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CASI UNA NOVIA, Jane Feather

Capítulo 1

El roce de los naipes sobre el tapete, las monedas tintineando al hacer sus posturas los jugadores y el suave murmullo de los lacayos cantando las apuestas eran todo lo que se oía en el salón interior del club de juego de Brooke. Había seis hombres en la mesa de faraón: cinco contra la banca. Llevaban manguitos de gamuza sobre los encajes de sus mangas y viseras del mismo material para proteger sus ojos del resplandor de los candelabros, cuyas innumerables velas arrojaban una luminosidad cegadora sobre el tapete. La cara del banquero se mantenía inexpresiva mientras repartía las cartas, ojeaba las apuestas sobre la mesa y pagaba o recogía el dinero ganado al final de cada baza. A los ojos de los espectadores congregados en la sala, parecía como si a Jack Fortescu, Duque de St. Jules, le fuera del todo indiferente ganar o perder.

Pero algunos sabían que la cosa distaba mucho de ser así. En aquel elegante salón —donde a pesar de lo avanzado de la noche se dejaba sentir aún el bochorno de aquel caluroso día de verano, el aire viciado por la mezcla de sudor, perfume rancio y vino— tenía lugar algo más que un convencional juego de azar.

Tan sólo Frederick Lacey, Conde de Dunston, seguía colocando sus apuestas sobre la mesa de juego, con una intensidad casi febril. Cuando perdía se limitaba a empujar bruscamente las pilas de monedas hacia el otro lado de la mesa, donde se sentaba el banquero y a hacer una nueva apuesta. El duque, como siempre impasible, volvía las cartas con firme ademán colocando los triunfos a su derecha y las cartas falsas a su izquierda. Una sola vez levantó fugazmente la mirada para tantear a su oponente, y luego dejó caer su vista otra vez sobre la mesa. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra.

—¡Santo Dios!, Jack tiene el diablo en el cuerpo esta noche —murmuró Charles Fox desde el umbral de la puerta, donde permanecía atento a la partida. Como muchos otros en aquel salón, vestía a la bizarra manera de un dandy, con un ajustadísimo chaleco de brillante carmesí con franjas doradas y un sombrero adornado con lazos sobre una cabeza empolvada con extravagantes reflejos azules.

—Y la suerte del mismo diablo, por lo que se ve, Charles —replicó su compañero también en voz baja. Este personaje, aun ataviado de terciopelo dorado y emperifollado con gran profusión de encajes y volantes como iba, resultaba casi discreto al lado de su compañero—. La suerte está de su lado desde hace meses.

—Y en contra de Lacey —musitó Fox, y dio un largo trago a la copa de borgoña que sostenía en la mano—. Anoche vi como Jack le ganaba diez mil guineas al quince.

—Y veinte al hazard el lunes. Por lo visto, Jack va muy en serio. No juega por mero placer, hay algún temible propósito detrás de todo esto —afirmó George Cavanaugh—. Si alguien me preguntara, diría que está intentando arruinar a Lacey. Pero, ¿por qué?

Fox no respondió inmediatamente, pues rememoraba aquel antiguo escándalo. Nadie supo nunca de cierto lo que había ocurrido y hacía ya tanto tiempo que no podía haber ninguna relación. Sacudió la cabeza.

—Desde que Jack regresó de París no ha vuelto a ser el mismo —se encogió de hombros—. No sé exactamente qué es. Es el mismo tipo despreocupado y encantador de siempre, pero hay algo, una aspereza que no tenía antes.

—No es de extrañar. Cualquiera que haya sobrevivido a ese infierno de sangrienta anarquía tiene que quedar marcado de alguna manera —dijo sombríamente George—. Dicen que se libró por los pelos, pero no quiere contar nada. Simplemente ríe con esa espeluznante risa suya y cambia de tema.

George tendió su copa hacia un criado que pasaba a su lado para que la rellenara.

Los dos caballeros guardaron silencio y continuaron mirando la partida. A Frederick Lacey sólo le quedaba ya una pila de monedas. Su mano tembló por un segundo al acercarse a ella, era la primera vez que vacilaba en toda la noche. St. Jules acarició el pie de su copa con dos blancos dedos de su impecable mano. Un enorme anillo de zafiro lanzó un destello de azulado fuego a la luz de las velas. Se mantuvo a la espera.

