Al limite

EL LADRÓN DE HUMO , Shana Abé

PRÓLOGO

Imagina un lugar tan impregnado de magia que el mismísimo aire que allí se respire esté adornado con plumas de color gris perla y de azul humo; donde los árboles hagan una reverencia con el peso de sus ramas, zambulléndose en la profundidad del suelo, dejando caer hojas y espinas sobre lechos perfumados. Un lugar de blancas y brillantes montañas, de oscuros bosques, y un antiguo e inmenso castillo. Un lugar pleno de diamantes naturales que se agitan en el centro de la tierra para enlazar los bosques con invisibles collares de hielo y fuego.

Un lugar sin animales. Un lugar difícil de divisar. Un lugar tan oculto que ni siquiera el sol pueda traspasarlo para llegar hasta su interior, pero donde el astro esparza su luz sobre las copas de los árboles y les otorgue un intenso verde en las alturas y una silenciosa oscuridad abajo.

Donde los arroyos fluyan como espadas de cristal a través de las rocas y las hojas. Piedras de jaspe y cuarzo espolvoreadas con partículas de oro se deslizan por los arroyos. Guirnaldas de diamantes se acomodan en la profundidad de los lagos, escondidos debajo del sedimento.

Imagina que en este lugar nace un pueblo. Un pueblo especial, los únicos seres de estos bosques. Viven y cazan separados del resto del mundo, domestican el bosque, tallan las montañas de cuarcita, construyen un solitario castillo que pende con un helado esplendor de la desolada ladera del pico más alto.

Ellos oyen los diamantes en la tierra. Cantan a las nubes. Poseen el dominio del pensamiento y de la transformación; impregnados en magia, viven espléndidos y distantes; y cuando los Otros, celosos, comienzan a llegar, la gente de las montañas y de los bosques defiende su hogar con una ferocidad que hace añicos al mismo cielo. Pero los Otros no detienen la invasión. Imagina la sangre. Imagina la guerra. Norte, sur, este y oeste… en todas direcciones, los invasores avanzan lentamente, cubriendo de lodo los arroyos, entumeciendo la tierra, con una sola ambición: el castillo y la montaña.

Para los últimos habitantes que quedan en la cima de la montaña, el futuro es tan brillante y frío como la luz de las estrellas. Quitan los diamantes y piedras de jaspe que fueron colocados en las rocas de su fortaleza. Reúnen a sus niños y se desvanecen en el aire, azul y gris perla. Pero no se llevaron todos los diamantes cuando huyeron. Ni tampoco se llevaron hasta el último niño. Ahora… imagina… que no son seres humanos.

Son los drakones.

***

Por un largo tiempo, el castillo abandonado permaneció infranqueable. No había senderos que llevasen hacia la ladera de la montaña; todo era roca puntiaguda y aún más puntiaguda en el descenso. Los hombres y los hijos de los hombres lo estudiaron durante décadas, maravillándose ante su grandiosidad, su desafío absoluto hacia todo lo que yacía debajo. Los arañados glaciares del valle que abrazaban los riscos escarpados ostentaban gran cantidad de cuerpos mutilados.

Sin embargo, con tantas cosas fuera de su alcance, el sueño de la conquista se cocía a fuego lento entre los invasores. Finalmente, comenzaron a descifrar cómo escalar la montaña, cómo afirmar sus sogas, cómo picar la roca. De este modo, a través de los años, tallaron un sendero.

Se devoró vidas.

Los hombres eran pequeños y el castillo demasiado alto; siempre había nuevas batallas que pelear, nuevos cultivos que cosechar, nacimientos y muertes y estaciones fugaces. Las personas que habitaban los bosques eran simplemente los Otros; no oían los diamantes bajo sus pies, y nunca pudieron viajar por las nubes. Se decía que las escamas de oro que se deslizaban por los lagos y los arroyos eran los últimos pensamientos de los dioses derrotados.

La fortaleza parecía un espejismo más que una aspiración; siempre envuelta en niebla; la áspera cuarcita sangraba cristalinos arroyos sobre sus laderas, murallas y parapetos. Finalmente, hasta las criaturas que una vez lo habitaron se convirtieron en leyenda; su encanto y ferocidad se desvanecieron hasta transformarse en cuentos no más tangibles que el quejido del viento.

Las montañas tenían un nombre: Cárpatos. Y el castillo del pico más alto: Zaharen Yce. Las Lágrimas de Hielo. El tiempo se salió con la suya. De vez en cuando, un bloque de algún torreón se aflojaba y caía, golpeando con fuerza en el acantilado. En la base, los aldeanos hacían una pausa y observaban. Algunos hacían bromas: «los dioses se están despertando».

Finalmente llegó el día en que los Otros terminaron el sendero que los llevaba hacia el cielo. Pero a todos aquellos que ingresaron por primera vez al antiguo castillo les aguardaba una gran sorpresa. A pesar de sus ansiosas bromas, todos creían que estaba abandonado.

Pero no lo estaba.

