portada

EL IMPOSTOR , Cesleste Bradley

Prólogo

Inglaterra, 1813

Se sostenía sobre un pedestal, una diosa helénica lamentablemente echada a perder. El mohín de sus labios y su pose exagerada resultaban demasiado carnales para una estatua clásica. Y a pesar de que una gasa cubría apropiadamente sus curvas, la forma en que sus miembros se estrechaban hasta dar paso a sus pequeñas manos y pies hacía que uno no pudiera dejar de imaginar la voluptuosidad escondida bajo la tela.

Arrodillados ante sus pies había tres hombres rindiéndole culto, dos fácilmente identificables como pilares de la sociedad de Londres, uno parcialmente escondido tras la atractiva figura. Los tres hombres habían sido capturados en el momento de obsequiar al ídolo con oro y con joyas, sus manos intentando aferrarse a ella en ese mismo acto de donación.

Más abajo, esbozados a una escala minúscula en comparación con la diosa y sus admiradores, se arrastraban, claramente reconocibles, las mujeres e hijos de los dos caballeros principales. Su estado miserable y andrajoso contrastaba de forma llamativa con la riqueza que se amontonaba a los pies de la tentadora diosa de arriba.

Fleur y sus Seguidores, podía leerse en la inscripción que había bajo el dibujo.

Gerald Braithwaite apartó la pila de papeles y cuerdas que se había formado al desenvolver un montón de viñetas políticas. En su entusiasmo tiró al suelo un letrero donde estaba grabada la palabra editor. La joven criada vestida de manera sencilla que le había entregado el paquete se apresuró a arrodillarse pa­ra devolver la placa a su lugar, pero Braithwaite la ignoró también a ella.

Con amoroso cuidado cogió el dibujo que había encima del montón con una mano, mientras con la otra se frotaba la boca como si tratara de reprimir su respuesta. De todas formas se le escapó una alegre risita mientras contemplaba el dibujo que haría vender en un solo día más periódicos de los que nunca había vendido el London Sun.

—Sir Thorogood, hace que me sienta orgulloso —murmuró el editor—. ¡Qué dibujo! Contiene lujuria, pecado y patetismo. Tres hombres ricos despilfarrando su riqueza ante una mujer, probablemente una de las bailarinas de ópera favoritas del momento, mientras arruinan a sus familias. Es una burla estupenda, afilada en su detalle, toda ella hecha con líneas donde rebosa el talento que uno más bien esperaría encontrar en los cuadernos de los maestros.

—El diablo se los lleve, a todos esos pretenciosos esnobs. De hecho, eso es lo que ellos mismos desearán cuando esto salga a las calles. —Braithwaite lanzó un suspiro feliz y le lanzó a la cria­da un sobre grueso y lleno sin ni siquiera mirarla.

El editor sonrió y volvió a soltar una risita. Finalmente, el eco de su risa atravesó los pasillos del edificio que albergaba la imprenta, que rápidamente se estaba convirtiendo en aquella que producía las hojas de noticias más leídas de todo Londres.

Cuando la tímida joven que había hecho la entrega cruzó la puerta y salió a la calle, tan sólo una leve contracción de sus labios delataba su satisfacción ante la alegría del editor.

La tarde siguiente, cierto caballero abrió el London Sun para hojearlo durante el desayuno. Había dormido hasta bastante tarde aquel día, pero había logrado encontrar tiempo para manosear a una temblorosa criada, golpear a un lacayo e insultar copiosamente a su mayordomo. Todo eso le había abierto bastante el apetito.

Quizás fue que casi se atraganta con el enorme bocado de jamón que estaba masticando. O quizás fue la pluma letal de sir Thorogood.

Enrojecido por la ira, el caballero llamó a su mayordomo con un aullido.

—¡Trae el carruaje! Voy a salir.

El mayordomo asintió obedientemente, pero al volverse pa­ra irse su mirada cayó sobre el periódico que su amo apretaba en las manos. Ni siquiera la posibilidad muy real de una reprimenda pudo impedir la sonrisa burlona que asomó al rostro del mayordomo mientras abandonaba la habitación.

