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CASí UNA DAMA, Jane Feather

Capítulo uno

Las dos mujeres que paseaban del brazo por los Leas, en la costa de Folkestone, levantaban a su paso murmullos de admiración. El contraste que ofrecían los rasgos físicos de ambas resultaba sorprendente: la una, alta y de figura exquisita, de tez marfileña, pelo oscuro y unos grandes ojos de color castaño dorado; la otra, menuda, con esa piel pálida y pecosa tan típica de las pelirrojas, y unos vivaces ojos verdes.

Meg Barratt se detuvo, soltó el brazo de su amiga y se volvió para contemplar las aguas del estrecho de Dover. Se apoyó en el muro con los brazos cruzados y alzó el rostro, dejándose salpicar por la salobre espuma. La brisa agitaba sus cabellos y los rojos bucles revoloteaban en torno al afilado rostro. Se echó a reír y sujetó con la mano su elegante sombrero de paja.

—Me da en la nariz que se acerca una tormenta, Bella —ob­servó.

Su amiga, que se había detenido también, olfateó el aire.

—No lo creo. El cielo está azul, el mar también, y no se ve una sola nube.

—Mira hacia allá. —Meg señaló el horizonte, por donde empezaba a vislumbrarse un oscuro banco de nubes.

La duquesa de Saint Jules sacudió la cabeza con aire divertido.

—Siempre te has creído una experta meteoróloga.

—No en balde me he criado en el campo, chica —replicó Meg con una exagerada imitación del acento de Kent—. Incluso soy capaz de predecir las mareas.

—Hasta yo soy capaz de eso —se burló su amiga con la vista fija en la rompiente—. Basta con observar el puerto.

Meg echó un vistazo al puerto de Folkestone, donde había unos cuantos barcos atracados. Aun a aquella distancia, se percibía la premura con que faenaban los trabajadores en el puerto. Marineros y estibadores corrían de acá para allá y pasaban una y otra vez del barco al muelle, preparándolo todo para salir con la pleamar. Había embarcaciones de recreo y buques mercantes y, un poco más allá, fuera de la rada, estaban anclados dos buques de guerra; dos magníficas fragatas.

Le llamó la atención un balandro de guerra atracado justo a la entrada del puerto. En la cubierta principal, una hilera de cañones centelleaba bajo el radiante sol de la tarde. Se preparaba para partir con la misma premura que los demás. Un bote se aproximó al balandro por un costado. Salió de él un hombre que subió a bordo por una escala de gato colgada del lateral del buque. Sus movimientos denotaban una gracia y una agilidad que Meg no pudo por menos de admirar. En un solo movimiento, saltó por encima de la baranda. Meg siguió observándolo mientras subía hasta el alcázar. A aquella distancia no era más que una diminuta figura pero, por alguna razón, la fecunda imaginación de Meg le otorgó un papel protagonista.

Se encogió de hombros ante su propia fantasía, se apartó del muro y se dispuso a reanudar el paseo.

—¿Dónde se ha metido Jack esta tarde?

—Está jugando a los dados con el Príncipe de Gales —respondió escuetamente Arabella—. Está claro que el pobre hombre va a perder hasta la camisa, pero la experiencia no consigue hacerle renunciar a su ilusión, y sigue sentándose a la mesa de juego absolutamente convencido de que esta vez cambiará su suerte. —Se rio y tomó del brazo a su amiga para continuar el paseo—. Me parece que ya hemos visto todo lo que hay que ver en Folkestone, ¿no crees, Meg?

—Creo que ya es hora de volver a casa, al menos para mí. Las cartas de mi madre empiezan a tener un tono algo plañidero. Pobrecilla, hace verdaderos esfuerzos por que no note lo mucho que le pesa mi soltería, pero lo cierto es que está desesperada. Después de todo el tiempo que he pasado en Londres con Jack y contigo, no hay en el horizonte ni un solo pretendiente. —Sacudió la cabeza con aire burlonamente lastimero—. Está claro que soy un caso perdido.

Arabella le lanzó una mirada de soslayo.

—No te ofendas, Meg, pero pretendientes no te faltan, lo que te falta es un pretendiente como Dios manda —afirmó—. Parece que sólo te interesas por hombres de los que no se casan.

Meg dio un profundo suspiro, pero sus ojos brillaban con aire travieso.

