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EL CÓDIGO DEL AMOR

Cheryl Sawyer

EL CENADOR

De vuelta a la plantación, Delphine y su madre interrogaron a Armand, pero él no dijo más que Landor se encontraba agotado y sin ganas de discutir sobre el tratamiento recibido bajo las órdenes del capitán general.

—Eso no va a impedir que yo mismo saque el tema —añadió—. Mañana mismo visitaré a Decaën y le comentaré mi punto de vista. Esta noche no dije nada pues no me atreví a mencionarlo en compañía.

—¿De veras creéis que podría haberse rebajado a algo así? —preguntó Delphine.

—No lo sabré hasta que me enfrente a él.

—¿Podéis persuadirle de que insista a Sir Gideon para que dé su palabra y pida la libertad condicional?

Sacudió la cabeza negativamente.

—Ese procedimiento quedó revocado hace varios meses.

—¡Ah, ya veo! No me lo explicó.

Su madre se dirigió a Armand.

—¿De veras están las cosas tan mal, querido?

—No tengo la menor idea. Sólo espero que los ingleses den el primer paso. —Su voz se tiñó de amargura—. Por lo que sabemos, habrá una bandera inglesa sobre Puerto Napoleón para cuando Landor se recupere.

Las mujeres asimilaron aquella información en silencio, pues comprendieron que Armand no estaba de humor. Al llegar a casa, los demás no tardaron en dar las buenas noches y Delphine se encontró a solas. A pesar de la promesa de retirarse a su cuarto en breve, subió a buscar un chal y dio permisoa su criada para retirarse. A continuación, salió a la galería exterior y bajó hasta el jardín del parterre a contemplar las estrellas.

Se trataba de un ritual muy personal que solía aliviarla del calor de las noches, pues la brisa marina se elevaba sobre la pendiente de la playa hasta llegar a los terrenos de la plantación.

Al inclinar la cabeza hacia atrás para mirar el cielo, sintió que el aire fresco le acariciaba el cuello con dulzura. Dejó que el chal resbalara hasta la parte interior de sus codos; lo llevaba únicamente por complacer a su madre, que no aprobaba que saliese sin él a medianoche a observar las estrellas.

Las nubes cubrían inquietas el cielo, permitiendo que espiara sus constelaciones favoritas entre los huecos de un azul profundo. La media luna se encontraba en lo más alto, y el banco de nubes del cénit terminó por dispersarse y permitir que la luna derramara su luz sobre la figura de Delphine.

Dejó el parterre y continuó descendiendo por el césped, con un extremo del chal colgando sobre la cuidada hierba. El croar de las ranas bajo los sauces a ambos lados, el calor de la tierra bajo sus zapatos cubiertos de seda volvieron a renovar sus sentidos, como siempre cuando regresaba de Francia. Pero esa noche resultaban espacialmente conmovedores, ya que su isla se encontraba amenazada. Armand estaba en lo cierto; por lo que sabían, Landor sólo necesitaba unas semanas para que sus compatriotas asaltaran el lugar y le devolvieran la libertad.

Pero él era un hombre de acción, odiaba la haraganería y a quienes le forzaban a ella. ¿Acaso había sido el resentimiento en contra de los franceses lo que provocó aquellas respuestas tan gélidas y adustas? Tal vez, aunque no pareció importarle a la hora de conversar amigablemente con Armand, que era un francés puro, mientras que ella tenía la mitad de la sangre escocesa.

Se dio la vuelta y miró hacia la casa de la plantación. Su elegante fachada, con la veranda y el techo de tejas elaboradas, se mostraba tranquila a la luz de la luna. Si por casualidad hubiese alguien asomado a una de las ventanas, la verían en su solitario paseo. Además, a medio camino de la pendiente del jardín se encontraban las casas de los capataces, ocultas entre huertos de guayabos a cada lado. Dada la proximidad de los demás, no sentían desasosiego alguno en aquel familiar paisaje.

Al final de los campos pasó ante el cenador, una bonita estructura con techo hexagonal y lianas abrazadas a los pilares.

Un poco más allá se detuvo a observar la amplitud del océano, donde la luna trazaba un sendero de ondas hacia ella. Lo contemplaba sobre las elevadas acacias que se aferraban a una pronunciada pendiente hasta el mar; el único descenso era a través de unas estrechas escaleras que conducían a la playa y al embarcadero, donde se hallaba amarrado el velero de Armando, el Aphrodite.

