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Capítulo Uno
Londres, 1813Se había casado con Mortimer Applequist el 7 de abril de 1813, en medio de un arrebato de imaginación y exasperación. Como marido no era gran cosa, era simplemente un nombre que ofrecer cuando la gente se inmiscuía demasiado en sus asuntos. En este sentido realmente había resultado muy ventajoso para Agatha Cunnington.
Hasta ahora.
Al principio de su viaje, muchas personas habían hecho detenerse a Agatha, entreteniéndola con numerosos obstáculos. Cada vez que esto ocurría la responsable era algún alma buena que pretendía salvarla de sí misma.
¡Como si una mujer fuera incapaz de comprar un pasaje y viajar de Lancashire a Londres sin la supervisión de un marido!
Sin embargo, tras anunciar su condición de casada, Agatha no había encontrado más que ayuda y educado respeto.
Sin duda hacía años que debía haberse inventado un marido.
Como le desagrada que el pobre Mortimer fuera meramente un nombre que pronunciar en caso de necesidad, Agatha había dedicado muchos momentos agradables de su viaje a visualizarlo con todo detalle. Después de todo, él era su propia creación, ¿o no?
Sería alto, pero no corpulento. Elegante, pero no estirado. Moreno, aunque no demasiado. Sólo con ser capaz de imaginar su rostro con perfecta claridad, se habría dado enteramente por satisfecha con su esposo inventado.
Mortimer demostró ser cada vez más útil cuando Agatha llegó a la ciudad, pues gracias a él pudo alquilar una pequeña casa –su propia casa– en la respetable plaza Carriage y contratar unos pocos criados.
Y lo más importante es que Mortimer le permitía visitar todos los lugares en busca de su hermano desaparecido, James.
Pero todo aquello podía terminarse hoy si ella no conseguía urdir algún tipo de plan.
El reloj del vestíbulo dio la hora y Agatha comenzó a ser presa de la desesperación. Se giró y volvió sobre sus pasos hasta el vestíbulo de su hermosa nueva casa, sin prestar atención al empapelado rosa de las paredes y a los relucientes bosques oscuros que la habían animado a escogerlo. Con los brazos cruzados y la cabeza baja, permanecía sumida en precipitados pensamientos.
¿Por qué en la vida de Agatha Cunnington los hombres nunca estaban presentes cuando los necesitaba?
Podría vestir formalmente a Pearson... no, demasiado viejo y demasiado gordo. Podría intentarlo con Harry... no, demasiado joven, en realidad tan sólo un muchacho. Le había dado a Harry el puesto de lacayo únicamente por hacerle un favor a Pearson, pero el sobrino del mayordomo apenas lograba sostenerse sobre sus dos enormes pies.
Necesitaba un hombre, y lo necesitaba inmediatamente.
Simon Montangue Raines, alias Simon Rain, se detuvo ante la puerta de servicio de la casa de la plaza Carriage para comprobar su disfraz. Su cara y sus manos estaban ennegrecidas con hollín, y los largos cepillos colocados sobre su hombro parecían muy usados. Y de hecho así era, pues en cierta época le habían servido para ganarse el pan.
La casa que tenía como objetivo parecía bastante normal vista desde fuera, con su ordenada entrada y los relucientes peldaños. Era asombroso que la corrupción pudiera esconderse tras una fachada tan cálida. Vicio, mentiras, incluso traición.
“Señor Mortimer Applequist”, decía el contrato de alquiler. La renta todavía se pagaba desde cierta cuenta que Simon había estado vigilando durante semanas. La cuenta de un hombre que sabía muy bien cuál era la definición de traición.
Simon debía haber enviado a alguno de sus operarios para aquella misión y mantenerse apartado e imparcial, como hubiera hecho cualquier buen espía jefe.
Pero Simon debía reconocer que aquel caso se había convertido en una cuestión personal. Alguien estaba asesinando a sus hombres. Hombres cuyas identidades eran tan secretas que apenas sabían de la existencia de otras personas.