¡Zas! El periódico aterrizó justo sobre el plato que contenía la cena de un importantísimo lord.

—¡Oiga! ¡Estaba cenando! —El lord de cabello rubio lanzó una mirada de odio a los dos hombres que estaban perturbando su noche.

—Me atrevo a apostar que su apetito desaparecerá dentro de un momento. ¡Mire esto! —El más alto de los visitantes desplegó el periódico para mostrar la última viñeta dibujada por sir Thorogood.

El lord se detuvo atónito justo cuando estaba limpiándose la boca al darse cuenta de lo que podía verse en los amplios trazos de la caricatura.

—¡Diablos! —susurró.

—Efectivamente —dijo su visitante.

—¿Qué vamos a hacer? —se quejó el segundo hombre, que hasta entonces había permanecido en segundo plano, estrujándose las manos.

El lord emitió un gruñido.

—¿Qué más? Encontrar a ese Thorogood y acabar con su honra. Debe de tener algún secreto bien guardado en su armario. Un escándalo de familia, un problema con el juego.

El primer hombre parecía tener dudas.

—¿Cree que con eso será suficiente? Yo apuesto por una solución más permanente.

—Es sólo el principio —dijo el lord con una mueca, al tiem­po que arrojaba su servilleta sobre la viñeta—. Pero no les que­pa duda, caballeros, de que habrá también un final.

Capítulo uno

Dalton Montmorency, lord Etheridge y además espía de la Corona, entró a grandes zancadas a la sala de baile en su primera aparición como el solitario dibujante sir Thorogood y fue inmediatamente consciente de que había hecho enfadar seriamente a su ayudante de cámara.

Al atravesar las grandes puertas arqueadas de la sala de baile de los Rochester y bajar por las elegantes escaleras de caracol, el clamor de voces se detuvo y un mar de rostros se volvieron hacia él como flores girándose hacia el sol.

Quizás se debía a la elegancia de su traje de noche. En comparación con el gris sombrío que llevaban los otros hombres de la habitación, Dalton iba vestido con teatral exceso como un figurín.

Un dandi.

Una flamante hoja de té con delirios de virilidad.

—Vísteme como un artista extravagante —le había dicho a Button, el ayudante de cámara que en otro tiempo había sido sastre de teatro y él había tomado prestado de su buen amigo y espía maestro Simon Raines.

—Hazme parecer uno de esos idiotas a los que lo único que les importa en el mundo es la ropa.

Tras reflexionar un poco, Dalton se había dado cuenta de que tal vez ésas no eran las palabras más apropiadas para dirigirse a un ayudante de cámara.

Button era un genio del disfraz y se había convertido rápidamente en el proveedor de ropa selecto de los miembros del Club de los Mentirosos, que operaban de manera clandestina. Era también un tanto susceptible, por decirlo de una manera sua­ve. A decir verdad, Dalton hubiera deseado que Button buscase un modo de venganza menos retorcido.

Veneno, tal vez. Asesinos a sueldo, incluso. Dalton hubiera preferido tener que enfrentarse a un grupo de matones armados en un callejón antes que verse ahí parado ante aquella multitud, vestido con aquella artística gloria. En el repentino silencio de la habitación, cerca de cien personas permanecían de pie con los ojos fijos en él mientras se detenía en la cima de la escalera de caracol de la entrada.

Con su chaqueta habría bastado para cegarlos. No parecía tan estridente bajo la luz tenue de sus habitaciones o en la oscuridad de su carruaje. Sin embargo, bajo el ardiente brillo de las luminosas arañas que colgaban sobre la multitud, no podía negarse que Dalton parecía ir vestido de una especie de amarillento verdusco particularmente malévolo.

Aquella chaqueta, en combinación con su reluciente chaleco de seda violeta y sus pantalones de montar con pinzas de un color azul pavo real, convenció a Dalton de que a lo que más se parecía era a un enorme loro tropical salido de una pesadilla.

Button era hombre muerto.

Porque ahora que sir Thorogood había hecho su tan esperada aparición en público con aquel disfraz, no habría más elección que continuar con aquella farsa vistiéndose como el pájaro mascota de un pirata.

