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CONTACTO , Deirdre Martin

Capítulo 1

No muchas mujeres podrían presumir de que entrar en un vestuario lleno de deportistas en pelotas forma parte de su trabajo, aunque tampoco existen muchas mujeres con un trabajo como el de Janna MacNeil. Relaciones públicas especializada en remodelar la imagen de sus clientes, así como en restituir los daños ocasionados por una mala imagen, Janna había sido contratada por Kidco Corporation para reconvertir la reputación de los New York Blades, el equipo de Manhattan que competía en la Liga Nacional de hockey sobre hielo. Para decirlo con buenas palabras, los chicos del equipo eran
famosos por jugar duro tanto sobre el hielo como fuera de él.

Algo que se había hecho más evidente que nunca en la última temporada, después de hacerse con la Stanley Cup por primera vez en veinte años.Todo el mundo sabe que los chicos son chicos, pero esos chicos pasearon la Copa por diversos locales de striptease de Manhattan, donde disfrutaron del extraño y singular placer de contemplar cómo señoritas con cubre pezones y poca cosa más «actuaban» con lo que muchos consideraban el Santo Grial de los deportes. Peor aún, corrían rumores sobre la existencia de una fotografía en la que aparecían unos cuantos jugadores junto a la Copa, con pajitas de plástico pegadas a la nariz y la cabeza inclinada en acto de reverencia para esnifar de un montoncito de cocaína. No es de extrañar que el malhumorado y recién estrenado jefe de Janna, Lou «el Toro» Capesi, engullese medicamentos para la acidez como si de agua mineral se tratara. El equipo era una verdadera pesadilla para cualquier profesional de las relaciones públicas.

Y a Janna le pagaban muchísimo dinero para cambiar todo eso. Abriéndose camino entre el bullicioso grupo de periodistas que revoloteaba por el luminoso vestíbulo de suelo de hormigón que daba acceso al vestuario, Janna se armó de valor pensando en lo que le esperaba al otro lado de la puerta: cuerpos masculinos desnudos y sudorosos. Muchos. Hombres grandes y musculosos riendo y bromeando entre ellos, sacudiéndose los traseros con las toallas. Hombres saliendo tranquilamente de la ducha. Hombres haciendo estiramientos, masajeándose unos huesos castigados por la batalla.

El día anterior había conocido a aquellos hombres en las mismas circunstancias —a todos, excepto a su capitán, Ty Gallagher, que empezaba las sesiones de entrenamiento un día después—. Lou había hecho las presentaciones y ninguno de ellos se había mostrado incómodo en absoluto por deambular completamente desnudo o medio vestido delante de una delicada relaciones públicas. Janna, por otro lado, había tenido que hacer un gran esfuerzo para evitar el irresistible de seo de mirar, boquiabierta y ensalivando, los físicos perfectamente esculpidos de aquellos tipos.Y se aseguró, además, de mantener la mirada situada en todo momento al norte del ecuador.

Una vez dentro del vestuario, se encontró con la misma escena que el día anterior. Algunos de los jugadores se habían repantigado medio desnudos en los bancos de madera situados frente a las taquillas y charlaban entre ellos. Otros estaban sentados en una mesa grande y rectangular que se encontraba en un rincón del vestuario, tragando vasos tamaño elefante de Gatorade que se servían de unas jarras enormes. Unos cuantos la saludaron con un movimiento de cabeza; algunos, pensó, apartaron la vista expresamente. En un radiocasete sonaba la música a todo trapo. ¿The Who? ¿Pearl Jam? Ni idea. El ambiente era exuberante, una sensación de vértigo casi adolescente.Aunque era septiembre, época de pretemporada, los Blades estaban claramente mentalizados para hacerse de nuevo con la Stanley Cup. Respiró hondo, intentando ignorar el penetrante e inevitable olor a sudor masculino, se acercó al banco situado en el centro del vestuario y se encaramó a él. Entonces, con todas las fuerzas que fue capaz de reunir, se llevó los dedos a la boca y silbó. La estancia se quedó en silencio y todas las miradas se clavaron en ella.

—Escuchadme, chicos.Ahora que he conseguido captar vuestra atención, quiero deciros que necesito vuestra ayuda. —Echó un vistazo al vestuario, procurando establecer contacto visual con todos los jugadores—. Como sabéis, la organización de los Blades ha sido adquirida recientemente por Kidco Corporation, una empresa que se enorgullece de ofrecer al público diversión para toda la familia. —La estancia se llenó de abucheos y risitas—. Kidco quiere unos Blades ganadores tanto dentro como fuera del hielo, y con esto me refiero a que le gustaría que cada uno de vosotros ofreciera alguna cosa a la comunidad para la que juega.—Agitó los papeles que llevaba en la mano—. Esto es una agenda de los actos de beneficencia que se llevarán a cabo en la ciudad a lo largo del próximo año. He subrayado todos aquellos que no coinciden con las fechas de vuestros partidos y vuestros viajes. Me gustaría que cada uno de vosotros se apuntara para asistir a un mínimo de tres.