Sólo dos hombres en el seno del Club de los Embusteros tenían la información necesaria para acabar con sus miembros uno a otro. Simon era uno de esos dos hombres. Del otro no se tenían noticias desde hacía varias semanas. La cuenta del banco de Londres de ese hombre había experimentado un repentino incremento. Y de acuerdo con las averiguaciones que Simon había hecho en el banco, desde esa cuenta se había pagado el alquiler y los muebles de la ordenada pequeña casa que se hallaba ante él.
Con una triste sonrisa, Simon levantó sus escobas y se preparó para desempeñar el odioso papel de deshollinador por última vez. Todo en defensa de la Corona, por supuesto.
La situación se estaba volviendo cada vez más desesperada. Agatha había estado estrujándose el cerebro toda la mañana para encontrar una solución y todavía no se le había ocurrido nada. La alfombra del vestíbulo jamás podría recuperarse de sus pisadas, tantas veces había caminado sobre ella.
Reanudó sus pasos una vez más y de pronto se topó con un obstáculo que no estaba allí un momento antes. Distraída, tropezó aunque sin llegar a caerse.
–¡Oiga, señora! ¿Está usted bien?No la vi llegar.
Agatha pestañeó y centró su visión en la extensión negra que se hallaba ante ella. Chaqueta negra, chaleco negro, manos negras en las mangas de su vestido largo de la mañana...
–¡Mi vestido!
Retrocedió rápidamente.
–Vaya, casi se la pega. Ha tenido que decidir si prefería ensuciarse las mangas o el trasero al caer al suelo, supongo.
A Agatha aquello le sonó como una provocación bastante atrevida. Levantó la vista, dispuesta a poner al insolente en su lugar y... para su sorpresa, se topó con los ojos más azules que había visto jamás, en un rostro tan negro como la noche. O como el hollín.
¡Hollín! Hollín sobre su vestido, justo cuando estaba a punto de recibir a Lady Winchell...
Hollín.
Deshollinador.
Hombre.
Volvió a mirarlo. Alto, pero esbeltocomo un galgo. Justo como Mortimer. Ni siquiera el hollín era capaz de ocultar la perfecta simetría de sus facciones.
–Yo... señora... lo siento. Es un vestido bonito, o era. No creo que salgan las manchas de hollín.
Era perfecto.
–No importa el hollín –lo interrumpió–. Ven conmigo.
Él se limitó a parpadear, y ella no pudo dejar de sentir una repentina fascinación por el brillo de zafiro de sus ojos. Luego se percató de que aún no se había movido.
–Venga, vamos entonces.
Después de otro parpadeo, el deshollinador se encogió de hombros y se dispuso a seguirla. Ella lo condujo escaleras abajo hasta un pequeño vestíbulo.
Se giró al llegar ante una puerta adornada con molduras e hizo un gesto con la mano.
–Un momento. ¿Alguien te ha visto entrar?
Un destello familiar apareció en sus adorables ojos.
–Entré por la cocina, mamaíta.Los hombres como yo saben usar mejor esa entrada que la puerta principal.
Agatha negó con la cabeza.
–No, no me preocupa la gente de la calle. ¿Te ha visto alguno de los criados?
–Bueno, la Cocinera me dejó entrar, pero apenas me miró. Tenía hasta los codos metidos en la harina –le dirigió una sonrisa pícara–. Si está buscando un poco de diversión Simon Rain es su hombre. Después de lavarme un poco, claro...
Agatha apenas lo escuchaba. ¿Habría tiempo suficiente?
–Sí, sí, te prepararé un baño.
Agatha abrió la puerta del dormitorio que había preparado amorosamente para Jamie. Pasó por alto las pocas pertenencias de él que había traído consigo desde casa. No tenía sentido dejarse llevar por la nostalgia ante sus libros y sus objetos personales. Los sentimientos tendrían que esperar.
Dentro de una hora tres de las mujeres más influyentes en el Consejo de Voluntarios del Hospital de Chelsea estarían llamando a la puerta de Agatha y su marido, Mortimer, de quien tanto habían oído hablar.
Oh, ¿por qué no habría mantenido la boca cerrada? Podría haberse limitado a escuchar mientras las otras mujeres hablaban de sus maridos. Podría haber respondido de manera vaga cuando le preguntaban por el suyo.