Para empeorar las cosas, tenía serias dudas respecto a la necesidad de su misión. La verdad era que durante casi un año esas viñetas reformistas habían estado ridiculizando a ciertos hombres poderosos. Y la verdad es que el gobierno británico no necesitaba semejante ataque a su credibilidad en una época de guerra. Por no mencionar el secreto que envolvía al personaje, el cual provocaba en los instintos de Dalton una marcada incomodidad.

Pero refrenar a un artista visionario con una inclinación a exponer las debilidades de la aristocracia no entraba en la lista de los objetivos prioritarios de Dalton. Tenía la viva sensación de estar siendo usado como un peón para no perturbar la agenda personal de algún lord.

Pero los Mentirosos pisaban un terreno resbaladizo aquellos días, así que esa ecléctica banda de espías no se atrevería a desafiar a la jerarquía si quería sobrevivir como grupo. Dalton era todavía nuevo como jefe de operaciones, y los Cuatro Reales que gobernaban por encima de él no estaban del todo convencidos con sus innovaciones.

Dalton había aceptado aquella misión por una razón más allá de la usual obediencia a las órdenes.

El espía maestro del Club de los Mentirosos normalmente se esforzaba duramente hasta alcanzar esa categoría, ganándose la admiración y la lealtad de sus compañeros a través de años de trabajo y camaradería.

Él, en cambio, había asumido la dirección al retirarse Simon Raines. A pesar de que Dalton había sido miembro de los Cuatro Reales durante más de un año ninguno de los Mentirosos era consciente de que había sido la Cobra, uno de los cuatro lores de la poderosa coalición que decidía en qué dirección actuaría el arma que era aquel grupo de ladrones y asesinos llamado el Club de los Mentirosos.

Cuando hacía varias semanas había abandonado el puesto de Cobra, ansioso por regresar al juego de la intriga, los hombres que ahora se hallaban bajo sus órdenes lo habían mirado con abierta suspicacia.

Durante las últimas semanas había conseguido ganarse cier­to grado de conformidad por parte de ellos, pero no todavía el respeto capaz de convertir a un capitán y quince hombres en una tripulación unida.

Así que había prometido encargarse personalmente de la siguiente misión, para demostrar a sus hombres que no sólo era uno de ellos, sino que además era condenadamente bueno.

Claro que cuando había hecho aquella promesa no tenía ni idea de lo horrorosa que iba a ser la siguiente misión.

«Soy el arma de la Corona —se dijo a sí mismo mientras permanecía de pie temiendo las próximas horas—. Un arma espantosamente colorida y que usa tacones altos.»

Todo el mundo estaba esperando, mirándolo fijamente con expectación. Casi podía oír sus pensamientos: ¿Qué es lo primero que hará alguien tan extravagante? ¿Decidirían adorarlo servilmente, o de un modo igualmente caprichoso lo declararían un estúpido redomado y le negarían la palabra?

Dado que el éxito de la misión de Dalton dependía de aquella primera opción sabía que lo mejor sería impresionarlos.

Puestos a apostar, más valía apostar alto.

Adoptando en su rostro una expresión de superioridad, sacudió el encaje que caía en cascada desde los puños de sus mangas e hizo una teatral reverencia a su anfitriona, tratando de no tambalearse en sus zapatos de tacones altos. Después, de pie, abrió los brazos hacia la multitud que lo miraba desde abajo.

—Yo… he llegado —entonó de modo altivo.

Los hombres presentes se limitaron a alzar las cejas y lanzarse entre sí miradas burlonas, pero las damas suspiraron al unísono y de inmediato comenzaron a incordiar a sus acompañantes pidiendo ser presentadas. Excelente.

«Dejemos que empiece el juego.»

Clara Simpson se hallaba sentada entre dos damas de estilo bastante pomposo y ponía en práctica su invisibilidad. Ciertamente, parecía funcionar para sus compañeras de asiento, que hablaban por encima de su cabeza con entusiasmo.

