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DÉJAME SER EL ÚNICO, Jo Goodman

Prólogo

Abril, 1796

—Me gustaría verle la vulva.

Madame Fortuna, de soltera Bess Bowles, miró por encima de la superficie curvada de la bola de cristal que sostenía entre las manos. Entrecerró un poquito los ojos, lo suficiente para inmovilizar a su pequeño cliente en la silla. El muchacho tenía el semblante ruborizado y Bess notó que se le calentaban las manos, como si fueran sus mejillas las que tocaba y no el frío cristal. Esta idea la dejó perpleja. Practicaba la videncia de futuros y fortunas con un aire teatral pero con muy poco talento. Su madre y su abuela habían poseído el don, y ella había visto —sin necesidad de cristales y cartas— el dolor de cabeza que eso suponía.

Bess Bowles se conformaba con ser una charlatana y aceptar las monedas de hombres y mujeres que deberían tener más entendimiento y no lo tenían. Era una diversión; la invitaban a palacetes de campo y a salones de Londres para entretener a los invitados con sus lecturas, los posos de té, el tarot, las palmas y, por supuesto, la bola de cristal. Tenía un repertorio de fortunas y advertencias funestas que aún no había empezado a agotar, y ya hacía treinta años que explotaba el deseo humano de conocer el futuro.

Sin embargo, este rufián no le había preguntado qué le deparaba el futuro. Solamente quería verle la vulva.

Bess dejó la bola a un lado. El muchacho no siguió el movimiento con los ojos porque sostenía la mirada imperturbable de Bess, aunque con ciertas dificultades, pensó ella. Era un soldadi­to muy valiente.

La visión de ese niño convertido en un joven apuesto con un traje de regimiento le vino con tanta claridad que tuvo que disimular su sorpresa. Quizá sí se merecía el apodo y la reputación de Madame Fortuna al fin y al cabo. Eso la puso tan nerviosa que bastó para borrarle la visión de la cabeza. Sería mejor que le enseñara la vulva.

Una pequeña mesa redonda separaba a Bess de su cliente. Apartó las manos de la bola y acarició la superficie irregular de la mesa hasta juntarlas ante sí y entrelazar los dedos. Los nu­dillos, ligeramente hinchados por el reumatismo que ese día la atormentaba de una manera insólita, se mostraban blanque­­cinos.

Levantó la vista y volvió a bajarla. Su piel pálida se enrojecía al mirarle, pero ni siquiera se movió en la silla. Era un niño rubio, cuya mata de pelo casi blanca le cubría la cabeza en diferentes direcciones e incluso se le ponía de punta. En ese instante parecía querer pasarse la mano para alisarse el pelo. Para aguantarse la risa, Bess recordó la petición atrevida que le había hecho. En realidad debería darle un sopapo.

En una voz algo más áspera y aflautada que su tono natural le preguntó:

—¿Cuántos años tienes?

Él parpadeó, realmente sorprendido.

—¿Usted no debería saberlo?

Al final, le daría el sopapo.

—No seas descarado.

El niño se ruborizó aún más.

—Le pido disculpas, Madame.

Levantó los hombros y enderezó la espalda contra la silla para que apreciara mejor su altura pero el efecto fue el contrario de lo deseado: sus hombros parecían más estrechos contra el ancho respaldo negro de la silla y, además, le colgaban un poco los pies. Sin embargo, respondió con dignidad.

—En mi próximo aniversario cumpliré…

—Diez —le interrumpió Bess.

—Ahora tengo diez.

—¿Eso he dicho, no?

—Cumpliré once.

—¿De verdad? —preguntó misteriosamente—. A un muchacho pueden pasarle muchas cosas antes de su undécimo cumpleaños. —Vio cómo tragaba saliva; cómo subía y bajaba su nuez, que le tiraba del cuello de la camisa como si se le hubiera ceñido de repente. Esto era mejor que darle un bofetón—. Muy bien, mi pequeño conde.

—Pero si yo no…

«Lo serás.» Lo vio tan claro que, por un momento, Bess pensó que lo había dicho en voz alta. El chico parecía igual de atónito. Se había quedado callado y la miraba de una manera que podía describirse como azorada. Sin embargo, por la manera de apretar los labios, Bess sabía que no había pronunciado esas palabras. Entonces, ¿cómo lo sabía él? ¿Y como lo adivinó ella?

Bess abrió las manos e hizo un ademán.

—No quiere decir nada —añadió—. Todos los que se sientan aquí son «milord» esto, «mi señora» lo otro… Incluso al campesino más pobre le va bien sentirse importante de vez en cuando. De eso se trata, ¿no crees? No hay nada malo en eso.

Mientras hablaba, Bess estudiaba el rostro que tenía ante sí. El color había vuelto a sus mejillas, pero era tan sólo una burda imitación del rubor rosáceo que tenían al principio. El chico quería creer sus explicaciones pero se mostraba claramente cauteloso. Ella le entendía. Para que este chiquillo pudiera asegurarse el título, su padre y hermano deberían morir. Y así sería. No sabía el tiempo que les quedaba sólo que para todos los interesados sería demasiado pronto. Bess lo presintió con una convicción absoluta. Ahora, de una manera indescriptible, el ni­ño también lo entendió.

Bess se frotó las manos. No tenía las palmas tan secas como hubiera querido. No había pedido esta segunda visión. Todo lo contrario, se alegraba de que el don se extinguiera. Suspiró y volvió a centrarse en el niño. Su silencio prolongado le había puesto en guardia de nuevo. Suponía que era hora de enseñarle lo que quería.

—Imagino que tus amigos te han empujado a hacerlo.

El muchacho dudó pero la sinceridad no tardó en salir.

—No son mis amigos, precisamente.

—Entiendo. Entonces, unos chicos mayores que te han dicho que podrás ser su amigo si pasas esta pequeña prueba.

—Exacto.

—¿Y aquellos tres chiquillos que estaban contigo antes? Parecéis de la misma edad.

—Ah, sí. Ésos son amigos míos, Madame. Hemos venido juntos a la feria.

—Ya veo. Entonces, ¿por qué no están aquí contigo? Les pondrían a ellos la misma prueba, ¿no?

—Exactamente la misma —admitió—. Pero no tenemos mucho dinero, ¿sabe?, así que nos lo jugamos a las pajitas. Yo tengo que contárselo todo luego.

—¿De verdad? ¿Y quién irá a informar a los granujas que os enviaron aquí?

—Los cuatro. No vale la pena si sólo uno de nosotros se hace amigo de ellos. Hemos insistido mucho en eso. Tendré que ser muy exacto a la hora de describir para que los demás no tengan problemas para convencer a los Bishop de que estuvimos aquí.

—Los Bishop —dijo Bess entre dientes. Había hecho bien al llamarles granujas. Año tras año durante más de un siglo, los chicos pisaban el patio adoquinado de Hambrick Hall en busca de una educación de primerísima calidad. Entre los graduados estaban los que modelarían la nación con sus ideas, su sentido del honor y su aceptación del deber. Muchos apellidos cambiaban, pero muchos otros permanecían igual. Era el legado de padres, abuelos y bisabuelos que habían paseado antes por esos adoquines, aceptando sus logros y cargando con sus errores la reserva estoica que otros más jóvenes expresaban al enfrentarse a las grandes humillaciones. Gracias a una nada desdeñable parte de la Sociedad de los Bishop, Hambrick Hall tenía mucho que ofrecer en materia de humillación.