En lugar de eso se había recreado acerca de su “querido Mortie”, enumerando todos sus atributos y virtudes. Era un erudito, un músico, un hombre con un enorme encanto y atractivo.
Y estaba en casa.
Bueno, había tenido que decir eso.
Lady Winchell, con su sonrisa zalamera y sus ojos afilados, había preguntado si era apropiado que una esposa tan joven pasara todo el día trabajando entre hombres mientras su marido se hallaba de viaje.
Ahora, Lady Winchell y otras dos damas de la alta sociedad venían a conocer a Mortimer.
Agatha recordó los gestos suspicaces de Lady Winchel y no pudo reprimir un escalofrío. Si era descubierta no se le permitiría permanecer sola en la ciudad. En unos días su autoproclamado guardián la iría a buscar para llevarla a casa y nunca cumpliría su misión.
Su elección parecía clara. Podía admitir su situación y regresar a Appleby y todo lo que allí la esperaba.
O podía mentir. Una vez más.
Bien, estaba dispuesta a asumir el riesgo, subiría la apuesta. Puso una mano sobre la espalda del deshollinador y le dio un pequeño empujón para hacerlo entrar en el espacioso dormitorio.
–Desvístete detrás de ese biombo. Tendré tu baño preparado enseguida –prefería no dejar que los criados intervinieran en esa pequeña representación. Acababan de ser contratados y nunca habían visto al señor Mortimer. Siempre podría decir que había sido requerido para otra aventura a la hora de la cena y las cosas volverían otra vez a la normalidad.
Tras cerrar la puerta ante el confundido deshollinador Agatha ensayó una sonrisa feliz y bajó corriendo las escaleras.
–Pearson –llamó a su mayordomo–, acabo de tener una sorpresa de lo más deliciosa. ¡El señor Applequist ha vuelto a casa! Está terriblemente cansado y quiere darse un baño inmediatamente.
Pearson apareció desde el salón, donde había estado supervisando los preparativos para recibir a las invitadas, alzó una de sus plateadas cejas y miró con desconfianza hacia la puerta principal, por donde no había entrado ni un alma durante toda la mañana.
–Sí, señora, desde luego son buenas noticias. ¿Debo atender al señor Applequist hasta que un criado esté disponible?
Agatha cruzó los bazos para ocultar las huellas negras de sus mangas.
–No, Pearson, no será necesario. Atenderé a mi marido personalmente. Después de todo, tenemos mucho... de que hablar.
¿Y por qué la miraba de esa forma, con ambas cejas elevándose hasta alcanzar a tocar el nacimiento del cuero cabelludo? ¿Acaso no podía una mujer hablar con su propio marido?
–Como usted desee, señora. Nellie le llevará el agua enseguida.
–Gracias, Pearson. Estaré abajo dentro de un momento para recibir a las invitadas.
Cuando Nellie bajaba las escaleras con los últimos cubos de agua caliente Agatha ya estaba cambiada y peinada. Rápidamente se deslizó dentro del otro dormitorio.
Era la habitación más elegante de la casa, muco mejor que la suya. Cortinas de terciopelo verde enmarcaban la cama, y la chimenea tenía casi el tamaño de un fuego de cocina. No había nadie a la vista, sólo la larga bañera llena de vapor era bien visible. ¿Habría salido?
–¿Hola? ¿Señor deshollinador? ¿Está usted ahí?
–¿Es usted, señora? Diablos, ¿será posible que en esta casa a uno se le tenga que congelar... lo que usted ya sabe... antes de que le preparen el baño?
Desde detrás del biombo pintado con motivos orientales que se hallaba en una esquina de la habitación, ella oyó un susurro.
–¡Oh, no! No, no salgas... fuera.
Era demasiado tarde. Desde detrás del biombo había aparecido un hombre prácticamente desnudo.
Ella debería girarse. Sí, decididamente.
No podía girarse. Sólo podía permanecer allí de pie y contemplarlo, sin pestañear y casi sin respirar.
Con sus manos y su rostro liberados de la mayor parte del hollín, el hombre que estaba ante ella era tan bello como una estatua griega. Sus ojos de lapislázuli brillaban en un rostro digno de un poeta, con su negro cabello despeinado y el cuerpo de sus sueños, sueños que ella ni siquiera sabía que tenía.