Conteniendo brevemente el aliento, Lacey colocó sus monedas sobre el as. El duque descubrió la primera carta del mazo —por tanto, la falsa. Era el as. El semblante de Lacey estaba sustancialmente más pálido de lo habitual en un gran bebedor como él. Sin alterar el gesto, el duque colocó el as en el montón de los descartes y extrajo la siguiente carta. La descubrió y el diez de picas quedó a la vista como burlándose del ceniciento rostro del conde. El duque deslizó la última pila de monedas sumándola al montón que relucía junto a su codo. Miró al conde en silencio. Sólo quedaban ya tres cartas por levantar.

Frederick Lacey luchó contra la presión que le oprimía el pecho. En el último mes había perdido toda su fortuna contra este mismo hombre que, por alguna razón, no podía hacer una mala jugada. El Duque de Saint Jules siempre había jugado en serio. Había perdido una fortuna en las mesas de juego en su primera juventud, desapareció para recuperarse en el extranjero y volvió muchos años después habiendo amasado una nueva fortuna aún mayor. No sólo no volvió a perderla, sino que la enriqueció a base de continuas y muy hábiles jugadas. Era un jugador nato y, con todo, nunca repitió sus errores de juventud. Raras veces, si es que alguna, se permitía levantarse de la mesa con pérdidas al final de una velada.

Lacey miró fijamente los dos montones de descartes frente a su oponente y a las tres cartas que aún quedaban por repartir en el cajetín. Sabía cuáles eran esas tres cartas, como cualquiera que hubiera estado observando y contando los descartes. Si pedía carta y apostaba, tenía una posibilidad entre cinco de acertar en qué orden saldrían. De ser así, su oponente tendría que pagarle cuatro a uno. De modo que, si echaba el resto en una última apuesta, podía recuperarlo todo. Levantó la vista y se encontró con la grisácea mirada del hombre al que detestaba con inefable pasión. Él, y nadie más que él en aquel abarrotado salón, sabía lo que el duque pretendía y por qué. Pero un último golpe de suerte y lo evitaría, y no sólo eso, se volverían las tornas. En caso de que Saint Jules aceptase el envite y perdiera, tendría que pagarle cuatro a uno, lo que significaría su propia ruina.

Saint Jules aceptaría el envite. Lacey estaba seguro.

Lentamente, se desprendió de los anillos y del broche de diamante que anidaba en su gorguera. Los colocó pausadamente en el centro de la mesa. También con pausa, enunció:

—Carta, por favor.

—¿Es esa su apuesta? —el tono del duque era de vaga incredulidad. Teniendo en cuenta lo que se había ganado y perdido allí durante esa velada, la apuesta resultaba patética.

Un apagado sonrojo infundió el semblante del conde.

—No, es una mera señal. Apuesto todo cuanto poseo, señor duque: Lacey Court, la casa de Abermale Street, y todo cuanto contiene.

En todo el salón, los espectadores contuvieron brevemente el aliento e intercambiaron miradas.

—¿Todo cuanto contiene? —inquirió el duque con un leve énfasis— ¿Tanto animado como inanimado?

Todo —la respuesta fue firme.

Jack Fortescu desplazó todas sus ganancias hacia el centro de la mesa.

—Dudo que esta suma por sí sola cubra su apuesta, milord —dijo en tono considerado. Echó un vistazo en torno al salón— ¿En cuánto estimamos la apuesta del conde, caballeros? Si he de cubrirla cuatro a uno, necesito saber con precisión cuánto voy a arriesgar.

—Digamos unas doscientas libras en total —sugirió Charles Fox. Siendo como era un adicto al juego, Fox había perdido hasta el último penique de su fortuna y arruinado también a muchos amigos a base de pedirles préstamos sin cuento que jamás podría devolver. Parecía lo más adecuado que aquel hombre saliera con semejante suma—. Con eso, el importe total de la deuda de Jack ascendería a ochocientas mil libras.

El salón quedó en absoluto silencio y el peso de tan exorbitante suma en el aire. Incluso para aquellos caballeros, cuya mayor obsesión era el juego y que perdían y ganaban sus fortunas en una noche, era una cifra difícil de digerir; para todos menos para Fox, cuyos ojos centelleaban con la emoción del envite. Todas las miradas se concentraron en Saint Jules, que se recostó en su butaca, acariciando despreocupadamente aún el pie de su copa, con una juguetona sonrisa rondando sus labios. Pero no había un atisbo de sonrisa en la mirada que dirigía a su rival.

