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El sol era una deslumbrante bola blanca cuya luz se colaba por la ventana y convertía el diminuto salón de Chloe en un horno. Mientras se acercaba a Bethany Bridges notó que un fino reguero de sudor le resbalaba despacio por la columna, como un pequeño escarabajo bajo el vestido de algodón. Insertó un alfiler en un pliegue de la gruesa seda blanca, tiró del tejido con fuerza contra la piel de Bethany y la chica, sobresaltada, lanzó un grito ahogado.
Hacía demasiado calor para trabajar, pensó Chloe mientras se apartaba y se retiraba algunos mechones de cabello rubio y fino de la frente. Demasiado calor sin duda para estar en aquella habitación mal ventilada, encorsetando a una angustiada chica con sobrepeso en un vestido de boda que por lo menos le iba dos tallas pequeño. Consultó su reloj por enésima vez y sintió un arrebato de emoción. Ya casi era la hora. En pocos minutos llegaría el taxi, acabaría su tortura y sus vacaciones empezarían oficialmente. Se sintió desfallecer de ganas; de una imperiosa necesidad de escapar. Sólo sería una semana, pero con eso bastaba. Tenía que bastar con una semana, ¿no?
«Lejos —pensó mientras cerraba los ojos durante unos instantes—. Lejos de todo.» Tenía tantas ganas que casi le entraba vértigo.
—Bueno —dijo, abriendo los ojos y parpadeando. Por un momento casi olvidó lo que estaba haciendo, no sintiendo más que calor y cansancio. La noche anterior se había quedado levantada hasta las dos, haciendo el dobladillo de tres diminutos vestidos de dama de honor, un encargo de última hora. Todavía le parecía que la horrible tela de seda estampada en rosa, elegida por la novia, le bailaba delante de los ojos; todavía le dolían los dedos de los pinchazos.
—Bueno —repitió, intentando armarse de profesionalidad. Fue pasando la vista por la carne húmeda de Bethany, que sobresalía por la parte superior del traje de novia como una masa de bizcocho que ha subido más de la cuenta, e hizo una mueca para sus adentros. Se volvió hacia la madre de la chica, sentada en el pequeño sofá, observando la escena con los labios fruncidos—. Es todo lo que lo puedo ensanchar, pero sigue yéndole un poco apretado... ¿Cómo te sientes, Bethany?
Las dos mujeres miraron a Bethany, cuyo rostro se estaba poniendo morado por momentos.
—No puedo respirar —dijo, tragando saliva—. Las costillas...
—Le irá bien —dijo la señora Bridges entrecerrando ligeramente los ojos—. No tienes más que ponerte a dieta, Bethany.
—Me estoy mareando —musitó la joven—. De verdad, no puedo respirar.
Miró con desesperación silenciosa a Chloe, quien a su vez sonrió con diplomacia a la señora Bridges.
—Sé que este vestido es muy especial para usted y su familia, pero realmente es demasiado pequeño para Bethany...
—¡El vestido no es demasiado pequeño! —espetó la señora Bridges—. ¡Ella es demasiado grande! Cuando yo llevé ese vestido tenía cinco años más que ella ahora. Y me quedaba holgado en las caderas, te lo aseguro.
Sin querer, Chloe desvió la mirada hacia las caderas de Bethany, que presionaban espantosamente contra las costuras del vestido como una enorme masa de budín.
—Pues a mí no me va holgado —declaró Bethany con rotundidad—. Me queda fatal, ¿a que sí?
—¡No! —exclamó Chloe de repente—. Por supuesto que no. Es un vestido precioso. Lo que pasa... —carraspeó—... es que te va un poco justo en las mangas y... quizá en la cintura.
La interrumpió un sonido en la puerta.
—¡Mamá! —Sam asomó la cabeza—. Mamá, el taxi está aquí. ¡Y yo me estoy asando! —Se secó el sudor de la frente aspaventosamente con la camiseta, dejando al aire el vientre bronceado y terso.
—¿Ya? —dijo Chloe, consultando la hora—. Bueno, díselo a papá, ¿vale?