—Qué razón tienes, querida amiga. Por alguna oscura razón, sólo los malos me atraen. Son los únicos que me divierten.

Arabella sonrió abiertamente.

—Tengo que darte la razón. Jack no es precisamente un dechado de virtudes y, si lo fuera, no resultaría tan divertido.

—Y, sin embargo, el bebé le ha hecho cambiar en cierto mo­do —observó Meg, pensativa—. Desde que nació el pequeño Charles se ha vuelto mucho más… —buscó la palabra adecuada— no diría que respetable, exactamente, le gusta demasiado el juego para eso, pero sí más digno de consideración, a su manera.

Arabella asintió y sonrió levemente, imaginando a su marido y a su hijo.

—Y hablando de Charles, tengo que volver ya. Le pedí a la niñera que lo tuviera arreglado a las cuatro en punto para sacarle con el carrito a tomar un poco el aire.

Meg echó otro vistazo al horizonte. Los nubarrones se iban acercando y el mar estaba adquiriendo un aspecto grisáceo y agitado.

—No creo que vayáis a ir demasiado lejos esta tarde.

Arabella siguió con los ojos la mirada de su amiga.

—Puede que lleves razón.

—Tú vete a casa. Yo quiero acercarme a la biblioteca pública. La señora Carson dijo que me guardaría un ejemplar de El italiano, de Ann Radcliffe, pero no me lo reservará más de un día.

—Está bien, deja que el lacayo te acompañe. Estoy a un paso de casa, de modo que puedo ir sola.

—De ningún modo —respondió Meg, rotunda—. Una duquesa debe llevar la debida escolta y, por otro lado, yo estoy acostumbrada a andar sola por ahí. Además, la biblioteca está muy cerca, justo al final de esa cuesta. —Señaló con un gesto hacia el estrecho camino que conducía desde los Leas hasta la calle Mayor.

Arabella no discutió. Su amiga necesitaba estar sola de vez en cuando, y en aquel minúsculo pueblo nadie vería mal que una mujer ya talludita saliera a pasear por su cuenta. Y aunque así fuera, a Meg no le iba a importar gran cosa lo que dijeran.

—Te veré luego, pues.

Le dijo adiós con la mano y se marchó. Meg enfiló la adoquinada calle, tan estrecha que los aleros de los edificios medievales, que quedaban a ambos lados, casi llegaban a formar un techo por encima de ella y arrojaban una profunda sombra sobre los húmedos adoquines ligeramente enfangados, condenados a no sentir nunca el calor del sol.

A la sombra, aquella tarde de mediados de abril resultaba fría, tanto más destemplada por el viento que empezaba a arreciar, silbando calle abajo por aquel corredor de casas. Meg se arrebujó en su manto de cachemir y deseó haberse traído una pelliza. Su fino vestido color lavanda era el último grito, pero ofrecía una escasa protección contra los elementos.

Por fin, al llegar a la calle Mayor, salió de nuevo al sol. Aún así, el viento seguía siendo fresco, y se alegró, cuando llegó al final de la calle, de poder refugiarse un rato en la biblioteca.

—Buenas tardes, señora —le saludó amablemente la mujer que había tras el mostrador—. Ya tengo el libro de Ann Radcliffe que me pidió. —Se agachó para coger el volumen y lo puso sobre el mostrador—. Hay dos damas más interesadas en él.

—Me daré prisa en leerlo —prometió Meg, acariciando el lomo con las yemas de los dedos—. Si es tan bueno como Los misterios de Udolfo, lo leeré de un tirón.

—Creo que es todavía mejor —respondió la otra mujer, bajando un poco la voz y recorriendo con su mirada la casi de­sierta biblioteca como si le estuviera confiando un secreto.

Meg asintió con expresión sonriente.

—Echaré un vistazo a ver si encuentro alguna otra cosa que pueda apetecerme, señora Carson.

Se dirigió hacia las estanterías que quedaban en la pared del fondo.

Cogió un ejemplar de Los proscritos, la famosa tragedia de Wordsworth y, como era habitual, se quedó inmediatamente absorta en la lectura. Cuando quiso recordar, se dio cuenta con gran sobresalto de que había pasado casi una hora. No tenía motivos para sentirse culpable, pero el hecho es que por alguna absurda razón así es como se sintió mientras caminaba de nue­vo hacia la entrada.

—No me había dado cuenta de lo tarde que es… Me llevaré éste también, señora Carson. —Y le pagó a la mujer con un chelín.

