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Extracto de la novela
Londres, 1816
El coche de alquiler pasó por debajo de la arcada de piedra armando un gran estruendo y se detuvo en el patio de la posada, iluminado por una antorcha, pero antes de que el cochero pudiera echar el freno, y menos aún bajar a ayudar a su única pasajera, la puerta se abrió de golpe y la viajera salió de un salto: una joven impetuosa de dieciocho años con el cabello revuelto y el brillo de la rebeldía en sus ojos oscuros.
Lady Jacinda Knight, sin doncella ni acompañante, cerró la puerta del carruaje tras ella con un portazo de satisfacción. Se volvió, se subió la bolsa de piel con un movimiento del hombro y lanzó una mirada de ira reprimida a la posada, con su doble hilera de balaustradas pintadas de blanco, mientras un par de mozos salían corriendo a atenderla.
—Mi equipaje, por favor —ordenó, sin prestar atención a los boquiabiertos muchachos, que miraban su figura esbelta envuelta en un abrigo entallado de terciopelo color rubí, con una exquisita piel de marta cibelina en el cuello y los puños. Pagó al cochero y a continuación atravesó el patio adoquinado con resolución; sus tirabuzones dorados se movían con cada una de sus decididas zancadas.
Se detuvo en el umbral de la concurrida posada mientras escudriñaba con recelo a la variopinta mezcla de viajeros pendencieros y desaliñados. Un niño chillaba en el regazo de su madre; en las sillas y los bancos había gente sencilla esperando a que sus carrozas partieran. Un borracho estaba dando la lata en un rincón, mientras que un niño mendigo había entrado sigilosamente para guarecerse del frío y la humedad y se había arrimado a la chimenea crepitante.
Alzando la barbilla con cierta timidez, entró en la estancia alargada y pasó por entre lo que su aristocrático pretendiente habría llamado «la plebe». Notaba cómo la seguían con la mirada, algunos de forma grosera y otros con simple curiosidad. Se fijó en un hombre que le miró los pies al pasar junto a él; se dio cuenta de que sus zapatos de baile de satén dorado asomaban bajo el largo dobladillo del abrigo.
Miró al hombre con el ceño fruncido para indicarle que se metiera en sus asuntos y se tapó la puntera de los zapatos tirando del dobladillo. Mientras hacía todo lo que podía por mantener los pies ocultos, se dirigió resueltamente hacia el alto mostrador de madera donde se hallaba el recepcionista, que hacía caso omiso del caos del vestíbulo, escondido tras un ejemplar arrugado del The Times de Londres. Encima de él había colgada una pizarra con el horario garabateado de las llegadas y las salidas, las tarifas y los destinos.
Jacinda tiró enérgicamente de sus guantes y confió en aparentar que sabía lo que estaba haciendo.
—Disculpe, necesito ir a Dover.
—La diligencia sale a las dos —gruñó él sin levantar la vista del periódico.
Jacinda abrió los ojos como platos ante tan grosero y deficiente servicio.
—Me ha entendido mal, señor. Quiero alquilar un carruaje.
Aquello captó la atención del hombre, pues solo los ricos podían permitirse alquilar los carruajes privados pintados de amarillo. Miró por encima del periódico y acto seguido se levantó de su asiento para atenderla mientras un par de mozos se acercaban con dificultad bajo el peso de los dos baúles preparados a toda prisa. El recepcionista sacó la pluma del tintero y se limpió la nariz con los dedos manchados de tinta.
—¿Destino?
—Dover —repitió ella enérgicamente—. ¿Cuánto tardará en estar listo el carruaje?
El hombre lanzó una mirada por detrás de él al polvoriento reloj de pared y se encogió de hombros.
—Veinte minutos.
—Quiero cuatro caballos y dos postillones.
—Eso no está incluido en el precio.
—No importa. —Tras sacar distraídamente su monedero de piel de la bolsa, se apresuró a dar una propina a los mozos.
Los ojos del recepcionista brillaron mientras miraba fijamente el monedero, lleno de guineas de oro, relucientes coronas de plata y chelines. La pluma se deslizó sobre la hoja de ruta en blanco, e inmediatamente la conducta del hombre mejoró.
—Ejem, ¿cómo se llama, milady?
—Smith —mintió ella sin alterarse—. Señorita Jane Smith.
El recepcionista echó un vistazo alrededor en busca de algún acompañante, un lacayo o una doncella, pero es que por primera vez en su vida, alabado fuera el Señor, viajaba sin compañía. El hombre arqueó las cejas.
—Entonces, ¿la señorita Smith viajará sola?
Ella alzó un poco la barbilla.
—Así es.
La expresión indecisa del hombre la alarmó. Sosteniéndole la mirada como una jugadora experta, Jacinda deslizó unas monedas sobre el mostrador. El hombre se las metió en el bolsillo con la boca fruncida y no hizo más preguntas. Ella lanzó un suspiro de alivio.