***

Los Montes Cárpatos trazaban una luna creciente a través de Europa y a través de las líneas imaginarias de los hombres, más allá de las provincias y ducados e incluso reinados, sin importar las fronteras de los seres humanos. Con tormentas de viento y asombrosas alturas, removieron todo rastro débil de civilización, brutales ante lo frágil, lo inesperado; exaltando sólo lo poderoso. Invierno y nieve y flores alpinas, prados y bosques sombríos: en uno de los picos más remotos, una nueva familia de aristócratas comenzó a florecer lentamente.

Eran orgullosos, y pocos, delgados y hermosos. Era el legado que los drakones habían dejado además del castillo: un hijo y una hija y, a partir de ellos, generaciones de vida nueva para morar entre la niebla y el tormento de los Otros, hasta que aprendieran los secretos de sus enemigos. Hasta que aprendieron, en realidad, a ser ellos… a mirar como ellos lo hacían, a respirar, a comer y a hablar igual que ellos. A trabajar la tierra como lo hacían los Otros, todo el tiempo ocultando sus verdaderos rostros y sus verdaderos corazones.

Y de esta manera, eso es lo que encontraron los primeros invasores al entrar en el castillo, antes de caer sobre sus rodillas: un puñado de gente, pálida y bellísima, con labios que esbozaron una sonrisa en son de bienvenida, pero con ojos ardientes.

***

Pasaron los siglos. La familia creció. Comenzaron a respetar a los aliados y a los enemigos por igual, unieron ciudades y, en las laderas de las montañas, tenían esclavos para servirlos. Monasterios, herreros, fundidores. Comercios, minas, ciudades amuralladas. Mientras las ilusorias fronteras de los países rebosaban de gente, la familia engendró guerreros luego, una aristocracia.

Vivían en un castillo ubicado en la cima de la montaña que brillaba como el azúcar y la sal bajo el sol, que se convertía en hielo con la nieve. Guardaban el oscuro secreto con gran, gran celo. Con el tiempo, prosperaron. Su fuente de riqueza no era solamente la natural abundancia de sus queridas montañas sino también la absoluta fidelidad de su pueblo. La familia había vivido en Las Lágrimas de Hielo durante tanto tiempo que ya nadie podía recordarlo. Sólo ellos controlaban el camino que se enroscaba por la ladera de la montaña. Sólo ellos controlaban las minas, a los fundidores, a los obispos, a los mercaderes y los pasos cegados por la nieve que llevaban a los diferentes poblados.

Y sólo ellos tenían la capacidad de oír los diamantes en el suelo, podían probar el oro enterrado en la oscura tierra. Estos seres, que una vez fueron perseguidos por los Otros, eran ahora sus protegidos. Eran queridos, admirados y temidos. La familia era conocida como Zaharen, al igual que su fortaleza de hielo cristalino, y abundaban las historias acerca de ellos. Se decía que estaban bendecidos y también malditos.

Que habían sido tocados por el dedo de Dios… o del Diablo.

De vez en cuando resurgían hasta rastros de la antigua leyenda, murmullos de que los Zaharen no eran lo que parecía. Que en los cielos, por la noche, tarde, sobre la resbaladiza superficie del castillo, se podían observar sinuosos monstruos que intentaban cazar la luna. Sólo los tontos hablaban en voz alta de cosas como esas; nadie se tomaba la ira de la familia con poca seriedad.

Pero la verdad era que, más allá de todos los rumores que rodeaban a la familia, los Zaharen sólo prestaban atención a un rumor: el de las piedras. El castillo se llenó de diamantes una vez más. Cada hueco, cada cavidad de donde habían sido quitadas por la fuerza las antiguas piedras fue rellenada. Para los pocos Otros que fueron invitados a la fortaleza, las piedras preciosas sin pulir parecían sombrías y extrañamente brillantes; un asimétrico mosaico de colores lúgubres y espectrales revestía los salones.

Sin embargo, cuando uno de los miembros de la familia caminaba y apoyaba sus manos, cuando con sus dedos acariciaba los muros, la melodía de las piedras lo saciaba como si fuera néctar. El castillo Lágrimas de Hielo una vez más se impregnó con una música que sólo los drakones podían percibir.

Existía sólo una piedra que no estaba incrustada en los muros. La guardaban en una bóveda, abandonada allí desde los comienzos cuando la primera camada de drakones huyó de aquellas tierras. Ninguno de los Zaharen podía tocarla, aunque todos conocían su poder. Cantaba incluso desde las profundidades del castillo.

Este diamante se conocía como Draumr. Demasiado poderoso para ser destruido; demasiado peligroso para mirarlo, porque mirarlo significaba sufrir por él… Era el único fragmento conocido sobre la faz de la tierra con el potencial de eclipsar a toda la familia. Los Zaharen eran, sobre todas las cosas, estrategas. Sabían que el secreto de ese diamante era el secreto de su destrucción.

Estaba incluso prohibido nombrarlo.

***

Por lo general, las grandes riquezas inspiran grandes resentimientos y los Zaharen se encontraban entre las familias más ricas del mundo civilizado. Se creía que sus tesoros se equiparaban con los de Roma y que el papa sintió tanta envidia en la única visita que hizo al castillo que no se fue sin llevarse un puñado de helados e inmaculados diamantes entregados por la doncella más joven de la familia.

