Cautivos del destino

CAUTIVOS DEL DESTINO, Mary Jo Putney

Prefacio

La muerte del rey Enrique I en el año 1135 precipitó el período que en ocasiones recibe el nombre de Anarquía. Enrique era un rey implacable y capaz, pero aunque tenía unos veinte hijos ilegítimos, su única heredera era su hija Matilde, casada con el emperador del Sacro Imperio a muy temprana edad. Allí era muy querida, pero enviudó con poco más de veinte años y regresó a Inglaterra, donde a partir de entonces fue conocida como «la emperatriz».

Enrique casó entonces a su hija con Godofredo, un muchacho de catorce años heredero del condado de Anjou, unión que desagradó no solo a los dos interesados sino también a toda la baronía normanda, ya que Normandía y Anjou eran viejos enemigos. Aun así, el rey tenía suficiente poder para obligar a sus barones a jurar que aceptarían a Matilde como sucesora.

No obstante, tan pronto como Enrique murió, su sobrino, el conde Esteban de Blois (que había sido el primero en jurar lealtad a su prima Matilde y quien en una época tal vez fuera su amante) se apropió de inmediato de la corona y del tesoro. Esteban era un hombre afable y caballeroso, y tanto los barones como la Iglesia se alegraron de aceptarlo como soberano en lugar de Matilde. Sin embargo, las ambiciones de Esteban excedían sus capacidades y durante los años siguientes acabó distanciándose de la Iglesia y de muchos de sus súbditos.

Roberto de Gloucester, el mayor de los hijos bastardos del rey Enrique, era uno de terratenientes más importantes de Inglaterra, muy respetado por sus logros y su integridad. En la primavera del año 1138, decidió apoyar a su hermanastra para reclamar el trono y desafió formalmente al rey Esteban. El oeste y el sur de Inglaterra apoyaron a Roberto y el país entró de lleno en una guerra civil.

La mayor parte de las batallas se desarrolló en la frontera, entre los partidarios de Matilde en el oeste y la gran mayoría del este del país, que era leal a Esteban. Muchos de los barones acogieron con entusiasmo la anarquía como un medio de incrementar su poder y aceptaron indistintamente sobornos de tierras y títulos de las dos partes implicadas. La carnicería fue considerable, incluso para la brutalidad de la época, si bien Roberto de Gloucester consiguió mantener el orden con notable eficacia en las tierras que controlaba.
Matilde estuvo muy cerca de conseguir la corona, pero no lo logró. (Fue acusada a menudo de arrogancia y despotismo, atributos que habrían sido considerados normales en un rey, pero que los cronistas masculinos de la época juzgaron intolerables en una mujer. Las cosas no han cambiado mucho desde entonces.)

Tras la muerte de Roberto de Gloucester en el año 1148, Matilde regresó a Normandía. Jamás volvió a Inglaterra, pero su hijo menor, Enrique, hizo suya la causa angevina (llamada así por Anjou, el hogar del marido y los hijos de Matilde). Como digno descendiente del Conquistador, Enrique invadió Inglaterra por primera vez a la tierna edad de catorce años. No tuvo éxito militar, pero logró persuadir a su primo el rey Esteban de que pagara a los mercenarios angevinos en un episodio digno del mejor sainete.

En el año 1148, época en la que transcurre la mayor parte de Cautivos del destino, el país había llegado a un punto muerto. La división seguía siendo la misma: el oeste para Matilde y el este para Esteban, con las consecuentes fricciones fronterizas.

 

Prólogo

 

Abadía de Fontevaile, Shropshire, 25 de diciembre de 1137


El mortecino sol de Navidad se ocultó después de un día desastroso, y los dos caballeros emprendieron su misión mientras el resplandor del fuego que había arrasado la fortaleza aún teñía el cielo nocturno. Cabalgaron rápido y sin descanso a través de las largas y desoladas leguas sin pronunciar palabra alguna.

