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Uno
Lago Chon, cerca de Aberfoyle, en las Highlands escocesas, 1816
Una densa niebla envolvía los ghillie brogues1 de piel de cordero que calzaba Liam y le impedía ver por dónde caminaba. Aun así, era vital andar con sigilo, pues justo ante él, entre los árboles, se distinguía el campamento de los franceses. Se preguntaba cómo habrían logrado seguirle la pista hasta Escocia. Evidentemente, aún lo estaban buscando, resueltos a matarlo, igual que cuando estaban en el continente.
Liam se agazapó tras un árbol y los observó. Se habían detenido a hacer noche y ahora descansaban, tumbados alrededor de una hoguera, ajenos al peligro que les acechaba al otro lado de los árboles, mientras uno de ellos asaba un pequeño animal... «¡Dios, ojalá pudiera ver a sus hombres!»
Sin embargo, sus compatriotas británicos lo esperaban lejos, al otro lado del campamento francés. Liam se quedó inmóvil; había intentado caminar, pero la espesa niebla se lo impedía. Además, sentía como si le hubieran atado pesos en las piernas o como si las intentara arrastrar por dentro del agua.
De repente, a su derecha, distinguió un destello de color: ¡Un soldado francés! Liam se llevó en seguida la mano a la cintura para buscar su daga, pero no la tenía; debía de haberse desprendido del cinturón de su kilt. El soldado, que volvía de hacer sus necesidades, se asustó al descubrirlo y buscó su pistola. La daga... ¿dónde estará la daga? No había tiempo para pensar. Liam se puso en cuclillas, con un movimiento ágil desenvainó el sgian dubh de empuñadura de ébano que guardaba en las medias y se abalanzó sobre el francés antes de que éste pudiera gritar.
Los dos cayeron al suelo, y Liam, colocado encima, golpeó el pecho de su rival dejándolo sin aliento mientras la pistola de éste volaba por los aires y se perdía entre la niebla. Entonces, de manera rápida y silenciosa, como si se tratara de un animal, degolló al francés tal y como le habían enseñado a hacerlo. Después se alejó rodando y se quedó en cuclillas, con los brazos hacia adelante, esperando al siguiente soldado.
«¿Qué había sido eso?» Parecía un suave silbido...
¡Aquel maldito francés, no sabía cómo, había logrado avisar a los demás! «Dios mío, pero ¿dónde se habían metido sus hombres?» Respirando ruidosamente, Liam avanzó un paso, pero sintió que algo rozaba su oído. Instintivamente lanzó un golpe. Dio un paso más y percibió otro movimiento a su izquierda. Cuando se giró bruscamente no pudo menos que ahogar un grito al ver al mismísimo trol de dos cabezas, el que (¿podía ser eso cierto?) se le aparecía en sueños cuando era chiquillo.
No tenía tiempo para pensar. El trol avanzó hacia él, balanceándose para mantener en pie su pesado y voluminoso cuerpo. Algo empujaba a Liam por la espalda y le hacía perder el equilibrio, pero él no hacía caso; estaba pendiente del trol que venía hacia él con las manos extendidas, como si quisiera agarrarlo. El corazón le latía con fuerza. Liam cogió el sgian dubh manchado de sangre y se preparó para el ataque. Justo en el instante en que se arrojaba hacia el trol sintió un pinchazo agudo en el trasero, como si alguien le hubiera clavado un buen puntapié...
Al abrir los ojos vio a su hermano Griffin junto a él, con una pluma en la mano, y recordó, todavía aturdido, que la guerra contra los franceses había acabado.
—Estabas soñando otra vez, chico —dijo Griffin seriamente, y añadió con una sonrisa de medio lado—; espero que fuera un sueño bonito.
—¡Buf! —gruñó Liam, y dio una vuelta sobre la cama para acabar enterrando la cara bajo la almohada—. Grif, ¿por qué tienes que molestarme siempre? ¿Es que no puedes dejar dormir a la gente?
