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EL RETORNO DE SUNNY , Sandra Brown

Capítulo 1

—¿Quién es ella?
—Se llama Sunny Chandler.
—¿La conoces?
—Desde tercero de básica.
—¿De veras?
—O puede que desde segundo.
—¿Así que creció aquí?
—Sí.
—¿Dónde ha estado?
—¿Toda su vida?
El primer hombre frunció el ceño mientras bajaba la vista para mirar al segundo.

—¿Dónde ha estado? —repitió contundente. El segundo hombre parecía intimidado.
—En Nueva Orleans. —Con su almibarado acento sureño había pronunciado «Nueva Oleán»—. Se mudó allí hace unos años.Trabaja de costurera.
—¿De costurera? —Nunca lo habría dicho a simple vista.
—Algo así.Wanda podría darte más información sobre lo que ha estado haciendo.

Tenía toda la intención del mundo de preguntarle a la esposa del otro hombre más tarde sobre aquella mujer, Sunny Chandler. Había despertado su curiosidad. Y su curiosidad, como todas las demás suertes de apetito, nunca quedaba saciada por mucho tiempo. Sin embargo, por el momento, se conformaba con observar a Sunny Chandler circulando entre el resto de invitados a la fiesta. Al no tener ya el aspecto de una chica de pueblo, destacaba entre las demás como un cisne. Tremenda comparación, pensó. El cisne podía llegar a ser antiestético en medio de un estanque de patos. Sin embargo, no podía encontrar nada antiestético en aquella mujer.

—¿Por qué abandonó la ciudad? —preguntó él.

Su compañero se echó a reír.
—No te lo vas a creer.
—Ponme a prueba.
—Bueno, ocurrió así. —En voz baja, el hombre se dispuso a compartir con él la más sabrosa habladuría que saldría nunca de Latham Green.

Aquella historia que estaban contando al otro lado de la habitación era tan difícil de creer que bien hubiera sido capaz de contener el más sentido bostezo. Ella se sobresaltó ante la repentina explosión de risas que se produjo entre ambos, como también se sobresaltaron todos los demás a su alrededor.Al girarse, Sunny vio a lo dos hombres de pie al lado de la pared de los ventanales, que daba al campo de golf. El más alto, rubio, estaba quitándose las lágrimas de los ojos.

Sunny pensó que probablemente estarían contando algún chiste verde. Esos palurdos no sabían como comportarse educadamente en público. Para ellos, tanto daba la habitación trasera de una sala de billar que este salón de ceremonias del club municipal. No tenían ningún sentido del decoro.

La familia del novio había echado la casa por la ventana para esta fiesta en honor de la pareja de prometidos. Al no haber escatimado en gastos, el cocinero había puesto lo mejor de sí mismo en el bufé. El decorador había agotado las existencias de los floristas en millas a la redonda; el amplio salón estaba engalanado con ramos de flores de vivos colores. Aunque el presupuesto del club del pueblo generalmente apenas llegaba para contratar al sexteto local para sus bailes, la música de esta noche corría a cargo de una banda de jazz traída desde Memphis.

No estaban del todo mal, pensó Sunny. Su mirada se cruzó con la del líder del grupo y, entonces, ella le sonrió cuando empezaron a tocar una balada de Kenny Rogers. Él le guiñó el ojo. Ella le devolvió el gesto e inmediatamente dirigió toda su atención al bufé. Con la cabeza
gacha, se dispuso a rellenar su plato.

—¡Sunny Chandler!

Soltando un torpe gemido, Sunny esbozó su sonrisa más falsa y se dio la vuelta.

—Ay, hola, señora Morris.

—Cuánto tiempo sin verte, mi niña.

—¿Cuánto tiempo?

—Tres años. —«Tres años, dos meses, seis días. Evidentemente, no demasiado tiempo para que la gente se olvide de una».

—¿Sigues en Nueva Orleans?

—Allí sigo. —«Y me encanta. Me encanta cualquier sitio que no sea Latham Green».

—Tienes buen aspecto.

—Gracias.

—Muy cosmopolita.

La observación pretendía ser un reproche. En cambio, para Sunny se trataba de todo un cumplido. La señora Morris se llevó a la boca una seta rellena de cangrejo picante y masticó con fuerza. Entonces, como si tuviera miedo de que Sunny echase a correr antes de que le diera
tiempo a acosarla con más preguntas impertinentes, se apresuró a preguntar:

—¿Y tu familia? ¿Cómo está?

