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Guy Portias sabía reconocer una resaca de mil demonios cuando la sufría.
Se quedó tan inmóvil como pudo e intentó valorarla en una escala del uno al diez.
Como ni siquiera podía levantar la cabeza de la almohada, debía de ser por lo menos del ocho. La rigidez que sentía en la nuca confirmaba una resaca de oporto, lo cual era mala señal, ya que podía significar vómitos seguidos de temblores, según la bebida con la que lo hubiese mezclado. Trató de recordar la noche anterior e imágenes confusas acudieron a su mente.
Recordó la fiesta en Eversleigh para celebrar el final de la filmación. Recordó el cochinillo, el ponche y las copas de clarete alzadas en interminables brindis en la enorme tienda de campaña. Recordó un simulacro de lucha con espadas contra el protagonista. Y haber recibido una paliza (no tenía por qué saber que la esgrima era un requisito en la escuela de interpretación). Mierda, más le valía asegurarse de que las espadas hubiesen vuelto intactas a su lugar, sobre la chimenea del vestíbulo, antes de que su madre las echase en falta.
Recordó a Richenda, radiante con un vestido blanco de gasa y lino, sus brillantes rizos oscuros en desorden sobre los hombros, encantadora como un duende… Novia.
¿Por qué esa palabra le sugería algo? ¿Por qué tenía una sensación de malestar y alarma? Con creciente inquietud, levantó los párpados para ver si podía conseguir alguna pista. La primera señal de que las cosas se habían descontrolado mucho fueron las colgaduras que rodeaban la cama y que solo podían significar una cosa: estaba en el dormitorio principal, en la cama principal. La cama en la que nadie había dormido desde que su padre había muerto en ella cuatro años atrás. Guy gimió. Aquello era un sacrilegio.
La segunda señal era el brazo que le cruzaba el pecho. Era largo y elegante, tan esbelto y blanco como el cuello de un cisne. Lo recorrió con la mirada hasta la muñeca, ceñida por un bonito y pequeño reloj con diamantes. Luego miró la mano mientras el corazón le latía de forma acelerada. Intuía lo que encontraría, pero tenía la absurda esperanza de que fuese una falsa premonición inducida por el alcohol que le embotaba el cerebro.
Pero no. Allí estaba, en el dedo anular de la mano izquierda. Un enorme rubí, de un rojo tan intenso y oscuro como el oporto que había bebido, rodeado de diamantes. El anillo de compromiso de su abuela. El que hasta la noche anterior había estado guardado en la caja fuerte de los Portias en espera de una receptora adecuada.
Junto a él, Richenda se movió. Los ojos de ambos se encontraron. Sabía que los suyos estarían surcados por diminutas venitas. Los de ella, en cambio, aparecían límpidos: un blanco luminoso rodeando los verdes iris hipnotizadores que en parte explicaban su meteórico ascenso a la fama. «Ojos en los que uno podía ahogarse», repetía la prensa. Ojos capaces de hacerle perder la razón a cualquiera, pensó Guy. Ojos del color del ajenjo, ese licor insidioso que había llevado a tantos hombres al borde de la locura. Y como Toulouse, Vincent y Paul antes que él, había perdido la cabeza.
La boca de ella dibujó una sonrisa. El grueso labio inferior y el arco pronunciado del superior se combinaban para darle un permanente mohín que prometía besos de increíble suavidad; besos que Guy sabía que mantenían su promesa. Pero no era esa la cuestión. No se ofrecía matrimonio a una chica solo porque besase como un ángel.
Richenda levantó la cabeza y le pasó el dedo por la mejilla.
—Mi futuro marido —murmuró.
Guy tragó saliva. Era el momento de retirar su proposición de matrimonio. De atribuirla a un exceso de Taylor’s; de explicar que cuando se pasaba con el alcochol era propenso a actos temerarios e impulsivos. En casi todas las fiestas, cuando estaba borracho, ofrecía matrimonio a las chicas. Nunca esperaba que se lo tomasen en serio. Pero era evidente que Richenda lo había hecho. Sabía que tendría que pagar un alto precio si se volvía atrás. No había una sola mujer en el planeta capaz de tratar con simpatía a un hombre que retirase su petición de mano. Al fin y al cabo, era el mayor insulto, el máximo rechazo. Se imaginaba que habría histeria, reproches, berrinches y posible violencia física. Pero¿cuánto tiempo cabía esperar que durase? Si ella tenía algo de orgullo tomaría el primer tren disponible de regreso a Londres. Así que tendría que aguantar dos horas de tortura en el peor de los casos.
