portada

CORTA POR LO SANO, Johanna Edwards

1

Regla número uno de los empleados de corta por lo sano
Queda siempre en un lugar público
Los cafés son el espacio ideal
Nunca vayas a un sitio donde sirvan alcohol

Soy una mentirosa. Mi trabajo me obliga a ello. Todos los días fabrico mentiras y le digo a la gente lo que quiere oír.

«¡Claro que aún te encuentra sexualmente atractiva!» Sólo que lo hace de esa manera de «mejor seamos sólo amigos».

«No es tu culpa. Sí, ya sé que todo el mundo lo dice, pero no es tu culpa.»

«No, no te odia.» Sólo que no quiere volverte a ver mientras viva.

«Tu calvicie incipiente y tu estómago de bebedor de cerveza no tienen nada que ver con que ella te dejara.»

Digo cosas como éstas porque ése es mi trabajo, endulzar las cosas malas. Le miento incluso a mi familia.

Mis padres no tienen ni idea de cómo me gano la vida. Creen que escribo anuncios para páginas web. No es que me avergüence de mi trabajo, es que mis padres son bastante anticuados. Sobre todo mi madre. Ha besado a tres hombres en su vida y llegó virgen al matrimonio, algo que me recuerda con regularidad. Si supiera que me gano la vida rompiendo parejas, se quedaría hecha polvo. Me inventé todo el asunto de Internet para ganar tiempo, para poder irles haciendo a la idea sobre el tipo de empresa que es Corta por lo Sano. Pero el problema de las mentiras es que no puedes soltar sólo una y ya está. Tienes que inventarte otras para cubrir la primera.

Para abreviar, aún no he encontrado el momento de decirles la verdad a mis padres.

Quizá sí me avergüenza mi trabajo. Pero por extraño que parezca, lo acepté porque quería ayudar a la gente. Las rupturas son horribles y devastadoras; Corta por lo Sano las civiliza. Hago todo lo que puedo para ayudar a la gente durante la transición entre su vida en pareja y su vida en solitario. Pero con buenas intenciones o no, la verdad es inmutable: soy una mentirosa.

—¿Eres Jason Dutwiler? —pregunto, después de entrar en el Starbucks del centro de Boston y localizar a un hombre de aspecto triste que se aferra a un capuchino.

—Estaba esperando a un tío —contesta, mirándome de arriba abajo.

Me aclaro la garganta.

—¿Jason Dutwiler? —repito, y él asiente con la cabeza.

—Mi secretaria me dijo que tenía que encontrarme con alguien llamado Danny —explica—. Pensé que sería un hombre.

—Dani —le digo, ofreciéndole la mano—. Es Danielle abreviado.

Jason va bien arreglado, y tiene los ojos y el cabello color castaño claro. Trabaja de contable en FleetBoston. Según mis notas, tiene treinta y seis años, pero me cuesta creerlo. Parece mucho más joven.

—Nunca pensé que Lucy pudiera dejarme por una chica—dice asombrado.

Le sonrío y me siento frente a él. Llevo una pequeña bolsa de lona negra, que dejo a mis pies.

—No te está dejando por nadie, Jason. No se trata de eso.—Pausa—. Lucy se halla en una encrucijada de su vida...—comienzo.

—¿Una encrucijada? No me vengas con cuentos. —Gruñe—. ¿Te ha pedido Lucy que me dijeras eso? —Antes de que le pueda contestar, sigue hablando—. Olvídalo. Ya he estado aguantando toda su mierda durante meses.

Toma un sorbo del capuchino y nos miramos durante un instante.

—Antes era divertida, la clase de chica a la que puedes llevar a un partido de los Red Sox y luego a tomar unas cervezas juntos, ¿sabes? —me cuenta finalmente.

¿Un contable al que le gusta el béisbol y la cerveza? Por como Lucy lo había descrito, esperaba encontrarme con un obseso de los números cuya idea de pasar un buen rato sería analizar el extracto del banco.