—¿Y si no lo hacemos? —dijo una voz desafiante con un marcado acento canadiense.

—Si no lo hacéis, os daré una patada en el culo y, creedme, soy capaz de hacerlo.Tal vez sea pequeña, pero soy fuerte. —Los jugadores se rieron con el chiste y Janna se relajó un poco.Aunque ninguno de ellos lo supiera, debajo de su traje chaqueta estaba hecha un manojo de nervios, algo que había aprendido a ocultar con gran profesionalidad después de muchos años de práctica.

—Hablando de patadas en el culo, sólo quiero recordaros que nadie puede hablar con la prensa sin el permiso de la agencia de relaciones públicas, ¿entendido? No me importa si algún periodista os para a la salida de Zabar’s y os pregunta si es allí donde compráis habitualmente la comida.Todo, todo, tiene que pasar por mi aprobación o por la de Lou. No sólo eso pero, y que Dios no lo quiera, si os encontráis diciendo o haciendo alguna estupidez, tenéis que llamarme inmediatamente. Por eso ayer os di a todos mi número de teléfono móvil. Espero que lo utilicéis, sea de día o de noche, si tenéis alguna pregunta o si surge una emergencia. Y ahora volvamos al tema que tenemos entre manos.

—Les lanzó una mirada rápida y decidida—. Apuntarse ahora a tres actos os salvará del fastidio de tenerme persiguiéndoos y dándoos la lata durante el resto de la temporada... algo por lo que me pagan espléndidamente. —Más risas—. ¿Qué me decís?

No esperaba que se apuntaran en masa, aunque sí esperaba que hubiera unos cuantos dispuestos a empezar a hacer rodar la pelota. Pero el vestuario se llenó de un gélido silencio. Pasó un segundo. Dos.Tres. El corazón de Janna empezó a acelerarse, las palmas de sus manos a humedecerse. Respiró hondo otra vez, para sosegarse. «Puedes hacerlo», se repitió mentalmente.Viendo que el silencio se prolongaba, se preguntó si era así cómo se sentían los actores cuando «morían» en escena.

—Vamos, chicos, no lo hagáis más complicado de lo que ya es—dijo para animarlos—. U os apuntáis, o empezaré a anotar nombres a boleo.Vosotros elegís.

Vio cómo la mirada colectiva pasaba de repente de examinarla a ella a alguna cosa que había a su izquierda y que al parecer resultaba fascinante. Miró hacia allí. Se trataba del capitán Ty Gallagher, con una toalla blanca anudada a nivel de la cintura, su cuerpo duro como una piedra brillante aún debido a la humedad de la ducha. Llevaba el pelo rubio peinado hacia atrás y sus ojos castaños lanzaban una mirada profunda, dura y de pocos amigos.

Sintiéndose liliputiense, pese a seguir instalada en lo alto del banco, Janna tuvo que hacer esfuerzos por no verse superada por la sensación de mareo que empezaba a crecer en su interior. Le sonrió con educación.

—¿Capitán Gallagher?

—Yo mismo. —Respondió también con educación pero a la defensiva, sin revelar sus intenciones. Janna bajó con cuidado del banco y le tendió la mano. Gallagher la aceptó y la saludó con un breve y firme apretón. La mano de Janna parecía la de una muñeca y le pasó rápidamente por la cabeza la idea de que aquel hombre podía hacerle picadillo si le apetecía. Lo que, gracias a Dios, no hizo.Todavía.

—Soy Janna MacNeil.

—Sé quién eres. —Cruzó sus fuertes brazos sobre el pechoy siguió mirándola, desafiante, expectante.

—Estaba explicando a tus compañeros de equipo que, como parte de nuestros esfuerzos por mejorar las relaciones con la comunidad, Kidco Corporation querría que cada jugador se apuntara a un mínimo de tres actos benéficos.Tal vez podrías abrir camino y apuntarte el primero.

—No.

Janna pestañeó.

—Pero...

—No.—Se dirigió a su taquilla caminando con grandes zancadas y empezó a vestirse. Lou le había comentado que era un cabrón arrogante y poco colaborador.Y ahí tenía la prueba. Decidida a ignorar su negativa, se volvió hacia los jugadores.

—Sigamos —dijo sin alterarse—, ¿hay alguien que esté interesado en apuntarse?

—Yo me apunto —dijo una voz desde atrás.

Aliviada, Janna se puso de puntillas y oteó por encima de aquel mar de cabezas para ver quién había hablado. Se trataba de Kevin Gill, un tipo fornido y de cabello rizado que era uno de los segundos capitanes del equipo. Janna lo había conocido el día anterior y había quedado encantada con lo bien que se expresaba.A decir verdad, no esperaba mucho del departamento de cerebros en lo que a esos chicos se refería. Al fin y al cabo, eran jugadores de hockey. Se ganaban la vida persiguiendo un pequeño disco de caucho sobre una pista de hielo. ¿Qué inteligencia cabía esperar?

Kevin se adelantó, cogió la lista de manos de Janna y, después de examinarla por encima, anotó sus iniciales junto a tres actos.

