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Capítulo 1
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Una buena cortesana posee curiosidad y también coraje.
Los Diarios de Agustín X.
Wiltshire Downs, Inglaterra
Principios de primavera, 1822
Estaba desnudo, sentado con las piernas cruzadas sobre un tapete bien limpio, con una mujer voluptuosa en su regazo. La chica tenía las piernas, también desnudas, a ambos lados de su cadera y llevaba los pies cruzados a su
espalda. La mano del hombre reposaba sobre su cadera, con los dedos separados, mientras la abrazaba con la otra mano alrededor de la cintura. La muchacha tenía la cabeza arqueada hacia atrás, con la garganta al viento, los ojos cerrados y una mirada en los ojos de sublime lujuria. Con la cabeza inclinada y una sonrisa carnal expectante, él parecía tener intención de perpetuar eternamente el movimiento de su lengua, tocando con suavidad el pezón erecto de la chica.
El artista había dibujado a aquel hombre con una erección exagerada, fuera de toda proporción lógica. Margaret Esterly pensó que ningún hombre podía tener el miembro tan grande. Volvió a mirar el cuadro una y otra vez, sonrojándose de cuello para arriba. Una escena de sensualidad y disolución. Casi chocante.Aunque, en cierto sentido, bella, extraña e inquietante. Margaret pensó que esa era la única razón por la que examinaba la escena con tan ávida curiosidad. La leyenda que acompañaba a la ilustración era confusa a la par que evocadora: La cara, los oídos y los senos son órganos ricos en sensaciones. Pero sedebe poner especial atención a hablar con suavidad, musitando palabras tiernascomo anticipo del placer que está por venir.
—Está demasiado fascinada con esos libros, Señora Margaret.
Parpadeó y miró hacia arriba con la cara sonrojada. Al otro lado de la mesa estaba sentada Penélope, cortando cebolla con el ceño fruncido. Los dos años desde que se habían ido de Londres habían introducido varios cambios en sus vidas, el principal de ellos, la amistad que compartían. No era de extrañar, considerando que las dos habían nacido y se habían criado en Londres.
Margaret quería casi desesperadamente desaparecer de la capital y dejar atrás sus memorias. Para su propia sorpresa, Penélope había estado más que dispuesta a acompañarla al campo.
Tras la muerte de Jerome, no le quedaba familia. Sus padres se habían muerto víctimas de la gripe cuando todavía era niña. Su abuela, una antigua gobernanta, la había criado, pero había pasado a mejor vida tras su boda con Jerome.
El pequeño caserío que Margaret le había alquilado a Squire Tippett dos años antes no era un lugar agradable. Los únicos muebles que tenía eran un escritorio, dos pequeños catres, dos sillas y una mesa de madera que le costaba mantener erguida. Al final, le había metido un trozo de madera debajo de una pata, aunque seguía tambaleándose de lado a lado. La chimenea acaparaba toda una pared, pero era de agradecer el calor que proporcionaba en los inviernos de Wiltshire Downs.
—Hace bien en esconder esos libros encima de las vigas del techo cuando vienen las niñas. No quiero ni imaginarme lo que dirían a las madres del pueblo si supieran que lee esas cosas —la regañó Penélope.
Silbury Village, su nuevo hogar, estaba situado en la cuenca de un río. Tenía una vista privilegiada sobre las tierras altas de caliza y sobre la blanquecina escarpa recortada sobre el valle.Tenía un tamaño majestuoso, que nada tenía que envidiar a la de White Horse en Westbury. Era difícil discernir la forma real de la escarpa, excepto en primavera, cuando los lugareños segaban y recortaban la hierba de alrededor. Entonces, quedaba patente que sus ángulos y sus curvas describían la forma de una corona, como si algún miembro de la realeza ancestral hubiese querido dejar su impronta en este lugar para siempre.
El río Bristol rodeaba casi completamente la aldea y su caudal removía sendos molinos de agua. Oteando Silbury desde una colina cercana, se encontraban los vestigios de un priorato. La misma aldea estaba plagada de laberínticos
senderos, escaleras inesperadas y casas construidas con piedras directamente extraídas de las ruinas, que daban a las casas un aspecto vetusto.
Era, como bien le había dicho Samuel, un lugar encerrado en sí mismo. Los lugareños se conformaban con construir los relojes artesanales que daban fama al pueblo e ignoraban el mundo más allá de sus confines. Si estaba allí era sólo por su amigo. Samuel había nacido en la aldea y conocía al casero que les alquilaba su pequeño habitáculo.
