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Inglaterra, 1860
Lord Edward Rawlings, segundo y único hijo vivo del difunto duque de Rawlings, no era feliz. Y no porque Yorkshire no fuese el lugar más agradable del mundo para pasar el invierno, aunque hubiera semanas enteras durante las cuales nunca lucía el sol. Tampoco porque lady Arabella Ashbury, cuyo marido era el propietario de la finca vecina de la mansión Rawlings, estuviera demasiado absorbida por sí misma como para distinguirlo con sus atenciones.
No, la infelicidad de Edward se debía a razones que, aunque hubiese querido, nunca hubiera podido expresar con palabras, y no quería, porque la única persona que tenía a mano era la vizcondesa de Ashbury. Y, aunque esa dama era conocida en toda Inglaterra por sus muchas y exquisitas cualidades, entre las que se contaban sus hermosos, delgados y elegantes tobillos, saber escuchar no era una de ellas.
—Dile a la señora Praehurst que haga un pedido de foie gras para cincuenta personas —dijo lady Ashbury mientras repasaba la larga lista de artículos de último momento que el ama de llaves de Edward debía adquirir para tenerlo todo a punto antes de que llegaran a Yorkshire sus amigos de Londres para un fin de semana de cacería—. Me he dado cuenta de que en el campo no todo el mundo valora el foie gras en su justa medida. Las Herbert ni siquiera deben de saber qué aspecto tiene.
Edward se tendió en un diván delante del fuego, en el Salón Dorado, y, aunque intentó contenerse, se le escapó un bostezo. Afortunadamente, lady Ashbury, que no estaba acostumbrada a que los hombres bostezaran en su presencia, ni siquiera se dio cuenta.
—No entiendo por qué tienes que invitar a las Herbert—continuó lady Ashbury. A juzgar por el tono de voz, no era petulante, pero tampoco estaba bromeando—. Aunque su padre administre tus propiedades, no puede decirse que eso te haya reportado ningún beneficio.
Edward se incorporó en el diván para servirse otra copa de brandy de la licorera que había dejado al alcance de la mano en la mesa auxiliar. Estaba bastante bebido, y tenía intención de emborracharse aún más antes de que llegara la noche. Una de las cualidades más sobresalientes de la vizcondesa era que este tipo de comportamiento no le molestaba.
Y si así era, al menos nunca lo mencionaba.
—Después de todo, Edward —añadió lady Ashbury—, si no fuera por sir Arthur Herbert y sus incansables esfuerzos en supuesto beneficio de la propiedad Rawlings, tú ya serías duque en lugar del mocoso de tu sobrino.
Edward se recostó, sorbió un poco de brandy y levantó la vista. El techo del Salón Dorado estaba pintado de un amarillo pálido que combinaba con las pesadas cortinas de terciopelo.
—Todo el mundo parece olvidar que el hijo de John es el heredero legítimo del título y la propiedad —dijo tras carraspear ruidosamente y con la misma voz grave que asustaba a los mozos de las caballerizas de Rawlings.
Lady Ashbury fingió no darse cuenta del amenazador tono de voz.
—Pero nadie sabía dónde estaba el chico hasta que sir Arthur empezó a meter las narices en el asunto.
—Porque yo se lo pedí, ¿te acuerdas, Arabella?
—Vamos, Edward, no seas condescendiente.
Lady Ashbury dejó caer la pluma en el secreter de tapa de marfil, se levantó con un ligero frufrú de la falda del vestido de raso azul pálido, y se dirigió con aire resuelto hacia el diván. Su pálida tez y los tirabuzones rubios contrastaban con el pardo rojizo del tapizado de las paredes, de modo que el conjunto formaba un hermoso cuadro. Ésa era, sin lugar a dudas, la razón por la cual la vizcondesa siempre quería estar allí en vez de en el Salón Azul Matinal, más confortable pero menos favorecedor.
—Hubiera sido lo más fácil del mundo decirle al duque que el hijo de John había muerto, igual que su padre y su madre, y quedarte el título.
Edward arqueó una ceja con gesto burlón.
