Al limite

EL EMBAUCADOR, Madeline Hunter

Capítulo uno

Mayo de 1831

Adrian cruzó el umbral del salón y se halló en medio de un harén árabe.

Mujeres envueltas en túnicas y velos llenos de colorido ganduleaban junto a hombres vestidos con prendas holgadas. Una tela de seda que debía de costar una fortuna caía en ondas desde el alto fresco del techo, formando una enorme carpa. Dos pieles de tigre se extendían sobre las alfombras y tapices color pastel, y los sofás y sillones apenas se veían bajo las almohadas y colchas con joyas incrustadas. Una exótica y densa fragancia vagaba bajo el aroma del incienso y el perfume. Hachís. En los rincones oscuros algunos hombres besaban y acariciaban a sus mujeres, pero no se trataba de una orgía descarada.

No todavía.

Como hombre que cumple una misión, sin interés en ese tipo de diversiones, Adrian caminó lentamente a través de los cuerpos disfrazados, en busca de una mujer que respondiera a la descripción de la duquesa de Everdon.

Se fijó en una esquina del salón cubierta de un dosel que parecía corresponder al lugar de honor. Se dirigió hacia allí, ignorando a las mujeres que lo observaban y le sonreían provocativamente.

El dosel cubría un pequeño estrado en el que había una tumbona; en ella una mujer descansaba en los brazos de un hombre. Tenía los ojos cerrados, y el hombre no dejaba de ofrecerle vino. La tarjeta de Adrian se le había caído innoblemente al suelo porque tenía los dedos relajados.

—Le agradezco que finalmente me haya recibido, duquesa —di­jo él, anunciando su presencia. De hecho, ella no había aceptado recibirlo. Él había amenazado y mentido al mayordo­mo para abrirse camino hasta allí.

Los párpados de la mujer se entreabrieron y lo escudriñó por encima de su cuerpo. Llevaba una prenda que la envolvía desde los pechos hasta los pies, dejando su cuello y sus brazos al descubierto, revelando una piel blanca y brillante. Con aquella luz tenue él no podía ver bien su rostro, pero su pelo era una mata de rizos oscuros sujetos por una diadema de oro que rodea­ba su cabeza.

Estaba muy sensual con la seda roja envolviendo sus curvas y las pulseras de sus brazos y sus tobillos brillando a la luz de las velas. El hombre rubio y de pecho desnudo que la sostenía debía pensar lo mismo. Mientras miraba la escena, a Adrian no le hubiera sorprendido ver a ese hombre saciarse dando un mordisco al cuerpo de la mujer.

La duquesa dedicó a Adrian una mirada claramente de valoración y él hizo lo mismo con ella. La única hija viva del último duque de Everdon había adquirido repentinamente una gran importancia tras la inesperada muerte de su padre. Durante las últimas dos semanas todo el mundo que era alguien en Inglaterra había especulado sobre Sophia Raughley, preguntándose qué habría estado haciendo durante su larga ausencia de Inglaterra.

A Adrian no le entusiasmaba la idea de dar la respuesta a los hombres que lo habían enviado allí. Según parecía, duran­te los últimos ocho años en París, la nueva duquesa se había dedicado a transformarse en una descarada libertina.

Al desenroscarse de los brazos de su amante y estirarse para buscar a tientas la tarjeta casi se cae de la tumbona. De repente parecía una niña torpe y un poco necesitada, y Adrian experimentó una punzada de lástima. Recogió la tarjeta y se la colocó entre los dedos. Ella le echó un vistazo e hizo un gesto a su compañero para que acercara una vela.

—Señor Adrian Burchard —leyó.

—Para servirle, Su Excelencia. Si pudiéramos hablar en privado, se lo agradecería.

Ella recogió la tela que la vestía y se puso en pie. Con la educación que durante siglos había dado rigidez a su actitud, lo miró.

—Creo que sé qué servicio ha venido a ofrecerme, y está perdiendo el tiempo. No volveré con usted.

Por supuesto que lo haría.

—Vuelvo a repetirle que me gustaría hablar con usted en privado.

—Regrese mañana.

—He venido los últimos dos días, y hoy por tercera vez. Es hora de que escuche lo que tengo que decirle. Es hora de que se enfrente a la realidad.