Se trataba de una princesa, encantadora, brutalmente protegida. Era considerada la piedra preciosa viviente de la montaña; se recitaban poemas en su nombre, las flores crecían a sus pies. Los valientes hombres mortales ansiaban que pasara el invierno para poder vislumbrarla; cuando el papa la tocó con su mano desnuda aquella mañana, haciendo una reverencia sobre su montura, se dice que lloró de alegría.

Comprometida desde su nacimiento, al cumplir los quince años debía casarse con un primo aristócrata. Pero en la noche de su boda fue raptada del castillo. La llevaron debajo de las laderas y con ella, el único objeto del mundo que podía evitar que escapara de su secuestrador, que su familia no pudiera buscarla: Draumr.

***

Los Zaharen cayeron en la ruina.

La pérdida de la princesa fue un golpe amargo; el no haber podido recuperarla, fue aún peor. El hombre que se la había llevado se había casado con ella. Tuvieron hijos. La sangre estaba contaminada.

Sin embargo, cuando los Zaharen intentaron recuperarla, asesinar al mortal que se había animado a desafiarlos, se desvanecieron por completo, uno por uno. Ninguno de los Otros pudo comprender cómo sucedió. Aquel hombre no era nadie. Era un campesino, un labrador.
Pero tenía a la princesa y tenía el Draumr y era todo lo que necesitaba. Contra caballeros y asesinos, contra temibles bestias, el campesino comenzó a destruir a la familia más poderosa conocida sobre la faz de la tierra.

Sin las órdenes de los drakones líderes, las tropas se disolvieron en corrupción y desorden. Las ciudades prósperas comenzaron a quedar vacías, sin gente. Los príncipes extranjeros comenzaron a sentir la debilidad; nuevas tropas invadieron el lugar. Las fronteras humanas comenzaron a acercarse más y más a Zaharen Yce. Para cuando la familia se dio cuenta de que no podía defender más el castillo ni sus vidas, sólo quedaban alrededor de una decena de ellos.

Y por debajo de las laderas de la montaña, los hijos con sangre mezclada estaban estupefactos bajo el hechizo del diamante de ensueño.

***

Fue la princesa quien finalmente rompió el hechizo.

Fue la princesa quien se dio cuenta de que su vida valía menos que la de su raza, la de sus hijos y, entonces, una noche clavó una daga en el corazón del campesino y tomó el diamante que la había esclavizado del cuerpo de él.

Durante años, el Draumr cantó dentro de su mente como una sinfonía. Le había prometido el paraíso, dulces sueños por siempre, y a pesar de su decisión, no pudo destruirlo. En cambio, avanzó a rastras lejos, bien lejos y con el diamante en su puño, se internó en las húmedas entrañas de la tierra.

Los Montes Cárpatos estaban inundados de minas. Cobre, oro, hierro; sus túneles serpenteaban entre lechos de rocas y tierra. Escogió el más profundo de los pozos. Se aseguró de que nadie pudiera encontrarlo.

Ni ella ni nadie se dio cuenta de que las verdaderas raíces de los drakones habían sido divididas siglos antes, cuando los primeros integrantes de su pueblo abandonaron el castillo. Ella no supo que cuando saboreó el último y pausado aliento, que cuando cerró los ojos y dio ese lento e inclinado paso hacia delante, hacia una oscuridad total, fue un simple pasaje en la canción de su raza, no la nota final.

Porque aunque los Zaharen habían sido pocos y habían crecido con la sangre mezclada; la otra mitad de los drakones estaban en verdes tierras y a océanos de distancia: floreciendo, secreta y salvajemente.

Y su historia acababa de empezar.

Capítulo 1

Chasen Manor
Darkfrith, Inglaterra 1737

El honorable Christoff René Ellery Langford, conde de Chasen, estaba aburrido. Para demostrarlo, había decidido sentarse de forma desgarbada en la silla, con las piernas extendidas y su cabeza rubia cayendo ociosamente en dirección opuesta a todos los que estaban en el estudio de su padre. Una de sus mejillas, bronceada por el sol, estaba lánguidamente apoyada sobre su puño; sus ojos verdes, enmascarados por sus pestañas marrones. Mientras escuchaba hablar a su padre, mantenía esa actitud arrogante y pensativa tan común en los jóvenes o en los poderosos.

Kit, como era de suponer, era ambas cosas. Tenía dieciséis años y como era el único heredero de la Comunidad padecía estas reuniones como una obligación. No hablaba. No se preocupaba de mirar a los ojos a ninguno de los hombres presentes. Cuando levantaba la mirada de sus botas era para contemplar las vistas desde la ventana estilo Tudor: los exuberantes montes veraniegos y los oscuros y frondosos árboles. Los atrayentes bosques.

Siempre que se reunía el concejo oía la misma discusión. Podía casi predecir, palabra por palabra, quién diría qué cosa.

—La seguridad de la Comunidad es lo más importante. Debemos asegurar nuestra supervivencia —dijo Parrish Grady una vez más.

El hombre nunca se daba por vencido. Era el miembro más antiguo del concejo; tenía ojos azules y dientes afilados. Kit había comenzado a considerarlo como su castigo personal; era la única razón por la que esas reuniones se extendían durante horas. Fuera, en una colina lejana, apareció un grupo de niñas. De la edad de Kit, con faldas blancas, delantales decorados y sombreros de paja con lazos que flotaban en el viento. Algunas llevaban ramos de flores. Kit las observaba mientras se acercaban.

