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Capítulo uno
Los extraños acontecimientos
en Bedford Place
Él no era el tipo de hombre que ella solía escoger. Le estudiaba por encima de la mesa de la ruleta; era joven, sí, más joven de lo que prefería. Se preguntaba si ya se afeitaba. El rosado rubor de su inocencia aún coloreaba sus hermosas mejillas de muchacho inglés, y tenía los huesos esculpidos con tanta delicadeza como los suyos.
Pero no era inocente. Y en el caso de que fuera delicado… bueno, ¡mala suerte!
El crupier se inclinó sobre la mesa.
—Mesdames et messieurs —dijo con su tosco acento francés—, faites vos jeux, s’il vous plait!
Ella disipó el humo de un puro que tenía cerca e hizo su apuesta; empujó tres fichas sobre la mesa con una mano bien cuidada. Justo en aquel momento, el caballero que estaba entre ambos se levantó y recogió sus ganancias antes de partir. Le siguieron una serie de palmaditas en la espalda y una sensación de cordialidad. Perfecto. Ahora, el muchacho se había quedado solo. En la penumbra, ella se levantó un poco el velo negro que le oscurecía los ojos y le lanzó una mirada de interés. Él empujó un montoncito de fichas al veintidós negro y le devolvió la mirada, al tiempo que levantaba una ceja.
—No más apuestas —anunció el crupier—. Les jeux sont faits!
Con un movimiento elegante, hizo girar la ruleta y lanzó la pelota. Saltó y repiqueteó alegremente, por encima del murmullo general. Entonces empezó a hacer ¡clac!, ¡clic! y ¡clac! Y cayó en el veintidós negro.
El crupier le acercó sus ganancias antes de que la ruleta se detuviera. El inglés las recogió y se acercó a su lado de la mesa.
—Bonsoir —murmuró ella con voz gutural—. El negro le ha sido muy propicio esta noche, monsieur.
Los ojos azules del muchacho se fijaron en su vestido negro.
—Espero que esto tan sólo sea el principio.
Ella le miró a través de la fina tela de malla y bajó la mirada.
—Sí, la esperanza es lo último que se pierde, señor.
El inglés se echó a reír, mostrando unos dientes blancos y pequeños.
—Creo que no nos conocemos, mademoiselle —dijo—. ¿Es la primer vez que viene a Lufton’s?
Ella se encogió de hombros.
—Visto un salón de juegos, vistos todos, n’est-ce pas?
A él se le encendió la mirada. El bobo pensó que era prostituta. No era de extrañar, puesto que estaba sentada sola y sin compañía en un antro de perdición.
—Lord Francis Tenby —le dijo, al tiempo que le extendía la mano—. ¿Y usted es…?
—Madame Noire —contestó, inclinándose para darle la mano enguantada—. ¿Debe de ser el destino, no cree?
—¡Ja, ja, ja! —Su mirada se posó en su generoso escote—. Claro, su apellido significa «negro». Dígame, querida, ¿tiene usted nombre de pila?
—Aquellos con quienes tengo una relación más íntima me llaman Cerise —respondió ella con una voz ronca e insinuante.
—Cerise —repitió el joven inglés—. Qué exótico. ¿Qué la trae a Londres, querida?
Ella se encogió de hombros de nuevo y volvió a lanzarle esa mirada tímida, de soslayo.
—¡Menudas preguntas! Estamos ocupando espacio en la ruleta, señor, y yo me muero de sed.
Él se levantó de inmediato.
—¿Qué quiere que le traiga, señora? —preguntó—. ¿Quiere que vayamos a un lugar más tranquilo?
—Champán —susurró.
Acto seguido, la mujer se levantó, agachó la cabeza y se dirigió a la mesa que le había señalado. La mesa estaba en un rincón; era un lugar muy privado. Era perfecto.
Él volvió en un santiamén, con un criado a la zaga que llevaba una bandeja y dos copas.
—¡Ay, Dios! —murmuró ella, mirando alrededor mientras se alejaba el camarero—. Creo que he olvidado los anteojos en la mesa de la ruleta. Milord, ¿sería tan amable?
Él se dio la vuelta, y ella abrió una ampollita. Con destreza, vertió el contenido en la copa del muchacho. Los pequeños cristales se dispersaron hacia el fondo, rodeados de burbujas.
Él volvió en el momento que ella miraba fugazmente el reloj que llevaba prendido en el forro del chal. Calcular el tiempo era esencial. Él le sonrió de manera provocativa y ella levantó su copa.
—Por una nueva amistad —susurró con una voz tan baja que él tuvo que acercarse más.
—¡Por supuesto! Una nueva amistad. —Se bebió la copa de un sorbo y frunció el ceño.
Sin embargo, fue muy fácil de distraer. Durante los siguientes diez minutos, ella no dejó de reír con su risa ligera y cristalina, y le dijo cosas muy agudas a lord Francis Tenby, cuya hermosa cabecita carecía de cerebro.
Las preguntas frecuentes llegaron después. Ella le contó las mentiras que tenía bien practicadas. La viudedad. La soledad. El rico guardián que la había traído al local esta noche discutió con ella, y la abandonó por otra cruelmente. Pero así es la vida, le dijo, encogiéndose de hombros otra vez. Hay muchos peces en el mar.
Por supuesto, ella no le propuso nada. Fue él. Siempre eran ellos. Ella aceptó, y le echó otro vistazo al reloj. Veinte minutos. Se levantaron de la mesa. Él palideció un poco, sacudió la cabeza y le ofreció el brazo. Con la mano sobre su brazo, salieron de ese antro juntos, hacia Saint James Street, húmeda y débilmente iluminada por las lámparas de gas. Un caballo que pasaba se detuvo ante ellos como si estuviera planeado. Y lo estaba.
Lord Francis le dio su dirección al cochero, y casi tropezó al subirse a la carroza detrás de ella. Bajo la tenue luz de la lámpara, ella vio que el sudor le perlaba el rostro. Se inclinó y le ofreció una generosa vista de su escote.
—Mon coeur —le susurró, acariciando su mejilla rosada—. Tiene mala cara.
