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Prólogo
Londres, abril de 1814
El padrino de una joven dama en la Corte ha de ser una persona intachable. Si la familia de la dama no lo es, debería tener el buen sentido común de no estar presente durante el acto de presentación de la joven en sociedad.
Señorita Cicely Tremaine,
La institutriz ideal.
Guía para preceptoras, carabinas
y tutoras de jóvenes damas
Desde el lugar donde estaba emplazado, no conseguía ver nada de lo que sucedía ahí dentro.
Marcus North, el sexto vizconde Draker, se levantó del banco de mármol y cruzó la terraza para otear la sala de fiestas a través de las puertas de cristal. Mucho mejor. Qué pena que no pudiera quedarse allí demasiado rato, pero era demasiado arriesgado. Alguien podría verlo. Y evidentemente, no sería nada elegante que lo pillaran fisgoneando como un espía francés.
—Pero ¿se puede saber qué estás haciendo? —preguntó una voz detrás de él.
Marcus se dio la vuelta y vio a su hermanastro, que lo miraba con un evidente porte molesto mientras ascendía por la escalinata del jardín de su nueva mansión en la ciudad. Se había arriesgado demasiado, y finalmente lo habían descubierto.
Alexander Black, el conde de Iversley, se presentó en la terraza.
—Pensaba que habías regresado a Castlemaine hace un par de horas.
—Y lo hice —se excusó Marcus al tiempo que regresaba al banco de mármol y asía la copa llena de vino de Madeira que había dejado allí—. Pero a medio camino de Hertfordshire, decidí regresar.
—¿Por qué?
—Para asegurarme de que todo salía bien —alegó al tiempo que tomaba un sorbo de vino.
—¿Y de no ser así? ¿Qué piensas hacer? ¿Irrumpir en la sala y tomar las riendas de la situación?
—Muy gracioso. —Marcus clavó nuevamente la mirada en la sala de fiestas de Iversley a través de las puertas de cristal. Empezaban a llegar los invitados, y en el centro de la sala se hallaba su querida hermanastra.
Por unos breves instantes, sostuvo la respiración. Únicamente avistaba la cabeza de Louisa, fabulosamente coronada por un peinado a la última moda y adornada con una enorme pluma de avestruz. Estaba radiante. Y parecía toda una mujer. Con esos ojos oscuros, a juego con su melena, era la viva imagen de su madre, y eso no podía ser bueno.
Marcus apuró el contenido de la copa. A fin de cuentas, ¿qué sabían Iversley y su esposa Katherine acerca del arte de presentar a una joven en sociedad? Especialmente a una dama con un hermano al que esa misma sociedad despreciaba y sólo se refería a él para criticarlo.
Apartó la vista de las vidrieras.
—¿Qué tal ha ido la presentación de Louisa en la Corte?
—A pedir de boca. No ha tropezado con esa ridícula cola larguísima que deben llevar las jóvenes, y según Katherine, eso es precisamente el mayor temor de una chica.
Cuando la multitud se apartó lo suficiente como para dejar entrever el entalladísimo vestido de Louisa, Marcus se arrepintió del día en que accedió a que fuera presentada en sociedad. Lo cierto es que con esa apariencia parecía más una mujer de veinticinco años casada que una jovencita de tan sólo diecinueve años.
—¡Qué vestido tan horroroso! Enseña demasiado.
—Ya, pero la moda dicta lucir escotes que muestren hasta el ombligo —añadió una voz familiar que provenía de detrás de Iversley—. El de Louisa es modesto, en comparación.
—¿Qué diantre estás haciendo aquí? —preguntó Marcus mientras su otro hermanastro, Gavin Byrne, emergía de las sombras con una copa de champán en la mano—. Es mi hermana, no la tuya.
Byrne se encogió de hombros.
—El debut de Louisa era parte de nuestro pacto cuando sellamos la Real Hermandad de los Bastardos. Lo menos que podía hacer era asistir a su baile —dijo al tiempo que acribillaba a Marcus con una mirada presuntuosa—, puesto que su propio hermano no está presente.
—Sabes perfectamente bien que no puedo entrar en esa sala. Lo echaría todo a perder.
—Entonces, por el amor de Dios, no la observes furtivamente desde aquí. Si no piensas entrar, botarate sobreprotector, lárgate a casa y deja que Iversley y yo nos encarguemos del asunto.
Marcus lanzó un bufido.
—Me fío de Iversley, pero de ti…
—Caballeros —los interrumpió Iversley—, todos estamos en el mismo barco. Y la peor parte ya ha pasado, así que no hay nada de qué preocuparnos.
Qué equivocado que estaba. Con una hermana, siempre había alguna cosa más por la que preocuparse.
Marcus desvió la mirada hacia la cristalera y sus facciones se crisparon cuando vio que Louisa sonreía tímidamente a uno de los jóvenes apuestos que le estaban presentando.
—¿Quién es ese tipo?
—Relájate —le ordenó Iversley—. Tengo entendido que es un buen partido, un joven rico y respetable. Se llama Simon Tremaine, y es el duque de Foxmón, o algo así.