Se acercaba la medianoche cuando coronaron la última colina. Por tácito acuerdo, detuvieron sus monturas y echaron un vistazo al yermo valle que se extendía ante sus ojos, donde la plateada luz de la luna llena envolvía en un halo de beatífica serenidad a la abadía de Fontevaile.

—Ojalá no fueras bastardo. —Las amargas palabras del caballero de más edad expresaban el sufrimiento que le había deparado el nefasto día. Walter de Evesham era capitán de la guardia del barón de Lancey y había conocido a toda la familia, casi había formado parte de ella. Una vez consumado el desastre, deseó haber muerto con ellos.

Los labios de su acompañante se curvaron con la irónica resignación de aquel que había aprendido muy pronto su posición en la vida.

—No puedes desearlo más que yo, pero eso no cambia el hecho de que mi madre fuera una sirvienta, no la esposa de mi padre.

La mirada del capitán se detuvo en su compañero. Richard FitzHugh tenía la apariencia desgarbada de un muchacho aún no del todo desarrollado, pero era un guerrero valeroso y diestro. Lo habían nombrado caballero justo la semana anterior y todos aquellos que lo conocían estaban de acuerdo en que merecía semejante honor, aunque solo tuviera dieciocho años.

—Eres el mejor de los hijos de lord Hugh, Richard —afirmó Walter con sequedad—. Sería mucho mejor para Warfield que tú fueras el heredero.

El muchacho hizo caso omiso de los cumplidos y señaló la silenciosa abadía.

—No subestimes a mi hermano Adrian.

—¡Bah! Es un chiquillo enfermizo, enclenque y vanidoso —gruñó el viejo capitán—. Sería preferible que se quedara en Fontevaile y pronunciara sus votos. ¿Qué puede hacer para conservar su patrimonio en una tierra enloquecida?

—Muchas cosas. Conozco a Adrian bastante bien y puedo asegurar que no hay nada de malo ni en el brazo con el que maneja la espada ni en su sentido común. —Richard se arrebujó en la capa de lana que cubría su cota de malla. Bajo el riguroso viento de diciembre, los eslabones de metal resultaban tan fríos como un trozo de hielo, pero con la inseguridad que imperaba en el país no se atrevían a cabalgar sin armadura—. Pese a su juventud, creo que protegerá Warfield tan bien como el mejor.

—Había olvidado que os entrenaron juntos en Courtenay. —Sir Walter azuzó a su caballo para que bajara la ensombrecida colina y frunció el ceño mientras se preguntaba si el optimismo de Richard estaría justificado.

—Sí, compartimos jergón y entrenamos juntos durante cinco años, hasta que Adrian se decidió por la vida eclesiástica. —Richard instó a su montura a bajar el escabroso sendero al tiempo que recordaba cómo dos niños renuentes a admitir que sentían nostalgia de su hogar habían acabado uniéndose entre un mar de rostros desconocidos. En aquel entonces se convirtieron en verdaderos hermanos y Richard sabía que le iría mucho mejor con Adrian como señor que con cualquiera de los restantes hijos legítimos de lord Hugh.

—¿Adrian tiene aptitudes para las armas? —Había un deje de incredulidad en la pregunta del capitán, ya que semejante imagen no encajaba del todo con sus recuerdos.

—Sí, tiene aptitudes, y también una voluntad de hierro. Probábamos nuestras habilidades el uno con el otro, como suelen hacerlo los muchachos. —Richard esbozó una sonrisa torcida—. De no haber sido por los tres años de edad y de experiencia que le llevaba, jamás habría logrado derrotarlo. Aun así, recibimos igual número de elogios.

—¿Fue capaz de derrotarte? —Perplejo, sir Walter apartó la vista del escabroso camino, convencido de que el joven estaba bromeando; sin embargo y por primera vez, no había rastro alguno de humor en el rostro de su acompañante.

—Adrian vino a Fontevaile porque amaba a Dios, no porque temiera a los hombres. —Richard sabía que sus palabras no abarcaban toda la verdad. Aunque había llegado a conocer bien a su hermanastro, no se le ocurriría afirmar que estaba enterado de todos los motivos por los que había decidido hacerse monje—. Y porque, como segundón, no iba a heredar nada. Ahora eso ha cambiado.