—De acuerdo —respondió Sam. Desvió la mirada hacia el cuerpo embutido de Bethany y su rostro de dieciséis años empezó a traslucir un regocijo siniestro.
—Sí, gracias, Sam —se apresuró a decir Chloe antes de que él soltara cualquier cosa—. Ve... ve a decirle a papá que el taxi está aquí, ¿vale? Y mira a ver qué está haciendo Nat.
La puerta se cerró detrás de él y Chloe respiró aliviada.
—Bueno —dijo sin darle importancia—, tengo que marcharme, así que quizá podríamos dejarlo por hoy. Si sigues queriendo llevar este vestido...
—Acabará entrando en él —la cortó la señora Bridges con una amenaza velada en la voz—.Tendrá que esforzarse. No se puede tener todo, ¿sabes? —De repente se volvió hacia Bethany—. ¡No puedes comer pastel de chocolate todas las noches y tener una talla cuarenta!
—Pues hay gente que sí —respondió Bethany abatida—. Kirsten Davis come lo que quiere y tiene una talla treinta y seis.
—Pues es afortunada —replicó la señora Bridges—. La mayoría de las mujeres no lo somos tanto. Tenemos que elegir. Tenemos que practicar el autocontrol. Tenemos que hacer sacrificios en la vida. ¿Verdad que sí, Chloe?
—Pues... —repuso Chloe—. Supongo que sí. Bueno, como iba diciendo, resulta que hoy me voy de vacaciones, y el taxi que nos lleva a Gatwick acaba de llegar. Así que podríamos concertar...
—No querrás parecer una enorme foca el día de tu boda,¿verdad? —exclamó la señora Bridges. Para horror de Chloe se levantó y empezó a pellizcar la fofa carne de su hija—. ¡Mira todo esto! ¿De dónde ha salido?
—¡Ay! —se quejó Bethany—. ¡Mamá!
—Señora Bridges...
—¡Querrás parecer una princesa! Todas las chicas se esfuerzan por estar radiantes el día de su boda. Seguro que tú te esforzaste, ¿verdad? —La mirada penetrante de la señora Bridges se posó en Chloe—. Estoy segura de que te esforzaste por estar lo más guapa posible el día de tu boda, ¿verdad?—insistió
—Pues —repuso Chloe—... En realidad...
—¿Chloe? —La mata de pelo rizado y moreno de Philip asomó por la puerta—. Siento molestar... pero tenemos que marcharnos. El taxi está aquí...
—Ya lo sé —dijo Chloe, intentando disimular la tensión que sentía—. Ya lo sé. Ahora voy.
«Cuando consiga librarme de estas dichosas mujeres que llegan media hora tarde y no captan las indirectas», le transmitió con la mirada, y Philip le respondió asintiendo con la cabeza de forma imperceptible.
—¿Cómo era tu traje de novia? —preguntó Bethany soñadora cuando él desapareció—. Seguro que era precioso.
—Nunca me he casado —respondió Chloe mientras cogía la caja de alfileres. Si lograra desembutir a la chica del vestido...
—¡Cómo! —La señora Bridges lanzó una mirada fulminante a Bethany y luego recorrió con los ojos la habitación, llena de trozos de seda y gasa para trajes de novia—. ¿Qué quieres decir con eso de que nunca te has casado? ¿Y entonces quién es ése?
—Philip es mi pareja desde hace mucho tiempo —respondió Chloe obligándose a mostrarse educada—. Hace trece años que vivimos juntos. —Sonrió a la señora Bridges—. Más que muchos matrimonios.
«¿Y por qué demonios le tengo que dar explicaciones?», pensó furiosa. «Porque tres pruebas para el traje de Bethany más seis vestidos para las damas de honor son más de mil libras —se respondió rápidamente en su interior—. Y sólo tengo que ser educada diez minutos más. Puedo soportar diez minutos. Luego se marcharán... y yo también. Toda la semana. Sin llamadas de teléfono, sin periódicos, sin preocupaciones. Nadie sabrá siquiera dónde estamos.»