Comparadas con la posibilidad de una vida entera. Se aclaró la garganta y notó que la mano de ella, con la joya de familia que lo incriminaba, se le deslizaba muslo arriba.
—Mira, yo… —empezó sin entusiasmo.
—Chist —ordenó ella en voz baja, con una maliciosa mueca en las comisuras de aquella preciosa boca. A continuación su cabeza desapareció bajo las mantas y Guy sintió que su determinación flaqueaba. Intentó frenéticamente recurrir a la razón, pero la razón le decía que tendría que estar loco para rechazarla en ese momento. No había un solo hombre en el país que no estuviese dispuesto a cambiarse por él. Los labios más fotografiados de Inglaterra envolvían su polla. Una importante revista masculina la había elegido como la mujer más sexy, y eso sin revelar nada más que una discretísima porción de su escote.
Solo Guy conocía la verdad sobre sus pechos, los pequeños y perfectos senos que cabían en un puño, como las coupes de champagne de María Antonieta. La muchacha era la revelación del año. Mimada por la pequeña pantalla, las columnas de cotilleo y los periodistas del corazón. Corría el rumor de que acababa de firmar un excelente contrato exclusivo de siete cifras con ITV, la cadena privada de televisión.
Y aquel era el punto crucial. La divina mamada era lo de menos. Cuando uno tenía una mansión del siglo XV que se caía a trozos, no parecía tener muchas opciones. Más tarde, Guy nunca sabría con certeza por qué vaciló. ¿Fue porque era un cobarde, demasiado asustado para afrontar sus amargos reproches? ¿Fue porque era un interesado y vio en la riqueza recién adquirida de ella la respuesta a todos sus problemas?¿O fue porque se sentía como si fuese a explotar en un millón de exquisitas partículas de polvos mágicos?
Mientras dejaba escapar un gemido de desesperación y éxtasis al mismo tiempo, supo que había perdido su oportunidad. Ahora tenía que seguir adelante. Al menos de momento… Curiosamente, después de alcanzar el orgasmo su determinación adquirió nuevo vigor. Richenda protestó cuando se deslizó fuera de la cama, pero él le dio unas palmaditas tranquilizadoras.
—Voy a buscarte un té.
Bajó la amplia escalera corriendo hasta el vestíbulo, con su magnífico artesonado y su enorme chimenea. Vio aliviado que las espadas estaban en su sitio. El equipo de producción había recibido instrucciones de dejar la casa como si nunca hubiese estado allí. Alguien debía de haber estado lo bastante sobrio la noche anterior para devolverlas a su lugar. Nadie quería exponerse a las iras de su madre, la terrible Madeleine.
Avanzó rápidamente por el pasillo, pasando por delante del comedor, y entró en el cálido ambiente de la cocina, donde llenó la tetera y la colocó sobre el hornillo. Mientras tanto, evaluaba mentalmente cómo podía limitar los daños sin quedar como un auténtico cabrón. Le diría que no era lo bastante bueno para ella. Que no estaba preparado para sentar la cabeza. Que se marchaba a salvar una selva con Sting y que tal vez no regresara jamás, lo que la dejaría viuda incluso antes de estar casada. Ella necesitaba estabilidad, un marido que la apoyase, capaz de acompañarla orgulloso a las ceremonias de entrega de premios, que entendiese las presiones, tensiones y exigencias de la fama. ¡No alguien que llevaba cinco años sin ver la televisión, por el amor de Dios!
Oyó que sonaba el teléfono en el pasillo. Había una pequeña cabina, con un estante y un aparato antiguo con un grueso cable que lo conectaba a la pared, y un timbre de verdad que resonaba a través de la casa en el silencio de la madrugada. Se apresuró a cogerlo.
—Eversleigh —anunció.
—Buenos días. —Una voz empalagosa como melaza se deslizó a través de la línea—. Quiero ser la primera en felicitarlo. Por favor, dígame que lo soy.