—¿Lo más fácil del mundo, Arabella? ¿Mentirle a mi padre
en su lecho de muerte? Él pasó sus últimos diez años
maldiciendo a John por haberse casado con la hija de un párroco
escocés, y jamás hubiera permitido que ese mocoso
viniera a Rawlings a pesar de que es, de hecho, el heredero
legal del título. Sin embargo, como bien sabes, en sus últimas
horas el duque transigió. ¡Dios santo, Arabella! Hubiera
sido miserablemente deshonroso por mi parte no tratar
de cumplir con la última voluntad de mi anciano padre.
—¡Oh, al diablo con el honor! —exclamó lady Ashbury—. Pero ¡si nunca has visto al chico!
—No —respondió Edward. Apuró la cuarta copa de brandy y se sirvió la quinta—, pero lo haré cuando Herbert vuelva con él mañana. —Sonriendo para sí, Edward pensó: «Lo que no parece que pueda pasar por esa hermosa cabeza tuya, Arabella, es que no quiero ser duque. A diferencia de ti y de tu madre, cuya ambición en la vida era conseguirte un marido con título, estaría perfectamente satisfecho con ser, simplemente, un caballero».
Lady Ashbury resopló exasperada.
—Pues ya me dirás cómo vas a poder permitirte mantener todos los caballos que tienes en las caballerizas con la renta de un simple caballero, Edward. O la casa de Park Lane, en Londres, por no mencionar esta monstruosidad a la que llamas casa solariega. El único caballero que conozco que puede permitirse todo lo que tú tienes es el señor Alistair Cartwright y, como bien sabes, su fortuna es, al igual que la tuya, hasta el último penique heredada. No, Edward, tú eres hijo de un duque, y tienes los gustos de un duque. Tuúnica desgracia es no haber nacido antes que John, ese miserable hermano tuyo.
Edward Rawlings la miró y arqueó una ceja con expresión sarcástica.
—¡Maldita sea, Arabella! ¿De verdad crees que me gustaría
ser duque y tener que estar todo el día pensando en los negocios?¿Sentirme acosado permanentemente por hombres
como Herbert, que quieren hacer que uno consuma su tiempo
llevando al día las cuentas? ¿Tener que tratar con arrendatarios,
viendo cómo cubren el techo de su casa con paja
todos los años, educan a sus hijos y viven felices con su mujercita? —Edward encogió los anchos hombros en un estremecimiento
de disgusto—. Ese tipo de vida hizo de mi padre
un anciano y lo mató antes de tiempo. No voy a
permitir que eso me ocurra a mí. Deja que el mocoso de mi
difunto hermano se lleve el maldito título. Mientras tanto
Herbert velará por que Rawlings no se desmorone y, dentro
de diez años, cuando el chico salga de Oxford, podrá volver
y ocupar su legítimo lugar en los salones de la mansión Rawlings.
—Y ¿qué harás tú, Edward? —preguntó Arabella con una acritud mal disimulada—. Sólo puedes cazar de noviembre a marzo, y Londres es horroroso en verano. Lo que tú necesitas, querido, es una ocupación.
—¿Qué te has creído que soy? ¿Americano? —Edward soltó una carcajada un tanto grosera y apuró la copa—. Me encanta cuando te dignas a aconsejarme, Arabella, me recuerdas nuestra diferencia de edad. Dime, ¿a tu marido no le importa que su esposa cruce continuamente los campos a toda prisa para venir aquí? ¿A visitar a un hombre la mitad de viejo que él y diez años más joven que tú?
—No deberías beber tanto —respondió bruscamente la vizcondesa de Ashbury. Edward, con un suspiro de resignación, le restó una de sus cualidades—. Da lástima ver a alguien tan joven hinchado y con barriga.
Edward miró más allá de su pañuelo elegantemente anudado, sobre el chaleco que cubría su fuerte y musculoso pecho.
—¿Barriga? —preguntó incrédulo—. ¿Dónde?
—Tienes bolsas bajo los ojos. —Arabella dio un paso adelante y le quitó la copa de brandy de las manos—. Y salta a la vista que empiezas a tener papada, igual que tu padre.
Edward soltó una maldición y se levantó de un salto, aunque el efecto del brandy le hizo tambalearse un poco. Con más de un metro ochenta de altura, Edward imponía, y en el Salón Dorado de Rawlings parecía el doble de alto. Su gran figura hacía que los delicados muebles de terciopelo dorado y verde parecieran diminutos, y sus pies, calzados con unas lustrosas botas de montar, pisaban con extraordinaria fuerza las alfombras persas cuidadosamente cepilladas. Edward dio un par de zancadas hacia el espejo biselado que colgaba de una de las paredes y examinó su reflejo.