En el aeropuerto de Gatwick hacía tanto calor y estaba tan abarrotado y ruidoso como siempre. Los pasajeros de los vuelos chárter guardaban cola apoyados resignadamente en los carritos; los niños gimoteaban y los bebés lloraban. Unas voces anunciaban retraso tras retraso por megafonía con voz casi triunfante.
Todo eso rodeaba a Hugh Stratton mientras esperaba en el mostrador de facturación de clase Club de Regent Airways. Se palpó el bolsillo interior de la americana de lino, extrajo cuatro pasaportes y se los tendió a la chica que les atendía.
—Viaja usted con...
—Mi mujer e hijas. —Hugh señaló a Amanda, que estaba un poco más atrás, con las dos niñas pequeñas agarradas a una de sus piernas. Tenía el teléfono móvil pegado a una oreja; cuando notó que su marido la miraba, alzó la vista y se acercó al mostrador.
—Amanda Stratton. Y ellas son nuestras hijas, Octavia y Beatrice.
—Perfecto —dijo la chica con una sonrisa—. Tengo que comprobarlo.
—Perdona, Penny —se disculpó Amanda por el móvil—. Ahora, antes de que me vaya, repasemos los colores del segundo dormitorio...
—Aquí tiene sus tarjetas de embarque —le sonrió la chica a Hugh mientras le tendía el fajo de tarjetas—. La sala de la clase Club está en la planta de arriba. Que tengan un buen vuelo.
—Gracias —respondió Hugh—. Seguro que sí. —Devolvió la sonrisa a la chica, se dio la vuelta, se guardó las tarjetas de embarque en el bolsillo y se acercó a Amanda. Ésta seguía hablando por el móvil, y parecía no darse cuenta de que se había metido justo en medio de la cola de facturación de los pasajeros de clase turista. Familia tras familia la esquivaban, los hombres le miraban las largas piernas bronceadas, las chicas observaban con envidia su vestido de diseño, las abuelas sonreían a Octavia y Beatrice con sus vestiditos de tela vaquera con canesú de nido de abeja. Su familia parecía sacada del suplemento a color de una revista, pensó Hugh desapasionadamente. Sin imperfecciones; todo en su sitio.
—Sí —estaba diciendo Amanda cuando él se le acercó. Se pasó la mano por el pelo corto, moreno y lustroso y luego se miró las uñas, impecables—. Bueno, siempre y cuando la ropa de cama llegue a tiempo...
«Un momento», le dijo a Hugh moviendo los labios, quien asintió y abrió su ejemplar del Financial Times. Si estaba hablando con la interiorista, tenía para rato.
Hacía poco que se había enterado de que varias habitaciones de su casa de Richmond iban a ser redecoradas mientras estaban en España. Hugh todavía no sabía a ciencia cierta de qué habitaciones se trataba. Tampoco sabía muy bien por qué algunas partes de la casa necesitaban tan pronto un retoque, al fin y al cabo habían reconstruido y redecorado la casa por completo cuando la compraron, hacía tres años. El papel pintado no se estropeaba tan rápido, ¿no?Pero cuando Amanda le informó del proyecto de remodelación de la casa, era obvio que la decisión importante—hacerlo o no hacerlo— ya estaba tomada, presumiblemente por alguien de rango superior al de él. También había quedado más claro que el agua que él sólo participaba a título informativo, sin poder de veto. De hecho, sin ningún tipo de poder.
Hugh Stratton era director de Estrategia Corporativa de una empresa grande y dinámica. Tenía aparcamiento reservado delante del edificio, una secretaria personal respetuosa, y una veintena de ejecutivos jóvenes y ambiciosos que lo admiraban. Hugh Stratton era considerado uno de los mejores expertos en estrategia comercial del mundo empresarial. Cuando él hablaba, los demás escuchaban. En su casa no era así. Allí se sentía como un accionista de la familia de tercera generación. Alguien a quien se permitía permanecer en la junta directiva por sentimentalismo y por el apellido familiar, pero que, sinceramente, la mayor parte del tiempo era una carga.