Todavía escéptico, sir Walter estaba a punto de replicar cuando atisbó la luna que se alzaba sobre la abadía.

—¡Santa Madre de Dios! —exclamó al tiempo que aferraba las riendas y detenía su montura con brusquedad.

Richard levantó la vista también y se quedó sin aliento al descubrir lo que había asustado al otro hombre. Una sombra devoraba la luna llena, que hasta hacía pocos momentos había sido un perfecto círculo plateado. La sección oscurecida de la luna resplandecía con un lúgubre color rojo, como una tea sacada del infierno.

—No significa nada —afirmó sir Walter con voz cortante por la ansiedad y con los ojos clavados en el espectáculo que tenía lugar en el cielo nocturno—. Ya lo he visto antes. Pasará. No significa nada. —Ni siquiera él creía lo que decía. Los eclipses siempre se habían considerado un presagio de aciagos y determinantes sucesos, así que tal vez fuera el colofón perfecto para un desastroso día. La cuestión era, pensó con cansancio mientras apresuraba su fatigada montura hacia las puertas de la abadía, si sería un buen o mal augurio para el joven que se había convertido en el nuevo barón de Warfield.

El portero examinó con recelo a los dos caballeros y les preguntó qué asuntos los llevaban por allí antes de dejarlos entrar; con los tiempos que corrían, incluso los siervos de Dios se mostraban cautelosos, y tenían buenas razones para ello.

Dejaron los caballos en los establos y atravesaron el patio en dirección a los aposentos del abad mientras las huidizas hojas caídas se movían al compás del gélido viento con un tenue susurro. La luna estaba ya medio cubierta y bañaba la tierra con su funesto ominoso rojizo.

Fue entonces cuando el gélido viento nocturno les llevó el nítido y delicado canto de maitines de los monjes desde la iglesia. La belleza del sonido evocaba un mundo mucho mejor y ofreció cierto consuelo a la atribulada alma de sir Walter. Su mano izquierda aferraba con fuerza la funda de la calcinada espada que portaba consigo. Dios mediante, Richard no se habría equivocado con respecto a Adrian.

El recibidor del abad era una estancia sencilla, con muebles humildes y un crucifijo como única decoración, aunque por suerte disponía de fuego en la chimenea y de vino para entibiar los congelados huesos de los visitantes mientras aguardaban a que el servicio llegara a su fin.

Sir Walter se dejó caer en un banco y bebió de su vino con agradecimiento, si bien no se extrañó al descubrir que se trataba de un brebaje aguado y pobre. Fontevaile era uno de los nuevos monasterios cistercienses, una orden que había tomado la firme determinación de no corromperse por las ansias de oro y la vida muelle. Al capitán le había sorprendido que Adrian insistiera en ir allí; al parecer, el muchacho sentía pasión por la austeridad.

Richard FitzHugh se paseó por la oscura estancia mientras bebía su vino, demasiado inquieto para sentarse aun cuando los últimos días habían resultado agotadores. Sir Walter lo observó con cariño. El joven caballero poseía una figura elegante, un cabello rubio dorado y un rostro apuesto; además, era un luchador valeroso. Había sido sir Walter en persona quien sugiriera su adhesión a la guardia de Warfield cuando abandonó Courtenay y lo consideraba en secreto el hijo que nunca había tenido. Lord Hugh tenía hijos de sobra, a buen seguro que podría prescindir del menos importante de ellos. Sir Walter suspiró y se concentró en beberse el vino. Lord Hugh estaba muerto y Richard nunca ocuparía su lugar como barón de Warfield. Algunas cosas no cambiaban nunca y la bastardía era una de ellas.

Una vez que los maitines y las laudes llegaron a su fin, el abad William regresó a sus aposentos. Puesto que ya le habían advertido de la presencia de sus visitantes, su semblante era ceñudo. Los abades debían ser hombres de mundo para proteger los intereses de sus monasterios, pero William poseía los rasgos austeros de un monje que no había olvidado que su primer deber era servir a Dios.