—Y ahora se me ha puesto en plan Gwyneth —continúa Jason.

—¿Gwyneth?

—Como la Paltrow. Lucy está obsesionada con brotes de soja y el yoga, y se niega a comer carne. Quiere encontrarse a sí misma. —Pone los ojos en blanco—. Quiere ser «una con el universo».

No tengo el valor de decirle que lo que realmente quiere Lucy es ser una con su nuevo acupuntor, Nate. «No quiero seguir con Jason —nos explicó Lucy en su primera consulta—. Se me pega demasiado. Y físicamente hablando, no es lo que quiero. En cambio, Nate... Nate es increíble. Practica el sexo tántrico.» Por otra parte, tampoco está claro lo del vegetarianismo hippy. La última vez que hablé con Lucy, se estaba preparando para ser actriz.

Me quito esa imagen de la cabeza. Se supone que le estoy explicando a Jason los hechos puros y duros.

—Vale. Hablaré sin rodeos —digo, mirándole fijamente a los ojos—. Lucy ha dejado de amarte.

Jason tiene pinta de estar a punto de vomitar. Le pongo una mano sobre el brazo para tranquilizarlo.

—Sé que es duro oírlo, pero por desgracia es la verdad.

—¿Cuándo? —pregunta con una voz que es poco más que un susurro—. ¿Cuándo ha ocurrido?

—Hace varios meses que se siente así.

—Dios. —Jason respira hondo, con el cuerpo visiblemente tenso—. ¿Y ni siquiera tiene el valor de decírmelo?¿Tiene que enviar a una amiga para que le haga el trabajo sucio?

—Aparta mi mano de su brazo.

—No sabía cómo decírtelo —explico—. No soporta la idea de hacerte daño.

La verdad es que Lucy ha llegado a un punto en que lo que quiere es cortar su relación definitivamente. Y no tiene las narices de decírselo a la cara. La mayoría de nuestros clientes son unos cobardes.

—¿Y tú qué eres, su portavoz o algo así?

—En cierto modo sí. —Ésta es siempre la peor parte. No existe una manera fácil de explicar lo que hago, así que voy directa al grano—. Toma. —Le doy mi tarjeta.

CORTA POR LO SANO
«Nosotros lo hacemos por ti.»
Danielle M.
Especialista en comunicación
(617) 55-LEAVE

—Trabajo para un servicio de rupturas. Lucy tenía miedo de que las cosas pudieran complicarse, así que me contrató para me ocupara de los detalles —explico mientras Jason mira mi tarjeta como atontado.

—¿Te ha contratado para dejarme?

Asiento con la cabeza. Se queda con la boca abierta.

—¡Ni siquiera sabía que se pudiera hacer eso!

—Corta por lo Sano es una de las primeras empresas de este tipo. Publicaron un extenso artículo sobre nosotros en The Boston Globe el mes pasado. ¿No lo viste?

—No, no lo vi —replica Jason. Se pasa las manos por el cabello; la sorpresa aún se le nota en la cara—. A ver si lo entiendo,¿te ganas la vida acabando relaciones?

—Sí. —Y también amistades. Incluso podemos despedirnos del trabajo por ti si pagas lo suficiente. Corta por lo Sano ofrece todo tipo de servicios: kits de recuperación posruptura, tarjetas «Querido John» personalizadas, asesoramiento telefónico, recuperación de bienes y mascotas, y regalos de culpa (el que deja intenta aplacar al dejado enviándole unos paquetes, preparados para la ocasión, con bollería casera, globos y vales de masajes). Nuestros precios van desde los veinticinco a los trescientos cincuenta dólares, una verdadera ganga, en realidad.

—¡Es increíble! —exclama Jason en voz muy alta. Unas cuantas personas se vuelven y lo miran.