—¿Le parece una cifra aceptable, Lacey? —su voz era tremendamente suave.

—¿Puede usted cubrirla? —inquirió el conde, percibiendo con irritación el ligero temblor de su voz.

—¿Lo duda? —el tono era de una fría confianza que no ofrecía lugar a dudas.

—La acepto —el conde chasqueó los dedos a un lacayo que, inmediatamente, le trajo recado de escribir. El rasgueo de la pluma con que el conde ponía por escrito los términos de la apuesta era el único ruido en todo el salón. Secó la tinta con polvo de cartas y, a continuación, se inclinó para alcanzar su anillo. El lacayo vertió una gota de lacre sobre el pergamino y el conde estampó su sello presionando el anillo sobre ella, entonces, sin decir una palabra, le pasó el manuscrito al duque para que hiciera lo propio.

El duque recorrió el salón con la mirada y la posó en George Cavanaugh.

—George, ¿quieres dar fe de la apuesta?

George asintió y se acercó a la mesa. Tomó el documento en sus manos, lo leyó y declaró que todo estaba en orden. Por un momento, posó una interrogante mirada en el inescrutable semblante de su amigo, después, plegó el documento y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.

El duque asintió, bebió un sorbo de vino de su copa y anunció formalmente.

—Puede usted pedir carta, milord.

Lacey se humedeció los labios con un fugaz e involuntario lengüetazo. Se inclinó hacia adelante, clavando sus ojos en las cartas que aún quedaban en el cajetín como si de alguna manera pudiera leer a través de ellas y, a continuación, dijo lentamente:

—As de corazones... Diez de diamantes... Cinco de picas.

Todos los presentes contuvieron la respiración y el repentino chisporroteo de una agonizante vela en uno de los aparadores sonó como un trueno en medio del sepulcral silencio. Saint Jules levantó la primera carta. Con gran morosidad, le dio la vuelta. Era el as de corazones.

El silencio se hizo más profundo, si cabe. El conde se inclinó ligeramente hacia adelante, clavó sus ojos en los largos y blancos dedos de su rival que se acercaban para descubrir la siguiente carta. La cara del duque permanecía impertérrita. El cinco de picas.

El conde se desplomó en su butaca con los ojos cerrados, el rostro demacrado, casi tan blanco como su perfectamente rizada y empolvada peluca. No miró cómo el duque descubría la última carta. Carecía de importancia ya. El cinco de picas le había hecho perder el envite. Finalmente abrió los ojos y miró a su enemigo sentado al otro lado de la mesa.

Saint Jules le devolvió la mirada, pero no había satisfacción ni triunfo en sus fríos ojos grises.

—Y así, mon ami, la paloma vuelve por fin a su nido —dijo dulcemente.

El conde empujó hacia atrás su butaca arañando la pulimentada tarima de haya con las patas. La multitud, aún silenciosa, se apartó de él mientras se abría paso hasta la puerta acristalada que permanecía abierta en un intento de combatir el calor de aquella noche de verano. Salió a una pequeña terraza que daba a la calle St. James dejando volar los pesados cortinajes a su paso.

Con una repentina exclamación, Charles Fox echó a andar tras de él, pero la estridente detonación de una pistola lo detuvo antes de llegar a la puerta. Apartó las cortinas y se arrodilló junto al cuerpo del Conde de Dunston. Ni siquiera hubo necesidad de buscarle el pulso. Frederick se había saltado la tapa de los sesos y yacía sobre un charco de sangre que goteaba desde el balcón sobre la acera de la calle. Los hombres se agolparon en la puerta, intentando abrirse paso a empujones hasta la terraza para inclinarse sobre el cuerpo. Solo en la habitación, el Duque de Saint Jules recogió lentamente los naipes, los barajó y los devolvió al cajetín de la banca.

—¿A qué demonios estás jugando, Jack? —dijo George Cavanaugh con dureza entrando de nuevo en el salón.

—El juego ha terminado, George —respondió Jack encogiéndose de hombros. Tomó su copa de vino y bebió un trago—. Lacey era un cobarde y ha muerto como tal.

—¿Qué otra cosa podía hacer? —inquirió George— Le has arruinado.

—Él tomaba sus propias decisiones, no yo —dijo su amigo con voz cadenciosa—. Eligió los riesgos que asumía.