Tras el más breve intercambio de saludos, el abad preguntó:

—¿Queréis ver a Adrian de Lancey?

Sir Walter le explicó el motivo en pocas palabras antes de añadir:

—Aún no ha pronunciado los votos definitivos, ¿verdad?

—No, todavía falta un mes para su decimosexto cumpleaños.—Las arrugas de preocupación del abad se habían profundizado al escuchar el sombrío relato—. Supongo que ahora lo perderemos. Una lástima. Creo que su vocación es verdadera.

—Sin más comentarios, le ordenó a su sirviente que llamara al novicio y se sentó a esperar con las manos cruzadas sobre la mesa y los ojos entrecerrados.

Poco tiempo después, el objetivo de la misión de sir Walter atravesó el umbral de la puerta. Una solitaria lucerna iluminaba la estancia y los visitantes quedaban al amparo de las sombras, hecho que aprovechó el capitán para estudiar a Adrian mientras la atención del joven recaía por completo en el abad. Le había prestado poca atención en el pasado al hijo menor de su señor, pero en esos momentos ansiaba saber más cosas del nuevo barón… sobre todo algo que lo tranquilizara.

Adrian de Lancey ya no era el muchacho delgado y menudo que recordaba. A punto de entrar en la edad adulta, había alcanzado una estatura media y, bajo el hábito blanco de la orden cisterciense, su cuerpo tenía un aspecto saludable y bien formado. Atravesó la habitación con la resuelta elegancia de un guerrero, no con el etéreo ensimismamiento propio de los clérigos.

En lugar del tono dorado de su padre y sus hermanos, Adrian tenía el pelo tan claro que casi parecía plateado. Sus elegantes rasgos mostraban la serena contención de un monje y no revelaban ni sorpresa ni alarma por el hecho de haber sido obligado a abandonar su jergón en mitad de la noche. Ese halo de contención lo había acompañado desde la más tierna infancia; tal vez esos ojos serios y reservados fueran la razón por la que sir Walter jamás se había encontrado cómodo en su compañía.
Adrian le hizo una reverencia al abad.

—¿Deseabais hablar conmigo, padre? —Tenía una voz grave y agradable, tan distante y controlada como su apariencia.

—Tienes visita. —William hizo un gesto hacia las sombras.

El muchacho se dio la vuelta. Cuando vio a su hermanastro, sus ojos grises reflejaron por un instante la alegría que sentía.

—¡Richard! —Asombrado y obviamente complacido, avanzó para tomar la mano que su hermano le ofrecía.

Richard le devolvió el saludo con seriedad. A continuación, la mirada de Adrian escudriñó las sombras y lo reconoció. La alegría desapareció de su semblante y fue sustituida por el recelo cuando se dio cuenta de que aquella no era una visita ordinaria. Tras soltar la mano de su hermano, dijo:

—Sed bienvenido, sir Walter. ¿Traéis noticias de Warfield?

El caballero se puso en pie con cierta dificultad.

—Así es, lord Adrian, y no son buenas en absoluto. —Dio un paso para quedar bajo la luz y se arrodilló ante el novicio antes de ofrecerle sin mediar palabra la espada envainada que había llevado consigo.

El gesto y el saludo dieron a conocer la naturaleza del desastre, aunque no así los detalles. Durante un interminable momento, el muchacho observó fijamente la empuñadura de bronce de la espada de Warfield. No hizo falta decir que el arma jamás le habría sido entregada si su dueño siguiera con vida.

Cuando el silencio estuvo a punto de hacerse insoportable a causa de la tensión, Adrian preguntó con voz suave y semblante impasible:

—¿Qué ha ocurrido?

