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EL ESCOCÉS DOMADO , Kinley MacGregor

Septiembre, Ediciones B - Amor y Aventura

Prólogo

Ese día era el aniversario del «día». El día que había cambiado la vida de Ewan MacAllister para siempre. En un instante no era más que el hijo ingenuo de un laird temido y respetado.

Al siguiente, se había convertido en el asesino de su propio hermano. Con un nudo en el estómago provocado por el dolor y la culpa, Ewan contempló el lago, cuyas oscuras y encrespadas aguas brillaban como el cristal, y recordó el rostro de su hermano Kieran. Recordó el día en que había robado lo único que Kieran amaba más que a su propia vida.

—Maldita seas, Isobail —gruñó antes de apurar de un trago la cerveza que quedaba en la jarra. De no haber sido por Isobail y sus perversas maquinaciones, el mundo en el que vivía habría sido un lugar completamente diferente.

Él se habría casado con Catie ingen Anghus. Y sin duda Kieran se habría casado con Fia, del clan de los MacDouglas, y ambos seguirían siendo amigos íntimos. En cambio, su hermano estaba perdido en las ennegrecidas profundidades de ese lago y él había jurado vivir solo, haciendo penitencia por aquello que le había costado el alma inmortal a Kieran.

Ewan había provocado incontables dolores y agonías a toda la gente a quien amaba y había causado la muerte del hermano que lo significaba todo para él.

Jamás dejaría de sorprenderle la facilidad con la que una decisión estúpida podía destruir la vida de tantas personas. Habría vendido su propia alma con tal de cambiar esa decisión.

La angustia lo embargó una vez más. En algún lugar de las tranquilas profundidades del lago descansaba el cuerpo del hermano que había sido su mejor amigo, su confidente. Aunque amaba al resto de sus hermanos, había sido Kieran quien estuviera a su lado en las buenas y en las malas. Había sido a Kieran a quien confiara los más íntimos secretos que albergaba en el corazón.

Hasta el día que Isobail se interpuso entre ellos con sus mentiras y estratagemas. Había sido bendecida con el rostro de un ángel y el alma de una hija de Satanás. Jamás le había importado nadie más que ella misma.

Ewan dejó escapar un suspiro entrecortado; le escocían los ojos por las lágrimas no derramadas mientras recordaba el momento que había destruido su juventud...

«Te amo, Ewan.» Los oscuros ojos azules de Isobail estaban cuajados de lágrimas y su largo cabello rubio se mecía al compás de la brisa.

Lo había sorprendido mientras se dirigía a los establos y lo había arrastrado hacia la parte trasera de la torre, hacia el jardín de su madre. Una vez allí se había arrojado a sus brazos y lo había besado con una pasión desconocida para él hasta entonces.

Apenas un muchacho, Ewan había sido incapaz de comprender del todo sus palabras. ¿Cómo podría una mujer tan bella, tan delicada, interesarse aunque fuera un instante por un muchacho desgarbado al que resultaba difícil caminar sin golpearse la cabeza con algo?

Sabía que no poseía la apostura ni los encantos del resto de sus hermanos. Era un hecho que todo el mundo comentaba. Así pues, ¿cómo podía Isobail desear estar a solas con él?

Había tratado de apartarla, pero ella se negó.

«—Eres la prometida de Kieran —arguyó Ewan. »Esos ojos de víbora volvieron a llenarse de lágrimas.

»—Ha sido cosa de Kieran, no mía. Traté de decirle que no lo amaba, pero no quiso escucharme.

»Ewan sintió que le ardía el brazo cuando la mujer le acarició los músculos y se apoyó contra su cuerpo en clara invitación.

»—Por favor, Ewan, tienes que ayudarme. No quiero unirme a un hombre al que no amo. A uno que oye pero jamás escucha una palabra de lo que digo. Es a ti a quien necesito. Eres tú quien se ha ganado mi corazón con tu silenciosa presencia. Quiero un hombre que se preocupe por mí, que me proteja. Uno que no me aburra con palabras. Llévame a Inglaterra y seré tuya para siempre.»

Como joven y estúpido que era, había creído sus palabras sin saber que le había dicho exactamente lo mismo a Kieran a fin de que la alejara de Robby MacDouglas. El padre de la joven eligió a Robby como marido, pero Isobail se había negado a llevar a cabo esa unión. Le había dicho a Kieran que lo amaba y que si la ayudaba se convertiría de buena gana en su esposa.

No obstante, a la única persona que amaba Isobail era a ella misma.

En el silencio del jardín de aquel día de primavera, Ewan había perdido su inocencia en más de un sentido.

