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CAPÍTULO 1
“¿Por qué diablos tuvo que morir Paul?”
La lluvia resbalaba por el cuello del Mayor Charles
Draysmith, quien, de pie en el ancho camino de grava que
conducía a la casa, miraba fijamente la inmensa fachada de
arenisca que se alzaba ante él. No quería entrar.
Se había demorado cuanto le fue posible en Londres, en
reuniones con el abogado, con los banqueros de Paul, ocupándose
de todos los detalles de la sucesión… y odiando cada maldito
minuto. Cada “sí, milord” arrancaba otro pedazo de su vida.
Gracias a un anónimo ladrón italiano, ahora el marqués de Knightsdale era él. Una ráfaga le empapó el capote, enviando más lluvia a deslizarse como una cascada desde su cuello. No podía quedarse eternamente de pie allí fuera como un idiota. Pronto llegaría la tía Bea, con sus carruajes, sus sirvientes y su gata sobrealimentada, y empezarían los preparativos para la fiesta*.“Dios”. Al día siguiente una horda de jóvenes aristócratas vírgenes, acompañadas de sus madres invadiría Knightsdale. Un profundo temor se apoderó de él y el sudor le humedeció las palmas de las manos, exactamente como antes de cada una de las batallas en las que había luchado en la Península.
Quería dar media vuelta y echar a correr. Dio un paso al frente y golpeó la puerta.
* * *
—Buenos días, milord.
—¿Son buenos, Lambert?
Charles dejó que el mayordomo se encargara del sombrero y el abrigo mojados. Diez años habían transcurrido desde la última vez que vio a aquel hombre; en la boda de Paul. Nuevas líneas de expresión enmarcaban la boca y los ojos de Lambert y su cabello comenzaba a escasear. Indudablemente, el hombre también advertía cambios en Charles. La última vez que había estado en casa apenas acababa de salir de la universidad; ahora era un hombre de treinta años, envejecido por la sangre y la sordidez de la guerra.
—Envíe a alguien para que se ocupe de mi caballo, por favor.
—Enseguida, milord. ¿Lady Beatrice viene con usted?
—No, yo me adelanté. Yo… ¿qué es ese alboroto?
Charles podría jurar que había oído un estruendo de artillería a lo lejos.
—Creo que es la señorita Peterson, milord, con Lady Isabelle y Lady Claire.
—¿Qué diablos están haciendo?
Charles dio unos pasos hacia las escaleras. El ruido provenía de uno de los pisos superiores.
—Juegan a los bolos, milord. En la galería larga.
“Bolos”, pensó Charles. “¿Cómo es posible que las niñas estén jugando a los bolos? Aún son unas criaturas.” Oyó un nuevo estruendo, seguido de alaridos. ¿Se habría lastimado alguien? Echó a correr, subiendo los escalones de dos en dos. Si mal no recordaba, en la galería larga había pesados bustos de mármol de los antepasados de la familia Draysmith. Si alguno de ellos llegaba a caer sobre una criatura…
¿Y esos ladridos? ¿Encima había un perro? ¿Qué tenía en la cabeza la tal señorita Peterson? Recordaba a Nana y a la institutriz… ¿era Peterson el apellido de la institutriz? No podía ser. Si no, seguramente lo habría recordado, porque era el apellido del párroco. Había supuesto que sus sobrinitas estaban en buenas manos. Por lo visto, se había equivocado.
Pues bien, la tal señorita Peterson pronto se hallaría buscando otro empleo.
Llegó a la galería larga justo a tiempo para ver a un pequeño terrier blanco y negro llevarse por delante el pedestal que sostenía el busto del tío abuelo Randall.
* * *
Emma Peterson dio un salto para evitar que cayera la estatua, en el preciso instante en que un hombre rugía en las escaleras. La sorpresa al oír una voz masculina casi hizo que ella misma derribara la fea estatua. No podía ser que el señor Lambert hubiera dejado entrar a un loco en la casa…
—¿Qué demonios cree que está haciendo, mujer, permitiendo a ese animal correr a sus anchas por la casa? Alguna de las niñas a su cargo podría haber sido aplastada.