—¿Quién es el siguiente? —preguntó. Janna se percató de la mirada de enfado que le lanzaba a Ty Gallagher, a la que el capitán respondió encogiéndose de hombros con indiferencia. Viendo que nadie se movía, Kevin suspiró.

—Lo he intentado —le dijo a Janna, encaminándose hacia la ducha. Era evidente que los chicos del equipo captaban las indirectas de su amado líder. Si el gran Ty Gallagher creía que no merecía la pena apuntarse a actos de caridad, ellos lo creían también.«Que Dios me ayude», pensó Janna.Tendría que emplearse mucho más de lo que se imaginaba para conseguir pulir a aquellos chicos. Sobre todo si tenía que enfrentarse al capitán Gallagher para conseguirlo.

—Está bien —dijo Janna, sin dirigirse a nadie en particular—, si no os apuntáis hoy, volveré mañana, y pasado, y el otro, hasta que os apuntéis. No puedo dejarlo correr, chicos.

Con su amenaza cerniéndose en el ambiente, vio que se acercaba a ella el prodigio ruso,Alexei Lubov, una auténtica sorpresa. Lou le había advertido que los jugadores extranjeros solían recelar de las actividades de relaciones públicas porque no se sentían muy seguros con el idioma. Les daba mucho miedo involucrarse en cualquier cosa que pudiera ponerlos en un apuro. Evidentemente, Lubov era la excepción a la regla.

—Hola —dijo con cuidado y con un acento muy marcado, su inocente cara de niño tremendamente seria—. Soy Alexei Lubov. Puedes llamarme Lex.

«¿Lex?» pensó Janna, mordiéndose el labio. «¿Lex Lubov?¿Quién era ése, uno de los archienemigos de Superman?»

—Hola, Lex —dijo cordialmente Janna—. Encantada de conocerte.

Él hizo un ademán en dirección a la hoja que Janna tenía en la mano.

—Quiero apuntarme.

—¿Tienes alguna idea sobre el tipo de actos que te gustarían más?

—Algo con chicas —declaró, sus ojos azules se iluminaron—. Algo con muchas, muchas chicas.

Janna se echó a reír.

—Normalmente hay mujeres en todos ellos. ¿Quieres participar en una partida de golf? ¿Una cena de etiqueta?

—Sí, una cena. —Se acercó a ella, como si fueran a compartir un secreto—.Tú también estarás, ¿no?

—Sí.

—¿Querrías salir con mí?

Janna tardó un instante en darse cuenta de que lo que quería decir era «¿Querrías salir conmigo?». O esperaba que fuera aquello lo que pretendía decir. Le dio unos golpecitos en el brazo.

—Tal vez en otra ocasión. Pero de momento, tengo mucho trabajo.

—Sí, de acuerdo —dijo él con cierta impaciencia, y se alejó.

Era una monada adorable.Y Kidco estaba seguro de que estaba destinado al estrellato. Pero parecía un poco... infantil. Definitivamente no era su tipo. ¡Y aquel nombre! ¡Lex Lubov! Se moría de ganas de contárselo a Theresa, su compañera de piso. Las cosas empezaron a relajarse y el vestuario a vaciarse. Los jugadores se marcharon en grupos de dos o tres. Janna vio a Ty Gallagher por el rabillo del ojo, vestido ya, cargándose al hombro la bolsa de gimnasia. Se había puesto unas gafas de sol y a punto estaba de irse cuando Janna lo abordó.

—¿Podría hablar un minuto contigo?

Ty se bajó un poco las gafas de sol y la miró con cierta exasperación.

—¿Qué te pasa ahora por la cabeza?

—Bueno, lo siguiente.Ya que eres el capitán del equipo, seré sincera contigo. Me han contratado para realizar un cambio de imagen del equipo.

—No necesitamos ningún cambio de imagen.

—Eso es discutible.A Kidco Corporation, el actual propietario del equipo, como muy bien sabes, no le gustó nada cómo os comportasteis después de ganar la Copa la pasada temporada.

Ty reprimió una sonrisa burlona.

—Compartimos la Copa con la ciudad. ¿Qué hay de malo en eso?

—La paseasteis por clubes de striptease. —Janna se dio cuenta de inmediato de que le había tocado la fibra sensible... pero la mala. Las facciones esculpidas de aquel atractivo rostro se endurecieron y ella tuvo la inconfundible impresión de que aquel tipo estaba luchando para mantener a raya su conocido mal carácter, un mal carácter que supuestamente le llevó en una ocasión a amenazar a un jugador con echarle de un autocar en marcha si no mejoraba su juego. Janna esperó, retenida en la parálisis prolongada de lo que ya, inequívocamente, era una mirada furiosa.

—Permíteme que te explique una cosa, señorita MacNeil.—Su voz era un retumbar bajo, perfectamente controlado—. La temporada pasada, mis chicos se partieron el culo en el hielo noche tras noche, y por un motivo: querían ganar la Copa. Cuando la ganaron, estaban en su derecho de hacer con ella lo que les diese la gana, tanto si eso significaba pasearla por un club de striptease o dejar que un perro comiese en ella. ¿Lo has entendido?