—Mi trabajo consiste en ayudaros a que hagáis vuestra transición a la vida de solteros en buenos términos. —Jason parece demasiado asombrado como para poder hablar, así que continúo—. Lucy quería decirte algunas cosas, y pensó que lo mejor era escribirte una carta.
Le paso el sobre a Jason y él lo deja sobre la mesa.

—Luego la leo —murmura.

En realidad, todas y cada una de las palabras de la carta las he escrito yo. Entrevisté ampliamente a Lucy sobre cómo quería acabar, y luego empleé sus respuestas para redactar lo que espero que sea una nota de despedida concisa y muy sentida. Es difícil lograr el equilibrio. Tienes que ser directa y sincera, al mismo tiempo que lo engañas. Cojo la bolsa de lona.

—Lucy también quería darte esto —le digo, mientras se lo acerco.

Jason mira la bolsa con recelo.

—Venga, cógela —le insisto—. No te va a morder.«Aunque puede que te escueza un poco», pienso.Abre la cremallera y mira dentro, luego saca el kit oficial de recuperación posruptura de Corta por lo Sano, que esa misma mañana he preparado para él. Hay unos cuantos elementos que van en todas las cajas: una lista de las cincuenta mejores canciones de ruptura, una guía de los lugares de Boston menos
adecuados para citarse (la intención es mantener al abandonado alejado de tantas parejas felices como sea posible), una selección de centros de terapia y una mezcla de escritos humorísticos y serios sobre cómo sanar un corazón roto. Cada kit de recuperación posruptura se personaliza según las necesidades de quien lo recibe. Se les añade unos cuantos extras, conocidos como «regalos de culpa», según nos per mita el presupuesto. En el caso de Jason, Lucy ha costeado un par de entradas para un partido de los Red Sox y un DVD de La jungla de cristal.

Jason rebusca en la bolsa y encuentra un disco de Under de Table & Dreaming.

—¡Mi CD de Dave Matthews! —exclama—. Llevo siglos buscándolo. —Saca también una caja de DVD de Los Soprano, una foto enmarcada de la pareja en tiempos felices y una maltrecha guía del norte de California—. Ése fue nuestro primer viaje juntos —comenta con cara de pena—, llevé a Lucy a San Francisco por su treinta cumpleaños. Me declaré a ella enfrente del puente Golden Gate. —Le tiembla la voz.

—Jason —comienzo a decir—, ¿prefieres que...?

Levanta una mano para hacerme callar.

—No, puedo hacerlo. —Continúa rebuscando en la bolsa, fijándose en todo lo que contiene—. Ya veo que se ha quedado con todas las joyas que le regalé.

«Siempre lo hacen.»

Jason me mira con ojos entrecerrados.

—Debes de sentir un placer enfermizo al dejarme. En lugar de ella —especifica.

Ya he oído eso otras veces.

—Créeme, nada podría estar más lejos de la verdad.

—Y una mierda. ¿No es a eso a lo que te dedicas? ¿A aprovecharte de la desgracia de otra gente?

—Soy especialista en comunicación —explico—. Mi tarea es facilitar un final sin conflictos a una relación con problemas.

—¿Y cuántos «finales sin conflicto» has facilitado este mes, Dani? Dímelo.

Si incluyo todas las llamadas de despedida, los correos electrónicos y las reuniones cara a cara, creo que el total es de treinta y tres. Pero ¿quién lleva la cuenta?

—Jason, mi intención es ayudarte. Lucy te quiere, pero cree que estaréis mejor sólo como amigos.

—Eso es patético. Y ella es patética por tener que contratar a alguien para romper conmigo.

—Créeme, hay maneras mucho peores de hacerlo.

—Sí, claro. —Suelta un bufido—. ¿Y tú qué sabrás?

