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EL CONQUISTADOR , Samantha James

Prólogo


Inglaterra, 1066

Era el presagio de la fatalidad. La señal apareció algunos días después de Pascua… una luz arrolladora que corrió a través de un oscuro cielo nocturno, un rastro de fuego plateado en su estela. La luz volvió una vez más la noche siguiente, y durante seis noches más.

Los ingleses, desde el Rey hasta sus consejeros y el siervo más humilde de la aldea, se estremecieron de miedo; el resplandor de la luz era un presagio, una advertencia del cielo, una señal de la ira de Dios… un pronóstico de mal augurio para el futuro. Llegó un ejército, pero no era lo que los ingleses esperaban. Venían del norte –eran los daneses–. Sí, y fue una batalla bien peleada y bien ganada…

Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses. El verano –y los temores– comenzaron a disminuir. Se acercó el invierno. A pesar de ello, para algunos la amenaza del desastre aún estaba latente porque estaban aquéllos que todavía creían que la batalla no estaba ganada, que la luz que había brillado en el cielo presagiaba sólo una cosa…

La perdición para Inglaterra.

Tal vez tenían razón.

Pronto llegaron… a través del Canal como una cruel tempestad desde el mar… cientos de barcos. Miles de hombres. Los normandos se aglomeraron en tierra como una peste infame, ya que eran una raza aparte. Marcharon hacia adelante, hacia Hastings, dejaron tras ellos un rastro de ruina y destrucción. Y fue allí donde Harold de Inglaterra conoció a William de Normandía…

Fue una batalla predestinada a perderse. Los ingleses no estaban a la altura de los normandos, quienes lucharon con espadas en alto y corazones enardecidos. Eran valientes y arriesgados, guerreros como sus antepasados vikingos; feroces e indomables, inagotables a la hora del saqueo y la guerra.

Eran los conquistadores, los hombres que cambiaron para siempre el destino de una nación… Y la vida de una mujer.

Capítulo Uno

«Todo alrededor se encontraba en una oscuridad como la que ella nunca había visto. Más oscuro que el pozo más profundo del infierno. Las sombras se movían y amenazaban, corrían hacia atrás y hacia adelante, dentro y fuera, como tratando de apresarla con dedos ansiosos, codiciosos… Podía presentir algo… Algo malo. Un sentimiento de peligro que amenazaba por todas partes, tan fuerte, grande y evidente como las sombras.

El viento soplaba con furia, con lamentos y aullidos. Un rayo retumbó en el cielo, un resplandor de luz desgarradora. Un trueno rugió en la tierra, haciendo temblar el suelo debajo de sus pies. Enormes charcos de sangre manchaban la tierra. El aire estaba impregnado con el hedor nauseabundo de sangre y destrucción. Entonces, corrió. Los latidos rugían en sus oídos, por encima del chillido del viento. Unos pasos golpeaban la tierra justo detrás de ella.

Corría a ciegas asediada por la oscuridad. Acosada por el peligro. Por todas esas sombras horribles que merodeaban por doquier. El espectro de la muerte amenazaba de cerca, al alcance de la mano. La presionaba, la asfixiaba de tal manera que apenas podía respirar…

Sin embargo, de pronto, apareció ante ella una sombra inmensa. Salieron de la sombra… hombre y bestia. Un caballero y su caballo. Estaba montado sobre gran corcel negro, en su soberbia armadura. Durante un solo momento helado, permaneció oscuro y sin rostro, con los rasgos escondidos detrás de un casco con forma de cono. Detrás de él, un rayo rasgó el cielo; fue como si se hubiera cubierto de plata.
Lentamente levantó el casco. El pavor la recorrió. Su expresión era completamente feroz, pálida, reluciente y fría como la escarcha; eso la traspasó como la punta de una lanza. Luego, poco a poco, elevó el brazo. Sujetaba en su mano con guante una espada reluciente. La levantó en alto, el arma preparada en el lapso de un latido del corazón. Entonces la dejó caer… para atravesarle el pecho…»

–¡Alana! Por la Cruz, niña. ¿Qué te aflige? ¡Si no dejas de chillar, con seguridad despertarás a tu pobre madre muerta!

La voz era tan irritante como un tormento, seca y áspera por la edad, aunque era familiar. Alana de Brynwald la oyó casi desesperada mientras aparecía a través de finas capas de oscuridad. Se despertó temblorosa con el chillido de otro grito que le helaba el pecho. Quedó acurrucada allí un momento, con la mejilla contra el grumoso camastro de paja, los dedos llevaban la fina manta de lana hacia el mentón. El entorno era vago para penetrar en sus sentidos desordenados. Poco a poco la realidad se fue haciendo evidente. Sólo entonces el terror comenzó a disminuir.