La brisa que soplaba desde la costa trajo hasta sus oídos el sonido de las olas sobre la arena coralina de abajo. La luna se ocultó tras otra nube. Y entonces escuchó un sonido diferente entre los ébanos de la derecha, una especie de crujido, como si una pesada bestia hubiese pisado una rama. Dio un respingo yclavó la mirada en las sombras. El ganado de la granja se encontraba todavía a bastante distancia, pero tal vez un toro hubiese saltado la verja. Comenzó su retirada lentamente, con los sentidos pendientes de cualquier movimiento.

Escuchó un golpe, como si alguien hubiera caído al suelo, seguido en el aire de la noche por un leve jadeo.

—¿Quién anda ahí? —inquirió, justo antes de divisar la forma oscura de un hombre entre los troncos grisáceos de los árboles.

Se dio la vuelta para echar a correr, presa del pánico y agitando los brazos, cuando se le enredaron las piernas en el vestido.

Tal era su miedo en ese momento que al principio no escuchó nada más, sólo veía la casa a lo lejos, en la parte superior de la subida, a la vez que presentía a sus espaldas una amenaza desconocida, que finalmente surgió de las sombras y se abalanzó sobre la franja de terreno donde ella jamás debiera haberse aventurado.

Consiguió dar varios pasos antes de que la alcanzara; una mano tiró de ella hacia atrás y unos brazos la rodearon por la cintura, mientras la segunda mano le tapaba la boca. Sus pantuflas resbalaron en el suelo, pero él la sujetó contra su cuerpo en el aire, y le habló con la boca a la altura del oído.

—Por el amor de Dios, no os mováis, que no voy a haceros daño. —Hablaba en francés. La profunda voz retumbó en su cabeza, a la vez que sentía la presión de unos brazos firmes y fuertes alrededor de su cintura.

La bajó hasta que sus pies volvieron a toca la hierba. Ella forcejeó y dejó escapar un gemido que quedó ahogado por la mano del atacante.

—Mademoiselle, soy yo, Landor. No voy a haceros ningún daño. —Se inclinó hacia ella para que Delphine pudiera ver sus ojos claros, que la miraban tan consternados como los de ella—. Perdonadme. Por favor, no gritéis. No gritéis y os soltaré.

Landor. No la estaba atacando un esclavo a la fuga. Obligó a su cuerpo a tensarse y permanecer quieto y él la soltó lentamente y se colocó delante de ella, con el pecho jadeante como si hubiese corrido un kilómetro sin detenerse. Clavó sus ojos en Delphine con una especie de súplica y le habló en inglés.

—Esto es horroroso, os ruego me perdonéis. No tenéis nada que temer, os lo juro. En un momento habré desaparecido. —Avanzó un paso hacia ella pero Delphine retrocedió otro. Se pasó la mano por el cabello, se hizo repentinamente a un lado y masculló—. ¡Ellis! Ven.

De entre los arbustos apareció un segundo hombre, pequeño y robusto, que cargaba con un morral y varios sacos que le colgaban sobre un hombro.

—¿Y el otro bulto? —preguntó Landor.

—En mitad de la cuesta, señor, se me ha caído cuando…

—Recupéralo y desciende hasta la playa de inmediato.

Ahí abajo hay un riachuelo, se escucha desde aquí. Llena todos los recipientes que puedas y prepárate para izar velas, rápido.

El hombre obedeció. Al escucharle moverse entre los arbustos, Delphine reconoció que él debía ser el causante de los ruidos anteriores, cuando los dos se encontraban ocultos entre los árboles, a la espera de que ella regresara a la casa sin sospechar nada. Sintió un escalofrío.

Landor miró a su alrededor, retrocedió unos pasos y tomó del suelo el chal.

—Permitidme —le dijo mientras le ofrecía la prenda con ambas manos.

—¡No! —respondió Delphine. Se sentía tan furiosa que casi se le escapaban las lágrimas—. ¿Cómo os atrevéis a asustarme de esta forma?

—Lo lamento.

Extendió la mano.

—Mi chal, si hacéis el favor. —Landor lo colocó sobre sus dedos; ella tiró de la prenda y con un rápido movimiento se tapó los hombros.

—Por todos los cielos, ¿qué hacéis aquí a estas horas?

—Eso, señor, es justamente lo que me pregunto yo.

No pudo evitar soltar una risotada.

—Me marcho en el balandro de vuestro primo.

Ella ahogó un grito de sorpresa.

—Entonces sois un ladrón.