Penélope se levantó, vació los contenidos de un tazón en el guisado que tenía en el fuego. Su principal comida del día no había incluido carne desde hacía semanas, pero nunca tenían escasez de cebollas. Margaret empezaba
a detestar su olor y su sabor.
—Nunca había leído el tercer volumen —dijo Margaret en su propia defensa—. Escribe de manera muy convincente sobre Oriente, Penélope.
Penélope se dio la vuelta y la miró, alzando una ceja. Una reprimenda perfecta, pensó Margaret. Ella no podría hacerlo mejor regañando a sus propios estudiantes.
Otro cambio en su vida. Había empezado a enseñar a unas niñas del pueblo durante el último año. Eso le había dado la oportunidad de utilizar todas aquellas lecciones que había recibido de su abuela.
Nunca iba a tener niños propios. Era un hecho de sobra probado durante sus cinco años de matrimonio con Jerome. Sin embargo, tres mañanas a la semana recibía en casa a tres pequeñas niñas de edades comprendidas entre los cinco y los diez años. Durante unas horas, dejaba de pensar en su precariedad económica y en su soledad, para concentrarse en los talentos y las necesidades de cada una de ellas. El entusiasmo de Annie para el aprendizaje era primoroso, como lo era también el modo en que Dorothy progresaba con la lectura. Les respondía a sus preguntas y sonreía cuando se echaban a reír.
En contrapartida, ella también aprendía de sus estudiantes. Durante sus paseos, le habían enseñado a escuchar al urogallo o a reconocer el cuarto creciente de la luna. Margaret se había quedado en medio del bosque dando coba a siete voces entusiasmadas para concentrarse en las nubes y sentirse pequeña e insignificante bajo el cielo de la noche. ¿Alguna vez sehabía detenido a mirar realmente el cielo de Londres?
Después de todo, era una vida satisfactoria. Una vida con la que conformarse de no ser por dos detalles: su soledad y su desesperada pobreza.
Bajó la mirada de nuevo hasta el libro que reposaba aún sobre la mesa. El pintor había hecho alarde de cierto talento. Deslizó los dedos a través de la ilustración de aquellos hombros musculosos, por su espalda ancha y hasta el muslo. Ese mismo hombre aparecía en numerosas ilustraciones de pequeño tamaño, salpicadas por Los Diarios de Agustín X. En cada una de ellas, se erguía orgulloso como Dios lo trajo al mundo, siempre envuelto en algún acto sensual y seguramente prohibido. Sus hombros eran anchos y su espalda se estrechaba a la altura de la cintura. Sus nalgas tenían una forma tan perfecta que daban ganas de deslizarle la palma de la mano por la totalidad de sus curvas. Un extraño, posiblemente fruto de la imaginación del artista. Aún así, lo conocía más íntimamente de lo que había conocido a su marido.
Pero aún más chocante que las ilustraciones era su propia imaginación desinhibida. Se había imaginado muchas veces a sí misma como la mujer que estrechaba entre sus brazos. Ahíta de placer, lánguida de sólo recordarlo.
Sus ojos llenos de secretos y lecciones prometedoras, su sonrisa dibujando una curva de felicidad en estado puro.
Unos días después del incendio había encontrado tres libros guardados en el interior de la caja fuerte. Durante meses, los Diarios de Agustín X habían permanecido intactos en su pequeño arcón. Durante su primer invierno
en la aldea, Margaret había sacado el primer volumen, movida por la desidia y por la soledad, y se había dispuesto a leerlo. Agustín había sido claramente un hombre muy viajero, diletante y de cierta riqueza. Había escrito, con exquisito detalle, sobre el paisaje de las tierras que había visitado. Margaret deslizó los dedos por uno de los fragmentos.
Mi viaje a través de la China empezó en Quinghai en el altiplano tibetano a la altura del río Huang He. Allí donde se cruza el río Wei con el Huang He en la provincia central de Shaanxi nos trataron con gran hospitalidad. Fue en ese lugar donde conocí a Ming Wu y pasé una de mis noches más memorables en la tierra de Manchu.
Sin embargo, la verdadera naturaleza de Los Diarios de Agustín X. no era la de un libro de viajes. Más bien, se trataba de un testimonio gráfico del viaje erótico de Agustín a través del mundo. Cada uno de sus Diarios equivalía a un libro de instrucciones sobre cómo captar la sensualidad que él describía con todo lujo de detalles. Parecía especialmente extasiado con las cortesanas que había conocido, muchas de las cuales le habían educado en los más
altos encantos de la sensualidad. Incluso se había llegado a enamorar de una de ellas y su tierna despedida había hecho saltar las lágrimas a Margaret.