—Naturalmente, Parrish, nuestra supervivencia es vital—afirmó el padre de Kit, el marqués—. Nadie discute eso.

—¡Necesitamos una mujer de sangre pura!

—Yo diría que hemos intentado todo en ese aspecto—replicó Rufus Booke, insolente y recién casado—. Aunque quizás desee revisar nuestros aposentos todas las noches.

Kit rió resoplando. Sintió que la mirada de su padre se posaba en él y luego se retiraba.

—Sí, necesitamos una mujer —asintió el marqués de Langford—. Pero al parecer, no tenemos ninguna… aún. Hay algunas mujeres de la Comunidad a punto de renacer. Esperemos que alguna de ellas complete la Conversión.

—Esperemos —repitió Grady, con sarcasmo—. ¡Ya han pasado cuatro generaciones y ninguna mujer ha podido completar la Conversión! ¿Qué nos sucederá, a todos nosotros, cuando resulte imposible para los hombres también?

Un profundo silencio recibió esta pregunta. Era el gran miedo gestado hacía tiempo entre los miembros de la Comunidad, que perdieran los Dones. Que sus poderes se desvanecieran.

—No podemos forzar nuestro destino —dijo el marqués, con más dureza ahora—. Todos lo sabemos. Somos lo que somos. Nuestra preocupación más inmediata es el perímetro del bosque. Se han encontrado signos de disturbios recientes y no de nuestra parte. Hay extranjeros rondando nuestras tierras. Christoff dijo haber visto huellas de caballos en Hawkshead Point.

—¿En Hawkshead? ¡Pero si ni siquiera nos pertenece!¿Qué diablos está haciendo el muchacho ahí? ¡Tenemos reglas!¡Cruzó la frontera!

Una vez más, la mirada punzante característica de su padre. Kit se permitió hacer una mueca débil con los labios.

—Centrémonos en lo que nos concierne —dijo el marqués lentamente—. Hawkshead está cerca de nuestras fronteras. Si alguien se ha aventurado a ir tan lejos…

Las niñas se habían detenido en un apacible valle entre las colinas, aferrándose a sus sombreros mientras la brisa se tornaba más enérgica. La luz del sol mostraba suaves rizos dorados, pelirrojos y rojizos como la frutilla flotando en el aire. Cuatro niñas sonreían y parloteaban en el verde. Una de ellas soltó las flores y el viento de agosto las hizo volar en una brillante confusión.Parrish Grady golpeó su puño sobre el brazo de su silla.

—El niño es demasiado salvaje, incluso para nuestra raza. Debemos ponerle límites. Usted lo sabe, milord.

Kit miró a las niñas con mayor interés; sus ojos se estrecharon.

—Gracias, Sr. Grady, pero asumo la responsabilidad de criar a mi hijo como yo quiera.

—Si debe ser un Alfa…

—No cabe duda —dijo entre dientes el marqués, poniéndose de pie—. Hará bien en entender esto ahora mismo.

El silencio cubrió una vez más el estudio. Uno de sus hombres tosió, nervioso, pero no dijo nada. Fuera, las niñas de las flores estaban inmóviles. La niña de cabello rojizo volvió su rostro hacia la brisa y las otras tres hicieron lo mismo. Kit las reconoció en ese instante: Fanny y Suzanne, hijas del herrero; Liza, del molino, y Melanie, la líder. Melanie, con mejillas como manzanas y labios como suaves pétalos. Kit se movió en su silla y se inclinó sobre su codo para ver lo que ellas veían. Cielo, plantas, bosque… y una sombra en los árboles. Otra niña.

—Está el asunto de los mensajeros —dijo voluntariosamente una nueva voz, George Winston.

—Sí, los mensajeros —repetía el murmullo en la habitación, mientras el marqués tomaba asiento una vez más.

La niña del bosque se dio cuenta de que la habían descubierto. Permaneció paralizada, más pequeña que las otras cuatro, aprisionada contra el tronco del árbol. Kit sólo pudo divisar una pálida mano contra la corteza, los dedos extendidos.Él tampoco pudo verle el rostro. Muy, muy despacio, comenzó a retroceder. Melanie se había vuelto para mirar a las demás niñas. Estaba hablando. Se estaba quitando el sombrero.

—…es como dije. No podemos arriesgarnos a tener más incidentes con extranjeros. Fuimos muy afortunados al poder capturar al muchacho de los Willam antes de que hubiera ido demasiado lejos, pero la próxima vez puede ser queél, o algún otro tonto joven impulsivo, logre esquivarnos. Me da miedo el sólo pensar qué hubiera sucedido de haber logrado cruzar el Condado. Necesito hablar con sus padres otra vez. Y luego con los guardabosques, creo…

La niña del bosque se las había ingeniado para dar un paso. Quizás pensó que las otras niñas estaban disimulando; Kit, sin embargo, conocía a Melanie más que a nadie. Con enorme cuidado, la niña retrocedió un paso más y entonces Kit pudo ver su perfil. Era esa muchacha, la escuálida niña que siempre huía de las multitudes y espiaba desde las sombras… ¿Cuál era su nombre? Frunció el ceño mientras buscaba en su mente e intentaba ubicarla en las intrincadas ramas del árbol genealógico de las familias de la Comunidad. La había visto la mayoría de las veces cerca de la aldea, con cabello castaño, piel blanca. Tímida. Como un ratoncito incluso, si esa palabra podía aplicarse a cualquier miembro de sus descendientes.