Por lo que respetaba a novatadas, ésta era bastante inofensiva. Por otro lado, estaba bastante convencida de que los Bishop no esperaban que este muchacho y sus tres amigos tuvieran éxito.

Bess señaló la puerta de su carromato ambulante.

—Diles a tus amigos que vengan.

Al despuntar el alba partiría hacia otra feria al norte de Londres. No tenía que preocuparse de que la Sociedad de los Bishop al completo la visitara para ver lo que les había enseñado a ese cuarteto.

—Vamos. No volveré a repetir esta oferta.

Capítulo uno

Finca Battenburn, junio de 1818

Fueron sus risas las que le llamaron la atención. Elizabeth Penrose se inclinó hacia la izquierda hasta poder apartar la vista del caballete que tenía delante. Al moverse, el taburete tembló un poco. Hacía oscilar el pincel en la mano y no se dio cuenta de la gotita de pintura azul oscuro que se iba acumulando en la pun­ta, cogiendo el volumen y peso suficiente para liberarse y caer en la única parte del vestido de muselina lavanda que no cubría la bata.

Le producía gran placer oír sus carcajadas, incontroladas y con una calidad casi musical. Cuatro voces, todas de tonos diferentes, le daban una cierta armonía. Elizabeth se fijó en otros invitados, y vio más cabezas que se volvían también hacia las risas. No creía que aquellos hombres quisieran llamar la atención. No hacía ni media hora que se habían paseado entre los demás invitados del barón, conversando con unos y otros, en grupos que se habían formado de manera natural una vez quedaron saciados del ágape.

Las mantas cubrían una buena parte de la ladera. Como remiendos en un edredón, llevaban las costuras de franjas de hier­ba y flores silvestres. En diversos estados de reposo, los invitados disfrutaban del sol de la tarde, la brisa ocasional y el ritmo incesante del arrollo que fluía en su cauce.

Elizabeth volvió a mirar cuando los hombres se echaron a reír, con las cabezas hacia atrás y las gargantas expuestas. Aunque las voces eran graves, había algo definitivamente juvenil en ellas. Algo pícaro, quizá. No pudo evitar sonreír para sus adentros, aunque más que cotilla se sentía cómplice, aunque no tenía idea de por qué estaban de tan buen humor.

Que se conocieran entre ellos no le sorprendía. Con excepción del señor Marchman, todos ellos eran miembros de la nobleza y respiraban el aire perfumado de la alta sociedad. Lo que resultaba interesante era que parecían ser buenos amigos, no rivales, aunque hasta que no se sentaron en el mismo lado de la manta, Elizabeth no pudo asegurar que se conocieran algo más que de vista.

Disiparon esa idea una vez más cuando el conde de Northam sacó tres melocotones maduros de la cesta que tenía al la­do, se puso de cuclillas y empezó a hacer malabarismos. Los demás estallaron a reír de una manera grotesca. Por motivos que no terminaba de comprender, Elizabeth Penrose notó que se le encendían las mejillas. Aunque estaba segura de que nadie la había visto, buscó la protección que le ofrecía el caballete y se escondió tras él.

Hasta que empezó a aplicar la pintura sobre el papel no se dio cuenta de que el conde de Northam había robado la mayor parte de los objetos de su naturaleza muerta.

Brendan David Hampton, el malabarista, ladronzuelo y sex­to conde de Northam, perdió el ritmo cuando uno de sus amigos le lanzó otro melocotón.

—Maldito seas, Este —dijo, sonriendo—, no puedo controlar los cuatro.

Cogió los melocotones antes de que se fueran rodando por la manta y los fue lanzando a sus amigos. El que se quedó para él, lo sostuvo en la mano y fingió que lo estudiaba.

—Tiene una piel muy suave, cubierta de una ligera pelusa. Es de un tono pálido que se vuelve rubí en la hendidura. —Northam lo partió en dos—. Cuando se abre es suculento, jugoso y aromático. Y su corazón yace en el centro de su pulpa dulce y delicada.

En silencio, y casi sin mover los labios, dijo:

—Señores, les entrego la vagina de Madame Fortuna. Que Dios la bendiga. —Hizo una pausa—. Y que Dios bendiga a los ingenuos críos de Hambrick.

A Matthew Forrester, vizconde de Southerton o Sur para los amigos de la infancia en Hambrick, casi se le atragantó el trozo que se había llevado a la boca. Sur, que se debatía entre la risa y el esfuerzo de tragar, tosió con fuerza. El señor Marchman se le acercó y le dio unos golpecitos en la espalda. Como empleó más fuerza de la estrictamente necesaria, Sur le lanzó una mirada muy elocuente. Los muchachos pasaron por alto su amenaza porque les era difícil tomarse a Sur en serio con esas mejillas tan rojas y los ojos brillantes por las lágrimas. Para evitar otro golpe en la espalda, tuvo que rodar por la manta.

—No es muy decoroso —musitó, sin hacerles caso—. Sabía que pasaría si nos acercábamos tanto. Siempre hay alguien que acaba mencionando a Madame Fortuna. Y hace gracia has­ta que uno se ahogue y otro quiera matarlo tratando de separar su cabeza de los hombros.

—Creo que has sido tú quien la ha mencionado primero —señaló el señor Marchman, tranquilo. Le dio un mordisco a su melocotón—. Y si quisiera separarte la cabeza de los hombros, usaría mi cuchillo.

Automáticamente, Gabriel Whitney, marqués de Eastlyn, miró la bota derecha de Marchman.

—¿Lo llevas ahora mismo, Oeste?

La respuesta de Marchman no llevaba el deje de humor que su amigo había usado en su pregunta, aunque no estaba claro si su ausencia se atribuía a la pregunta en sí o al apodo que había empleado.

—Siempre. —Cambió el tema de conversación y se dirigió a Northam—: Parece que no te deleitas en los frutos de tu trabajo.

Northam seguía sujetando las dos mitades de su melocotón. No miraba a sus camaradas sino más allá, hacia una pequeña extensión de jacintos silvestres donde habían montado un caballete. La muchacha que había estado pintando allí había desmontado ya el bloc de dibujo y estaba guardando los materiales. Northam no era dado a actos de remordimiento, pero al ver el melocotón abierto en sus manos, una sombra de arrepentimien­to se asomó a sus ojos.

—Creo, amigos, que debo disculparme. Me temo que he confiscado los objetos de su trabajo.

Eastlyn miró por encima del hombro y arqueó una ceja.

—Ah, sí. Lady Elizabeth Penrose. Anoche la acompañé a la cena. Lo sabrías si hubieras llegado a tiempo, Norte. Y lo mismo va para los demás.

Northam le fulminó con la mirada, aunque no se mostró muy exaltado.

—Las diferencias de opinión con mi madre me retrasaron hasta hoy. Piensa que es hora de escoger esposa y yo opino que aún no me ha llegado el momento, ni llegará a corto plazo.

Southerton, que se aproximaba a la manta, asintió.

—Ese argumento me resulta familiar. Dime, ¿qué crees que desea: una nuera o nietos?

Northam no dudó.

—Nietos.

