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EL HALCÓN Y LA PALOMA , Bonnie Vanak

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La leyenda

Las arenas de Ajenatón guardan un secreto.

En las profundidades de la oscura tierra de la antigua ciudad se halla un disco de oro llamado el Almha. Fue construido en la decimoctava dinastía egipcia por orden de una de las esposas del faraón con el objeto de venerar al dios del sol Atón, y se convirtió en un símbolo de poder y destrucción.

Cuando la reina Kiya mostró el Almha a su esposo, el faraón Ajenatón quedó fascinado por su belleza. Éste lo utilizó para atraer al pueblo a los templos de Atón. Ajenatón recompensó a Kiya erigiéndole un templo para que pudiera rendir culto a los dioses en privado con sus sacerdotes, los guerreros del viento Khamsin.

Pero la primera esposa de Ajenatón, Nefertiti, envidiaba el poder de Kiya. Convenció al faraón de que él también era un dios y éste utilizó el Almha para que se le rindiera culto a él en lugar de al dios Atón.

Furiosa por el sacrilegio de su esposo, Kiya robó el Almha y lo enterró en la arena. Encomendó a los Khamsin la tarea de custodiarlo en un paradero oculto durante toda la eternidad, consciente de que no sobreviviría mucho tiempo más a la furia de su esposo y los celos de Nefertiti.

Aquella noche Kiya se retiró a sus aposentos con su amante, el líder de los Khamsin, con la intención de que sus fuertes brazos la estrecharan una vez más. Con sus suaves labios, Kiya silenció las palabras de Ranefer, que aseguraba poder protegerla de la ira de Ajenatón. Ella advirtió en su beso un dulce tormento que le recordó a su propia aflicción.

Nefertiti no desaprovechó la oportunidad para eliminar a su rival y convenció a Ajenatón para que ejecutara a Kiya por el robo. Mientras el faraón y sus guardias se aproximaban a sus aposentos, Kiya susurró un apasionado adiós al oído de su amante. Lo observó desaparecer en la noche, mientras le prometía que su espíritu la esperaría a lo largo de los años para volver a reunirse con ella.

El faraón la amenazó y la intentó embaucar pero ella permaneció en silencio. Cuando el destello de la espada en forma de hoz se cernió sobre su cabeza, ella se inclinó ante su hoja, rezó para que a su amante no le faltara el coraje y entregó su vida a cambio del secreto del Almha.

Los Khamsin se vengaron de Nefertiti asesinándola y esparciendo sus cenizas de tal modo que su alma no pudiera entrar en la vida después de la muerte. Ellos lloraron la muerte de su bienamada reina Kiya, a pesar de saber que ni siquiera el aguijón de la muerte podría separarla de su verdadero amor.

La leyenda dice que tres señales de la blanca paloma que tanto apreciaba Kiya anunciarán su encuentro con Ranefer. El líder Khamsin la desposará, y la paz y la prosperidad volverán a reinar en la tribu.

 

Capítulo uno

1892

Los descendientes de los Khamsin guardaban Ajenatón como siempre lo habían hecho, a lomos de sus caballos.

Durante generaciones, nadie se había atrevido a perturbar la calma de la ciudad. Entonces llegaron los ingleses. Armados con picos afilados, palas y arrogancia, los infieles irrumpieron en el desierto.

Jabari bin Tarik Hassid, jeque de los guerreros del viento Khamsin, se estremeció de ira y dolor tras contemplar la violación de la tierra sagrada. Ante semejante profanación, una mezcla de sentimientos se revolvía en su estómago. Con cada golpe de pico, el corazón le dolía como si la punta de acero le hubiera perforado a él en lugar de las arenas sagradas.

A lomos de las más hermosas yeguas árabes, sus guerreros controlaban sus agitadas monturas. Las diminutas borlas plateadas que decoraban la guarnición del pecho de los caballos repiqueteaban levemente. Su segundo comandante hizo un gesto y señaló la excavación. Jabari cerró el catalejo de golpe e hizo señas a sus hombres para que no se impacientaran.

—No. Todavía no. No os apresuréis. Esperad un poco más.

Respiraba lentamente, esperando con ello aplacar sus emociones. Su mano sujetaba con fuerza la empuñadura de marfil de su cimitarra.

El jeque desenvainó su espada y se llevó la mano primero al corazón y luego a los labios; un ritual Khamsin de honor antes de la batalla.

Jabari sonrió y soltó un grito sonoro y ondulante. Ahora. Había llegado el momento de atacar.

°

El hecho de recorrer los cinco kilómetros que separaban la aldea de Haggi Quandil de la excavación a lomos de un asno demostraba su amor a la arqueología. Elizabeth Summers se frotó su dolorido trasero y soltó un gruñido. ¿Es que aquel animal no podía ir un poco más rápido?

Soltó las riendas del asno. No sirvió de nada. Aquel animal era más obstinado que el tío Nahid. Y olía mal. No, apestaba.