Se puso en pie y uno de los lacayos se apresuró a ayudarle a desprenderse del grueso sobretodo que hacía las veces de uniforme del temible tahúr. Se puso entonces su chaqueta de terciopelo carmesí sobre el chaleco color zafiro, se quitó los manguitos y agitó las muñecas para ahuecar sus puños de encaje. También se quitó la visera con que había protegido sus ojos de la luz. Llevaba el cabello, negro como la noche y sin empolvar, recogido en una coleta atada con un lazo de terciopelo a juego con el chaleco. Tenía un asombroso mechón de pelo blanco que nacía en forma de pico del mismo centro de su amplia frente. Como bien sabía George, St. Jules tenía aquel mechón blanco desde su infancia y no le había hecho más fácil el paso por la escuela de Westminster. Pero sus compañeros aprendieron pronto que Jack Fortescu no era presa fácil. Peleaba sin escrúpulos ni timidez, nunca dejaba pasar un desafío sin respuesta y, casi siempre salía del altercado con sangre en la cara, pero victorioso.

En algún lugar, de algún modo, Frederick Lacey, Conde de Dunston, se había ganado a pulso una lucha a muerte con Jack Fortescu, Duque de Saint Jules.

—¿Por qué era necesario todo esto? —preguntó sin ambages.

Jack volvió a sacudir las muñecas con aire crítico, como si no le convenciera cómo habían quedado.

—Es una cuestión personal, querido amigo, pero créeme: era necesario. El mundo está mejor sin un canalla como Frederick Lacey.

—Y ahora tú posees toda la fortuna de Lacey —afirmó George mientras acompañaba a su amigo fuera del salón—: todo lo animado y lo inanimado. ¿Qué vas a hacer con ello? Dos casas, las cuadras, los perros, presumiblemente también los criados, los arrendatarios y...

Se detuvo un instante antes de continuar.

—Y, por supuesto, también está la hermana.

Jack se detuvo en lo alto de la escalinata que conducía al vestíbulo en la planta baja.

—Ah, sí —dijo—, la hermana. Por un momento lo había olvidado.

Sacudió la cabeza en un gesto de desconcierto.

—Un lapsus extraordinario, dadas las circunstancias.

—¿Qué circunstancias? —preguntó George, pero la única respuesta que recibió por parte del duque fue un encogimiento de hombros y una críptica sonrisa.

—No creo que ella tenga un solo penique propio —presionó George—. A menos que heredara algo de su madre. Creo que la condesa murió cuando su hija era tan sólo una niña.

—Sí, eso tengo entendido —dijo Jack con un ligero gesto de desprecio—. Le dejó una miseria, ni un pequeño fideicomiso siquiera.

El duque bajó por la escalinata.

George le siguió, preguntándose cómo era posible que Jack estuviera al tanto de la situación financiera de una mujer que ni siquiera conocía, que no había aparecido en la alta sociedad londinense más que en una ocasión para retirarse después de manera permanente en su casa de campo. Sacudió la cabeza, maldiciendo en silencio a su enigmático amigo, que podía sonar, en cierto modo, e incluso comportarse con esa aparente insensibilidad que sorprendía aun a los más cínicos miembros de la alta sociedad. Sin embargo, no había un amigo mejor que Jack, ninguno más leal. Le daría hasta su último penique a cualquiera que considerase su amigo, y era incapaz de mentir o engañar. Pero sólo un necio se colocaría enfrente de él, sólo un hombre que tuviera en poca estima su pellejo convertiría en enemigo a Jack Fortescu.

—¿Qué piensas hacer con la hermana, pues? —interrogó George una vez en la calle. No había llovido en tres semanas por lo que, a pesar de ser ya las cuatro de la mañana pasadas, seguía haciendo bochorno, no se movía ni un poco de brisa, y el aire apestaba a causa de la basura que rebosaba en los cubos, las bostas de los caballos y el olor de los desperdicios humanos.

Jack se paró, se volvió hacia su acompañante y, por primera vez en toda la velada, una genuina sonrisa asomó a sus ojos y curvó sus carnosos y sensuales labios.

—No le haré ningún daño, estimado amigo. Te lo juro. No le haré daño —y palmeó el hombro de George diciendo—. Discúlpame, pero ahora prefiero estar solo.

Cavanaugh le observó mientras se alejaba a grandes zancadas calle abajo. Jack apoyaba ligeramente la mano en la empuñadura de su espada mientras silbaba una fútil tonada. Sus ojos, siempre vigilantes, exploraban las sombras y las oscuras esquinas de las estrechas y peligrosas callejuelas de la ciudad.