Se encontraba allí, en la pequeña casa de campo en la que había pasado la niñez y se había convertido en mujer. La luz tibia del amanecer penetraba lentamente a través de la única ventana con postigos, permitiéndole vislumbrar las mejillas arrugadas del hombre de barba blanca que se inclinaba hacia ella. La respiración la dejó en una ráfaga temblorosa. Ninguna espada había herido su pecho. No había ningún caballero misterioso ante ella que intentara liberarla de su atadura terrenal. Estaba viva… viva. Sin embargo, el sueño, aquel sueño horrible, terrible…

La pesadilla había vuelto una vez más.

Aubrey buscó una posición cómoda para sus piernas, haciendo una pequeña mueca de dolor. La túnica de lana deshilachada y andrajosa escondía sus hombros encorvados y delgados. El cabello le llegaba hasta los hombros, tan blanco como la barba. Profundas líneas le surcaban las mejillas y la frente, pero sus ojos eran agudos, penetrantes –mostraban preocupación y especulación.

–Le has dado un buen susto a estos viejos huesos, niña. Oí tus gritos desde mi choza.

Alana permaneció en silencio. Apartó la manta hecha jirones y se arrodilló en el suelo húmedo y frío de la cabaña con las piernas esbeltas encogidas debajo de ella. Aubrey la observaba con el tupido entrecejo fruncido. La muchacha deseaba que su mano no temblara mientras se alisaba el cabello. Era como de plata y oro brillante, con una ondulación del resplandor de la luna que brillaba por las líneas estrechas de su espalda hasta las caderas. Había aprendido a no decir nada acerca de estos sueños extraños que la acosaban a altas horas de la noche. Había sufrido el desdén y la risa, la mofa y las burlas de los aldeanos con demasiada frecuencia.

Aubrey no se parecía a ninguno de los demás aldeanos, nunca había sido así. Incluso ahora, aunque sus manos estaban torcidas y su edad era tan avanzada, se decía que era el curtidor más fino al sur del Humber. Y de hecho, ahora que su madre Edwyna había fallecido, el anciano era más querido para ella que cualquier otra persona, incluso –¡Dios la perdone!– su propia hermana.

Al igual que su madre, Aubrey no se había burlado de las visiones extrañas que la habían atormentado desde su niñez. Casi todo había sucedido. Sin embargo, algo no le permitía hablar con libertad sobre ellos. ¿Cómo podría decírselo? Sabiendo que Aubrey aún la observaba, bajó la mirada. Había tenido sueños con anterioridad, muchísimas veces, muchísimas noches. Con extraños. Con personas de la aldea. Pero nunca había soñado con ella misma. Y ahora Alana sólo sabía que nunca antes había sentido miedo de sí misma…

Nunca hasta ahora.

El caballero misterioso. ¿Quién era… o qué era? Alana no lo sabía. Sin embargo, sentía que era su enemigo, que era una amenaza distinta de cualquier otra. Alana no podía decir por qué sucedía esto. Pero le temía a ese caballero misterioso como nunca le había temido a nada…

«No», pensaba recurriendo a toda su fortaleza. «No.» No quería pensar en aquel sueño horrible. No quería pensar en él. Una pequeña mata de pelo viviente se acomodó en su regazo. Era Cedric, el gato que había sido la sombra de su madre y ahora era la de ella. Entremezcló los dedos en el pelaje grueso y amarillo. Inclinó la cabeza hacia abajo, no quería que Aubrey vislumbrara su angustia. El anciano se inquietaría y se preocuparía y ella no podía llevar eso en la conciencia.

–Por favor –murmuró ella–. Sabes que nunca te ofendería. Hablaría de ello si pudiera, pero no puedo. Juro que no es nada, así que deja de preocuparte ya.

El anciano entornó los ojos.

–¿Entonces, por qué tiemblas?

Por primera vez permitió que una sonrisa débil curvara sus labios.

–Es una fría mañana de noviembre, –contestó ella con ligereza–. ¿Por qué otra cosa temblaría?