—Será mejor que se dé prisa en volver a casa, señorita Barratt —le aconsejó la bibliotecaria mientras le envolvía los libros con papel de estraza—. Se está oscureciendo mucho la tarde.

Meg se volvió para echar una ojeada por la ventana. El sol había desaparecido y afuera estaba tan oscuro como si estuviera anocheciendo.

—Se acerca una tormenta. —Se guardó los libros bajo el brazo y salió de la biblioteca apresuradamente.

Había poca gente por la calle, y las pocas personas que había caminaban deprisa, con la cabeza agachada para evitar el chaparrón que se avecinaba. Rugió un trueno. Meg se recogió las faldas y caminó a paso ligero hacia la callejuela, en dirección a los Leas. Una vez allí, tendría que andar escasos doscientos metros por el paseo marítimo hasta la casa que habían alquilado los Fortescu. Gruesas gotas de lluvia caían ya sobre el pavimento cuando enfiló la ahora lóbrega calleja. Al menos, los grandes aleros la protegerían de la lluvia. Miró hacia delante y vio un carruaje detenido en mitad de la calle. Meg frunció el ceño. La calle era tan angosta que apenas le dejaba sitio para pasar.

Se había detenido un momento para colocarse mejor los libros bajo el manto cuando, de repente, retumbó un segundo trueno y empezó a diluviar. Llovía de tal manera que el agua se colaba por entre los aleros hasta la calle; sorprendentemente fría y previsiblemente húmeda, la lluvia empapó su sombrero en cuestión de segundos. No había ningún soportal bajo el que guarecerse, las puertas de las casas daban directamente a la calle y, resignada a ponerse como una sopa, Meg echó a correr en dirección al mar, que brillaba tenuemente al final de la calle. El agua corría de forma torrencial por el canalillo que había en mitad de la calle y bajaba por la empinada cuesta para desembocar en el mar. El agua hizo que se enfangaran aún más los adoquines. Meg, calzada con unas simples sandalias, resbaló dos veces, y tuvo que agarrarse al marco de una puerta para recuperar el equilibrio. Más abajo, el carruaje seguía sin moverse y Meg se preguntó por qué razón habrían dejado un vehículo de semejante envergadura en mitad de una calle tan estrecha. Desde donde estaba no podía ver los caballos, porque estaban al otro lado, de cara al mar, pero debía de llevar al menos cuatro. Era imposible que pudieran maniobrar con tan poco espacio.

Sacudió bruscamente la cabeza como renunciando a buscar una explicación y siguió su camino, poniendo más cuidado en sus movimientos y sintiendo las gotas de lluvia sobre su nuca. Se le estaban empapando las faldas, tenía el bajo lleno de barro, las sandalias se le habían estropeado, el manto estaba todo arrugado y su sombrero no era ya más que un amasijo de húmeda paja.

Al llegar a la altura del carruaje, la puerta se abrió de repente, como invitándola a entrar. Meg frunció el ceño y, con un estremecimiento, su corazón empezó a latir más deprisa. Era ridículo, por supuesto. No había nada que temer en aquel tranquilo pueblo costero, pero la puerta abierta del coche le impedía continuar su camino. Seguía resultándole complicado caminar por los traicioneros adoquines de aquella calle tan empinada, y esa nueva dificultad aumentaba su inquietud.

Se acercó con precaución y dijo en voz alta:

—¿Podrían cerrar la puerta, por favor? No puedo pasar.

Nadie respondió. El temor se tornó enojo. Quizá el ruido de la lluvia había impedido que oyeran su voz, pero ¿cómo no se habían dado cuenta los ocupantes de aquel coche de que estaban bloqueando el paso por completo? ¿Por qué demonios estaban allí parados con la puerta abierta en mitad de una tormenta?

Intentó sortear el carruaje por el otro lado, apoyando la ma­no en la trasera del coche mientras tanteaba con el pie. De pron­to, el carruaje avanzó con una brusca sacudida. Su pie patinó sobre el pavimento y se cayó sobre el reguero de agua que corría por el canalillo. Durante una décima de segundo, se dio cuenta del peligro que corría… el agua iba a arrastrarla bajo el coche calle abajo. Después, ya no se enteró de nada.