—Bien, están todos bien. —Sunny le dio la espalda y extrajo una ostra cruda de su concha (aunque no iba a comérsela ni loca por mucho que viviese ahora en Nueva Orleans) y se la colocó en el plato. La señora Morris, en cambio, no estaba familiarizada con las sutilezas y nunca había oído hablar del lenguaje corporal. Así que prosiguió impertérrita.

—¿Siguen en Jackson?

—Ah-ha.

—No vuelven muy a menudo. Aunque, claro, después de... bueno, ya sabes a que me refiero. Debe resultarles todavía difícil, estoy segura.

Sunny quería dejar el plato sobre la mesa, abandonar la habitación, abandonar el pueblo, abandonar a toda aquella gente del mismo modo que lo había hecho tres años atrás. Lo único que la retenía allí delante de la fuente de melón era la determinación de no dar a nadie la satisfacción de haberla amilanado.

—¿Todavía tenéis aquella cabaña en el lago?

Antes de que Sunny pudiera elaborar una respuesta, la anfitriona de la fiesta se acercó a ella.

—Sunny, ¿podría pedirte que me ayudaras a arreglarme el peinado? Creo haber notado que se me está soltando una de las horquillas más estratégicas. Por favor, señora Morris, le ruego que nos disculpe.

Sunny dejó su plato de comida medio lleno. En ningún momento había tenido la intención de comer; más bien le había servido de excusa para tener las manos ocupadas.

—Gracias —dijo entre dientes, mientras su amiga la cogía del brazo y la sacaba del salón de ceremonias, pasillo abajo hacia los tocadores. Fran se reía.

—Me parecía que necesitabas un rescate.O quizá era la señora Morris la que estaba en peligro.Tenía miedo de que te fueras a comer aquella albóndiga sueca para después poder atacarla con el palillo en el que venía pinchada.

Se aseguraron de que estaban solas en el tocador de debajo de las escaleras y cerraron con llave la puerta tras de sí para garantizar su privacidad. Sunny se apoyó contra la puerta y lanzó un suspiro exasperado.

—Y te preguntas por qué esta es la primera vez que vuelvo en tres años. ¿Me echas en cara que me haya quedado lejos? Se le hacía la boca agua; se moría de ganas por conocer todos los excitantes detalles de mi vida en la gran ciudad.

Fran estaba sentada sobre el tocador repasándose la boca con el pintalabios.

—¿Hay algún detalle excitante sobre tu vida en la gran ciudad? —dijo Fran, mientras miraba con complicidad a Sunny a través del espejo oval del servicio de señoras. La mirada helada de Sunny sólo sirvió para desencadenar más carcajadas.

—Relájate, Sunny. Estamos en Mini Pueblo, Estados Unidos. ¿Qué otra cosa te crees que podría hacer si no la gente como la señora Morris?

—¿Ver los prados crecer?

—Exactamente. Tienen que mantenerse ocupados con los asuntos ajenos.Y, seamos francas, les diste mucho material de que hablar hace unos cuantos años.

—Sólo intentaba llamar la atención.

—Bueno, pues me parece que lo conseguiste del todo. Durante todos estos años, se han muerto por saber por qué hiciste lo que hiciste.Tus padres se mudaron poco tiempo después, de manera que no sirvieron de gran ayuda para dilucidar el enigma. Ahora, te presentas aquí con el aspecto de un personaje salido de la serie Dinastía, aparentemente indemne tras el incidente. Se mueren por saber qué fue lo que te llevó a hacer algo tan insólito. ¿Cómo puedes echarles en cara que estén tan curiosos?

—Sí que puedo echárselo en cara. Las habladurías estuvieron a punto de volver locos a mis padres; maldita curiosidad infantil. Mamá y papá no podían ir a ningún sitio sin sentirse objeto de miradas maliciosas y preguntas indiscretas. Incluso los que se suponía que eran sus amigos les molestaban con el tema. Al final, no pudieron con toda aquella presión y se fueron.

—Pensaba que se habían ido porque tu padre encontró aquel trabajo en Jackson.

—Esa fue la excusa que me dieron a mí, pero yo nunca les creí.Yo fui la razón de su mudanza.Tendré que vivir con esa culpa, Fran. —Sunny sacó un pintalabios de su pequeño bolso y se pintó los labios—. Pero gracias por compararme con una de las mujeres de Dinastía, lo encuentro todo un cumplido.

Fran sonrió.