—Exacto. Lo mismo sucede con mi madre, aunque nunca me lo ha dicho directamente. ¿Por qué crees que será?

Eastlyn estiró el brazo hacia atrás y luego hacia delante, lanzando el hueso del melocotón en un arco perfecto hacia el arrollo, donde aterrizó con un sonoro chof.

—No te lo dice directamente por la misma razón que las demás madres no hablan de esas cosas: no quiere creer que su querido hijo sabe algo de la concepción.

Marchman asintió.

—Este tiene razón, aunque me duela admitirlo. —Los miró uno a uno, atentamente—. ¿Quiere decir esto que pronto me veré felicitándoos y besando a vuestras esposas? La verdad es que es una idea atractiva, ¿sabéis? Veros a los tres encadenados mientras yo tengo un campo abierto delante de mí.

El conde de Northam le lanzó las dos mitades del melocotón a Marchman, que las cogió al vuelo.

—No creo que haya campo que aún no hayas arado, Oeste. —Se levantó, frotándose las manos—. Voy a ofrecerle mis disculpas. Hacedme el favor de no ponerme en evidencia en presencia de la dama.

—Ten cuidado, Norte —dijo Eastlyn—. Es la hija de Rosemont y la preferida de nuestros anfitriones.

—No quiero comprometerla —dijo Norte, secamente—. Só­lo quiero hablar con ella.

Eastlyn, Southerton y Marchman lo observaron mientras se marchaba. Eastlyn se apoyó sobre los codos y cruzó las piernas por los tobillos. Los rayos de sol jugaban en su pelo castaño y le daban un tono rojizo. En su rostro se asomaba una media sonrisa y sus ojos oscuros centellaban.

—Yo digo que éste se casa antes de que termine el año.

—¿Con Libby Penrose? —preguntó Southerton, incrédu­lo—. Tú deliras.

Marchman miró a Southerton con interés.

—¿Libby? Ese nombre me suena. ¿La conoces?

Southerton se encogió de hombros.

—Antes de hoy no la había visto nunca. Llegar tarde con Norte tiene sus inconvenientes. Aunque creo que mi hermana la conoce porque hicieron la puesta de largo juntas. Me escribía cartas repletas de los detalles más insoportables de su primera temporada en sociedad. Por supuesto, a ella le resultaba extraordinario, pero os digo que yo agradecía estar al servicio del almirante y no en Londres. En sus cartas, lady Elizabeth era una figu­ra prominente. Emma me contaba que le gustaban muchas cosas de Libby —así la llamaba ella—, pero no me acuerdo de los detalles concretos. Sé que lady Elizabeth era considerada una intelectual, algo que le granjeó el cariño de Emma, pero que le hi­zo un flaco favor a su debut. Ahora que lo pienso, Libby era unos dos o tres años mayor que Emma. Es decir, ahora debe de tener unos veintiséis.

—Dios mío —dijo Marchman, fingiendo sorpresa—. Pues debe de estar deseosa. Sí, eso es precisamente lo que percibí al conocerla. Se relame nada más pensar en el fin de su soltería.

El vizconde le lanzó una mirada severa.

—No me vengas con cuentos. Sabes perfectamente lo que quiero decir. La condesa viuda de Northam nunca le daría su aprobación.

La carcajada de Eastlyn les llamó la atención.

—Razón de más para que Norte se interese por ella.

—Cierto —dijo Southerton, que ahora estaba más pensativo—. Muy cierto. Norte es bastante predecible en ese aspecto. Puede que su madre se arrepienta de lo que desea.

Incluso Marchman inclinó la cabeza mientras miraba a sus compañeros con aire pensativo.

—¿Apostamos? Creo que se está fraguando una apuesta y yo tengo una libra de oro que dice que, a finales de año, Norte presentará una nuera a la condesa.

El vizconde Southerton se echó a reír.

—¿Una libra de oro, eh? Muy bien, si tengo que apostarme una libra, deberás ser más específico. ¿Será Libby Penrose la que llevará al altar?

Marchman volvió a mirar hacia donde estaban su amigo y Libby Penrose. Northam tenía una expresión seria e impenetrable. En este momento podría desear hallarse en otro lugar o bien sentirse muy a gusto con ella. Si Elizabeth Penrose era co­mo se decía una mujer de gran talento e intelectualidad, entonces apostaba que Northam se sentiría a gusto.

—Acepto —dijo—. Se casará con lady Elizabeth. Este, ¿te apuntas a la apuesta?

—Será un placer.

Eastlyn alargó el brazo y recogió una moneda de oro de cada hombre.

—¿Qué sucede? —preguntó Elizabeth.

Se dio cuenta del cambio de actitud del conde de inmediato, por insignificante que fuera. Cuando la miró, sus ojos se ensombrecieron un tanto, la única señal de una expresión implacable de que algo no iba bien. Como tardó en responder, Elizabeth miró en dirección a sus amigos. Uno de ellos se guardaba algo en el bolsillo de la chaqueta y los otros dos se estrechaban la mano. Parecían afables en extremo.

—¿Quiere volver con ellos?

Se ruborizó un poco al pensar que había sido incapaz de mantener su atención incluso en tan poco tiempo. Era considerada una buena conversadora y se decía que aún sabía escuchar mejor. En las cenas, los anfitriones solían sentarla al lado de los invitados más difíciles. Tenía buena mano para apaciguar al ampuloso, animar al zopenco, adular al más vanidoso, y dar la mejor réplica al grosero.

Quizá su habilidad había sido perfeccionada en demasía, pen­só Elizabeth, porque ahora mismo parecía no tener ningu­na. Levantó la vista hacia el conde. El pelo parecía un casco de sol. La suave brisa hacía que unos mechones le acariciaran la sien. Él los apartó con aire ausente. Una luz blanquecina rodeaba su cabeza y una sombra pasó fugaz por su rostro.

—¿Quiere dar un paseo conmigo, lady Elizabeth?

Él mismo se sorprendió con la invitación. No había formado bien las palabras en su cabeza que ya le salían por la boca. No era exactamente el deseo de su compañía que le animó a invitar­la sino el de mantenerla al margen de las especulaciones de sus amigos. Pensó en conocerla mejor más tarde, de una manera mucho menos pública, pero escogió un momento menos forza­do. Esperaba que no hubiera visto cómo el dinero cambiaba de manos; y esperaba aún más que, en caso de haberlo visto, no pensara que tuviera nada que ver con ella. Southerton y Marchman deberían tener más cabeza a la hora de realizar sus apuestas. No hacía falta ser un adivino para saber que tenía que ver con él y, por lo tanto, con Elizabeth Penrose también. Había tomado parte en apuestas similares en el pasado; la primera y más espectacular fue la de Madame Fortuna y el desafío de los Bishop en Hambrick. Pero esto era muy distinto. Absolutamente distinto. Le había pedido a su anfitriona que le presentara a Elizabeth Penrose para poder disculparse. No tenía en mente seducir a la hija del conde de Rosemont, pensaran lo que pensasen esos tres bufones.

—¿Un paseo? —preguntó Elizabeth. Parecía tan ingenua como una colegiala. Nunca había sido así.

Él sonrió, suavizando las comisuras de una boca que, bien cerrada, podía parecer extremadamente obstinada.