El grupo de Melanie comenzó a caminar hacia ella y el ratoncito del bosque se inmovilizó una vez más, luego se volvió, nerviosa. Siguió retrocediendo. Era todo lo que necesitaba Melanie. Las cuatro niñas comenzaron a correr a toda velocidad.

Kit se incorporó en la silla, olvidándose de la reunión de su padre. Cuatro contra una no era demasiado justo, en especial porque la presa era mucho más joven que las cazadoras. El ratoncito desapareció de su vista, seguida con rapidez por las demás. Kit sólo vislumbró delantales que relampagueaban entre los árboles y luego, nada. La calma retornó al bosque, intacta, silenciosa como la nieve de invierno.

Kit descruzó los tobillos mientras pensaba. Ahora que lo meditaba, últimamente había visto con demasiada frecuencia al pequeño ratoncito. Siempre tranquila, siempre sola. Si tenía sentido común, tendría que haber huido hacia el río. Allí, las niñas perderían su olfato…

—¿Christoff? ¿Christoff? Me oyes, ¿muchacho?

—Sí —respondió Kit, con un rastro de mal humor que enrojecería con seguridad las mejillas de su padre—. El perímetro, los mensajeros. Un peligro terrible para la Comunidad, etcétera.

—Qué gratificante es saber que estás prestando atención —el marqués afinó sus labios—. ¿Quizás, entonces, tú puedas sugerirle algo al concejo?

Por primera vez, Kit miró a su alrededor, a todos aquellos rostros que se fijaban sobre él, curtidos, pálidos y con ojos ávidos.

—¿Acerca del asunto de tu prometida? —instigó el padre, con suavidad.

Kit abrió su boca para hablar. Pero justo en ese momento el bosque entró en erupción; la joven niña salió velozmente de entre los árboles en un aleteo de faldas y una cascada de alocados cabellos, su rostro sonrojado, tallando unángulo agudo a través de un césped perfectamente podado. Kit se puso de pie y todos los hombres se volvieron.

—Qué… oh… es…

—La niña de los Hawthorne —dijo George. La Mediana. Clara, Clareta…

—Clarissa —corrigió Kit en un instante de inspiración—. Y Mel —agregó secamente, mientras las otras cuatro aparecían pisándole los talones, tomando ventaja.

—Ah. —El marqués tomó asiento una vez más con la espalda hacia la ventana—. Medianos. Bueno, entonces, no importa. Señores, ¿continuamos?

Sin embargo, Kit permaneció de pie mientras observaba cómo corría la muchacha.Avanzó por la cocina de la choza de puntillas, pero, como siempre, no fue lo suficientemente escurridiza como para engañar a su madre.

—¿Clarissa? ¿Eres tú?

—Sí, mamá.

Tendría que haber sabido que no podía deslizarse y esconderse; los sentidos de su madre eran demasiado agudos. O quizás había sido la corriente de aire de la puerta trasera lo que la despertó. De cualquier modo, la había descubierto.

—¿Qué haces, niña?

—Estoy lavándome.

Sumergió las manos en la astillada palangana que se encontraba sobre la mesa. Al frotarse, vio cómo el agua se tornaba rosada por la sangre. Buscó el paño de cocina y lo colocó sobre su rostro para quitarse la suciedad y la sangre.

—Mamá, ¿deseas una taza de té?

—Sí, querida. Sería encantador.

Dejó que el agua del hervidor bullera y con una cuchara volvió a colocar en la tetera las hojas de té del desayuno de esa mañana, aún húmedas. Arrojó el agua con la que se había lavado sobre los escalones de la puerta trasera, pero primero echó una mirada rápida y nerviosa alrededor del jardín, luego volvió a llenar la palangana en el aljibe. El hervidor comenzó a echar vapor. Junto a la maceta de geranios que se encontraba sobre el alféizar de la ventana estaba el espejo oval de hojalata pulida que le había regalado a su madre para Navidad, colgado de un lazo amarillo. Reflejaba la cocina en un oscuro gris y siempre alargaba su rostro, una graciosa figura que le recordaba un pez. Sin embargo, era un espejo mucho mejor que el cristal de la ventana.

Clarissa miró su reflejo en el espejo críticamente: su cabello estaba enredado; la pechera blanca desgarrada a la altura del cuello. Había suciedad en sus hombros y tres gotas de sangre sobre el canesú. El labio inferior le latía y estaba magullado.

—Clarissa, creo que el agua está lista.

—Sí, mamá.

No había tiempo para cambiarse de vestido. Se peinó lo mejor que pudo, recogió el cabello y lo enroscó en un moño casual. Vertió el agua caliente en la tetera, la colocó en una bandeja junto con las tazas, la miel y la crema, y luego, el pan con lo último que quedaba de mantequilla. Una última mirada en el espejo de hojalata. Un poco mejor, pero no del todo. Abrió los ojos para que lucieran inocentes y practicó una sonrisa haciendo una mueca de dolor con su labio. Luego, levantó la bandeja y la llevó al cuarto de su madre.