—El sol está brillando sobre las aguas del lago, Liam. Nuestra madre ha preguntado por ti y Payton Douglas ha venido a verte; ¿no le habías prometido que le ibas a dar una clase de esgrima?
Por supuesto que se lo había dicho.
—Sí, —dijo entre bostezos—, lo hice.
Se apartó la almohada de la cara a regañadientes y parpadeó debido a la luz que entraba en la habitación. Una vez más, sus batallas nocturnas contra los franceses le hacían levantarse bañado en sudor. Estaría mejor cuando su regimiento se desplegara de nuevo y pudiera por fin olvidarse de aquellos sueños.
—Nuestro padre vuelve hoy de Aberfoyle —comentó
Griffin, cruzando la habitación hasta llegar al escritorio
de la pared para examinar las cosas de Liam—. Además,
nuestra madre te quiere ver hoy a la hora de la
cena. —Le lanzó una mirada—. No le hace ninguna gracia
que estés por ahí dando vueltas de madrugada.
Liam se limitó a ignorar el comentario; su familia no comprendía que quisiera seguir ejercitando sus habilidades, algo que sólo podía hacer mediante una serie de maniobras tanto diurnas como nocturnas. Recostado sobre los codos, observaba cómo su hermano Griffin cogía una bolsa muy bonita hecha a mano que le había comprado a un curtidor cerca del lago Ard.
—Agradecería que dejaras eso en su sitio —dijo mientras su hermano husmeaba en su interior.
Con una carcajada, el hermano lanzó de nuevo la escarcela sobre la mesa. Acto seguido cogió el plaid que Liam había dejado sobre la silla. Acarició una esquina de la tela y tanteó su peso. Griffin, que nunca había mostrado interés por el estilo tradicional, vestía unos ajustados pantalones negros, un chaquetón marrón oscuro de tejido muy fino y un chaleco color oro pálido con rayas azules de diversos tonos que a Liam le recor daba a una bandada de pavos reales; en particular, a esos pavos sobrealimentados que se paseaban por los jardines de la finca que la familia poseía en Talla Dileas.
—Fue la anciana viuda de McDuff quien tejió esa tela —le informó Liam.
—Pues claro, ¿quién, aparte de ella, hace esas telas
hoy en día? —comentó Griffin al tiempo que dejaba el
plaid en la silla y se volvía hacia Liam. Entonces se sentó,
con los brazos cruzados sobre el pecho y una pierna sobre
la otra, y observó el torso desnudo de su hermano—.
Dime, ¿fue en el ejército donde te enseñaron a dormir
con el culo al aire?
—No —dijo Liam, sacando las piernas por un lado de la cama—, he aprendido a dormir con el culo al aire en las habitaciones de las señoritas.
Griffin se echó a reír con aquella risa irónica tan franca y atractiva que compartía con su hermana Mared.
Liam, bostezando, escrutó a su hermano. Tenía su misma planta: era alto y musculoso, y tenía el pelo castaño oscuro y los ojos verdes como el brezo. Sin embargo, no era en absoluto tan corpulento como Liam; tenía más del aire esbelto de un aristócrata que de aquel físico de guerrero del que Liam se sentía tan orgulloso. Y era, la verdad sea dicha, un hombre muy atractivo, mientras que Liam, digamos... no lo era tanto. Riéndose todavía, Griffin se dirigió hacia la vieja puerta de madera.
—Voy a decirle a Douglas que en seguida lo atiendes. Y a nuestra querida madre le diré que desde luego que estaremos presentes en la cena.
Se agachó para salir de la cavernosa habitación de la torre. Allí habían dormido los antiguos señores de la familia Lockhart durante décadas hasta que uno de ellos amplió la vivienda y construyó una enorme mansión aneja a la torre.