—Estoy bien —contestó, haciendo el esfuerzo de mantenerse erguido—. No pasa nada. Pero quiero… quiero… —Perdió por completo el hilo de sus pensamientos.
Ella se deshizo de su chal de seda y se le acercó más.
—¿Qué, mon cher? ¿Qué desea ver?
Él sacudió la cabeza como si quisiera despejar la niebla que le envolvía.
—Sus… sus ojos —dijo al final—. Quiero ver sus ojos. Y su cara… y que se quite el sombrero… digo, el velo.
—Ay, eso no puedo hacerlo —susurró, al tiempo que se bajaba la manga izquierda—. Pero puedo enseñarle otra cosa, lord Francis. Dígame, ¿le gustaría verme los pechos?
—¿Los pechos? —Tambaleándose, le lanzó una mirada lasciva.
La tela se deslizó un poquito más.
—Un poquito, sí —contestó ella—. Mire aquí, lord Francis. Muy bien, así. Enfoque, querido, enfoque. ¿Lo ve?
Él cometió el error fatal de acercarse.
—Un ta… tatu… ¿Un tatuaje? —dijo, ladeando la cabeza—. Ángela. No, ángel… ¿Ángel Negro?
De repente, lord Francis puso los ojos en blanco, abrió la boca y se golpeó en la cabeza con la puerta del carro. Se quedó boquiabierto como una carpa en la lonja de Billingsgate.
Para su seguridad, le levantó la barbilla e hizo que se sentara bien. Él se dejó caer sobre el asiento de piel mientras ella le rebuscaba en los bolsillos. Un monedero. Una llave. Un pastillero; de plata, no de oro, maldita sea. Un reloj, una cadena… Una carta en el bolsillo del abrigo. ¿De una amante? ¿De un amigo? ¡Ay, Dios! ¡No tenía tiempo de hacerle chantaje! Volvió a dejársela en el bolsillo y aprovechó para sacarle el broche de zafiros que llevaba prendido entre los pliegues del pañuelo blanco.
Cuando terminó, le miró con aire de satisfacción.
—Espero que haya disfrutado, lord Francis —susurró—, porque a mí me ha gustado mucho.
Con la boca aún abierta, lord Francis emitió un ronquido gutural.
—¡Qué gratificante oírlo! —contestó ella—. Y seguro que la sirvienta embarazada a la que acaba de despedir pronto recibirá también una gratificación.
Con eso, se guardó el botín en el bolsito de malla, le dio un par de golpes al techo del carro y abrió la puerta. El coche redujo la marcha para tomar la curva en la esquina de Brook Street. El Ángel Negro saltó y se fundió con la penumbra grisácea de Mayfair. La cabeza de lord Francis se movía de un lado a otro como si tuviera un resorte, mientras el carro se alejaba traqueteando en la noche.
El marqués de Devellyn estaba de buen humor, tanto, que estuvo cantando «Oh Dios, nuestra esperanza y protección» a lo largo de Regent Street, aunque no se sabía la letra. Tan contento estaba que, de repente, se le ocurrió pedirle al cochero que le dejara cerca de la esquina de Golden Square para dar un paseo en esa noche tan agradable. Al darle la señal, el brillante carro negro se detuvo suavemente. El marqués saltó del coche sin apenas tambalearse.
—Pero está lloviendo, milord —dijo el cochero, que le miraba desde lo alto de la cabina.
El marqués miró hacia abajo. La acera mojada brillaba. El cochero tenía toda la razón del mundo.
—¿Llovía cuando salimos de Crockford’s, Wittle? —le preguntó, sin arrastrar las palabras, aunque estaba borracho como una cuba y lo sabía.
—No, señor —dijo Wittle—. Tan sólo había niebla.
—Mmmm —dijo Devellyn, calándose el sombrero un poco más—. Bueno, de todos modos es una noche muy agradable para pasear. Este aire fresco me despejará un poco.
Wittle se inclinó hacia delante.
—Pero, señor, si son casi las seis… de la mañana.
El marqués le miró.
—¿No me dijiste que tenía una cena con la señorita Lederly esta noche?
Wittle le miró con simpatía.
—Eso era anoche, señor. Y creo que después debía ir al teatro. Pero no fue, o al menos el club no…
Devellyn se pasó la mano por la cara y notó que le había crecido un poco la barba.
—Ya veo —contestó al final—. No salí cuando debía, ¿no?
Wittle negó con la cabeza.
—No, milord.
Devellyn arqueó una ceja.
—Empecé a beber y a apostar, ¿no?
El rostro del cochero permaneció impasible.
—Creo que hubo una dama por medio, señor.
¿Una mujer? Ah, sí. Ahora se acordaba. Una rubia deliciosa de pechos generosos. Y, definitivamente, no era una dama. Se preguntó si lo habría hecho bien. Qué demonios, no sabía ni si él mismo había estado a la altura. Probablemente no. Y tampoco le importaba, la verdad. Pero ¿y el teatro? Santo cielo, esta vez Camelia le mataría.
Inquieto, se encogió de hombros bajo el sobretodo y miró a Wittle.
—Bueno, me voy a Bedford Place dando un paseo —repitió—. No quiero que nadie presencie mi humillación cuando llegue. Vuelva usted a Duke Street.
Wittle se tocó el ala del sombrero.
—Coja el bastón, milord —le aconsejó—. El Soho está plagado de asaltadores de caminos.
Una sonrisa de oreja a oreja se asomó al rostro de Devellyn.
—¿Y un asaltador se atreverá con el diablo de Duke Street? —le reprendió él—. ¿Cree usted que se atreverá?
Wittle sonrió irónicamente.
—Cuando le vea la cara, no, señor —convino—. Pero, desafortunadamente, suelen atacar por detrás.
Devellyn se echó a reír a mandíbula batiente y le dio un toque al sombrero.
—De acuerdo, entonces, me quedo el maldito bastón —accedió él, alargando el brazo para cogerlo.
Wittle volvió a saludarle y espoleó a los caballos. El carruaje se puso en marcha. Devellyn lanzó el bastón hacia arriba y, después, lo cogió al aire con gracia antes de que cayera al suelo. No estaba tan borracho, entonces. Pero la idea no le consolaba demasiado. Se puso a andar por la acera y a cantar su cántico mientras cogía el ritmo.