Lástima que aquella habilidad no le servía con Beatrice, su cuñada, pues de haberle servido desde luego no se habría sometido de ningún modo a aquella velada. Pensar que habría podido estar libre durante horas aquella tarde, teniendo la seguridad de que no habría interrupciones mientras la familia estaba en el baile.

Bea había irrumpido en su habitación aquella tarde, empeñada en apartar a Clara de su pluma y su papel. En el ancho rostro de su cuñada ya se había instalado una implacable expresión y Clara supo al verla que no habría posibilidad de librarse de aquello que Beatrice tuviera en mente para ella.

—Bitty y Kitty me acompañarán al baile de los Rochester esta noche, Clara. Necesitaré que tú vengas como carabina.

Clara había intentado negarse, aun sabiendo que no serviría de mucho.

—No tengo ganas de ir al baile de los Rochester. Todavía estoy de luto.

—¿Hasta cuándo vas a continuar con eso, Clara? Mi hermano murió hace bastante más de un año. Cualquiera pensaría que sigues prendida de mi pobre Bentley.

—Quizás es así. —O quizás no deseaba procurarse un nue­vo vestuario, ya que estaba guardando cada penique en espera de que llegara el día en que pudiera mudarse de esa casa.

Beatrice había hecho un gesto de desdén.

—Bien, eso no muestra mucha consideración hacia mi susceptibilidad por tu parte, ¿no te parece? Me recuerdas su pérdida cada día. ¿Y qué crees que la gente dice cuando ve que ya he abandonado el luto?

Ah, ahí estaba la verdad.

—Quizás si llevaras…

—Oh, qué dices. Estoy horrible con cualquier cosa parecida al negro y tú lo sabes. Bentley jamás hubiera pretendido que llevara algo tan poco favorecedor durante mucho tiempo.

—Lo tendré en cuenta, Beatrice —había dicho Clara, como siempre hacía cuando salía aquel tema.

Personalmente, a ella no le importaba mucho qué ponerse. No tenía ningún interés en atraer a un hombre. Clara apenas conseguía reprimir un estremecimiento al pensarlo.

No, lo único que ella quería era la libertad de ser autosuficiente, y tal vez, sólo tal vez, de ser capaz de cambiar un poco las cosas.

Pero Beatrice era una fuerza a tener en cuenta, bastante parecida a un huracán. Clara simplemente a veces se agotaba de tanto resistirse. Además, aquella noche era una oportunidad de observar y no debía ser desperdiciada.

Así que ahí estaba ella, sentada junto a las tías solteronas, con el ojo puesto en dos muchachas que difícilmente llevarían a los hombres jóvenes a tomarse libertades con ellas, a pesar de su naturaleza dulce y sencilla.

Estaba bastante acostumbrada a quedarse en la pared, de hecho lo prefería. Había siempre algo interesante que ver desde allí.

Por toda la habitación había un flujo de gente, que por momentos se reunía formando pequeños grupos para luego separar­se y formar otros nuevos. Clara contemplaba la danza de bonitos vestidos y elegantes levitas, sintiéndose segura por no despertar el interés de nadie. Tal como había planeado, su vestido de medio luto, bastante apagado, armonizaba estupendamen­te con la tapicería, su pelo estaba cuidadosamente recogido bajo su gorro y su rostro estaba tan desnudo como el de una camarera.

Era imposible saber qué perlas de información podían llegarle desde allí. «Ahora me ves… ahora no me ves.»

Cuando un extraño silencio tranquilizó una parte de la habitación, ella lo advirtió mucho antes que sus compañeras. Todavía no habían acabado con su parloteo cuando la ola de silencio inundó la habitación haciendo que de repente sus voces se oyeran a un volumen alto.

A continuación del silencio, los susurros comenzaron. Co­mo el juego infantil del oído loco, donde lo que al comienzo se cuenta se convierte en algo completamente distinto al final. Cla­ra sonrió ante el irrespetuoso pensamiento, pero a decir verdad ella sentía tanta curiosidad como cualquier otra persona por la causa de la interrupción.