—¿Y qué me dices de esnifar cocaína de dentro de la Copa? —preguntó Janna,muy cortante—. ¿Eso también podían hacerlo?

—Esa historia es falsa, y lo sabes.

—Yo no lo sé, y tampoco lo sabe Kidco.Al fin y al cabo, tampoco importa si es cierto o no. Lo que importa es que un rumor como ése daña la imagen del equipo. Es inaceptable.

—Así que tu trabajo consiste en... ¿qué? ¿Convertirnos en unos chicos del coro?

—Kidco no pretende que los jugadores regresen cada noche a casa y se dediquen a preparar pastelitos, no. Pero sí espera que dediquen unas cuantas horas a realizar alguna actividad anticuada de relaciones públicas para ayudar a borrar esa imagen de juerguistas que acosa al equipo.

—No pretendo ofender, pero ninguno de los chicos del equipo, especialmente yo, le debe nada a Kidco.

Janna rió entre dientes, casi un bufido.

—¿De verdad? ¿Quién crees que firma ahora tus cheques?¿Quién crees que te paga ese sueldo estupendo que te permite hacerte escoltar por modelos? Kidco es el propietario de los Blades, lo que significa que es tu propietario también, te guste o no.

Ahora era el turno de Ty de echarse a reír, y fue una risa despectiva.

—Si no fuese por mí, esos chicos blandos trajeados no sabrían ni quién demonios son los New York Blades. El único motivo por el que compraron el equipo es porque ganamos la Copa, y el único motivo por el que ganamos la Copa es porque el New York me fichó especialmente a mí para volver a convertirlo en un club ganador, y eso fue lo que hice. De modo que no me digas que les debo yo algo.Yo ya hice mi parte para esos del traje que viven allá arriba.

Conmocionada momentáneamente y reducida al silencio por su colosal ego, Janna se limitó a pestañear a modo de respuesta. Levantó la vista para observar aquel rostro tan duro, que mostraba pequeñas huellas reveladoras de cómo se ganaba la vida —una diminuta cicatriz en la barbilla, otra en el puente de la nariz— y luego sacudió la cabeza con incredulidad.

—No lo has entendido, ¿verdad? Kidco Corporation tiene los bolsillos muy grandes, capitán. Con su dinero podrían comprar el mejor talento cuando les viniese en gana.Y de ninguna manera apoquinarán para construir un equipo que les pone en entredicho fuera del hielo.Te sugiero que si quieres seguir ganando la Stanley Cup, lo hagas jugando a su manera.

Reapareció la mirada gélida.

—¿Estás amenazándome?

—Estoy exponiéndote la situación. Es evidente que tus compañeros de equipo te respetan hasta el punto de preguntarte«¿Hasta qué altura?» si les pides que den un salto. Si tú haces relaciones públicas, el resto de los chicos seguirán enseguida tu ejemplo. No creo que sea mucho pedir.

—¿No? Pues yo sí. —Se subió de nuevo las gafas de sol para ocultar sus ojos—. Hazme un favor, ¿quieres? Diles a los de Kidco que cojan su «implicación con la comunidad» y la manden bien lejos. Si me apetece hacer una buena obra, la haré. Pero mientras tanto, mi altruismo no es ninguna mercancía. ¿Lo has captado?

—Perfectamente —respondió muy tensa Janna. En contra de su voluntad, la sensación de náuseas que había conseguido mantener a raya empezó a ascender de nuevo por su garganta.

—Muy bien. Que tengas un buen día.

—Igualmente.—Janna apretó los dientes mientras él pasaba por su lado. Esperó hasta dejar de oír sus pasos resonando por el suelo de hormigón del pasillo vacío. Entonces, después de recoger los papeles, salió rápidamente del vestuario y entró dando un portazo en el baño de señoras más cercano. Sin prolegómenos de ningún tipo, y con una fuerza que incluso la asustó, devolvió el desayuno.¡Obstinación absoluta! En el coche, de camino de vuelta a Manhattan, Janna reflexionaba sobre Ty Gallagher. Había sido sincera con él —francamente confiada— y en lugar de agradecérselo, él se había comportado como la prima donna rica y consentida que a buen seguro era. Ella le había dado pistas sobre cómo funcionaban las cosas y él le había dicho que se las metiera donde le cupiera.

La verdad era que aquello no la había sorprendido; pero le habría gustado que la discusión no hubiera desembocado en una confrontación. Ahora tendría que trabajar el doble de duro para lograr la cooperación del capitán del equipo. Le había salido el tiro por la culata. Como mínimo, de todos modos, había reprimido durante el tiempo suficiente como para no vomitarle en los pies, la mareante sensación de inseguridad que se había apoderado de ella. O sobre sus pies. Sabía que exteriormente ella era la imagen de la confianza y la capacidad. Pero por dentro, creía firmemente en el viejo dicho de «Si no puedes hacerlo, fíngelo». Según ella, se había pasado la vida entera fingiéndolo todo —inteligencia, actitud, habilidad— y hasta entonces, le había funcionado. Pero tarde o temprano temía que alguien acabara descubriendo toda la verdad sobre ella y el juego tocara a su fin.