A continuación el recepcionista anotó su supuesto nombre en el registro y lo copió en la hoja de ruta. Una vez hecho eso, apuntó con su pluma los dos baúles de viaje apilados detrás de ella.
—¿Ese es todo su equipaje, señorita… Smith?
Ella asintió con la cabeza, posando distraídamente su mano enguantada sobre el escudo estampado en oro cerca del cierre. Tras ocultar el blasón de su familia, esperó hasta que el hombre volvió a agachar la cabeza para seguir rellenando la hoja de ruta, pues si lo veía, sabía que no habría soborno suficiente para disuadirlo de que mandase a alguien a Almack’s a avisar a sus imponentes hermanos mayores, que se presentarían en un santiamén para llevarla a casa a rastras. Al fin y al cabo, ayudarla a escapar suponía hacer enfadar a los cinco hermanos Knight, una equivocación que ningún hombre de la zona se atrevería a cometer. Pero Jacinda no estaba dispuesta a que se interpusieran en su camino. Iba a ir a Dover y desde allí a Calais, y nadie iba a detenerla.
Al poco rato el recepcionista había cobrado el importe y había mandado salir a los mozos para que prepararan el carruaje. Mientras se llevaban los baúles para cargarlos en el maletero, ella anduvo nerviosamente por el vestíbulo; cada vez que sonaba la pequeña
bocina metálica que anunciaba la llegada o la salida de otra diligencia, se sobresaltaba.
Dado que tenía que esperar, se sentó en el banco situado junto a la pared, debajo del candelabro. Tras aflojar las cintas de su sombrero, metió la mano en la bolsa y sacó su querido y gastado ejemplar de El corsario de Lord Byron para leer un poco mientras aguardaba. Trató de abstraerse con el romanticismo del bandido, pero no podía concentrarse debido a la emoción que la embargaba.
Revisó los documentos de viaje con nerviosismo una vez más, cuidadosamente guardados entre las páginas del libro, mientras los recuerdos de su viaje por Europa acudían a su cabeza. Dos años atrás, su puritano hermano mayor y tutor, Robert, duque de Hawkscliffe, había sido destinado al congreso de Viena como miembro de la delegación británica. Se llevó a su mujer, Bel, a Jacinda y a su acompañante, Lizzie, para que disfrutaran de los festejos que conmemoraban el final de la guerra. Con Napoleón por fin entre rejas, se podía viajar de nuevo por Europa sin peligro. Robert las llevó a la capital austríaca siguiendo una ruta alternativa, a lo largo de la cual visitaron algunas de las ciudades más importantes y hermosas de Europa; y en cada una de ellas, encontró un nuevo grupo de jóvenes con los que coquetear. Fue muy divertido, aunque el ciego Cupido, con sus flechas de oro, no acertó ni una vez en su corazón. De todos los sitios que vio, París, la ciudad que su madre había adorado, supuso para Jacinda como visitar tierra sagrada.
Dentro de poco, pensó como si estuviera soñando, se encontraría otra vez en París, entre los elegantes amigos de su madre pertenecientes a la diezmada aristocracia francesa. Por fin sería libre.
Bajo ningún concepto pensaba quedarse en Londres y casarse con lord Griffith, por muy adecuado que fuera o muy provechosa que resultara la unión, pues las dos familias poseían terrenos colindantes en las remotas tierras del norte de Cumberland. Tampoco le importaba que él fuera el único hombre en quien todos sus hermanos confiaban y al que habían dado el visto bueno como futuro esposo, siendo como era amigo suyo de la infancia y de su estancia en Eton y Oxford.
Ian Prescott, marqués de Griffith, un hombre atractivo y refinado que frisaba los cuarenta, poseía un temperamento sereno y constante que era lo que, en opinión de sus hermanos, le convenía a ella para contrarrestar sus «pasiones juveniles» y sus «obstinadas costumbres». Ian, por su parte, estaba preparado para tomarla por esposa cuando se estimase que estaba lista, pero Jacinda se negaba a ser ofrecida en sagrado matrimonio a alguien a quien no amaba, que no era su alma gemela, sino un hombre al que consideraba un hermano más: otro guardián diestro y paciente que le diría con delicadeza qué tenía que hacer, tomaría todas las decisiones por ella, intentaría comprar su obediencia con chucherías caras y la trataría como a una tonta.
Esa noche, en Almack’s, creyendo que sería el único lugar donde ella no osaría montar una escena, Robert le había dicho que después de su reciente travesura en Ascot, la tan esperada unión entre las dos poderosas familias no debía aplazarse más. Las negociaciones de su acuerdo matrimonial prácticamente habían concluido, le informó su hermano, y al día siguiente fijarían la fecha de la boda. Ella se había quedado totalmente estupefacta.