¡Oh Dios, nuestra esperanza y protección,
y nuestro eterno hogar!
¡Has sido, eres y serás la, la, la,
tan sólo tú tururú!
Ni un solo asaltador se atrevió a acercársele mientras cruzaba el Soho y accedía a Bloomsbury. Debía de ser por lo mal que cantaba, o quizá fue porque el marqués era un hombre alto y ancho y, con la nariz rota, no resultaba muy tentador. «Gigantón», había oído decir, aunque le importaba bien poco lo que los demás opinaran de él. Desde luego, ese bastón no le hacía ninguna falta. Pero cuando entró al portal de su casa, aún cantando a voz en cuello, las cosas cambiaron.
¡Delante de tus ojos son mil años, al pasar,
pero tan sólo un día que, fugaz,,
es tan corto como el la, la, la
y fenece con el le, le, le!
—¡Hijo de puta! —De la nada, salió volando un plato—. ¡Yo sí que te daré una buena noche!
El marqués se agachó. La porcelana rebotó en el dintel y estalló en pedacitos sobre su cabeza.
—¿Cammie? —dijo, mirando hacia el interior del salón.
Su amante salió de entre las sombras, blandiendo un atizador.
—¡No me vengas con Cammie ahora, cerdo! —gruñó ella—. Cogió una figurita de Meissen y se la lanzó a la cabeza.
Devellyn volvió a agacharse.
—Deja ese atizador, Camelia —le dijo, sujetando el bastón a un lado mientras se le acercaba, como si pudiera repeler el siguiente objeto volador—. Déjalo, te digo.
—¡Que te zurzan! —chilló la mujer, como la arpía de Spitalfields que era—. ¡Ojalá te pudras en el infierno, gigantón hijo de puta.
El marqués hizo un sonido de reprobación.
—Camelia, una vez más demuestras lo limitado que es tu vocabulario. Ya me has llamado hijo de puta dos veces. Venga, tomemos una copita de coñac. Lo solucionaremos.
—No, soluciona tú esto —le dijo, blandiendo de nuevo el atizador del fuego—, porque te lo voy a meter por el culo, Devellyn.
El marqués se estremeció en señal de dolor.
—Cammie, sea lo que sea que haya hecho: lo siento. Mañana me pasaré por Garrard’s y te compraré un collar, te lo juro.
Se dio la vuelta un instante para quitarse el sombrero y dejar el bastón. Fue una decisión muy poco acertada. Ella le tiró el atizador a la cabeza y fue corriendo hacia él como un terrier rabioso; cincuenta y dos kilos de mujer arañándole y enseñándole los dientes.
—¡Hijo de puta! —chilló, y se le lanzó a la espalda mientras le golpeaba la cabeza con el puño—. ¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Más que cerdo!
Camelia no podía ser más teatrera. Los criados ya estaban mirando a hurtadillas por el pasillo. Devellyn se dio la vuelta y trató de sujetarla; pero Camelia le tenía agarrado por el cuello e intentaba estrangularlo con un brazo mientras el otro le golpeaba con todas sus fuerzas.
—Eres un cabrón egoísta e insensible —le gritó, golpeándole con cada sílaba—. Nunca piensas en mí. ¡Tú, tú y siempre tú!
Y entonces se acordó… al parecer los golpes le habían hecho recobrar el conocimiento.
—¡Maldita sea! —exclamó—. ¡Cleopatra!
Al final, logró sujetarla por las faldas y la apartó. Ella aterrizó de culo en el suelo y le fulminó con la mirada.
—¡Sí, mi Cleopatra! —le corrigió—. ¡Mi debut! ¡La noche del estreno! Fui la estrella y causé sensación entre el público. ¡Y tú me lo prometiste! Prometiste que vendrías.
El marqués se quitó el abrigo y el mayordomo se acercó con sigilo para recogerlo.
—Te juro que lo siento mucho, Cammie. En serio. Te prometo que iré la próxima vez. ¡Qué diablos! ¡Iré esta noche! ¿Así te basta?
Camelia se arregló el vestido y se puso de pie con toda la dignidad de la que fue capaz.
—No, no me basta con eso —le dijo, al tiempo que le daba la espalda y le hablaba por encima del hombro con un aire muy teatral—, porque te dejo, Devellyn.
—¿Que me dejas?
Camelia se fue hacia la repisa de la chimenea.
—Sí, te abandono —prosiguió—, te dejo plantado, te echo de mi vida… ¿Quieres que continúe?
—Pero, Cammie, ¿por qué?
—Porque sir Edmund Sutters me hizo una oferta muy atractiva esta noche. —Camelia le miró con arrogancia. Ya no quedaba nada de la muchacha de Spitalfields—. Después de la función, mientras bebíamos champán entre bambalinas.
—¿Entre bambalinas?
—Donde tendrías que haber estado tú.
Camelia acariciaba la otra figurita de Meissen, deslizando los dedos por encima de una manera que en otra ocasión hubiera sido erótica pero que ahora era ligeramente peligrosa.
—Por supuesto —continuó ella—, si hubieras estado allí, él no se hubiera atrevido, ¿verdad? Pero no viniste, así que aprovechó.
De repente, ella se dio la vuelta.
—Y yo acepté, Devellyn. ¿Me oyes? Le dije que sí.
Esta vez lo decía en serio. ¡Qué lástima! Aunque había más mujeres en el mundo y él debería saberlo. Bueno, la verdad es que ya lo sabía. Pero ahora no tenía la energía para buscarse a otra. Sabía por experiencias pasadas que en cuanto una mujer se cansaba de él, ya no había vuelta atrás: hacían las maletas y se iban.
Devellyn suspiró y abrió los brazos de una manera muy expresiva.
—Maldita sea, Cammie, odio que lo nuestro termine así.
Ella levantó la barbilla con aire despectivo.
—Partiré a primera hora de la mañana.
El marqués se encogió de hombros.
—Bueno, no hay prisa. Es decir, no tengo prisa en disponer de la casa y quizá pasarán unos quince días antes de que vuelva a instalarme con otra persona, así que tómate el tiempo que…
La última estatuilla Meissen le dio de lleno en la frente. Los fragmentos salieron disparados. Devellyn se tambaleó hacia atrás, pero ella le cogió antes de que cayera al suelo.