Cuando abrió los ojos, se encontró en un lugar desconocido y distinto. Sentía que caía, que una fuerza la arrastraba. Estaba tendida en algo que parecía más un cajón que una cama, pero una sacudida particularmente violenta le permitió percibir unos laterales de madera. Estaba oscuro y, por más que abriera los ojos, no conseguía hacerse una idea aproximada de dónde estaba. La cabeza, embotada, le dolía, y tenía el estómago revuelto. Volver a cerrar los ojos le parecía lo más sencillo, de mo­do que eso fue lo que hizo.

Cuando volvió a despertar se encontró en un lugar muy luminoso que se mecía en silencio. Una voz graznó:

—Despierta… despierta.

No sin cierta cautela, Meg volvió la cabeza para mirar a un lado, notaba algo suave en la parte posterior de su cabeza. Un gran pájaro de plumaje escarlata y larga cola se balanceaba en su columpio. Sus diminutos ojos, sorprendentemente brillantes, la observaban.

—Despierta —repitió, y soltó un graznido que parecía una risa.

Meg se preguntó si no estaría muerta y habría despertado en una dimensión diferente en perpetuo estado de vaivén poblada por aves parlantes de color escarlata.

—Cállate —ordenó al pájaro, que seguía repitiendo las mismas palabras una y otra vez, subrayándolas con aquella delirante risa. Increíblemente, el pajarraco se calló.

Meg levantó con cuidado la cabeza y sintió una punzada de dolor. Tenía un bulto justo detrás de la oreja derecha. Aquello la tranquilizó. Los chichones pertenecían al mundo real y eran una consecuencia lógica teniendo en cuenta que se había caído y su cabeza había golpeado contra el suelo. Estaba empapada de arriba abajo y el agua había estado a punto de arrastrarla bajo las ruedas del dichoso carruaje…

Por lo menos, ahora estaba segura de que el accidente no había afectado a su memoria. Recordaba con toda claridad cada detalle de lo que había ocurrido. Pero ¿qué había pasado tras la caída? Levantó la colcha que la cubría y examinó su cuerpo. Atónita, descubrió que llevaba puesto un elegante camisón.

—Bueenos días… Bueenos días… —aventuró el pájaro, inclinando a un lado la cabeza. Su diminuto ojo brilló como si la observara.

—Buenos días —respondió Meg, y se sentó sin salir todavía de aquel cajón. Tras un gran ventanal se veía, iluminado por el sol, un mar en calma. Así que estaba a bordo de un barco… ésa era la conclusión más lógica. Pero ¿cómo había llegado hasta allí? Y, sobre todo, ¿por qué? Miró a su alrededor, las paredes de aquella minúscula habitación estaban forradas de madera. Era un lugar sorprendentemente confortable; en el suelo había una alfombra que parecía de estilo Aubusson, asientos acolchados bajo las ventanas, una mesa con dos sillas firmemente ancladas al suelo en el centro y puertas de lo que parecían armarios adosados a la madera de las paredes. También había otra puerta más grande que debía de llevar a algún sitio.

Precisamente entonces, oyó unos suaves golpes en aquella puerta y el corazón le dio un vuelco. Meg tragó saliva pero, antes de poder pronunciar una palabra, el pajarraco graznó:

—Adelaante… Adelaante…

La puerta se abrió y entró un hombre, que cerró cuidadosamente tras de sí. El pájaro se irguió en su columpio y agitó las alas. Entonces, el visitante extendió un brazo hacia delante y el pájaro emprendió el vuelo para ir a posarse sobre él como un halcón que volviera a la lúa. Meg le miró fijamente.

—¿Quién demonios es usted? —preguntó.

El extraño sonrió discretamente, mostrando unos dientes blanquísimos que contrastaban con el intenso moreno de su rostro. Apoyó los hombros contra la puerta y la contempló con amistosa curiosidad.

—Por extraño que parezca, estaba a punto de hacerle a usted la misma pregunta.

Meg sacudió la cabeza, como intentando aclararse las ideas.

—Digo yo que debería usted saber el nombre de la persona que tiene secuestrada —le espetó.

—Bueno, verá, aunque entiendo que esto pueda resultarle difícil de entender, lo cierto es que no ha sido usted exactamente secuestrada. —Mientras hablaba, el hombre cruzó el camarote para volver a dejar al pájaro en su columpio.

El animal graznó y agitó las alas, contrariado, murmurando algo como: «¡Pobre Gus… pobre Gus!». Meg contempló al bicho con estupor. Aquello no podía ser verdad.