—Vale, de acuerdo —decía Amanda—. Te llamaré a lo largo de la semana. Ciao. —Guardó el móvil en el bolso y miró a Hugh—. ¡Bueno, perdona!
—No te preocupes; no pasa nada —dijo éste educadamente—. Tranquila.
Se produjo un breve silencio durante el cual se sintió tan incómodo como un anfitrión incapaz de llenar el silencio en una cena organizada por él. Pero aquello era ridículo. Amanda era su esposa. La madre de sus hijas.
—Así pues... —dijo antes de carraspear.
—Ahora... vamos a encontrarnos con la niñera —dijo Amanda consultando su reloj—. Espero que sea buena.
—La chica de Sarah la recomendó, ¿no? —dijo Hugh aprovechando rápidamente el tema de conversación.
—Sí —repuso Amanda—. Pero estos australianos se recomiendan los unos a los otros. Eso no significa que sean buenos.
—Estoy seguro de que lo será —dijo Hugh intentando sonar más convencido de lo que lo estaba. Esperaba que no pasara como con la chica ucraniana que habían cogido una vez como au pair; que lloraba por las noches en su habitación y que se acabó marchando al cabo de una semana.Hugh seguía sin saber exactamente por qué, como a la chica no le había dado tiempo de empezar a estudiar inglés, su última llorosa lamentación había sido en ruso.
—Eso espero. —Amanda le dijo en un tono que no presagiaba nada bueno y que Hugh sabía exactamente qué significaba:«Podríamos haber ido al Club Med, donde el servicio de canguro está incluido y evitarnos así todas estas molestias». Significaba: «Más vale que el chalet esté a la altura de las expectativas». Significaba: «Si algo sale mal, te echaré a ti la culpa».
—Bueno —se apresuró a decir Hugh—. ¿Te... apetece tomar un café? ¿O hacer alguna compra?
—De hecho me acabo de dar cuenta de que me he dejado el neceser de maquillaje en casa. —Amanda arqueó ligeramente las cejas—. Qué engorro. Esta mañana tenía la cabeza en otro sitio.
—¡De acuerdo! —exclamó su marido entusiasta—. Proyecto maquillaje. —Dedicó una sonrisa a Octavia y a Beatrice—. ¿Ayudamos a mamá a escoger maquillaje nuevo?
—No tengo que escoger nada —aclaró Amanda en cuanto empezaron a caminar—. Siempre uso lo mismo. Barra de labios y base de Chanel, perfilador de ojos y rímel de Lancôme, sombra de ojos número 89 de Bourjois... Octavia por favor, deja de empujar. Menos mal que sí me acordé del bronceador... Octavia, ¡deja de empujar a Beatrice! —Alzó la voz exasperada—. Estas niñas...
—Oye, ¿qué te parece si me las llevo a algún sitio mientras tú compras? —sugirió Hugh—. ¿Beatrice? ¿Quieres venir con papá?
Tendió la mano a su hija de dos años, la cual emitió un pequeño lamento y se aferró a la pierna de su madre.
—No te molestes —dijo Amanda poniendo los ojos en blanco—. Entraremos en Boots e iremos rápido. Aunque no sé qué voy a hacer si no tienen productos de Chanel...
—Pasar —dijo Hugh, y recorrió con un dedo el pómulo ligeramente bronceado de Amanda—. No ponerte nada.
La mujer se quedó mirándolo desconcertada.
—¿No ponerme nada? ¿A qué demonios te refieres?
—Déjalo —respondió Hugh tras una pausa, esbozando una sonrisa—. Era una bromita.
El sol parecía estar burlándose de Philip mientras éste, bajo un calor abrasador, le iba pasando maletas al sudoroso taxista. Estaba siendo el mes de julio más caluroso de los últimos veinte años en Gran Bretaña: día tras día hacía un calor mediterráneo que había sorprendido agradablemente a la nación. ¿Para qué ir al extranjero?, preguntaba la gente con petulancia. ¿Para qué demonios ir al extranjero? Y ahí estaban ellos, a punto de tomar el avión hacia un chalet desconocido en España.