Ahora le daba igual. Sus sentidos ya se habían acostumbrado a los sobrecogedores paisajes, olores y sonidos de Egipto. La fuerte secreción de los cuerpos sin lavar, las perfumadas especies, el delicioso olor a cordero dorándose en los asadores. Las voces en árabe, cielos asombrosamente rosas en las puestas de sol, un calor ardiente que envolvía su cuerpo como si fuera una manta.

Aunque nada comparado con el placer de andar por arenas que ocultaban misterios de miles de años de antigüedad. Elizabeth fijó su mirada en el desierto y se preguntó qué le aguardaría aquella excavación. Flinders Petrie había descubierto la ciudad antes denominada Ajenatón y ahora renombrada como Amarna, como su aldea más cercana. Siglos de tierra empañaban la historia y ella iba a colaborar en los descubrimientos.

Bordeando el Nilo, Amarna se hallaba enclavada en un valle de 12 kilómetros de extensión. Cinco kilómetros al este, abruptos precipicios de caliza señalaban el principio del desierto arábigo. Montañas bañadas por el sol y valles extendiéndose a lo largo de kilómetros más allá de los precipicios hasta el mar Rojo.

Hacía un calor abrasador. Resultaba agradable después del frío invierno de Boston. Algo soñolienta por el efecto del sol, Elizabeth se dejó llevar por una fantasía. Pertenecía a una antigua familia real Egipcia y volvía de rendir culto a los dioses con sus sacerdotes en el templo. Su negra cabellera, lisa y deshilada, se mecía en sus hombros, vestidos con lino. Kohl grisáceo perfilaba sus ojos de azabache. Sus uñas, cortas y redondeadas, desprendían un dulce aroma a mirra.

La fantasía se desvaneció y Elizabeth volvió a la realidad. El telegrama del tío Nahid decía que el equipo de arqueólogos había dado con un pavimento de yeso de unos ocho metros en el palacio central de Ajenatón. Flinders había protegido la superficie con una capa de tapioca y agua. El tío Nahid le había convencido para que Elizabeth lo dibujara. Si sus bocetos lo impresionaban, quizás podría hacer más. Incluso podría contratarla como artista para otras excavaciones.

Al recordar el resto del telegrama del tío Nahid, Elizabeth se encogió de hombros. Las reglas: «Llega a pie a la excavación. Flinders no quiere animales en el recinto. Cuando tengas que salir de la obra, no montes a horcajadas. Sólo los hombres pueden excavar. Las mujeres no son lo suficientemente fuertes. Y nada de palabras malsonantes. No hagas alarde de tus conocimientos sobre la decimoctava dinastía. Sólo tienes veintidós años y alardear no está bien. No menciones ninguna de tus lamentables actividades sufragistas en Boston. Sobre todo, compórtate como una señorita».

Para empezar, en lo que llevaba de viaje ya había violado la regla número uno. Elizabeth echó un vistazo a su falda arremangada y la muy impropia posición de sus piernas. Lo mismo se podía decir de la regla número dos. La tres estaba en camino. Estaba resuelta a romper esa regla. ¿Que las mujeres no son lo suficientemente fuertes para excavar? «Puedo hacer cualquier cosa que haga un hombre. Lo demostraré.»

Divisó al otro lado de la llanura un lejano foco de actividad en la excavación, algo así como hormigas negras merodeando en el glaseado de un pastel. Elizabeth frunció el ceño. ¿Hormigas negras? Los trabajadores solían llevar blancos… no negros… y los sonidos que llegaban del lugar parecían gritos desesperados, y no el ritmo acompasado de picos y hachas.

¿Qué demonios estaba pasando? Una vez en el perímetro de la excavación, Elizabeth tiró de las riendas del asno hasta detenerlo por completo. Tras ver el caos que se extendía ante sí, Elizabeth quedó boquiabierta. Docenas de hombres vestidos de azul añil lanzando gritos aterradores arrollaban el lugar.

Con los rostros ocultos tras velos, aquellos hombres derribaban carretillas de tierra y mesas repletas de artefactos. Una lámpara de parafina cayó al suelo, derramando combustible en la rojiza arena. Un guerrero alzó su espada y rompió en añicos unos recipientes de barro, echando a perder litros de preciada agua. Los excavadores, aterrados, huían despavoridos de los temibles guerreros del desierto. «Sálvese quien pueda! —gritó uno de ellos—. ¡Los Khamsin!»

Con la boca seca, Elizabeth contemplaba aterrorizada la escena en busca de su tío Nahid. Sus dedos nerviosos jugueteaban con los rizos que se habían escapado de su moño, sujetado con alfileres en la nuca. La tierra se elevaba del suelo formando tornados de arena en miniatura que le entraban por la nariz y le hacían estornudar. Entonces lo vio y le dio un vuelco el corazón. El suelo del palacio. El delicado yeso que Flinders había protegido desapareció en una nube de polvo después de que un guerrero lo pulverizara con los cascos destructores de su caballo. Un hombre algo más bajo alzaba eufórico una larga cimi­tarra en el aire e imitaba a su compañero.