Tres días más tarde, ambos se escabullían por la muralla exterior del castillo, camino de Inglaterra, donde supuestamente debían reunirse con la tía de Isobail que los acogería en su hogar. En realidad, habían cabalgado para encontrarse con el amante inglés de Isobail.

Ewan jamás olvidaría el rostro arrogante del hombre que los había estado aguardando. Ni la imagen de Isobail mientras lo abrazaba. Se habían dirigido al hogar de su amante y no al de su tía.

Los ojos de la joven brillaban de satisfacción mientras le explicaba sus retorcidos planes al inglés y le decía que había engañado a los MacAllister para poder llegar sana y salva hasta sus brazos. En un primer momento había intentado que Kieran la llevara hasta Inglaterra, pero cuando éste decidió mantenerla en Escocia y convertirla en su esposa, dirigió su atención hacia Ewan con la certeza de que no podría permanecer allí si quería quedarse con ella.

«Sabía que no le quedaba más remedio que traerme. ¿Cómo iba a quedarse en su hogar y convivir con el odio de Kieran?»

Encolerizado por semejante engaño, Ewan había desafiado al caballero inglés y había luchado con él. Sin embargo, puesto que era demasiado joven para haber hecho acopio de la destreza necesaria y descoordinado para poder rivalizar con la agilidad del caballero, más bajo que él, había perdido la batalla.

Derrotado tanto física como mentalmente, había sido obligado a abandonar el salón y a ponerse en camino. Desde entonces, aquella traición pendía de su corazón como una losa.

Durante todo el camino de regreso a Escocia, se había jurado que compensaría a Kieran y le diría que ambos estarían mucho mejor sin la deslealtad de Isobail.

Sin embargo, había llegado a casa en mitad del velatorio de su hermano. Regresó a un hogar inundado de dolor porque Kieran, incapaz de vivir sin Isobail, se había suicidado.

Ese mismo día, años atrás, su hermano se había acercado hasta esa orilla, se despojó de la ropa y de la espada y caminó hacia las tenebrosas profundidades del lago, donde había encontrado la forma de poner fin al dolor de su corazón destrozado.

¡Cómo anhelaba encontrar un modo de aliviar el suyo!

—Lo siento, Kieran —les susurró a las olas que rompían suavemente sobre sus botas—. Si pudiera, hermano, daría de buena gana mi vida para devolverte la tuya.

Y como en tantas otras ocasiones, la idea de unirse a Kieran le cruzó por la mente. Sería bastante fácil meterse en el agua como había hecho su hermano y dejar que su reconfortante serenidad apaciguara también su sufrimiento.

Hundirse hasta el fondo del lago, donde por fin podría compensar a Kieran...

1

Hacía falta mucho arrojo para enfrentarse al demonio en su guarida.

O, como en el caso de Leonor ingen Alexander, mucha desesperación. Una desesperación que le encogía el corazón y le hacía un nudo en la garganta, ahogándola con su apremio.

Si el demonio se negaba a ayudarla...

Bueno, en ese caso pondría rumbo a Inglaterra ella sola. Nadie iba a convencerla de lo contrario. Nadie. Ni su padre ni su madre.

Ni siquiera «el demonio» en persona.

A medida que se acercaba a la cima de la montaña, su coraje comenzó a flaquear. ¿De veras podía un hombre vivir en una cueva? Eso se rumoreaba, pero hasta ese momento había asumido que no era otra cosa que un mito inventado por los hombres que temían enfrentarse a Ewan MacAllister. Después de todo, los MacAllister eran los hombres más temidos y respetados de Escocia. Y también se decía que eran los más ricos. A buen seguro que semejantes hombres, muy al contrario que su rudo y exasperante progenitor, harían gala de algún tipo de refinamiento.

¿O no?

De cualquier modo, mientras observaba la desierta cumbre de la montaña, no vio nada que le recordara ni por asomo a una cabaña o a algún tipo de hogar.

Ewan MacAllister era realmente el bárbaro que decía la leyenda.

—Da lo mismo —dijo Leonor al tiempo que se alzaba las faldas azul oscuro para rodear un grupo de rocas.

Tal vez albergara en su corazón el sueño de encontrar un caballero refinado de virtudes galantes que lograra conquistar su afecto, pero lo que necesitaba en ese momento era un bárbaro.

Un bárbaro con una enorme y poderosa espada. Si hacía caso de los rumores, Ewan MacAllister era justo lo que precisaba para poner en marcha su aventura.