Una vez solo, Liam se levantó, dejó que las sábanas se deslizaran por su cuerpo desnudo, estiró los brazos por encima de la cabeza y se acercó a la estrecha abertura del muro por donde se veía el viejo patio. Allí abajo lo esperaba Payton Douglas, luchando contra su propia sombra. Liam miró hacia el cielo, resignado: no había un solo escocés en todo el lago Chon que no se sintiera capaz de ser un buen soldado. Sin embargo, para conseguirlo hacía falta algo más que buenas intenciones; hacían falta valentía y agudeza. Él lo sabía perfectamente: se había labrado una carrera militar grado a grado en los regimientos de las Highlands durante los últimos diez años.
Había alcanzado el elevado rango de capitán y había ganado no una, sino cuatro medallas de honor por sus hazañas en la guerra de la Independencia y en Waterloo. Sí, sabía algunas cosas sobre la carrera militar y consideraba que eran pocos los que tenían el carácter adecuado para ella. Eso era precisamente lo que le intentaba hacer comprender a Payton Douglas.
En el lago Chon era un secreto a voces que los Douglas y los Lockhart no se tenían un especial cariño; la desconfianza existía entre ellos desde hacía siglos. Liam no sabía qué era lo que había sucedido exactamente entre las dos familias, tan sólo sabía que Payton era un Douglas. Pese a ello, no podía hacer otra cosa que admirarlo: era un hombre competente, próspero en tiempos difíciles... aunque tampoco lo admiraba tanto como para ceder ante él lo más mínimo.
Liam vio lo que Douglas llevaba bajo el lujoso abrigo que lucía. Con una sorda carcajada de regocijo, se apar tó del ventanuco, fue hasta la silla donde estaba doblado el plaid y comenzó a vestirse.
Mientras esperaba a Liam (¿qué clase de hombre hecho y derecho se quedaba durmiendo toda la maldita mañana?), Payton se entretenía luchando contra su propia sombra en la pared del patio. No tenía la menor idea de esgrima, ya que nunca había tenido el lujo de que le dieran clases; sin embargo, había estado presente en varios duelos y estaba convencido de que no podía ser tan difícil. Lanzaba una estocada al frente y se retiraba, lanzaba una nueva estocada y su sombra volvía a hacerse pequeña sobre el enorme muro. Al poco ya se había aburrido del juego, así que se entretuvo imaginando que esta vez lo atacaban varios Lockhart a la vez. Daba vueltas sobre sí mismo blandiendo la espada en el aire, entonces giraba otra vez y se preparaba de nuevo para arremeter.
En medio de su lucha imaginaria, Payton lanzó un repentino grito de sorpresa, dio un salto hacia atrás, chocó contra el muro y su vieja espada cayó al suelo.
—¡Por Dios, Mared, has estado a punto de matarme del susto! —dijo acaloradamente mientras intentaba recobrar el aliento.
La hermana pequeña de Liam, que había aparecido de forma inesperada, se encogió de hombros con indiferencia, sacudió por encima de éstos su larga trenza y se ajustó el pesado cesto que llevaba sobre la cadera.
—Deberías mirar adónde apuntas con esa cosa.
Vaya, era un consejo muy útil. Con los brazos en jarras, Payton miró a Mared de arriba abajo. No le sirvió de mucho, ella apenas se dio cuenta. Mared debía de ser la más exasperante de entre todos los malditos Lockhart (lo que en sí ya era todo un logro, pues los Lockhart eran los seres humanos más irritantes que jamás había conocido). La mirada verde oscuro de Mared se posó sobre el lugar donde yacía la espada.
—Resulta tremendamente inquietante comprobar que un hombre puede ser vencido por un muro de piedra, ¿no crees? —exclamó.
Sí, sin duda era exasperante, exasperante hasta la locura. Payton hubiera deseado con toda su alma que al menos no fuese tan bonita. Sin embargo, con aquel vestido color esmeralda a juego con sus ojos cualquiera se dejaría embrujar por ella (y había que hacer especial hincapié en lo de «embrujar», por supuesto). Payton se agachó, cogió su espada y comenzó a limpiar la suciedad de la empuñadura.