Aquel acto de destrucción deliberado y malicioso la puso furiosa. ¿Cómo se atrevían? ¡Estaban destruyendo la historia! Ahora el acto de dibujar el suelo se hacía inútil puesto que ya no quedaba nada de él. Su única oportunidad para hacerse valer ante Flinders desaparecía bajo el golpeteo de los cascos del caballo. Aquel último pensamiento hizo que le diera una patada al asno para que entrara en acción. El animal rebuznó en señal de protesta, pero empezó a trotar en dirección al asaltante de mayor altura. Elizabeth lo detuvo a poca distancia del pavimento y echó a correr hacia el asaltante, roja de ira.

—¡Deténgase! —exclamó en árabe—. En nombre de Alá, ¿qué estáis haciendo? ¡Estáis destruyendo el pavimento! ¡Oh, deteneos!

El hombre de azul dio media vuelta a su caballo y se detuvo ante ella. Lo más probable era que jamás nadie, y menos una mujer, le hubiera dicho lo que tenía que hacer. «Bien, pues ya era hora de que alguien lo hiciera.»

El velo azul lo ocultaba todo a excepción de sus ojos, negros como la noche del desierto. Elizabeth retrocedió desconcertada. Jamás había visto semejante mirada, intensa y penetrante. Lo miró a los ojos durante unos instantes y tuvo la sensación de que en ellos se reflejaba su propia alma.

Entonces vio el pavimento destruido. Profundas brechas estropeaban su bello diseño. Elizabeth cayó de rodillas emitiendo un gemido.

—¡Oh, mirad! ¡Lo habéis destrozado! ¡Todo está destrozado! —Elizabeth dejó caer el yeso pulverizado entre sus dedos.

El guerrero que empuñaba la espada se inclinó hacia delante y la apuntó con su largo y temible sable.

—Jabari, ¿qué hacemos con esta mujer? ¿Quieres que la hagamos prisionera? ¿O prefieres que le cierre la boca de golpe? —El hombre parecía algo desconcertado, pero su voz sonaba amenazadora.

—No, Nazim, déjala en paz. —Su voz, profunda y sensual, era para Elizabeth como una caricia. Elizabeth se estremeció ante la contundencia de la orden procedente de su ronca voz. El líder. Lo que le hacía el responsable de aquel acto salvaje. Elizabeth perdió el control.

—¿Cómo habéis podido ser capaces de algo así? ¿De un acto de destrucción tan absurdo y sin sentido? ¿Qué tenéis en la cabeza? ¿No os dais cuenta de que se trata de vuestro pasado? —El árabe salía vertiginosamente de su boca en un flujo continuo de palabras.

A continuación soltó una palabrota, rompiendo la regla número cuatro del tío Nahid. Los ojos oscuros del líder se abrieron de par en par. Sus finamente arqueadas cejas negras se elevaron en el aire, como si sus palabras lo estuvieran divirtiendo.

—Jabari, ¿esta mujer te ha llamado burro? —dijo el que se hacía llamar Nazim en cierto tono de asombro.

—¡No, le he llamado asno! —dijo ella en inglés. Jabari le lanzó una mirada terrible y Elizabeth empezó a retroceder. Unos cuantos guerreros se aproximaron cabalgando, rodeándola como lobos hambrientos alrededor de su presa. De repente se sentía muy pequeña y muy sola.

Entonces miró el pavimento devastado. Elizabeth recogió unos fragmentos de yeso del suelo. Se le llenaron los ojos de ardientes lágrimas.

—¿Cómo habéis podido hacer algo así? No tenéis ningún derecho a invadir y destruir este hallazgo —susurró, jugue­teando con los fragmentos de suelo en las palmas de sus manos.

—No, señora mía, está usted equivocada. Tenemos todo el derecho del mundo, puesto que ésta es la ciudad sagrada de nuestros antepasados. Los invasores sois vosotros —declaró Jabari con serena solemnidad.

Ella alzó su mirada, presa de una mezcla de dolor frustrado y una mística sensación de sobrecogimiento. Había algo en su porte orgulloso a lomos del caballo, la larga melena de ébano que caía por sus espaldas, que le hacía parecer el gobernante de aquella antigua ciudad. Y el equipo de arqueólogos, sus súbditos, dejándolo todo bien limpio, como buitres devorando carroña. Su rígida postura recordaba a la de un rey poderoso capaz de destruir enemigos con solo pronunciar la orden a sus hombres.

Molesta por su extraña reacción, Elizabeth se quedó de pie y lanzó el fragmento de yeso al jeque. Aquel gesto levantó una nube de polvo blanca en su ropa azul. Elizabeth levantó la barbilla hacia el cielo y aguardó su reacción.