—¿Alguna maleta más? —preguntó el taxista, de pie y secándose la frente.
—No lo sé —respondió Philip antes de volverse hacia la casa—. ¿Chloe?
No hubo respuesta. Philip dio medio paso hacia la casa, pero se detuvo embargado por la apatía que le producía la temperatura. Estaba demasiado acalorado como para recorrer tres metros. No digamos ya miles de kilómetros. ¿Qué demonios iban a hacer? ¿En qué estaban pensando cuando planearon unas vacaciones, nada más y nada menos que en España?
—No hay prisa —comentó el taxista tranquilamente, y se apoyó en el coche.
Pasó una niña con patines y observó a Philip con extrañeza por encima del helado que se estaba comiendo. Philip se dio cuenta de que la había mirado resentido. Sin duda esa niña iba camino del refugio que suponía un jardín fresco y sombreado. Algún agradable y verde jardín inglés, mientras que él se veía obligado a esperar allí de pie, bajo un calor sofocante, con la única perspectiva de viajar apretujado en un Ford Fiesta sin aire acondicionado, y a continuación subirse a un avión abarrotado. ¿Y luego qué?
—El paraíso —había dicho Gerard sobre el chalet, balanceando una copa de coñac en el aire—. Puro paraíso andaluz, queridos. Os encantará. —Pero claro, Gerard era catador de vinos: palabras como «paraíso», «néctar» y «ambrosía» salían de su boca con toda naturalidad. Si era capaz de describir un sofá normal y corriente de Hábitat como «trascendental», ¿qué podía esperarse entonces de aquel chalet paradisíaco? Todo el mundo sabía lo muy desorganizado que era Gerard, lo totalmente negado que era para las cuestiones prácticas. Decía ser disléxico para el bricolaje, incapaz de cambiar un enchufe y mucho menos de empuñar un martillo.
«¿Qué es un taco exactamente?», era capaz de preguntar a sus invitados arqueando las cejas y esperando un estallido de carcajadas. Cuando uno se encontraba en su lujoso apartamento de Holland Park, bebiendo vino caro, esa ignorancia parecía un elemento más de su divertido amaneramiento. Pero ¿qué presagiaba para sus vacaciones? Philip empezó a pensar en desagües obstruidos y yeso agrietado y frunció el cejo angustiado. Quizá no fuera demasiado tarde para echarse atrás. Por el amor de Dios, ¿qué podían aportarles esas vacaciones que no pudiera conseguirse fácilmente, y por mucho menos dinero, con un par de excursiones de un día a Brighton y con una cena en un bar de tapas?
Al pensar en el dinero, el corazón le empezó a palpitar de prisa. Respiró hondo, pero un atisbo de pánico reprimido empezaba a transitar por su cabeza buscando un lugar donde alojarse. ¿Cuánto dinero se gastarían en esas vacaciones?¿Por cuánto les saldría después de todas las excursiones y extras?
No tanto, se recordó con firmeza, por enésima vez. No mucho comparado con las extravagancias de otras personas. Si no había imprevistos, serían unas vacaciones modestas y poco ambiciosas. Pero ¿cuánto duraría la falta de imprevistos? Un espasmo de miedo lo atenazó y cerró los ojos en un intento por calmarse. Trató de ahuyentar los pensamientos que lo asaltaban siempre que bajaba la guardia. Le había dado su palabra a Chloe de que esa semana intentaría relajarse; habían acordado que ni siquiera lo mencionarían...
Sería una semana de evasión en todos los sentidos. Lo necesitaban como agua de mayo. El taxista encendió un pitillo. Philip reprimió el deseo de pedirle uno y miró la hora. Todavía tenían tiempo de sobra para tomar el avión pero aun así...
—¡Chloe! —llamó al tiempo que daba un nuevo paso hacia la casa—. ¡Sam! ¿Venís?