—Tienes la lengua tan afilada como un cuchillo —dijo mirando por encima del filo—, pero que me parta un rayo si no eres tan hermosa como un luminoso día de verano.
Mared hizo una mueca y dijo con un resoplido:
—Tus galanterías no te servirán de nada, Douglas.
—¿Acaso no se debe admirar la belleza?
Los ojos de Mared se entornaron; metió una mano en el enorme cesto que llevaba, sacó una mora y se la metió en la boca.
—Debes de haberme tomado por tonta —dijo mientras masticaba—. Sé perfectamente que no admiras la belleza; sólo te gusta la tierra. —Cogió otra mora—. Y preguntas por las posesiones de los Lockhart como si fueran tierras estériles.
Ajá. Así que se había enterado de las indagaciones
efectuadas en Aberfoyle acerca del número de acres que
los Lockhart dedicaban al ganado (averiguaciones que ha
bía realizado con mucha discreción, por otro lado). No
sabía cómo había llegado eso a sus oídos. Tan sólo
podía hacer conjeturas, pero se jugaba los ingresos de
un mes a que aquellos ojos verdes habían tenido algo
que ver.
—Vaya, eres una muchachita muy inocente —dijo mientras hacía un gesto de desprecio con la muñeca—; confundes la admiración de un hombre con tu estúpido orgullo.
—¿Estúpido orgullo?— gruñó, dando a entender su opinión y a continuación se comió otra mora—. Y tú confundes la ambición con siglos de historia, Douglas.
Ahora fue Payton quien resopló desdeñosamente. Después apoyó la punta de la espada en el suelo, justo donde los zapatos negros de Mared, llenos de rascadas, asomaban bajo el vestido.
—Una insensata y una testaruda, eso es lo que eres, Mared Lockhart. ¿Te atreves a negarme que las posesiones de los Douglas y las de los Lockhart serían más prósperas si se unieran?
—Chico, has debido de perder la cabeza. ¿Por qué iba un Lockhart a aceptar jamás unirse con un Douglas?
—Porque él... ella... en el caso muy improbable de que algo así llegara a suceder, doblaría los beneficios de su finca, tendría una mayor superficie de pasto para las ovejas... Por eso.
Mared estaba atónita. Parpadeó.
—Creo que estás loco de remate —exclamó y se echó a reír—. Sinceramente, Douglas, ¿de veras piensas que cambiaríamos nuestras vacas por vuestras ovejas?
Payton la fulminó con la mirada. Hermosa o no, tenía la cabeza tan dura como todos y cada uno de los Lockhart que había conocido.
—¡Los Lockhart sois un hatajo de idiotas! Nunca afrontaréis la realidad. Nunca admitiréis que os estáis hundiendo en un mar de deudas y que vuestro ganado no os da lo necesario para vivir. ¡Ovejas, Mared, ovejas!
Necesitan menos terreno de pasto y se pueden desplazar, mientras que tus estúpidas vacas ya lo han devorado todo a mediados de verano. Todo el mundo en el lago Chon sabe que de no ser por los ingresos que recibís de vuestros arrendatarios, no os podríais mantener a flote.
Mared estaba tan furiosa que sus ojos lanzaban chispas. Se recolocó el cesto que sujetaba con la cadera e hizo a Douglas un gesto admonitorio con el dedo.
—No te voy a permitir que me hables así... ¡Y nunca vas a poner tus sucias manos sobre las tierras de los Lockhart!
—¡Mared, cielo, no malgastes energías en ese pobre imbécil!
Mared y Payton se volvieron hacia Liam, que entraba en el patio caminando con decisión, con el kilt meciéndose por encima de las rodillas y un grueso cinturón de cuero ciñendo la prístina camisa blanca que llevaba metida por dentro. Payton no pudo evitar una sonrisa: Liam Lockhart estaba fuertemente ligado a la tradición y al honor, y paseaba su orgullo escocés como si fuera una maldita insignia. Por otro lado, Payton admiraba sinceramente su lealtad. Y hasta el momento siempre había envidiado la vida de Liam. En más de una ocasión, Payton habría preferido marcharse a vivir aventuras como había hecho Liam en lugar de ir a estudiar a la universidad, como le obligó a hacer su padre.