Guy agarró el cable y se lo enrolló alrededor del pulgar.
—Se lo diré, si me dice quién es —contraatacó, rezumando la cantidad equivalente de miel. Creía firmemente en la necesidad de tratar a los demás como lo trataban a él. No tenía sentido ponerse a la defensiva, agresivo o brusco.
—Cindy Marks. El pajarito dentro de tu tele.
Ay, Dios. Hasta Guy sabía quién era, pues en el plató todos sin excepción habían repetido su nombre con reverencia. Hacía la crítica de televisión del Daily Post, podía conseguir que una serie tuviera éxito o fracasara y era la principal defensora de Lady Jane Investigates. Cindy la había calificado como «la mejor razón para permanecer enganchado a su televisión desde que dispararon a JR. Mejor dicho, desde que dispararon a JFK».
Guy esgrimió la mejor de sus sonrisas con la esperanza de que su encanto se transmitiese a través de la línea.
—¿Y por qué merezco su felicitación?
Cindy respondió con una risita de regocijo.
—Por su compromiso, claro está. Supongo que es un poco pronto para un comentario de la futura señora Portias. Me imagino que aún debe estar cómodamente instalada en el viejo dormitorio ancestral. Dele un gran beso de mi parte y dígale que espero una exclusiva para el suplemento del sábado. Y que me muero de ganas de ver el pedrusco. Es una chica con mucha suerte.
La línea se cortó. Guy colgó ligeramente perplejo, justo cuando sonaba el timbre de la puerta principal. Al abrirla se encontró con el ramo de flores más enorme que había visto jamás, una profusión de rosas rojas y hiedra entrelazadas con bombillitas de colores envueltas en organza dorada.
La tarjeta decía «Felicidades por un cuento de hadas hecho realidad, de parte de Cindy y toda la redacción del Daily Post». ¿Quién se había ido de la lengua?¿Quién podía ser? Había más de doscientas personas en la fiesta de la noche anterior. Él estaba borracho como una cuba y había mandado a paseo toda su sensatez. Según recordaba vagamente, se había arrodillado y había pedido la mano de Richenda delante de todos los actores, el equipo técnico y los gorrones de turno. No era de extrañar que la prensa se hubiese enterado ya.
Lo cual significaba que todas las esperanzas que tenía de limitar los daños quedaban arruinadas por completo.
En el piso superior, Richenda estaba cambiando mentalmente la decoración del dormitorio principal. Las colgaduras de tapicería tendrían que desaparecer. Demasiado pesadas y feas. Sacudió una a ver qué pasaba, y estornudó con discreción cuando se levantaron años y años de polvo. Las sustituiría por seda gris francesa.
Era ligera y elegante, y quedaría muy bien.
Se desperezó voluptuosamente y admiró el brillo del rubí en su mano. Examinó el anillo más de cerca, incapaz de borrar la sonrisa de su cara. Su compromiso era el punto culminante de que lo que sin duda había sido su annus mirabilis. Había empezado el último mes de septiembre, cuando le habían dado el papel de lady Jane para la espléndida nueva serie de la ITV. El hecho había sido comentado en el centro de la cadena con una sencilla frase: «Miss Marple con las tetas fuera». Gracias al doble atractivo del sexo y la nostalgia, se contrataron de inmediato trece episodios. El primero se emitió antes incluso de que acabasen de filmar la serie y fue un éxito instantáneo que atrajo a más de quince millones de telespectadores, algo casi insólito en los tiempos que corrían. Tan pronto como terminó la serie, se llamó de nuevo a los actores y al equipo técnico para que hiciesen un especial de dos horas para Navidad. La filmación había acabado el día anterior. Richenda sabía que se agotaba el tiempo, que tenía que atrapar a Guy mientras aún tuviese una buena excusa para permanecer bajo su techo. Y a última hora, ¡le había pedido que se casara con él!
Recordó la primera vez que lo había visto, en marzo. Tenía el torso desnudo y podaba un sicomoro que sobresalía por encima del techo de cristal del invernadero e impedía la entrada de luz. Ella contuvo el aliento mientras él se balanceaba colgado de una cuerda y cortaba las ramas de forma temeraria con una motosierra.