—Todo lo contrario, mademoiselle, él mismo me lo ofreció hace poco. No hago más que aceptar su ofrecimiento.

—Mentiroso. —Del rostro de Gideon desapareció la diversión a la vez que Delphine añadía—. Mentís sobre Armand. Y nos habéis estado engañando durante días. No dais muestras del más mínimo dolor. Nadie puso un solo dedo sobre vosotros, son todo calumnias contra los gens d´armes.

Él le habló lentamente.

—Creed lo que deseéis, mademoiselle, pero sabed esto: vuestro primo hizo todo lo posible por ayudarme a escapar. Por eso me llevo su embarcación. ¿Seréis tan amable de decirle que le devolveré el favor algún día?

Clavó su mirada perpleja en él. ¿Armand? Estaba a punto de arrebatarle la hermosa Aphrodite, su posesión más preciada.

Aquello era escandaloso... Se volvió y miró de nuevo hacia la casa de la plantación. No se veía la llama de una sola lámpara en las ventanas de la casa ni en las viviendas de los capataces.

Se dio la vuelta y se enfrentó a Landor.

—¡Armand es vuestro amigo! ¿Qué lealtad es ésta hacia alguien que ha sido amable con vos? —Como él guardó silencio, continuó—. Habéis dicho que él os ayudó a escapar hace cuatro días.

Evitó mirarla a los ojos, y se limitó a contemplar la suave curvatura de la costa, a estudiar el estado del mar. Pero escuchaba.

Oyó unos sonidos procedentes de embarcadero, el golpe de la madera sobre más madera, el tintineo de un bote de hojalata. La luna recortaba su silueta sobre las olas. Estaba preparado para partir. Pero se detuvo un instante más en aquel extraño diálogo. En ese instante, Delphine se dio cuenta de que ya no le temía, sino que sentía ahora una curiosidad horrorosa; necesitaba saber si aquella sorprendente afirmación sobre Armand era cierta.

Él se dio la vuelta.

—Permitidme que os lo explique, mademoiselle. Os ruego que os sentéis un momento. —Hizo un gesto hacia el cenador.

La estaba conduciendo a una zona en sombras, pues se encontraban bajo la luz de la luna, dos siluetas oscuras delante de un mar de plata.

Delphine le precedió, y el dobladillo de su vestido barrió las hojas secas del suelo de madera al sentarse. Para su desolación, ellos eran las únicas figuras en movimiento en medio de aquel ordenado paisaje.

Gideon se sentó en el mismo banco, a dos palmos de ella, y apoyó la espalda en uno de los pilares. Cuando descansó también la cabeza, Delphine se dio cuenta de que así las hojas de la enredadera proyectaban un telón sombrío sobre él. En esa posición, nadie podría verle desde la casa.

—Vuestro primo, mademoiselle, tiene un escrupuloso sentido de la justicia. Desde el principio me confesó que considera a Decaën un fanático

—Si el patriotismo convierte a uno en fanático, Sir Gideon, incluidme en ese grupo.

—Como gustéis. —Realizó una leve y fingida reverencia y se apoyó de nuevo sobre el pilar con una sonrisa tensa. Delphine recordó lo que Armand había dicho, y percibió en Landor muestras de agotamiento: la rigidez de su cuerpo, su voz muda, la pesadez de sus párpados.

No había elegido el cenador únicamente para mantenerse oculto, sino también para retomar fuerzas—. Decaën es un bonapartista intransigente para quien lo más importante es su reputación en París. Aquí todo se halla bajo su poder, incluyendo los derechos de ciertos prisioneros de guerra. La persecución de tales caballeros es arbitraria; los selecciona a su antojo, y no es posible ningún tipo de apelación.

Delphine tenía que admitir que en eso tenía razón. Al capitán Matthew Flinders sólo se le permitió ver a Decaën una vez en seis años y medio. La entrevista resultó glacial, formaly completamente en vano para el inglés.

—No obstante —replicó la dama—, que mi primo llegara tan lejos… que ayudara a escapar a un oficial enemigo… es traición. Un acto deshonroso. Y no encaja en absoluto con el

Armand que yo conozco.

—Tal vez no, mademoiselle. —Se inclinó hacia ella—. Lamento haberos abierto los ojos de esta forma. Resulta doloroso, como veo, y os pido disculpas.