—¿Gus? —preguntó.

—Pobre Gus —la corrigió el pájaro.

Gus es un guacamayo rojo —le informó el extraño, acariciando la cabeza del animal—. Es muy parlanchín.

—Ya me he dado cuenta —respondió Meg, cortante.

Por Dios santo, ¿por qué demonios estaban allí hablando de loros? Trató de reconducir aquella absurda conversación para aclarar asuntos más importantes.

—Si no me han secuestrado, ¿cómo he llegado hasta aquí?

Su anfitrión, si es que lo era, se sentó en la esquina de la mesa con un pie sobre el suelo y el otro balanceándose libremente en el aire. Había algo en aquella gracia natural de sus movimientos que le resultaba vagamente familiar. Y, de pronto, Meg supo quién era. Era el mismo hombre que había visto subir a la fragata desde los Leas.

—¿Este barco es suyo? —La pregunta era meramente retórica.

—El Mary Rose —respondió él—. ¿Tiene hambre? ¿Puedo ofrecerle algo para desayunar?

Meg se dio cuenta de que tenía mucha hambre, un hambre feroz, de hecho. ¿Cuándo había comido por última vez?

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—La recogimos ayer por la tarde, a última hora. Y ya es media mañana. —Echó mano de una campanilla que estaba a su espalda y llamó. Al mover la cabeza, un rayo de sol hizo brillar sus rizos color caoba con reflejos cobrizos. Era un color que Meg, con su llamativo cabello rojo, siempre había envidiado por ser más sutil.

Meg se apoyó contra el mamparo y le observó detenidamente con los párpados entornados. No sentía el más mínimo temor, lo que le pareció una reacción poco sensata dada las circunstancias pero, de momento, no había nada en su acompañante que le resultara ni remotamente amenazador.

Un hombre rechoncho abrió la puerta y entró en el camarote. Apenas se fijó en la figura que estaba sentada en el catre.

—¿Sí, mi capitán?

—Trae algo de comer, Biggins —ordenó—, y café… ¿O prefiere usted té, señora? —Sonrió a Meg con cortesía. Sus ojos eran de un azul pálido, como el de un lejano horizonte.

—Tomaré café, gracias —respondió sin poder ocultar su entusiasmo.

—Adiós… Adiós… —dijo el guacamayo desde su columpio.

—¿Sabe muchas palabras? —preguntó Meg de forma involuntaria.

—Las suficientes —respondió el capitán del Mary Rose y, frunciendo sus cobrizas cejas, preguntó—: Me han dicho que se dio usted un golpe en la cabeza. ¿Cómo se encuentra?

Meg se llevó la mano al chichón.

—Duele un poco, pero no tiene importancia. ¿Dónde están mis ropas?

—No creo que desee volver a ponérselas. El barro y el agua las estropearon. —Hizo un gesto de rechazo con la mano y señaló hacia un lado del camarote—. Encontrará ropa de sobra en el armario que hay en aquel mamparo.

—Ya entiendo —dijo Meg, aunque seguía sin entenderlo del todo—. ¿Y esto que llevo puesto ahora…?

—No sé. ¿Qué es lo que lleva puesto? —El tono era de auténtica curiosidad.

Meg cerró los ojos, sintiéndose muy confusa de nuevo. Qui­zá acabara por encontrar un hilo de lógica en medio de aquel diálogo de besugos.

—Un camisón —respondió—, un camisón de lo más elegante, por lo que he podido ver.

El capitán asintió sin sorpresa aparente.

—Fue atendida por un médico; imagino que él se ocupó de quitarle la ropa húmeda cuando examinó la herida de su cabeza.

Bueno, aquello resolvía al menos aquel pequeño misterio, y no había nada inapropiado en que un médico hubiera llevado a cabo una tarea tan íntima. De repente, el barco se escoró hacia la izquierda. Meg se agarró a un lado del camastro y oyó un sonido estrepitoso que venía de arriba. Su misterioso anfitrión no pareció darse cuenta siquiera de aquel brusco movimiento.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Meg.

—Viramos a babor —le informó y se bajó de la mesa justo al tiempo que la puerta se abría y el rechoncho marinero entra­ba de nuevo. Llevaba una bandeja llena de comida y lo acompaña­ba un muchacho de unos siete años que traía una jarra de café.