Emma se puso rígida. ¿Quién se creía este hombre para venir aquí con palabrotas y críticas? Se subió las gafas sobre su nariz. ¿Acaso lo conocía? Su voz le sonaba vagamente familiar. Si tan sólo se acercara un poco.¿En qué estaba pensando? Debería estar echándolo escaleras abajo y fuera de la casa. No era demasiado alto, pero sus hombros anchos y su aire de mando dejaban entrever que estaba acostumbrado a salirse con la suya. ¿Qué pasaría si efectivamente demostraba ser una amenaza? Si gritaba, ¿alguien la oiría a tiempo para acudir en su ayuda?
—Prinny no quería hacernos daño, señor.
La valiente Isabelle hizo frente al intruso, echando hacia atrás sus hombros angostos, aunque al mismo tiempo se acercó a Emma.
—Por supuesto que no quería hacernos daño —La pequeña Claire rodeó con sus brazos el cuello de Prinny—. Eres un perro bueno, ¿no es cierto, Prinny?
Tras lanzar un ladrido, Prinny lamió la cara de la niña.
—¿Prinny? ¡Válgame Dios, Prinny*! Tal vez sea un perro bueno, señorita, pero su lugar no está corriendo por todas partes aquí dentro.
—Señor —Emma se sintió satisfecha al escuchar la firmeza de su propia voz, que no tembló ni se quebró en absoluto. Se irguió cuan alta era, aunque su altura era insignificante—. Señor, debo pedirle que se retire. De inmediato.
—¿Usted debe pedirme a mí que me vaya? En breve seré yo quien se lo ordene.
Emma tragó saliva. Jesús, se estaba acercando.
—Isabelle, Claire, venid aquí, queridas.
El hombre se detuvo.
—¿Isabelle y Claire?
—Así es —contestó Emma levantando la barbilla.
Ahora estaba lo suficientemente cerca como para poder verlo con claridad. Tenía la cara bronceada por el sol y llevaba muy corto el cabello, castaño y rizado. Parecía mayor, más fuerte, más seguro de sí que aquel a quien había visto brevemente y de lejos en la boda del difunto marqués, pero aun así Emma supo que era él. Nunca podría olvidar esos ojos: de color azul claro, como lagos, bordeados de oscuras pestañas. Charles Draysmith, aquel muchacho a quien había idolatrado, aquel hombre por quien había suspirado, estaba de regreso en Knightsdale.
* * *
—¿Estas son mis sobrinas?
Charles miró fijamente a las niñas. La mayor —Isabelle— aparentaba unos nueve años. Era delgada, de cabello rubio casi blanco, fino y lacio, pómulos altos y tenía unos ojos verdes iguales a los de Paul. La otra niña aún era regordeta, con las curvas propias de la primera infancia, pero ya no era una criatura. Tenía el mismo cabello de Charles, salvaje y rizado. Claire, la menor, se llevó los pequeños puños a las caderas—ademán que Charles juraría haber visto innumerables veces en Nana cuando era un muchacho— y adelantó la barbilla.
—¿Eres un hombre malo?
—¡Claire! —La mujer frunció el ceño—. Es vuestro tío Charles, el nuevo marqués de Knightsdale.
Charles estudió a la institutriz. ¿Cómo sabía quién era él? Bueno, los sirvientes debían haber estado aguardando su llegada: había avisado que él y la tía Bea estaban en camino, de modo que no hacía falta ser un genio para deducir su identidad. Sin embargo, no lo había reconocido al principio o no le hubiera ordenado salir de la casa. Reconocía que la muchacha tenía agallas. Había sabido mantenerse en sus trece ante sus gritos. En el ejército más de un soldado había palidecido frente a su mal genio.
Pese a ser apenas unos centímetros más alta que Isabelle, el aspecto de la mujer no era en absoluto infantil. Para nada. Charles levantó bruscamente la mirada para estudiar su rostro. Tenía el cabello rubio oscuro, del color de la miel tibia y aún más rizado que el de él, la cara salpicada de pecas y ojos color marrón dorado, bordeados por largas pestañas oscuras…
—¿Enana? —preguntó Charles, atónito al reconocerla y conteniendo la risa. Era imposible que esa fuera Emma Peterson, la hija del párroco, la niñita flaca y con aire desamparado que solía andar pegada a sus talones como un cachorro perdido. Pese a las burlas de los demás muchachos, nunca había tenido el valor de rechazarla—. Perdón. Quise decir señorita Peterson. ¿Usted no es la institutriz de las niñas, verdad?