Ella evitó mirarle a los ojos; clavó la mirada en el océano y se preguntó qué misterios quedarían por descubrir bajo la delicada superficie de su vida. En qué espantoso lugar se había convertido su tierra natal: arruinada por la guerra, la decepción y la traición. Île de France, paraíso de su niñez, cambiaba de atuendo ante sus ojos.

—Ojalá no hubiese regresado a casa.

—En tal caso, yo no habría tenido el placer de conoceros.

Lo dijo un poco a la ligera, como invitándola a sonreír.

Pero el comentario desató las lágrimas de la joven. Aquello era cruel. Preferiría que se comportara con frialdad y dureza.

Él ignoró sus lágrimas, o tal vez no las veía, dado que ella permaneció inmóvil, con la cabeza agachada y los dedos enredados en el chal.

—Así que vuestro primo no os confesó nada de esto, ni a vos ni a vuestra madre…

Delphine negó con la cabeza.

Él continuó hablando, muy despacio.

—Pero sí sabíais quién dio la voz de alarma y llamó a los gens d´armes, ¿no es así?

Tras vacilar dolorosamente, respondió.

—Sí. Uno de mis sirvientes.

—¡Ah!

Delphine tomó un extremo del chal y lo apretó contra sus ojos.

—En tal caso, ¿por qué vinisteis a verme hoy a la Maison?

En ese momento se encontraba muy cerca de la mujer y le dedicó una mirada de intensa atención mientras esperaba respuesta.

—Porque estaba decidida a no tener miedo de vos.

—¿Y lo tenéis?

Se produjo un largo silencio. Gideon percibió que las lágrimas le temblaban en los párpados inferiores. Se guardaría el resto de información sobre Belfort; la verdad es que había dejado escapar el primer comentario únicamente porque le había llamado mentiroso. Gracias a Dios que no la había herido físicamente, pues parecía tan frágil y delicada como una mariposa. A Gideon le temblaron los labios de sólo pensarlo.

Delphine se levantó de repente y pasó junto a él.

—Seguro que encontráis esa historia de lo más entretenida, señor. Me consideráis ingenua.

—En absoluto…

—Dejad que os diga que amar a mi país no es ingenuidad, como tampoco es la lealtad al honor de mi familia.

Él se mordió el labio inferior; su figura resultaba tremendamente espléndida, en posición defensiva, con los ojos chispeantes y la luz de la luna perfilando sus formas onduladas a través de la seda del vestido.

—Si esta indignación resulta genuina, mademoiselle, os garantizo que vuestro sentido del honor es más delicado que el de vuestro primo.

—¿Estáis dispuesto a usurpar sus posesiones y a burlaros de él? Felicidades. No hay gran diferencia entre vuestra persona y la mía.

Esta vez él rió para su interior. Jamás habría esperado que le respondiera como una experta duelista. También le sorprendieron sus emociones: angustia y desilusión. Un momento antes había sentido el repentino impulso de tomar su mano y consolarla.

Delphine se retiró hasta el lado del cenador que miraba al mar. La luz de la luna se vertía por su hombro e iluminaba su brazo sobre la balaustrada. Tenía el rostro en sombras, los hombros en un gesto desdeñoso, y al mover la cabeza, su cabello parecía una corona resplandeciente.

—No dudo que vuestra huida será aplaudida en Londres, si llegáis tan lejos, pero yo sabré siempre que lo lograsteis mediante un acto de puro engaño.

Gideon sonrió. Ella no se encontraba mucho más allá del engaño, ya que si hubiera algún observador en la oscuridad de la mansión no podría evitar leer los movimientos de su cuerpo, que señalaban que no se encontraba sola, y que además desafiaba a la persona a la que se enfrentaba. Se tapó con el chal y se apoyó sobre la reja, a la vez que el exquisito brazalete de diamantes se deslizaba por su muñeca y reflejaba la luz de la luna con una lluvia de destellos.

Él se puso en pie.

—Me obligáis, mademoiselle, al interponeros en mi camino.

—¿Pensáis asaltarme de nuevo?

—Sólo para deteneros. Os pido disculpas, pero no puedo permitir que corráis a dar la voz de alarma.

Delphine dudó un instante. Podría intentar correr y ,al menos, hacer que saliera a campo abierto donde se le viera mejor. Podría gritar, y seguro que sus gritos se oirían a gran distancia, pero se encontraba bastante lejos. Además, menoscabaría su dignidad. Si quería que aquel hombre autoritario sintiera desprecio hacia ella, actuar como una niña no era la mejor de las ideas.