La mano delgada de Aubrey se cerró en un puño. –¡Malditos bastardos normandos! –murmuró–. Roban nuestra leña para que apenas podamos cocinar o calentar nuestras piernas y brazos cansados. Roban los cultivos que tanto tiempo y esfuerzo nos costaron cosechar. Para cuando el invierno termine, los aldeanos de Brynwald estarán medio hambrientos –ahogó la ira–. ¡Desde luego, si cualquiera de nosotros pudiera durar tanto!

Al decir eso salió de la casa cojeando. Alana ahuyentó a Cedric del regazo y se puso de pie. Como el resto de los aldeanos, su vivienda era simple. El piso era de tierra dura y pisoteada. Había una pequeña mesa de caballetes y dos taburetes de madera delante de la chimenea. Se lavó con rapidez en un cubo de madera con agua, luego trenzó su cabello en una sola cuerda larga por la espalda. Más tarde, enrolló una tira larga de cuero alrededor de cada pie esbelto; las botas se habían roto hacía meses. El estómago le rugía de hambre, pero no dejó de cumplir con el ayuno de la mañana. Ella y Aubrey habían compartido la mayoría de la magra provisión de comida la noche anterior. Sólo había sobrado un pequeño trozo de pan y nada más.

Había pasado casi una semana desde que los normandos habían tomado Brynwald. La línea delgada de sus labios se crispó. Aubrey tenía razón. Se hacían llamar normandos, pero aquellos a quienes habían conquistado los llamaban bastardos. El día era oscuro y la gente era desdichada, los ingleses eran una raza humilde, sobre todo los granjeros de estos climas del norte del planeta. Sin embargo, no han podido detener a los invasores provenientes del otro lado del Canal… Tomaron su ganado, su comida. Las aldeas fueron arrasadas mientras los normandos saqueaban y luchaban. Habían destrozado la paz e invadido sus tierras y sus vidas.

Se quedó de pie un largo rato en el pequeño sendero sinuoso con la mirada dirigida hacia la fortaleza de Brynwald. Estaba en lo alto de un acantilado rocoso, rodeada de una empalizada de madera, con vista a las aguas agitadas del Mar del Norte. Aunque la gran fortaleza había sido el hogar de su padre, nunca había sido el hogar de Alana. No; su lugar no estaba en Brynwald, aunque en verdad era la hija de Kerwain, lord de Brynwald.

Un dolor crudo y desgarrador entró en su corazón porque Kerwain ya no estaba. Había muerto por una espada normanda–y así también había muerto su esposa Rowena–. Sin embargo, no se sabía nada acerca de Sybil. Alana tomó esto como un signo de que su hermana había sobrevivido al combate.

Rezaba por que esto fuera así…

Como el resto de los aldeanos, Alana se había atrevido a salir poco desde aquel primer ataque brutal. El aire se había vuelto denso por el humo y el olor irritante a paja quemada. Gritos desgarradores erizaron la piel durante tres largos días y noches. Incluso en ese momento, el sonido del golpe de cascos era suficiente para que los aldeanos de Brynwald se inquietaran por la seguridad de sus chozas.

Antes habían vivido con temor a Dios. Ahora, vivían con miedo a los normandos. Pero no podía acobardarse allí para siempre. Debía ir en busca de víveres para ella y para Aubrey. Se incorporó, tomó el arco y la flecha de donde colgaban de la pared, deslizó un carcaj con flechas sobre el hombro. Cuando franqueó la entrada, vio a Audrey cojeando hacia ella desde el claro de la aldea. Frunció el ceño cuando vio el arco en sus manos.

–Alana, ¡no querrás salir a cazar!

–Tenemos que comer –dijo con simpleza.

–Pero los normandos ordenaron que nos quedáramos en la aldea –argumentó él.

–Y te vuelvo a recordar, Aubrey: –Tenemos que comer.

Las cejas tupidas se unieron en el entrecejo.

–¿Y qué hay de los normandos? –reclamó.

Sus labios suaves se curvaron en una sonrisa tenue.

–Ah –dijo con ligereza–. Quizás mi flecha apunte a una presa más grande y robusta… ¡un soldado normando, tal vez!

A Aubrey no le parecían divertidas esas bromas. Sacudió la cabeza con desaprobación y la miró con el ceño fruncido. Alana sonrió levemente, y partieron. Cerca de la pradera de la aldea pasaron por donde la dueña de la taberna y sus hijas, pero no se dignaron hablar con la pareja dispareja, sólo les echaron una mirada oscura y cautelosa. Aubrey miró al trío con el ceño fruncido.