—El feudo de Kirkstall fue atacado hace dos noches; Richard y yo reunimos a la mayor parte de los soldados para salir en persecución de los agresores. Dio la casualidad de que vuestros tres hermanos habían acudido a Warfield para celebrar la Navidad, así que le aseguré a lord Hugh que no había necesidad de que viniera con nosotros, que debería disfrutar de la presencia de sus hijos y su nieto recién nacido. —La voz de sir Walter estaba cargada de culpabilidad—. A mi parecer, la incursión en Kirkstall no fue más que una estratagema para alejarnos del lugar. En nuestra ausencia, Warfield fue atacado antes del amanecer, mientras todo el mundo dormía.

»La fortaleza fue incendiada y todos los que se encontraban en su interior, asesinados. Unos cuantos aldeanos acudieron atraídos por los ruidos de la lucha y observaron lo ocurrido desde el bosque. Vuestro padre y vuestros hermanos lucharon con valentía con las armas que tenían a mano, pero no tuvieron la más mínima oportunidad. Fue una matanza premeditada. —Señaló con un gesto de la cabeza el arma que tenía en las manos—. Encontramos la espada de vuestro padre junto a su cuerpo. Fue una de las pocas cosas que sobrevivió al incendio.

El rostro de Adrian había ido cambiando a medida que avanzaba el relato. Sin el más mínimo movimiento, los ángulos y rasgos de su semblante habían ido conformando una nueva faz que ya no se parecía en nada a la de un joven. El pálido color de su cabello y la blancura del hábito ya no le conferían una apariencia serena; en cambio, la ira lo hacía resplandecer como si de hierro fundido se tratara.

—¿Quién? —preguntó con una voz aún suave, pero con un deje letal que llegó hasta el último rincón de la estancia.

—Guy de Borgoña. —La amargura de sir Walter hizo que el nombre sonara como una imprecación—. Un rufián que intenta construir su propio reino en las tierras fronterizas del norte.

—Se olvidó de dónde estaba y escupió en el suelo—. Puesto que es uno de los más ardorosos partidarios de Esteban, sabe muy bien que el rey no lo castigará. Pero ¿quién habría imaginado que Borgoña se desplazaría tan al sur para asesinar a un barón en su propio feudo?

Adrian se giró para arrodillarse frente al abad William, quien había estado observando en silencio.

—Mi señor abad, debo marcharme de Fontevaile, por mucho que me pese. ¿Me daréis vuestra bendición?

—Desde luego que sí. —Colocó una mano sobre el cabello platino de Adrian y murmuró unas cuantas frases en latín antes de suspirar—. Esfuérzate por conseguir el autodominio, hijo mío. Eres tu más peligroso enemigo.

—Lo sé muy bien. —Adrian se puso en pie y se dio la vuelta; sus ojos grises resplandecían mientras retiraba la espada de su padre de manos de sir Walter y sacaba el arma de la funda. Deslizó con cuidado los dedos sobre la hoja, que tenía un brillo mortífero bajo las manchas de hollín y de sangre, antes de depositar un beso sobre la oscurecida empuñadura, desgastada por la mano de su padre.

Sir Walter jadeó y dio un involuntario paso atrás al verlo, aturdido hasta lo más profundo del alma al percatarse de una semblanza en la que nunca antes había reparado. En ese letal arrebato de furia, Adrian podría haber sido su abuelo materno, el señor de Courcy, un guerrero de fuerza y brutalidad legendarias. La hija de Courcy, lady Eleanor, había sido la dulce y afable señora de Warfield, y sir Walter jamás creyó que llegaría a ver el rostro del padre de la dama en ninguno de sus hijos. Era una reminiscencia sorprendente, y no del todo agradable.

Adrian levantó la cabeza con una mirada igual de mortífera que el acero de su espada.

—Sir Walter, nombradme caballero.

—Pero… no tenéis más que quince años. No estáis preparado, no os habéis bañado ni guardado el ayuno pertinente. —El capitán negó con la cabeza—. El nombramiento de caballero es uno de los momentos más solemnes de la vida. No debe hacerse a la ligera.