El líder entrecerró sus penetrantes ojos negros e hizo un gesto brusco a sus hombres, que dieron media vuelta a sus caballos y emprendieron la marcha. El caballo del líder resoplaba y daba saltos de impaciencia.

Elizabeth flaqueó en su valentía al ver a Jabari desenfundar su espada. La hizo girar en el aire elegantemente y luego la hizo descender hacia ella. El afilado acero hinchió el aire cerca de su rostro. Ella permaneció inmóvil, sin apenas atreverse a respirar por miedo a que el filo del sable le alcanzara el cuello. De repente Jabari retiró la espada y profirió una amenaza.

—Ten cuidado. No sabes de lo que somos capaces. Yo, Jabari bin Tarik Hassid, jeque de los grandes guerreros del viento Khamsin, te hago una advertencia. Abandona nuestra ciudad sagrada ahora o sufrirás las consecuencias. Te lo prometo.

—En nombre de Alá, ¿qué ha significado esto?

Su hombre de confianza no hizo más que confirmar su propio desconcierto. Mientras cabalgaban por el lecho de un río seco que atravesaba los inmensos precipicios de lima que guardaban Ajenatón, Jabari hizo un gesto de negación con la cabeza. A medida que se adentraban en el uadi, dejaban atrás formaciones rocosas de un gris claro.

—Jamás he visto a una mujer hacer gala de semejante carácter. O estupidez. O pasión… fuera de la cama, claro —dijo Nazim maravillado.

Jabari se sentía furioso y desconcertado. ¡Menuda mujer! Con semejante fuego en el corazón y aquellos ojos evocadores e inquietantes, azul marino como el claro cielo de Egipto. Sus miradas se habían fusionado de tal modo que le había parecido ver en lo más recóndito de su ser. Respiró hondo para aplacar las emociones que se habían despertado en su interior. Ser líder de los Khamsin exigía una mente despierta en todo momento. Las emociones eran un lujo que no se podía permitir. Las emociones enturbiaban la cabeza. Las emociones restaban una fuerza necesaria para combatir en la guerra.

—¡Montada en un asno! Ha demostrado coraje, sobre todo si tenemos en cuenta que los samak han huido como ovejas asustadas. —Nazim se echó a reír, dándose una manotada en el muslo.

Jabari sonrió tras su velo para demostrar su asentimiento. Nazim llamaba a los ingleses «samak» porque eran blancos como la barriga de un pescado. E igual de suaves y débiles. Pero aquella mujer no era un pescado.

—Me ha llamado asno —dijo Jabari, todavía asombrado. Ninguna mujer de la tribu se atrevería siquiera a alzarle la voz al jeque, y no digamos a ultrajar su nombre.

—Te hubiera llamado algo peor si hubiera sabido hablar mejor en árabe —dijo Nazim—. Al menos no te ha llamado burro.

—¿Por qué crees que está aquí? —preguntó el jeque.

Nazim se encogió de hombros bajo su binish.

—Quién sabe por qué estos occidentales hacen lo que hacen. Quizás estén cansados de jugar en la arena y quieren empezar su propio harén.

—Pensé que habías dicho que los occidentales no sabían cómo hacer el amor a una mujer. Que no conocían los secretos de los cien besos ni rociaban las suaves pieles de sus mujeres con aceites perfumados, que daban coletazos como samak fuera del agua.

Jabari bromeaba.

—«Dar coletazos» es la expresión perfecta. ¡Su virilidad es tan blanda como su barriga! —dijo Nazim, riéndose.

Jabari soltó una carcajada y sintió retortijones en el estómago. Una mujer entre los infieles invasores.

La ley era clara. La muerte acechaba en forma de veloces espadas a aquellos que perturbasen la calma del lugar secreto y sagrado del Almha. Y ellos no tendrían ningún escrúpulo a la hora de infligir este castigo con sus afiladas cimitarras a todo aquel estúpido que osara intentarlo.

Pero una mujer… aquello lo cambiaba todo. Por completo.

—¿Crees que abandonarán hoy el lugar? —preguntó Nazim.

—Cada vez que los veo escarbar en la tierra se me revuelve el estómago.

Jabari detectó esperanza en sus ojos ámbar y comprendió la angustia de su mejor amigo.

—No, Nazim, no se marcharán. Son muy testarudos estos ingleses. Va a ser necesario algo más que destrucción para que se marchen.

—Quizás mi espada pueda convencerlos —dijo Nazim de­senvainando su cimitarra. La luz del sol resplandeció en el brillante acero mientras él dibujaba con ella un arco en el aire.

—A menos que estén excavando cerca del Almha, de momento no va a ser necesario. Ni siquiera están cerca. No quiero derramar sangre en vano —ordenó Jabari.

Nazim enfundó su espada y asintió con la cabeza.

—Sobre todo ahora que hay una mujer implicada.