—Sí, un paseo. Un pie delante del otro pie. Codo con codo, si lo desea, y siempre a la vista de cada uno de los cincuenta amigos íntimos, confidentes, primos de la baronesa y, sobre todo, de su marido. Sur me advirtió desde el principio que usted es la preferida del barón y su esposa.

—¿Sur?

Northam señaló con la barbilla la manta donde Sur rea­lizaba sus estiramientos como si se dispusiera a echar una ca­bezada.

—El vizconde Southerton. Le llamamos Sur.

En ese momento, Sur bostezó con la boca tan abierta que Elizabeth creyó verle las amígdalas. No hizo amago de esconder su sonrisa al verlo. Sus labios carnosos se curvaron y pudo ver la blancura de sus dientes.

Northam vio lo mismo que ella y sonrió.

—Menuda estampa. —Sacudió la cabeza, preguntándose si a estas alturas podía fingir que no estaba tan unido a Sur o a los demás.

—Conocí a su hermana lady Emma. Hicimos la puesta de lar­go en la misma temporada.

—También conozco a Emma —dijo él—. Aunque me perdí su debut. Pero, dejando eso a un lado, esta relación nos hace prácticamente amigos desde hace mucho tiempo.

—No diría tanto.

—No hace falta que lo haga, ya se lo digo yo.

Elizabeth se echó a reír.

—Ciertamente. —La joven se serenó; sus hermosas cejas adquirieron una expresión más relajada—. ¿Y no le dará vergüenza pasear conmigo? —No miraba al conde sino al camino irregular que bordeaba el serpenteante cauce del río—. Me temo que puedo darle motivos para que se arrepienta de su invitación.

—¿Tener vergüenza? ¿Yo? Creo que no. —No sabía qué quería decirle con eso.

Claro que no lo sabía, pensó Elizabeth. Había llegado tarde a la excursión, con el vizconde a la zaga. Se había perdido la cena de la noche anterior y era obvio que el marqués de Eastlyn, que la acompañó a la mesa, no le había dicho nada de su dolencia. A diferencia de la mayoría de invitados que habían acudido al área de picnic, ella había ido a caballo. Su montura se hallaba a unos cincuenta metros pastando alegremente a la entrada del bosque.

Elizabeth se puso en pie con gracia. Dejó la caja de acuarelas sobre el taburete y se quitó la bata. Trató de limpiarse la mancha sin éxito, y suspiró al ver que ya no podía hacer nada al respecto.

—Me encantaría pasear con usted —le dijo, mirándole con decisión—. ¿Puedo cogerle del brazo?

—Por supuesto.

Levantó el codo, y se sorprendió por la fuerza con la que se asió a su brazo. Elizabeth Penrose era más alta de lo que creía. Sentada en el taburete parecía tener una altura normal, quizá algo más pequeña. Pero eso era antes de ver que era todo piernas, que había mantenido recogidas bajo el taburete y ocultas bajo esa bata llena de pintura. Al enderezarse comprobó que su barbilla le llegaba al hombro y sus ojos, grandes y con forma de almendra, no estaban muy por debajo de los suyos. Era esbelta pero no frágil; elegante, pero no remilgada. Lo asía del brazo con firmeza, y las venas y los nudillos blancos de su mano revelaban también una gran fuerza.

Cuando dio el primer paso, entendió el motivo. Elizabeth Penrose cojeaba de manera considerable. Él notó su titubeo, como si pensara que él pondría fin a su paseo antes de empezar. Pero Northam no tenía intención de hacerlo.

—Por aquí —le dijo.

Pasaron al lado de la gran mesa que albergaba el festín para el picnic. Parecía del todo incongruente en medio del campo, con manteles de lino blanco, la cristalería y la cubertería y las fuentes de plata. Había bandejas colmadas de pollo, ternera y truchas, cuencos con melones, naranjas y melocotones. Las torres de pan, pasteles y tartas estaban en un extremo aún sin tocar.

Elizabeth siguió su mirada hacia la mesa.

—No le parece bien —le dijo.

—Es el colmo de la indulgencia —explicó con una mueca—. Perdóneme. Incluso a mí me ha sonado melindroso. —Por el rabillo del ojo vio como la joven sonreía—. Nuestros anfitriones nos han obsequiado con un festín que hubiera alimentado al ejército de Wellington durante un mes.

Su sonrisa se ensanchó al oír esa exageración.

—Entonces está bien que se haya ganado ya la guerra. Negar a Wellington no serviría al interés nacional. Y, para que lo sepa, la baronesa dará órdenes a los criados de que lleven los restos al orfanato de Merrimac. Nada se desperdiciará.

Elizabeth era consciente de las cabezas que se volvían en su dirección. Su paseo entrecortado hacia el sendero suscitaba comentarios entre los invitados. Era inútil ignorarlo.

—Somos sujeto de especulación, milord, y aún no hemos llegado al arroyo.

—Si nos creen un interesante tema de conversación, entonces con gusto quiero estar lejos de ellos.

—Parecía que se lo estaba pasando bien con sus amigos.

—Recordábamos nuestros días en la escuela. Íbamos juntos a Hambrick Hall. Le puedo asegurar que no había nada edificante en nuestra conversación. —Dependiendo del conocimiento y de la perspectiva de cada uno, no era cierto del todo. Quizá Elizabeth Penrose hubiera pensado que era de lo más educativo. Él también, pero cuando tenía diez años—. Ya hemos llegado —dijo él al llegar al sendero—. ¿Quiere que nos detengamos un momento para disfrutar de las vistas?

—No necesito descansar —replicó ella con cierta acritud.

Northam la miró. Tenía las cejas mucho más oscuras que el pelo y arqueó una para lanzarle una mirada de lo más pícara.

—¿Puedo disfrutar de las vistas yo, al menos? Usted puede seguir caminando si quiere.

Elizabeth volvió la cabeza y miró el arroyo. Se encontraban en una posición privilegiada para disfrutar del murmullo continuo del agua y de la suave brisa, aunque no le cabía la menor duda de que se detenía por ella. Margaritas y geranios silvestres crecían a lo largo de la orilla. Al otro lado, la hierba llegaba hasta las rodillas y las briznas ondeaban y se doblaban, volviendo la colina de un verde plateado cuando se exponía su parte inferior. La hierba daba paso a una zona boscosa que era de gran estima para los aldeanos por la abundancia de fauna y flora. Que el barón no tuviera gran empeño en perseguir a los cazadores furtivos comportaba para los aldeanos de Battleburn, e incluso de poblaciones más lejanas como Merrimac y Stoneshire, una fuen­te de alimento incluso en tiempos de mayor escasez.

A sus espaldas, Elizabeth oía el murmullo de las conversaciones. No era tan diferente del zumbido de las abejas que acudían a una zona de la orilla. Iban y venían en pares o en grupos de tres, buscaban un ramillete de equináceas y bailaban sobre los grandes pétalos violetas antes de regresar a la colmena.

—¿Continuamos? —preguntó Northam.

—Si ya se ha hartado de las vistas…

Él sonrió.

—Creo que sí. —Northam notó como se aferraba a su brazo antes de emprender la marcha. El camino era lo bastante ancho para poder seguir a su lado. Era consciente de las suaves hondonadas y las inclinaciones pedregosas de manera muy diferente a como actuaría si su acompañante tuviera una salud de hierro—. ¿Se hospeda usted con los anfitriones? —le preguntó.