—¡Hijo de puta! ¡Cerdo! —Sus pequeños puños volaban de nuevo—. ¡Desalmado! Tendría que haberte estrangulado como a un pollo.
—¡Ay, maldita seas! —exclamó Devellyn, casi sin fuerzas. Suerte que Camelia no escribía su propio material.
—¡Hijo de puta! ¡Cerdo!
Devellyn se desplomó en el suelo, con Camelia aún aferrada a su cuello.
Sidonie Saint-Godard era una mujer de recursos independientes, con demasiado de lo segundo y suficiente de lo primero para pagar las facturas. Al principio, su independencia le sentó como un zapato nuevo de tacón peligrosamente alto; algo sobre el que uno se tambaleaba, con la esperanza de no tropezar y caer de bruces en la moqueta de la alta sociedad. Entonces, regresó a Londres —su lugar de nacimiento— y descubrió que el zapato empezaba a apretarle. Y es que, a diferencia de Francia, la independencia de la mujer en Inglaterra venía envuelta y encorsetada por una serie de deberes y obligaciones.
Se había pasado un año entero de lamentaciones antes de darse cuenta de que la solución era quitarse los zapatos y correr descalza por la vida. Ahora, a los veintinueve, corría todo lo que podía. Y, cuando muriera —le dijo a su hermano George—, quería que le inscribieran en la lápida el siguiente epitafio: «Una vida vivida al máximo». Eso era lo que había planeado hacer ya que, como bien sabía, la vida era incierta y a pesar de que el dicho dijera lo contrario, tanto los buenos como los malos solían morir jóvenes. Sidonie ni siquiera estaba segura de la categoría a la que pertenecía. ¿Buena? ¿Mala? ¿Un poco de ambas?
Como muchas de las jóvenes francesas de alta cuna, Sidonie había pasado del techo protector de su madre a las recias paredes del colegio de monjas. Allí, sin embargo, hizo una de las peores travesuras de su vida. Se escapó con un hombre atractivo que no tenía ni techo ni paredes; al menos, no en un sentido convencional. En lugar de eso, Pierre Saint-Godard tenía un buque mercante nuevo, equipado de una suite para el capitán de dos habitaciones y una hilera de ventanales desde las que uno podía ver el mundo mientras surcaba el mar.
Pero Sidonie se cansó pronto de ver mundo. Vendió el barco, hizo las maletas, cogió al gato y se trasladó a Londres. Ahora vivía en una casita unifamiliar en Bedford Place, rodeada de casas de mercaderes, banqueros y una especie de pequeña nobleza. Y, ahora mismo, disfrutaba de una buena vista desde la ventana del piso de arriba. En la calle, delante de una de las puertas de enfrente de Bedford Place, había aparcado un camión de mudanzas y dos hombres cargaban baúles y cajas con gran presteza.
—¿Con ésta, cuántas amantes se han ido ya, Julia? —preguntó Sidonie, acercando la cabeza a la de ella y mirando entre las cortinas.
Julia contó con los dedos.
—La rubia de diciembre era la séptima —dijo—, así que ésta debe de ser la octava.
—¡Pero si estamos en marzo! —Sidonie seguía secándose el pelo, largo y negro, con la toalla—. Me gustaría saber quién es él, para tratar a estas pobres mujeres con tan poca displicencia. ¡Como si fueran abrigos viejos que han de tirarse a la basura cuando se desgastan por el codo!
Julia se incorporó.
—No hay tiempo para eso, querida —le advirtió, acercándola al fuego—. Llegarás tarde. Siéntate y deja que te peine ese embrollo de pelo mojado o te resfriarás si vas a Strand así.
Diligentemente, Sidonie se sentó en un taburete. Thomas, su gato, saltó a su regazo de inmediato.
—Pero es una actitud muy vil, Julia —dijo, acariciando el sedoso pelaje negro del gato—. Seguro que piensas lo mismo. Quizá el cartero pueda decirnos su nombre. Ya se lo preguntaré.
—Sí, quizá —dijo Julia, ausente, mientras le cepillaba el pelo—. ¿Sabes, querida? Tienes la misma melena que tu madre.
—¿Tú crees? —preguntó Sidonie, algo esperanzada—. Claire tenía un pelo tan bonito.
—Yo me moría de envidia —confesó Julia—. ¡Y pensar que me subía al escenario con este pelo castaño y pajizo! Cuando nos veían juntas, algo que pasaba muy a menudo, ella me eclipsaba por completo.
—¡Pero si tuviste una carrera muy exitosa, Julia! Fuiste famosa. Todo el mundo te aclamaba en Drury Lane, ¿no es cierto?
—Sí, durante un tiempo —contestó—. Pero de eso hace mucho.
Sidonie se quedó en silencio. Sabía que hacía mucho tiempo que Julia no tenía un papel significativo en los teatros del West End. Y hacía mucho más que los hombres que antaño se disputaban sus favores se habían decantado por mujeres más jóvenes. Aunque era unos años más joven, Julia había sido amiga íntima de la madre de Sidonie, ya que se habían movido con la misma gente; las mujeres de vida alegre y toda su comitiva. Y esta comitiva siempre había incluido una serie de vividores ricos y de alta alcurnia con un gusto por las mujeres que no tenían sangre azul, precisamente.
Pero la sangre de Claire Bauchet sí era de sangre azul. Y también había sido increíblemente hermosa. La primera ventaja se la habían robado con crueldad; la segunda la había cultivado cual orquídea de invernadero, ya que —al igual que Julia—, Claire se ganaba la vida gracias a su belleza. Sin embargo, mientras Julia era una actriz con talento que a veces tenía la buena suerte de ser mantenida por un admirador rico, Claire era, sencillamente, una cortesana. Su talento había sido su gracia y su encanto, y poco más. Bueno, quizá eso no era del todo justo, ya que la había mantenido solamente un hombre.