Apretados músculos envolvían su esbelto cuerpo. Incluso su estómago se tensaba de una forma de lo más fascinante. Sus hombros no eran excesivamente anchos, pero sí cuadrados y fuertes, y desde ellos los músculos seguían bajando hasta las grandes manos que sujetaban la toalla en torno a su estrecha cintura.
Agatha pestañeó ante el tamaño de esas manos. Cielos. ¿Serían también sus pies tan grandes? Dirigió su mirada hacia abajo. ¡Oh Dios!
Las botas de Jamie no le servirían.
–¡Maldición!
La sonrisa pícara del individuo desapareció y él también dirigió su mirada hacia abajo.
–¿Qué tienen de malo mis pies?
–Déjame ver tus botas.
–¿Para qué? –su voz se elevó indignada–. Son mías. ¡Yo no he robado nada!
–Necesito examinar tus botas para ver si servirán.
Todavía frunciendo el ceño con desconfianza se giró para sacar sus botas de detrás del biombo.
Agatha casi se atraganta con su propia lengua al verle darse la vuelta.
–Déjame ver –ella levantó una mano y él le dio las botas. Las examinó detenidamente, sus cejas marrones se enarcaron con asombro.
–Son bastante elegantes. Sí, creo que servirán. Déjame pedirle a Pearson que las limpie mientras te das tu baño –se giró y salió–. Te estaremos esperando abajo dentro de un cuarto de hora. Asegúrate de no decir ni una palabra, a nadie.
–Pero señora, qué hay de... –el individuo señaló hacia la cama– usted ya me entiende...
Agatha miró hacia la cama y después lo miró a él.
–Podrás echarte una siesta más tarde si quieres, aunque no creo que nada de esto te resulte tan terriblemente agotador.
Agatha le dedicó una breve sonrisa.
–Sí, lo harás estupendamente. Tus ropas nuevas están en la silla. Date prisa. Y recuerda, ni una sola palabra.
Agatha cerró la puerta ante su atractivo deshollinador y dejó escapar un largo suspiro. Oh, Dios. ¿Todos los hombres serían así por debajo? Por alguna razón lo dudaba.
Se deshizo del hechizo de sus encantos masculinos. Debía concentrarse en el asunto que tenía entre manos. Trotando escaleras abajo para ir a ver los refrigerios, rechazó firmemente la imagen de aquel cuerpo perfecto dándose un baño.
Húmedo.
Cubierto de jabón.
¡Dios mío!
Simon torció sus labios cínicamente mientras apretaba la esponja sobre su torso perfectamente limpio. Allí estaba él, en la casa del señor Applequist, en la bañera del señor Applequist, con la mujer del señor Applequist esperándolo en el piso de abajo.
Si es que ella era realmente la señora Applequist, pues ese no era el nombre que figuraba en la cuenta desde la cual se pagaba el alquiler de la casa y el sueldo de los criados. Aquella cuenta pertenecía nada menos que a James Cunnington, el compañero espía de Simon, su antiguo mejor amigo, y probablemente traidor.
Al pensar en James, los dedos de Simon apretaron la esponja hasta dejarla completamente escurrida. Años de amistad y confianza vendidos a cambio de una bolsa de oro o quizás simplemente a cambio de los favores de una mujer.
Porque James era un hombre enamorado, o al menos un hombre víctima de la lujuria. Simon lo había oído de su propio protegido la última vez que lo había visto. James se había sentado frente a Simon en su oficina privada, ensimismado con su última amante.
–Es increíble, Simon. Flexiblecomo una serpiente y potente como un visón. Nunca había conocido a una mujer así. ¡Las cosas que hace! Cuánta energía... –James había echado la cabeza hacia atrás para recostarla en su sillón con aire de cansancio satisfecho–. Estoy agotado, pero estoy seguro de que me recuperaré para esta noche. Tendrías que encontrar una mujer como ésta, viejo amigo.
Simon se había limitado a gruñir, demasiado absorto en los recientes informes como para afrontar el desafío.