—He sido entrenado en el manejo básico de las armas y llevo dos años rezando y purificándome —replicó el muchacho con manifiesta sequedad—. Puede que Borgoña esté tratando de apoderarse de Warfield en este mismo momento, de modo que no hay tiempo que perder. Si voy a estar al mando, debo ser un caballero; así pues, os ruego que seáis vos quien me hagáis los honores.

Sir Walter vaciló un instante, demasiado agotado para tan trascendente decisión. Fue entonces cuando la voz queda de Richard se escuchó desde las sombras.

—Adrian tiene razón. Tiene una difícil labor por delante y debe hacerle frente como un hombre entre sus iguales. —Al ver que sir Walter aún vacilaba, Richard continuó en voz más baja todavía—: Si tú no lo nombras caballero, lo haré yo mismo. Aunque sería más apropiado que lo hicieras tú.

Sir Walter se rindió a esa lógica aplastante. Existían precedentes de nombramientos de jóvenes que acababan de recibir su herencia o de escuderos en vísperas de la batalla, y ambas condiciones se daban en ese momento.

La tradición exigía que se pronunciaran unas cuantas palabras, de modo que se aclaró la garganta y clavó la mirada en el joven que se erguía frente a él con inquietante serenidad.

—Ser nombrado caballero supone un gran privilegio, pero también una gran responsabilidad. Un caballero debe servir a Dios y a la Iglesia, otorgar fidelidad y obediencia a su señor y defender a los más débiles. —Hizo una pausa y Richard se acercó para ceñir la espada de lord Hugh alrededor de la esbelta cintura de su hermano. Sir Walter continuó—: Que Dios os proporcione coraje, sabiduría y fuerza para que podáis vivir y morir con honor. Yo os nombro caballero, sir Adrian. —El capitán le dio el tradicional toque con la espada sobre el hombro y la ceremonia llegó a su fin.

La imagen de un joven que portaba una espada sobre un hábito blanco habría debido resultar incongruente, pero no era así. Richard dio un paso al frente y abrazó a Adrian antes de coger el evangelio del abad de la mesa y pronunciar el juramento formal de fidelidad a su hermano. Cuando le recordaron lo que era de rigor, sir Walter lo imitó.

Tras aceptar con seriedad sus juramentos, Adrian se giró hacia la sencilla imagen del Cristo crucificado que colgaba de la pared y se hincó de rodillas. Sacó la espada de su funda y la alzó frente a él de modo que la cruz conformada por la empuñadura y la hoja quedara alineada con el crucifijo.

—Juro ante Dios y ante los hombres que reconstruiré Warfield y lo convertiré en un lugar más fuerte —dijo con la voz ronca por la emoción—. Y juro que mi familia y todos aquellos que murieron con ella serán vengados, sin importar el tiempo que me lleve y aunque me cueste la vida.

De los tres hombres que escuchaban, solo Richard se dio cuenta de que Adrian no había prometido que «intentaría» reconstruir y vengar Warfield, sino que había hecho la solemne promesa de llevar a cabo su juramento. Conociendo a su hermano como lo conocía, a Richard no le cupo la menor duda de que lo cumpliría.

Ya en el patio, el sirviente del abad acompañó a sir Walter y a Richard hasta la hospedería para que pudieran disfrutar del descanso que tanto necesitaban. Adrian sabía que sería una necedad volver a su jergón; las emociones contradictorias que pugnaban en su interior le impedirían dormir. Echó un vistazo al cielo y esbozó una leve sonrisa desprovista de humor al ver que la luna había desaparecido casi por completo. Se decía que los eclipses auguraban grandes cambios, y en ese caso era totalmente cierto: después de esa noche su vida jamás volvería a ser la misma. Giró a la derecha y atravesó el patio en dirección a la iglesia de la abadía.