Cuando Sidonie regresó a Londres, la vieja amiga de su madre fue la primera en llamar a la puerta y darle la bienvenida a casa. Y, muy a su pesar, Claire observó lo sola que estaba Julia. Daba la casualidad de que Sidonie necesitaba con urgencia una doncella, sin mencionar una compañera, cocinera y confidente. Desafortunadamente, no podía permitirse todos esos lujos, pero la cocinera sí tuvo que contratarla de inmediato. Julia, la actriz consumada, fue la solución perfecta para todo lo demás. Y aunque Sidonie no se lo había preguntado, sospechaba que Julia vivía al borde de la pobreza, como les solía pasar a las mujeres que vivían de su ingenio y su belleza.
—¿La echas de menos, verdad? —le preguntó Julia, de repente.
Sidonie la miró por encima del hombro y reflexionó. ¿Echaba de menos a Claire?
—Sí, un poco. Rebosaba tanta vida…
En aquel preciso momento, se oyó un estruendo terrible. Thomas saltó de su regazo y se escondió bajo la cama. Julia y Sidonie corrieron hacia la ventana y descorrieron las cortinas con descaro. El camión de las mudanzas se había ido y, en la casa de enfrente, alguien había abierto la ventana de par en par. Una mujercita pelirroja estaba asomada a la ventana, con un orinal en la mano.
—¡Cerdo! —chilló, y lo lanzó al suelo—. ¡Hijo de puta!
—¡Cielo santo! —dijo Julia.
La ventana de al lado se abrió de nuevo y la pelirroja volvió a asomarse. Otra bacinilla.
—¡Cerdo! ¡Mal nacido!
Y otra vez al suelo, donde los fragmentos de porcelana rebotaron contra la acera.
Sidonie se echó a reír a carcajadas.
Julia se encogió de hombros.
—Bueno, sea quien sea tu misterioso caballero, no tendrá ni donde mear cuando ella acabe con él.
Capítulo dos
Nuestro héroe se ve rodeado
de muchos más problemas
—¿Milord?
La voz era distante, como incorpórea. Y tremendamente irritante.
—¡Mmmm! —dijo el marqués de Devellyn, decidido a no hacerle caso—. ¡Que… mmm mmm!
—Pero, milord, por favor, ¡abra los ojos!
—Mmm, mmm —replicó.
—Sí, tiene razón, señor. —La voz parecía cada vez más angustiada—. Pero creo que es mejor que se levante.
—Si ni tan siquiera pude quitarle el abrigo anoche —añadió una segunda voz de entre la niebla—. ¿Crees que se ha estropeado? Me temo que está manchado de sangre. Creo que ha vuelto a boxear. ¿Eso no le parece sangre, ahí en la solapa, Honeywell?
—Fenton, le aseguro que ni lo sé ni me importa. —La primera voz se le antojaba malhumorada—. ¿Milord? Tiene que levantarse ahora. Brampton y los carpinteros se han ido, señor. Me temo que tenemos malas noticias.
«Malas noticias.»
Esas palabras consiguieron atravesar la neblina y llegar a su conciencia. Devellyn estaba ya familiarizado con la expresión.
—¿Mmm? —dijo, abriendo un ojo.
Cuatro ojos le estaban mirando. ¿O eran seis?
—Ya vuelve en sí, Fenton. —La voz parecía aliviada—. Vamos a ver si podemos incorporarle.
El marqués notó como le levantaban sin miramientos. Le colocaron una almohada detrás y las piernas a un lado, con los pies tocando el suelo. Bueno, ya estaba despierto a pesar de sus esfuerzos.
Fenton, su ayuda de cámara, frunció el entrecejo.
—La verdad, señor, me gustaría que me llamara al entrar a casa —dijo mientras se retorcía las manos con nerviosismo—. Dormir en el diván no habrá sido muy cómodo. Y ahora tenemos este terrible asunto del suelo.
—¿Qué? —exclamó Devellyn, parpadeando.
Honeywell, su mayordomo, arrastró una mesita de café a través de la habitación. Unas manos etéreas colocaron encima una bandeja con la cafetera.
—¡Ya está! —dijo Honeywell—. Milord, como le decía, los carpinteros acaban de irse. Me temo que, a pesar de todo, no pueden arreglar el suelo de la habitación azul.
«¿Suelo? ¿Qué suelo?»
Fenton introdujo algo en el café y empezó a removerlo. Entonces, le pasó la taza con una sonrisa de oreja a oreja.
—Me temo, mi señor, que va a tener grandes molestias —prosiguió Honeywell con un aire fatídico, un tono que empleaba con los lacayos que robaban o no limpiaban bien la plata.
—Lo dudo mucho —dijo Devellyn, mirando el café con recelo—. No me gustan las molestias, son tan… inconvenientes.
Honeywell juntó las manos como si fuera un cura de campo.
—Pero, milord, me temo que tenemos… —aquí hizo una pausa para conseguir un efecto dramático— ¡carcoma de la madera!
Devellyn tragó demasiado café y empezó a toser.
—¿La carcoma de la qué…?
—La carcoma de la madera, mi señor. ¿Se acuerda de ese ruidito, ese cric, cric, cric que se oía en el salón azul? Pues me temo que se ha comido medio suelo. Y ahora han empezado con las escaleras. Las dos, señor, el eje, el espigón y los pasamanos: todo. Brampton dice que es muy peligroso y que debemos dar gracias de que no hayan acabado con nosotros también.
—¿Aniquilados por insectos asesinos? —preguntó Devellyn.
—Gracias a Dios, las escaleras no se han venido abajo y no nos han enterrado en el sótano prematuramente.
¿Tenían sótano? Devellyn sacudió la cabeza y bebió más café. Tenía un sabor denso y marrón oscuro en los labios y sentía un fuerte martilleo en la cabeza.
—Bueno, ¿y qué podemos hacer? —dijo, al final—. Con estos bichos, digo.
—Deben retirar el suelo y las escaleras, milord.
Devellyn frunció el ceño.
—Sí, y entonces empezarán los martillazos, ¿no? Y los obreros de un lado a otro dando pisotones, y el polvo, y todo el jaleo… Va a ser muy difícil para un hombre con una agitada vida social como la mía, Honeywell.
—Me temo que le traerá muchas más molestias que eso, señor. —Honeywell se apretó las manos—. Me temo, milord, que tendrá que mudarse.