La ira brilló en sus ojos. Avanzó hacia él. Por un momento pareció bastante imponente. Después sus pies se enredaron con la tela de seda. Tropezó y se precipitó hacia delante, para caer directamente en sus brazos.

Él luchó cuerpo a cuerpo contra el ataque femenino, agarrándola de la suave espalda y el trasero. No llevaba corsé ni enaguas debajo de la roja seda. No era extraño que su rubio árabe brillara de expectación.

Ella alzó la mirada aturdida, sus ojos verdes centelleaban. Su sonrisa de vergüenza se ensanchó tanto que él esperaba que sus orejas se movieran de sitio.

Estaba bebida. Completamente aturdida.

Maravilloso.

Él la enderezó y la sostuvo del brazo hasta que logró cierto equilibrio.

—Me tiene sin cuidado la realidad. Si eso es lo que ha venido a ofrecerme ya puede marcharse. —Sonaba como una niña rebelde y petulante, y provocó en él la tentación de tratarla como tal. Hizo un gesto en dirección al salón—. Esto es bastante real para mí.

—Difícilmente es real. Ni siquiera es muy auténtico.

—Mi serrallo es perfectamente auténtico. Stefan y yo planeamos esto durante semanas. El mismo Delacroix diseñó los trajes.

—Los trajes son correctos, pero ha recreado una fantasía europea. Un serrallo no tiene nada que ver con esto. En un harén de verdad, exceptuando al excepcional visitante, todos los hombres son eunucos.

Ella se rio y le dio a Stefan un empujón juguetón.

—No lo diga tan alto, señor Burchard, o los hombres se irán corriendo. ¿Y las mujeres? ¿Al menos eso lo he hecho bien?

—No del todo. Por un lado, un serrallo entero existe para el placer de un solo hombre, no de muchos. Por otro lado…

La expresión de Stefan lo distrajo. Revelaba la presunción de un hombre que da por sentado que es el único sultán que va a disfrutar de los placeres de aquel harén en particular, y que no espera que nadie vaya a discutírselo.

Stefan iba a ser un problema.

—Por otro lado, excepto por unos pocos adornos, las mujeres de un harén están desnudas.

Risas sugerentes llegaron al estrado desde los espectadores. Gritos subidos de tono atravesaron las sombras de humo. Co­mo si sus palabras hubieran sido una indicación, una mujer al otro lado de la habitación se levantó de su círculo de admiradores y desprendió un broche de su vestido. Su diáfana tela cayó al suelo en medio de gritos y aplausos.

Otra mujer se levantó y se desnudó. La situación degeneró rápidamente. Las prendas volaban por el aire. Las sombras se llenaron con el oleaje de pechos y nalgas. Los abrazos se volvieron mucho más íntimos.

Los ojos de la duquesa se ensancharon. Parecía a punto de desmayarse ante el rumbo que habían tomado los acontecimientos. Ridículo, por supuesto. Acababa de explicar que ella misma había planeado aquello.

Stefan la alcanzó.

—Ven, Sophia, moi skarb*.

La duquesa se tambaleó por su empujón y cayó sobre su regazo. Adrian observaba, consciente de que su presencia había sido olvidada. Stefan comenzó a acariciarle el brazo mientras sostenía la copa ante sus labios.

Adrian se dio la vuelta para marcharse. Aquélla prometía ser una tarea desastrosa. Sin embargo, era fundamental para él completarla. Era mucho lo que dependía de esa insensata y depravada mujer. Posiblemente, el futuro mismo de Inglaterra.

Se volvió hacia la tumbona. Stefan le había soltado el vestido de un hombro, y ahora se ocupaba del otro. La cabeza de ella colgaba del hombro de él, pero su apagada reacción no de­salentaba a Stefan lo más mínimo. Se sentó con dificultad mientras el hombre la desvestía.

Adrian llegó hasta el estrado justo cuando Stefan desnudaba los hermosos pechos de la duquesa.

—Quizás tu entusiasmo amoroso te ha impedido notarlo, amigo mío, pero la mujer ya no está contigo. Está completamente inconsciente.

Stefan estaba corriendo las cortinas del dosel.

—Ocúpate de tus propios asuntos.

—Los caballeros raramente se ocupan de sus propios asuntos cuando una dama está a punto de ser violada. Pero ¿tú no tendrías por qué saber cómo reacciona un caballero, verdad?