—La verdad es que mucho. Soy experta en esta área —le recuerdo—. He visto todo tipo de rupturas: en el día de San Valentín, o en el cumpleaños, o en Navidad. Hay docenas de maneras desagradables de romper con alguien: por correo electrónico, con un mensaje de texto en el móvil, por Messenger, con una postal, o un post-it, en el contestador automático, por medio de un amigo, durante una cena. Pero el método más popular, con mucho, parece ser el«escabúllete y corre».

—La mayoría de la gente hace como si de repente se hubiera evaporado de la faz de la Tierra —le explico a Jason—. Deciden dejar a alguien y, en vez de decírselo, simplemente le evitan y esperan que pille la indirecta. Al menos, Lucy ha sido clara. —Esbozo una sonrisa de complicidad—. Te aseguro que desearía que mi último novio hubiera contratado a alguien para darme la noticia. —Jason me mira escéptico—. La manera en que lo hizo fue públicamente humillante.

Por primera vez desde que he llegado, Jason se relaja un poco.

—¿Por qué, qué hizo? ¿Lo puso en una valla publicitaria?

—No vas muy desencaminado. Me dejó por radio.

Recurro a la Historia; el cuento de terror de mi propia separación seguro que tranquiliza a Jason. Todos los empleados de Corta por lo Sano tenemos una historia, y la sacamos cuando las cosas se complican. La única diferencia es que la mía es auténtica al cien por cien; mis dos colegas exageran las suyas.

—¿Llamó y te dedicó el Bye Bye Bye de ‘N Sync? ¡No, espera, déjame adivinarlo! Fue Fuck Off de Kid Rock.

Le dedico una sonrisa tensa; no tiene gracia.

—Fue Song for the Dumped,1 de Ben Folds Five. Mi ex novio era DJ en la WBCN —le explico, citando la emisora de radio de rock más importante de Boston—. Rompió conmigo en directo, durante un programa de máxima audiencia.

En los once meses que han pasado desde entonces, he debido de explicar la historia unas cien veces.

—No había sabido nada de Garrett desde hacía más de dos semanas. —Me inclino sobre la mesa y bajo la voz en tono conspirador—. Le había dejado mensajes en su casa, lo había llamado al trabajo, de todo. Entonces, pongo la radio un día al llegar del trabajo y ¡boom!, allí estaba, contando que se había acostado la noche anterior con una camarera de Hooters.

—Evidentemente no hablaba de ti.

De forma instintiva, mis manos vuelan a cubrir mi escaso pecho, y las mejillas de Jason enrojecen.

—Oh, perdón. No me refería a eso. Siempre meto la pata.—Se cubre el rostro con las manos—. Es como si fuera algo crónico. Seguramente por eso no puedo conservar a ninguna chica.

Se queda muy silencioso y temo que pueda echarse a llorar.

—Todo el mundo tiene relaciones fracasadas —digo—. Piensa en ellas como si fueran un entrenamiento. Te preparan para la de verdad. Y no quiero decir que tu relación con Lucy no fuera auténtica —suelto rápidamente, antes de meterme en líos.

Jason se ríe.

—Así aprendería. A Lucy siempre le ha gustado pensar en sí misma como la protagonista de la vida de todos. Es la reina del cotarro. No soportaría que yo la considerara sólo una«novia de entrenamiento».

Me doy cuenta de que Jason está empezando a recorrer la senda de la amargura, así que cambio rápidamente de tema y vuelvo a la historia. He descubierto que calma a la gente y la distrae.

—Bueno, pues lo que te decía de Garrett y la camarera de Hooters...

—Ah, sí —responde Jason, animándose—. Estabas llegando a lo bueno.

«¿Por qué nos reconfortan tanto las desgracias ajenas?»Dejo esta idea a un lado y continúo.

—Después de anunciar su lío con la de Hooters, uno de los otros DJ dijo: «Tío, pensaba que ibas en serio con tu chica». Garrett se rió y contestó: «Ya no. La he dejado hace una semana». Lo que, claro, era una novedad para mí. Entonces pinchó la canción de los Ben Folds Five.