Se produjo un largo silencio durante el cual le dio la impresión de que el sol le caía sobre la cabeza con más fuerza que nunca. Entonces Sam apareció por la puerta delantera, seguido de cerca por Nat, de ocho años. Los dos llevaban pantalones de surf cortos y holgados y gafas de sol aerodinámicas, además de caminar ambos con el pavoneo típico de la juventud.
—¿Todo bien? —preguntó Sam al taxista con toda confianza—. ¿Todo bien, papá?
—¿Todo bien? —repitió Nat con voz aguda.
Los muchachos tiraron las bolsas en el maletero y fueron a sentarse en el muro del jardín con los auriculares en las orejas.
—Chicos —dijo Philip—. Nat, Sam, ¿queréis entrar en el coche, por favor?
Silencio. Era como si Nat y Sam estuvieran en otro planeta.
—¡Chicos! —repitió Philip levantando la voz considerablemente.Se encontró con la mirada sardónica del taxista y rápidamente apartó la cabeza—. ¡Subid al coche!
—No hay prisa —dijo Sam encogiéndose de hombros.
—Sam, estamos a punto de marcharnos de vacaciones. El avión sale dentro de... —Philip no acabó la frase y miró su reloj con poco convencimiento—. Bueno, eso da lo mismo.
—Mamá todavía no está aquí —observó Sam—. Podemos subir cuando llegue. No hay problema. —Se acomodó otra vez en el muro y Philip se lo quedó mirando durante unos instantes, un tanto impresionado a pesar de su enfado. Lo cierto era, pensó, que Sam no se mostraba impertinente ni ponía impedimentos a propósito, sencillamente consideraba que su opinión era tan válida como la de cualquier adulto. Con dieciséis años, opinaba que el mundo era tan suyo como de los demás. O tal vez más. Quizá tuviera razón, pensó Philip malhumorado. Quizá el mundo fuera de los jóvenes, con su jerga informática y esos columnistas adolescentes y millonarios gracias a Internet; con su exigencia de velocidad, novedad e inmediatez. Todo era inmediato, todo era en línea, todo era fácil. Y los humanos lentos e innecesarios se desechaban, como piezas de hardware obsoleto.
Philip empezó a experimentar un conocido desasosiego y, para distraerse, comprobó que llevaba todos los pasaportes en el bolsillo interior de la chaqueta. Por lo menos todavía no los habían informatizado, pensó con saña. Eran verdaderos, materiales e irreemplazables. Los hojeó despreocupadamente, mirando cada fotografía. Él, hacía un año pero con un aspecto diez años más joven que en la actualidad. Nat, a los cuatro años, con unos ojos enormes y recelosos. Chloe, que aparentaba dieciséis, con los mismos ojos azules de Nat y el mismo pelo rubio y fino. Sam con doce años, con la cara tostada por el sol, sonriendo tranquilamente a la cámara. «Samuel Alexander Murray», decía el pasaporte.
Philip se quedó pensativo un momento observando el rostro descarado de Sam a los doce años con una punzada de cariño. Samuel Alexander Murray. S.A.M. Le habían cambiado legalmente el nombre de Harding cuando tenía siete años, cuando Chloe se quedó embarazada de Nat.
—No quiero que mis hijos tengan apellidos distintos —había dicho ella con voz quejumbrosa e influida por las hormonas—. No quiero que sean distintos. Y ahora tú eres el padre de Sam. Lo eres.
—Por supuesto que sí —había dicho Philip tomándola entre sus brazos—. Por supuesto que soy su padre. Yo lo sé y Sam lo sabe. Pero cómo se llame es... irrelevante.
—Me da igual. Yo quiero cambiarlo. —Se le habían empañado los ojos de lágrimas—. De verdad lo quiero, Philip.
Así pues, lo habían cambiado. Por una cuestión de cortesía, Chloe se había puesto en contacto con el verdadero padre de Sam, que entonces era profesor en Ciudad del Cabo, para contarle lo del cambio de apellido. Le respondió brevemente que le daba igual cómo se llamara el niño y que agradecería a Chloe que cumpliera su parte del trato y no volviera a ponerse en contacto con él.