Jabari cerró los ojos y recordó una imagen de la mujer inglesa que le había quedado grabada en la cabeza. Ella era un espejismo en mitad del calor al que él se sentía irremediablemente atraído, como un loco hambriento a una granada madura. Su vestido de encaje blanco y largo apenas conseguía ocultar sus generosas curvas. Un hombre podía rodear su diminuta cintura con las manos y estrecharla fuertemente entre sus brazos. El viento había alcanzado su sombrero de paja y apresado con su puño sus cabellos rubios como arena dorada.

Respiró hondo y rememoró la tersura de su piel, sus labios carnosos y exuberantes, sus pómulos marcados. Aquella elegancia.

Al abrir los ojos Jabari tuvo que reprimir un gemido de deseo. Aquella mujer occidental era un oasis para los ojos, pero no era sólo su cuerpo lo que le hacía desearla. Era la forma en que había capturado su corazón. Su coraje era propio de una mujer distinguida, como las antiguas reinas egipcias.

Nazim interrumpió sus pensamientos con una sonora carcajada.

—Y además, menuda mujer. Qué pechos. ¿Los has visto? ¡Enormes!

—Los he visto —dijo Jabari lacónicamente—. También he visto lo disgustada que estaba tras ver el suelo devastado.

—Arte hereje en el palacio en el que vivieron Nefertiti y Ajenatón. Una ofensa para nuestra gente —dijo Nazim.

—Ella es extranjera y no sabe nada acerca de la historia de nuestra tribu, de nuestro odio a Nefertiti y veneración a la reina Kiya.

—Nefertiti era una arpía sedienta de poder. —Nazim se quitó el velo, se inclinó y escupió en el suelo indignado. Volvió a ajustar el velo en el turbante.

Esta vez fue Jabari quien se echó a reír.

—Amigo mío, si Nefertiti estuviese viva, le ofrecerías los ingleses como sacrificio.

—Y a ellos les ofrecería mi espada para que pudieran terminar de llevarlo a cabo con ella. —A Nazim le brillaban los ojos de júbilo—. Nefertiti era muy inferior a Kiya y jamás tendría que haber sido designada primera esposa.

Nazim, como muchos otros miembros de la tribu, manifestaba una inquebrantable lealtad a Kiya. Últimamente, Jabari había estado cuestionando la devoción a una reina muerta desde hacía tanto tiempo. Había hecho el juramento sagrado de que obedecería el mandato de Kiya y mataría a todo aquel que perturbara la calma del Almha. Pero en días como ése, el sentido del deber lo dividía en dos: el líder de su pueblo y el principal protector del Almha.

Miró de refilón a su amigo.

—Nazim, ¿tú crees en la leyenda según la cual Kiya volverá de entre los muertos? ¿Y que con ella llegará la paz y la prosperidad?

Nazim arqueó la ceja y pequeñas arrugas empezaron a formarse en la comisura de sus ojos.

—Creo en el poder del amor verdadero. ¿No es en él en lo que se fundamenta nuestra tribu, el amor a un único dios? Y en el amor de Kiya por Ranefer.

Jabari dio un resoplido de impaciencia.

—Creo en la influencia poderosa del Almha antes que en cualquier historia de amor. Los Al-Hajid conocen su existencia. Si lo encuentran, nuestros enemigos tendrán el poder para gobernar a nuestra gente porque existe la creencia de que aquel que está en posesión del Almha es tan digno de adoración cómo un antiguo dios.

—Es por ello que lo vigilamos, Jabari. ¿Por qué cada vez que los ingleses cavan la tierra me hierve la sangre? ¡No están al corriente del inmenso poder del disco, ni de lo mucho que sufrieron nuestros antepasados guardándolo! Esa tierra es sagrada. —A Nazim se le quebró la voz de impotencia y enfado.

—Ánimo, amigo mío. Yo también odio lo que están haciendo. Quizás los hemos ahuyentado. Musab está con ellos haciéndose pasar por excavador. Él nos informará de si nuestro plan ha funcionado.

—De lo contrario volveremos a atacar —dijo Nazim algo más calmado.

¿Atacar de nuevo con todos los problemas que asediaban a la tribu? ¿Ahora que el pueblo se enfrentaba al hambre debido a las malas cosechas del año pasado? El peso de la responsabilidad y el liderazgo le abrumaban.

—Debo reunirme con los ancianos para tratar el tema de la cría de caballos para la próxima temporada y ver de qué modo podemos aumentar nuestros ingresos —dijo Jabari entre dientes mientras tiraba de las bridas. Su bellísima yegua blanca, fruto de una buena crianza, pareció advertir el malestar de su dueño. El caballo agitó la cabeza, y con ella las borlas azules que decoraban su bozal.

—Tranquila, Sahar —le dijo dulcemente, dándole unas palmaditas en la cruz—. Pronto estaremos en casa.

—Casa. Leche de camello fresca. Y comida. Me muero de hambre y mi madre me prometió cuscús para la cena.