El problema de sus hermanos consistía en que eran excesivamente protectores con ella y no les gustaba que les tomase el pelo. Lo de aquel día en las carreras de caballos no había sido más que una broma inofensiva, pensó inocentemente.
Sin embargo, una vez informada de su próximo destino, Jacinda supo inmediatamente que la situación requería un acto drástico.
Cuando Robert adoptaba aquella mirada de santurrón no había forma de razonar con él. Su mirada colérica y su cavernosa voz le recordaron de nuevo que no solo era el estirado y adorable hermano mayor al que ella había atormentado alegremente durante toda su infancia; también era uno de los hombres más poderosos de Inglaterra, un personaje imperioso y augusto que intimidaba incluso al príncipe regente. De modo que se escapó de Almack’s, fue a casa corriendo, recogió sus cosas a toda prisa, y paró con un silbido el primer carruaje de alquiler que pasó por St. James’s Street, a la vuelta de la esquina de su casa, la imponente residencia de Knight House, en Green Park.
—Una limosna, señora.
Aquella vocecilla tímida la sacó de sus cavilaciones; alzó la vista de sus documentos de viaje, y al instante sintió una punzada de compasión.
Ante ella se hallaba el desaliñado pilluelo de la calle que momentos antes estaba agachado junto al fuego de la chimenea. El niño se la quedó mirando de forma suplicante, con su cochambrosa manita tendida en actitud expectante. Debía de tener unos nueve años. Tenía unos enormes ojos castaños y llevaba la carita manchada. La
ropa roñosa que vestía, poco menos que harapos, le colgaba de su escuálido cuerpo como a un espantapájaros. Iba descalzo y llevaba los pies mugrientos. A Jacinda se le encogió el corazón.
«Pobre criatura.»
—Por favor, señora. —El lastimoso niño se estremeció y lanzó una mirada furtiva por encima del hombro al recepcionista, como si tuviera miedo de que reparase en él y lo echase del local.
—Claro, querido —murmuró ella con ternura, y abrió su bolsa de inmediato. Sacó su grueso monedero vergonzosamente y escogió tres relucientes guineas de oro, y luego una cuarta. Era todo lo que podía permitirse, con el largo y costoso viaje a Francia por delante.
El chico se quedó mirando aquella pequeña fortuna con los ojos muy abiertos, pero no se movió para cogerla, como si no se atreviera.
La mirada de Jacinda se suavizó al notar su desconfianza. Saltaba a la vista que el niño había sido tratado con poca dulzura. Sosteniendo el monedero en la mano izquierda, le tendió la derecha para ofrecerle las monedas.
—Adelante, cógelas —lo instó con delicadeza—, no pasa nada…
De repente, el niño sacó rápidamente su mano mugrienta y le cogió el monedero. En un abrir y cerrar de ojos, atravesó el vestíbulo corriendo, con el monedero aferrado con fuerza contra el pecho. Jacinda se quedó boquiabierta. Por un instante, fue incapaz de moverse de la sorpresa y se quedó sosteniendo las cuatro monedas de oro que pretendía darle. Entonces la invadió una sensación de ultraje.
—¡Al ladrón!
Nadie le prestó la mínima atención; muy posiblemente aquello la enfureció todavía más que el robo.
Entornó los ojos hasta que se convirtieron en unas centelleantes rendijas. Tras echarse la bolsa al hombro por miedo a que también se la robasen, echó a correr detrás del ladronzuelo. Un momento después, salió repentinamente a la fría y húmeda noche de abril y vio que el niño atravesaba el amplio patio con paso pesado.
—¡Mocoso! ¡Detente ahora mismo!
Cuando el pillo desapareció tras doblar la esquina del muro que cercaba el patio de la posada, Jacinda oyó unas carcajadas triunfantes. Era rápido como una liebre; al parecer estaba acostumbrado a escapar para salvar la vida. Se recogió la falda y echó a correr detrás de él por los adoquines cubiertos de rocío, aunque podría haber ido descalza perfectamente, pues sus zapatillas de baile se empaparon de inmediato y se rompieron.
El sombrero, que llevaba desatado, cayó por su espalda. Lo dejó tirado y rodeó deprisa el alto muro de ladrillo. Había una fortuna en el monedero. Sin aquel dinero, sus planes se irían al traste.
Vio al niño corriendo Drury Lane arriba.
—¡Vuelve aquí, pequeño salvaje!
Tras esquivar una diligencia que llegaba, mantuvo la mirada fija en el niño y corrió tan rápido como pudo, con la bolsa dándole golpes contra el costado.