—¡Dios santo, Arabella! —dijo pasando la mirada de su imagen a la de la vizcondesa—, no sé de qué me hablas.¿Dónde ves las ojeras?
Edward estaba seguro de que no era la vanidad lo que le impedía ver esos signos de libertinaje, y que, si los hubiera, sin duda los reconocería. A Edward no le preocupaba su aspecto, pero después de habérselo oído decir a tantas mujeres, sabía que era agradable. De todos modos, era consciente de que, a pesar del elegante corte de su traje, parecía fuera de lugar en cualquier salón, dorado o no. Tenía la constitución morena y taciturna de un pirata o un bandido, y el pelo negro azabache, un poco largo, que tendía a rizarse contra el cuello de la chaqueta. El contraste con lady Ashbury, que era blanca como el algodón, no podía ser mayor. Sólo los ojos de Edward eran claros, de un gris que recordaba el color de la bruma que cubría permanentemente los montes que rodeaban la mansión Rawlings.
—No quería decir que tuvieras papada ahora —respondió la vizcondesa de Ashbury, que de pronto parecía muy ocupada con algo que había encima del secreter—. Lo que quería decir es que, si no te cuidas...
—Eso no es lo que has dicho.
Edward se sentía molesto por el hecho de que ella lo hubiera hecho levantarse de un salto del diván por lo que, ahora que estaba de pie, lo mejor que podía hacer era irse arriba. Podría sentirse infeliz con más tranquilidad en la acogedora biblioteca, o incluso en la sala de billar, donde podría fumar y beber a sus anchas sin que ninguna mujer lo agobiara con sus advertencias. Pero antes de que tuviera la oportunidad de inventar alguna excusa que darle a la susceptible vizcondesa, con quien acababa de compartir unas cuantas horas llenas de excitación en la habitación de invitados del tercer piso, Evers entró en el salón y anunció.
—Sir Arthur Herbert quiere verlo, señor.
El mayordomo, que había servido al padre de Edward durante cincuenta años y serviría indudablemente al nuevo duque durante veinte años más, no se inmutó ante la evidente embriaguez de su señor a una hora tan temprana.
—¿Herbert? —preguntó Edward con incredulidad—. ¿Cómo es posible que ya esté de vuelta? No le esperaba hasta mañana, como muy pronto. ¿Está el mocoso, quiero decir su excelencia el duque, con sir Arthur, Evers?
La mirada de Evers no se apartó en ningún momento de algún punto por encima de la chimenea de mármol verde.
—Sir Arthur está solo, señor y, podría añadir, que en un estado de considerable agitación.
—¡Maldita sea! —Edward se frotó la barbilla. Aunque era primera hora de la tarde, la tenía áspera como si no se hubiera afeitado. Que Herbert volviera solo únicamente podía significar que la información que tenían de Aberdeen era falsa, como siempre. ¡Herbert había jurado que la fuente era fiable! Ahora Edward tendría que dedicar más esfuerzos, y dinero, a buscar al heredero del ducado de Rawlings. ¿Cómo era posible que un niño de diez años desapareciera así de la faz de la Tierra?
—¡Maldita sea! —dijo Edward con irritación—. Hágale pasar, Evers. Hágale pasar.
La vizcondesa suspiró con dramatismo tan pronto como el mayordomo hubo salido.
—Oh, Edward, ¿de verdad quieres recibir a ese inoportuno aquí? ¿No podrías haberle hecho pasar a la biblioteca? No me agrada especialmente oíros decir tonterías sobre ese maldito niño.
—¡Sí, maldito! —Sir Arthur, corpulento y expansivo como siempre, entró en la habitación casi sin esperar a que Evers hubiera abierto del todo la puerta, y pasó a toda prisa por delante del mayordomo, que lo miraba con las cejas arqueadas—. ¡Oh, un niño realmente maldito, lady Ashbury! Nunca se han dicho palabras más acertadas.
Sir Arthur estaba tan angustiado que ni siquiera había dejado que el lacayo le quitara la capa y el sombrero, y la nieve le resbalaba de los hombros empapados. A su lado, Evers vacilaba mientras miraba, con semblante contrariado, cómo aumentaban las manchas en la alfombra debajo de las galochas del abogado.