—¿Foxmoor? —rugió Marcus—. ¿Katherine ha invitado al duque de Foxmoor a la fiesta?
—¿Por qué no? Es rico, apuesto, no está casado y…
—Y es uno de los amigotes del Príncipe de Gales, eso es lo que es —proclamó Byrne. Acto seguido se desplazó hasta situarse al lado de Marcus—. Esto se está poniendo realmente interesante.
Iversley parpadeó perplejo.
—Lo siento. No lo sabíamos. Ni Katherine ni yo prestamos demasiada atención a los cotilleos de la sociedad.
Byrne lanzó una mirada de complicidad a Marcus.
—Claro, están tan ocupados haciendo… otras cosas…
—Pues la verdad es que últimamente no hemos podido dedicarnos a esas cosas —aclaró Iversley—. Katherine tuvo el bebé hace tan sólo dos meses, ¿os acordáis?
—¡Ah, gajes de la vida de un hombre casado! —exclamó Byrne con aire teatral—. ¡Qué suerte tenemos los solteros! ¿Verdad, Draker?
—Sí. —Aunque de hecho, Marcus envidiaba la suerte de Iversley de tener una adorable esposa y un precioso bebé. Habría dado toda su fortuna por poseer una familia así.
Pero sabía que ese sueño jamás se cumpliría. Tenía que aceptarlo. Marcus aguzó la vista y vio que Foxmoor llevaba a Louisa hasta la pista de baile.
—¿Estaba el Príncipe de Gales en la Corte, hoy?
Iversley resopló con desprecio.
—Me han dicho que sí, pero no he tenido el placer de ver a nuestro querido padre.
—Nunca te lo han presentado, ¿verdad? —le preguntó Byrne a Iversley.
—No, aunque eso no cambiaría las cosas. Él no sabe que soy hijo suyo. ¿Y tú?, ¿lo has conocido en persona?
—Lo vi una vez en el teatro, cuando yo todavía era un chiquillo. Mi madre lo señaló desde los bastidores —rememoró Byrne con tristeza—. La pobre mujer nunca cesó en su intento para que ese desgraciado me reconociera como hijo, aunque fuera sólo en privado. Pero claro, Su Alteza se moriría antes que admitir que tenía un vástago de una vulgar actriz irlandesa. ¿Qué pensarían sus amigos de rancio abolengo? —Hizo una pausa y miró a Marcus—. Sólo admite a los que son como Marcus, nacidos de esposas de respetables caballeros.
—En serio —murmuró Marcus—, lo que menos te conviene es que el Príncipe de Gales se entrometa en tu vida. ¿Por qué crees que he mantenido a Louisa recluida durante todos estos años?
Iversley parpadeó confundido.
—¿Louisa es también hija de él? Nos dijiste que sólo lo eras tú, pero si tenemos una hermanastra…
Marcus lanzó un suspiro de cansancio.
—No, hombre, no. Sólo yo soy bastardo. Louisa nació el año en que Su Alteza se casó, mientras él y mi madre eran amantes. Pero a pesar de que la muchacha es definitivamente la hija del vizconde, ese mal nacido ha mostrado un inusitado interés por ella. Incluso envió a un emisario hace un mes para solicitar un encuentro y hablar sobre el futuro deLouisa. Como ya podéis suponer, eché al mensajero de mis tierras a patadas.
Byrne enarcó una ceja.
—Quizá el príncipe sabe algo que nosotros no sabemos. Siempre que ha reconocido a un hijo públicamente lo ha hecho porque no le quedaba otro remedio.
—¡Ella no es hija suya! —bramó Marcus—. El año en que nació fue el único que ese desgraciado no pisó nuestras tierras. Además, si hubiera creído que era su hija, habría intentado retirarme su custodia hace tiempo, tal y como hizo con esa niña llamada Minney hace un par de años. El vizconde siempre afirmó que Louisa era hija de su propia sangre, y la sociedad la acepta como tal, así que será mejor que no vuelvas a insinuar ninguna otra posibilidad.
—Pero seguramente Louisa sabe quién es tu verdadero padre.
—Si lo sabe, jamás me lo ha comentado. Y no quiero que nadie emplace cuestiones dolorosas en su mente sobre su propia sangre cuando no existe ninguna razón para ello. Así que te aviso: mantén el pico cerrado. ¿Ha quedado claro?
—De acuerdo —musitó Byrne—. No sé por qué te muestras tan testarudo con esa cuestión. Convertirse de repente en la hija del Príncipe de Gales no le supondría ningún altercado. A los vástagos que ha reconocido no les ha ido nada mal en la vida. Y tú podrías haberte beneficiado si no hubieras echado a él y a tu madre de Castlemaine.
Ese escándalo lo había desprestigiado ante la alta sociedad, pero la venganza de su madre, el alud de improperios que contó a sus amigos acerca de él, acabó de cerrarle todas las puertas por completo. Nueve años después todavía seguía pagando su afrenta. Y todo por culpa de ese maldito príncipe traidor.
—Ese desgraciado se lo merecía. —La ira acumulada tantos años hervía ahora en el interior de Draker—. Y también mi madre. Estaban fornicando cuando sólo hacía una semana que mi padre había muerto.