Haciendo gala de una enorme insolencia, el ladronzuelo lanzó una mirada por encima del hombro y vio que ella lo estaba alcanzando. Con un rápido movimiento, se metió en una sórdida calle lateral, pero Jacinda no estaba dispuesta a desfallecer y lo siguió; se adentraba cada vez más en un laberinto de callejuelas oscuras y callejones angostos y sinuosos. Se había convertido en una cuestión de orgullo. No pensaba dejarse engañar y robar por un simple golfo de la calle. No después de la noche que estaba viviendo.
Mientras lo perseguía con la misma determinación que le había granjeado una reputación de gran deportista en la caza a caballo con perros, hizo caso omiso de las sacudidas que notaba en las rodillas y gritó nuevamente detrás de él, respirando cada vez con más dificultad debido al corsé.
—¿No sabes que podrían colgarte por esto, pequeño bárbaro?
Él hizo oídos sordos a las palabras de Jacinda, mientras serpenteaba por estrechos y tortuosos pasajes hasta llegar a las sórdidas callejuelas del mercado de Covent Garden. Allí había montones de basura infestados de ratas que bordeaban los estrechos muros de ladrillo, pero Jacinda apenas reparó en ellos, concentrada únicamente en su desaforada persecución.
Al estar mal nutrido, el muchacho empezó a cansarse. Animada por la inminente victoria, Jacinda aceleró y lo rozó con las puntas de los dedos. El niño miró frenéticamente por encima del hombro. Ella siguió avanzando; de repente lo pilló, agarrándolo de la parte de atrás del cuello de su mugriento abrigo.
El niño soltó un grito de protesta cuando Jacinda hizo que se girara para quedarse de cara a ella. Forcejeaba como un pez atrapado en una red, pero ella lo tenía agarrado con firmeza del abrigo.
—¡Dámelo! —ordenó ella, jadeando sonoramente.
Colgando del cuello del abrigo, el niño se dio la vuelta y le dio una patada en la espinilla.
Ella lo agarró de la oreja, con el entrecejo fruncido de furia.
—¡Ay!
—Eres un niño muy malo. ¿No te daba más dinero del que podrías ganar en meses?
—¡Me da igual! ¡Suéltame!
El pequeño aferraba el monedero con sus dos manos sucias mientras ella intentaba quitárselo con la mano libre.
En pleno forcejeo, a Jacinda se le soltaron algunos mechones más del ingenioso peinado que tanto le había costado elaborar a su doncella antes del baile.
—¡Devuélvemelo, pequeño salvaje! Me voy a Francia y necesito mi dinero…
—¡Aaagh! —El muchacho soltó un grito cuando el monedero se abrió y reventó en una lluvia de monedas brillantes.
Las monedas salieron volando por los aires como fuegos artificiales dorados y plateados a la luz de la luna, y cayeron ruidosamente sobre la capa de mugre fina y grasienta que cubría el callejón de ladrillo. El niño se lanzó al suelo y empezó a coger cuanto pudo
a toda prisa.
—¡Déjalo! ¡Es mío!
—Quien lo encuentra… —comenzó a decir el muchacho, pero de repente se quedó quieto y alzó la vista.
Jacinda también se detuvo, sorprendida por su repentina quietud.
—¿Qué pasa?
—¡Chis!
El muchacho ladeó la cabeza, como si estuviera escuchando un ruido lejano. Ella veía el blanco de sus ojos, muy abiertos y mirando en la oscuridad. El niño escudriñaba las tinieblas situadas detrás de él, aferrando con el puño las monedas que había conseguido atrapar. A Jacinda le recordaba un animal de rapiña, con sus prodigiosos sentidos alertas ante el imperceptible sonido de un feroz depredador que se acercaba.
Aunque la luna llena todavía brillaba intensamente en lo alto y arrojaba una franja de luz en medio del callejón, en la profundidad de las sombras que recorrían los muros la oscuridad era casi palpable.
—Oye…
—¡Viene alguien!
Sospechando que se trataba de otra treta, Jacinda escuchó un segundo más y luego perdió la paciencia.
—No oigo nada… —Pero justo cuando aquellas palabras salieron de sus labios, un aullido salvaje como un grito de guerra llegó hasta ellos desde el laberinto de callejones oscuros. Jacinda contuvo la respiración—. ¡Santo Dios! ¿Qué ha sido eso?
—Chacales —dijo él en voz baja, y a continuación se puso en pie de un salto y huyó internándose en la noche.
Ella se lo quedó mirando, estupefacta.
—¡Mocoso! ¡Vuelve aquí ahora mismo!
Naturalmente, él no le hizo caso. El muchacho había desaparecido, silencioso como un gato callejero.
—¡Vaya!