Ese primer invierno se había dicho a sí misma que mejor sería destruir los libros. Pero eran su único lazo de unión con la librería de su marido, con Jerome. Además, leerlos ocasionalmente le daba algo que hacer más allá de preocuparse por su precaria situación económica. Se rió para sus adentros. En realidad, puede que sí estuviera demasiado fascinada con estos libros. Los Diarios le habían hecho descubrir un mundo hasta entonces desconocido para ella, un mundo de encuentros amorosos y de actos eróticos del que nunca había pensado ser testigo.
—Son cosas satánicas, Señora Margaret —dijo Penélope, mientras miraba por encima del hombro al libro que estaba encima de la mesa—. Una maldición.
—No están malditos. Sólo son libros —añadió Margaret pacientemente—. Una mera colección de palabras.
—Y de ilustraciones —matizó Penélope—. Le daría un tortazo a cualquier hombre que se atreviera a tocarme de ese modo, Señora Margaret.
Penélope, que solía tener las mejillas sonrojadas y rollizas de por sí, se acababa de poner como un tomate. Con la barbilla erguida, se limitaba a señalar a Margaret. Incluso su pelo liso y castaño parecía rizado de pura indignación.
Sus ojos oscuros se clavaron en los de Margaret, conteniendo la rectitud de quienes nunca han caído en la tentación.
Margaret admitía no estar pura de pensamiento. Algunas noches, tumbada en su catre, pensaba que ojalá su vida hubiese sido diferente. Al mismo tiempo, reconocía haber aprendido mucho en los últimos años. El desconcierto había hecho acto de presencia en su vida en forma de fuego con la muerte de su marido. Era más sensato buscar la consistencia que el caos. La excitación era cosa de otros.
Por momentos pensaba en cómo habría sido su vida si nunca se hubiera casado con Jerome. Era natural. En esos casos, se limitaba a expulsar esos pensamientos errados.
Margaret cerró la cubierta estampada del libro, asegurándose de que cada lámina protectora estuviera en su sitio, superpuesta sobre cada una de las ilustraciones a toda página. Una de estas transparencias no estaba correctamente
encajada, así que abrió el libro de nuevo para enderezarla. Sin embargo, resultó que no se trataba de una de las páginas protectoras en absoluto.
Frunció el ceño, mientras sacaba el papel.
Se trataba de una lista de diez nombres, todos con anotaciones a un lado escritas con la apretada caligrafía de Jerome.
Penélope se reclinó sobre el hombro de Margaret. —¿Qué es eso?
—Es una lista —respondió. Juntas repasaron la escritura de Jerome.
Jeremy Pendergrast: detesta la literatura francesa. Sólo como último recurso.
Orase Blodgett: regatea demasiado. No es un buen candidato para una venta rápida.
Ned Smith: su padre controla sus fondos. Un posible comprador, si no ha gastado ya lo que le quedaba de su asignación trimestral.
John Blaketon: muy probable. Empatado con Babidge.
Charles Townsende: fondos ilimitados, venta rápida muy probable.
Las anotaciones de Jerome continuaban con otros cinco nombres, todos ellos acompañados de los más variopintos comentarios.
—¿De qué cree que se trata, Señora Margaret?
Margaret le dio la vuelta y lo examinó de nuevo.
—Creo que Jerome tenía intención de vender los Diarios —dijo finalmente.
—¿Venderlos? ¿Por qué iba a hacer una cosa así?
Porque estábamos desesperados por el dinero, pensó para sus adentros sin decirle nada a Penélope.
—He visto libros como los Diarios con anterioridad en la tienda, Penélope.
No me cabe la menor duda de que eran muy rentables.
Penélope parecía sorprendida.—Parece mentira que el Señor Esterly anduviera metido en esas maldiciones.
—No son maldiciones —dijo Margaret con paciencia—. ¿O pretendes echarles la culpa de todos nuestros infortunios?
—No —dijo Penélope detenidamente—. Pero sí que parece como si algo nos hubiera llevado hacia esta situación. Si al menos no hubiera hecho tanto calor—suspiró.
—O si las gallinas no se hubieran muerto —añadió Margaret.
—O si el tejado no se hubiera derrumbado.
—O si la chimenea no se hubiera tupido, ni las vacas hubiesen enfermado o si no nos hubiéramos visto obligadas a vender los cerdos tan rápido —dijo Margaret, intentando sonreír. Innumerables desastres habían caído sobre ellas en los últimos dos años.
—O si el jardín no se hubiera marchitado.Y no se olvide de la pared del ala oeste —añadió Penélope—. Eso también fue otro desastre.