–No les prestes atención –dijo bruscamente–. Son estúpidas e ignorantes.

Alana no dijo nada. Su madre había sido la curandera de la aldea y le había enseñado todo lo que sabía en el arte de las hierbas y la curación. Sin embargo, desde que su madre falleció, los aldeanos rechazaban con frecuencia sus intentos por tratar las dolencias. Sólo le hablaban cuando no podían evitarlo. Mantenía la frente alta, pero aun así, un rencor amargo se desangraba en su alma. A pesar de que hacía tiempo que la trataban de esa manera, nunca se acostumbraría. La habían tildado de diferente en virtud del nacimiento, puesto que era la hija bastarda del Lord; sin embargo, algo que iba más allá de su control también la había señalado como diferente: las visiones que le venían de manera espontánea… sin desearlo. Alana entendió por qué no les agradaba; eran personas supersticiosas. Veían la mano de Dios y del demonio en cualquier cosa.

Incluso ahora, mientras los malditos normandos devastaban sus vidas –¡también la de ella!– continuaba siendo como una forastera. Su corazón gritaba ante tal injusticia. No era la hija del demonio. ¿Por qué no podían ver que no era diferente de ellos, salvo por esos sueños sangrientos? No; no era de extrañar que hubiera llegado a odiar a esos sueños insoportables…

Ahora más que nunca.

A pesar de que el día estaba nublado y lúgubre, aún no había caído la lluvia. Sin embargo, la tierra estaba húmeda y mojada y por ello las pisadas no resonaban. Aunque el camino por el bosque se hizo lento por la presencia de Aubrey a su lado, los esfuerzos fueron fructíferos. Para el mediodía, ella ya cargaba sobre el hombro dos liebres peladas en una bolsa. Aubrey se estaba cansando. Se apoyó con firmeza sobre el bastón de fresno. Y ella podía oírlo por la forma en que su respiración se había acelerado hasta producir un ruido en el pecho. Aunque al principio lo negó con obstinación, Alana insistió en que descansaran. Se detuvo cerca de un enorme tronco de un roble caído y lo invitó a sentarse. Descansó junto a él y dejó deslizar el arco y el carcaj en la tierra musgosa.Sacó un trozo de pan del bolsillo de la falda y lo compartieron. Cuando terminó, se limpió las migajas de pan del vestido.

–Aubrey –pronunció su nombre en voz baja–. ¿Crees que debería ir a la fortaleza de Brynwald?

Aubrey giró la cabeza para mirarla. –¡La fortaleza!¿Para qué?

Con las manos cruzadas sobre el regazo, continuó sin mirarlo.

–Se ha derramado mucha sangre este último tiempo. Sabría si Sybil está sana y salva.

El tono de Audrey delató su preocupación: –¡Alana, no es seguro! Los normandos son sanguinarios, todos ellos y ¿quién sabe qué te ocurriría al entrar en esa guarida de ladrones? Sin duda, si Sybil estuviera muerta, ya hubiéramos sabido algo.

Alana negó con la cabeza y levantó la mirada lentamente hacia él.

–Pero, ¿y si estuviera enferma, viva, pero enferma? Aubrey, a pesar de todo, es mi hermana.

Aubrey se burló sin disimulo: –¿Crees que ella piensa un momento en ti? ¡No lo creo!

Sin embargo, Alana estaba decidida incondicionalmente.

–No puedes saberlo. Tampoco yo.

Aubrey negó con la cabeza.

–¿Vendría en tu ayuda si pensara que estás herida?¡No! De hecho, no lo hizo.

–Aubrey, no puedo hablar por ella. Sólo sé lo que hay en mi corazón, y estamos obligados por la sangre…

–¡La misma sangre que las alejó todos estos años!

Alana guardó silencio un momento. ¡Ay! ¿Qué podía decir? Aubrey tenía razón. Ella y Sybil no se conocían bien porque la madre de Sybil, Rowena, había hecho todo lo posible por evitarlo. Rowena no había disimulado el hecho de que no quería que su hija quedara manchada a causa de la hija bastarda de su marido.

–Tu padre hubiera hecho bien en dejar a tu madre en paz–. Aubrey golpeó el bastón en el suelo. –Él amaba a tu madre pero se negó a casarse con la hija de un campesino. En cambio, eligió otra que pudiera darle tierras en abundancia y dinero para su patrimonio. Aun entonces no la liberó. Pensé mucho tiempo que él debería haberle dado la oportunidad de marcharse, de casarse con otro.