—Sí. Vine dos semanas antes que ellos. A Louise y a Harrison no les gusta mucho la vida campestre, ni tan siquiera en los días más idílicos de verano. Con mucho gusto me ocupé de que todo estuviera en orden antes de que llegaran.

—Tengo entendido que es hija de Rosemont.

Elizabeth interpretó ese comentario como algo incongruen­te pero siguió su línea de razonamiento.

—¿Cree usted que es extraño que el barón y la baronesa tengan esas confianzas conmigo?

—No sabía que la contrataran para tareas tales como preparar su hogar antes de su llegada… pero, sí, tiene usted razón: encuentro extraño que viaje con ellos y no se ocupe de la misma manera de las fincas de su propio padre.

—Mi padre tiene a mi madrastra para ofrecerle consejo y compañía. Y mi hermano menor está allí también para dejarse pisotear. Papá nunca ha puesto ninguna objeción a que pase tan­to tiempo fuera de casa.

A Norte no le pasó desapercibida la frialdad de su voz. Era esa falta de afecto tan singular la que le daba a sus palabras una precisión tan escalofriante. No sabía a qué se refería y tampoco quiso insistir. Se lo guardó todo para examinarlo en privado.

—Tengo una invitación de quince días —le dijo.

—Lo sé —repuso ella, mirándole con recelo y esbozando una leve sonrisa—. La escribí yo.

Él se echó a reír.

—Así que también se ocupa de su correspondencia.

—La baronesa misma le dirá que no tiene mano alguna para organizarse sus cosas. Battenburn tenía a un tal señor Alexander que se preocupaba de sus asuntos más nimios, pero se fue y ahora soy yo quien se encarga de estas tareas.

—Es una trabajadora no remunerada, pues.

—Más bien soy como una hija —le corrigió ella—. Me consideran de la familia. No tienen hijos.

Ni el barón ni la baronesa habían cumplido los cuarenta, así que no era imposible que pudieran tener hijos. Northam suponía que Elizabeth tenía conocimiento de circunstancias de naturaleza personal que explicaban por qué la pareja, al menos en quince años de matrimonio, seguía sin descendencia.

—No los conozco bien. La invitación fue inesperada.

—Pero bienvenida.

—¿Cómo llega a esa conclusión?

—Pues porque respondió favorablemente. Su ausencia anoche, junto con la de su amigo el vizconde Southerton, causó cierta consternación así como la reorganización de los asientos en el último minuto, pero ahora está aquí, así que se puede decir que agradeció la invitación.

—Me apetecía divertirme, que es diferente.

Ella le entendía bien. Era la misma diferencia que echar a correr hacia un lugar, y echar a correr desde otro lugar. Lo que no entendía era por qué el conde de Northam lo compartía con ella. A juzgar por el silencio que siguió, él se hacía la misma pregunta.

Elizabeth alzó su rostro hacia el sol instantes antes de que una hilera de árboles le bloqueara la vista, la luz y el calor. Se había dejado el sombrero en la hierba, no muy lejos de la caja de acuarelas y pinceles. Sabía que se le enrojecería el rostro, pero tampoco le quitaba el sueño. Más le importunaba el dolor de cadera. Se detuvo a medio camino y Northam también paró, mostrándose solícito de inmediato.

—¿Quiere que vaya a coger una silla? ¿O su taburete?

Ella se imaginaba lo mojigata que parecería sentada al borde del río en una silla de respaldo recto; una vez más, dejaría al descubierto su enfermedad.

—No, gracias. Si me concede un momento, sólo necesito…

Elizabeth se quedó quieta y tomó aire al tiempo que Northam la levantaba. La apoyó contra su pecho; sus piernas le colgaban por encima de un brazo mientras que con el otro la sujetaba por la espalda. Ella le miró con unos ojos enormes, unos ojos color miel asustados, al principio, y luego ligeramente acusadores.

—Hay muy poca distancia hasta esas rocas —dijo con cal­ma—. Puede rodear mi cuello con sus brazos.

—O bien poner las manos en su cuello.

Vio que su comentario no le molestó. A regañadientes, levantó los brazos y los colocó en su sitio. Encima de su hombro, Elizabeth vio a la baronesa apartándose de su círculo de amigos, obviamente porque alguien le había dicho algo, y la saludó con efusividad, con una sonrisa que le iluminaba el rostro. El barón, sumido en una discusión con un puñado de hombres de mentalidad política, también se dio la vuelta y le saludó con un gesto igual de cálido. En la manta donde los tres amigos de Northam marcaban su territorio, se intercambiaban risas y gestos en una especie de ritual de aprobación masculina que Elizabeth no aca­bó de entender.

—Parece que sus amigos aprueban su comportamiento —di­jo ella—. O eso, o se están preparando para una pelea.

Él se echó a reír a grandes carcajadas, nítidas y ensordecedoras. Tuvo que detenerse a media zancada para poder estabilizar­se él y a Elizabeth. Sintió la vibración de su pecho bajo sus dedos donde le agarraba. Northam recobró el aliento y siguió andan­do, moviendo la cabeza y sonriéndose para sus adentros como si pudiera ver el comportamiento que provocó su comentario.

—Es que no lo pueden evitar. Y no lo digo como excusa; es la pura verdad.

—La verdad es que anoche no le encontré ningún defecto al marqués. Fue considerado sin excepción. Estoy segura de que no acabó a tortazos con ningún invitado.

—Este estaba solo.

¿Este? Estaba perpleja. El marqués de Eastlyn, por supuesto. A Elizabeth le hacía gracia que estos cuatro amigos siguieran usando los apodos de la infancia.

—No estaba solo precisamente. La mesa del barón estaba a rebosar.

Northam la dejó sobre una parte de la roca cubierta de ve­getación. Se sacó un pañuelo del abrigo y lo extendió sobre la roca.

—Por favor —se ofreció—. Permítame que la ayude a sentar­se. El sol ha calentado este lugar.

Ayudó a Elizabeth a recuperar el equilibrio y la sentó sobre el cuadradito de tela, y luego se sentó a su lado. Ni su abrigo ceñido ni las objeciones que esperaba de su mozo aquella tarde le impidieron que se lo quitara. Miró a Elizabeth mientras se subía las mangas de la camisa.

—¿Le importa?

Su falta de consideración por las convenciones la sorprendía. A pesar de la calidez de la tarde, ningún otro hombre había ido tan lejos y se había quitado el abrigo. Sospechaba que muchos de ellos no se lo podrían haber quitado sin ayuda de su mozo. Pero en lugar de parecer desaliñado, Northam consiguió adoptar un aire de elegancia informal y Elizabeth sospechó que si girara la cabeza y mirara a los invitados, la mitad femenina estaría mirándole con cierta admiración, mientras que los hombres estarían ansiosos por quitarse también la ropa de abrigo. Entonces cayó en la cuenta de que este hombre tenía pocos miramientos en cuanto a las convenciones porque ayudaba a establecer el estándar.

—¿Volvería a ponerse el abrigo si me importara? —le preguntó.

—No, claro que no —le dijo—. Pero me preguntaba si le molestaba.

Ella rio.

—Dice cosas de lo más inesperadas.

Su sonrisa fue más breve.

—¿Eso cree? Le aseguro que soy bastante serio.