George se encogió de hombros y emprendió el camino de vuelta al club. Había asuntos allí que requerían su atención. Un hombre había muerto.

Arabella Lacey estaba enfrascada en el cuidado de sus hermosas orquídeas en el invernadero, en la parte trasera de la casa, y no pudo oír ninguna de las señales que anunciaban la llegada de su visitante: ni los cascos sobre el sendero de grava, ni el traqueteo de las ruedas del carruaje que lo acompañaba, ni aun las voces del postillón llamando al mozo, o elestruendo de la pesada aldaba en forma de cabeza de león al golpear la puerta principal.

Estaba tan absorta que no se dio cuenta, ni siquiera, de que sus perros abandonaban su soleado rincón en el invernadero y se dirigían hacia la puerta de cristal que comunicaba con el salón de atrás, donde se detuvieron a montar guardia, con las orejas bien tiesas y sus espesas colas en alto. No oyó como la puerta se abría mientras ella examinaba las hojas de uno de sus más raros especímenes, frotando una diminuta mota negra que no estaba allí la última vez que examinó la planta.

—Le ruego disculpe mi intrusión, señora.

Al escuchar aquella suave y cadenciosa voz, Arabella dio un brinco y dejó caer las tijeras que tenía en la mano. Se volvió con la mano sobre su garganta.

—Me ha sobresaltado —afirmó sin necesidad y con cierto enojo.

—Sí, eso parece. Debe usted perdonarme, pero no sabía de qué otra manera podía anunciarle mi presencia.

Su visitante entró en el invernadero y ella se fijó entonces en que sus manos reposaban sobre sendas cabezas de los setters, que permanecían tan dóciles ante las caricias de aquel hombre como si provinieran de su propia dueña. En general, Boris y Óscar recelaban de los extraños y normalmente podía confiar en ellos para que la alertaran de la presencia de cualquier visitante, ya fuera éste de la familia o no. También Franklin, su mayordomo, solía hacerlo y, por cierto, ¿dónde diantre se había metido aquella mañana?

Miró a su visitante con auténtica curiosidad. Su cabello no estaba empolvado y lo llevaba recogido en coleta con una cinta negra, pero lo que llamó poderosamente su atención fue un mechón blanco como la nieve que dibujaba un marcado pico sobre sus pobladas cejas. Vestía ropa de montar y sostenía el tricornio de ribete dorado en una mano y una fusta con empuñadura de plata en la otra. Golpeó ligeramente sus botas de piel con esta última devolviendo con tranquilidad la mirada de ella desde sus claros y, de alguna manera, penetrantes ojos grises.

—Creo que no hemos sido presentados —dijo ella con cierta altivez. Inclinaba su cabeza hacia un lado en tono interrogante, incómoda al notar que el sudor perlaba su frente y que algunos mechones de su cabello se le pegaban a la cara debido al húmedo calor que reinaba en el invernadero.

Su visitante se inclinó en una elegante reverencia que hizo ondear los faldones de su chaqueta.

—Jack Fortescu, para servirle, señora —se alzó y le tendió la mano a modo de saludo.

Arabella no pudo evitar pasarse revista mentalmente. Detestaba usar guantes en sus labores de jardinería, por lo que tenía tierra debajo de las uñas. Ignoró la mano que se le tendía y correspondió al saludo con una leve reverencia, deseando haber llevado puesto algo mejor que aquel sencillo vestido de muselina de tinte tan desvaído que apenas recordaba al color original. Se sintió en franca desventaja en presencia deaquel desconocido de impecable atavío, lo cual turbaba notablemente su presencia de ánimo. Pero el nombre le resultaba familiar.

—¿Su Señoría el Duque de Saint Jules? —inquirió.

—El mismo, señora —se inclinó de nuevo, recogió las tijeras que ella había dejado caer y las depositó sobre una mesa.

—Me temo que mi hermano no está en casa en este momento —dijo—. Se encuentra en Londres, creo.

Él no mostró el menor interés por esta información y se limitó a observar:

—Son unas orquídeas muy hermosas.

—Cultivarlas es mi pasatiempo —replicó. Si él no quería explicarle el motivo de su repentina aparición, ella no estaba en absoluto dispuesta a mostrar la más mínima curiosidad. Chasqueó los dedos y los perros —no sin cierta desgana, según le pareció a Arabella— se apartaron del duque, se acercaron a ella y se sentaron obedientes a sus pies.