Llena de indignación, con los brazos en jarras, Jacinda miró un instante en la dirección por la que se había marchado el niño; luego se puso rápidamente manos a la obra, ansiosa por escapar del callejón sin luz. Se agachó y empezó a recoger el dinero desperdigado. Mientras miraba con inquietud a su alrededor, recuperó las monedas de oro y plata del cieno negro y las metió en la bolsa de piel. Hizo una mueca ante la repugnante tarea que había realizado. Estaba maldiciéndose por su ingenuidad al dejar que toda la gente del vestíbulo viera su dinero, cuando de repente oyó unas pisadas rápidas y pesadas que avanzaban hacia ella por el callejón.
Levantó la cabeza bruscamente y se quedó mirando en la oscuridad, con la cara pálida. Oyó los duros tacones de unas botas que pisaban los adoquines y unos ásperos gritos de hombre; groseras maldiciones resonaban en el laberinto de ladrillo que la rodeaba.
—Demonios —susurró, levantándose rápidamente. Entonces, con cierto retraso, se dio cuenta de que por aquellas callejuelas merodeaban criaturas más grandes y peligrosas que los pequeños y astutos carteristas.
Las voces se estaban aproximando, pero la confundían al rebotar en los estrechos muros. Se giró, sin saber hacia dónde huir.
Agarró la bolsa con fuerza y retrocedió en dirección al muro de ladrillo que tenía detrás, tratando de esconderse en la oscuridad, pero cuando vio varias sombras de figuras masculinas que avanzaban resueltamente hacia ella, dejó de lado su dignidad y se metió en el montón de basura que había junto al muro. Se introdujo con dificultad en la pila de escombros y se apretujó en la pequeña trinchera situada debajo de un letrero de madera descolorido de polvos dentífricos, que estaba apoyado contra un viejo barril roto. A gatas, se giró para situarse de cara al callejón, con el corazón en la garganta. Cerca de ella, encima de una bota putrefacta y un rollo de cadena oxidada, había un cilindro de cartón grueso que en otra época había ocupado el centro de un rollo de tela. Con cautela, puso el cilindro de pie y lo apoyó contra el borde del letrero para ocultarse mejor. El sonido de sus jadeos de pavor llenaba el espacio estrecho y sofocante, pero podía ver el callejón a través de la grieta que había entre el letrero y el cilindro de cartón.
¡Cuánto se habría reído su gran adversaria, Daphne Taylor, al verla en semejante estado!, pensó. Luego contuvo la respiración mientras media docena de hombres pasaban como un rayo; la luna brillaba en los puñales que todos llevaban en la mano. De repente se oyó un disparo callejón abajo y la bala pasó silbando por encima de ella. Jacinda se agachó y contuvo un grito de terror. A continuación sonaron más disparos, y luego más pisadas que avanzaban hacia ella a toda velocidad por el callejón.
A través de la pequeña grieta que había entre el letrero y el cilindro, vio cuatro grandes siluetas masculinas que aparecían de entre la niebla, recorriendo la callejuela. Abrió los ojos desorbitadamente cuando se acercaron y vislumbró las brutales armas que llevaban: más puñales, trozos de tuberías de plomo y unas horribles porras de madera con clavos asomando en el extremo. No se atrevía a respirar por miedo a que repararan en su presencia o la oyeran.
No le extrañaba que el niño hubiera escapado. En el momento en que comprendió que se trataba de una banda, se le puso la carne de gallina. Las historias y siniestras leyendas que recordaba sobre lo que las bandas criminales de Londres solían hacer a sus víctimas
la aterrorizaron. Que Dios la amparase si la encontraban. Deseó con todas sus fuerzas tener en la mano su mosquete de caza favorito, debidamente cebado y cargado.
—¡Colocaos en posición, cabrones; los tenemos justo detrás! —ordenó un hombre alto, enjuto y fuerte con el pelo castaño lacio y largo.
Jacinda podía percibir la intensa agitación de su voz.
—¿Lo has matado, O’Dell? ¡He visto cómo le clavabas el puñal!
—No lo sé. Pero le he dado de lleno, te lo aseguro. ¡Mierda! —murmuró, cuando sus perseguidores entraron en el callejón y cargaron contra el primer grupo.
La persecución dio paso a una reyerta ante los ojos de Jacinda. Las dos bandas se atacaron con furia, gritándose de forma incoherente mientras luchaban.
Parecía que hablaran en otra lengua, pues ella no entendía una palabra de su tosca jerga cockney ni de la lengua que se hablaba en los barrios bajos. Las sombras ocultaban la peor parte del combate —lo único que ella podía distinguir eran movimientos rápidos, el ajetreo de los hombres que blandían los puñales—, pero el sonido ya era de por sí bastante espantoso.
Desgraciadamente para Jacinda, en lugar de seguir adelante, otros tres matones entraron en el callejón, procedentes de la dirección contraria, para ayudar a sus seis compañeros. Entonces los cuatro perseguidores se vieron considerablemente superados en número. Oyó cómo maldecían y respiraban entrecortadamente mientras los otros los rodeaban por todas partes.