—El cuscús de tu madre intoxicaría a un excremento de escarabajo.

—Que las pulgas de mil camellos se aposenten en tu entrepierna por haber insultado la cocina de mi madre —le soltó Nazim.

—Prefiero las pulgas de mil camellos a una sola pulga de los ingleses —respondió Jabari, desatando la risa de ambos.

—Exceptuando a la mujer. No me importaría que alguna de sus pulgas se aposentara en mi entrepierna —dijo Nazim, guiñándole el ojo a su jeque en señal de camaradería.

Jabari no sonrió. Aquella manifestación de indiferente deseo lo llenó de ira. Su distinguida elegancia exigía respeto, y no un mero inventario de las partes de su cuerpo, por muy sugerentes que éstas fueran. Hizo un gesto de negación con la cabeza, confundido por el torbellino emocional que se libraba en su interior. ¿Por qué se había dejado cautivar de aquella manera por una mujer extranjera cuando tanta belleza residía en las tiendas de su propia gente?

Poseía un coraje imprudente, y actuaba con inteligencia y segura de sí misma. Jabari pensó en ello. Una mujer así, a diferencia de las de su tribu, jamás sería dócil y sumisa, sino autoritaria e independiente. Incluso desafiante.

Y peligrosa. Jabari perdió a su madre cuando ésta reclamó su independencia. Lo mejor para él sería una mujer sumisa, que lo obedeciera y dejara que la protegiera, antes que tener que enfrentarse a otro disgusto del corazón.

Se quedó mirando los muros de roca, pensando en el tipo de mujer de fuego que debía de ser aquella belleza rubia. ¿Se estremecería de placer si él le acariciara los brazos y recorriera su cuello con sus besos? ¿O lucharía como un caballo salvaje que necesita ser domesticado? Ante aquella idea, a Jabari se le tensó la espalda.

Mientras estudiaba en El Cairo había oído rumores de que en la cama las mujeres occidentales que vivían en la ciudad eran tan fieras como guerreros. Sólo aquellos hombres más fuertes podían manejarlas. Aquello lo tenía muy intrigado.

Empezó a moverse intranquilo en la silla y algo tiró de los pantalones debajo de su binish azul, que de repente parecían estar demasiado apretados. Soltó un gemido para sus adentros. ¿Cuánto tiempo hacía que no se permitía el placer de estrechar una mujer entre sus brazos?

Una tos vacilante le llamó la atención. Nazim lo miraba extrañado.

—¿Te encuentras bien? ¿Te preocupa algo?

—Todo bien —respondió bruscamente—. Vamos muy lento. Vamos, debemos darnos prisa.

Jabari se alegró de que su amigo no pudiera leer mentes. ¡Soñando con jugar a hacer el amor con una occidental! Semejantes fantasías no eran propias de un jefe Khamsin.

Pero a medida que se acercaban galopando al alto desierto, se sorprendió pensando en ella. Estaba claro que compartía con la inglesa el mismo deseo de saber qué había debajo de la arena. De otro modo ella no estaría allí.

¿Cómo sería en la cama semejante espíritu apasionado?

—Elizabeth, he rezado a Alá para que aparecieras sana y salva, y para que aquellos salvajes no te hicieran daño.

En una insólita demostración de afecto, Nahid Wilson le dio un abrazo. Había nacido en Egipto, donde había vuelto a vivir tras recibir una beca de ciencia de la Universidad de Oxford. Nahid se dedicaba al estudio del Antiguo Egipto y trabajaba con arqueólogos como Flinders Petrie. Eran pocas las veces en que viajaba a Boston, a excepción de una visita reciente en la que fue a internar a su madre en un sanatorio para tuberculosos.

Tras soltar a Elizabeth, se rascó la barba. Nahid recorrió con sus ojos de párpados caídos las ruinas del campamento devastado. Nahid señaló el suelo derruido.

—Al menos Flinders hizo un boceto del pavimento antes de que lo destrozaran. Ya has visto a lo que nos enfrentamos aquí. Debes tener mucho cuidado, Elizabeth. Ésta no es una excavación normal y corriente.

Así que Flinders no había podido esperar a sus dotes artísticas. Elizabeth decidió dejar de lado su decepción y preocuparse más por el futuro de la excavación que por su minuto de gloria.

—Tío Nahid, ¿qué va a hacer el señor Petrie? No creo que vaya a abandonar la excavación. Sobre todo ahora.

—No tuvimos tiempo para reaccionar. Aparecieron como caídos del cielo… Ni siquiera me dio tiempo a coger mi pistola. Hace poco conocí… a un jeque de una tribu de no muy lejos de aquí. Los Al-Hajid son los peores enemigos de los Khamsin. Si contratamos a unos cuantos para que guarden el lugar, estaremos protegidos. ¡Esos salvajes se lo pensarán dos veces antes de atacar de nuevo si los Al-Hajid vigilan la excavación! Cuando vea a Flinders se lo diré.