Suspiró, como si sus pensamientos recordaran momentos en los que la Janna interior había superado a la exterior, y en los que había acabado diciendo o cometiendo alguna estupidez. Puso mala cara al recordar aquella ocasión en la que le había preguntado a un actor maduro si su esposa era su nieta.A Dios gracias, solía mantener a raya su inseguridad interior. Había aprendido, además, que la inseguridad podía utilizarse con fines productivos. Le proporcionaba una energía pura y nerviosa, una energía que aprovechaba para trabajar más y llegar más lejos. Le daba también iniciativa, y esa iniciativa la había llevado hasta donde se encontraba hoy en día.

Había trabajado durante años como relaciones públicas de la famosa telenovela de la ABC, Libre y salvaje. Empezó en la parte más baja del organigrama, escribiendo las biografías de las caras recién llegadas a la serie contratadas única y exclusivamente por su aspecto, y apuntándoles a quién debían de nombrar cuando se les preguntara quiénes eran sus héroes. Pero al final descubrió que destacaba en el arte de enrollarse. ¿Que descubrían a un actor en su camerino en compañía de una prostituta? Que lo lleve Janna... ella sabrá cómo gestionarlo con diplomacia con los admiradores y la prensa. ¿Que alguno de los palurdos recién contratados decía algo improcedente en una entrevista? Que lo lleve Janna... ella le enseñará cómo decir «Esto es confidencial» o «Sin comentarios».

Era muy buena para esas cosas.Tan buena, de hecho, que cuando los mimados y revoltosos protagonistas veinteañeros de Gotham, la serie de mayor audiencia en horario nocturno, empezaron a destrozar coches y a bailar en los bares sin ropa interior, Janna fue retirada de la división diurna de la cadena y convertida en responsable de su lavado de imagen. No fue fácil, pero lo hizo, y siguió haciéndolo durante cinco lucrativos años hasta que un día sonó el teléfono y era Lou Capesi, el director de relaciones públicas de los New York Blades.

Sabía por qué la llamaba. Ella, como todo el mundo en Nueva York, había oído hablar de las travesuras de los vencedores de la Stanley Cup de la pasada temporada. Lou Capesi la necesitaba, sobre todo ahora que el equipo había pasado a ser propiedad de Kidco, que se enorgullecía de ser siempre una empresa apta para todos los públicos. No era en absoluto una seguidora de aquel deporte —en realidad, adoptaba una actitud algo snob al respecto—, pero podía soportar el hockey porque había presenciado algún que otro partido de su hermano menor,Wills. Lou, por su parte, lo adoraba.

—Al principio, Dios creó el hockey, ¿me entiendes? —le había dicho casi incomprensiblemente mientras comía un bocadillo de fiambre el día que se conocieron. Sentada junto a la mesa de despacho, frente a aquel gigantón apasionado e hiperactivo, en una lujosa oficina repleta de sofás de cuero negro y con las paredes cubiertas de fotografías de aquel hombre acompañado por algunos de los mejores jugadores de hockey del mundo, Janna se sentía a la vez fascinada y asqueada. Era un hombre famoso por sus hazañas dentro del universo de las relaciones públicas deportivas.

Pero hablaba con la boca llena, maldecía como un camionero y parecía desconocer que llamar a una mujer «muñeca» podía llevarle a los tribunales. Con su enorme barriga y su corbata siempre llena de lamparones, no tenía precisamente el aspecto de un profesional. Pero tenía algo —tal vez fuera su franqueza neoyorquina, o su forma inconsciente de meterse una pastilla antiácida en la boca cada cinco minutos— que lo convertía en una personalidad cautivadora. Janna se encontró otorgándole el beneficio de la duda mientras él hacía un montón de cosas, masticaba y hablaba, todo a la vez.

—Kidco necesita que estos chicos limpien su expediente. Rectifico: lo exige. Los jugadores no son malos tipos, pero el problema es que muchos de ellos se criaron en «el Culo del Mundo», Canadá, ¿me entiendes lo que quiero decir? La gran emoción de su vida era lanzar discos de goma a la cabeza de sus hermanos pequeños y ver las reposiciones de Tres en la carretera en la CBC.Y ahora, de repente, se encuentran en la Liga Nacional, ganan mucho dinero. Empiezan a perder la cabeza con el vino, las mujeres y la música. Kidco quiere que el equipo de relaciones públicas de los Blades halague a los chicos que están casados y con niños.Y quiere que todos empiecen a salir a hacer obras de caridad.

—Porque cuanta más cobertura consigan los jugadores en la prensa normal y en televisión, más publicidad habrá de los partidos, más entradas venderemos y más rico se hará Kidco —remató Janna.

Lou enarcó las cejas, que parecían dos orugas.

—¿Tienes algún problema con eso?

—Ninguno —le aseguró Janna—. No es más que la naturaleza de la bestia, lo sé.

Lou asintió, secándose la boca con la manga de la camisa.