—¿Y qué? —inquirió Byrne al tiempo que apuraba la copa—. El vizconde jamás protestó. ¿Por qué lo haces tú? Estaba muerto, por el amor de Dios, y ni siquiera era tu padre.
—Pero siempre actuó como si lo fuera. Y merecía ser tratado con respeto por ese par de indecentes por el mero hecho de tratarme como si fuera su verdadero hijo durante todos esos años.
Byrne carraspeó.
—El vizconde permitió que su esposa se acostara con él…
—¡Vaya! Y tú eres la persona más acertada para hablar de eso, ¿no? —apuntó Marcus, alzando la voz—. Tú, que de no coaccionar a los maridos, no conseguirías que ninguna mujer se metiera en la cama contigo.
La mirada azul de Byrne se endureció como un témpano de hielo.
—Así que ahora me sales con ésas, pomposo…
—¡Ya está bien! ¡Callaos los dos! —Iversley tenía la vista clavada en la ventana—. Es por Louisa por la que deberíamos preocuparnos. Veamos, ¿crees que es necesario que aleje a Foxmoor de ella?
Marcus lo miró desafiante.
—Sin ninguna duda. No puede ser una coincidencia que el amigote más ambicioso del príncipe esté revoloteando como un moscardón alrededor de Louisa.
—De acuerdo. Después de esta noche, no volveremos a invitarlo a ninguna fiesta.
—Pero no podrás detenerlo, ni a él ni a nuestro querido padre. Encontrarán otras ocasiones para acercarse a ella. —Marcus depositó una mirada llena de tristeza en las profundidades cristalinas de su copa vacía.
—Oh, sí, claro que puedo —dijo Iversley—. No permitiré que se le acerque nadie que pueda hacerle daño. Durante estos últimos meses que Louisa nos ha visitado frecuentemente para preparar su debut, Katherine y yo le hemos tomado mucho cariño. Por nada del mundo desearíamos que cayera en las redes de Su Alteza y su círculo de depravados.
—Probablemente os estáis preocupando sin razón —apostilló Byrne—, sólo porque Foxmoor esté bailando con ella no significa que el príncipe lo haya enviado. Después de todo, Louisa es una joven muy bella.
—Es verdad. Pero esta situación me saca de quicio.
Por primera vez en muchos años, Marcus deseó poder formar parte de esa sociedad que tanto detestaba sin levantar comentarios ponzoñosos ni miradas de desprecio. Anheló afeitarse la barba que ocultaba esa terrible cicatriz sin temor a despertar incluso más rumores maliciosos. No le importaba lo que pudieran decir o pensar de él, pero Louisa…
Al no poder acompañarla, no podía protegerla.
Mas tampoco podía exigirle que se mantuviera exiliada con él en Castlemaine, aunque eso fuera lo que realmente deseaba. Louisa se merecía algo mejor. Y el único modo de conseguirlo era confiarla a Iversley y a Katherine, para que cuidaran de ella durante las semanas que se hospedara en su casa y asistiera a un sinfín de bailes y de fiestas para darse a conocer.
Sin él.
—Espero que tú y Katherine sepáis lo mucho que aprecio lo que estáis haciendo por ella.
—Vamos, es lo mínimo que podemos hacer, después de lo que tú hiciste por nosotros —repuso Iversley con una voz profunda y emotiva.
—Pero si no fue nada, de veras —farfulló Marcus, sintiéndose incómodo ante la falta de costumbre de que alguien le diera las gracias. No estaba habituado a tener amigos —ni hermanos— que le agradecieran su ayuda.
Un silencio incómodo inundó el espacio, entonces Iversley se aclaró la garganta y anunció:
—Será mejor que regrese con mis invitados. Y vosotros dos, ¿pensáis quedaros aquí plantados durante el resto de la velada?
—¿Y contemplar cómo Draker se enfurece cada vez que Louisa baila con alguien que no es de su agrado? —bromeó Byrne—. No, gracias. Nos vamos al Blue Swan.
Marcus fulminó a Byrne con una mirada despectiva.
—No pienso pisar ese antro de perdición que regentas, mientras un montón de botarates especulan sobre mi barba y mi pasado y mi…
—Está claro que nunca has estado en el famoso club de caballeros de Byrne, si crees que es un antro de perdición —remarcó Iversley—, y estoy seguro que el local dispone de estancias privadas.
—Sin olvidar el mejor brandy francés que ningún contrabandista de Londres es capaz de ofrecer —añadió Byrne—. Venga, enorme gruñón. Esta maldita fiesta durará aún bastantes horas, y ya sabes que no es conveniente que merodees todo el rato por aquí hasta que te pongas en evidencia.
Odiaba admitirlo, pero Byrne tenía razón.
—Supongo que podría irme a casa.
Aunque lo cierto es que no estaba de humor para regresar a Castlemaine y al vacío que Louisa había dejado en su ausencia.
—¿Es cierto que tienes salas privadas?
—Por supuesto que sí. —Una sonrisa socarrona se perfiló en los labios de Byrne—. Y si quieres, puedo conseguir compañía femenina para los dos. Invita la casa.