—Las mujeres de por aquí llevan puesto o bien vestidos de gala típicos, o bien puestas de largo más formales. Nunca han oído hablar del diseño de los vestidos de noche modernos. Llevan el dobladillo igualado, no los bajos desiguales como los tuyos.A nadie se le ocurriría combinar el naranja con el violeta. En cambio a ti te queda sensacional—dijo con admiración sobre el vestido de Sunny, que lucía lo que parecía un ingenioso entrecruzado de varias bufandas.—Y Dios mío, Dios mío —exclamó Fran, llevándose las manos a las mejillas en un gesto teatral como de espanto—. ¿De verdad tienes dos agujeros en la oreja?¡Estás condenada a que te tachen de comunista! No me extrañaría nada que hubiese uno o dos norteños en tu árbol genealógico.

Riéndose, Sunny dio un manotazo al aire a pocos centímetros de la nariz de Fran.

—¡Cállate! Estás haciéndome reír y no quiero reírme.

Fran la cogió de la mano con cariño.—Ya sé que no querías volver y que la única razón por la que lo has hecho es para mi boda. Soy consciente del enorme sacrificio que ha supuesto para ti y lo aprecio.

—No me habría perdido tu boda, Frannie.Ya lo sabes. Aunque...

—Aunque no entiendes por qué quiero casarme en segundas nupcias —concluyó Fran por ella.

—Algo así.

Sunny se la quedó mirando a los ojos con seriedad. Le parecía que Fran sólo conseguiría una vez más arrojar piedras sobre su propio tejado. Había tenido la oportunidad de coger a sus dos hijos y abandonar ese pueblo retrógrado tras obtener el divorcio de su primer marido. Sin embargo, ella se había quedado, había lidiado con el chaparrón de cotilleos y estaba por volver a casarse.

—Sunny, estoy enamorada de Steve. Quiero casarme y tener un hijo con él. —La expresión de Fran pedía una cierta dosis de comprensión—. Pensaba que estaba enamorado de Ernie, pero sólo veía en él lo mismo que veían todos los demás, un rutilante héroe de fútbol americano. Por desgracia, no era más que eso.Y cuando ya no pudo serlo más, se desmoronó, se dio a la bebida y a las mujeres. Ellas siguieron dándole coba en lugar de decirle que creciera como hacía yo, en el papel de mujer pesada.

—En fin, Steve es tan sólido como el Peñón de Gibraltar. Me quiere mucho a mí y a las niñas. No es tan guapo como Ernie, ni tiene ese cuerpazo, pero es un hombre de verdad, no un niño mal criado.

Sunny le acarició la mano.

—Estoy contenta por ti.Ya lo sabes.Tengo a Steve en muy alta estima por volver a conseguir que estés bien. Es sólo que me cuesta imaginar que alguien realmente elija ese tipo de vida.Yo estoy contenta de haberme librado de ella.

—Lo dices sólo porque no has encontrado al hombre adecuado con quien compartirla. —Sunny alzó una ceja—. Por cierto, no te habrás encontrado con tu ex.

—No, y espero no encontrármelo. —Sunny empezó a toquetearse el pelo—. Él y Gretchen seguirán aún casados, me imagino.

—Sí, pero corren rumores. Cuentan en los mentideros que...

—¡No! —dijo Sunny—. No quiero saber nada. No voy a ponerme al nivel de los demás habitantes del pueblo y volverme loca por el último cotilleo. —Echó un vistazo al peinado de Fran—.Tu pelo está perfecto. ¿Dónde está el prendedor que decías que se te había soltado?

—Era una simple excusa para que te libraras de la señora Morris. —Fran se levantó del tocador con un gesto sorprendentemente dinámico para una madre de dos criaturas.

Las dos amigas abandonaron el tocador, riéndose como niñas, del mismo modo en que lo habían hecho durante los dos últimos años de bachillerato. Fran mostraba una cara más serena al hacer acto de entrada en el salón.Su prometido la localizó y se acercó hacia ella y a Sunny.

—Cariño, el presidente de mi empresa acababa de llegar de Baton Rouge —dijo Steve—. Está ansioso por conocerte. Dice que quiere ver a la mujer que logró convencer a un viejo soltero como yo de que se casara. Si nos disculpas, Sunny.

—Por supuesto.

Sunny se quedó mirando cómo aquel exitoso ejecutivo de aseguradoras se llevaba del brazo de un plumazo a su futura esposa para presentársela a su jefe. Steve le presentó con orgullo a Fran y sus jóvenes hijas. Sunny estaba encantada de que Fran hubiese vuelto a encontrar su felicidad. Después del matrimonio fallido con Ernie, en realidad se lo merecía.