—¿Mudarme? —gritó Devellyn, dejando el café a un lado—. ¿Mudarme de Duke Street? ¿Para ir adónde, amigo?
Honeywell y Fenton intercambiaron las miradas.
—Bueno, siempre le quedará Bedford Place —dijo el mayordomo—. Si la señora Lederly pudiera… o quisiera…
—Pero no podrá ni querrá —replicó él—. Aunque poco importa porque se mudó ayer.
Los criados suspiraron, aliviados.
—Fenton puede llevar sus efectos personales mientras yo embalo la plata y los demás enseres —dijo Honeywell.
El marqués miró a uno y a otro, consternado.
—¿Así que no voy a tener ni voz ni voto en esto? El diablo de Duke Street va a convertirse en… ¿qué? ¿El duende de Bedford Place? No queda muy bien, ¿no?
Sidonie no llegó tarde a su compromiso. Incluso llegó antes de hora a la cena, de modo que tuvo tiempo de pasear tranquilamente por las tiendas que bordeaban la calle. La avenida Strand no poseía la compostura de Oxford Street o de Saville Row, lugares repletos de tiendas elegantes de un ambiente enrarecido que olía a dinero. Strand, sin embargo, era una calle ancha y llena de vida donde compradores y vendedores de todo tipo de estrato social cruzaban sus caminos; si no en la vida, en la muerte, ya que Strand presumía de dos funerarias y de dos fabricantes de ataúdes.
Ferreteros, libreros, comerciantes de seda, peleteros, frenólogos y adivinos: todos ellos tenían su puesto en la Strand. También estaban los pasteleros, las vendedoras de naranjas y los de periódicos, los carteristas y, por último, las prostitutas. A Sidonie no le importaba codearse con lo que muchos tacharían como escoria de la sociedad. Prácticamente, había visto la mitad de puertos del mundo y esta escoria no solía adentrarse mucho más que eso.
Con ese ánimo, Sidonie compró seis naranjas que no quería de una niña que, obviamente, necesitaba venderlas, y le dijo que se quedara con el cambio. Una vez terminó de pasearse por Strand, se detuvo para mirar a través del escaparate de una tienda muy elegante cerca del extremo de la calle. No había ningún puesto, ni cartel ni nada excepto una pequeña placa de latón en la puerta, que rezaba:
Señor George Jacob Kemble
Proveedor de rarezas elegantes
y bagatelas exquisitas
Como no encontró nada interesante en el escaparate, empujó la puerta y una campanilla sonó alegremente. Un muchacho francés salió de detrás del mostrador de inmediato.
—Bonjour, madame Saint-Godard —dijo, y le cogió la mano, que besó con fervor—. Espero que esté bien de salud.
Sidonie sonrió.
—Bastante bien, Jean-Claude, gracias —dijo ella, mientras se agachaba para mirar una delicada colección de platos protegidos por cristal—. ¡Madre mía! ¿Esta bombonera de cerámica decorada es nueva?
—Nos llegó hace tan sólo tres semanas, madame —dijo, con una sonrisa que enseñaba los dientes—. Tiene usted un gusto exquisito, como siempre. ¿Quiere que se la envíe mañana a Bedford Place? Como si fuera un regalo de su querido hermano, ¿no le parece?
Sidonie negó con la cabeza. No podía permitírsela y no la aceptaría de ninguna de las maneras.
—Mire, Jean-Claude, tenga unas naranjas —le dijo, mientras las colocaba sobre el mostrador—. Protegen del escorbuto.
El dependiente de su hermano sonrió.
—Merci, madame. Veo que ha conocido a Marianne, la de los ojos grandes.
—Sí, muuuy grandes —convino Sidonie—. Y me temo que también tenía el estómago muy vacío.
—Què faire! —exclamó—. Estos pilluelos pasan mucha hambre.
—Sí, ¿qué se puede hacer? —susurró Sidonie. De repente, cambió el tema—. Por cierto, ¿dónde está mi hermano? ¿De qué humor está hoy?
El muchacho puso los ojos en blanco.
—Está arriba, flagelando al cocinero, pobre hombre —contestó—. Hoy tiene un humor de perros. Se les cayó un soufflé.
Entonces, Jean-Claude bajó la voz y la mirada.
—Madame —susurró—, ¿tiene algo para mí?
Sidonie hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Hoy no —contestó—. Sólo he venido para cenar con mi hermano y monsieur Giroux.
—¡Lo siento, y yo entreteniéndola aquí! —El joven se hizo a un lado y le señaló las cortinas verdes que comunicaban con la parte trasera de la tienda—. Bon appétit, madame!
Dos horas más tarde, Sidonie apuraba una botella de un pinot noirexcelente en el comedor de su hermano, encima de la tienda. La comida había sido impecable, a pesar de la supuesta crisis que hubo en la cocina, y si George había matado al cocinero, no había ni rastro de sangre. Con sumo cuidado, Sidonie se sacó los zapatos, apoyó los pies en la butaca que tenía enfrente, y se reclinó contra el respaldo de la suya con aire satisfecho. Maurice Giroux, el amigo de George, se encontraba junto al aparador cortando pequeñas porciones de un bizcocho esponjoso mientras la doncella traía una garrafa de oporto y dos copas.
—Tome, Sid, mientras nos bebemos el oporto —sugirió Maurice, al tiempo que le dejaba un trozo delante—. Es bizcocho de naranja, y muy bueno porque las naranjas eran frescas.
Sidonie miró a su hermano.
—Deja que adivine —le dijo—. ¿Marianne, la de los ojos grandes?
George se encogió de hombros en un gesto típicamente francés.
—Algo hay que comer, ¿por qué no comprarle las naranjas a Marianne?
Maurice se echó a reír y sirvió dos copas de oporto.
—George, te conoce demasiado bien.
—Por el amor de Dios, hablemos de otra cosa que no sea mi caridad cristiana. —George cogió una de las copas—. Tengo una reputación que mantener.
Maurice se dio la vuelta para mirar a Sidonie.
—Dinos, querida, ¿tiene muchas alumnas esta primavera? ¿Qué clases imparte ahora?