—Y le creo. Puede que no haya una buena razón para que los hombres deban sofocarse de calor en sus abrigos mientras las damas disfrutan de cierta comodidad en sus ropas de muselina a la sombra de los parasoles. Debo confesar, no obstante, que no lo había pensado antes de hoy. No se me había ocurrido que se sintiera incómodo.

—Condenadamente incómodo. Pero es nuestro sino sufrir en silencio. Tengo entendido que impresiona a las damas. —La miró de soslayo para medir el efecto de sus palabras. Ella no parecía muy impresionada, algo que agradeció inmensamente.

Lo que a Elizabeth le gustaba era que hablara con tanta franqueza.

—Yo no llevo sombrero —dijo a modo de confesión.

—Ya me he dado cuenta. —Miró su melena. No era morena del todo. Unos mechones dorados le daban a su pelo un tono bañado por el sol. Era una de las primeras cosas en las que se fijó. Esas mechas rizadas y brillantes de oro eran lo que le llamaron la atención cada vez que ella miraba por encima del caballete—. ¿Se lo pondría si le dijera que me importuna?

Elizabeth no se apresuró a responder; se pensó la pregunta con seriedad.

—¿Sabe? Creo que no —dijo al final.

Él arqueó las cejas como si la retara.

—¿Ni siquiera si le dijera que le salen pequitas en la nariz?

Ella negó con la cabeza.

—A mí no me salen pecas.

—Para proteger su piel clara del sol, entonces.

—No, ni siquiera en ese caso. Y menos hoy. Es un día precioso para ir sin sombrero, ¿no cree?

—La verdad es que sí.

Elizabeth volvió a tener ganas de reír y cedió porque le pareció algo natural, como si rendirse fuera una especie de victoria, no una de las que vienen tras una batalla, sino de las que llegan con el tiempo, como si la primavera le pisara ligeramen­te los talones al invierno. Pero eso no podía decírselo, claro. Él no podría entender lo que ella apenas entendía. Sin embargo, él era en cierto modo responsable de este momento, mientras ella podía quedarse tranquila porque al final había podido disfrutarlo.

Northam retomó el hilo de su conversación anterior acerca de su amigo Eastlyn.

—En cuanto al asunto de su señoría, el marqués, lo que qui­se decir es que sin Marchman, Sur o yo estando presentes en la mesa del barón… bueno, no es lo mismo. Tenemos tendencia —lamentable, para muchos— de animarnos los unos a los otros para cometer ciertos deslices de conducta.

Elizabeth apartó la vista de los antebrazos de Northam antes de que él se diera cuenta de que estaba mirando. No eran tan pálidos como los suyos y el fino vello que los cubría era como polvo dorado. Concluyó que ésta no era la primera vez en lo que iba de verano que se había arremangado la camisa hasta los codos y disfrutaba del aire fresco de una manera más natural.

—Deslices de conducta —murmuró antes de que sus pensamientos tomaran otros derroteros más díscolos—. Sospecho que lo está pintando demasiado bien. Seguro que eran unos diablillos en Hambrick Hall.

—¿Diablillos? —Negó con la cabeza—. Ni siquiera por la peor fechoría podrían llamarnos diablillos. Éramos… —hizo una pausa, en busca de la mejor descripción—… inocentemen­te molestos.

—Ya veo. ¿Y ahora?

—Ahora somos maleducados, simplemente.

Elizabeth se echó a reír.

—Dudo que nadie piense así, si no, no estarían tan solici­tados.

—¿Solicitados?

—¡Vamos! No hace falta que sea modesto. Ya debe de saber que es un honor para la anfitriona cuando acepta una invitación.

—¿Habla solamente de mí, o de mí y mis amigos?

—De hecho me refería a usted individualmente porque, en verdad, no sabía que eran tan amigos.

—¿Así que es un placer para el barón y la baronesa tenernos a todos aquí?

—Bueno, sí. ¿Acaso lo duda? Aunque no estoy tan segura acerca del señor Marchman. No recuerdo haber escrito su invitación, y no puedo decir con certeza cuándo llegó.

—Oeste vino para hacerme un favor, con el permiso de nuestra anfitriona, por supuesto. Al parecer ella misma contestó la misiva.

—Suele hacerlo de vez en cuando. Me pregunto por qué nun­ca me lo mencionó. —Qué descuido más extraño. La baronesa solía informarla siempre de todos los cambios—. No estuvo en la cena anoche. —Y esa ausencia no había causado la misma molestia que la de Northam y Southerton. En realidad, lady Battenburn no le esperaba hasta la hora del picnic.

—No, sólo ha venido para pasar el día. Cuando terminemos nuestros asuntos, se marchará.

Aunque se moría de curiosidad, Elizabeth no podía preguntarle por la naturaleza de sus asuntos.

—¿Por qué le llaman Oeste?

Northam se encogió de hombros.

—Teníamos que llamarle de alguna manera y los otros puntos cardinales ya estaban cogidos.

Northam. Southerton. Eastlyn. No le fue difícil imaginar que de pequeño, en Hambrick, Marchman debía de estar desesperado por integrarse.

—Pobre señor Marchman.

—Yo no me compadecería demasiado de los sentimientos de Oeste. Se adaptó a su nombre igual que los demás.

Elizabeth frunció el ceño. Se dio la vuelta para mirarle.

—¿Qué quiere decir?

—No fui Northam en Hambrick —respondió él.

Esperaba algo más a modo de explicación, pero Northam se quedó callado. No la miraba a ella; tenía la mirada fija en el otro margen del río, en el campo y el bosque que había más allá. Ella siguió la dirección de su mirada pero no vio nada interesante que pudiera haberle llamado la atención. Los pájaros iban y venían revoloteando de las ramas, que oscilaban a su paso. Un conejo se quedó quieto en la orilla cubierta de hierba, con los sentidos alerta ante el avance lento y tortuoso de una tortuga que salía del agua.

De perfil, Northam parecía inaccesible. Las líneas de su rostro estaban dibujadas con pinceladas gruesas y duras. No había nada indulgente en la expresión de su boca, ni debilidad en la forma de su mandíbula. Más que estar pensando, parecía que se armaba de valor. Incluso su nariz, con esa pequeña protuberancia en el puente, se inclinaba hacia delante con agresividad. Solamente sus largas pestañas negras, en un contraste perfecto con su mata de pelo claro, le hacían parecer algo vulnerable.

Luego, se volvió hacia ella, y cualquier impresión que hubiera tenido sobre su semblante de mármol se desvaneció de su cabeza. Él sonrió, algo tímidamente, y se disculpó por estar en las nubes. Elizabeth aceptó sus disculpas y no le pidió más explicaciones. Sin embargo, no creyó ni por un momento que hubiera tenido la cabeza en otro lugar que no fuera el presente. No había estado pensando en sus cosas, sino recobrando la calma. Quizá tenía que ver con ese asunto con el señor Marchman, pero no estaba segura.

—¿Ha recibido muchas invitaciones por estas fechas? —le preguntó. En honor a la victoria de Wellington en Waterloo hacía tres años, las invitaciones para celebrarlo acribillaban a la al­ta sociedad como si fueran disparos de cañón. Ésta era una batalla de la que el mismo Wellington habría huido. Todas las anfitrionas se entregaban con ganas a la refriega. La reputación por auspiciar el gran acontecimiento podía ser de por vida o bien podía verse arruinada por aquellos que no asistían a la ga­la. De momento, la baronesa lo había hecho bastante bien. La celebración de quince días en su casa de campo le daba a la gente la oportunidad de ir y venir a su antojo. En el transcurso de la ocupación —al fin y al cabo, esto era la guerra—, la flor y nata de la sociedad se reunía en Battenburn.