No creía haber visto nunca una exhibición tan clara de masculinidad: la aparente indiferencia por su propia seguridad; la confianza al aflojar el mecanismo para descender por el tronco. Supuso que sería un jardinero o un podador. Al final, satisfecho con su trabajo, bajó al suelo y ella tuvo ocasión de mirarlo mejor. Llevaba despeinado el espeso cabello castaño y tenía la piel curtida. Lo observó mientras él se llevaba una botella de agua mineral a los labios y bebía sediento antes de vaciársela sobre la cabeza para refrescarse. Pequeños arroyos corrieron por su torso, deslizándose sobre los músculos.
Alzó la mirada y sus ojos se encontraron. Richenda se ruborizó al darse cuenta de que lo estaba mirando alelada.
—Un trabajo duro, ¿no? —dijo con voz débil por la turbación y el deseo.
—Sí —asintió él—, pero había que librarse de esas ramas. La semana que viene tendremos mucho viento y no quiero que rompan el techo.
Por un momento, Richenda se sintió perpleja. Esperaba una pronunciación de campo. Su voz era ligeramente ronca; el acento, descuidado. Y tenía un aire de confianza que no solían tener los trabajadores.
Él cogió una sudadera azul desteñida y se la pasó por el pecho para eliminar los restos de agua y sudor. Luego se estremeció.
—La verdad, hace mucho frío cuando uno para.
Se metió la sudadera por la cabeza. Richenda tragó saliva mientras intentaba pensar.
—¿Le apetece un chocolate caliente? —ofreció—. Precisamente iba a buscar uno para mí.
Era mentira: llevaba toda la semana resistiéndose al chocolate caliente que servían en el estudio. Pero no quería que se le escapara aquella visión. Estaba intrigada. Los actores la dejaban fría. Eran vanidosos e inseguros, y solo sabían hablar de sí mismos. Y, aunque tuviesen a veces un físico perfecto, no eran hombres de verdad. Richenda no podía imaginarse a ninguno de los actores con los que trabajaba acercándose a una motosierra, y menos aún jugándose el pellejo para subir a un árbol con ella.
—Ahora mismo me dirigía al cenador a repasar mi papel para esta tarde.
—Ah, ya. Entonces, ¿es usted una de las actrices?
Mientras el hombre recogía las herramientas, sus ojos la miraron durante un instante con una leve chispa de interés. Por un momento, Richenda se quedó sin habla. En los últimos tres meses no le había sido posible salir de la casa sin que la reconociesen. Su nombre era sumamente popular. La famosa fotografía en la que aparecía vestida tan solo con una gabardina blanca, descalza y tendida sobre una alfombra de piel de tigre, permanecía colgada en las paredes de todos los garajes y talleres del país. Los hombres tomaban la cerveza en jarras que llevaban su imagen impresa y la utilizaban como salvapantallas en los ordenadores.
—Sí —respondió con voz débil.
—Lo siento, probablemente debería reconocerla —dijo él con una fugaz sonrisa de disculpa, acompañada de una rápida mirada de evaluación. Tenía los ojos azules, las pestañas largas, profundas arrugas que evocaban sol y risas—. No veo demasiado la tele; solo las noticias de las seis. De todos modos, he pasado algún tiempo en el extranjero.
Eso explicaba el bronceado, pensó Richenda. No parecía de los que acudían a las cabinas.
—¿Ah, sí? ¿Dónde?
—En Cuba. Acabo de pasar seis meses, montando a caballo y haciendo submarinismo, antes de que se arruine del todo. ¿Ha estado alguna vez allí?
—No.
—Pues debería ir, mientras todavía esté a tiempo.
Estaba recogiendo sus cosas, a punto de irse. Richenda se dio cuenta de que debía actuar deprisa. Le tendió la mano.
—Soy Richenda Fox.
Trató de recordar la última vez que había tenido que decirle su nombre a alguien. De forma sorprendente, la mano de él estaba caliente y seca, no fría y húmeda como cabría esperar después de todo aquel esfuerzo.
—Guy Portias.
—¿Portias? —repitió ella sin poder disimular su sorpresa— ¿Como…?
Hizo un gesto que abarcaba la casa y el terreno.
—Sí. Ya no podía seguir haciendo caso omiso de los furiosos telegramas de mi madre. Debía volver a casa y cumplir con mi obligación. Abriremos un negocio en cuanto todos ustedes se vayan.