Así que habían presentado la solicitud y habían inscrito a Sam con el apellido de Murray. Y para sorpresa de Philip, por superficial que fuera el cambio, se había dado cuenta de que el hecho de que un niño de siete años, sin lazos de sangre con él, llevara su apellido, le había afectado de forma curiosa. Incluso habían abierto una botella de champán para celebrarlo. Supuso que, en cierto modo, era lo más cercano a una boda que habían tenido.
Sus pensamientos se interrumpieron cuando la puerta delantera se abrió y vio a Chloe acompañando fuera a las últimas clientas, una chica pelirroja con pantalones cortos y una madre mordaz que lo miró con suspicacia durante unos instantes. Al lado de ellas, Chloe, con su vestido de algodón holgado, se veía moderna y serena.
—Piénsatelo, Bethany —decía—. Adiós, señora Bridges. Encantada de verla otra vez.
Se produjo un silencio cortés mientras la mujer y su hija caminaban hacia el Volvo. En cuanto hubieron cerrado las puertas del coche, Chloe soltó un suspiro.
—¡Por fin! —Levantó la mirada hacia Philip con el semblante iluminado—. ¡Por fin! No me puedo creer que haya llegado el momento.
—O sea que sigues teniendo ganas de ir —dijo Philip. Se dio cuenta de que en realidad estaba bromeando sólo a medias.
—Mira que eres bobo. —Chloe le sonrió—. Voy a buscar la maleta...
Desapareció en el interior de la casa y Philip miró a Sam y a Nat.
—Bueno, chicos. Ahora podéis entrar en el taxi u os podéis quedar aquí. Como queráis.
Nat miró a su hermano mayor con nerviosismo. Se produjo una especie de pausa antes de que Sam se levantara como quien no quiere la cosa, se sacudiera como un perro y se dirigiera con toda parsimonia a la puerta de la parte trasera del taxi. Nat lo siguió con un claro suspiro de alivio, se sentó y se abrochó el cinturón de seguridad. El taxista puso en marcha el vehículo y la voz jovial de un pinchadiscos atravesó el aire sereno de la calle.
—¡Listos! —Chloe apareció junto a Philip, ligeramente sofocada y con una gran bolsa de viaje—. ¡Ya he cerrado con llave, así que ya podemos irnos! Rumbo a España.
—¡Perfecto! —exclamó Philip intentando parecer igual de entusiasmado—. Rumbo a España.
Chloe lo miró.
—Philip... —empezó a decir. Suspiró—. Me prometiste que intentarías...
—Pasarlo bien.
—¡Sí! ¿Por qué no, para variar?
Se hizo el silencio.
—Lo siento —se disculpó Chloe y se frotó la frente—. No es justo. Pero... lo cierto es que necesito estas vacaciones, Philip. Nos hacen falta a los dos. Tenemos que alejarnos de casa y... de la gente... y...
—Y... —dijo Philip sin acabar la frase.
—Sí —afirmó Chloe, mirándolo directamente a los ojos—. Sobre todo eso. Sólo una semana, ni siquiera quiero pensar sobre el tema.
Oyeron un avión sobrevolando la zona y, aunque estaban habituados a vivir en una vía de tráfico aéreo, sin querer alzaron la vista para mirarlo.
—Supongo que eres consciente de que el informe se publicará esta semana —le recordó Philip mientras observaba el cielo azul—. Se tomará una decisión, sea la que sea.
—Lo sé —respondió Chloe—. Y supongo que tú eres consciente de que no puedes hacer nada al respecto. Aparte de preocuparte, obsesionarte y hacer que te salgan más úlceras.—De repente frunció el cejo—. ¿Llevas el teléfono móvil?
Philip vaciló antes de sacarlo del bolsillo. Chloe se lo quitó, recorrió el camino de entrada hasta la casa y lo introdujo en el buzón.
—Hablo en serio, Philip —dijo cuando volvió—. No voy a permitir que nada nos estropee estas vacaciones. Venga.—Se acercó al taxi y abrió la puerta—. Vámonos.