Finalmente, la ola de susurros que hacía circular la información alcanzó la parte trasera de la habitación. Las damas inclinaban la cabeza y se reían tontamente y con admiración en torno a ella, mientras los caballeros parecían ofendidos y fingían no estirar sus cuellos en dirección al recién llegado.

—¿Qué es eso? ¿Quién ha llegado? —bramó la dama que estaba a la izquierda de Clara. Clara se estremeció, pero se que­dó esperando una respuesta con tanto interés como su compañera de asiento.

—¡Es él! —dijo con entusiasmo una mujer desde un extremo de la multitud—. ¡Está aquí en persona! ¡Sir Thorogood!

«No puede ser.»

La indignación hizo que el rostro de Clara se tiñera de un rojo intenso. Su invisibilidad se evaporó. Cuando varias de esas miradas interrogantes se volvieron hacia ella, se dio cuenta de que estaba de pie y las palabras de protesta comenzaban a salir en voz alta de sus labios.

Aturdida, tartamudeó alguna cosa para alejar las miradas de aquellos ojos curiosos.

—Quiero decir… que… ¡qué extraño! Nunca había oído que… sir Thorogood acudiera a eventos sociales.

—Bueno, creo que es maravilloso —balbució una de las compañeras de asiento de Clara—. ¡No hemos tenido una cara nueva por aquí en siglos! Y con un hombre tan inteligente como él me atrevería a decir que ahora estaremos de lo más entretenidos. ¡Colecciono todas sus viñetas! Recortes originales, por supuesto, no hay ninguna copia entre ellos.

Clara no la escuchaba. Estaba ya inmersa en la multitud, deslizándose aquí y allá hasta situarse en primera fila, a menos de diez metros del mismísimo sir Thorogood.

Era muy alto. Detestable. Clara despreciaba a los hombres que parecían por encima de ella y la trataban como si tuviera do­ce años y además no fuese muy brillante.

Por no mencionar el hecho de que era muy guapo, de un mo­do exagerado y lleno de afectación. Despreciable. Una mata de pelo oscuro… demasiado largo. Y esos ojos… resultaba antinatural tener ojos de un color tan plateado. A unos ojos como ésos les costaría convencer a los demás de su profundidad y sinceridad.

¡Menudo pavo real! El hecho de que él no pareciera ni mucho menos tan ridículo como debería sólo la frustraba aún más. No había manera de esconder esos hombros, o ese vientre pla­no, o el fascinante corte de esos estúpidos pantalones…

Pero por supuesto, era un sinvergüenza. Lo único peor que un hombre alto y guapo era un hombre alto y guapo que no decía la verdad. Y él ciertamente no la decía.

«Mentiroso», pensó Clara con violencia, a pesar de que estaba reprimiendo cuidadosamente sus expresiones faciales.

«Mentiroso y ladrón y…»

Se detuvo a sí misma justo antes de adelantarse para denunciar a ese sinvergüenza. ¿Por qué estaba allí, usando ese nombre? ¿Cuál podía ser su objetivo?

Debía haber tenido el deseo de regodearse con la atención de una sociedad hambrienta de novedades… de aprovecharse del misterio que durante tanto tiempo había envuelto a sir Thorogood, esa fuente de viñetas mordaces que la sociedad tanto amaba.

Tenía que pensar. No podía denunciarlo públicamente, pues en ese caso perdería su propio anonimato. Perdería el trabajo que tanto había llegado a significar para ella. Debía dejarlo al descubierto de alguna otra forma. Necesitaba acercarse a ese extraño, necesitaba acercarse lo suficiente como para conseguir, a través de engaños, que él acabara revelando sus propias mentiras.

Avanzó poco a poco hacia un extremo de la multitud de mujeres que ahora lo rodeaban como palomas en torno a un puña­do de semillas.

Algunos acompañantes ya estaban siendo presionados para que hicieran las presentaciones de rigor.

Al cabo de un momento, Clara estaba perdida en medio del frufrú de telas y la mezcla de perfumes. A ambos lados de ella, las mujeres empujaban con fervor hacia delante, tratando de llamar la atención de aquel extraño tan alto. Cuando una de las damas miró en dirección a Clara, hubo un momento de sorpresa, segui­do de una evaluación felina con el consiguiente desprecio de sus encantos.

