólo fuera una vez más. Recordaba que le sentaba muy bien.
—No me pondré más melancólica —prometió Letitia con una sonrisa—. Pero tú debes prometerme algo a cambio.
Algo en el tono de la niña hizo que Sophia se pusiera en guardia.
—¿Y qué es?
La sonrisa desapareció.
—Debes responder a una pregunta, por muy impertinente que te pueda resultar.
—¿Tú? ¿Impertinente? —respondió Sophia, a pesar de las palpitaciones que sintió ante la repentina seriedad de su amiga—. No. No me lo puedo creer.
—¿Me lo prometes?
Sophia ya le había prometido a Letitia que la protegería de su hermano. No quería prometer otra cosa que no pudiera cumplir.
—Haré todo lo que pueda, pero no puedo prometer nada sin escuchar primero la pregunta.
Y a juzgar por la expresión de la cara de Letitia no iba a ser una pregunta que Sophia quisiera responder. Letitia dudó, algo que Sophia no le había visto hacer antes. Que lo hiciera en ese momento no presagiaba nada bueno.
—¿Es verdad que a ti y a mi hermano os encontraron... desnudos?
Una vergüenza abrasadora inundó las mejillas de Sophia. Era normal que Letitia tuviera preguntas. Que no hubiera preguntado nada hasta entonces era lo sorprendente.
—Sí —respondió, alzando la barbilla.
No iba a bajar la cabeza ante Letitia, por mucho que quisiera, porque Letitia podía ser su amiga, pero también era la hermana de ese idiota.
—Así es.
La imagen volvió a ella espontánea e inoportunamente; fue un instante que quedó grabado para siempre en la mente de Sophia. Era el deseo caliente e inocente mezclado con el miedo y la expectativa del momento en el que Julian se apretaba entre sus muslos, sólo para ser cruelmente, por suerte, interrumpidos por el estrépito que hizo la puerta cuando el padre de Sophia entró en la habitación.
El horror de Sophia se reflejaba en la cara que tenía delante. Era obvio que Letitia ya sabía esta parte de la historia.
—Mi hermano te arruinó.
—Yo no diría eso. Me arruiné solita.
Parecía que Letitia no la había oído. Quizás no lo había hecho. Quizás las palabras, en realidad, habían sido el susurro patético que oía Sophia.
—¿Y es verdad que se negó a casarse contigo?
Sophia intentó tragar saliva con la garganta tensa. Mantuvo la mirada temerosa de la joven. Pobre Letitia. Ya sabía la verdad.
—Sí —susurró.
De hecho, a Julian ni siquiera le preguntaron si quería casarse con ella antes de negarse. Creía que Sophia había querido engañarlo para que se casaran. Y eso sólo era verdad a medias. Sí. Sophia había querido que los descubrieran, pero no de ese modo. Había querido que cuando les descubrieran Julian ya la hubiera hecho suya y le hubiera propuesto matrimonio por su cuenta. Cuando vio el odio en su mirada de color topacio, Sophia se dio cuenta de que nunca se lo habría propuesto, aunque estaba muy dispuesto a robarle su inocencia.
La cara de Letitia empalideció. Reflejaba tanta congoja que Sophia lamentó haberle contado la verdad.
—¡Es terrible!
Mirando los dedos entrelazados que tenía sobre su regazo, Sophia consiguió encogerse de hombros.
—Yo soy tan culpable como tu hermano. Pensé que sus atenciones significaban mucho más de lo que él quería, del mismo modo que él pensó que las mías significaban mucho menos.
¡Vaya! ¡Parecía muy adulta! ¡Parecía muy tranquila y amable! Pero no siempre había sido tan amable con Julian Rexley.
Letitia movió la cabeza. Su expresión contenía tanta compasión que Sophia tuvo que apartar su mirada de nuevo.
Cuéntale lo del libro, Sophia. Veremos si entonces sigue teniéndote tanta compasión. Ya verás cuando descubra cómo te burlaste de su hermano.
Y seguro que lo descubriría. Seguro que Julian haría todo lo posible para que su querida hermana supiera qué tipo de mujer era Sophia. Le enseñaría el libro y Letitia sabría que Sophia se había vengado de su hermano a su rencorosa manera.
A veces Sophia lamentaba haberse vengado de esa manera, y otras lamentaba que no hubiera más gente que supiera la verdad sobre toda la historia. Julian la había humillado en público y Sophia lo había hecho de una manera mucho más sutil, y le hubiera gustado verlo sufrir un poco durante todos esos años.
Unas voces que provenían del vestíbulo colindante con la sala hicieron que tanto ella como Letitia se giraran hacia la puerta. La señora Ellis, el ama de llaves, entró de repente en la habitación, con el pecho palpitante e intentando recuperar el aliento.
—Señora, lo siento mucho...
La señora no pudo acabar la frase. Sophia se levantó cuando una amenazadora sombra apareció en el marco de la puerta. Sabía quién era con la misma seguridad que había sabido que vendría.
La ignoró al entrar. Su pelo estaba oscuro por la lluvia y acicalado hacia atrás. El agua goteaba en el suelo al caer del dobladillo de su gabán. Parecía que había recorrido una cierta distancia a pie bajo la lluvia para recoger a su hermana, para alejarla de Sophia.
Su mirada se dirigió inmediatamente a Letitia.
—Tú —dijo con un tono que dejó helada a Sophia—. Recoge tus pertenencias. Ahora mismo.
Sin ni siquiera molestarse en comprobar si su hermana lo obedecía, se enfrentó son su glacial mirada oscura a Sophia. Ella observó la furia de su cara, una cara que en su día había sido tan bonita que hacía llorar a los ángeles. Ya no era tan bonita, pero el mero hecho de verla le dolía más de lo que hubiera esperado.
Tras armarse de valor, Sophia levantó la barbilla y le miró con lo que esperaba que fuera una sonrisa serena. No iba a darle la satisfacción de verla temblar ante él.
—Hola, lord Wolfram. ¿No quiere sentarse?