Así que permaneció quieta en su lugar, para que fuese él quien se acercara a ella.

Era un ladrón, un mentiroso y un bravucón, además de creer que su odio hacia Francia lo justificaba todo, pero en ese instante, Delphine sintió que le estaba haciendo flaquear.

—Lo lamento tanto como vos, mademoiselle. Dejad que os haga una sugerencia, ¿me dais vuestra palabra de que permaneceréis donde estáis durante quince minutos, no más, antes de actuar como dicte vuestra conciencia?

—Esto es la guerra, señor. Os negasteis a dar vuestra palabra para la libertad condicional y puedo aseguraos que yo no pienso dar la mía.

Él sonrió con una leve mueca y avanzó hacia ella. A pesar de sus intenciones, Delphine se estremeció, suponiendo que la agarraría y la arrastraría a las sombras con aquellas manos violentas. Pero mantuvo la espalda enderezada y una mano agarrada a la reja. Cuando se acercó a centímetros de su cuerpo tembloroso, se giró y le miró directamente a los ojos.

Él tomó un extremo del chal y lo deslizó por sus hombros, por sus brazos, hasta hacerse con él. Evitando mirarla, se colocó tras ella y cogió sus manos para colocarlas juntas sobre la reja. Las sujetó por las muñecas con una sola mano y con la otra hizo girar rápidamente el chal en espiral, agitando los flecos en el aire mientras la tela se enrollaba en una especie de cuerda.

El deseo de resistirse a él hizo que le palpitara la sangre en la cabeza, pero había logrado una victoria importante: la tenía sujeta a plena vista. No miró los jardines iluminados por la luna ni una sola vez, aunque él sí lo hizo varias veces, observando por encima de su hombro con aquellos atentos ojos verdes. Y evitó mirarla a ella.

Su victoria resultaba incluso más sutil: en ese momento en que volvía a tocarla, tan cerca de su cuerpo que podía sentir la respiración desigual de Gideon en su mejilla, se daba cuenta de lo perturbado que se encontraba él. Ése no era el caballero que la había estudiado con tanta frialdad desde su elevada posición moral en la Maison Despeaux. Aquél era un ladrón en plena noche, que había logrado acabar con las defensas de ella, a la vez que abría en las suyas propias una brecha. En ese momento, no eran más que un hombre y una mujer, en una posición íntima, y ella deseaba que se alejara tan confuso, avergonzado y furioso como un hombre pudiera estar.

Mientras aseguraba la cuerda de seda alrededor de sus muñecas, aplastando el brazalete contra su delicada piel, Delphine se detuvo a estudiarle. Tenía los labios apretados y los ojos entrecerrados mientras anudaba la tela. Seguía evitando mirarla, pero al posar sus ojos sobre el rostro de aquel hombre, Delphine leyó mucho más de lo que él le habría dejado adivinar. Se había mostrado superior en su primer encuentro; pero en ese instante, no estaba tan seguro. Se consideraba a sí mismo un hombre de recursos, pero no se hallaba preparado para aquello. Esa mujer le ponía nervioso. Le hacía desear que no se hubiesen conocido nunca; además, sabía que recordaría su encuentro eternamente.

Cuando retrocedió un paso, tenía la piel ruborizada, y los ojos le brillaron con una extraña expresión cuando se cruzaron con los de ella.

—Calculo que tardaréis un cuarto de hora en liberaros.

—¡Qué considerado! Y si os equivocáis, ¿me quedaré aquí atrapada hasta el amanecer?

—Conozco bien los nudos. Olvidáis, mademoiselle, que soy marinero.

—Oh, no olvidaré nunca lo que sois.

Tras aquel amargo comentario, apartó la mirada de él.

—Ni yo lo que sois vos —respondió y realizó una ligera reverencia. Fue un gesto con la inclinación y el respeto debidos y, al incorporarse de nuevo, Delphine percibió que le causaba dolor la postura. El color había desaparecido de su rostro, sustituido por una profunda arruga entre las cejas.

Le sorprendió verle moverse con tal rapidez por los escalones del cenador, donde se detuvo un segundo y le murmuró:

Adieu, mademoiselle. —De un salto, desapareció a la carrera entre los árboles.

Estaba demasiado agotado como para alejarse silenciosamente; escuchó sus pesados pasos hasta la parte inferior de la senda.

A continuación, con lágrimas de rabia en las mejillas, Delphine se inclinó hacia delante y trató de deshacer los nudos que le aprisionaban las muñecas.

 

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