—No, milord. La institutriz, la señorita Hodgekiss, tuvo que marcharse con urgencia a casa de su familia para atender a su madre enferma. Yo sólo estoy reemplazándola.
Un delicado rubor coloreó sus mejillas. No lo miraba a los ojos. La mirada de Charles se agudizó. Su instinto le decía que la señorita Emma Peterson todavía abrigaba vestigios de su antigua adoración por él. Interesante. La encontraba atractiva. Tal vez estaba frente a la solución de su problema. ¿Y si le proponía matrimonio? Sin duda podía irle peor. Si ella aceptaba la proposición antes de la maldita fiesta, no tendría que pasar los próximos días huyendo de la jauría nupcial.
Charles sintió que Claire le tiraba de la manga.
—La señorita Hodgekiss teme que su mamá se muera—Los grandes ojos castaños se alzaron hacia él, mirándolo con fijeza—. Mi mamá murió en una montaña en “Itlalia”.
—Italia. Tu madre y tu padre murieron en las montañas de Italia.
Charles tuvo que aclararse la garganta. Nunca le había gustado demasiado Cecilia, la esposa de Paul. Era hermosa y superficial, como tantas otras señoritas de sociedad. Enredó sus dedos en la maraña de rizos de Claire y miró de reojo a Isabelle. Las niñas no parecían desconsoladas. No le sorprendía. Según le habían dicho sus amigos el duque de Alvord y el conde de Westbrooke, Paul y Cecilia no habían sido padres excesivamente afectuosos. La mayor parte del tiempo lo habían pasado en Londres o en las mansiones que sus amigos tenían en la campiña inglesa.
—¿Ahora nuestro papá eres tú?
—¡Claire, no seas tonta! —Isabelle la miró enojada—. Tío Charles no nos quiere. Él quiere formar su propia familia.
Charles oyó que la señorita Peterson lanzaba un hondo suspiro. También él se sentía como si acabaran de propinarle un puntapié en el estómago. Era cierto, nunca había pensado demasiado en esas niñas —qué va, si había venido con la idea de encontrar a un par de bebés de pecho—pero de ahí, a no quererlas…
—Soy vuestro tío, Isabelle. El hermano de vuestro papá. De modo que vosotras dos sois mi familia y éste es vuestro hogar. Claire tiene razón: ahora yo soy como un padre para vosotras.
Charles sonrió al notar que la tensión en los hombros de la mayor de las niñas cedía un poco. Sin duda podía ser para sus sobrinas la misma clase de padre que había sido Paul.
—Habladme de vuestro perro… Prinny, ¿así se llama, verdad? No se parece mucho a nuestro príncipe regente —Lasúnicas partes que Charles alcanzaba a ver del perrito blanco y negro eran la cola, corta y gruesa, y las patas traseras. El resto estaba como metido a presión entre la pared y el pedestal del tío abuelo Randall—. ¡Oye, fuera de ahí!
Prinny dejó de escarbar la base de la pilastra, estornudó y sigilosamente se dirigió a investigar las botas de Charles.
—Prinny es el perro de la señorita Peterson, papá.
—Claire, querida, Lord Knightsdale es vuestro tío, no vuestro papá.
Claire empezó a hacer pucheros.
—¡Pero no quiero un tío!, ¡quiero un papá!
Charles se arrodilló, para quedar a la altura de la niña y poder mirarla de cerca. Detrás de su expresión testaruda notó la incertidumbre y el miedo. Había visto esas mismas emociones en los ojos de muchos niños en España y Portugal. Pese a pertenecer a una rica familia inglesa, Claire no era más que una niña.
—Algunas personas podrían confundirse si me llamaras papá, Lady Claire. Además, no sería bueno que te olvidaras de tu verdadero papá, ¿no crees?
El labio inferior de Claire temblaba mientras mantenía sus bracitos cruzados con fuerza sobre el pecho.
—Quiero un papá. ¿Por qué no puedes ser tú mi papá?Y la señorita Peterson puede ser mi mamá.