—¡Por Dios, caballero! —le soltó Edward, sorprendido por la descuidada apariencia de su administrador—. ¿Viene usted directamente de Escocia o del infierno?
—Lo último, señor, lo último, se lo aseguro.
Antes de que Evers pudiera detenerlo, sir Arthur se desplomó en el diván de terciopelo verde del que Edward acababa de levantarse. La nieve cayó en los almohadones y empezó a fundirse inmediatamente al calor del generoso fuego.
—Nunca, durante todos estos meses que he estado yendo tras el heredero de su padre, me habían ocurrido cosas tan desagradables, lord Edward.
La vizcondesa, que había estado observando la escena con una ligera mueca de desdén y las cejas arqueadas, miró al mayordomo.
—Evers, creo que sir Arthur necesita una copa de brandy.
—No, no —respondió sir Arthur con un movimiento de la gruesa mano—. No, gracias, señora. Nunca bebo antes del mediodía. Lady Herbert no lo aprobaría en absoluto.
—Pero sir Arthur... —La sonrisa de Arabella era decididamente burlona—. Al fin y al cabo, ya es más de la una.
—Ah, en ese caso... —Evers ya estaba junto al abogado con una copa llena—. Oh, gracias, Evers, buen hombre. Es lo que necesito en este momento. Y no hay razón por la que Virginia se tenga que enterar, ¿verdad?
Como casi siempre que se encontraba ante el asesor de confianza de su difunto padre, Edward sentía el impulso de hacer pedazos cualquier cosa que se le pusiera por delante.
—¿Debo suponer, por su total falta de compostura, que nos han engañado otra vez? —preguntó Edward apretando los dientes.
Sir Arthur levantó la mirada del brandy con una cómica expresión de sorpresa en el fofo y anodino rostro.
—¿Cómo? ¿Engañados? Oh, no, señor. En absoluto. La información era correcta. —Soltó un suspiro tan dramático como ruidoso—. Una verdadera lástima.
Cuando sir Arthur alargó la mano temblorosa para servirse otra copa de brandy de la licorera que estaba sobre la mesa dorada, tanto Evers como Edward dieron un paso adelante para detenerlo; el mayordomo por un indignado sentido de la responsabilidad, y Edward por pura frustración.
Edward no estaba tan ebrio como para no poder ser más rápido que un hombre de cincuenta años con cinco hijas y un mayordomo de setenta. Apoyando una rodilla en el diván, cerró la mano alrededor del cuello de la licorera de brandy. Edward era tan alto que sólo si se arrodillaba podía mirar directamente a los ojos a sir Arthur, sentado en el diván, y lo hizo sin tener en cuenta que sus propios ojos grises brillaban con una ira peligrosamente contenida.
—¿Qué... —preguntó Edward, pronunciando claramente cada palabra—... ha pasado... en... Escocia?
Sir Arthur bajó la mirada hacia su copa, acobardado por la amenazadora expresión de Edward.
—Bien, señor —farfulló el abogado—, verá, señor, es queél..., el duque, señor, el joven Jeremy de Rawlings...
—Entonces ¡lo ha encontrado! —dijo Edward aliviado—. Gracias a Dios. —Pero el alivio se convirtió inmediatamente en impaciencia—. Pero si lo ha encontrado, ¿por qué demonios no lo ha traído con usted a Rawlings?
—No quiere venir —dijo simplemente sir Arthur encogiéndose de hombros.
Edward no estaba seguro de haber oído bien.
—Por favor, sir Arthur, ¿podría repetir lo que ha dicho?
—No quiere venir —dijo sir Arthur de nuevo—. Y parecía muy seguro de ello, señor. No quería irse de allí sin...
—¿Que no quiere venir? —exclamó Edward poniéndose de pie de un salto y cerrando los puños. Se dio cuenta de que Arabella lo miraba alarmada, pero no pudo contenerse y empezó a andar de un lado a otro de la habitación como un animal enjaulado.
—¿Que no quiere venir? Le dice al chico que es el heredero de una fortuna, el propietario de una finca que es la joya de Yorkshire, que es un duque, ¿y no quiere venir? ¿Ese niño es idiota, o qué? —exclamó Edward. Evers, que había estado intentando retirar la licorera vacía, se sobresaltó.