—Bien. Sé que puedes hacer este trabajo con los ojos cerrados, y es por eso que te quiero aquí. Me han dicho que eres estupenda en lo que haces, que tienes contactos en el mundillo, y que si fuiste capaz de convertir a esos mocosos de Gotham en material para el programa de Oprah, no me cabe duda de que podrás acicalar la percepción que el público tiene de los Blades, que en su mayoría no son tan salvajes como la prensa nos ha hecho creer. —Frunció el entrecejo—. El único problema tal vez sea Gallagher.

Y ahí fue cuando le explicó a Janna lo del capitán.

—No me malinterpretes, es un gran chico, un gran jugador de hockey —insistió Lou, reprimiendo un eructo—. Pero para mí es una pesadilla enorme, un auténtico y arrogante hijo de puta. Es de los que piensan que la publicidad es una pérdida de tiempo, una distracción. Para él, lo único que importa son esos sesenta minutos en la pista de hielo, y punto, se acabó la historia. Fuera del hielo, le gusta la buena vida: los mejores restaurantes, las mujeres más bellas, ya puedes imaginártelo. Es una especie de playboy, y a Kidco eso no le gusta.

—Así que quieres que lo modere un poco, ¿no es eso?

—Sí, porque si consigues que se calme, los otros seguirán su ejemplo de inmediato. Seguirían a ese cabrón hasta las puertas del infierno si él se lo pidiera. Dios, si has conseguido que esa cabeza hueca anoréxica con tetas de silicona que representa el papel de Treva en tu programa haga algún tipo de servicio para la comunidad...¿cómo se llama?

—Malo St. John —apuntó Janna, reprimiendo una carcajada.

—... entonces puedes conseguir darle la vuelta a Gallagher. Kidco quiere que la gente vea que tiene dentro algo más que esa maldita y obsesiva voluntad de ganar y ese eterno deseo de exhibir a la favorita del mes. Quieren que todos ellos sean percibidos por el público como personas interesadas por la persona normal y corriente que paga por verles jugar. Es importante que el público piense que son algo más que un montón de camorristas con mucho dinero y poca preocupación por la decencia, por el amor de Dios.

—Estoy segura de poder hacerlo —afirmó Janna con confianza, pese a no estar segura del todo—. Pero tienes que ofrecerme algo por lo que merezca la pena abandonar Gotham.

Lou mencionó su salario informalmente y ella casi se cae de la silla. Ni en un millón de años se habría imaginado poder ganar una cantidad de dinero como aquélla.Aun así, mantuvo la frialdad.

—¿Y qué me dices de la opción de compra de acciones? ¿Plan de jubilación? ¿Dietas para vestuario? ¿Vacaciones? ¿Secretarias?

Lou suspiró, empujando hacia ella una carpeta de color granate brillante con la palabra «Kidco» grabada en relieve en plata.

—Esto te explicará todo lo que necesitas saber.

Charlaron durante un rato más y Janna salió de la entrevista sabiendo que había aceptado el puesto. Trabajar de relaciones públicas para los Blades era justo la inyección de moral que necesitaba para salir de su cómoda rutina. No sólo eso, sino que la cantidad de dinero era demasiado espectacular como para rechazarla.

—¿Por qué le llaman «el Toro»? —preguntó a una de las secretarias antes de salir de la oficina de Capesi.

La mujer, de unos sesenta años de edad, con un casquete de cabello cubierto de laca y teñido de un rojo tan chillón que levantaría a Lucille Ball de su tumba, miró a Janna por encima de las gafas bifocales en forma de media luna que llevaba instaladas en la punta de la nariz.

—Porque hace mucho tiempo, cuando era boxeador, solía luchar como un toro. Ahora sólo ataca como uno de ellos.

Janna se echó a reír, encantada. Una semana después, presentaba su dimisión en Gotham.Y allí estaba ahora, conduciendo a casi veinte kilómetros por hora por encima del límite de velocidad de regreso a la ciudad para explicarle al Toro que en su primer día en el ruedo había
conseguido que Gill y Lubov se apuntaran a algunos actos, pero que Gallagher se mostraba impertérrito.«Ty, Ty, Ty», reflexionó. «No tienes ni idea de con quién te enfrentas, ¿sabes?» Él había ganado el primer asalto, se lo había concedido. Pero contra viento y marea, el siguiente sería suyo.Tenía que ser así.

—Estuviste un poco grosero con ella, ¿no crees?

Ty levantó la vista de las páginas de deportes del NewYork Sentinel que estaba hojeando para ver que Kevin Gill, su compañero de equipo y amigo desde hacía mucho tiempo, le miraba interrogante. Estaban sentados en «su» mesa del Maggie’s Grill, esperando que les sirviesen la comida. La temporada estaba a punto de empezar y volvían a su rutina habitual: coger el coche hasta Armonk para ir a entrenar, picar algo rápido después y luego coger de nuevo el coche para regresar a la Gran Manzana. Debería estar de buen humor. El entrenamiento había ido bien; los chicos iban tirando, ahorrando el sudor y la sangre de verdad para cuando la temporada empezase oficialmente. Parecían comprender que si querían ganar la Copa en primavera tenían que darlo todo, día sí y día también, fuera día de partido o no. Además, tenía un buen presentimiento sobre la temporada que estaba a punto de empezar. Pero entonces había irrumpido esa tal Janna MacNeil en el vestuario, escupiendo propaganda corporativa, y su buen humor se había evaporado para ser sustituido por una abrumadora sensación de resentimiento que era incapaz de sacudirse de encima, sobre todo después de que ella tuviera las narices de decirle que era propiedad de Kidco.