Marcus se sintió ciertamente tentado. A pesar de que nunca había tenido una amante y que apenas recurría a prostitutas, esa precisa noche no era el momento de mostrarse escrupuloso. Y Castlemaine le resultaría menos solitario si regresaba en plena luz del día.
—Vamos, Draker, ve con él —lo animó Iversley—. Después de todo, para eso están los hermanos, ¿no? Para ayudarse los unos a los otros.
Hermanos. El dolor punzante que Marcus sentía en el pecho desapareció casi por completo.
—De acuerdo, iré.
—¡Excelente! —Byrne asió la botella de vino de Madeira y volvió a llenar su copa y la de Marcus; a continuación pasó la botella a Iversley, alzó su propia copa y propuso un brindis—: ¡A la salud de La Real Hermandad de los Bastardos!
Los otros dos partícipes se unieron al brindis. Iversley se llevó la botella a los labios y bebió directamente de ella.
Después Marcus alzó nuevamente su copa:
—¡Y a la salud de nuestro progenitor real! ¡Ojalá se pudra en el infierno!
Capítulo uno
Hertfordshire, mayo de 1814
No te dejes llevar por las habladurías, pero sé consciente de los rumores que circulan; de ese modo podrás separar el trigo de la paja.
Señorita Cicely Tremaine,
La institutriz ideal
El carruaje empinó la última cuesta de la montaña y lady Regina Tremaine contuvo la respiración cuando avistó la mansión de Castlemaine, arropada por uno de los frondosos valles de las colinas de Chiltern. El lugar daba crédito a su gloriosa fama. Aunque carecía de un foso, era la vívida imagen de un castillo de estilo Tudor, con sus almenas, sus parapetos y sus puntiagudas ventanas góticas. Qué extraño le parecía descubrir un sitio así aquí, en Hertfordshire, entre bueyes y campos de cebada, a unos treinta kilómetros escasas de Londres. Era como encontrar Camelot en pleno centro del barrio londinense de Whitechapel.
—Qué interesante, ¿verdad? —comentó Cicely Tremaine, la prima solterona mayor de Regina que le hacía las veces de carabina.
—Es fascinante. —Si bien ella ya se esperaba algo parecido, después de escuchar la minuciosa descripción que Louisa le había ofrecido de su casa—. Aunque seguramente será muy oscuro por dentro. Ya sabes cómo suelen ser estos viejos castillos.
Unos breves momentos después, cuando un lacayo les abrió la puerta y las dejó pasar, Regina descubrió que el lugar no era lúgubre en absoluto. Sí, quizá a alguien se le había ido un poco la mano con la decoración. Según los rumores, el previo vizconde había gastado una fortuna rehabilitando el castillo hacía unos veinticinco años; inspirándose en la extravagante villa Strawberry Hill de Walpole, había convertido un castillo decadente en una verdadera obra de arte gótica.
No obstante, Regina tenía que admitir que habían hecho un óptimo trabajo. La oscura madera bruñida y las verjas de hierro forjado aportaban una manifiesta sensación de robustez. A pesar de los colores amortiguados del antiquísimo tapiz que colgaba de la pared, la impresión general era de un estallido de colores, con las cortinas de seda con puntitos dorados y los vibrantes matices rojos y azules de las vidrieras que coronaban la parte más alta de una impresionante escalinata de madera de caoba.
Cicely se aproximó más a Regina.
—Pues el interior no es lo que una esperaba, ¿verdad?
—No. —Regina sabía que lord Draker era rico pero, dada su notoria reclusión, había esperado encontrar los techos oscurecidos por el hollín y con unas enormes telarañas asomando por debajo de cada silla, en lugar de ese vestíbulo inmaculadamente limpio con su destellante candelabro de cristal y un cuadro de Tintoretto que proclamaba la opulencia y el gusto del propietario.
Pero sólo para aquellos que entendieran de arte. O lord Draker era más sofisticado de lo que ella había imaginado, o simplemente sentía predilección por cuadros interesantes.
Regina deseó que de las dos opciones, la segunda fuera la cierta. Sus mejores éxitos los había cultivado con hombres simplones y poco inteligentes; los listos eran siempre un problema, aunque también lograba vencerlos sin demasiados esfuerzos cuando se lo proponía.
El mayordomo se acercó a las dos damas, con la mirada azorada.
—Buenos días, señoritas. Supongo que su visita se debe a un error. La señorita North no se halla en casa sino en Londres y…
—No he venido a ver a Louisa —lo cortó Regina con una sonrisa de cortesía—. ¿Sería tan amable de anunciar a su señoría que lady Regina Tremaine está aquí y que desea hablar con él?
La cara del mayordomo adoptó el tono rojo de la grana.
—¿Su… su señoría?
Regina enarcó una ceja.
—Estamos en Castlemaine, ¿verdad?
—Sí, señorita, pero… bueno… supongo que se refiere al vizconde, quiero decir, a lord Draker.
—Efectivamente.
—A Marcus North, el sexto vizconde Draker.