«Sólo John podría haber traído al mundo a un heredero tan estúpido», pensó Edward, furioso.
—Oh, no, señor —dijo sir Arthur con un estremecimiento—. Al contrario. Está sano como un potro, tiene diez años y rebosa de vida. Me tiró un huevo a la cabeza en el mismo momento en que bajé del carruaje.
—Entonces, ¿por qué no ha venido con usted? —dijo Edward intentando calmarse.
—De hecho, no es por el chico, señor, sino por su tía.
—¿Tía? —Arabella apartó la mirada del minucioso examen que estaba haciendo de sus uñas—. ¿El chico tiene una tía?
—Sí, señora. Ya sabe que se quedó huérfano cuando su padre, lord John, falleció, hace diez años. Creo que su madre, su infeliz esposa, murió poco después. Al duque lo han criado una hermana de su madre y el abuelo materno, que falleció hace más o menos un año, creo. Una cosa terrible, según tengo entendido. Cayó muerto en el púlpito. Ya sabe que era párroco.
Edward estaba empezando a sentir que era la única persona en la sala, a excepción tal vez de Evers, que aún tenía cierto sentido de la realidad.
—Y ¿qué pasa con la tía? —preguntó, intentando reconducir la conversación—, ¿no deja venir al chico?
—No exactamente, señor. En realidad el chico no quiere venir sin ella. Están muy unidos. Es realmente conmovedor, a esta edad, ver a un niño tan unido a...
—¡Demonios, Herbert! —gritó Edward—. ¿Por qué no le dijo a esa mujer que viniera también?
—Por supuesto que lo hice, señor —respondió sir Arthur asustado—. Le dije que podía venir a vivir a Rawlings durante tanto tiempo como quisiera. Durante el resto de su vida, si quería. —De pronto, el abogado se calló y empezó a quitarse la chaqueta—. Hace calor aquí, ¿verdad, Evers? Creo que el fuego está demasiado fuerte.
—¿Y bien? —Edward había dejado de andar de un lado para otro y estaba con el codo apoyado en la repisa de la chimenea. A él no le parecía que hiciera calor en absoluto—. ¿Y bien? ¿Qué dijo esa mujer al respecto?
—Oh, se mostró decidida a rechazar la invitación, señor. No quiso ni oír hablar del asunto. Y, por supuesto, el chico no quiere venir sin ella. —Herbert se encogió de hombros—. Así que aquí estoy.
—¿Rechazó venir?
A Edward realmente le apetecía pegarle un puñetazo a algo. Justo en ese momento, Evers había sacado un biombo para colocarlo entre Herbert y la chimenea, así que Edward descargó en él su cólera, destrozando de un golpe la delicada mampara pintada a mano. Arabella soltó un chillido y a Herbert le faltó poco para desmayarse. Sólo Evers mantuvo la calma, recogió el biombo y miró a su señor con reproche.
—¿Acaso la idiota es la tía, entonces? —preguntó Edward.
—Oh, no, señor, al contrario. —Sir Arthur había empezado a sudar profusamente, ya fuera por el calor o por el nerviosismo que le producía el comportamiento de Edward. Pensaba que, después del biombo, tal vez el objetivo de uno de aquellos grandes puños sería él. En cualquier caso, con el fofo rostro reluciente de sudor, se dispuso a dar explicaciones de inmediato—: No, señor, no es idiota. Es liberal.
Si el corpulento abogado hubiera escupido en el suelo, Edward no se habría quedado más estupefacto.
—¿Qué es qué? —musitó.
—Liberal.
Sir Arthur sonrió a Evers, que mientras tanto retiraba la capa y el sombrero que el abogado había dejado, mojados y hechos un fardo, encima del diván.
—Antimonárquica, señor. No quiere tener nada que ver con la aristocracia. Dice que es la clase responsable de que no se lleven a cabo reformas para ayudar al pueblo. Y que los conservadores mantienen a las masas en una situación de extrema pobreza para que el uno por ciento de la población disfrute del noventa y nueve por ciento de la riqueza. Dice que los propietarios de la tierra como usted no son más que seres frívolos sin nada en la cabeza excepto la caza y las mujeres fáciles. —Entonces se detuvo, abochornado, miró a la vizcondesa y añadió—: Le ruego que me disculpe, lady Ashbury.