—¿Qué clase de negocio?
Guy hizo una mueca.
—Fines de semana rurales. Gilipolleces para gente ambiciosa con más dinero que sentido común. —Por un momento sus ojos azules parecieron tristes—. No se puede mantener un lugar como este sin traicionarlo.
—Debe de ser terrible.
—Sí. En realidad me parece una forma de prostitución.
Con cuidado, cubrió la hoja de la sierra con la protección de seguridad. Cuando alzó la mirada parecía más animado.
—Bueno… ¿dónde está ese chocolate caliente?
Habían pasado casi seis meses. Y, por supuesto, una vez que Richenda hubo decidido que aquel era el hombre para ella, Guy no había podido hacer gran cosa.
Saltó de la cama y entró en el cuarto de baño. Tenía el tiempo justo para ponerse un poco presentable antes que Guy volviese con el té. Se pasó dos minutos con la pasta de dientes blanqueadora, se limpió la cara, se aplicó una pizca de máscara de pestañas y brillo labial y se pasó un poco de gel por el cabello. A continuación se quitó las lentes de contacto, sin mirar su reflejo mientras aplicaba unas gotas. No soportaba ver aquellos ojos miopes de color azul claro que le devolvían la mirada. Volvió a ponerse las lentes a toda prisa y comprobó los resultados. Perfecto. Acabó con unas gotas de Bulgari en el escote y luego, segura de haber conseguido la imagen de mujer recién levantada pero profundamente irresistible, volvió a deslizarse entre las sábanas para esperar a su prometido.
El vehículo de reparto de la floristería había despertado a Madeleine Portias. La mujer atisbó por la ventana de su vivienda, situada sobre la cochera, y la vio cruzar las puertas. La pequeña furgoneta verde con su logotipo distintivo, Twig, había sido una visión familiar en la mansión de Eversleigh Manor en los últimos meses. Habían hecho un buen negocio gracias al rodaje, pues se encargaron de suministrar todos los arreglos florales para Lady Jane Investigates, que habían sido muchos, dado que la serie estaba ambientada en una época lujosa.
En realidad, todo el municipio había hecho un buen negocio. Los habitantes habían refunfuñado cuando cerraron las calles para el rodaje, pero lo cierto era que la economía del pueblo había prosperado. Hoteles, pensiones, pubs y restaurantes habían disfrutado de un máximo de reservas todo el año, gracias a los actores y al equipo técnico, aunque también a los turistas curiosos.
Ahora todo había terminado, si bien el productor le había asegurado a Madeleine que era bastante probable que se rodase una segunda parte de Lady Jane Investigates.
Cuando el director de localización había llamado a su puerta dieciocho meses atrás, al principio Madeleine se había sentido horrorizada ante la sugerencia de utilizar la casa solariega de Eversleigh para filmar. Hasta que se mencionó el precio y ella cayó en la cuenta de que aquella sería la forma ideal de financiar el proyecto que acariciaba.
Poco después de morir su marido, cuatro años antes, Madeleine había comprendido que resultaba ridículo mantener Eversleigh en funcionamiento solo para ella. Cuando Tony vivía, tenía cierto sentido. Pero ahora que su encantador, despistado y genial marido había desaparecido, la casa parecía tan excesiva e inútil como ella misma se sentía. Sus habitaciones resonaban, vacías.
Pero Madeleine no se rendía fácilmente. Estaba decidida a encontrar una manera de superar la tristeza y el dolor. Tenía que elegir entre eso y un frasco de paracetamol, y aunque a veces se acostaba con miedo a despertar, los gestos melodramáticos no eran lo suyo. Era una mujer activa, que afrontaba las situaciones. Necesitaba un reto, un propósito, para sí misma y para la casa, algo que les devolviese la vida a ambas.