Antonia Hawthorne estaba sentada en la cama; su cabello gris, trenzado; sus manos, entrecruzadas sobre la falda. Era uno de sus mejores días; Clarissa casi no oía su respiración. Su rostro estaba demacrado pero tenía los ojos brillantes, como siempre cuando examinaba a su hija. La boca con expresión de dolor.

—Ay, querida.

Con gran cuidado, Clarissa colocó la bandeja sobre la mesilla de noche sin poder despegar la vista de la porción de mantequilla.

—Dime —dijo la madre con un tono de voz suave y dulce. Esperó mientras Clarissa jugueteaba con las cucharas, con el rostro todavía hacia abajo. Luego, dijo con mayor firmeza:—Clarissa Rue.

—Un accidente. Tropecé con la raíz de un árbol.

—¿En serio?

Clarissa intentó hacer su ensayada mirada de ojos amplios a la tetera, mientras servía.

—Sí. Fui una torpe. Tropecé y luego rodé por una colina. Ya sabes, aquella pasando justo Blackstone Fell. Es muy pronunciada.

—Sí. Sé que lo es.

Clarissa le alcanzó la taza y sus miradas se cruzaron.

—Y eso es lo que sucedió.

Antonia bebió un sorbo de té.

—¿Estaba la señorita Melanie allí?

—No.

—¿Y tampoco las otras niñas?

—No.

Clarissa comenzó a untar meticulosamente el pan con la mantequilla.

—Debes mantenerte alejada de ellas. Te lo he dicho antes. No serán amables contigo.

El pan en la mano de Clarissa comenzó a temblar; cerró los ojos con fuerza y sintió que una lágrima se deslizaba por el costado de su nariz.

—No es tu culpa —dijo Antonia.

Otra lágrima cayó.

—Es mía —concluyó la madre, todavía con dulzura.

Clarissa dejó caer el pan sobre la bandeja, mientras se secaba los ojos con dedos grasosos.

—Ven aquí, mi dulce niña —dijo Antonia. Clarissa suspiró y gateó sobre las mantas, con las sandalias puestas y el vestido sucio, para acurrucarse en brazos de su madre. Su madre olía a medicinas y lilas. El latido de su corazón era un agitado tamborileo contra la oreja de Clarissa. Sintió que su madre levantaba la mano y desataba el descuidado rodete que se había hecho en el cabello. Clarissa giró la cabeza y habló contra las almohadas; su voz semejaba un murmullo lastimero.

—¿Nunca me querrán, mamá?

—No, querida. Nunca lo harán.

—Pero yo intento ser como ellas…

—Tú eres más bella, más maravillosa que todas esas niñas salvajes juntas. Tú eres el regalo más precioso de mi vida. Estoy tan orgullosa de ti, y tu padre también lo habría estado. Pero… —Los dedos de Antonia hicieron una pausa; parecía buscar las palabras adecuadas—. Cuando la Comunidad te observa, todo lo que ven es a él. Y él no fue uno de nosotros.

—Uno de vosotros, querrás decir —musitó Clarissa.

—Uno de nosotros. Mitad de tu sangre es mi sangre, la sangre de la Comunidad. Esa es tu herencia. Nadie puede negarlo.

Sentía el volado fruncido de la bata de su madre, fino y gastado, arrugado debajo de su mejilla. Se secó otra lágrima.

—Quédate sola si debes hacerlo, mantente distante—murmuró Antonia acariciando el oscuro cabello de su hija—. Algún día crecerás y serás una mujer espléndida y joven, y encontrarás un hombre que te amará por quien realmente eres, como me sucedió a mí. Pero sabes, querida mía, no importa lo que el futuro nos depare, siempre tendrás un lugar aquí, con la Comunidad.

Ella sabía quién quería que la amara. Sabía quién quería que la rescatara, que pronunciara su nombre y riera con ella, y que la defendiera del mundo con su simpática y encantadora sonrisa.

Christoff. El niño dorado, el adorable Christoff con sus manos elocuentes y sus adormecidos ojos verdes que parecían llenar su alma cada vez que tenía la oportunidad de verlo. Que no era a menudo, debía admitirlo. Ningún muchacho del Condado podía compararse con él. Eso era lo que pensaba Clarissa. Y eso es lo que Melanie, Liza y todas las demás pensaban también. Clarissa lo sabía porque aunque sólo tenía doce años y por sus venas no corría la sangre pura de la Comunidad, sí poseía una sola e ingeniosa habilidad: la cautela.

Era muy buena en eso. O, mejor dicho, lo había sido. Hasta esa tarde. Yacía despierta en su lecho mientras contaba las estrellas a través de la ventana y contemplaba el brillo de las constelaciones de Cefeo y Casiopea en los cielos. Amaba la noche. Era el momento de soñar, de imaginar lo que podría suceder. Esa noche, el ruiseñor cantaba en su nido ubicado en el laurel del jardín, afligido, con notas melancólicas que perduraban un largo instante para luego gorgojear con rapidez, como agua sobre el lecho de un río. La cortina a cuadros de algodón enmarcaba las copas de los árboles que se encontraban hacia el este de la huerta. La cabaña había sido construida por su abuelo junto a los antiguos y grandes árboles de manzanas romanas.