—Sí, sí, a ése —apuntó ella impacientemente—. ¿Acaso estoy en la casa equivocada?
—Quizá no sea el momento oportuno —susurró Cicely con voz queda.
—¡Bobadas! —Regina le ofreció al mayordomo una sonrisa cortés—. ¿Hará el favor de anunciarle al vizconde que he venido a verle? Si no es mucho pedir.
El mayordomo volvió a sonrojarse.
—Por supuesto que no, señorita. Discúlpeme, pero es que casi nunca vienen señoritas… es decir, que el señor apenas recibe… —Abatido, intentó recuperar la compostura—. Ahora mismo anuncio su llegada.
—¡Cielo santo! ¡Vaya espécimen! —exclamó Regina en voz baja mientras el mayordomo subía la escalera principal con gran celeridad—. No me cabe duda de que el vizconde es un ogro, por la forma de actuar de ese criado.
—Lo llaman el vizconde Dragón —precisó Cicely.
Regina contempló el cuadro de Tintoretto con San Jorge matando al dragón, el escudo de armas de los Draker con su rampante dragón negro, y el poste de caoba de la base de la escalera con un dragón enrollado en su parte superior.
—Pues no entiendo por qué lo llaman así —dijo secamente.
Cicely siguió su mirada.
—No es sólo por eso. Parece ser que tiene muy mal carácter. Según he oído, el año pasado pateó a un librero en plena calle a causa de un viejo libro que el pobre hombre le había prometido y que luego vendió a lord Gibbons. Y también cuentan que el mes pasado echó a patadas a un emisario de Su Alteza.
—Ya, y también se rumorea que lord Maxwell duerme con una cabra, pero jamás me has visto enviar a nadie a que la ordeñe. Mira, no deberías hacer caso de las malas lenguas.
—Pero es que en el caso del vizconde, no se trata de simples rumores. —Cicely respiró con dificultad a causa de sus problemas pulmonares crónicos—. ¿Qué me dices de lo mal que trató a su madre? ¿No recuerdas las terribles cosas que lady Draker explicaba cuando visitaba a tus padres?
—Recuerdo que a lady Draker le encantaba dramatizar y exagerar. Además, no es posible que el vizconde sea tan horrible como ella contaba, si ha sido capaz de criar a una hermana tan cariñosa y embelesadora como Louisa, quien, mira por dónde, dice que su madre mintió acerca de los supuestos malos tratos que le propinaba su hijo.
Pero Cicely no se avenía a razones.
—La señorita North está probablemente demasiado aterrorizada de su hermano como para decir algo en su contra.
—Pues no actúa como una chica atemorizada, te lo aseguro. Ella lo describe como un ser maravilloso. —De hecho, la incongruencia entre las imágenes que Louisa y la alta sociedad ofrecían respectivamente de lord Draker la tenía muy intrigada. Aunque no hubiera tenido una excusa para realizar esa visita, posiblemente habría venido de todos modos a conocer personalmente a ese sujeto—. Por eso Louisa no aceptará los planes de mi hermano sin el debido permiso del vizconde, porque respeta la opinión de lord Draker.
—Sí, pero…
—¡Chist! —la interrumpió Regina—. Escucha.
La voz apagada del mayordomo flotó por el aire hasta ocupar el vestíbulo ahora en silencio.
—Pero… pero… Señor, ¿qué quiere que les diga?
—Dígales que no me encuentro bien —bramó una profunda voz masculina—. Dígales que estoy de viaje por la India. No lo sé. No me importa la excusa, pero quiero que se marchen de mi casa ahora mismo.
—Sí, señor —replicó el mayordomo.
Regina lanzó un bufido. Así que lord Draker se negaba a verla, ¿verdad? Pues no se iba a salir con la suya. Cuando vio que el mayordomo iniciaba su descenso por la escalera, ella se dirigió hacia allí.
Cicely la agarró del brazo.
—¿Qué vas a hacer? No puedes…
—Quédate aquí y mantén al mayordomo ocupado —le ordenó Regina al tiempo que se zafaba de la débil garra de su prima—. He venido a hablar con lord Draker y no me marcharé hasta que lo haya conseguido.
—Pero…
Regina no se quedó para escuchar ni un solo reproche más. Si el vizconde pensaba que podía ser tan irreverente con ella, después de haber recorrido treinta kilómetros desde Londres, y echarla como si se tratara de un acreedor inoportuno, iba listo.
Una vez arriba, en el extenso pasillo del primer piso, Regina sólo necesitó unos minutos para encontrar —tras fisgar en las habitaciones que se ocultaban detrás de cada una de las macizas puertas de roble— la estancia que debía de corresponder al estudio del vizconde. Se entretuvo un instante, lo suficiente como para examinar su apariencia en un espejo con el marco de caoba. Las mejillas sonrosadas a causa del viaje, correcto. El nuevo sombrero de color marrón rojizo perfectamente colocado en su sitio, correcto. Una capa a juego entreabierta que revelaba tan sólo la parte superior de su pecho, correcto. Lord Draker iba a caer rendido a sus pies.