—Sí —dijo Margaret,mientras abría la caja fuerte y metía el tercer Diario en la bandeja inferior, casi vacía de dinero—. Pero vivir en el campo también tiene sus ventajas.—Sonrió a la joven—. ¿Te has olvidado ya de Tom?
Penélope se sonrojó. Su joven pretendiente trabajaba en casa de Squire Tippett y había cortejado a Penélope durante los últimos dos años. Estaban tan enamorados que, inesperadamente, daba casi dolor verlos juntos.
El matrimonio de Margaret y Jerome había sido más bien de índole afectuosa. Una unión de conveniencia, que había carecido de las miradas deseosas y de las suaves carcajadas que intercambiaban Penélope y Tom.
—Me pregunto cuánto nos darían por los libros.
Penélope la miró sorprendida. —No estará pensando en venderlos, Señora Margaret.
Margaret cogió la lista y repasó los nombres de nuevo. —Hay al menos tres clientes viables en esta lista, Penélope. Hombres que creo que los comprarían sin más dilación. Si no hacemos algo, tendremos que regresar a la ciudad y encontrar un trabajo para mantenernos.
Penélope parecía tan afligida como Margaret.Volver a Londres significaría que Penélope tendría que abandonar a Tom y ella, a sus pupilas. Las dos deberían dedicarse al servicio o trabajar de dependientas en alguna tienda.
Por desgracia, Margaret no recibía ingresos de las clases que impartía a las niñas. Los residentes de Silbury Village habían salido igual de mal parados por la sequía. No se habría sentido bien pidiendo dinero a una gente que no se lo podía permitir.
—¿No podría acudir al duque, Señora Margaret?
Margaret se la quedó mirando. —No —respondió inmediatamente—. Al duque, no. —Pasase lo que pasase, nunca iba a pedirle ayuda a Tarrant.
Recordaba a la perfección su último encuentro al día siguiente de la muerte de Jerome en el incendio.
—Sólo he venido a decirle lo que ha pasado —había dicho. Llevaba las manos apretadas tan fuerte en su regazo que tenía los nudillos blancos con los huesos marcados.
No había sabido de los lazos entre Jerome y el duque hasta después de su matrimonio. Jerome siempre se había avergonzado de ser el hijo bastardo, el hermanastro del duque de Tarrant.
—Podría haberme comunicado el deceso en una carta, señora. ¿O quizá su visita se debe a otra razón de índole menos obvia? —Los ojos del duque de Tarrant eran como dos agujeros negros en medio de un semblante
angosto y severo. Sus dedos larguiruchos golpeaban impacientes contra el escritorio como si de garras se tratase.
Una gigantesca ave rapaz, el duque.
Por mucho que se hubiera propuesto no dejarse acobardar, lo estaba. Pensó y tuvo réplicas brillantes para sus comentarios mordaces y críticas. Pero siempre más tarde… nunca en la ocasión de su encuentro.
La había hecho esperar para verle, un acto deliberadamente rudo que ya se esperaba de él. Durante una hora, había aguardado en el vestíbulo, sin quejarse. Sólo entonces la habían conducido a su tenebroso despacho de
sombras abruptas. Había libros alineados en las paredes, pero sus lomos dorados delataban que estaban nuevos e intactos. No había ni una sola silla cómoda para incentivar al lector a que se sentase a leer detenidamente un volumen, ni velas colocadas sobre mesas apropiadas.Ninguna persona querría entretenerse demasiado en un lugar como ese. Más bien eran unas dependencias que no parecían dignas del duque de Tarrant.
—Me ha parecido que era mi deber venir —dijo Margaret.
—¿Para ver si podíamos llorar juntos la muerte de Jerome? —preguntó desdeñoso.
—Jerome le tenía un gran afecto —dijo ella, esperando que no le temblase demasiado la voz.
Él se la quedó mirando por encima del hombro como si fuera un insecto.
—¿Ah sí? —preguntó él, golpeando los dedos contra el escritorio—. No me cabe la menor duda, visto que le proporcioné fondos suficientes para asegurarle una vida digna. Sin duda usted creerá que tendrá derecho a
la misma consideración por ser su viuda. Pero vamos a dar esa relación por finalizada aquí y ahora. No espere nada más de mí.
—No esperaba nada —dijo ella, molesta. Estaba de pie frente a él, agarrando con las manos el tejido de su falda—. ¿Por eso me ha odiado tanto durante todos estos años? ¿Por tener el atrevimiento de casarme con un miembro de su familia?