El enorme y resonante interior del edificio estaba iluminado tan solo por unas cuantas velas desperdigadas por la estancia y el frío de los muros de piedra desnuda resultaba mucho más acerbo que el viento invernal del exterior. Una hora antes, Adrian había estado allí con el resto de los novicios y el coro de monjes, cantando himnos al Señor. Había encontrado calidez en los cuerpos que se agrupaban en el coro, armonía en sus edificantes voces y paz en la convicción de que pasaría allí el resto de su vida. En esos momentos la paz había desaparecido, quizá para siempre.

Alzó una vela encendida y la llevó hasta la hilera de velas votivas para prender una en memoria de su padre, lord Hugh de Warfield. El barón había sido un hombre severo y tosco que inspiraba más respeto que amor, pero que creía en el honor y que había cumplido su deber con arreglo a sus creencias.

Encendió tres velas más por su hermano mayor, también llamado Hugh, y por la esposa y el bebé de este, que habían muerto con él el día de Navidad. El joven Hugh había sido la viva imagen de su padre y, como heredero de Warfield, un hombre más que arrogante. No obstante, también se había comportado con innegable valentía y los hombres de Borgoña pagarían muy cara su muerte.

Otra de las velas fue para Amaury de Lancey, un año más joven que Hugh. Resentido por no haber sido más que un hijo menor sin propiedades, el objetivo principal de Amaury había consistido en demostrar que igualaba a su hermano mayor en todo y, para bien o para mal, así había sido.

Baldwin era el menor de los tres hermanos muertos. Tenía la misma edad que Richard y siempre había tratado al bastardo con desdén. Cuán irónico era que su despreciado hermanastro hubiera sobrevivido gracias al hecho de haber salido en pos de los asaltantes bajo el riguroso clima de diciembre mientras que los Lancey legítimos disfrutaban de las fiestas navideñas.

Adrian respiró hondo y percibió la tenue fragancia del incienso y la esencia acre del sebo quemado. ¿Sería infame sentirse agradecido por el hecho de que el único superviviente de su familia fuera Richard, el hermano que más quería?

Esbozó una sonrisa carente de humor. Tal vez fuera perverso, pero no podía negar lo que sentía.

Después, como era su costumbre, encendió una vela por su madre, aunque era muy probable que su alma no necesitara plegarias. No obstante, pronunció una humilde oración para rogar el perdón de Dios. Tras la muerte de lady Eleanor el año anterior, demasiado repentina como para que hubiera podido acudir a su lado, se había enfurecido con el Señor por llevarse tan pronto a una mujer tan bondadosa. Debería haber tenido más fe; en esos momentos comprendía que había sido la misericordia de Dios lo que había hecho que su madre muriera pronta y tranquilamente, en lugar de fallecer entre las llamas de Warfield, rodeada por los gritos agónicos de su familia y sus sirvientes.

A la postre y con una expresión torva, Adrian encendió todas las velas que restaban hasta que el resplandor de las decenas de llamas desafió la oscuridad con su calidez y su luz. Eran para los cocineros y sus ayudantes, para los mozos de cuadra y los centinelas que habían muerto a manos de Borgoña y sus hombres. Que Dios se apiadara de sus almas. Tenían derecho a esperar la protección de su señor y lord Hugh les había fallado. Rogó a Dios que a él no le ocurriera lo mismo.

Con el quedo golpeteo de sus sandalias, atravesó la nave en dirección a la capilla de la Virgen, donde una vela iluminaba la figura de la Santa Madre. Siempre le había encantado esa capilla, porque el apacible rostro de María poseía una serenidad atemporal que le recordaba al de su propia madre y a todo lo que era dulce y puro en la vida. El hecho de que los hombres utilizaran el término «Santa Madre Iglesia» encerraba una verdad innegable, ya que la Iglesia era el origen de la civilización y de la compasión entre los pueblos, del mismo modo que las mujeres eran la fuente de la clemencia y de la ternura de la que bebían los hombres.

Se arrodilló y dejó la espada ante el altar. Por lo general, los aspirantes a caballero rezaban junto a sus armas durante la noche previa a la ceremonia de investidura para pedir la fuerza y la humildad necesarias, pero él invirtió el orden. Inclinó la cabeza, se cubrió el rostro con las manos e inspiró larga y entrecortadamente, ajeno al frío de la piedra bajo sus rodillas.