Entonces, sin previo aviso, se oyó un terrible rugido como un trueno directamente encima de ellos.
Jacinda alzó la vista y lanzó un grito ahogado en el momento en que una sombra alta y musculosa saltaba encima del montón de ladrillos mohosos que había junto a su escondite. En la oscuridad atisbó el destello de unos salvajes ojos verdes.
—¡O’Dell!
Jacinda se quedó mirando al hombre recién llegado. La pelea en el callejón se interrumpió, y los demás prorrumpieron en maldiciones. La luz de la luna formaba un halo en la melena del hombre, perfilaba sus anchos hombros con un color plateado, y emitía destellos en la daga que tenía en la mano como si fuera un relámpago.
El hombre enjuto y fuerte de cabello castaño que al parecer respondía a aquel nombre, soltó una maldición y se enjugó el sudor de la frente.
—¿Todavía no has muerto, hijo de puta?
El hombre de las sombras dio un paso adelante amenazadoramente y se situó a la vista luciendo una cínica sonrisa de satisfacción. Lentamente, Jacinda abrió los ojos como platos.
Era el corsario de Byron, dotado de una vida violenta y vibrante. La franja de luz de luna que entraba en mitad del callejón dibujaba rayas en su cuerpo vestido de negro y brillaba oblicuamente sobre su rostro duro de facciones marcadas como si fuera una pintura de guerra. Llevaba una chaqueta negra corta sobre una camisa blanca holgada de lino natural que tenía abierta hasta la mitad del pecho. Unos pantalones negros ceñían sus caderas prietas y sus largas piernas. Cuando cerró el puño, Jacinda vio el llamativo destello de unos gruesos anillos de oro en sus dedos.
Lo miró fijamente conteniendo la respiración. Con solo un vistazo, supo instintivamente que, en aquella jungla de ladrillo y mortero, él era el rey.
En ese momento, el líder de la banda atacó. El brusco taconazo de su bota resonó en lo alto cuando saltó por encima del letrero de polvos dentífricos, que se rompió bajo su musculoso cuerpo, y brincó sobre el montón de basura, para aterrizar en medio de la pelea. Con el refuerzo de los gruesos anillos de oro, asestó a O’Dell un puñetazo en la madíbula que lo mandó volando a través del callejón como si hubiera recibido el impacto de una bola de cañón.
Y entonces el infierno se desató.
Pegando con avidez el ojo a la grieta que había entre el letrero y el cilindro de cartón, Jacinda observó cómo el líder de la banda causaba estragos en sus oponentes, mientras una siniestra emoción corría por sus venas. En cuanto dio el primer puñetazo, sus hombres reanudaron el combate contra sus enemigos con renovado entusiasmo. Todavía eran inferiores en número, pero la llegada de su líder decididamente había equilibrado la balanza. La pelea prosiguió con furia de un lado a otro del callejón.
—¿Cuántas veces te lo he dicho? —gruñó el líder de la banda, mientras arrojaba a uno de sus enemigos al suelo—. Si te acercas a mi territorio, morirás. —Dio una patada en el estómago al hombre postrado y, tal como temía Jacinda, se dispuso a cumplir su amenaza.
Ella palideció.
El sonido de los golpes, las maldiciones y los gruñidos guturales de los hombres llenaron el callejón. Entonces el líder de la banda volvió a aparecer iluminado por la franja de luz de luna, pero se apartó cuando O’Dell intentó darle en su esbelta cintura con un garrote con pinchos. Jacinda contuvo la respiración en silencio. Era un arma terrible, aunque rudimentaria. La maza improvisada, con sus largos clavos, estaba pensada para desgarrar la carne, pero su víctima se situó fuera de su alcance por un pelo mientras la maza silbaba en el aire una y otra vez. O’Dell avanzaba blandiéndola amenazadoramente.
Jacinda se encogía contra el barril a medida que los combatientes se acercaban. Tras dar dos pasos más, se hallaban tan cerca de ella que prácticamente podía notar el calor de sus cuerpos. Se agachó en su escondite, pero cuando O’Dell volvió a atacar lanzando un bramido, el líder de la banda se apartó de un salto. El enorme garrote descendió de golpe por el aire y se estrelló contra la parte superior del barril, a escasos centímetros de la cabeza de ella, y la salpicó de una lluvia de polvo y astillas.
Jacinda no supo cómo, pero consiguió evitar gritar o toser con la repentina nube de polvo. Por fortuna, el cartel seguía en su sitio, manteniéndola oculta, pero cerca, en alguna parte, sonó un ruido sordo y lo siguiente que vio era que el líder de la banda había caído de espaldas en medio del montón de basura. Reprimió un grito ahogado y se aferró desesperadamente al cartel roto; de repente reparó en que la daga del hombre había salido volando de su mano y había caído en medio de los desperdicios. El arma se hallaba a su alcance, brillando a la luz de la luna.