–No tienes por qué casarte con una mujer, Simon. Ni siquiera tienes por qué amar a una. Pero necesitas un poco de diversión, Simon. Un toque de muselina para distraer tu mente del trabajo. Eso es lo que necesitas para salir de este despacho polvoriento. Deja que tus jugos fluyan antes de que te pongas tan rígido como nuestro querido fundador, frío en su tumba.
James había ojeado el retrato de Daniel Defoe que estaba colgado detrás de Simon, mirando de reojo como para distinguir algo no visto hasta entonces.
–Aunque apostaría a que fue un tipo pillo en su época. Un aventurero. Nunca lo habrías visto cogiendo moho detrás de una montaña de papeleo.
Simon acabó por levantar la vista.
–¿Qué nombre darías a las novelas de centavos y a los escritos de sátira política si no es el de papeleo?
James se limitó a esbozar una sonrisa pícara y afable, feliz de haber conseguido que su mentor y superior levantara la cabeza, incluso aunque eso significara un tanto menos a su favor.
–Puedo averiguar si tiene una hermana, o una amiga.
–No gracias. Me he encontrado en tu situación, James, y decidí que rara vez vale la pena. Se vuelve uno demasiado vulnerable. Así que dejarélas mujeres para ti.
James abandonó su actitud guasona y se inclinó hacia delante apartando con sus codos una semana de valiosos informes de contrainteligencia.
–En serio, Simon, necesitas salir más. Tener otras perspectivas. Hay más cosas en la vida aparte del Club de los Embusteros. Diablos, hay un mundo entero fuera de Europa a quien le importa un comino Napoleón, por más soldados a caballo que posea y por más espías que tenga en Londres.
Simon había contemplado a su joven amigo. Era un buen operario, agudo y entregado, pero lo único que arriesgaba era su propia persona. Si lo cogían, el único pescuezo que habría ante la nariz de Napoleón sería el suyo. Al menos así sería hasta que llegara a suplantar a Simon como espía jefe en el Club de los Embusteros.
Simon no podía permitirse ningún error. Tenía en sus manos la vida de cada uno de sus hombres, y a una gran escala, quizás incluso las vidas de todos los habitantes de Inglaterra.
Con una carga como esa no había tiempo para jugar. No había un momento que perder ni un hecho que desatender.
Tenía que permanecer atento a la creciente montaña de pruebas para conseguir que la próxima vez que tuviera que enviar a alguno de sus Embusteros a una misión, tal vez el propio James, fuera con la mejor y la más reciente información que Simon pudiera darle.
Sólo así, si alguno de ellos moría al servicio de su país, Simon podría tratar de aliviar su propio dolor sabiendo que lo había hecho lo mejor posible. Quizás algún día funcionaría.
Aparentemente James no tenía este tipo de inquietudes. Dispuesto a cumplir con su nueva misión, había dedicado a Simon una especie de saludo y una sonrisa burlona. Después había salido, silbando, para pedirle a Jackham, detrás de la barra, una última copa.
Simon no había vuelto a saber nada de él.
Eso por sí solo únicamente habría sido un motivo para preocuparse, no para acusarle de nada. Pero era obvio que alguien estaba proporcionando la descripción y la identidad de los hombres de Simon al bando contrario. Uno tras otro los hombres resultaban muertos o heridos.
Simon incluso había llegado a considerar que el infiltrado fuera incluso algún superior, hasta tal punto confiaba en la lealtad de James.
Entonces una enorme suma de dinero fue de golpe depositada en la cuenta de James, una suma tan grande que Simon se vio forzado a extraer las peores conclusiones.
Su espía estaba espiando para el enemigo. No había forma de saber cómo había pasado exactamente. Muchas cosas pueden hacer cambiar a un espía, desde la sedición a la seducción.
No había descubierto el nombre de la amante de James, desgraciadamente, pero sí consiguió mantener vigilada la cuenta de su protegido. Finalmente cierta señora Applequist había hecho su aparición, disponiendo con entera libertad del dinero de James.
Fue entonces cuando Simon emprendió su jugada.
Y aquella misma mañana había estado preguntándose cómo podría conseguir entrar a la casa de la Plaza Carriage. El disfraz de deshollinador le había funcionado muy bien en su juventud, pero aquello había sido antes de alcanzar su estatura completa.