Steve le pasó un brazo alrededor de los esbeltos hombros, protector y posesivo a la vez. Sunny reparó en aquel gesto, instintivo e inconsciente. Aquel detalle daba a entender, sin palabras, el modo en que Steve se sentía sobre su futura esposa. Inconscientemente, Sunny atribuyó su repentino sentimiento de vacío al hambre y decidió volver a echar un vistazo al bufé.

Como si el retorno a Latham Green no hubiera sido duro de por sí, el hecho de volver precisamente para una boda era ya el colmo. Don, el hombre con el que había estado a punto de casarse, era un tema pendiente que sabía que le tocaría afrontar antes o después. Al menos,
había sobrevivido ya a la primera conversación sobre él y no tenía ya que cargar con el peso de esa amenaza.

Hablar de él le había revuelto toda una serie de emociones negativas que había dejado atrás hacía ya tres años. Pensaba que se había librado de ellas para siempre, pero parecía que se habían quedado encaramadas como diablillos en las señales de bienvenida a la ciudad, esperando su regreso.Y en cuanto regresó, la asaltaron. Debería habérselo pensado dos veces antes de volver.

¿Pero cómo iba a rechazar la invitación de Fran a su segunda boda? No podía hacerlo. Tampoco Fran se iba a quedar de brazos cruzados si se limitaba a hacer acto de presencia y se escabullía a toda prisa justo después. Casi sin darse cuenta, Sunny se había comprometido a asistir a aquella fiesta y a quedarse hasta pasada la boda. Durante su estancia en aquel lugar tenía en mente ocuparse de ciertos asuntos, pero aún tenía que sobrevivir a aquella semana. Una semana. Una semana en un pueblo al que se había jurado que nunca iba a volver. ¿Podría soportarlo? Quizá. Pero no sin buscar una compensación a cambio.

Una compensación que iba a consistir en concederse uno o dos caprichos, pensó mientras le echaba el ojo a la bandeja de postres al fondo de la mesa del bufé. Pequeñas transgresiones como aquella le ayudarían a mantener la cordura. Se merecía una recompensa. ¿O no?¿Cómo iba a prestarle a Fran apoyo moral si no se fortalecía a sí misma a base de caprichos?

Antes de que le diera tiempo a cambiar de idea, cogió de una bandeja de plata dos fresas bañadas de una triple capa de chocolate y encontró una esquina recóndita para comérselas a gusto. Era la fruta prohibida para cualquier mujer que quisiera mantener una figura esbelta. Sin embargo, precisamente prohibida era la fruta que le hacía falta a Sunny en aquel mismo instante.

Mientras la agarraba por el rabillo entre el pulgar y el índice, le hincó el diente a la primera fresa. La capa exterior de chocolate negro le supo amarga al entrar en contacto con la lengua. Entonces, el chocolate con leche le bañó la superficie de la lengua con su rica textura aterciopelada. A continuación, casi como si de una bendición se tratase, el suave sabor del chocolate blanco le colmó el paladar, preparándolo para la suculenta fruta color rubí que perforó con los dientes.

La masticó lentamente con fruición pecaminosa, dejando que cada capa de chocolate se derritiese y le rellenase la boca con su particular grado de dulzura. Era una experiencia sensorial, no sólo para Sunny, sino también para el hombre que la observaba desde el otro lado de la sala. Casualmente apoyado contra la pared, con los tobillos cruzados y sus largas piernas inclinadas, observaba la destrucción carnal a la que Sunny Chandler sometía a aquellas dos fresas bañadas de chocolate.

Sunny hizo de comerlas un ejercicio tan erótico, que la boca del hombre se hizo agua, más por el anhelo de sus labios y de su lengua, que hacían tan bella justicia a aquellas fresas, que por las fresas mismas.

—Veo que sigues sin quitarle ojo.

El hombre cambió el peso de pierna, pero sin perder de vista en ningún momento a la mujer.

—Sunny Chandler está para comérsela —le reconoció a su amigo, que acababa de unirse a él.

—Siempre lo fue. Una de las chicas más guapas del colegio. Con cierta clase, ¿sabes?

—Lo que hizo antes de irse no fue precisamente un alarde de clase. ¿Por qué lo hizo?

—Hombre, si lo supiera, sería el único.

El más alto de los dos bajó la vista para mirar a su amigo.

—Ah, ¿sí? ¿Quieres decir que se marcó una proeza de semejante calibre y se fue sin más?

—Tal cual. —Chasqueó los dedos—. Dejó plantado a su novio, Don Jenkins, ya le conoces. Lo dejó seco—dijo el otro hombre mientras le daba un codazo en las costillas—. No en el sentido literal del término.