O’Dell desprendió la maza con pinchos del barril; el líder de la banda, que seguía boca arriba, empezó a revolver con la mano en busca de su daga. Como los gritos resonaban en el callejón y él estaba totalmente absorto en su temeraria pelea, no reparó en la presencia de ella, aunque apenas los separaban sesenta centímetros. A Jacinda le latía el corazón a toda velocidad. Sacó la puntera de su zapatilla y empujó la daga para acercársela, pero la mano de él topó con el rollo de cadena oxidada. La rodeó con los dedos y, soltando un gruñido, tiró de la cadena hacia arriba como si fuera un látigo y acertó a O’Dell en la cara. El hombre lanzó un grito, soltó la maza y se llevó la mano al ojo herido. Cegado temporalmente, incapaz de pelear, optó por la retirada.
El líder de la banda cogió su daga y se levantó de un salto. Su furia venció rápidamente la resistencia de los demás. Finalmente, sus enemigos huyeron.
—¡A por ellos! —gritó a sus hombres.
Jacinda miró por la rendija y vio que los matones de O’Dell escapaban. El resto de hombres los perseguían, dejando el callejón desierto. El líder de la banda echó a correr detrás de ellos, como si todavía no hubiera calmado su sed de sangre.
—¡Blade, espera! ¡Riley está herido!
La noticia hizo que redujera el paso, pero no se detuvo. Lanzó una mirada furiosa al hombre que lo había llamado.
—¡Ocupaos de él! ¡Llevadlo de vuelta a Bainbridge Street! ¡Yo tengo que acabar con O’Dell!
En las sombras, Jacinda podía distinguir la silueta de un hombre tumbado en el suelo. Dos individuos se agacharon a su lado.
—Está malherido.
—Billy —rogó una voz débil.
Conmocionada aún por todo lo que había visto, Jacinda no prestó atención al nombre. El líder de la banda, agitado y exasperado, regresó airadamente junto a sus amigos, lanzando miradas de odio por encima del hombro y maldiciendo entre dientes a sus enemigos.
—Maldita sea, jodidos cobardes…
Jacinda parpadeó al oír su lenguaje.
—Billy —dijo de nuevo con voz entrecortada el hombre herido.
—Riley, estúpido irlandés, ¿qué has hecho esta vez? —preguntó bruscamente, hincando una rodilla en el suelo junto al hombre.
—¡Estoy acabado, Billy!
—Déjate de dramatismo. Calla y bebe un trago, por el amor de Dios. —Acercó una petaca a los labios del hombre—. Hace falta algo más que un condenado chacal para matar a un irlandés, ¿no es lo que dices siempre?
—¡Dios! —dijo el hombre con voz entrecortada.
—Tranquilo, amigo. —El líder de la banda cogió la mano ensangrentada del irlandés—. Vamos, Riley. Vamos. —En su voz había un tono de tensa desesperación.
Desde su escondite, Jacinda miraba con impotencia desde las sombras. Aquel pobre desgraciado no iría a morirse delante de ella, ¿verdad?
—Júrame que cogerás a O’Dell —dijo el hombre herido, con voz ronca y temblorosa.
—Te juro por Dios, Riley, que lo cogeré aunque sea lo último que haga. Te doy mi palabra.
Los otros dos secundaron su juramento, pero ninguno pudo impedir lo inevitable. Un momento después su amigo había muerto.
Los tres supervivientes guardaron un silencio absoluto.
Jacinda miró el perfil del joven líder, bañado por la plateada luz de la luna; él agachó la cabeza.
En todo el callejón no se oía ni un ruido. Incluso la brisa había cesado.
—Corta, desagradable… y embrutecedora —dijo el líder de la banda; la amargura de su voz grave parecía capaz de cortar la misma oscuridad. Se puso en pie y sacudió la cabeza encogiéndose de hombros con gesto de cansancio—. Enterradlo —ordenó, y se marchó, pasando peligrosamente cerca de su escondite, pero Jacinda se quedó mirando cómo se iba, desconcertada. ¿Había oído mal o aquel rufián acababa de citar al filósofo Hobbes?
Imposible, pensó. Era imposible que aquel cockney ordinario y violento leyera. Debía de haber oído la famosa cita en alguna parte y se limitaba a repetirla como un loro.
—Cogedlo. Vamos —ordenó a sus hombres; era todo belicosidad, músculo y ardiente impaciencia, como un semental.
«Sí, por favor», asintió ella mentalmente, profundamente inquieta. Estaba deseando que los miembros de la banda abandonaran el callejón para poder salir de aquel miserable montón de basura y encontrar el camino de vuelta a la posada, pero por el momento no podía dejar de examinar al bárbaro intruso, fascinada a su pesar. Se preguntaba quién sería.