Había planeado cada detalle cuidadosamente, y había escogido deliberadamente un momento en que era probable que la cocinera estuviera ocupada para llamar a la puerta de atrás. Un rápido murmullo, “Limpiador de chimeneas, para la señora Applequist”, y ya estaba dentro.
Una vez allí se deslizó a través de la casa, pendiente en todo momento del mayordomo. Un individuo como el elegante criado de cabello plateado del piso de abajo habría sospechado de la llegada de un deshollinador que nadie había solicitado.
Su plan había sido echar un vistazo a la distribución de la casa e intentar abrir una ventana en el piso de arriba. Eso le facilitaría el trabajo más tarde. Y para ser honesto, tenía curiosidad por saber quién era la mujer de la casa.
Después Simon había chocado literalmente contra ella, la atractiva señora Applequist. Sus curvas voluptuosas le asestaron un buen golpe, y le había costado recuperar el aliento.
Afortunadamente para él, la mujer no parecía demasiado interesada en sus propósitos. No parecía darse cuenta de que la mayoría de deshollinadores eran tan sólo muchachos o hombres de muy poca estatura. Evidentemente tenía otro asunto en su mente.
¿Cuál sería su juego?
Decidiendo que demorarse en el baño no lo ayudaría a averiguarlo, Simon se puso de pie y dejó que el agua resbalara por su cuerpo.
Mientras frotaba la toalla sobre su pecho, sus ojos se entrecerraron al recordar la cara de la señora Applequist cuando él había salido de detrás del biombo.
Ella había mantenido la compostura, pero sus ojos se ensancharon con algo que Simon, sin ninguna modestia, reconoció como aprecio. De hecho había sido mutuo. Ella también era un sabroso bocado.
Oh, su vestido era perfectamente recatado y su casa perfectamente respetable. Sin embargo, una mujer de tan generosas proporciones parecía más adecuada para estar en un dormitorio que en un salón de baile. Se notaba que era una mujer con un apetito saludable.
Y al parecer ahora era Simon quien le apetecía. No es que a él le molestase. Le gustaban las mujeres que tuvieran de dónde agarrarse, pero prefería no verse envuelto con los sujetos que investigaba.
A menos que fuera absolutamente necesario.
Agatha estaba al borde de un ataque de pánico mientras esperaba en el salón. ¿Quién le hubiera dicho que estar casada podría resultar tan complicado?
Arregló la bandeja del té por quinta vez y echó un vistazo al reloj de la repisa del salón.En media hora las damas llamarían a la puerta y su deshollinador aún no había bajado para oír cuál era su papel en la farsa.
Mordiéndose los labios, Agatha se dijo a sí misma que todo aquello valdría la pena si servía para encontrar a Jamie.
James Cunnington era un soldado, que se hallaba lejos luchando contra Napoleón la última vez que Agatha había sabido de él. Él le había escrito cada semana durante cuatro años, hasta los últimos dos meses.
Desde entonces no había encontrado ninguna forma de saber ni una palabra acerca de él. A pesar de todas sus investigaciones en la armada no había recibido ninguna respuesta en todo aquel tiempo.
Incitada por la necesidad de encontrar a Jamie, una necesidad que se volvía cada vez más acuciante, Agatha había preparado un baúl y había comprado un pasaje en el próximo coche, abandonando su casa de Appleby para dirigirse a Londres. Sus criados la habían ayudado a escapar y ella sabía que mantendrían oculto su paradero tanto tiempo como les fuera posible.
Sería un desastre que el repugnante Reggie la encontrara antes de que ella consiguiera localizar a su hermano. En ese caso estaría obligada a regresar a Appleby y al altar con toda la velocidad que requerirían las ambiciones frustradas de Reggie.Su matrimonio con Mortimer simplemente había hecho las cosas más fáciles. Nadie ponía en cuestión la moralidad de una mujer casada que viajaba sola, no en tiempos de guerra, con tantos maridos fuera.
Cuando se le había ocurrido la idea de investigar el hospital de Chelsea en Londres para tratar de encontrar noticias de su querido Jamie, había sido su estatus de casada la que le había servido para hacerse voluntaria al cuidado de los heridos.