Sidonie jugueteaba con el bizcocho, deseando que le dieran una copa de oporto.
—Bueno, aún les doy lecciones de piano a la señorita Leslie y a la señorita Arbuckle. E imparto clases de buena conducta a las señoritas Debnam y Brewster. Y también está la señorita Hannaday, que no sabe bailar, cantar, tocar ni diferenciar un tenedor de un cuchillo de paté… y, sin embargo, su padre le ha organizado la boda con el marqués de Bodley.
—¡Cielo santo! —dijo George—. ¿Ese viejo libertino? ¡Pero si he oído que es insolvente!
Sidonie asintió.
—La chiquilla está aterrorizada y sólo tengo tiempo hasta agosto, que es cuando se celebra la boda, para ayudarla a superarlo.
—¡Ah! —intervino Maurice—. Habla de Hannaday, el que está en el negocio del té, ¿verdad?
Sidonie asintió otra vez.
—El mismo. Tiene una casa monstruosa un poco más abajo de donde vivo yo, en Southampton Street.
—Sí, y la hipoteca de Bodley es igual de monstruosa —añadió George—. En los últimos cinco años, sus fortunas han adelgazado más que la cintura de una mujer. Ni siquiera la propiedad que tiene en Essex puede cubrir lo que debe a sus acreedores.
Maurice asintió, en señal de aprobación.
—Y también está el asunto de las diez mil libras que perdió con el señor Chartres en White’s la semana pasada. El hombre está tan endeudado que necesitará a las hijas de tres mercaderes de té para salir del paso.
—Sí, bueno, la señorita Hannaday tiene un buen remedio —dijo Sidonie—: Trescientas mil libras.
—Y Bodley tiene unos gustos muy poco refinados —espetó George, antes de sorber el oporto.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó Sidonie.
—Ese hombre es un fanfarrón y un pervertido impenitente —contestó, al tiempo que dejaba la copa en la mesa—. Y esperemos que Hannaday no se entere de la última inclinación que tiene lord Bodley por los oficiales de marina jovencitos, a los que engatusa para llevárselos a la cama. Algunos le resultan algo caros, por eso. Sobre todo cuando uno tiene que comprar su silencio después del momento de pasión.
—¡Dios mío! —Sidonie se llevó la mano al pecho—. Eso explica su necesidad de dinero. Pero ¿cómo encuentra a…?
—¿A sus amigos? —terminó Maurice.
—Eso, sí.
Maurice se encogió de hombros.
—Si están dispuestos, o pasan necesidades, los encuentra en el parque de Saint James seguramente.
—¿En Saint James? —repitió ella.
Maurice y George intercambiaron unas miradas significativas.
—Sidonie, los hombres que están interesados en ciertos tipos de… bueno, actividades, se citan en sitios que conocen —explicó su hermano—. Últimamente, el parque de Saint James es muy popular. Van allí a pasear y muestran su interés con la mano dentro del chaleco o bien colocándose un pañuelo en el bolsillo izquierdo.
—Así es —dijo Maurice—. Pero algunas de las víctimas de Bodley no estaban tan dispuestas. Para eso, tiene a un proxeneta. Sus víctimas son hombres jóvenes que han jugado demasiado o han sido descubiertos en situaciones comprometidas.
—En ocasiones, su único pecado es la pobreza —dijo George en voz baja.
Maurice asintió.
—A Bodley también le gustan las muchachas jóvenes. El condenado se conoce todos los rincones de Regent Street.
Sidonie se echó a temblar.
—Madre mía, ahora empiezo a entender —empezó a decir—. Maurice, a riesgo de parecer poco educada, le pediría una copa de oporto. ¡Mi pobre señorita Hannaday! Ojalá pudiera fugarse con su expedidor.
—¿Su expedidor? —Maurice volvió del aparador con una copa limpia.
—¿Ella tiene un expedidor? —preguntó George.
Sidonie asintió.
—Charles Greer. Trabaja para su padre, y se quieren con locura. Pero como no es un buen partido, el señor Hannaday no aprobará esa relación.
George se llevó la mano detrás de la oreja.
—¡Oigo la llamada de Gretna Green, paraíso de los fugitivos! —exclamó entre risas—. Y dile al señor Greer que se dé prisa, querida, no sea que cambien la fecha del enlace.
—¿Fugarse? —dijo Sidonie—. ¡George, no lo dirás en serio!
Maurice le dio la copa de oporto.
—Me temo que lo dice muy en serio. Algunas cosas son peores que una vida de pobreza.
—Y lord Bodley está entre ellas —dijo George—. Además, creo que le dobla la edad.
Sidonie miró de reojo a George y a Maurice, y volvió a mirar a su hermano.
—Pero su padre la desheredará si se escapa. Y despedirá a su amante sin contemplaciones.
George se encogió de hombros.
—Si no es ahora, ya lo hará cuando venga el primer nieto.
—Eso está muy bien, George, pero ¿y si no lo hace? —preguntó Maurice, de repente—. ¿Este muchacho es una buena persona?
—Bueno, sí.
—¿Estás segura?
—Sólo le he visto una vez —contestó Sidonie—. Es serio y un poco tímido, pero no tiene mala idea, de eso estoy segura.
George levantó un hombro.
—A Sid se le da bien juzgar a las personas.
Maurice apuró el culo de oporto de la copa.
—Bueno, pues yo le daré trabajo.
Sidonie estaba impresionada.
—¿Ah, sí, Maurice? ¿Por qué?
Maurice sonrió fríamente.
—Me dan lástima las personas que se complican tanto la vida por amor. Además, el viejo Hallings se jubila en octubre. Si el muchacho sabe hacer inventario de telas y gestionar las cuentas, puede trabajar de aprendiz durante unos meses. No es mucho, querida, pero así no pasarán hambre.
—¡Perfecto! —dijo Sidonie, que se sentía como si la hubiera atrapado un torbellino—. Ambos sois extremadamente útiles, por no mencionar una fuente inagotable de escándalo y chismorreo.
Maurice le dio unas palmaditas en la mano.
—Trabajamos con las altas esferas, mi querida. Ellos no tienen secretos; nuestro negocio depende de eso.
Sidonie se echó a reír.