–Ella nunca se hubiera marchado –dijo Alana con suavidad–. Lo amaba. «Una tristeza melancólica revoloteaba por las facciones de Alana». –No podían estar juntos. Tampoco podían estar separados.

–Era un egoísta; pensaba sólo en sus placeres. Por eso se aferró a tu madre. –Aubrey hizo una mueca–. Pero casado con alguien como esa arpía de Rowena, ¿quién podría culparlo?

Alana contuvo la respiración. Puso una mano sobre su manga y le dijo en voz muy baja: –Aubrey, hablas de los muertos.

–¡Lo que digo es verdad! –resopló.

Alana tragó el remordimiento de la culpa. Fe. Sin embargo, tales pensamientos habían ardido en su mente infinidad de veces con anterioridad. Lamentaba que Rowena hubiera muerto, pero sí era honesta consigo misma. No podía sentir dolor. Pero Sybil había perdido a ambos, madre y padre, el mismo día. Al cerrar los ojos Alana bajó la cabeza y rezó por todos ellos. Su padre. Sybil. Rowena. Por ella misma y sus pecados. Por mucho tiempo había amado mucho y de verdad a su padre… también lo había odiado por lo que le había hecho a su madre… y a ella.

Se puso de pie. Sus pasos hacían poco ruido mientras caminaba hacia el centro del claro.

–No sé qué hacer –susurró, abrazándose a sí misma como una niña, con desprecio por sentirse así.–Yo… yo temo por mí misma. Aún temo por Sybil y no podría perdonarme si me necesitara y no hiciera nada por ayudarla.

Aubrey acarició su larga barba. Suspiró.

–Eres muy parecida a tu madre, Alana. Buscas el bien en los demás, sin importarte el resto… ¡Ay, si sólo hicieran lo mismo por ti! Sin embargo, te recomendaría que no actúes demasiado deprisa. Se dice que los normandos… nacieron del infierno.Y el único que ha tomado Brynwald para sí mismo… dicen que se llama Merrick. Se dice que es el hijo del diablo… Un guerrero capaz de cortar la cabeza de un hombre con la misma rapidez con que lo mira. De hecho, ¡me parece que es tan despreciable como el duque al que sirve! –Aubrey hizo una pausa mientras acariciaba su barba–. No sabemos qué maldad traman y, por eso, tenemos que estar siempre alerta.

No obstante, Aubrey no pudo terminar. Una risa áspera e irritante llenó el aire.

–Bien dicho, anciano. Pero me temo que tu advertencia llega demasiado tarde.

Alana se dio media vuelta. La sangre se le heló en las venas mientras, uno a uno, media docena de jinetes se detuvo en el límite del claro entre ella y Aubrey. Sólo el sueño de aquella mañana volvió a ocupar su mente… «Quizás mi flecha apunte a una presa más grande y robusta… ¡Un soldado normando, tal vez!» Sin embargo no sería así, ya que en cambio parecía que ellos eran los únicos que habían caído en la trampa… de los soldados normandos.

La miraron con ojos lascivos. Los seis montaban sus grandes caballos oscuros. Tenían una mirada hambrienta como los lobos; sintió como si ella fuera la comida con la que se darían un banquete.

Su mirada se posó en el arco y el carcaj que se encontraban sobre el suelo, junto a Aubrey. La furia y la desesperación recorrieron su cuerpo; no había posibilidades de alcanzarlos, ya que cualquiera de ellos se abalanzaría sobre ella en un instante.

–¿Qué? ¿Me clavarías una flecha en el corazón, muchacha?¡Ah! Pero yo te haría lo mismo a ti… aunque no con la flecha –sonrió–. Y no en el corazón.

El hombre que hablaba bajó del caballo. Por debajo del casco, unos brillantes ojos negros la recorrieron, demorándose en el suave centro de los senos debajo de la lana fina del vestido.¡Ay! ¡Cómo deseaba tener un manto que aunque no fuera para protegerse del frío del invierno, le sirviera para esconderse de la mirada entrometida de ese grosero. Sin embargo, no era miedo, sino enojo lo que aumentaba mientras desmontaba.

–Soy Raoul –anunció con un acento inglés cerrado–. ¿Quién eres, niña? Y, ¿por qué estás sola en el bosque con nada, salvo con este anciano, que te proteja?

Alana levantó la cabeza y lo miró enfurecida. ¡Por todos los santos! Se hubiera pudrido en el infierno antes de dignarse a contestarle a este miserable que provenía del otro lado del mar.