Arabella arqueó una ceja, pero no dijo nada. Edward no daba crédito a lo que oía. No era posible. Simplemente, no era posible. Habían encontrado al heredero del duque de Rawlings y el chico no quería ir allí porque una lunática tía suya era liberal. ¿Cómo era posible?
—No lo entiendo —dijo Edward, esforzándose por mantener la calma. No quería volver a perder los estribos. No había nada más que golpear, a excepción de la fofa y sonriente cara de sir Arthur, pero aquel charlatán le caía bien y no quería hacerle daño. Al menos, no mucho.
—¿Lo que está diciendo es que esa mujer rechazó una invitación para vivir en una de las casas más espléndidas de Inglaterra por sus opiniones políticas?
—Eso es, señor, eso es. —Sir Arthur rió entre dientes—. Y, por supuesto, el chico no quiere venir sin ella.
—Y esa... —Edward tragó saliva—, esa mujer, ¿no tiene un marido que la haga entrar en razón?
—Oh, no, señor, la señorita MacDougal es soltera.
—¿La señorita MacDougal?
—Sí, señor. Pegeen MacDougal. Desde que murió su padre, ella y el chico viven en una casita, cerca de la rectoría. Creo que tienen una pequeña renta que les dejó la madre de ella. Dios sabe que el párroco no les dejó nada.
—Una solterona —dijo Edward entre dientes—. Mis planes desbaratados por una tía solterona con inclinaciones liberales. ¡Maldita sea!
Edward estuvo a punto de tirarse del pelo, descontrolado, pero en vez de eso le gritó tan fuerte a su administrador que incluso el impasible Evers se sobresaltó.
—¿Y usted no ha podido convencer a una solterona que vive en la miseria de que lo mejor para su querido sobrino es dejarle venir a vivir en el esplendor de una casa solariega de Yorkshire? —preguntó Edward con incredulidad—. ¿Acaso es usted bobo? ¿Puede haber algo más fácil que eso? ¿Es que no sabe nada acerca de las mujeres? ¿No pudo sobornarla?¿Seducirla? ¿Ganársela con halagos? ¿Acaso no hay nada en el mundo que esa mujer quiera y le podamos dar a cambio del chico?
Sir Arthur se había inclinado hacia atrás tanto como permitía el diván, pero ni aun así pudo escapar de aquella amenazadora mirada que quemaba más que el fuego. Tragando saliva, se llevó un dedo regordete al cuello de la camisa y tiró de él inútilmente.
—Pero ¡señor, se lo he dicho! No quiso saber nada de mí. Me echó de su casa, ¡e incluso me tiró una vasija! —Sir Arthur casi lloriqueaba—. Y el chico, señor, no tiene ningún tipo de educación, es un verdadero demonio. Me metió una asquerosa rata en el bolsillo y puso un abrojo debajo del arnés de uno de los caballos del carruaje. ¡Creí que nunca volvería a ver a lady Herbert!
De pronto, Edward se dio la vuelta y bajó los anchos hombros. Sabía lo que debía hacer. Su error había sido enviar a un abogado para hacer algo que tendría que haber hechoél mismo. ¿O acaso su padre no le había dicho siempre que era invariablemente más sencillo hacer las cosas uno mismo que explicarle a un asalariado cómo debía hacerlas? Aquél era un buen ejemplo de ello. ¿Qué sabía sir Arthur de mujeres, a pesar de tener cinco hijas? Había hecho la corte y se había casado con la única mujer que lo hubiera aceptado; y aunque Virgina Herbert era una criatura delicada, no había hecho que el incompetente pretendiente superase ningún obstáculo.
Era evidente, sólo había una solución. Él mismo tenía que viajar a Aberdeen y traer al chico, junto con su maldita tía.
¡Una liberal! ¡Que Dios mantuviera alejadas de él a las mujeres demasiado cultivadas! ¿Qué debía de tener el párroco en la cabeza para dejar que su hija leyera los periódicos? Ella no tenía ninguna necesidad de saber la diferencia entre liberales y conservadores. No era de extrañar que fuera soltera, y desde luego estaba condenada a seguir siéndolo si lo que le había soltado a sir Arthur era un ejemplo de su capacidad de conversación.