—¿Muchas invitaciones? —musitó Northam—. Me fue imposible apartarme de la línea de fuego. Pero no me resultó difícil decidirme. Tenía ganas de venir aquí.

Elizabeth sonrió afectuosamente, aceptando su halago de par­te de su anfitriona.

—La baronesa estará encantada de saberlo, que haya escogi­do su fiesta de entre todas las demás… bueno, puede imaginar que se tomará esto como un gran halago. ¿Le importa si se lo digo?

—En absoluto, aunque quizá es mejor que no le cuente el motivo por el cual quería venir.

Su sonrisa titubeó para luego desvanecerse por completo. Entre las cejas apareció una pequeña arruga.

—No lo entiendo.

—¿Ah, no?

—Acabo de decírselo, ¿no?

Él arqueó una ceja ante la impaciencia que el tono de la muchacha comunicaba.

—Entonces he sobrestimado su perspicacia o no le he dedicado la suficiente atención.

—Creo que soy lo bastante perspicaz, milord.

Él asintió.

—Yo también lo creo. Eso significa que no he dejado claro mi interés.

Elizabeth deseó estar en otro lugar. El sol parecía que ya no calentaba, y bajo los dedos notaba la frialdad de la piedra. Su deseo por desaparecer se hizo patente en su rostro.

—Ahora la he hecho sentir incómoda —dijo Northam, con calma.

—No, no es eso…

—Por favor, no se ande con rodeos. Veo claramente que de­searía que no hubiera hablado con tanta sinceridad. Quizá pueda tranquilizarla, ya que mi interés le ha causado cierta ofensa.

Elizabeth no sabía dónde mirar. Le daba mucha vergüenza que le hubiera leído el pensamiento tan fácilmente. No era tan ingenua. A los veintiséis había aprendido a disimular sus emociones y a presentar otra cara en público. Sintió la necesidad de dar la vuelta, igual que hacía un rato antes, hasta que pudiera recobrar la compostura. Pero, en lugar de eso, se le quedó mirando con descaro y se mantuvo firme. Sólo deseaba poder hacer algo respecto al rubor de sus mejillas.

—No me ofende su interés —dijo fríamente—. Sólo estoy algo recelosa. De una manera muy educada, la gente suele decir que me he quedado «para vestir santos» desde que cumplí los veintiséis en abril. Me llaman intelectual porque seguí leyendo y demostrando aptitud por los estudios tras dejar las aulas. Aunque es bien sabido que un buen acuerdo me llevará al matrimonio, también sé que no deseo dar un giro a mi destino. Habrá visto que soy algo torpe; algunos dirían lisiada. No soy el ti­po de compañera que un hombre escoge para compartir su vida, si­no para redondear el número en una fiesta. Y, al final, por si eso no fuera suficiente, para alejar a los posibles pretendientes, tengo al conde de Rosemont por padre; un individuo difícil y contencioso, en la mejor de las circunstancias. No pue­do pensar en nadie que quisiera tenerle como suegro.

Northam no dijo nada por un momento. Observó la seriedad de su rostro, el desafío de sus ojos en forma de almendra. Vio que eran del mismo color que su pelo y, como tal, tenían destellos de oro.

—Ya veo —dijo él, fríamente—. Entonces yo también estoy tan aliviado como usted, porque mi interés no es de los que ponen grilletes. Y no creo que me gustara tener al tan desagradable conde de Rosemont como familiar.

Alguna idea endemoniada instó a Elizabeth a espetarle:

—Seguro que usted tampoco le gustaría.

Northam no se lo tomó como una ofensa; más bien le divertía.

—Menos mal.

—Y a mí tampoco —añadió, con firmeza.

A él aún le hizo más gracia pero tuvo cuidado de no demostrarlo. También estaba bastante intrigado. Estaba claro que Elizabeth Penrose había confundido su interés y su atención como una insinuación amorosa, pero ella no estaba halagada en absoluto. «Aterrorizada», era la palabra que le vino a la cabeza.

—Entonces estamos de acuerdo. No cortejaríamos.

—No, claro que no.

—Me alegro, pues, de que el coronel no tuviera esperanzas en ese aspecto. No me gustaría defraudarle.

—¿El coronel? —Elizabeth se quedó sin aliento—. ¿Conoce a Blackwood?

—Sí, fue mi comandante en la India.

—¿Cómo está? —preguntó en voz baja.

—Bien. Él se pregunta lo mismo de usted.

De repente, Elizabeth cayó en la cuenta.

—Le pidió que viniera a ver cómo estoy.

—Algo así. Hace meses que no tiene noticias suyas. Tengo entendido que es algo muy poco habitual.

—He descuidado la correspondencia.

—Sin duda, tiene muy poco tiempo para usted. Atender los asuntos de la baronesa debe de consumir gran parte de su energía.

A ella no le pasó por alto la nota de censura en su tono.

—¿Qué relación mantiene con Blackwood?

—Como he dicho, fue mi comandante en la India.

—Eso es una conexión, no una relación. —Pensó que había alguna relación que llevaba a Northam a creer que tenía el privilegio de poder leerle la cartilla.

—Usted nunca ha estado a sus órdenes. En el servicio militar es muy normal que unos sean igual que otros. Cuando el coronel manda, los demás obedecen. Yo era uno de tantos. Y cuan­do me pide un favor, incluso ahora tras su jubilación, no se me ocurre rechazarlo.

Elizabeth asintió. Entendía perfectamente la lealtad y admiración que el coronel inspiraba. Antes de que esa enfermedad que le consumía le impidiera usar las piernas, Blackwood se mantenía firme ante un ascenso que le llevara al ejército de Wellington. Debería haber sido Blackwood el que estuviera al mando en Waterloo. Cuando Elizabeth se lo comentó al coronel, él se echó a reír sin ningún deje de arrepentimiento: «Por Dios, muchacha —le dijo—. Boney podría haber sacado lo mejor de mí, pero luego, ¿cómo habríamos acabado? Hablando francés, ya te lo di­go yo. Eso es lo que hubiera pasado, y al Rey no le habría hecho ninguna gracia. Wellington es brillante y siempre lo fue».

—El coronel Blackwood es el primo de mi madre —le explicó Elizabeth—. Tras su muerte, se erigió como mi tutor. No obstante, eso no le granjeó el cariño de mi padre, que tildaba sus atenciones de entrometidas. Menos mal que pasaba tanto tiem­po fuera. Si hubiera servido aquí, seguramente me hubiera prohibido que le visitara. Pero resulta que a lo largo de los años he podido ir escribiéndole. El coronel me ha visto crecer a través de mis cartas.

—Entonces están muy unidos.

—Sí, me gusta pensar que lo estamos. —Las facciones de Elizabeth se relajaron—. Le escribiré esta tarde mismo para disipar sus preocupaciones. Me sorprende que no me haya ordenado que vaya.

—Contempló la idea, pero luego pensó que quizá se negaría.