Al llegar a la parte superior de la escarpada cuesta, notó que la «cueva» tenía una puerta de madera casi oculta por la maleza y la tierra. Al parecer, Ewan no deseaba tener visitas. En cualquier otro momento, Nora habría captado la indirecta y respetado los deseos del hombre; pero, tal y como estaban las cosas, no podía permitirse ese lujo.

Su necesidad de libertad era mucho mayor que la necesidad de aislamiento de Ewan MacAllister.

Estaba a punto de llamar a la puerta cuando se detuvo para observar el pequeño claro que la rodeaba.

Ese hombre vivía en un lugar de lo más interesante. Desde la cueva podía apreciarse el lago que había más abajo, donde la luz del sol se reflejaba sobre el agua. Era una vista impresionante. Destilaba tranquilidad. Serenidad. No era de extrañar que el tipo hubiera elegido ese lugar.

Sin duda alguna, un auténtico bárbaro no sería capaz de apreciar algo tan refinado y hermoso como ese paisaje. Eso le dio esperanzas. Tras acercarse de nuevo a la puerta, la golpeó con los nudillos.

No obtuvo respuesta.

—¿Hola? —dijo a modo de saludo mientras llamaba con más fuerza—. ¿Hay alguien?

Nadie respondió. En un arranque de osadía, probó a abrir la puerta. El picaporte cedió con un ruido metálico y la hoja se abrió con facilidad. En el interior descubrió una morada de lo más interesante. El suelo estaba cubierto con gruesas alfombras y juncias. De los muros de piedra colgaban algunos tapices para absorber la humedad.

Había un hogar de extraño diseño con la chimenea inclinada, de modo que salía por el lateral de la montaña en lugar de hacerlo por arriba. Justo enfrente había una mesa con dos sillas.

Sin embargo, lo más interesante era la cama emplazada al fondo. Enorme y suntuosa, debería estar en el elegante castillo de un noble y no en una cueva en mitad del bosque, en la cima de una montaña. Ewan MacAllister era sin duda un hombre de lo más extraño.

¿Por qué habría elegido semejante sitio para luego acomodarlo con los lujos de un hogar?

Y, en ese momento, Nora oyó el gruñido de la bestia en persona. Un gruñido breve y escalofriante, terrorífico y gutural.

Su corazón dejó de latir un instante y después se desbocó al descubrir que el sonido procedía de la enorme cama. Lo único que podía ver desde su posición junto a la puerta era lo que en un principio le pareció un bulto oscuro y que, en esos momentos, supuso que sería el hombre.

¿Estaba dormido?

Era plena tarde, demasiado temprano como para retirarse a pasar la noche y demasiado tarde como para seguir durmiendo desde la mañana.

¿Una siesta quizá? ¿O acaso estaría enfermo?

«Por favor, que no esté enfermo.»

Necesitaba que estuviera sano como un roble para poder llevar a cabo su aventura. Un bárbaro enfermo no le serviría para nada.

—¿Milord? —preguntó al tiempo que daba unos pasos en dirección al bulto—. Lord Ewan, ¿podría hablar con vos un instante?

Obtuvo un ronquido por respuesta.

«¡Menudo fastidio!»

Había recorrido todo el camino hasta allí esperando encontrarse con un ogro y lo único que había conseguido era un cachorrito dormido. ¿Dónde estaba el gigante de leyenda que aterrorizaba a todo aquel que pronunciaba su nombre?

Necesitaba a esa bestia terrorífica.

Sí, la necesitaba y mucho.

Enderezó la espalda y se aproximó a la cama, pero titubeó de nuevo cuando por fin consiguió ver al hombre con claridad en la penumbra de la cueva.

Yacía de costado sobre el colchón, tan desnudo como el día que llegó al mundo. Nora jamás había visto a un hombre desnudo, aunque estaba bastante segura de que ningún otro podría ser tan apuesto y magnífico como el que tenía delante. Sobre todo mientras dormía. Sus largos y robustos miembros parecían no tener fin. Era tan alto y musculoso que apenas cabía en la cama; tenía la certeza de que, si estuviera estirado por completo, tanto las piernas como los brazos colgarían por los bordes del colchón.

Una melena negra, desgreñada y muy mal cortada, enmarcaba un rostro tan viril y apuesto que la dejó sin aliento. Y llevaba una barba de al menos una semana. Sin embargo, esa apariencia tosca e indómita lograba que pareciera aún más deseable. Más aguerrido.

«Es un bárbaro.»

Su piel morena se extendía sobre unos músculos definidos y firmes como una roca. Sí, era un hombre magnífico que le aceleraba el corazón y le encendía el cuerpo. Estaba claro que no tenía igual.