Cada primavera, el aire olía como el paraíso. Sin embargo, era verano, no primavera, y Clarissa se sentía encerrada en su camisón de lanilla y su gorro. Se quitó las mantas pero no ayudó; Cefeo todavía brillaba y el pequeño pájaro todavía cantaba. Clarissa se sentó y fue hacia la ventana.

Una fresca brisa rozó su cuello, tentándola. Cuando giró la cabeza, pudo oír la respiración de su madre desde la otra habitación, lenta y constante. En general, Antonia dormía profundamente debido a la medicina, o a su enfermedad, o a ambas.

Clarissa se cambió con rapidez, buscó su vestido más oscuro y se quitó el molesto gorro. La ventana ya estaba abierta; trepó con gran familiaridad, descalza, y descendió con suavidad sobre el césped que yacía debajo.

El ruiseñor dejó de cantar y Clarissa no se movió, esperando, escuchando igual que el pajarillo. Pero después de un minuto su canción se oyó nuevamente. Clarissa tomó la falda con sus manos y se perdió en la noche. Libertad. La estremecía; corría en línea recta hacia el centro del huerto; manzanas, cerezas y peras reflejaban la luz de la luna en los árboles. Si corría a toda velocidad sentía como si pudiese volar. Dio algunos brincos, preguntándose qué sentiría si pudiese mantener sus pies despegados del suelo.

La trenza le golpeaba la espalda con cada salto. No había nadie que la juzgara en ese momento, nadie que se burlara de ella, nadie que la persiguiera. Allí fuera, en el campo abierto, era única y especial y más fuerte que cualquier integrante de la Comunidad. Era una princesa, una reina, y todos los demás la envidiaban porque era la más poderosa. Y Christoff…

Él la amaba. La adoraba. Volaban juntos, solos los dos, a través de la tierra. Por momentos, la carrera se volvía trote, y luego caminata. El césped debajo de sus pies era de terciopelo; la tierra, suave como la arcilla. La brisa murmuraba entre los antiguosárboles. Clarissa encontró una pera y la arrancó de la rama. Acercó la piel hacia su nariz, inhalando la calidez y madurez del verano.

Su labio ardió con el jugo. Sin embargo, ni eso podía estropear el momento iluminado por la luna. Comió la pera y toleró el dolor de tener que arrojar el carozo entre las hojas caídas cuando la terminó. Desde la cima de Blackstone Hill pudo observar cómo asomaba Venus. Tenía un escondite secreto allí, una pequeña depresión detrás del helecho y la maleza que también utilizaban los venados. Había esperado con impaciencia pero no había visto venados en la colina desde junio. Esa noche, todavía vacío, era sólo para ella. Clarissa halló su lugar, se acurrucó, las rodillas le tocaban el pecho. El brazo era como una almohada donde apoyaba su mejilla. Desde allí podía observar casi todo el valle, los oscuros bosques, el cielo salpicado de estrellas. La luna pendía redonda y perfecta sobre su cabeza; tendida sobre la espalda, la miraba adormecida, buscando los rostros conocidos en sus sombras, el hombre en la luna… que le sonreía.

Estaba soñando. Soñaba con la brisa, pero ya se había transformado en viento ahora, una apresurada y profunda presión contra el cielo. La esencia del humo, y luego la risa, rápida y silenciosa. Oyó que alguien le hablaba. Era Christoff que decía aquellas cosas maravillosas en su cuello, sus labios…

Clarissa abrió sus ojos. La luna había desaparecido y también su sueño. Rodó para poder sentarse. Suspiró y se quitó el musgo que había quedado en su manga. Y luego, claro como el día, Christoff habló una vez más.

—Pero no puedo quedarme más tiempo.

Clarissa se sacudió en su lugar, parpadeando.

—Ay, no, no tan deprisa —dijo una nueva voz, intentado persuadirlo—. Todavía tenemos algunas horas más, cariño.

Clarissa se encogió de hombros y se colocó las manos sobre la boca. ¡Melanie! ¡Christoff y Melanie, aquí en Blackstone Hill! En la oscuridad. No estaba sola. Gracias a Dios, estaba ubicada a favor del viento.

—Quizás tú tienes algunas horas más —dijo Christoff, entretenido—. Me esperan al amanecer. Otro de los pequeños desayunos familiares de mi padre.

Más allá de los arbustos, era una pareja iluminada por la luz de las estrellas, entrelazados sobre el césped y lo que quedaba de sus ropas. El cabello de Melanie estaba esparcido por debajo de ella; una bella mata rojiza y dorada caía sobre su piel. Y Christoff, más bronceado que ella, recostado y sin camisa, jugaba con un mechón de cabello, llevándolo hacia los senos desnudos de Melanie y alejándolo de ellos. A pesar de sus palabras, no parecía que tuviera demasiada prisa por irse. Clarissa cerró los ojos y dejó caer su rostro entre sus manos. Una rama se enredó en su trenza, tirando con fuerza de su nuca.

—Quédate —pidió Melanie, con un tono de voz gutural que Clarissa envidió de pies a cabeza—. Sólo un poco más.Te prometo… que lo disfrutarás.