Bebió un trago de cerveza y le devolvió la mirada a su amigo.

—No se lo merecía. Simplemente estaba intentando hacer su trabajo.

—Sí, ¿y sabes en qué consiste su trabajo, Kev? Consiste en poner orden entre nosotros para que esos trajeados de Kidco puedan ganar dinero a nuestra costa. ¡Que los jodan! Les importa una mierda la integridad del juego, o cualquiera que juegue aél. No les debemos absolutamente nada.

—Sigo pensando que no te pasaría nada por apuntarte a uno de esos actos sólo para poner contentos a los contables. Así te los quitarías de encima. Mientras sigas negándote a ello, seguirá machacándote.

Ty se encogió de hombros.

—Que lo haga.

—Por Dios.—Kevin se recostó en su asiento, asombrado—. Eres un cabrón tozudo, ¿lo sabías?

Ty sonrió.

—Por eso llevo ganadas tres Copas Stanley hasta el momento, colega. Porque nunca me rindo, y nunca me doy por vencido.

—Tienes razón.

Ty dio un nuevo trago a la cerveza. Lo que le había dicho a esa señorita MacNeil era cierto: si por propia voluntad le apetecía dedicar un tiempo a obras benéficas, lo haría. Pero estaba segurísimo de que no iba a hacerlo para que un master en ciencias de los negocios, con teléfono móvil y esposa de bandera, se llenara los bolsillos a su costa. Había pasado quince años trabajando para conseguir un equipo ganador en St. Louis. Su derecho a hacer lo que le apeteciese se lo había ganado con creces, y ahora, lo que le apetecía era ser el mejor en lo que hacía sobre el hielo y pasárselo estupendamente con ello. A lo mejor Kevin tenía razón: a lo mejor su vida sería más fácil si jugaba siguiendo las reglas de Kidco. Pero a Ty no le importaba. Eran sus reglas o no había reglas, nada de «y si...», o «peros», ni nada por el estilo.Y si a los de Kidco no les gustaba, que se apañaran.

Volvió la cabeza, buscando la camarera. El servicio era hoy lentísimo. ¿De qué iban? Kevin, leyendo sus pensamientos, puso los ojos en blanco.

—Enfría un poco los motores, ¿vale? La camarera llegará en un momento.

Ty se relajó. Era bueno que Kevin supiera siempre lo que le pasaba por la cabeza. Sobre el hielo, era el extremo derecho que recibía los pases de Ty, su velocidad, su fuerza y su dureza eran casi tan legendarias como las de Ty. La prensa deportiva solía referirse a ellos como «Batman y Robin». Fuera del hielo,Ty confiaba en Kevin para explicarle la verdad desnuda y sin tapujos; era el único tipo en quien confiaba tácitamente. Si era demasiado bestia, Kevin se lo hacía saber.Y también se lo hacía saber cuando pensaba que se estaba pasando un poco disfrutando de la vida nocturna de Nueva York.

Felizmente casado y con dos niños, Kevin era de la opinión de que Ty debía asentarse. «Cuando me retire», era la respuesta habitual de Ty. Pero con treinta y tres años de edad, en plena forma, y fuerte como un deportista diez años menor que él, daba la impresión de que pasaría aún una década más antes de que el capitán Gallagher se planteara colgar los patines. Si por él fuese, jamás se retiraría. Un día caería muerto sobre el hielo y sus compañeros de equipo se lo llevarían de la pista, con la realeza de un soberano, y luego continuarían jugando. Porque lo único importante era el hockey, así de sencillo.

O quizá no tan sencillo.

Ty había sentido una pequeña punzada de deseo al salir de las duchas y encontrarse con la relaciones públicas encaramada al banco y soltando su discurso de ánimo. Era mona... bella no, pero mona: pequeñita, pizpireta, pelo rubio y corto, nariz de garbancito y unos luminosos ojos azules que no parecían perderse detalle. Enérgica, eso era. Parecía muy enérgica. Pero qué más daba. Janna MacNeil no era su tipo.Tampoco es que recordara muy bien cuál era su tipo. Llevaba años sin mantener una relación seria.

La primera vez, cuando aún jugaba en el St. Louis, con una Stanley Cup bajo el brazo y el puesto de capitán a punto de ser suyo, se había enamorado de tal manera que incluso su juego se había visto afectado.Aquel año, el St. Louis no se acercó ni de lejos a las eliminatorias, la mujer acabó plantándole y eso, pensaba tristemente Ty, eso fue todo.Y la segunda vez que rindió su corazón, haría unos dos años, la relación se fue a pique cuando Ty se percató de que a ella le importaba más gastarse su dinero que él.