Elizabeth jugueteaba con un mechón de su cabello. Al fin conocería al gran hombre. Aquello la intranquilizaba más que tener que enfrentarse al guerrero del desierto. Flinders se había ganado la fama de ser una persona austera y excéntrica, un maniático de los detalles. Cualquier artefacto, incluso los escombros, debía ser catalogado. La excentricidad le venía de su insólito comportamiento. En Giza, diez años antes, le había dado por llevar tan sólo unos pantalones y una camiseta rosa. Así iba vestido fuera de la pirámide. Dentro…

—¿Lleva el señor Petrie algo… puesto? —susurró.

Sus pobladas cejas se arquearon.

—¡Elizabeth!

—Pero… si tú fuiste el que me dijo que medía el interior de las pirámides de Giza totalmente…¡desnudo!

—Hacía calor y estaba solo. Elizabeth, cuida tu lenguaje. Ahí viene.

Para su alivio, el eminente arqueólogo llevaba la misma ropa que su tío: camiseta blanca con las mangas remangadas, pantalones caqui y zapatos resistentes. La expresión de su cara barbuda era inquietante y le sobresalían los ojos de un modo un tanto curioso. Recorrió el lugar con su mirada hasta detenerse en ella. Incluso después de que su tío hubiera hecho las presentaciones pertinentes, su expresión permaneció inalterable.

De repente su mirada se detuvo en el asno, que andaba suelto mascando los restos de la comida de un excavador, pan blanco y queso. Aquellos ojos enormes e inquietantes sobresalieron todavía más.

—Es mío —dijo Elizabeth, encogiéndose de hombros—. Sé que dijo que no quería animales en la excavación pero estaba tan entusiasmada que me negaba a andar. No podía esperar a llegar y ver…

—¿Esto? —Flinders esbozó una agria sonrisa y señaló una mesa derribada—. Había mucho que ver antes de este desastre. Por suerte he inmortalizado el pavimento en un papel.

—Los Khamsin no volverán a atacar, Flinders —aseguró Nahid. Mientras pronunciaba la frase el arqueólogo hacía un gesto de negación con la cabeza.

—Un plan excelente, Nahid. He oído que los Khamsin son los guerreros del viento. Ocultan sus rostros tras un velo a sus enemigos y atacan con la misma velocidad que la tormenta de viento que les da nombre. ¿Por qué razón están interesados en este lugar? No tengo ni idea.

—Son unos cobardes sanguinarios —farfulló Nahid.

—Pero tío, si no hirieron a nadie. Si fueran sanguinarios, ¿por qué iban a perdonar tantas vidas? —Elizabeth se acordó del modo en que la espada del jeque le había acariciado el cuello y en cómo se estremeció.

—Lo harán —dijo en tono alarmante—. El jeque ha esperado para atacar, pero volverá. Lo presiento.

—Dijo que se llamaba Jabari —dijo Elizabeth, pensando en voz alta—. Él me advirtió, nos advirtió, que si no nos marchábamos, sufriríamos las consecuencias.

Mientras Nahid enumeraba alterado las muchas consecuencias que los Al-Hajid iban a infligir a Jabari, Elizabeth pronunciaba su nombre en silencio. Jabari. Antiguo nombre egipcio que significa «valiente». Ella intuía que aquel jeque era digno de su nombre.

¿Por qué lo defendía? Aquel hombre había destruido todo lo que ella veneraba, y luego la había amenazado. Atención. Elizabeth frunció el ceño. ¿Sería ella una de esas mujeres románticas e ingenuas que se quedan prendadas de los hombres envueltos en un aura de peligrosidad?

La aparición de un excavador con algunos fragmentos de cerámica que habían podido ser recuperados del desastre hizo que Elizabeth se olvidara del jeque. Una fina pieza de cerámica de una suave tonalidad rosácea, cuyos bordes decorativos reflejaban el estilo de la cerámica arcaica griega.

—De Chipre, probablemente. Prueba de que Egipto comerciaba con otras culturas de la Edad del Bronce —musitó Elizabeth. Alzó la vista y se encontró con los rostros de los dos hombres. Flinders parecía intrigado. El tío Nahid… furioso.

—Elizabeth, ven conmigo. Quiero hablar contigo.

Ella devolvió la reliquia y siguió a Nahid hacia una de las mesas que había sobrevivido a la catástrofe. Dio la vuelta a dos cajas que utilizaban de sillas y le indicó a Elizabeth que se sentara.

El tío Nahid frunció el ceño con fraternal desaprobación.

—Elizabeth, estoy muy decepcionado contigo. No te he traído hasta aquí para que alardees de tus conocimientos. Tienes que tratar de pasar desapercibida.