—¡Vaya! ¿Y qué hiciste?

Me encojo de hombros.

—¿Qué podía hacer? Primero pensé que era una broma, pero cuando hablé con él después del programa vi que iba en serio. Lloré, grité y destrocé todas sus fotos. Le dejé mensajes estúpidos en el contestador. Incluso le tiré una bebida a la cara cuando fue a mi casa a llevarme mis cosas. Durante unos días estuve como loca.

—Pues a mí me parece una reacción muy normal.

Podría hablarle de las cinco fases por las que se pasa cuando te dejan, pero quiero acabar este trabajo cuanto antes.

—Volviendo al tema que nos ocupa, Lucy me dio una lista de las cosas que dejó en tu casa. —La saco del bolso y se la entrego—. Tenemos que quedar para que yo pase a recogerlas.

Su ánimo decae.

—Así que Lucy va en serio, ¿no?

—Lo siento, Jason, de verdad. Lo siento.

—Por favor —me ruega—, no quiero pasar por esto.

—Lucy está decidida...

—¡Habla con ella por mí! —me corta—. ¡Dile que haré lo que sea! Dejaré de fumar. ¡Meditaré! ¡Hasta me dedicaré al tanchi!

—Taichi —le corrijo.

—¡Lo que sea! Sólo quiero que vuelva. ¡Cambiaré mi vida por completo si hace falta!

—No debes cambiar por otra persona —le advierto—, nunca funciona.

—Dani —dice, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie nos está escuchando—, tú no sabes cómo amo a esa chica. Lo único que quiero es otra oportunidad para demostrárselo. No creo que sea pedir demasiado.

—Me temo que Lucy ya ha tomado una decisión.

Coloca su mano suavemente sobre la mía.

—Entonces ayúdame para que la cambie.

—No puedo.

Jason inspira con fuerza.

—¿Al menos me podrás hacer un favor?

—Depende.

—Mi hermano se casa dentro de unos meses en Cape Cod, y se suponía que Lucy iría conmigo. Si me presento solo, mis padres se pondrán hechos una furia. Me soltarán una gran bronca por haberme separado. Provengo de una familia grande y muy católica; y ya están bastante mosca porque aún no me he casado y les he dado unos cuantos nietos.

Durante un instante, me temo que vaya a pedirme que lo acompañe. No es que Jason no tenga cierto atractivo, pero esa petición sería una seria violación del protocolo.

—Convence a Lucy para que vaya a la boda conmigo y finja que seguimos juntos —me pide Jason, y yo suelto un suspiro de alivio—. Una última cita para decirnos adiós de verdad.

—No sé...

Craig McAllister, mi jefe y fundador de Corta por lo Sano, siempre me está recordando una de nuestras reglas principales: no te impliques personalmente con los clientes. En este momento, puedo oír su voz, avisándome. Pero ¿cómo le rompes el corazón a alguien, aunque sea un extraño, sin implicarte personalmente?

Suspiro.

—Dame un par de días y veré qué puedo hacer.

La gente siempre habla de las cinco fases del duelo: negación, rabia, negociación, depresión y aceptación. Pero igual de corrientes son las cinco fases del infierno de la ruptura: ataque de nervios, cabreo, recuperación, recaída y resignación. No es sólo un tópico: romper es difícil. Y olvídate de la regla de la recuperación: de la que el período de luto de una relación dura un mes por cada año que se haya pasado juntos.

Es mentira. Por lo general, a la gente le pasa al revés, y tarda un año en recuperarse de un rollo de un mes. No existe una manera fiable de medir cuánto tardará en curarse un corazón roto. Incluso en la fase cinco, cuando el abandonado se resigna con tristeza a lo inevitable, nunca lo supera completamente. Una parte de su ser siempre estará conectada a la persona que le rompió el corazón.

Desde que Garrett me dejó, me he convertido en una auténtica profesional en terminar relaciones amorosas.

Volver a autoras