Antes de que los nervios se apoderaran de ella, abrió la puerta y entró en la cueva del dragón. Pero el lugar no estaba decorado con rocas ennegrecidas con olor a sulfuro… sino con piel curtida dorada y olía a tinta. Libros, un millar de libros adornaban las paredes en sombras variantes de marrón y azul oscuro, resaltando todavía más la gran cultura y riqueza del propietario.
La estancia era enorme; probablemente abarcaba la longitud completa de la casa. ¿Cómo podía alguien tener tantos libros y, además, leerlos todos?
En ese momento, Regina se dio cuenta de que tendría problemas. El vizconde no sólo era un hombre inteligente sino que además poseía una sabiduría interminable. Apartó rápidamente ese pensamiento incómodo de su mente. Después de todo, era un hombre, o mejor dicho, una rata de biblioteca, con escasos conocimientos de la alta sociedad, de la actualidad, y de las tretas femeninas. Seguramente su encanto usual y su sonrisa seductora serían suficiente para aplacar a la bestia.
Pero ¿dónde estaba el personaje misterioso? La biblioteca parecía vacía. Cerró la puerta a su espalda. Al instante, una voz profunda y penetrante que parecía provenir del cielo llenó toda la estancia.
—Supongo que se ha librado de la hermana de Foxmoor.
Sorprendida, levantó la vista y descubrió una galería justo encima de su cabeza. Avanzó un poco más hacia el centro de la estancia y entonces divisó al mismísimo vizconde Dragón. Lord Draker estaba de pie en la estrecha galería que recorría de pared a pared la gran sala de techo alto y contenía numerosas estanterías abarrotadas de más libros. El vizconde le daba la espalda, su corpulenta espalda. Tomó un volumen y lo abrió con el mismo esmero con el que una madre sostendría a un bebé entre sus brazos.
Era el único rasgo delicado del sujeto. El resto de su ser era ciertamente grotesco: exhibía una melena mal cortada y desaliñada que caía de forma poco elegante sobre el cuello de su traje, y por vestimenta lucía un trillado traje pasado de moda y unas viejas botas ajadas.
Para colmar el vaso, el tipo era enorme. No era pues extraño que todo el mundo creyera el rumor que era hijo del Príncipe de Gales y no del vizconde. Era evidente que tenía la complexión robusta de los Hanover, pero sin la opulencia de carnes de Su Alteza.
El gigante con el pelo desaliñado depositó nuevamente el libro en la estantería y procedió a tomar otro ubicado en un estante inferior, con lo cual ofreció a lady Regina una vista inigualable de unas envidiables posaderas y unos musculosos muslos tensados y prietos bajo la tela de los pantalones desgastados. Lady Regina sintió una intensa sequedad en la boca. Era capaz de apreciar una buena figura masculina cuando la tenía delante.
—¿Y bien? —preguntó él—. ¿La ha molestado la hermana de Foxmoor? Tengo entendido que es una muchacha bastante impertinente.
Las palabras la asaltaron por sorpresa, sacándola de su ensimismamiento.
—No, no más que cualquier otra dama que se sienta desatendida por un caballero insolente y grosero.
Él se irguió rápidamente, se volvió hacia ella para mirarla y lady Regina se quedó sin aliento.
El vizconde no se parecía en absoluto al que se rumoreaba que era su progenitor. En primer lugar, lucía una poblada barba muy poco elegante. Su Alteza se tragaría un hierro candente antes de dejarse crecer unos bigotes tan extensos. Pero seguramente al príncipe no le importaría tener el cuerpo de este hombre: exhibía unos fornidos hombros cuadrados y un pecho ancho que se estrechaba progresivamente hasta una cintura sorprendentemente perfecta. Incluso sus pantorrillas parecían estar bien perfiladas, aunque sus medias…
Lady Regina parpadeó y volvió a observarlo. Llevaba una media de cada color.
—¿Ha terminado? —espetó él.
Ella se sobresaltó.
—¿Si he terminado el qué?
—De examinarme de la cabeza a los pies.
Maldición. No tenía intención de observarlo tan descaradamente.
—No puede culparme de que sienta una enorme curiosidad. Muy poca gente ha tenido el placer de ver Castlemaine y, menos aún, de ver a su dueño.
—La razón es bien sencilla —repuso él al tiempo que le daba la espalda nuevamente para depositar el libro en el estante—. Y ahora, si me disculpa…
—Lo siento, pero he venido con el firme propósito de hablar con usted.
Él se limitó a asir otro volumen.
—Igualita que su hermano, ¿verdad? No acepta un no por respuesta.
—No cuando esa negativa se ofrece sin ninguna explicación.
—No tengo que dar explicaciones de por qué me niego a hablar con un visitante. Tengo entendido que incluso la etiqueta social me permite elegir a quién deseo ver, especialmente cuando estoy ocupado.
—Usted no está ocupado, lo que pasa es que es un cobarde.
El vizconde se dio la vuelta y la miró furibundo.
—¿Qué ha dicho?
«Excelente, Regina, ¿Y por qué no le abofeteas la cara con el guante?», pensó ella, pero es que ese hombre la sacaba de sus casillas.