Antes de poder evitarlo, Nora se percató de que su mirada descendía hacia la parte central de ese delicioso cuerpo masculino, hacia su...

Un intenso rubor le cubrió el rostro.

¡Och! No era posible que hubiera hecho algo semejante. Mirar el miembro de un hombre era propio de las desvergonzadas, y no de las doncellas recatadas como ella. Aunque...

Inclinó la cabeza hacia un lado para estudiar esa parte de su anatomía. Era interesante. Y parecía bastante grande allí, sobre los rizos cortos y oscuros. Por extraño que pareciera, tenía un aspecto inofensivo y sintió el súbito impulso de extender la mano para tocarlo.

«Leonor ingen Alexander, ¿dónde te has dejado el sentido común?»

En la pocilga, al parecer. Acompañado por una curiosidad vulgar y cargada de lujuria.

Aunque nunca había visto a un hombre desnudo con anterioridad, sabía muy bien lo que los hombres desnudos hacían a las mujeres desnudas y lo que podía sucederle a una mujer que permitiera que un hombre le hiciera eso. Era sin duda la perdición de una doncella.

Con las mejillas encendidas, agarró sin más dilación las mantas de piel de la cama y lo cubrió con ellas. Así estaba todo mucho mejor. Bueno, no todo. Aún podía ver esos hombros anchos y deslumbrantes y esas piernas largas y viriles...

«¡Nora!»

De acuerdo, no miraría más. Al menos no «allí».

Sin embargo, le resultó imposible evitar que su mirada lo recorriera de los pies a la cabeza una vez más. En realidad no había nada de malo en contemplar las piernas de un hombre, ¿o sí?

Mientras reflexionaba sobre la posible indecencia de su escrutinio, el hombre se movió y las mantas se deslizaron de un modo peligroso.

—Nada de eso —dijo en voz alta al tiempo que volvía a cubrirlo con ellas.

Justo cuando sus dedos rozaron de forma accidental el duro y musculoso abdomen masculino, una mano grande y fuerte le sujetó la muñeca, obligándola a detenerse. Nora jadeó y alzó la mirada para encontrarse con los ojos más azules que había visto en la vida. Unos ojos ribeteados de rojo y cargados de ira que se entrecerraron para contemplarla con hostilidad.

—¿Quién demonios eres y qué estás haciendo aquí?

Tenía una voz profunda y amenazadora, y despierto resultaba tan aterrador como aseguraban los rumores que había escuchado.

—Yo... —Se le quedó la mente en blanco cuando advirtió que tenía la mano apoyada sobre la cálida piel que cubría esos músculos duros y firmes. La sensación le provocó un súbito estremecimiento. Se le secó la boca al tiempo que una llamarada desconocida y apremiante la consumía.

Era un hombre apuesto, sin duda.

—Mujer, será mejor que me contestes.

La furiosa nota recriminatoria que se percibía en su voz logró que Nora perdiera la paciencia. Indignada, se zafó de la mano del hombre de un tirón y se enderezó.

—¿Y quién creéis que sois vos para emplear semejante tono conmigo? ¿Acaso no tenéis modales?

Ewan parpadeó con incredulidad. ¿Le estaba dando un sermón? ¿La misma mujer que había invadido su hogar e interrumpido el agradable sueño que había logrado gracias a la cerveza?

Sorprendido por la audacia de la desconocida, parpadeó de nuevo para aclararse la visión, aunque tenía los ojos irritados y sentía un palpitante dolor de cabeza. Con la boca cerrada, era una mujer bastante atractiva.

A pesar de que llevaba la cabeza cubierta por un largo velo azul y blanco, pudo ver que tenía una abundante melena dorada que le recordó a la luz del sol. Sus ojos ambarinos no eran muy grandes, pero su forma rasgada les confería cierta reminiscencia felina.

Pícara. Era la única palabra que describía la insólita belleza de esa mujer y, pese a todo, se comportaba con una orgullosa dignidad que proclamaba a voz en grito que se trataba de una dama de buena cuna, y no de una moza del pueblo que hubiera ido a su hogar para poner su mundo patas arriba.

Pero ¿por qué iba a estar una mujer semejante en su cueva? Sola, por añadidura.

—¿Que quién me creo que soy? —respondió con lentitud—. Da la casualidad de que soy el dueño de este lugar y no suelo tomarme muy bien las visitas inesperadas de desconocidos. De cualquier forma, y teniendo en cuenta que habéis invadido mis dominios, lo menos que podríais hacer es decirme quién sois y por qué habéis venido sin ser invitada.