Charles se sentía como tambaleándose al borde del abismo. Un paso en falso y Claire rompería a llorar.
—¿Qué tal si me llamas tío Charles cuando estemos con otra gente y papá Charles en privado?
—¿En privado?
—Cuando estemos tú y yo solos… o con Isabelle o la señorita Peterson. ¿Aceptarías ese trato?
Claire se mordió el labio inferior, luego dibujó una amplia sonrisa y rodeó con sus brazos el cuello de Charles. Como un reflejo, Charles la abrazó para evitar caer de espaldas. La piel de Claire era suave como la de un bebé. Charles sintió que los rizos de la niña le hacían cosquillas en la mandíbula. Cuando lo besó en la mejilla el aliento de Claire olía a leche y avena. Charles sintió una extraña ternura en el pecho.
—“Ace’taría” eso, papá Charles —dijo Claire y se volvió para abrazar a Prinny.
Ajá, de modo que entre él y el perro no había tanta diferencia.¿Acaso todos los niños serían tan generosos con su afecto? Le echó una ojeada a Isabelle. No, no todos los niños eran iguales.
—Si quieres, tú también puedes llamarme papá Charles, Isabelle.
—Tengo nueve años, tío. Ya no soy un bebé.
—No, claro que no.
Desearía que lo fuera. Estaba siempre demasiado erguida, demasiado tiesa. Le recordaba a sus jóvenes soldados antes de la primera batalla. A los nueve años se es demasiado joven para comportarse como un adulto.
—¿Creéis que podríais prestarme por un rato a la señorita Peterson? Me gustaría hablar dos palabras con ella.
—Por supuesto —dijo Isabelle.
La señorita Peterson parecía estar reprimiendo una sonrisa. Bien. La quería con una disposición favorable hacia él.
—Isabelle, ¿podrías llevar a Claire a vuestro cuarto?
—Claro, señorita Peterson.
—¿Podemos llevarnos a Prinny, mamá Peterson?
Al ver la expresión de la señorita Peterson, Charles se mordió el labio para no reír. Estaba claro que se sentía incómoda con el nuevo nombre que le había dado Claire, pero no quería herir los sentimientos de la pequeña.
—Está bien, siempre y cuando os aseguréis de que no moleste a Nana.
—Prinny no “mole’taría” a Nana, ¿verdad, Prinny?
El perro lanzó un par de agudos ladridos y lamió la cara de Claire.
—¿Ves, mamá Peterson? Prinny es un perro muy listo.
—Sí, bueno, también puede ser un tanto excitable.
—A Nana le gusta Prinny, señorita Peterson —dijo Isabelle—. Sólo finge que la enoja.
—No creo que estuviera fingiendo cuando Prinny volcó el florero y le empapó el vestido, Isabelle.
—Pero fue sin querer —Claire acarició la oreja de Prinny—. Él sólo quería oler esa gran rosa roja.
—Sólo aseguraos de que esta vez no se acerque a las flores de Nana.
—Sí, señorita Peterson, lo haremos. Vamos, Claire.
La voz aguda de Claire se oía a través de la galería mientras se alejaba brincando hacia las escaleras.
—Creo que papá Charles va a ser un papá muy bueno,¿no lo crees, Isabelle? Tiene unos ojos muy bonitos y rizos como los míos.
Con una amplia sonrisa, Charles miró a Emma, que estaba colorada.
—Mis disculpas, milord. Claire todavía es muy pequeña. Estoy segura de que sus modales mejorarán.
—Oh, no estoy ofendido. Mi cabello es terriblemente rizado… muy parecido al de usted —Recorrió con la mirada los rizos de ella. Emma había intentado dominarlos, peinándolos hacia atrás para mantener la cara despejada, pero algunos habían escapado. Se ruborizó aún más, de un modo muy atractivo—. Y no me opongo a tener unos ojos bonitos… ¿a usted le gustan, señorita Peterson?
—¡Milord! —El rojo de su cara se hizo aún más vivo.
Él sonrió, ofreciéndole el brazo.
—¿Me acompaña a mi despacho? Quisiera que me hablara de mis sobrinas. Como quizás haya notado, no me he mantenido demasiado al corriente de sus vidas.