—Bonitos perros —dijo él.

—Sí —ella se retiró un mechón pegajoso de la cara y supo que su rostro estaba congestionado por el calor de manera muy poco favorecedora.

—Quizás pudiéramos hablar en un lugar más fresco —sugirió él con aire solícito—, parece usted algo... acalorada, si me permite decirlo.

—He estado trabajando todo el día en un invernadero y estamos en pleno mes de agosto —puntualizó ella dando un respingo. Él no tenía ni un cabello fuera de su sitio y sus blondas tenían un apresto como de recién salidas de la plancha y, no obstante, estaba justo en el lugar por el que el sol caía a plomo a través del techo de cristal.

Fortescu retrocedió hasta la puerta y la abrió cediéndole el paso con una inclinación de cabeza. Arabella pasó por delante de él y percibió entonces un ligero perfume a ropa limpia y lavanda. Seguramente ella olía como un mozo de cuadra, pensó suspirando con alivio al sentir el relativo frescor que emanaba de las losas de piedra del zaguán. Los perros se tendieron jadeantes sobre el enlosado.

—Señora, ¿todo en orden? —su criado emergió de las sombras con aire preocupado— Le he explicado a Su Señoría que Lord Dunston está ausente y que usted estaba ocupada, sin embargo...

El criado no terminó la frase, pero estaba claro que el Duque de Saint Jules no le había dado oportunidad de seguir el procedimiento apropiado.

—A decir verdad, no estoy muy segura de cuál es la situación, Franklin —respondió ella mirando al visitante—. ¿Querrías acompañar a Su Señoría al salón? Estoy segura de que le apetecerá una jarra de cerveza para aliviar el calor. Trae también una jarra de limonada para mí... Si me disculpa, milord, me reuniré con usted en unos minutos.

Dudó un momento antes de decir:

—A menos, claro está, que desee exponer su asunto de inmediato. Entiendo que su agradable visita tiene un propósito concreto, ¿cierto? Quizá sea cuestión muy breve.

Una sonrisa de agradecimiento asomó a los labios del duque y centelleó por un momento en sus ojos. El tono de Arabella era inequívocamente desafiante.

—Mucho me temo que no sea asunto fácil de exponer, señora —dijo—. La esperaré.

Arabella frunció el ceño, estaba desconcertada, intrigada, y embargada por un ominoso presentimiento. A continuación, chasqueó suavemente los dedos para que los perros la siguieran, se dio la vuelta y subió por la escalera de atrás hasta su alcoba, con Boris y Óscar siguiendo sus pasos.

—Por favor, Becky, tráeme agua caliente —ordenó según entraba en la habitación y se quitaba el mustio lazo que recogía su cabello—. Mis manos están sucias y tengo visita.

—Oh, sí, señora, todos nos hemos enterado ya —dijo su doncella con evidente curiosidad—. ¿Cree la señora que trae algún mensaje del amo?

—Entiendo que sí —respondió Arabella ausente mientras se dirigía al espejo—. He oído a mi hermano en alguna ocasión hablar del duque.

Se situó ante el espejo con expresión melancólica. Era aún peor de lo que había imaginado. Tenía el rostro húmedo por el sudor y lleno de tierra y su cabello estaba enmarañado.

—Date prisa con el agua, Becky... Pero, antes, desabróchame —ofreció su espalda a la doncella y los ágiles dedos de la muchacha revolotearon sobre los botones.

—Gracias. Y ahora trae el agua.

Con las enaguas por todo vestido, se sentó, cogió su cepillo y cepilló a fondo sus oscuros rizos castaños. Frunció severamente las cejas hasta juntarlas. Era verdad que Frederick había mencionado a Jack Fortescu, Duque de Saint Jules, en más de una ocasión, mas siempre con desagrado. Aunque, pensó, no había mucha gente que fuera del agrado de su hermanastro y, por lo que había tenido ocasión de colegir tras su única salida en la alta sociedad londinense, estos sentimientos eran por lo general recíprocos. A ella misma le disgustaba, la verdad sea dicha. En el mejor de los casos era débil y rencoroso y ciertamente no había hecho mucho por alentar en ella ningún sentimiento fraternal.

Pero, ¿qué estaría haciendo exactamente Saint Jules en Lacey Court, a treinta millas de Londres, en los cerezales de Kent?