Sus amigos la animaban a aceptar huéspedes. Insistían en que la gente haría lo que fuese por pasar la noche en una mansión. Pero para Madeleine aquello no tenía suficiente elegancia o categoría. Olía a trabajo pesado, huevos escalfados aguados y cambio de sábanas, y a tener que mostrarse educada con personas cuya vista no pudiese soportar. Tenía en mente algo más impactante, algo con un poco de estilo. Después de pensarlo mucho, se le ocurrió la idea de organizar fines de semana rurales. Era la solución perfecta que le permitiría vivir sin molestias durante la semana y luego echar toda la carne en el asador durante cuarenta y ocho horas. Los huéspedes —un máximo de doce— llegarían el viernes por la noche y tomarían una sencilla cena en la cocina.
Los hombres pasarían el sábado de caza, de pesca o en las carreras. Las señoras irían de compras por Cheltenham o se dejarían mimar en un balneario diurno local. El sábado por la noche se serviría una magnífica cena de cinco platos en el comedor, con buenos vinos y habanos, y los huéspedes se vestirían para la ocasión: los hombres llevarían esmoquin y las mujeres traje de noche. Se serviría lo mejor de lo mejor, desde ostras de Loch Fyne hasta bombones Prestat. La reluciente mesa de caoba del comedor se cubriría de brillante plata, resplandeciente cristal, los enormes candelabros de cinco brazos que goteaban cera y floreros de Waterford llenos de magníficas flores, cuyo perfume se mezclaría con el humo de la chimenea. Luego, el domingo, los huéspedes volverían suavemente a la realidad gracias a un desayuno tardío, los periódicos, un gran fuego y la oferta de un lugar en el banco familiar de la iglesia por si alguno de ellos necesitaba salvación antes de marcharse.
Sencillo pero opulento. Lujo sin complejos pero con gusto. Viva como un señor durante un fin de semana. Una experiencia de lo que era la vida que la gente anhelaba, sobre la que habían leído en Wodehouse y Mitford, la que habían visto en Gosford Park. Era la celebración ideal del cuadragésimo cumpleaños, o del aniversario de boda, o una excusa que permitiría a parejas adineradas de treinta y tantos huir de sus responsabilidades durante el fin de semana y permitirse todos los lujos. Por supuesto, no saldría barato, pero Madeleine estaba convencida de que podría cobrar precios exorbitantes, ya que la clase de personas a las que seguramente atraería se divertía derrochando. Sabía que se trataría de nuevos ricos, y que lo más probable era que no supiesen muy bien qué cuchillos y tenedores debían usar, pero no le importaba explotarlos, en absoluto. Y si podía enseñarles algo, pues mejor que mejor.
Por ello, cuando el director de localización se sentó en la cocina de Eversleigh y precisó lo mucho que ella podía ganar, Madeleine aprovechó la oportunidad. Era una ocasión de oro. Mientras rodaban Lady Jane Investigates, el resto de la casa podía someterse a una restauración financiada con el considerable pago por el rodaje. El equipo solo quería utilizar los exteriores y las principales salas de recibir —el magnífico vestíbulo y la escalinata, el gran salón, el comedor y, para el desenlace de cada episodio, la biblioteca—, y parte del trato consistía en que las decorarían según los deseos de Madeleine, además de dejar en la casa las cortinas y los muebles encargados para la serie. Las cortinas anteriores estaban muy apagadas y descoloridas, y no habrían quedado bien, por lo que colgaron unos cortinajes espléndidos y suntuosos y llevaron unos sofás mullidos y tapizados de terciopelo. Mientras tanto, se pintaron seis de los dormitorios del piso superior —en algunos casos hubo que enyesarlos de nuevo— y se colocó una moqueta espesa y lujosa en un tono oro viejo, el color de la melena de un león. Un ebanista colocó roperos en todo rincón disponible, junto con discretos armarios, ya que los televisores, DVD y sistemas de sonido con altavoces ocultos resultaban esenciales si quería cobrar el precio que tenía previsto.
Gracias a Dios, Guy había regresado en mitad de todo aquello. Madeleine quería mucho a su hijo, pero la exasperaba. Siempre andaba por ahí, en alguna aventura atolondrada, subvencionándose sus viajes mediante la colaboración en periódicos y revistas con artículos sobre sus experiencias, tan chalado e irresponsable como su padre. Cuando por fin logró dominar el ordenador que había en el estudio de Tony, empezó a enviarle a Guy sutiles mensajes de correo electrónico dando a entender que estaba descuidando sus deberes filiales; sus dos hermanas tenían un hogar y una familia propia que cuidar, y no se podía esperar que echasen una mano. Al final había reaparecido, muy bronceado y desaliñado, y junto con Malachi, el jardinero y hombre para todo, se ocupaba de la casa y el jardín. Las cosas se deterioraban muy deprisa sin la presencia de un hombre.