Un codo sedoso golpeó las costillas de Clara. Ella se apartó sólo para conseguir un pie pisoteado por unos zapatos de tacón alto. No podía avanzar más lejos en aquel enjambre de mujeres. Su entrenada discreción trabajaba ahora en su contra.

Pasaba inadvertida entre las mujeres con costosos vestidos y elaborados peinados, todo calculado para minimizar el cerebro y maximizar los pechos. Clara dio unos pasos atrás, y el espacio que dejó fue inmediatamente ocupado por otra dama espectacular. Por encima de las cabezas emplumadas que rodeaban al extraño, Clara pudo ver al astuto bribón sonriendo seductoramente a los plumajes más brillantes y los senos más hermosos, mientras las demás se afanaban desesperadamente por ser vistas desde los extremos.

¿Cómo podría acercarse? Tenía suficientes razones para buscar algunas respuestas de aquel hombre que podía arruinar to­do lo que hasta entonces había conseguido. ¿Cómo conseguiría distraer su atención de las mujeres más bellas de Londres?

Cómo… a menos que fuera una de ellas…

Bien, si eso era lo que atrapaba su atención, eso sería precisamente lo que ella usaría. Al fin y al cabo ella también tenía pechos y un par de pestañas. Lo que necesitaba era cierta ayuda para aprender a usarlos bien.

De repente Clara se sintió mejor. Sería realmente muy ingenioso por su parte. Si las otras eran deslumbrantes, ella lo sería aún más. Si las otras eran tontas, ella sería la más tonta de todas.

Después de todo, ¿quién podría sospechar que una mujer deslumbrante y tonta fuese algo más que un ornamento inútil? Realmente era un disfraz muy superior a aquel otro de mojigata invisible. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? No debía permitir que el mundo la tomara por una mujer seria y formal. De hecho debería parecer todo lo contrario.

Con paso decidido, Clara marchó en busca de Beatrice. Tenía un impostor que poner al descubierto.

Dalton avanzó a través del mar de damas que se amontonaban en torno a él, con sus ojos puestos en los caballeros. En algún lugar, en algún salón o sala de baile, se hallaba aquella noche el hombre que encarnaba a sir Thorogood. Dalton estaba decidido a restregar su propia presencia detestable ante las caras de todos los hombres de la sociedad hasta encontrar a aquel individuo.

Se acercó a un grupo de caballeros que le hicieron un lugar, recibiéndolo con curiosidad. Bueno, al menos la mayoría de ellos. Uno le dirigió una mirada maligna y se alejó furioso sin decir una palabra.

—Digo yo… espero que ese individuo no esté enfermo —di­jo Dalton suavemente en el tono aflautado de Thorogood—. Es tan desagradable pescar algo sólo por acudir a un simple baile.

Los hombres se miraron entre sí. El más joven, un tipo alto recién salido de la escuela, se aclaró la garganta.

—Creía que reconocería a lord Mosely, sir Thorogood. El dibujo que usted hizo de él fue la causa de que perdiera su puesto en el comité del orfanato.

Maldita sea. Dalton había examinado los dibujos, pero por lo visto no lo suficiente. Cubrió su traspié haciendo un gesto altivo con la mano.

—La musa me guía cuando hago mis retratos. Difícilmen­te puedo recordar a cada uno de los canallas que mi arte pone al descubierto.

Otro hombre asintió.

—Ha retratado a muchos, eso es cierto. Desde Mosely hasta Wadsworth, y todos los que hay entre éstos.

Era obvio que el hombre más joven ardía de curiosidad.

—¿Wadsworth?

Los otros lo miraron.

—Su mujer lo abandonó tras la aparición de la viñeta —explicó uno de ellos.

El joven aún parecía más interesado. Miró a sus compañeros, que decididamente eran más reservados, y luego volvió a dirigirse a Dalton.

—¿Podría decirme… quiero decir… dónde… dónde obtiene su información? Debe de ser realmente difícil enterarse de los secretos de todos. Después de todo, son secretos.