—Disculpe, señor ¿puedo retirarme? —preguntó Evers después de carraspear en el umbral de la puerta. Edward, de pie delante de la chimenea y con las manos a la espalda, se dio bruscamente la vuelta.
—No, Evers. Informe a mi ayuda de cámara de que nos vamos a Escocia de inmediato. Voy a necesitar camisas para al menos quince días. Y dígale a Robert que prepare el carruaje. Quiero salir tan pronto como haya hecho el equipaje.
Sentada delante del secreter, Arabella dejó caer la pluma.
—Edward, ¿estás loco? ¿No estarás pensando en ir a ver a esa horrible mujer?
—Por supuesto que sí —respondió Edward—. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Acaso crees que carezco del poder de persuasión necesario? ¿Que una liberal escocesa y solterona está fuera de mi alcance?
Lady Ashbury se echó a reír. Su risa, Edward ya se había dado cuenta en otras ocasiones, era fría y tintineante, como la campana que anuncia que la cena está servida; sin resonancia y con un tono exigente.
—Por supuesto que no, Edward. Todos sabemos lo persuasivo que puedes llegar a ser cuando quieres algo —dijo Arabella con una mirada llena de intención. A Edward no se le escapó el sutil cambio en el semblante de la vizcondesa cuando posó la mirada en el ligero relieve de sus pantalones—. Pero querido, debes de estar desesperado para viajar a Escocia con este tiempo. ¿A qué viene tanta prisa? Ya sabemos dónde está el niño, y no parece que vaya a ir a ninguna parte.
—Quiero terminar con esto de una vez —dijo Edward tranquilamente, volviéndose hacia el fuego—. Mi padre murió ya hace casi un año, y durante estos meses, Rawlings ha ido consumiéndose sin un duque. Ya ha pasado demasiado tiempo.
—¿Ah, sí? —rió la vizcondesa—. ¿Desde cuándo te preocupas por Rawlings? Se lo digo en serio, sir Arthur, es usted una mala influencia para Edward. Tal vez dentro de poco querrá darse una vuelta por los prados donde pastan las ovejas.
Sir Arthur miró a Edward horrorizado ante la idea de su viaje a Escocia.
—Se lo suplico, señor, no lo haga. Deles tiempo. Quizá dentro de un mes o dos, cuando se hayan hecho a la idea, vendrán. La señorita MacDougal estaba completamente convencida de que a su padre, el duque, el muchacho le era totalmente indiferente, ¿sabe? Se quedó muy sorprendida cuando le dije que no le había desheredado.
—No puedo esperar un mes, sir Arthur —respondió Edward—. Voy a marcharme hoy mismo, y apuesto lo que quiera a que en menos de quince días volveré con los dos, el chico y su tía, para que se instalen cómodamente en Rawlings.
—Si quieres hacer apuestas, lo mejor será que despiertes a tu compañero de colegio, el señor Cartwright —dijo Arabella con aspereza—. Todavía está dormido en la biblioteca después de la partida de billar de ayer por la noche. ¿Vas a llevarlo contigo, Edward? Estoy segura de que le encantaría entablar una inteligente conversación con una solterona escocesa.
—No voy a necesitar los dudosos servicios de Alistair en este viaje —masculló Edward—. Puedes quedarte con él, Arabella, para que te entretenga mientras estoy fuera. Vigila que no rompa ningún objeto valioso, y que, si lo hace, compre otro.
—Señor, permítame que le pida por favor que recapacite.—Sir Arthur estaba tan nervioso a la vista de los planes de Edward que se levantó del diván y se acercó a él para intentar convencerlo—. Me temo que no comprende hasta qué punto es imprevisible elcarácter de esa mujer. Está totalmente convencida de que la aristocracia es despreciable, e insiste en rechazar con firmeza la invitación.
Edward se echó a reír y puso una mano en el hombro del abogado.
—Herbert, viejo amigo, déjeme decirle algo acerca de las mujeres: todas son iguales —dijo mirando con sorna a la vizcondesa—. Todas quieren algo. Lo que tenemos que descubrir es qué quiere la señorita MacDougal, y dárselo a cambio de su sobrino. Tan sencillo como eso.
—El problema, señor —respondió sir Arthur, que no parecía en absoluto convencido—, es que yo creo saber lo que quiere la señorita MacDougal.
—¿Y bien, Herbert?
—Su cabeza, lord Edward. En una pica.