Madeleine se puso la bata y se dirigió a su pequeña cocina para preparar té. Cuando se había trasladado a la vivienda situada sobre la cochera, creyó que no le gustaría nada y dio por supuesto que volvería a la casa principal en cuanto el equipo de producción se marchase. Pero ahora había decidido quedarse. La vivienda era cálida y confortable y, por encima de todo, manejable, y podía controlar las cosas sin dejar de tener su propio espacio.
Se sentía bastante ilusionada. El rodaje había terminado; el equipo de producción pasaría los dos días siguientes restableciendo el orden, y luego la familia Portias volvería a tener Eversleigh para sí. Entonces les quedaría una semana para prepararlo todo antes que tuviese lugar el primero de sus fines de semana. Madeleine apenas había necesitado anunciarse. En efecto, el éxito de Lady Jane Investigates se encargó de ello, pues se habían publicado al menos seis artículos en los periódicos, que ya les habían proporcionado un gran número de reservas hasta el mes de abril, momento en el que estaba previsto que el equipo de rodaje comenzase a filmar la segunda parte de la serie.
Madeleine no se engañaba; sabía que los meses siguientes estarían llenos de mucho trabajo. Pero aquella había sido la finalidad del proyecto: tener algo a lo que dedicarse. No le asustaba ensuciarse las manos. Sin embargo, necesitaba toda la atención de Guy. Últimamente había estado un tanto distraído con esa chica.
Madeleine pensaba que Richenda era encantadora, pero se alegraba de no tener que volver a verla a partir de aquel día. Se sirvió una taza de té bien fuerte y se puso a hacer una lista.
Una tabla suelta en el corredor alertó a Richenda del regreso de Guy, y volvió a acurrucarse bajo las mantas, extendiendo su largo cabello oscuro sobre la almohada y cerrando los ojos.
El joven apareció detrás de un enorme ramo de flores.
—Cariño, no hacía falta…
—No he sido yo —respondió él—. Son de Cindy Marks.
Richenda se incorporó, parpadeando sorprendida mientras leía la tarjeta.
—¿Cómo ha podido enterarse?
Guy suspiró.
—No lo sé —contestó—. Me habría gustado tener un par de días para hacerme a la idea.
Richenda metió la nariz entre las rosas, confiando en que el ramo ocultase cualquier indicio de rubor en sus mejillas. Aunque fuese actriz, no estaba tan acostumbrada a engañar. Ya había borrado toda prueba de la llamada que le había hecho a Cindy a las cuatro de la mañana desde el cuarto de baño. No porque Guy fuese desconfiado o supiese cómo consultar el registro de llamadas de su diminuto Nokia —era el único hombre que conocía que no sabía utilizar un teléfono móvil—, pero era preferible no dejar huellas cuando había tanto en juego. La muchacha suspiró.
—Supongo que más valdrá que hagamos una sesión fotográfica. No nos dejarán en paz hasta entonces.
Guy se sintió invadido por el pánico.
—Hoy no. Necesito afeitarme. Y una camisa limpia. Y…
Richenda le echó los brazos al cuello.
—No, cariño. Hoy no. De todas formas, deseo que la gente te vea tal como eres. Ahí está la gracia. Por eso te quiero. Porque no finges.
—¿Y cuál será el titular? ¿La Bella y la Bestia?
Rozó con su barba incipiente el escote de ella. La muchacha chilló encantada, le tomó la cabeza entre las manos y lo obligó a mirarla.
—En serio. Hay que hacer algo oficial o esto se llenará de fotógrafos furtivos.
El rostro de Guy se ensombreció.
—Vale, pero hazme un favor. ¿Podemos esperar hasta que hable con mi madre? No quiero que averigüe que estamos prometidos cuando llegue el servicio blandiendo el News of the World.
—El News of the World no —corrigió Richenda—. El Daily Post. Cindy tendrá la exclusiva.
—Lo que sea —dijo Guy un tanto desanimado mientras se juraba no volver a tocar el oporto.