Sin embargo, inventarse un personaje para poder viajar y presentarse ante el mundo era algo muy diferente a vérselas con un falso marido de verdad.
–Hola, amor. Aquí estoy.
Volviendo al presente, Agatha levantó la vista... y la levantó más aún para encontrarse con uno de los hombres más guapos que había visto jamás.
Los pantalones de Jamie le quedaban un poco apretados en torno a las caderas, aunque no demasiado para la moda del momento. Sin embargo, sí demasiado para la paz mental de Agatha.
Apartó la mirada de esa zona peligrosa y la dirigió más arriba, para observar el resto de la transformación.
La camisa de Jamie, blanca como la nieve, y el chaleco verde oscuro no daban para desmayarse, pero la levita, oh Dios. Mientras que el corte de los hombros era bastante fino y la cintura quedaba perfectamente ceñida, el color cobalto daba un énfasis excesivo al brillo de esos ojos azules.
Su corbata estaba apenas anudada alrededor de su cuello, de un modo más propio de un pirata que de un caballero, dejando ver su fuerte garganta morena.
Realmente era una combinación letal. Era realmente curiosa la forma en que ñla imaginación de Agatha procedió a mover una por una todas aquella prendas de Jamie, hasta que en su mente el hombre quedó casi tan desnudo como antes.
–¿Qué? ¿No es mi talla? –el deshollinador levantó los hombros y torció la cintura para mirar hacia atrás–. Yo pensaba que tenía muy buena pinta.
–No, no, estás maravil... adecuado, perfectamente adecuado –Agatha forzó su exuberante imaginación para volverlo a vestir–. Por favor, ven y siéntate. Tengo algo que pedirte.
El hombre esbozó una sonrisa y Agatha tuvo que contener sus manos para que éstas no recorrieran con sus dedos los hoyuelos que se dibujaban a ambos lados de su boca.
Se sentía atraída por él. Qué inexplicablemente inapropiado por su parte. Por no decir inconveniente. ¿Nunca se acabarían los obstáculos en su camino?
Agatha dedicó una mirada llena de irritación al individuo que se hallaba ante ella y observó cómo su bella sonrisa se desvanecía. Bien. Si lograba mantener ese enfado durante un rato la jornada le resultaría más llevadera. Eso es lo que haría. Hacían falta modales bruscos y nada de tonterías.
Agatha señaló el asiento frente a ella.
–Por favor, señor...
–Rain, Simon Rain –él se sentó y continuó mirándola con expectación.
El reloj sonó indicando que apenas quedaba un cuarto de hora y Agatha supo que no había mucho tiempo para explicaciones.
–Hoy necesito la ayuda de un caballero. En realidad no tendrás que hacer nada, simplemente sonreír y recibir a mis invitadas. Yo llevaré toda la conversación –Agatha se recostó en la silla y sonrió. Eso había estado bien. Se trataba de ir al grano.
–¿Para qué? –Mr. Rain frunció el ceño–. Me gustaría ayudarla, mamaita, pero no quiero hacer nada malo. Esto no suena muy correcto, para nada.
–Oh, no, no tiene nada de malo. Simplemente te presentaré como mi esposo, estrecharás la mano de las damas, nos sentaremos durante losquince minutos de rigor y tomaremos el té. No tendrás que decir ni una palabra.
–¿Su esposo? –Mr. Rain se puso de pie bruscamente–. ¡Ey! Nosotros no estamos casados. ¿Qué pasará si su marido nos descubre? Él me meterá en un buen aprieto, seguro. Yo lo haría si fueras mía.
–¿Lo harías? Quiero decir, claro que lo harías. Pero no hay necesidad de preocuparse por el señor Applequist. Él...
A través de la puerta cerrada se oyó el ruido de las invitadas llegando al vestíbulo. Agatha sintió pánico. ¡Aquello iba a ser realmente un desastre!
–¡Él no existe, señor Rain! –le espetó justo en el momento en que Pearson abría la puerta para anunciar a sus invitadas–. ¡No estoy casada, usted no tendrá ningún problema, y no debe pronunciar ni una sola palabra!