—Lo único que quiero es tomar parte en la excavación —dijo mientras jugueteaba torpemente con un cuaderno de bocetos y una pluma que estaban encima de la mesa—. Entonces ¿para qué he estudiado tanto? Además, cuando empecemos a excavar…

Elizabeth calló poco antes de que Nahid pudiera acercar su dedo a sus labios, implorándole silencio. Recorrió el yacimiento con la mirada. Elizabeth estudió su rostro, de expresión cándida y serena. Sus ojos oscuros y de párpados caídos eran hábiles para ocultar secretos al resto del equipo de arqueólogos.

—Podemos dar gracias a Alá de que los perros de los Khamsin no hayan destruido la totalidad del palacio. Y de que tampoco hayan tocado el templo —dijo Nahid, cambiando de tema con magistral desenvoltura.

Elizabeth cogió la pluma y la mojó en un tintero que había sobrevivido a la catástrofe. Empezó a delinear el rostro de un faraón de cabeza alargada, labios carnosos y ojos rasgados.

—El templo es un hallazgo extraordinario. Podemos saber tantas cosas de su cultura por la forma en que construían sus templos. Rendían culto a Atón, el dios del sol. Sus templos eran edificios abiertos al firmamento.

—Ajenatón no fue un emperador corriente. Únicamente veneraba a Atón y es por ello que abandonó Tebas y se trasladó aquí —le recordó Nahid—. Sus enemigos destruyeron los templos de Atón y la totalidad de la ciudad después de su muerte. Incluso borraron su nombre de los documentos escritos de la época. Lo consideraban un hereje.

—Hereje o no, construyó una ciudad extraordinaria. Imagina cómo debía de ser en la antigüedad. Nobles que vivían en casas con columnas, con sillas grabadas en oro, gruesas alfombras y cojines. Sacerdotes rindiendo culto a Atón en templos al aire libre. Y el mismo Ajenatón en su carro de guerra —dijo Elizabeth en tono soñador.

—Imagina la cantidad de oro —respondió Nahid.

La pluma de Elizabeth se detuvo y ella alzó la vista. Al detectar la mirada codiciosa en los ojos de su tío, tuvo que reprimir un escalofrío.

—Aquí puedo adquirir experiencia, podría conseguir empleo como artista en otra expedición —repuso ella, mirando esperanzada a Nahid.

—No cuentes con ello. —Su voz tenía un deje de compasión—. Éste es trabajo de hombres. Y tú eres algo así como una anomalía.

Ella agachó la cabeza, sin poder evitar que su labio inferior temblara. Después de su educación académica en Vassar, de todo el trabajo, de su lucha para demostrar su igualdad al resto de estudiantes masculinos. ¿Y ahora Nahid destruía sus esperanzas como si aplastara insectos con sus talones? Tuvo que esforzarse para no alterar la voz.

—He crecido en excavaciones de todo el mundo con papá. Conozco la historia egipcia mucho mejor que la mitad de hombres que hay aquí. Mi árabe es mejor que el de la mayoría y mis dibujos excelentes. ¿Por qué no puedo hacer lo que más quiero?

Su tío suspiró.

—Elizabeth, el hecho de que tu padre fuera arqueólogo no te asegura un puesto como artista en el yacimiento. En el mejor de los casos, las condiciones son duras y hay muy pocas mujeres capaces de resistir. —Nahid le dio unas paternales palmaditas en la mano—. Tus estudios te servirán para ser bibliotecaria. Ése es un trabajo adecuado para una mujer.

Bibliotecaria. Toda una vida destinada a colocar tomos polvorientos en estanterías en lugar de la excitación de sacar a la luz la historia antigua. Elizabeth sintió que todos sus sueños y esperanzas se derrumbaban convirtiéndose en un polvo tan fino como las arenas de Egipto.

Nahid miró a su alrededor y bajó el tono de voz.

—Tu oportunidad llegará más adelante. Cuando encontremos lo que hemos venido a buscar.

Elizabeth asintió con resignación, al tiempo que se reprendía a sí misma. Sus sueños debían ceder paso a la verdadera misión que los ocupaba.

—Si el escrito que encontré es correcto, entonces Amarna es el lugar… —dijo ella.

—Shhhh —la interrumpió Nahid. Se llevó el dedo a los labios.

Elizabeth se le acercó y susurró.

—Espero que encontremos la cura para la abuela.

A diferencia de otros emplazamientos, Amarna, situada a mitad de camino entre la antigua capital de Tebas y su moderna capital, El Cairo, no tenía tesoros de oro ni piedras preciosas. O al menos eso era lo que todos creían.

Todos excepto Elizabeth y Nahid.

Y antes irían al infierno que contar que Elizabeth encontró un fragmento de papiro escondido en un compartimento secreto del preciado arcón de caoba de la abuela. Un papiro muy interesante que decía que el Almha, un disco dorado tan brillante como el sol, se hallaba enterrado en una antigua ciudad llamada Ajtatón.

Aquello era, al fin y al cabo, una cuestión familiar.

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