Mientras intentaba rezar, pasaron por su mente fragmentos de recuerdos y sentimientos, planes de futuro que pugnaban con sus turbulentas emociones. Debía presentar una queja ante el rey por el sanguinario comportamiento de Borgoña. Esteban no castigaría a uno de sus favoritos, pero quizá se sintiera lo bastante culpable como para disminuir o renunciar a la suma que Adrian tendría que pagar por el derecho a recibir su herencia. Todo el dinero que ahorrara sería útil, ya que debía reconstruir Warfield con piedra y no con madera, para que jamás volviera a arder. Y en otro lugar.

Adrian había indicado en una ocasión que el antiguo castillo era demasiado vulnerable, pero lord Hugh había contestado con un bufido ante el hecho de que un simple muchacho cuestionara el buen juicio de su padre.

No obstante, los tributos y los castillos eran problemas mundanos, con una solución posible. Lo que no tenía solución era el hecho de que se había convertido en barón con poder sobre la vida y la muerte de centenares de hombres, mujeres y niños. La vida de un monje no era sencilla, pero sí simple, y en Fontevaile habría podido controlar el lado siniestro y destructivo de su naturaleza.

Su madre había llegado a vislumbrar el salvaje carácter de su progenitor en él y había hecho lo posible por aplacarlo, dándole ejemplo con amor y amabilidad. Había sido ella quien aconsejó que abrazara la vida eclesiástica. Él había reconocido la sabiduría del consejo de su madre, porque siendo apenas un niño, mientras practicaba con la lanza y la espada, ya saboreaba las insidiosas delicias de la sed de sangre. Así pues, había aprendido desde muy temprana edad a mantener un rígido control sobre sus actos. Durante un tiempo había creído que podría compaginar las facetas de guerrero y hombre de Dios. Pero los primeros indicios de virilidad habían intensificado sus pasiones y lo habían convencido de que su capacidad para la violencia excedía con mucho su habilidad para controlarla.

Adrian dejó escapar el aire de sus pulmones y su aliento se condensó en el gélido ambiente mientras pensaba en todo lo que iba a perder: no solo su forma de vida, sino posiblemente también su alma. Había tomado los hábitos creyendo que era su única esperanza de llevar una vida decente, y solo tras renunciar al mundo había encontrado satisfacción.

Más que satisfacción, se había sentido feliz al saber que pasaría el resto de su vida trabajando y rezando en Fontevaile, entre el silencio y los cantos de alabanza, rodeado de sabiduría y belleza. Allí había pocas tentaciones mundanas; las grandes batallas eran las del espíritu y solo las conocía el confesor, si bien la privacidad no les restaba importancia. La lujuria, el orgullo y la ira formaban parte de él e incluso recluido en un monasterio, lejos de las tentaciones, había descubierto que eran oponentes de una fuerza y un peligro avasalladores.

Pero en esos momentos el mundo lo había reclamado. Los mismos pecados contra los que luchaba eran a menudo idolatrados por los seglares, quienes consideraban el orgullo como algo innato en los nobles; la ira, una virtud en un guerrero; la lujuria desatada, una prueba de virilidad. Sería tan fácil, tan extremadamente fácil, convertirse en un monstruo como el señor de Courcy… Adrian era muy consciente de que bajo el aturdimiento que lo embargaba, bajo el dolor y el pesar que le causaba la muerte de su familia, yacía una euforia salvaje que Dios no habría considerado digna de Fontevaile.

Se tumbó en el suelo frente al altar, con la gélida piedra rozándole la mejilla, y rezó en busca de la fuerza que necesitaría para la lucha que tenía por delante. No para defender su patrimonio, ni para reconstruir Warfield, ni para proteger a la gente que estaba a su cuidado. Sabía que esas cosas podría hacerlas.

La verdadera prueba, aquella para la que Adrian temía no estar a la altura, era dominarse a sí mismo.

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