Stefan se levantó indignado y la duquesa se deslizó de sus brazos hasta terminar como un bulto semidesnudo sobre la tumbona.

—¿Cómo te atreves a insinuar que no soy un caballero? Te haré saber que soy un príncipe de la casa real de Polonia.

—¿Eso eres? ¿Y qué estás haciendo en París? Con los hombres de tu país luchando para echar a los rusos, ¿un príncipe no debería estar liderando un ejército en alguna parte? ¿O eres uno de esos príncipes a los que no les gusta mucho la guerra?

—¡Ahora me llamas cobarde!

—Sólo si eres realmente un príncipe, y apostaría que no. Sospecho que en realidad sólo eres un oportunista salido de las alcantarillas de Varsovia y has estado viviendo de las mujeres desde que dejaste tu casa.

Los ojos de Stefan ardían con furia. Adrian distraídamente arrastró la seda roja discretamente sobre los pechos desnudos de la duquesa.

—¿A qué te dedicas exactamente, Stefan? Quiero decir cuan­do no te estás prostituyendo para las mujeres ricas y ayudándolas a planear sus orgías.

—Soy poeta —gruñó Stefan.

—Ahhh. Poeta. Bueno, eso lo hace todo diferente, ¿verdad? La mujeres no te mantienen, te patrocinan.

Adrian se inclinó y deslizó sus brazos por debajo del cuerpo de la duquesa.

—Voy a llevar a la duquesa donde pueda recuperarse. Atrévete a entrometerte y te mataré.

Stefan farfulló con indignación, pero su expresión rápidamente se volvió tensa y significativa. Mientras Adrian levantaba su carga, se movió para impedirle el paso.

—Hablo en serio, Stefan. Hazte a un lado o te pediré que salgas fuera y te mataré. El hecho de que seas un sinvergüenza no va a arruinarme el día.

Stefan estaba casi tan bebido como para ignorar la amenaza, pero, para decepción de Adrian, no lo suficiente. Se apartó con el ceño fruncido.

Adrian llevó a la duquesa fuera del estrado. El movimiento desplazó la tela suelta de sitio, de modo que un pecho quedó al descubierto entre la seda roja. Advirtiendo una vez más que sus pechos eran realmente hermosos, Adrian llevó a la duquesa fuera del serrallocon tanta dignidad como pudo reunir para los dos.

El viejo mayordomo merodeaba en el pasillo. Adrian llamó al hombre para que lo acompañara.

—Tu nombre.

—Charles, señor. Ella insiste en que usemos nuestros nombres cristianos aquí. La influencia francesa, me temo.

La evidencia de que la duquesa albergaba algunas frívolas ideas de igualdad no era una buena noticia.

—¿Hay otros criados ingleses aparte de ti, Charles?

—Únicamente su mucama, Jenny. El resto son franceses, y hay una mezcla de polacos, austriacos y bohemios que comparten el abrevadero, pero ellos están aquí para servir a sus propios amos, que son huéspedes permanentes.

—¿Cuántos huéspedes permanentes hay?

—Cuatro de momento.

—¿Todos hombres?

Charles se puso colorado hasta la parte superior de su calvicie y asintió.

—Tipo artistas. Escritores y esas cosas. Son conocidos en la ciudad como la Comparsa de la Señorita Raughley. Todos ellos tienen mucha sensibilidad. Milady es una gran mecenas del nue­vo estilo romántico de las artes. —Miró con afecto la cabeza colgante de su señora, y delicadamente alcanzó a colocar la seda sobre su pecho desnudo—. Quisiera decirle que ella no es así. Des­de que se enteró de la muerte de su padre no ha sido la misma.

—¿Está afligida por el dolor?

—Es mucho más terrible que eso. No había mucho amor entre ella y el duque. Es por eso que estamos aquí, ¿no? Pero la noticia la afectó mucho. Es como si supiera que ya no puede esconderse más.

Habían llegado a la gran escalera.

—Enséñame sus habitaciones, Charles, y llama a Jenny y a otras dos mujeres en las que confíes. Después te daré instrucciones para preparar el equipaje. La duquesa dejará París. Si albergas alguna duda respecto a mi autoridad para llevar a cabo estos planes mientras ella está indispuesta, debo decirte que tengo una carta del rey William en persona solicitando que vuel­va a casa.