Tras un instante de duda, Emma apoyó sobre la manga de él unos dedos ligeramente temblorosos, que Charles cubrió con su mano. Eran tan pequeños, tan delicados. Emma nunca le había parecido una niña delicada —quizás porque ella siempre se había empeñado en seguirles el ritmo a él y a sus amigos—. Pero ya no era una niña. Deslizó la mirada sobre su pecho. En absoluto. Y por cierto que sus preciosos senos no eran pequeños, aunque apostaría a que eran de una belleza exquisita. Un delicioso puñado, aunque cubierto por un vestido insípido. Sus dedos estaban deseando desabotonarlo y revelar las maravillas que ocultaba.
Una repentina lujuria hizo que una parte de su cuerpo, que normalmente no era pequeña, se agrandara todavía más. Apartó los ojos, reprimiendo una sonrisa. De pronto su futuro le parecía mucho más prometedor.
* * *
Emma bajó, junto a Charles, las escaleras hacia el despacho. Experimentaba emociones desordenadas. Se había enojado y asustado al verlo irrumpir de esa manera, pero al comprender quién era… bueno, no sabía qué había sentido. Aún debería estar enojada. Lo había estado los cuatro últimos meses, durante los cuales él no había hecho ni un simple viaje desde Londres para visitar a sus sobrinas. No es que las niñas lo hubiesen extrañado; por desgracia estaban acostumbradas al abandono. Pero mientras descendía esa larga escalinata Emma admitió para sí que ella se había sentido desilusionada. Oh, les había hecho una breve visita, apenas unas pocas horas, cuando los restos del marqués y la marquesa habían sido depositados en la cripta familiar. Pero antes de que se apagaran los ecos de la última plegaria, había regresado a Londres a toda prisa. Y desde entonces, ni una visita más.
¿Por qué? ¿Qué le había sucedido a este hombre? ¿Acaso la guerra era la culpable de un cambio tan drástico? Indudablemente, el muchacho que ella había conocido no hubiera ignorado así a sus sobrinas. Recordaba el día en que lo había conocido. ¿Recordarlo? ¡Jesús! Atesoraba ese recuerdo, que evocaba cada vez que se sentía sola, triste o desanimada.
En aquel entonces tenía seis años. Su padre acababa de tomar posesión como párroco de la iglesia de Knightsdale y ella extrañaba su antigua casa, sus viejos compañeros de juego, todo aquello que le era familiar. La soledad le dolía en el cuerpo. En el bosque cercano a la iglesia había hallado un buen tronco junto al arroyo y se había arrellanado allí para llorar hasta cansarse. Pero las lágrimas sólo habían empeorado su dolor de estómago.
Y entonces, Charles había entrado silbando en el mundo de esa niñita. Lo había oído antes de verlo. De no haber estado rendida de tanto llorar, hubiera intentado esconderse. Pero el chico ya se había detenido frente a ella con las manos en la cintura. Era sólo cuatro años mayor que ella, muy flaco y con rizos castaños. Pero bajo la luz del sol que inundaba el bosque a través del follaje, le había parecido una especie de dios. Con un sonido de asco había sacado del bolsillo un mugriento pañuelo.
“Ánimo”, le había dicho, al tiempo que le restregaba la cara. “Deja ya de lloriquear. No querrás que todos piensen que eres un bebé, ¿verdad? Vamos, puedes ayudarme a buscar salamandras”.
Se había enamorado de él en ese preciso instante y así había sido desde entonces.
Miró esa mano que cubría la suya. Ninguno de los dos llevaba guantes. El peso de su palma tibia y el contacto de esos dedos fuertes, ligeramente callosos, alteraron de un modo extraño la respiración de Emma. Sintió una sorprendente necesidad de volver la mano y entrelazar sus dedos pequeños con los de él.
Él no estaba a su alcance. Lo sabía. Siempre lo había sabido, incluso veinte años atrás al mirarlo fijamente en el bosque. Charles había sido hijo y hermano de marqueses —y ahora él era el marqués— mientras que ella sólo era la hija del párroco, tan común como una de esas florecillas llamadas“botón de oro” que abundaban en los campos de Knightsdale. Aun así, ella se había apegado a él como un cachorro, feliz de tener algunos restos de su atención. Cuando él dejó Knightsdale para ir a la escuela, ella había llorado de nuevo; y tampoco esa vez las lágrimas habían conseguido aliviar el doloroso vacío que sentía en el estómago.