—Me pregunto si habrá algo que no sepáis, o que no podáis descubrir.
—Lo dudo —dijo George.
—¡Hablando de escándalo y descubrimientos! —Maurice se inclinó sobre la mesa y les guiñó un ojo—. Tengo algo que cumple los tres requisitos… y es jugoso, jugoso.
—Continúa —apremió George.
—¿A qué no saben quién es la última víctima del Ángel Negro?
—Ni idea —dijo Sidonie—. Díganoslo, Maurice.
El mercero rio de oreja a oreja.
—Ese muchacho simplón, lord Francis Tenby.
George puso los ojos en blanco.
—No le podría haber pasado a nadie que se lo mereciera más.
Maurice arrugó la nariz.
—Sí, yo creo que tiene un gusto horrible para los chalecos —añadió él—. Pero también he oído que es algo consentido y petulante. Por supuesto, ahora pretende tapar su encuentro con el Ángel Negro pero a los criados les gusta hablar.
—Mmm —añadió George—. ¿Y qué dicen?
Maurice se les acercó un poco más.
—Que el Ángel Negro le robó un broche de zafiros valorado en cientos de libras —susurró—. Y le dejó atado, amordazado y desnudo en un coche de caballos.
—¿Atado, amordazado y desnudo? —murmuró Sidonie—. Qué fascinante. Dígame, Maurice, ¿qué se dice del Ángel? ¿Quién cree la gente que es ella o él?
—Una amante despechada —contestó rápidamente—. O una actriz, incluso. Por eso cambia siempre de aspecto y las toma con hombres ricos y poderosos. Está enfadada, tiene sed de venganza, y no olvidemos lo entretenida que es.
Sidonie sonrió.
—¿Y saben las pobres víctimas por qué son elegidas?
Maurice y George se miraron.
—He oído decir que el Ángel se cree Robin Hood —dijo George.
Sidonie arqueó las cejas.
—Entonces, ¿a quién le da el dinero?
Le pareció ver una chispa en los ojos dorados de su hermano.
—No estoy seguro del todo.
—¿Y no lo puedes averiguar, George? —bromeó ella—. Creía que lo sabías todo.
—Puedo descubrirlo todo —la corrigió—, si me apetece. Pero no tengo ganas de conocer la identidad del Ángel ni a quiénes ayuda. Sinceramente, le deseo que le vaya bien.
Sidonie le miró a los ojos y le retó con la mirada.
—Muy bien, pues —le dijo—. Quiero que descubras una cosa para mí, algo que me interesa mucho. No creo que sea difícil para un hombre de tu talento.
—Faltaría más, querida —accedió él—. ¿Qué deseas saber?
—Quiero saber de quién es la casa que hay enfrente de la mía.
Su hermano se echó hacia atrás y la miró.
—Estoy al tanto del crimen y de los cuchicheos, Sid, pero no del archivo de la inmobiliaria de Bloomsbury.
—Pero éste es una buena pieza. Es un caballero, un noble, creo, que mantiene la casa para sus amantes.
—¡Ah! —exclamaron Maurice y George a la vez.
—Cambia de mujeres igual que cambia de ropa —se quejó Sidonie—. Y me gustaría saber cómo se llama, eso es todo.
—¿Qué número es la casa? —preguntó George.
—Diecisiete.
Maurice frunció el ceño.
—¿Es rubia la mujer? ¿O morena?
Sidonie negó con la cabeza.
—Es pelirroja y, según dice el cartero, actriz. Se marchó de casa esta tarde, claramente destrozada. Pero este invierno hubo una rubia, muy pálida. Tenía unos andares afectados y una barbilla muy pronunciada. Y, antes de ella, hubo una bailarina italiana. Creo que se llamaba Maria. Se marchó llorando. Creo que debe de ser un hombre muy cruel.
George la miró, visiblemente incómodo.
—Creo que el caballero en cuestión es lord Devellyn —dijo en voz baja.
Los dos hombres intercambiaron unas miradas extrañas.
—Mmm —dijo Maurice—. Díganos, Sidonie, ¿es un hombre grandullón?
Sidonie se encogió de hombros.
—No lo he visto nunca. Siempre viene y va en carruaje o en coche de alquiler.
George removió el vino en la copa y miró al techo.
—¿Lleva el carruaje algún tipo de marca?
—Sí.
—Describe el emblema.
—Por supuesto. —Sidonie cerró los ojos y se lo describió.
—Es él —volvió a decir George—. No hay duda.
—Ninguna —convino Maurice—. Precisamente la semana pasada le tomé medidas para coserle un par de chalecos. Me fijé en el carruaje cuando lo aparcó delante de la puerta.
Sidonie dejó la servilleta en la mesa.
—¡Excelente! —dijo—. Lord Devellyn. ¿Saben a qué club va?
George arqueó una ceja, con recelo.
—El Beefsteak, el club de yate, y el MCC —dijo de un tirón—. Y el White’s, cuando le dejan entrar. ¿Por qué lo preguntas?
—¡Come, navega y juega a críquet! —murmuró, haciendo caso omiso de la pregunta de su hermano—. Dios mío, ¡qué hombre más completo! Y seguro que también apuesta.
—A diestro y siniestro —dijo Maurice—. Generalmente, en Crockford’s.
Sidonie abrió unos ojos como platos.
—Un lugar muy peligroso.
—Y también va a cualquier taberna y antro sórdido que le permita la entrada —dijo George, en un tono cortante—. Devellyn bebe como un cerdo y no tiene ningún tipo de escrúpulos.
—Eso no es del todo cierto, George —dijo Maurice, llevándose la mano al pecho—. Me compra los chalecos.
—Bueno, ya sabes lo que dicen de los cerdos —contestó, airado—. Incluso los puercos ciegos encuentran una trufa de vez en cuando. Además, me dijiste que las telas las escogió su mozo.
—¿Y dónde decís que vive este hombre del Renacimiento? —preguntó Sidonie.
—¡Por el amor de Dios, Sidonie! —George estaba cada vez más irritado—. Le llaman el Diablo de Duke Street. Averígualo tú misma. Ahora, por favor, ¿podemos dejar de hablar de Devellyn? Es que no aguanto a ese hombre.