Becky volvió con una jarra de cobre llena de agua caliente y la vertió en la palangana. Arabella se lavó la cara, se pasó una esponja por los brazos y el cuello y se frotó las uñas con un cepillo.

—Sácame el vestido verde manzana... El de seda india, por favor, Becky, hace demasiado calor para corsés y miriñaques.

Tampoco su visitante, tan elegante con su chaqueta de terciopelo negro y sus pantalones de montar, iba vestido para una visita formal, ni siquiera llevaba peluca ni el cabello empolvado.

—No hay nada que hacer con mi cabello esta mañana —se lamentó mientras peleaba con sus rizos—. Se ha encrespado con la humedad del invernadero.

—Oh, déjeme a mí, señora —Becky tomó el cepillo y manipuló con destreza las largas, oscuras y ensortijadas trenzas hasta transformarlas en hermosos tirabuzones que caían en racimos alrededor de su rostro.

—Con esta escarcela quedará perfecto —afirmó al tiempo que sujetaba con unas horquillas la blanca escarcela de encaje—. Mire —retrocedió un paso para contemplar su obra.

—Haces milagros, Becky —Arabella se levantó y se deslizó dentro del sencillo vestido de seda que sostenía la doncella—. Creo que me pondré un poco de agua de rosas.

Se aplicó un toque de fragancia en el interior de sus muñecas y codos y detrás de las orejas. No estaba segura de por qué se tomaba tantas molestias por esta inesperada visita, pero no podía quitarse de la cabeza aquel sentimiento ominoso y le parecía de vital importancia no hallarse en desventaja en la entrevista que iba a tener lugar a continuación.

Descendió por la escalera consciente de que había dejado al visitante a su aire durante más de media hora. La encerada tarima crujió bajo las pezuñas de los dos setters que seguían sus pasos. Franklin deambulaba por el salón principal mientras ella bajaba por la escalinata isabelina.

—Su Señoría está en la biblioteca, señora. La prefirió al gabinete.

Arabella alzó las cejas.

—¿Ha inspeccionado todas las estancias de esta planta, Franklin?

—En realidad ojeó uno o dos salones, señora —la voz del sirviente tenía un deje de disculpa y de fatalidad a un tiempo.

Arabella frunció el ceño. Era poco corriente que una visita rehusara seguir las indicaciones de su anfitrión y recorriera la casa en busca de un emplazamiento más de su gusto. De hecho, era una grosería y una impertinencia por su parte y Arabella comenzó a preguntarse qué clase de hombre exactamente era aquel a quien estaba acogiendo bajo su techo. Aquella circunstancia agudizó su ominoso presentimiento.

—¿Le has llevado cerveza?

—Me pidió una copa de borgoña, señora. Le llevé el decantador hace un instante. Y una jarra de limonada para usted.

Arabella asintió y cruzó el zaguán hasta la biblioteca. Era mucho más pequeña que el amplio salón, más sombría e íntima, y olía a cera de abeja y al cuero de los libros y los sillones.

El Duque de Saint Jules estaba frente a la ventana mirando el jardín contiguo, con una copa de vino en la mano. Su tricornio y su fusta yacían con descuido sobre una butaca y, por vez primera, ella reparó en que el duque portaba una espada. No era un mero adorno, más bien parecía un arma de verdad. Un ligero escalofrío le recorrió la espalda.

Saint Jules se volvió al tiempo que ella hacía su entrada precedida por los perros.

—¿Su afición por la jardinería va más allá de las orquídeas?

Arabella cerró silenciosamente la puerta tras de sí.

—Sí —replicó.

—Es evidente que hay alguien aquí dotado de muy buen ojo para el paisajismo —observó el duque con una sonrisa apartándose de la ventana para dirigirse a la butaca junto a la vacía chimenea—. Este jardín rocoso es magnífico.

—Gracias —Arabella se sirvió un vaso de la limonada que Franklin había dejado sobre una mesita dorada—. ¿Es de su agrado el vino?

—Una cosecha espléndida —dijo—. Su hermano tenía una buena bodega.

La mano de Arabella se detuvo antes de llevarse el vaso a los labios.

—¿Tenía?

Él la contempló un momento antes de anunciarle con suavidad:

—Me temo que traigo malas noticias, Lady Arabella.

Ella permaneció muda un instante. Dejó su limonada sobre la mesa sin haber llegado a probarla y, de manera inconsciente, se cruzó de brazos, sujetando los codos, con la mirada perdida en algún punto de la habitación.