—Y no le haría ningún bien que me amotinara delante de un soldado. Porque eso es lo que es usted, ¿no? Uno de sus soldados.

—Creo que ya se lo he dicho. No importa demasiado que no lleve uniforme. Y a él tampoco.

Elizabeth se miró las manos. Las tenía unidas sobre el rega­zo y sabía que, si las separaba ahora, el más débil de los temblores le correría por los dedos.

—Y, precisamente, ¿cuál es la naturaleza de su cometido? —le preguntó con tranquilidad—. Ya ha dejado claro que no es para ponerme grilletes.

Northam trató de distinguir algún deje de decepción en su tono pero no captó nada. Seguía pensando que estaba aliviada. Decidió presionarla un poco.

—No se me considera un mal partido, ¿sabe? Las madres hacen desfilar a sus hijas delante de mí. En Almack’s suelen llamarme para que acompañe a las muchachas que acuden a su primer vals.

—Eso sí son elogios…

Él prosiguió como si ella no hubiera dicho nada.

—Creo que soy poseedor de ciertas cualidades para recomendarme. Me han dicho que tengo un rostro muy apuesto y que tengo un buen par de… agallas; en alguna ocasión que otra he tenido que usarlas. —Northam se dio cuenta de que, aunque parecía que Elizabeth estudiaba el estampado de su vestido, en realidad intentaba contener la risa—. Soy buen amigo. Suelo ir a misa la mayoría de domingos. Hago apuestas cuando me apetece, pero nunca he apostado algo que no pudiera permitirme el lujo de perder. Me apasionan los caballos y el rosbif de la señora Wedge. No hay mucho más que me suba el ánimo. Bebo con moderación y suelo hablar bastante bien de los demás.

—Vaya, es usted un dechado de virtudes. Casi lamento que el coronel no quiera dedicarse a casamentero. —Le miró y no hizo el amago de esconder la sonrisa en sus ojos—. ¿Satisface esto su sensibilidad herida?

—La verdad es que ayuda. Gracias.

—¿Quién es la señora Wedge?

—La cocinera de Hampton Cross. Reside allí desde los inicios de Hampton Cross. —Vio la mirada escéptica de Elizabeth e hizo un ademán con la mano—. Es sólo una leve exageración, lo juro. Debía de tener ya los cien cuando yo era niño. Nunca deja de sorprenderme el hecho de que no envejezca, mientras yo no dejo de hacerme mayor.

A Elizabeth se le escapó un tirabuzón de la melena que llevaba sujeta con un lazo. Lo colocó detrás de la oreja, pero tardó muy poco en volver a soltarse. La brisa lo agitaba contra su mejilla.

—Cada hogar debería tener a su señora Wedge —apuntó ella—. En Rosemont teníamos a la señora Gatchel. No puedo decir que su rosbif fuera excepcional pero nunca he probado un pastel de carne y riñones que se le compare.

Northam tenía la mirada fija en el mechón de pelo que acariciaba la mejilla de la muchacha.

—No creo que me apasionara mucho ese pastel de carne.

Elizabeth se peinó otra vez el cabello, pero esta vez a propósito.

—Ya veo. —De algún lugar a sus espaldas se oyó una carcajada. Elizabeth se dio la vuelta para mirar a los invitados. Lord Allen gesticulaba con grandes aspavientos a un grupo de espectadores. Apenas podía oír lo que éstos le decían—. Están jugan­do a charada. Quizá le apetezca jugar…

—No —dijo Northam con firmeza—. En absoluto.

—Parece que sus amigos sí participarán en el juego.

—No me apetece lo más mínimo. —Inspiró profundamente y, muy educado, le hizo la misma pregunta—: ¿Y a usted? ¿Le gustaría jugar?

Ella se echó a reír. Obviamente, Northam esperaba también una respuesta negativa.

—No. No se me dan demasiado bien las pantomimas.

—Ni a mí.

Pero Elizabeth no se resistía a provocarle un poco.

—Pero me gusta mirar.

—Muy bien —dijo, no sin cierta frialdad—. La acompañaré de vuelta.

—Tenga cuidado, milord, si me consiente este capricho, ¿có­mo terminará? La próxima vez se pondrá el abrigo sólo porque yo insista. —De hecho, ya lo estaba recogiendo—. Por favor, no se moleste. Podemos mirar desde aquí. Creo que será mejor. Mientras los jugadores no nos impidan ver, podemos intentar adivinar los personajes y acertar siempre. ¡Mire! Lord Allen está dando brincos como un loco.

—Parece un sapo saltarín.

Fuera lo que fuese lo que el robusto lord Allen trataba de comunicar a los otros jugadores, al final lo adivinaron y la baronesa en persona apareció en el centro del círculo. Louise Edmunds, su excelencia lady Battenburn, honraba al grupo con su encantadora sonrisa. Era una mujer muy atractiva que acababa de cumplir los cuarenta. Su figura empezaba ya a redondear pero, de alguna manera, conseguía tener un aspecto saludable y voluptuoso. Se quitó la pamela floreada y se la dio a lord Southerton.

Entre dientes, Northam dijo:

—Tendrá suerte si Sur no se cala ese sombrero de flores y di­ce ser un jardín.

—Está siendo bastante considerado. Mire lo bien que se lo ha colocado debajo del brazo. —Dirigió la atención hacia lady Battenburn—. Pero ¿qué hace su excelencia?

La baronesa se peinaba con los dedos y hacía que sus rizos rojizos salieran disparados.

—Se ha metido de lleno en el espíritu del juego —dijo Northam.

—Pues así se me antoja desquiciada. —Elizabeth se mordió el labio inferior al tiempo que veía a Louise extender los brazos y empezar a girar sobre sí misma. El vestido de batista que llevaba se hinchó como un globo—. Parece un bailarín derviche.

—O un molinillo —ofreció Northam, escueto.

—O decididamente ha perdido la razón.

—En cuyo caso puede tratarse del mismísimo Jorge el Loco.

Elizabeth frunció los labios y le lanzó una mirada aplastante.

—Su excelencia nunca se reiría de la lamentable enfermedad del Rey.

—Mis disculpas.

Pensó que quizá Northam debería pedirle disculpas a Louise, pero sabía que no repetiría el comentario. Se planteó seguir defendiendo a su anfitriona pero decidió que de nada serviría insistir en esa cuestión. Elizabeth se dio la vuelta cuando Louise le cedió el turno a lord Southerton. Entró al juego con su pamela en la cabeza. La mirada que Northam le lanzó a Elizabeth era claramente la de «ya se lo dije».

—¿Qué le dirá al coronel de mí? —le preguntó ella.

Ese cambio repentino de tema cogió a Northam desprevenido, pero era algo que esperaba. A su modo de ver, la atención que ella tenía puesta en el juego era solamente una excusa. Esperaba descubrirle en una mentira, como si pensara que sus motivos fueran otros que los que ya le había contado.

—Le diré la verdad —repuso él—. Que está bien y no parece pasárselo nada mal en Battenburn. Le informaré de que, aunque no aprobaría esta compañía, usted sabe arreglárselas sola. Dudo que pasar quince días aquí aporte ningún mérito, pero es mi deber intentarlo. —Se detuvo un momento—. ¡Ah! Y quizá le mencione que, a pesar de las clases que le pagó, no tiene mano para la acuarela.

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