Liam se detuvo a unos metros de Payton y de Mared;
tomó posición sobre sus robustas piernas y sacó la es
pada de la funda. La cogió como si apenas pesara,
apuntando con ella al suelo, y examinó silenciosamente
a Payton. A continuación le lanzó una pícara mirada a
Mared.
—Será mejor que te apartes para que no te lastimemos, querida —dijo tranquilamente—. Así que Douglas quiere que le dé una pequeña clase de esgrima... ¿No es así, Douglas?
—Si no tienes inconveniente... —respondió Payton de manera cordial.
—¡Bah, menuda estupidez! —murmuró Mared. Aun así hizo caso a Liam y se acercó al viejo y destartalado banco que había junto a la pared. Para espanto de Payton, dejó el cesto a un lado y se sentó, como si pretendiera quedarse a ver la lección.
—Así que quieres una clase de esgrima... —repitió Liam al tiempo que alzaba la punta de la espada y conseguía que Payton alejara su atención de Mared.
—Sí —asintió Payton—, he oído que nadie maneja la espada como Liam Lockhart.
Liam resopló y alzó el arma.
—Eso es verdad, soy el mejor. Nadie ha demostrado ser mejor que yo. —Avanzó un paso y luego otro, caminando en círculo mientras Payton esperaba de pie pacientemente, dejando que el capitán se tomara su tiempo.
Liam se detuvo ante él y le tocó el botón del chaleco con la punta de acero—. ¿Alguna vez te has enfrentado a un hombre en un duelo de espadas?
—No.
Liam sonrió irónicamente.
—¿Me equivoco o sabes quitarte el abrigo tú solito? No vas a poder luchar así, embutido como una salchicha.
Payton le devolvió una leve sonrisa, se quitó el abrigo
y, por si acaso, también el chaleco. Los lanzó al banco
donde estaba sentada Mared. Ella sonrió con malicia,
como si esperara verlo pronto reducido a finas lonchas.
Payton no tenía muy claro si ella no se alegraría en tal
caso. Se giró hacia su contrincante.
—Vamos a comenzar, ¿te parece?
Una amplia sonrisa de depredador se dibujó en los labios de Liam.
—En garde! —dijo tranquilamente. Al instante puso una pierna hacia atrás y reposó el peso sobre ella mientras proyectaba la otra hacia adelante, con la rodilla flexionada.
Payton, imitando el gesto, levantó también la espada. Sin embargo, Liam resopló, alzó la mirada al cielo en un gesto de desesperación y tocó con su espada la de Payton.
—¿Qué estás haciendo, Douglas? Ponte la mano en la cintura... y luego levanta la espada... Eso es, así se hace. Ahora tendrás que barrer mi espada hacia un lado o bien llevarla hacia abajo, ¿lo ves? —explicó mientras le hacía una demostración. Payton asintió con la cabeza y escuchó atentamente mientras Liam le explicaba la manera de lanzar un ataque, recuperar la posición e iniciar entonces otro ataque, apuntando a la cabeza, a los lados y al pecho—. La espada tiene que moverse antes que el cuerpo; tienes que tocar a tu oponente antes de que el pie llegue al suelo, ¿ves cómo lo hago yo?
—Sí —dijo irritado Payton.
Pasaron un rato practicando el ataque, con las piernas flexionadas, para volver luego a la posición de en garde. A continuación Liam le enseñó cómo esquivar los ataques, cómo defenderse de una arremetida, cómo rea lizar el paso cruzado, lanzar un ataque y hacer otro paso cruzado. Su técnica, descubrió Payton, era increíblemente delicada para un hombre de su tamaño. Él se sentía lento y torpe en comparación con Liam, y de ninguna manera resultaba tan ágil como él.