Él insistió.

–¿Quién es él, eh? ¿Tu padre, tal vez?

Los labios de Alana se curvaron.

–No es asunto tuyo quién es, y no es asunto tuyo lo que hago en este bosque.

–El nuevo lord de Brynwald os ha pedido a vosotros, los sajones, que permanezcáis en la aldea. ¿Eres de la aldea, no es cierto?

–Sí, pero…

–Entonces yo diría que sí es nuestro asunto.

Aubrey se había puesto de pie. Su voz sonó con fuerza.

–¡Deja en paz a la niña, normando!

El hombre llamado Raoul ignoró a Aubrey.

–Un sajón con espíritu… Me agrada eso, niña, me agrada.

Más de cerca, Alana, vio que era joven, con rasgos oscuros, aristocráticos. Sin embargo había un destello en sus ojos que le enviaba una advertencia a todo su ser y el modo en que la miraba hacía que se le estremeciera la piel. Extendió la mano y sonrió.

–No creo que sea tu padre, niña. Pero, ¡nunca diría que es tu esposo!

Hubo carcajadas de sus compañeros.

–Así que… ¡tal vez esté buscando un hombre más animado en la cama!

Otro arrojó una risa sardónica: –Y, pequeña maravilla,¡sin duda su virilidad está tan marchita como su piel!

Alana casi se ahoga de furia: –¡Basta, todos vosotros! No es ni mi padre ni mi esposo, pero es un hombre al que amo muchísimo, así que dejadlo en paz. ¡Cerdos normandos!

–¡Alana! No digas más. ¡Sus palabras no me lastimarán!

Los ojos de Raoul volvieron a posarse en Alana: –¡Ah!¿Él la protege a ella o ella lo protege a él?

Extendió la mano y tomó un mechón de cabello dorado en su puño. Lo envolvió en la mano y le dio un tirón. Cuando Alana se resistió, su expresión se volvió salvaje.

–¡Ven aquí, perra! –le dio una sacudida brutal. Alana no pudo contener el turbado aullido de dolor que salió de sus labios.

El rostro de Aubrey se tornó colorado: –Dejadla en paz, bastardos ! –se adelantó. Sin embargo no había dado más que un paso cuando uno de los normandos montados lo golpeó de lleno en la parte posterior de la cabeza con el lado plano de la espada. Aubrey cayó hacia adelante sin emitir sonido.

–¡Aubrey! ¡Ay, Aubrey! –la, preocupación inundó su pecho. Intentó escapar pero su captor ya la había cogido por la cintura. Entonces Alana enloqueció de ira. Se retorcía, arañaba, pateaba. Sintió las uñas rasgar su mejilla y le hirió el rostro. La maldijo y la cogió del cabello. De algún modo Alana logró liberarse.

Desesperada por llegar adonde se encontraba Aubrey, corrió por el claro. Tras ella resonaba una risa injuriante.

–¿Qué decís señores? ¿Pasaremos todos un rato con ella?

–¿Creéis que podría tener a dos de nosotros de una sola vez?

El miedo la atravesó como un fuego arrasador. Por primera vez descubrió lo que en verdad pretendían. La usarían. La violarían de manera violenta. Una y otra vez, quizás…

Cayó de rodillas junto al cuerpo boca abajo de Aubrey. Cuando tocó su hombro, oyó un leve lamento. ¡Alabados sean los santos! ¡Estaba vivo!

–¡Aubrey! ¡Aubrey! ¡Ay! Por favor, debes levantarte. Debemos huir antes de que sea demasiado tarde.

El hombre llamado Raoul la había alcanzado: –Ven aquí, jovencita, – dijo con dureza.

Alana se dio la vuelta de un salto. Extendió su brazo y le dio una bofetada en el rostro. Le dolía el dorso de la mano pero no le importaba, tampoco le importaba la rabia que deformaba sus rasgos.

–¡Déjanos solos, normando bastardo!

La insultó: –¡Por Dios, prostituta, callarás o te haré callar!

Levantó la mano para golpearla. Alana vio que tenía el puño cerrado y se preparó para el impacto. Sin embargo, el golpe que esperaba nunca llegó.

Era extraño, en verdad. Fue entonces cuando se dio cuenta de que otro caballero se había puesto entre ellos.Dios del cielo. Su mente rugía de terror, incluso mientras un sonido ahogado trepaba por su garganta. Porque era él… El hombre de sus sueños.

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