Jack esperó, contemplándola mientras ella tomaba conciencia de la situación. Se sorprendió a sí mismo admirando los hermosos tirabuzones color chocolate que enmarcaban su rostro y sus fascinantes ojos leonados. No podía discernir si predominaba el tono dorado sobre el castaño o al revés. Su cutis parecía como de crema. Pero a pesar de esta atractiva combinación, no era hermosa en el sentido convencional, ni siquiera bonita. Para empezar, no era ya una jovencita. Sus rasgos eran demasiado duros, demasiado inflexibles, dominados por unos pómulos muy altos, una firme mandíbula cuadrada y una nariz recta y aquilina. Sus oscuras cejas eran demasiado espesas para el gusto que dictaba la moda del momento, pero sus labios eran generosos y el largo labio superiorse curvaba ligeramente hacia arriba en los extremos.

Finalmente, ella dejó caer los brazos a los costados.

—¿Cómo murió?

Lo directo de la pregunta le sorprendió en principio, pero más tarde comprendió que no tenía por qué. No le parecía una mujer acostumbrada a evitar asuntos desagradables o a andarse por las ramas.

—Se quitó la vida —replicó sin ningún tipo de énfasis.

La mirada de Arabella volvió a dirigirse hacia el duque. La desafortunada muerte de Frederick no le sorprendió. Parecía un desenlace inevitable dados su inclinación al libertinaje y la clase de personas que frecuentaba. Ella misma había tenido oportunidad de comprobar lo peligrosos que podían llegar a ser cuando bebían de más, y eran raras las ocasiones en las que no lo hacían. Podía haber muerto a causa de sus excesos con la bebida o como consecuencia de una violenta y fatal pelea, tal cosa no le hubiera sorprendido. Pero, ¿un suicidio? Nunca hubiera creído que su hermanastro fuera capaz de algo así.

—¿Cuál fue el motivo? —la pregunta iba dirigida tanto a su interlocutor como a ella misma.

—Lo perdió todo en una partida de naipes.

—¿Todo? —Arabella se mordía el labio inferior.

—Temo que sí.

Ella se tocó los labios con las yemas de los dedos y las aletas de su nariz se dilataron ligeramente. Eso explicaría semejante decisión. Arabella conocía bien a su hermano. Frederick habría podido vivir sin honor, pero hubiera sido incapaz de afrontar la pobreza. Buscó un poco de piedad en su corazón, pero no pudo encontrarla en aquel momento, mientras contemplaba el sombrío futuro que se abría ante ella. Por supuesto, Frederick no habría faltado tampoco esta vez a su vieja costumbre de no tener en absoluto en cuenta a su hermanastra.

Arabella contempló sombríamente al mensajero de su desgracia. Su rostro permanecía inexpresivo, pero sus grises ojos proyectaban sobre ella una mirada inquisitiva y vigilante. ¿Por qué había venido precisamente él a darle la noticia? Nunca había sido amigo de Frederick, ni tan siquiera ocasional. Pero era obvio, claro.

—¿He de suponer que Frederick perdió y Su Señoría ganó?

—Una suposición muy acertada —tomó su chaqueta de la butaca y extrajo del bolsillo el manuscrito que su hermano había firmado en la mesa de juego. Se levantó y se lo tendió a Arabella.

Arabella lo tomó y se alejó de Saint Jules mientras desplegaba el documento. Lo leyó en silencio, después lo dobló, se dio la vuelta y se lo devolvió al duque.

—Le felicito, milord —dijo sin dejar traslucir emoción alguna—. ¿Cuándo desea Su Señoría que abandone mi casa?

Saint Jules deslizó el documento de nuevo dentro del bolsillo de su chaqueta y respondió con calma:

—Por curioso que pueda parecer, mi querida señora, no he venido aquí para desposeerla de su casa. Por el contrario, vine a ofrecerle mi protección.

Una sonrisa de leve incredulidad arqueó los labios de ella y su voz destiló cierto desdén:

—Su Señoría me da carta blanca... ¡Qué amable de su parte! Pero me temo que debo declinar su generosa oferta.

Él contuvo su mano y sacudió la cabeza.

—No saque conclusiones precipitadas, Lady Arabella. Ya tengo una amante que me satisface plenamente y no necesito ni deseo otra. Lo que sí busco, sin embargo, es una esposa.

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