Meg permaneció en su sitio mientras ponían la mesa. El muchacho le lanzó una extraña mirada, como de culpabilidad, antes de salir corriendo del camarote, pero Biggins concentraba toda su atención en lo que estaba haciendo. Cuando se hubo marchado, precedido de un coro de despedidas de Gus, Meg echó a un lado las mantas y se levantó del camastro. El suelo se bamboleaba bajo sus pies y se agarró al respaldo de una silla.

—Acabará por acostumbrarse —observó con calma su compañero de mesa y la miró detenidamente—. Sí, es una prenda de lo más elegante. Es una suerte que fuera de su talla… Espero que le gusten los huevos con beicon.

«¿Acabaré por acostumbrarme?» Meg le miró fijamente por un instante, luego decidió que comer un poco le ayudaría a hacerse con las riendas de aquella absurda situación. Su preocupación y su debilidad tenían mucho que ver con su estómago vacío. No dijo una palabra, se limitó a tomar asiento y engullir el contenido del plato que tenía delante.

Su anfitrión tampoco le dio conversación hasta que hubo rebañado el plato con un trozo de pan de cebada y vaciado su taza de café. Entonces, Meg depositó la taza sobre la mesa y se avergonzó un poco al pensar que, en su voracidad, no debía de haber sido tan cuidadosa con sus modales como su compañero. Pero no había comido nada desde el ligero almuerzo del día anterior. Aquel pensamiento la tranquilizó y dio paso a la imagen a todo color de aquel carruaje con la puerta abierta que le había obstaculizado el paso la tarde anterior.

—Y bien, ¿qué significa eso de que este secuestro no es en realidad un secuestro? —preguntó con fingida delicadeza—. Me golpean para dejarme inconsciente y horas después me encuentro en un lugar en el que yo no deseo estar… Presa a bordo de un barco, nada menos. A mi entender, esa descripción se ajusta punto por punto a la de un secuestro.

—Pero en tal caso, como usted ha señalado hace un momento, yo debería saber cuál es su nombre —replicó con otra deslumbrante sonrisa. Las pequeñas arrugas que se formaban a los lados de sus ojos al sonreír tenían un tono mucho más claro que el resto de su piel.

—¿Quién me trajo hasta aquí?

—Mis hombres.

Res ipsa loquitur —sentenció con aire triunfal.

No esperaba que un simple marinero entendiera aquel tecnicismo jurídico, pero él negó con la cabeza y respondió:

—No es aplicable en este caso. Mis hombres pensaron que era usted la persona que les habían ordenado recoger. Una persona que venía por voluntad propia. Cuando usted se resbaló al intentar subir al coche…

—Al intentar sortearlo —le interrumpió—. La puerta estaba abierta y no me dejaba pasar.

—Estaba abierta para que ella subiera —explicó, armándose de paciencia—, para mayor comodidad de Ana… de la dama que mis hombres habían ido a recoger.

Meg le miró con perplejidad.

—¿Y dónde está… esa tal Ana?

Su expresión se ensombreció y una nube oscureció sus ojos. La miró con una fijeza que a Meg le resultó incómoda antes de responder en tono cortante:

—Eso mismo querría yo saber.

Ella miró los pliegues de su camisón de seda color marfil.

—¿Es suyo?

El capitán asintió.

—Tiene usted su misma talla. Como verá, mi querida señora, resulta perfectamente comprensible que mis hombres se equivocaran. No habían visto nunca a la persona que iban a buscar, pero, en términos generales, usted encaja en la descripción que se les proporcionó. La trajeron aquí de buena fe.

—Bien, pero, una vez descubierto el malentendido, ¿por qué no me devolvió al lugar donde me encontraron? —exclamó, poniéndose en pie con tal ímpetu que hizo bailar las faldas del camisón. Se quedó de pie frente a él, con una mano apoyada en el respaldo de la silla; su mente estaba ahora despejada y tenía los ojos llenos de ira.

Él se limitó a contestar con un sencillo:

—No podía.

—¿Qué quiere decir con eso de que no podía? —Aquella mordacidad ocultaba el miedo que hasta ese momento no había sentido. No sabía por qué, pero hasta ese momento no se le había ocurrido pensar que aquella situación podía ser irreversible.

—Vuelva a su asiento —dijo el capitán con voz serena, pero a Meg le pareció más una orden que una petición.

Vaciló un momento y luego tomó asiento.