—Le he llamado cobarde. No muestra ningún reparo en calumniar a mi familia ante su hermana, pero no se atreve a expresar sus objeciones directamente a la cara.
Una estentórea risotada inundó la biblioteca.
—¿Cree que usted y su hermano pueden intimidarme?
Regina sintió que su ira iba en aumento.
—Simon me ha contado que se niega a hablar con él.
El vizconde volvió a centrar toda su atención en el libro.
—Él sabe perfectamente por qué prefiero hablar con los Iversley. Y por si ellos no han sido suficientemente explícitos, le hago saber que desapruebo absolutamente las artimañas de su hermano para enredar a mi hermana…
—¡Mi hermano sería incapaz de enredar a nadie! —protestó ella.
—Pues si es así, estaré encantado de solucionar esta cuestión con él en persona —concluyó el vizconde. Acto seguido tomó otro libro y lo hojeó con desgana—. Así que dígale a su hermano que no conseguirá ganarse mi beneplácito enviándome a su hermanita.
—Él ni siquiera sabe que he venido. Y estoy segura de que no me permitiría que interfiriera en sus asuntos.
Lord Draker se dio la vuelta y le clavó una mirada inquisidora.
—Entonces, quizá debería respetar los deseos de su hermano y no entrometerse en este tema.
Le repito que no he venido de parte de mi hermano sino porque me lo ha pedido su hermana.
A lady Regina no se le escaparon los sutiles rasgos caballerosos del vizconde.
—¿La envía Louisa?
—Sí. Me dijo que usted jamás la escucharía porque no tiene experiencia en las tramas de la alta sociedad. Pero tenía la esperanza de que atendería a alguien capaz de señalarle las ventajas de una alianza entre ella y mi hermano. —Especialmente desde que los Iversley apoyaban la firme decisión de lord Draker de prohibir que Simon se acercara a su cándida hermana.
El vizconde se mostró contrariado.
—Pues Louisa se equivoca. El tema está zanjado; no hay nada más que hablar.
—¿Qué reparo tiene para no dejar que Simon festeje con su hermana? Es uno de los caballeros más deseados de Londres.
—No me cabe la menor duda —repuso él mientras movía la mano con impaciencia—. Y ahora, si me disculpa, tengo trabajo por hacer.
Regina no estaba acostumbrada a que alguien la ignorara o la tratara con tan poca educación. Y que encima fuera desatendida así por ese… ese energúmeno colosal, la enfurecía hasta límites inusitados.
—No me marcharé hasta que me dé un buen motivo para sus objeciones. Porque, con franqueza, no encuentro ninguno que sea razonable.
—Pues claro que es incapaz de ver los motivos —le recriminó él mientras la repasaba con desdén desde su sombrero de color lila hasta la punta de sus carísimos zapatos infantiles. Ella habría jurado ver un destello de admiración en su mirada… hasta que el vizconde matizó con evidente desprecio—: Las de su clase jamás los ven.
Lady Regina no daba crédito a lo que acababa de oír. Ofendida y cansada de tanto encorvar el cuello incómodamente para observar a ese individuo detestable, se dirigió con paso decidido hacia la escalera que conducía hasta la galería superior.
—¿Y qué clase es ésa?
—La de las ricas damas de alta alcurnia que se mueven en los círculos más elevados de la sociedad.
Regina inició el ascenso por la escalera. Si él continuaba negándose a prestarle atención, lo acorralaría en la galería y le obligaría a escucharla.
—Su hermana es también una rica dama de alta alcurnia que se mueve en los círculos más elevados de la sociedad.
Lord Draker la fulminó con la mirada.
—Sólo hasta que encuentre un esposo decente. Deseo una vida mejor para ella que la que lleva parte de esa sociedad mezquina —apostilló sin dejar de mirarla despectivamente—, formada por féminas patéticas que se pasan el día vacilando sobre el color del vestido que lucirán en la próxima fiesta.
Regina creyó que iba a montar en cólera. Alcanzó la galería y se dirigió hacia el vizconde.
—Supongo que preferiría que se casara con un ermitaño con la cara peluda como usted, para que se pasara los días escuchándole cómo despotricaba de todos sus visitantes.
Las palabras quedaron colgadas en el aire, convirtiendo la atmósfera en puro hielo. Cielo santo, el vizconde tenía los ojos más bonitos que jamás había visto, del color de las castañas, con unas pestañas larguísimas, un poco más oscuras que la mata de pelo que coronaba su cabeza.
Qué pena que esos ojos la estuvieran taladrando con tanto furor.
—Mejor eso que pasarse la vida al servicio del Príncipe de Gales y de otros de la misma calaña.
De repente Regina lo vio claro.
—Ah, ya entiendo. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? No acepta a Simon porque es amigo de Su Alteza. No quiere que su hermana esté cerca de su padre, después de los terribles esfuerzos que usted hizo hace años por echarlo de sus tierras y de sus vidas.
—Tiene toda la razón. Pero además… —El vizconde hizo una pausa repentina. El malhumor de su cara desapareció y fue reemplazado por unas leves arrugas que se dibujaron a ambos lados de sus bellos ojos—. ¿Se da cuenta de que acaba de llamarme bastardo a la cara?