Había algo en él que le resultaba familiar. Sentía como si lo conociera, pero ¿cómo era posible? Pertenecían a mundos distintos. Tal vez simplemente se debía a que había leído su historia cientos de veces, meditó pensativa, pues sin duda había salido de las páginas de El corsario. Sin duda era un individuo peligroso: malo, salvaje, creído y cruel. Era alto y delgado y duro como el acero, y estaba terriblemente resentido contra el mundo, pero había algo en su aspecto fatigado que despertaba su compasión.
Sus palabras la obsesionaban. Era preferible que fuera demasiado ignorante para comprender la desdicha de su estado, pensó, pues sin duda lo único peor que tener que vivir de aquella forma sería tener la suficiente sensibilidad para sentir la desesperación de semejante existencia. Como si notara que lo observaban, el líder de la banda se apartó ligeramente, con una expresión reservada y meditabunda en su rostro delgado y colérico. Dejó caer un poco los hombros mientras esperaba a sus hombres, con las manos apoyadas débilmente en su esbelta cintura.
Cuando se detuvo a examinar su costado izquierdo bajo la chaqueta, se dio cuenta de que había sufrido una herida; bastante grave, a juzgar por la mancha oscura de su camisa blanca. Se cubrió de nuevo la zona sangrante con su chaqueta negra de piel, se enjugó el sudor de la frente, y se apartó mientras los otros dos se unían a él, cargando con su amigo caído.
Él les indicó con la cabeza que fueran delante.
—Os cubriré las espaldas.
Los hombres se adelantaron como les había ordenado. Él volvió a sacar su puñal, cuyo metal emitió un susurro tenue y mortal, y lanzó una mirada por encima del hombro para asegurarse de que ningún chacal merodeaba por los alrededores; una idea terrible, considerando el aprieto en que se encontraba Jacinda. Ella comprendió con inquietud que tendría que moverse rápidamente para escapar del callejón antes de que la banda de O’Dell volviera para recoger a sus muertos.
«Adiós, salvaje», se dijo bastante desconcertada, mientras observaba cómo el líder de la banda avanzaba callejón abajo, pavoneándose más que caminando. Volvió a pensar en el ladronzuelo que la había llevado a aquel laberinto oscuro y se preguntó si el líder de la banda habría empezado de aquella forma. Costaba creer que hubiera gente viviendo de esa manera delante de las narices de la opulenta alta sociedad; dos mundos solapados, ajenos el uno al otro. Aun así, se alegraba de ver que se marchaba.
Mientras observaba sombríamente cómo se llevaban el cuerpo sin vida de Riley, espiró lentamente, aliviada de encontrarse casi fuera de peligro. Sin duda el coche de alquiler estaría ya listo y esperando para llevarla al canal de la Mancha.
En ese momento, sin previo aviso, sobrevino el desastre.
Algo pequeño y lustroso con garras y cola pasó corriendo por encima de su pie. La patada refleja que le dio y el grito infantil de repugnancia que lanzó fueron tan rápidos y sonoros como involuntarios. Su torpe movimiento sacudió el letrero, que se desplomó sobre su hombro, tiró el cilindro y lo hizo rodar antes de que ella pudiera agarrarlo. La rata desapareció, pero era demasiado tarde para anular su chillido apagado.
Se quedó inmóvil, mirando horrorizada cómo el cilindro de cartón rodaba hasta la puntera de las botas negras del líder de la banda.
Inmediatamente, unos gritos de ira llenaron el callejón. En un segundo, sus hombres habían abandonado el cadáver y habían rodeado el montón de basura. Jacinda miró a su alrededor con cara de espanto, aterrada, al tiempo que retrocedía más en su escondite, con el corazón desbocado.
—¡Sal! ¡Sal de ahí, chacal hijo de puta!
—¡Hay uno escondido, Blade! Probablemente esté herido.
—Pues acabemos con él. —Reconoció su voz al instante: fría, grave y mortal—. Dejádmelo a mí.
—Ten cuidado, tío…
«Oh, no», pensó ella totalmente horrorizada, paralizada por el miedo. Una mano dura y callosa adornada con gruesos anillos de oro cogió el borde del letrero medio roto y lo levantó. Lo tiró a un lado emitiendo un rugido de pirata y agarrando su daga con la otra mano. Cuando se lanzó a por ella, resuelto a cometer un crimen, Jacinda se echó hacia atrás.
—¡No!
Él se detuvo en pleno movimiento y lanzó un gruñido de sorpresa.
Ella tragó saliva y se quedó inmóvil, sin atreverse tan siquiera a respirar con el acero a escasos centímetros de su cara. Lentamente, en actitud desafiante, alzó su angustiosa mirada del filo mortal de la daga y miró los feroces ojos del líder de la banda.