—Cuando la trajeron a bordo iba usted envuelta en un man­to y había subido ya la marea. No se me ocurrió entonces verificar si era usted la mujer que esperaba y, cuando me dijeron que había resbalado y se había dado un golpe en la cabeza, ordené que la llevaran a la enfermería. Después, con la tormenta encima, no tuve tiempo de hacer otra cosa que levar anclas y atravesar la tormenta… —seguía hablando en el mismo tono de serena autoridad, de modo que Meg, en contra de todos sus instintos, empezó a pensar que aquella historia tenía sentido.

»Una vez todo volvió a estar bajo control en el alcázar, pregunté por usted y el médico me dijo que seguramente no era más que una leve conmoción y que la había dejado en la cama, en mi camarote. —Se encogió de hombros—. No supe nada… hasta que bajé, justo antes de amanecer, y me di cuenta del desastre.

—Desastre —repitió Meg—. ¿Yo soy un desastre?

El capitán se pasó una mano por el ondulado cabello de color caoba, lo llevaba algo más largo de lo que se estilaba por entonces… Meg reparó en aquel detalle casi de pasada.

—Es algo difícil de explicar —respondió él vagamente—. La dama con la que ha sido usted confundida se hallaba voluntariamente envuelta en un asunto de vital importancia. Su ausencia y, como consecuencia de ello, su involuntaria presencia aquí supone, en efecto, un desastre.

Meg lo contempló fijamente, como si él fuera un encantador de serpientes y ella una de sus reptiles.

—¿Quién es usted?

—Ciertamente, conocer nuestros respectivos nombres haría las cosas un poco más fáciles —respondió, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Quién es exactamente la mujer que mis hombres recogieron del suelo ayer por la tarde?

—Me llamo Meg Barratt —declaró, y con ello finalmente se reconoció en medio de aquella desconcertante situación y se sintió reconfortada. Pensó en sus padres, en Arabella y en Jack. Debían de estar desesperados—. Si no me llevan de vuelta a Folkestone inmediatamente, no soy capaz de imaginar siquiera lo que podría llegar a ocurrir. Tengo que volver a casa.

Desesperada, clavó la vista en las ventanas del camarote… mientras el incesante e inexorable movimiento de las olas bajo la popa del barco la llevaba Dios sabía dónde.

—No puedo hacer tal cosa —dijo él, y en su tajante afirmación subyacía un tono casi de disculpa—. Incluso si tuviéramos la corriente a favor, el tiempo corre en nuestra contra. La misión que debo cumplir me exige actuar en un momento preciso. No puedo dejar pasar la oportunidad.

Y Meg comprendió entonces que estaba atrapada de verdad. No podía hacer que aquel barco la llevara de vuelta. Si el capitán se negaba, tendría que ir allá donde la llevara.

—¿Quién es usted? —preguntó de nuevo.

—Me llamo Cosimo. —Y se inclinó ligeramente ante ella, como si se tratara de una presentación formal.

—¿De Medici? —preguntó Meg en tono incrédulo y abiertamente sarcástico. El nombre encajaba perfectamente con aquella absurda historia de una misión y una empresa de vital importancia.

Para mayor desconcierto, él se echó a reír sin más.

—Mi madre sentía gran interés por la historia de Italia y tenía un temperamento más bien romántico.

—Bien, entonces, si no es De Medici, ¿cuál es su apellido? —preguntó, esbozando una sonrisa.

—Simplemente Cosimo —respondió, sin importarle la bur­la—, tendrá que bastarle con conocerme por mi nombre de pila.

—No tengo el menor deseo de conocerle de ninguna manera.

Meg se dio la vuelta y se acercó al ventanal. Se arrodilló en el acolchado banco que había debajo y se quedó mirando al mar, tratando de controlar las lágrimas que inundaban sus ojos.

—Cuando desee vestirse, encontrará algo de ropa en aquel armario. Estoy seguro de que le quedará tan bien como ese camisón. —Su voz era todavía más suave que antes—. Puede subir al alcázar cuando lo desee.

Meg oyó el ruido de la puerta al abrirse y, un segundo después, oyó como se cerraba.

—Adiós… Adiós… Pobre Gus… Pobre Gus —murmuró el guacamayo.

—Oh, cállate ya —dijo Meg furiosa, con la voz ahogada por las lágrimas.

—Pobre Gus —murmuró el bicho, y escondió la cabeza bajo su ala.

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