Eso echó por tierra la mayor parte de la altanería de la joven, que desvió la vista mientras murmuraba:

—Bueno, sí, eso es cierto. —Volvió a mirarlo y elevó la barbilla con renovado coraje para añadir con firmeza—: Pero estoy aquí por una buena razón.

—¡Maldita sea! Más os vale que sea buena.

—Un momento —dijo mientras movía un dedo en su dirección a modo de reprimenda—. No hay necesidad de que empecéis a maldecir. Esto ya resulta bastante incómodo, con vuestro estado de desnudez y todo eso, pero...

Ewan enarcó una ceja al escucharla. Había olvidado ese pequeño detalle, pero advirtió que sólo estaba cubierto por una manta de piel cuando la mujer sacó el tema a colación.

—... no hay ninguna necesidad de que seáis tan grosero.

Ewan resopló.

—Nací siendo grosero.

—Eso dicen. No obstante, grosero o no, necesito de vuestros servicios.

Ewan enarcó la otra ceja por la gracia de la situación y, antes de poder evitarlo, comenzó a tomarle el pelo.

—¿De mis servicios... desnudos?

Un intenso rubor cubrió las mejillas de la joven, logrando que sus ojos parecieran más verdes que dorados.

—Por supuesto que no. Preferiría con mucho que estuvierais vestido, pero si tenéis por costumbre ir por ahí desnudo, bueno, allá cada cual con sus gustos.

A decir verdad, lo estaba pasando bien por primera vez desde hacía años. Era una muchacha deslenguada y audaz. Muy diferente a todas las que había conocido. Aunque nunca antes se había encontrado con una dama desconocida mientras estaba desnudo en su cama, por supuesto.

Se preguntó para sus adentros si ella sería tan audaz allí donde más importaba: entre las mantas. Su miembro cobró vida en cuanto se le pasó la idea por la cabeza y se endureció aún más cuando la recorrió de arriba abajo con la mirada.

Sí, tenía las curvas perfectas para que la experiencia mereciera la pena. Pechos grandes y caderas voluptuosas. Probablemente sólo uno o dos años más joven que él. Sí, todo un delicioso bocadito que saborear.

Un bocadito que tardaría toda una noche en paladear, hasta que ambos quedaran saciados y exhaustos. Sí, tenía un buen trasero. Uno de esos que un hombre podía agarrar y...

—Milord —dijo ella con voz firme, tal y como haría un tutor con un alumno distraído al que se le hubiera ido el santo al cielo. Semejante tono de voz invadió los erráticos pensamientos acerca de sus «atributos»—. Estoy aquí para solicitar vuestros servicios como escolta.

Ewan frunció el ceño al escucharla.

—¿Mis qué?

—Necesito a un hombre que me acompañe a Inglaterra.

«¡No!», rugió su mente. Recordaba con total claridad lo que había sucedido la última vez que una mujer le dijera esas mismas palabras.

Era lo último que le faltaba oír, sobre todo ese día. Y muy especialmente de labios de una hermosa mujer... rubia.

La desconocida dio un paso atrás al escuchar su gruñido.

—¿Qué habéis dicho? —gruñó Ewan.

Ella tragó saliva.

—Necesito que un hombre me acompañe hasta la casa de mi tía en Inglaterra.

Ewan tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para quedarse donde estaba y no comenzar a derribar las paredes. Estaba claro que las Parcas se burlaban de él. ¿Cómo era posible que a un hombre le sucediera algo así dos veces en la vida?

—¿Por qué? —preguntó.

Ajena a la furia que se agitaba en su interior, la desconocida carraspeó.

—Estoy comprometida con un hombre al que detesto y necesito que me llevéis a salvo hasta el hogar de mi tía para librarme del matrimonio con ese gusano.

Ewan profirió una horrenda maldición que reverberó en los muros de piedra.

—¿Acaso estáis chiflada?

—Por supuesto que no.

—En ese caso, ¿por qué habéis acudido a mí?

—Porque sois el hombre más temido de toda Escocia. Ninguno de los miembros del clan de mi padre ni del de mi prometido osarían impedir que me llevarais con vos.

—Muy bien, pues ya podéis ir olvidándoos de que eso suceda, encanto. No hay poder en este mundo ni en el más allá que pueda obligarme a llevaros a Inglaterra. Ahora salid de aquí de inmediato y...

La joven enderezó la espalda.

—No puedo.

—Queréis decir que no queréis.

—No —replicó ella, retorciendo el velo entre sus manos—. Quiero decir que no puedo volver.

—¿Y por qué no?

—Porque he dejado una nota diciendo que me fugaba con vos.

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