—Sin duda.

Y Melanie rió tontamente.

Silencio, o casi silencio, y Clarissa deseó que pudiera cerrar sus oídos y sus ojos para no oír el murmullo apagado de los besos, el movimiento de los cuerpos contra el césped. Las mejillas de Clarissa comenzaron a arder contra las palmas de sus manos.

—Pero no puedo —dijo Christoff, después de unos minutos de tortura. Clarissa oyó que se ponía de pie.

—Nos veremos pronto, Mel.

Clarissa espió entre sus dedos. Melanie todavía permanecía en el suelo, estiraba sus brazos por encima de su cabeza, estaba medio desnuda y no tenía vergüenza; todo lo contrario a lo que hubiera sentido Clarissa en su lugar.

—No sé qué podría llegar a decir tu padre que se compare con esto.

Christoff se abrochaba la camisa.

—De hecho, quiere hablar de matrimonio. De mi matrimonio.

—Ah… ¿Estás comprometido, milord?

—Aún no.

—Mmmm. Aún no. Pero me pregunto, ¿quién será tu prometida? —Levantó una pierna y flexionó los dedos de los pies lentamente—. Sólo puedes casarte con otra Alfa. Y todos sabemos quién es ella.

—¿Lo sabemos?

Melanie sonrió, arqueando la espalda, mientras las manos de Christoff permanecían inmóviles. Tenía el cabello oscuro y enredado sobre los hombros. La rama en el cuello de Clarisa se clavó con más fuerza. Intentó alcanzarla y, con mucho cuidado, comenzó a desenredarla.

—Quizás te sorprenda —dijo Christoff, pero no lo parecía.

—No lo creo. Soy una mujer dominante. Todos lo saben. Además —rió, otra vez guturalmente—, tengo una razón para creer que… te gusto.

La rama se partió en dos en la mano de Clarissa. Su cuerpo se estremeció y sintió un repentino temor. No podía moverse para salvar su vida… y tendría que haberlo hecho, tendría que haberlo hecho porque Christoff estuvo allí en un segundo, una sombra veloz y luego una mano que cayó de golpe. La puso de pie, con hojas y ramas desparramadas alrededor.

—¿Qué diablos…?

Christoff la sostenía en el aire con un brazo, apretando dolorosamente. Clarissa colgaba impotente, con el corazón en la garganta estrangulándola.

—¡Kit! —Se oyó la voz de Melanie detrás de ellos—. ¿Qué es esto?

Y Christoff miró a Clarissa menospreciándola con su cabeza erguida, el ceño fruncido, con ojos ardientes y pensativos.

—Me quedé dormida —respondió estúpidamente.

Christoff bajó su brazo y los pies de Clarissa sintieron nuevamente el suelo.

—¡Tú! –Melanie estaba a su lado y se cubría el pecho con el vestido—. ¡Tú otra vez! ¡Asquerosa e insignificante espía!

—¡No! —se defendió—. No estaba espiando…

—¿No has aprendido aún tu lección? —dio un paso adelante, sus dedos anudados en la tela—. Te enseñaré a que dejes de seguirme…

—¡No te estaba siguiendo! ¡No estaba espiando! Estaba aquí y me quedé dormida…

La mano de Melanie abofeteó su mejilla.

—Por Dios, Mel, déjala en paz.

Christoff se interpuso entre ambas, alejando a la niña. Clarissa giró la cabeza y se acomodó la mandíbula. Sentía un zumbido en los oídos. Saboreó la sangre.

—¡Pero Kit! Estuvo aquí, todo el tiempo. ¡Mirándonos!

Christoff, con sus ojos verdes, le lanzó otra mirada, casi oculto por el cabello; luego, encogió los hombros.

—Dijo que estaba dormida.

—¡Está mintiendo!

—No mentí.

—¡Tranquilízate!

Clarissa tocó la sangre en su labio.

—De todos modos, no tengo que mentir. Me habría ido si hubiera sabido que estabas aquí. Todos en el Condado saben que vienes aquí con cualquier hombre que desee poseerte.

Clarissa no podía creer lo que había dicho. Por un instante, hubo un total y espantoso silencio; todo lo que oía era su respiración, irregular, en sus pulmones, y la suave y lenta caída al suelo de una hoja del arbusto que se encontraba a su lado. Melanie abrió la boca. Christoff la detuvo al colocarle la mano sobre la boca.

—Es suficiente. Por Dios, Mel, es sólo una niña.

Christoff miró a Clarissa una vez más con el rostro extrañamente severo, como si estuviese enfadado y risueño a la vez.

—Vete a casa. Ahora.

Los pies de Clarissa se movieron. Comenzó a alejarse de ellos. Su mirada no estaba posada en Christoff sino en la implacable mirada de Melanie que había quitado las manos de Christoff de su rostro y seguía la huida de Clarissa con horrendos ojos. Sus labios pronunciaron palabras sin sonido: Te atraparé.

—Además —agregó Christoff acomodando la camisa dentro de los pantalones—, ¿qué te importa lo que diga? Después de todo, es sólo una Mediana.

Melanie sonrió de oreja a oreja mientras regresaba a su hogar.

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