—Veo que ya has cogido la idea —dijo Liam, asintiendo, después de que los dos llevaran un buen rato luchando contra sus propias sombras a lo largo del muro del patio—. Vamos a ver ahora cómo te desenvuelves en el combate. —E hizo un rápido movimiento con la espada para acabar posándola sobre el cinturón de Payton, que se quedó petrificado. Éste se miró la cintura y luego alzó la mirada hacia Liam con una sonrisa torcida.
—¿No pretenderás dejarme los calzoncillos hechos jirones, verdad que no?
Liam se rió por lo bajo.
—¡Levanta la espada, hombre! —le advirtió. Y le
lanzó una nueva estocada que atravesó las abultadas
mangas de la camisa de Payton. Repentinamente ambos
comenzaron a moverse; Payton hacia atrás, retrocediendo
con torpeza, intentando defenderse sin caer al suelo—.
¡Vaya! ¿Es que no has aprendido nada? ¡Los dedos
de los pies tocando el talón, tocando el talón! —le
gritaba Liam, pero entonces Payton chocó inesperadamente
contra la pared y perdió la espada. Liam puso la
suya en el cuello de Payton—. Vaya, vaya —dijo sacudiendo
la cabeza—, ¡qué lástima! Parece que te tengo
entre la espada y la pared.
Payton respiraba agitadamente. Los destellos de sol
sobre el filo del acero de Liam le obligaban a parpadear.
Pensó en Mared, que estaba presenciando su derrota, y
se escurrió lentamente por la pared hasta quedarse en cuclillas. Recogió su espada mientras Liam lo mantenía
acorralado con toda tranquilidad. Bajó la cabeza e intentó
recobrar el aliento.
—Ahora entiendo por qué dicen que eres el mejor, Lockhart.
—Gracias —sonrió Liam—. Tienes un buen brazo, pero no se puede decir lo mismo de tu muñeca —continuó—. Y debes recordar que has de mantener la mirada siempre fija en el mejor punto para lanzar una estocada.
Empuñando la espada de nuevo, Payton asintió mientras se incorporaba lentamente.
—Conque mi muñeca no es tan buena... —repuso—. ¿Y qué te parece esto?
Antes de que Liam pudiera contestar, Payton había lanzado un ataque que le cogió desprevenido. Éste atacó de nuevo, con los dedos de un pie tocando el talón del otro, una y otra vez, lanzando estocadas a la cabeza, al pecho y a los flancos, obligando a Liam a retroceder.
Ambos bailaron por el medio del patio con tal rapidez que ni siquiera Payton se explicaba cómo había sucedido todo. Él seguía manteniendo el control, seguía siendo el director de la orquesta. El chasquido rápido del acero al chocar atravesaba el aire de la mañana y dejaba su marca en todos los rincones. Liam parecía retroceder y Payton luchaba desesperadamente por mantenerlo en esa posición, lanzándole una estocada tras otra hasta que lo tuvo contra la pared. Entonces apartó la espada y lo inmovilizó clavándole el brazo en el cuello.
Para su sorpresa, lejos de estar indignado, Liam se reía.
—¿Parece que al menos un par de cosillas sí que has aprendido, eh? —le dijo.
En aquel momento, ágil e inesperadamente, Liam lo empujó y se escabulló de él, lo rodeó y le golpeó sobre el pecho con toda la fuerza de su acero. Payton cayó con gran estruendo y se quedó tendido en el suelo, sin poder respirar. Al instante vio la figura de Liam, arriba, con una bota sobre su abdomen y la punta de la espada en su garganta. Había levantado la mano que le quedaba libre hacia el cielo en señal de victoria.
Por un instante, Payton pensó que lo iba a matar. Pero entonces Liam echó la cabeza atrás, comenzó a reír y le ofreció la mano para que se levantara. En algún rincón de su conciencia, Payton oyó cómo Mared exclamaba decepcionada:
—¡Vaya... Por el amor de Dios!