Y luego, la muerte de su madre, la obligación de cuidar de su hermanita Meg y de su padre. Ya no tenía tiempo para tontos sueños románticos. Echó una ojeada al perfil de Charles mientras llegaban al hall de entrada. Pese a no haber tenido tiempo para soñar y a que sus sueños no tenían sentido, ella había soñado. La última vez que él estuvo en Knightsdale, ella tenía dieciséis años. Aún no había debutado socialmente. Era aún demasiado joven para ser invitada al baile de bodas del hermano de Charles. No tan joven, sin embargo, como para no desear desesperadamente estar allí y tal vez bailar una pieza con Charles.
Había hecho la cosa más audaz —lo único audaz, en realidad— de su vida. Se había deslizado a hurtadillas por la ventana y a través de los bosques hasta la terraza de Knightsdale. Oculta en las sombras, había observado a los hombres vestidos de lino blanco y traje de etiqueta negro y a las mujeres que lucían joyas y coloridos vestidos.
Había visto a Charles salir a la terraza en compañía de una dama de Londres. Emma había clavado los ojos en ella. Llevaba un vestido que se adhería a cada curva, con un escote peligrosamente pronunciado sobre sus generosos senos. Era asombrosamente, sobrecogedoramente hermosa. Y luego Charles había tomado a esa dama en sus brazos, besándola, mientras sus manos vagaban libremente por el cuerpo de ella.
Al contemplar la escena Emma se había sentido muy rara: agitada, incómoda. Avergonzada, mala… palpitante y febril. Había regresado corriendo a la parroquia, como si la persiguiera el mismo Satanás. Miles de veces había soñado con ese beso, pero en sus sueños la mujer entre los brazos de Charles era ella. Bien, ahora ya debía estar curada de ese mal. Retiró su mano del brazo de él cuando entraron al despacho. Pese al esmero de los sirvientes, la habitación aún olía a restos de lumbre y a polvo. Hacía más de un año que el marqués —el anterior— había visitado la finca por última vez.
—Señorita Peterson, mis disculpas si la he asustado allá arriba.
Con un gesto, Charles le indicó un asiento junto al fuego. Prefirió permanecer de pie, obligándolo a hacer lo mismo.Él le lanzó una mirada perpleja. Emma entrelazó con fuerza las manos delante de ella.
—Milord, han pasado cuatro meses desde que su hermano y la esposa murieron y sus sobrinas quedaron huérfanas.¿Por qué ha tardado tanto en venir a casa?
Charles se encogió de hombros.
—¿A casa? —Su boca se puso tensa y bajó los ojos hacia el escritorio. Cuando levantó la vista de nuevo su cara no expresaba emoción alguna—. Las niñas estaban en buenas manos. Hablé con el padre de usted en el funeral. Nana estaba aquí y también la institutriz. ¿Para qué querrían ver a un tío que para ellas era un extraño? Y, sinceramente, pensaba que todavía eran unas criaturas.
—¿Cómo pudo haber pensado eso? Isabelle tiene nueve años y Claire, cuatro.
—Cuando Paul tuvo su primera hija, yo era un muchacho de sólo veintiún años que vivía en Londres. Aparte de sentir desilusión porque no hubiera podido traer al mundo un heredero, no pensé mucho en el asunto. Y después me fui a la guerra. La pequeña, Claire, aún no había nacido cuando partí hacia la Península.
—¿Y ahora que las ha visto, tiene la intención de abandonarlas de nuevo?
Emma notó en su expresión que era exactamente eso lo que había pensado hacer.
—¡No puede hacer eso, milord! Las niñas ya han vivido suficiente tiempo al cuidado de sirvientes. Necesitan un pariente en casa. ¡Usted oyó cuánto desea Claire un padre! Isabelle también, aunque es demasiado reservada para decirlo.
—¿Y una madre, señorita Peterson? Seguramente las niñas necesitan una madre tanto como un padre… o quizás más.