Dalton permitió que una sonrisa ligeramente maliciosa apareciera lentamente en su rostro. Se inclinó hacia delante y a pesar de su actitud distante los otros se inclinaron hacia él.

—Nada… —dijo con oscura intención—. Nada es secreto para sir Thorogood.

Varios del grupo tragaron saliva al unísono. Dalton se limitó a sonreír y tomó nota de sus caras para investigarlos en sus ratos de ocio. No tenía interés en sus manejos con las prostitutas y con el juego, pero uno nunca sabe dónde puede descubrir la traición.

Entonces las damas volvieron a la carga.

—¡Oh, sir Thorogood! —Canturreaban y aleteaban en tor­no a él como mariposas incapaces de orientarse para salir de la lluvia. Los caballeros se apartaron ante semejante tormenta femenina y Dalton soltó una maldición para sus adentros. No había contado con el magnetismo de sir Thorogood respecto a las mujeres.

¿Cómo podía haberlo hecho, cuando las mujeres lo habían tratado como una especie de león bastante aterrador durante la mayor parte de su vida? A veces se había preguntado cómo acabar con esa distancia, pero ahora comenzaba a echar de menos aquel temor intimidador que despertaba con todo su corazón.

Ponle un par de tacones altos a cualquier tipo y simplemen­te observa a lo que queda reducido.

°

Por otra parte, Clara arrastró a Beatrice hasta el retirado tocador de señoras. La habitación de mobiliario rosa y crema estaba provista de varios espejos de pared que sólo servían para multiplicar a las muchas mujeres que había hasta un punto que provocaba vértigo.

Bea colocó una mano en sus cabellos para proteger su arreglo de plumas de avestruz mientras cruzaba la puerta de entrada.

—¿Qué es lo que te pasa, Clara?

Clara no se molestó en responder. En lugar de eso arrastró a Bea hasta una esquina libre de la habitación.

—Necesito un aspecto distinto —le susurró con urgencia—. Necesito estar como ellas. —Hizo un gesto hacia las otras damas—. Bueno, mejor.

Un destello de engreimiento asomó a los ojos de Beatrice.

—Lo sabía. Sabía que te arrepentirías de no haber abandonado antes el luto. Es por ese Thorogood, ¿verdad? Es atractivo, lo reconozco.

Clara eludió la pregunta.

—Ayúdame, Bea.

Bea la miró de arriba abajo.

—Bueno, podemos visitar a madame Hortensia mañana por la mañana y encargarle algunas cosas, aunque estoy segura de que tardarán semanas en esta época del año.

—No, Bea. Ahora.

Beatrice pestañeó.

—¿Ahora? Quieres impresionar a un hombre con ese vestido, con ese pelo, y sin maquillaje…

Era el momento de usar un arma infalible. Clara se dio media vuelta y dejó caer los hombros.

—Si crees que tú no puedes, supongo que puedo pedírselo a Cora Teagarden…

—¿Esa gansa? ¿Tú estás loca? ¡Tiene las nociones de moda que puede tener una pulga! Acabarías con un aspecto muchísimo peor… —Farfullando de indignación, Beatrice agarró a Clara del brazo y la arrastró hasta el espejo.

De pie tras ella, Bea examinó el reflejo de Clara con una intensidad alarmante.

—El vestido no estará mal si le soltamos el encaje. Cielos, muchacha, ¿por qué llevas un corsé si no lo vas a ajustar como es debido? Baja los hombros… no, más abajo… mmm…

Se dio la vuelta e hizo un gesto a una de las criadas asignadas para ayudar a las damas que deseaban desatarse la ropa y refrescarse un poco.

—¡Eh, tú! Trae algo de polvo de arroz y pintura de ojos. ¡Y algunos alfileres! —gritó a la criada mientras ésta se retiraba.

Volviéndose hacia Clara, Beatrice sonrió con fiero regocijo.

—Me he estado muriendo de ganas de ponerte las manos encima durante años.

Clara tragó saliva. Oh, maldita sea. ¿Dónde se había metido?

Volver a autoras