Él sonrió fríamente.—Mi padre se consintió el capricho de acostarse con la madre de Jerome. Un grave error. Nuestra dinastía nunca había sido mancillada con un bastardo. Jerome era una carga, no un miembro de la familia.
—¿Y yo qué era? —Ella odiaba la confrontación, pero había esperado ese momento desde hacía años. Le latía el corazón tan fuerte que pensaba que podría saltarle del pecho.Tarrant, en cambio, parecía extraordinariamente
relajado, absorto en el movimiento de sus dedos jugueteando con el extremo de una pluma.
—Una mujer irritante que nunca supo cuál era su lugar. —El duque alzó la vista para mirarla al tiempo que su sonrisa desaparecía—.Tuviste el atrevimiento de llamarme por mi nombre cristiano al menos en una ocasión,
que yo recuerde.
—Y le besé en la mejilla cuando nos fuimos —añadió ella, esperando que su sonrisa permaneciese intacta.
Un gesto de desagrado se apoderó de la cara del duque.
—Entonces —prosiguió Margaret—, como no presté atención a su rango, se decidió a odiarme para siempre.
—Eres una mujer común —dijo, poniéndose de pie—.Tu única concesión al decoro es el mero hecho de que tu abuela fuese gobernanta.Tu padre era un soldado y tu madre una limpiadora.
—Ya veo —dijo asintiendo con la cabeza—. Empleos limpios, pero no a la altura de un duque.
Él no respondió. A fin de cuentas, no necesitaba decir nada más. Sus ojos la miraban con desdén a través de sus párpados caídos.
Cogió una pequeña campana en la esquina del escritorio. Un ligero cascabel, lo único necesario para que abriese la puerta un hombre de librea y se hiciese a un lado.A su lado estaba el sombrío mayordomo, dignificado, como si también él fuese un miembro real de la nobleza.
A Margaret le temblaban los labios, pero los mantuvo apretados mientras salía de la habitación.
—No, al duque nada —dijo Margaret ahora—. Sería un placer para él verme mendigar.
Volvió a estudiar la lista una vez más. Era la verdadera solución a susproblemas. Con sólo vender un libro, podría quedarse los otros dos como seguro de vida.
—Me temo, Penélope —concluyó—, que estos Diarios van a resultar ser nuestra salvación.
La otra mujer sacudió la cabeza detenidamente, mientras Margaret se limitaba a sonreír.
Iba a tomarse la libertad de falsificar la firma de Jerome. No sólo porque los hombres se negaban a hacer negocios con una mujer, sino también para salvaguardar su reputación.Además, había mandado una nota rápida a Samuel y Maude, preguntándoles si podía usar la dirección de la pañería. De ese modo, nadie sabría en el pueblo que ella tenía a su disposición un tipo de literatura tan escandalosa.
La vida en Silbury Village era simple y elemental.Aquellos que respetaban las normas de decoro eran aplaudidos y gozaban del respeto de la comunidad. Quienes no respetaran ese código eran condenados al ostracismo.
Había dos mujeres en el pueblo cuya opinión contaba por encima de las demás: Sarah Harrington y Anne Coving.
La influencia de Sarah como árbitro de moralidad no debía subestimarse. En la jerarquía del pueblo ocupaba el trono real. Su opinión era suscrita por el resto de las mujeres, que generalmente se dejaban influenciar. Sarah había sido una de las primeras en enviar a su hija a clase con Margaret.
Su hermana,Anne, era una cuenta cuentos. Si había alguna noticia en todo Silbury que mereciera ser escuchada, no sólo se la sabía, sino que se encargaba de esparcirla a los cuatro vientos.
¿Qué iba a pensar Sarah como se enterase de la existencia de estos escandalosos Diarios? ¿O si descubriese que Margaret planeaba vender ese volumen de literatura carnal? O, lo que es peor: ¿Y si se enterase de que no
sólo había leído este volumen, sino también otro más?
No cabía ninguna duda sobre la reacción de la otra mujer. Margaret dejaría inmediatamente de ser considerada una viuda correcta, ejemplar del decoro y las buenas maneras. En su lugar, pasaría a ser una paria. Sarah no iba a permitir que su hija asistiera a sus clases y Anne se encargaría de esparcir la historia por todo el pueblo. Se quedaría sin alumnos.
Todo lo que había aprendido a valorar a lo largo de toda una vida podía quedar en entredicho a raíz de esta única acción. Esta perspectiva le hacía considerar la decisión con su debida cautela. A fin de cuentas, tampoco le quedaba otra opción. Si no vendía el Diario, no podría quedarse en Silbury.
Margaret cogió su caja fuerte, se volvió a sentar en la mesa y se dispuso a escribir.