—Bueno, por supuesto que necesitan una madre, pero no hay nadie disponible en este momento para ocupar ese lugar.
—¿No? —De pronto Charles sonrió abiertamente—. ¿Y usted?
Emma sintió como si sus pulmones se hubieran quedado completamente sin aire.
* * *
Charles se mordía el interior de las mejillas para contener la risa. La mandíbula de la señorita Peterson se había caído como una roca.
—Si se detiene a pensarlo, esa es la solución perfecta, señorita Peterson. Las niñas necesitan una madre, como usted misma ha observado. Ellas la conocen, usted les gusta; y vive por aquí, así que tendrá la comodidad de tener a su propia familia cerca.
“Y yo encuentro particularmente atractiva la idea de acostarme con usted”. Charles sonrió, tratando de imaginar cuál sería la reacción de la señorita Peterson ante esa declaración. Pero era verdad. No había pensado en ella durante años y sin embargo al verla ahora, al tenerla de pie a sólo unos centímetros de él… Quizás fuera el contraste: entre la chiquilla que recordaba y la mujer que tenía ante sí. Fuera lo que fuese, era verdaderamente erótico. Cambió de posición, alejándose de ella ligeramente para ocultar su reacción.
Era la solución perfecta a su problema. No era inconveniente para ninguno de los dos. Tampoco significaba pasar mucho tiempo con ella. No tenía el menor deseo de vivir en Knightsdale. Hallaría algo útil que hacer en Londres y sólo se pasaría por Knightsdale de tanto en tanto a ocuparse de su responsabilidad de engendrar un heredero.
Sí, se pasaría por aquí para llevarla a la cama. Para quitar de su precioso cuerpo ese vestido tan feo. Para hundir la cara en sus pechos suaves y bien formados. Para…Se volvió abruptamente hacia el escritorio. Sus pantalones ya le resultaban claramente incómodos.
—¿Qué podría ser mejor, señorita Peterson? ¿Usted no tiene un pretendiente, verdad?
—Bueno, no, pero…
—Y perdóneme por decirlo, pero a usted se le ha pasado un poquito la edad para el matrimonio, ¿verdad? Si mal no recuerdo, tiene cuatro años menos que yo, es decir, veintiséis.
—Sí…
Charles le echó una ojeada y notó el rostro encendido y en especial el pecho, que subía y bajaba al ritmo de la respiración agitada. Bruscamente levantó los ojos buscando los de ella. Tras las gafas, ardían chispas doradas bajo unas cejas fruncidas. Quizás no debería haber recalcado el hecho de que era firme candidata a quedarse para vestir santos, pero seguramente eso influiría en la decisión final de ella. Era improbable que recibiera una proposición mejor —e incluso que recibiera alguna otra proposición—. —No tengo la intención de molestarla, ya sabe. Pasaré la mayor parte de mi tiempo en la ciudad. Sólo tendrá que soportar mis ocasionales visitas.
—¿Y por qué se molestaría en venir de visita? Ha sido perfectamente capaz de quedarse lejos todos estos años.
Charles tosió, cubriéndose la boca. Seguramente ella veía lo obvio. La miró otra vez. Tenía los brazos firmemente cruzados bajo sus magníficos pechos. Ella levantó una ceja.¿Cómo podía no haber notado antes el modo delicioso en que se elevaban en un extremo? ¿O cómo su boca invitaba a besarla, incluso formando una línea apretada como en ese momento?¿Acaso se suavizaría la expresión de esa boca si él apoyaba en ella sus labios?
—Está el asunto del heredero.
—¿Qué? —Ambas cejas se elevaron y luego bajaron bruscamente—. ¿Qué quiere decir exactamente?
Era interesante el contraste entre el tono gélido de sus palabras y el fuego de su mirada.Charles advirtió que probablemente era aconsejable la retirada, pero se había internado demasiado en territorio enemigo. Ahora debía sostener descaradamente su posición con toda naturalidad.
—Un heredero. Voy a necesitar uno, ahora que soy el marqués. Y me será difícil conseguir uno si yo estoy en Londres y mi esposa está en Kent, ¿no le parece?
Se agachó justo a tiempo para esquivar un perrito de porcelana que, tras pasar volando junto a su oreja, se hizo añicos contra la puerta del despacho.