Fue él quien rompió entonces, y ella ejecutó su venganza explicando a la prensa alguna historia absurda y falsa sobre cómo despotricaba en privado sobre sus compañeros de equipo. Los que le conocían bien sabían que todo era mentira, pero aun así, el asunto dañó su credibilidad. En aquel momento se prometió que no volvería a iniciar una relación en serio hasta que se retirase, y seguía fiel a su promesa.

Y no era casualidad que desde entonces no se hubiera perdido ni una temporada de eliminatorias, y que hubiese conseguido dos Copas más, prueba positiva de que si quería ganar sobre el hielo no podía permitirse distracciones. Para él, el hockey era un compromiso a tiempo completo y lo único importante era ganar. Si eso significaba renunciar de momento a una relación estable, que así fuera.Y por eso se concentraba en pasárselo bien. Había descubierto que una de las prebendas de ser un deportista estrella era que las mujeres bellas se arrojaban constantemente en sus brazos. Ellas se arrojaban y él las recogía, no les prometía nunca más de lo que podía darles, y siempre se aseguraba de que ambas partes salieran del encuentro satisfechas.A veces añoraba el sexo más formal, con alguna vinculación más, pero descartaba enseguida aquellos sentimientos, consciente de que eran pasajeros. Lo que le desestabilizaba era tropezarse con alguien como Janna MacNeil, que parecía tenerlo todo. De hecho, durante todo el trayecto hacia el restaurante, se había visto asaltado por imágenes espontáneas de aquel cuerpecito ligero, pensamientos e imágenes que le hicieron hervir la sangre y sacar humo a la cabeza.

—¿Ty?

Pestañeó. La camarera había ido y venido, y había servido ya su salmón a la plancha y la hamburguesa de Kevin. El pequeño comedor de paredes oscuras de Maggie’s estaba lleno de clientes habituales, sus voces subían y bajaban con la fácil cadencia de la conversación. ¿Y él dónde había estado? Lejos, en los recovecos de su mente, pensando en... Sacudió la cabeza para despejarse.

—Lo siento. Estaba en el limbo.

—No me digas.—Kevin sonrió con malicia antes de llevarse una patata frita a la boca—. ¿Pensando en la relaciones públicas?

Ty dibujó su famoso semblante ceñudo, el que servía de grave advertencia al equipo rival de que iba en serio.

—Tienes razón.

—Era mona.

—Supongo. La verdad es que ni me di cuenta.

Kevin rió entre dientes.

—Mentiroso. —Le dio un buen mordisco a la hamburguesa y engulló un trago de Coca-Cola para bajar la comida—. Oye. Abby quería saber si te gustaría venir a cenar el viernes por la noche.

—Dime a qué hora y allí estaré.

—Déjame que se lo pregunte al chef y te lo digo. —Kevin hizo una pausa, durante la cual sumergió una patata frita en una piscina de ketchup—. Puedes venir con alguien si te apetece.

La mirada de Ty era inquebrantable.

—Sabes que durante la temporada nunca salgo con nadie en serio.

—Sí, claro, sólo pensaba... —Kevin se encogió de hombros—. Da lo mismo.

—¿De verdad piensas que estuve grosero con esa relaciones públicas? —preguntó de repente Ty. Sabía adónde quería ir a parar Ty.

—¿Tú no?

—Sí —admitió Ty a regañadientes, sintiéndose mal cuando le pasó por la cabeza una imagen de la expresión de perplejidad de Janna. Odiaba pensar que se había llevado una primera mala impresión de él y que seguramente tendría que cargar con ello en la próxima ocasión en que se cruzaran sus caminos—. Hablaré con ella mañana, durante el entrenamiento —murmuró.

—¿Para decirle qué?

—Que me pilló en un mal momento y bla, bla, bla.

—Y con bla, bla, bla, querrás decirle que sigues negándote a hacer cualquier tipo de actividad de relaciones públicas.

Ty levantó el vaso en dirección a Kevin a modo de brindis.

—Por mi brillante compañero de equipo, que por fin empieza a captarlo.

—Cabrón —gruñó cariñosamente Kevin—. Cabezota y toca pelotas cabrón.

Cambiando de tema,Ty se puso a hablar sobre el entrenador Matthias Tubs y sobre quién pensaba que necesitaría trabajar un poco más en defensa. Pero pese a que las palabras salían de su boca sin esfuerzo, tenía la mente en otra parte. Estaba en el vestuario, disculpándose ante Janna MacNeil, devolviéndole aquella dulce sonrisa que antes había rechazado, explicándole que en realidad no era un imbécil redomado. Se percató de que su mente empezaba a irse por las ramas y se obligó a retomar la conversación y a darse una advertencia al respecto.Tendría que controlarse y evitar a Janna MacNeil o se vería metido en problemas. Y los problemas, sobre todo en lo que a su corazón se refería, eran una cosa que no podía permitirse.

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