—¡No es cierto!
—A los efectos de la ley, mi padre era el quinto vizconde Draker. Y puesto que usted no se estaba refiriendo claramente a él…
Maldición. La había pillado. Los caballeros inteligentes no causaban más que problemas.
Lord Draker prosiguió con petulancia.
—Cabría esperar que la hija de un duque fuera lo suficientemente perspicaz como para no lanzar rumores salaces sobre los progenitores de un hombre delante de él. —Apoyó la mano en la barandilla de la galería—. Pero claro, ambos sabemos cuán frágil es la falsa fachada de educación de usted y los de su clase.
—Ya he oído suficiente sobre la opinión que le merecemos los de miclase, pedazo de zoquete. —Y, sin mediar ni una sola palabra más, se dirigió con porte airado hacia la escalera—. Si lo que quiere es que Simon y Louisa se vean a escondidas, perfecto. ¿A quién le importa si un día alguien los sorprende en una situación comprometedora y estalla el escándalo? Simplemente pienso decirle a mi hermano que siga adelante con sus planes de encuentros secretos y que…
—¡Un momento! —tronó él.
Regina se detuvo en seco a un paso de la escalera, con una amplia sonrisa en los labios. El vizconde se le aproximó a grandes zancadas.
—¿De qué diantre está hablando?
—Huy, no. No deseo molestarlo con esa historia; está usted demasiado ocupado —terció ella al tiempo que reemprendía la marcha lenta, muy lentamente—. Es evidente que ya le he robado demasiado de su preciado tiempo, así que me marcho.
Había alcanzado la escalera cuando lord Draker la agarró del brazo y la obligó a darse la vuelta.
—No se irá de aquí hasta que me diga qué demonios sucede, maldita sea.
Forzando una sonrisa educada, Regina apartó la mano del vizconde de su brazo.
—¿Está seguro de que dispone de suficiente tiempo libre? —preguntó con falsa dulzura—. No desearía que se sintiera forzado.
Lord Draker la apartó a un lado y empezó a descender por los peldaños, obligándola a seguirlo.
—Será mejor que esas patrañas sobre encuentros secretos no sean fruto de su imaginación, porque si cree que conseguirá captar mi atención con una mera trampa…
—¿Trampa? Seguro que no creerá que una mujer que malgasta su tiempo vacilando sobre qué vestido va a lucir podría engatusar a un caballero tan inteligente como usted.
«¡Ahí queda eso, ogro miserable!», pensó ella cuando él resopló con evidentes muestras de crispación.
Regina estaba tan ofuscada felicitándose a sí misma por su agudeza verbal que perdió el equilibrio, y a punto estuvo de caer de espaldas y darse de bruces contra el suelo si lord Draker no la hubiera atrapado a tiempo por la cintura.
Durante unos breves instantes, los dos se quedaron inmóviles. Sólo el enorme brazo del vizconde prevenía que ella cayera al vacío. Qué suerte que fuera tan hercúleo.
Y sorprendentemente limpio, a pesar de ese porte tan tosco. Un ligero aroma de jabón perfumado la embriagó, y se preguntó si en realidad era tan zoquete como aparentaba.
Entonces el vizconde deslizó la vista hasta la pelisse entreabierta, que revelaba un entallado corpiño, y clavó los ojos en ese punto.
Los hombres solían mirar descaradamente sus pechos, y en alguna ocasión Regina había sacado ventaja de esa desfachatez. Pero por alguna razón, la mirada del vizconde la incomodó sobremanera. Parecía como si deseara devorar sus pechos… y que ella disfrutara con el acto.
Sintió que la invadía un ligero rubor, y abrió la boca para reprenderlo, pero entonces se fijó en la cicatriz que emergía de su poblada barba e iba a morir en su mejilla. Había oído decir que tenía una cicatriz, pero nadie parecía saber ni su envergadura ni cómo se la había hecho. Su poblada barba la cubría casi en su totalidad, pero la parte que sobresalía tenía un aspecto más bien desagradable. ¿Qué había hecho para recibir una herida tan horrorosa? Regina se estremeció sólo de pensarlo.
El vizconde levantó la vista y la miró a los ojos. Cuando se dio cuenta de lo que ella estaba contemplando con tanta atención, frunció el ceño.
—Yo de usted miraría dónde pone los pies, señorita. Supongo que no le apetece llegar al suelo a trompicones.
La amenaza patente hizo que Regina sintiera un escalofrío a lo largo de la espalda.
Lord Draker la levantó como si fuera una pluma y la depositó firmemente en el suelo, dos peldaños por debajo de él, después descendió hasta situarse a su lado.
—Y ahora, lady Regina, explíqueme exactamente qué ha querido decir con eso de mi hermana y los encuentros secretos. No la dejaré marchar hasta que me lo haya contado todo.
Ella asintió, intentando no prestar atención al cosquilleo que le provocaba la voz ronca y profunda del vizconde en el estómago. Aparentemente, había conseguido despertar al dragón dormido.
Ahora se trataba de mantener su atención.