—¡El Rey! —Las noticias impresionaron adecuadamente a Charles cuando alcanzaron el segundo descansillo de la escalera—. No creo que sea posible preparar la partida tan rápido.

—Si cerrar la casa resulta complicado, tú puedes quedarte y hacerlo. La duquesa partirá conmigo.

—No creo que esté de acuerdo con eso.

Adrian no tenía intenciones de permitir que la falta de consentimiento de Sophia Raughley interfiriera en su misión. Charles le indicó el camino a lo largo de un pasillo y se detuvieron ante una gran puerta doble.

—¿Y por qué querría ella demorarse, Charles? Si es por Stefan yo me ocuparé de eso.

—No estaba pensando en el poeta polaco. Son los animales. Nunca se iría sin ellos.

—No hay problema. Nos los llevaremos. Tengo buena ma­no con los perros.

Charles tiró de los picaportes.

—Lo que ocurre es que no son sólo perros.

Adrian entró y se detuvo sobre sus pasos. Docenas de ojos no humanos lo escudriñaban desde todos los rincones de la habitación.

Se había escapado del harén sólo para hallarse ante una colección de fieras.

—Hay más —dijo Charles.

Por supuesto que los había. Adrian dio una vuelta alrededor de la opulenta sala. Los pájaros de plumas brillantes habían dejado de hacer ruido, pero el pequeño mono estaba todavía protagonizando un berrinche porque la llegada de su ama no había supuesto que lo liberaran de su jaula. Había un extraño reptil en un recipiente de vidrio y dos largas serpientes en otro. La piel de un ocelote estaba tendida bajo la ventana. A diferencia de las pieles del salón, ésta todavía contenía al animal dentro.

Y, por supuesto, había efectivamente perros. Tres. Mastines con cara de pocos amigos. Posaban como soldados frente a la chimenea y miraban con tensión el cuello de Adrian. Los chillidos femeninos que venían del vestidor les habían puesto los nervios de punta.

—Los grandes están en la casa de campo —explicó Charles—. Uno difícilmente puede alojar una jirafa, un león y ese tipo de cosas en la ciudad, ¿verdad?

—Efectivamente. Lo intenté con mi jirafa y mi león y destrozaron la biblioteca. —Adrian se echó en un sillón justo en medio de los mastines y se dedicó a contemplarlos.

Más gritos se oyeron desde el vestidor donde tres criadas estaban bañando a la duquesa. Con suerte, al menos ésta recuperaría la mitad de su inteligencia para que él pudiera explicarle lo que iba a ocurrir.

Tenía la esperanza de que no recordara los primeros momentos de su despertar. Jenny había resultado ser muy poca co­sa, y las otras dos criadas francesas eran incluso más pequeñas. No podían levantar a la duquesa, así que él se había visto obligado a cargar con ella cuando el baño estuvo preparado.

Por pudor la había metido en el agua todavía vestida, pero la seda mojada se adhirió a ella como una segunda piel, creando una imagen aun mucho más erótica que la desnudez. La duquesa había anulado completamente las reacciones sexuales de él al recobrar la conciencia tras la inmersión. Recuperó a medias el conocimiento, asimiló la situación y después se despertó con un rugido.

Llegados a este punto había vomitado.

Pues sí, la noche estaba siendo memorable.

Dos de los mastines se echaron a sus pies asumiendo posiciones sumisas, pero el tercero no quiso rendirse, inclinarse ni pestañear. Adrian intensificó la contienda mientras su memoria repasaba los acontecimientos de la última hora, deteniéndose más de lo debido en varias imágenes de Sophia Raughley empapada, cubierta con un déshabillé, o con los pechos desnudos.

Se oyó la voz enfadada de la duquesa, amenazando con echar fuera a todo el mundo. Charles le lanzó a Adrian una mira­da suplicante.

—Puedes irte. Ya sabes qué hacer —le dijo Adrian.

El último perro de caza se rindió y bajó la cola. Adrian le permitió que lo oliera amistosamente, después hizo un gesto a los animales para que se echaran. Se sirvió un poco del vino que le habían traído como refrigerio, estiró las piernas y esperó.

Volver a autoras