Se echaron a reír los dos a la vez, sin levantar el tono para no llamar la atención de la pareja de futuros desposados, que estaban ocupados abriendo los regalos entre aclamaciones de oohs y de aahs.

—Así que se supone que tenía que haberse casado con Don Jenkins, ¿verdad?

—¿Y nadie supo por qué se fue?

—Así es. Por supuesto, hubo muchas especulaciones.

Le bastó alzar una ceja inquisitivamente para que el segundo hombre le pusiese al día sobre algunas de las posibilidades que se habían barajado sobre las mesas de cartas y entre los tendederos de ropa. El primer hombre se quedó pensando un rato más en la mujer y la observó fijamente mientras detenía a un camarero que pasaba por allí para que le pasara el plato.

—Creo que voy a sacarla a bailar.

Se empujó contra la pared con la parte de arriba del cuerpo, pero la risa del otro hombre le hizo detenerse.

—Buena suerte, compañero.

—Lo dices como si la fuera a necesitar.

—No podrías tocarla ni con un palo de más de dos metros de largo.

—No quiero tocarla con un palo de dos metros de largo. Quiero llevármela a la cama.

El otro hombre le miró con sorpresa. Nunca había oído a su amigo decir nada tan atrevido. Cierto es que solía tener un tono muy macho y que acostumbraba a contar historias subiditas de tono. Pero sus historias eran siempre sobre otra persona. Se guardaba su vida privada para sí mismo.No necesitaba ningún megáfono. Su enormeéxito era de sobra conocido en toda la ciudad. Su amigo se recuperó de la sorpresa.

—Sé que tienes un éxito apabullante con las mujeres, pero no va a ocurrir esta vez.

—¿Qué es lo que te hace pensarlo?

—Por lo que he oído, Sunny es una verdadera calientabraguetas.Nunca acaba haciendo nada en absoluto con los hombres. Los convierte en piedra como aquella muchacha de la mitología griega.

Más que disuadirle, esa dosis de información sólo sirvió para estimular aún más su curiosidad. Acostumbraba a darle la bienvenida a los retos.Achicó los ojos sin perderla de vista. Su cohorte reconocía esa mirada especuladora.

—Ya sé lo que estás pensando, pero no conseguirás llevarte el gato al agua esta vez.

—¿Estás perdiendo confianza en mí?

—Por lo que respecta a Sunny Chandler, sí.

El primer hombre no tardó en sonreírle.

—¿Cuánto me apuestas?

—¿Lo dices en serio? —Se limitó a asentir con la cabeza como respuesta. El otro hombre, ausente, se tocó el lóbulo de la oreja mientras consideraba la apuesta—. Me estaba apeteciendo últimamente una nueva caña de pescar, pero Wanda se rompió un diente y tendrá que ponerse un puente. ¿Qué es lo que cobran los dentistas por algo así hoy en día?

—Así que una nueva caña de pescar.Ysabes cómo me gusta el whisky Wild Turkey. ¿Lo dejamos en una caja de Wild Turkey si gano yo y una nueva caña de pescar si ganas tú?

Se dieron un solemne apretón de manos.

—Saldrá como un bólido para Nueva Orleans tan pronto como se termine esta boda. No tienes mucho tiempo. Una semana desde esta noche.

—No necesito mucho tiempo —dijo,mientras se iba.

—Espera —dijo el otro hombre, deteniéndole por segunda vez—. ¿Cómo voy a saber si te la has ligado?

—Por la sonrisa en su cara.

Su sonrisa tenía la astucia de un zorro y toda la honestidad de un Boy Scout. Era una sonrisa que rezumaba diabluras de pirata y sinceridad angelical. Era esa sonrisa de seguridad en uno mismo que tan pronto podía hacer que te derritieras como que te dieran escalofríos, en función de tu punto de vista. Sunny sintió un poco de ambas cosas cuando se encontró con esa sonrisa unos segundos más tarde.

Al darle un golpecito sobre el hombro, ella se dio la vuelta y se encontró de cara con una corbata roja de finas rayas azules que descansaba contra una camisa gris perla. Siguió con los ojos la corbata hacia arriba hasta llegar a aquella devastadora sonrisa. A Sunny le dio un vuelco el corazón. Sintió un cosquilleo por el estómago como si estuviera haciendo un descenso en caída libre antes de realizar un aterrizaje forzoso. Se le resecó la boca como si estuviese en el desierto.

No obstante, mantuvo una expresión fría y remota, mientras observaba los mechones rubios de su pelo, sus ojos azules de hombre nórdico, su tez morena y su constitución, alta y musculosa. Lo reconoció como el hombre de aquella risa estruendosa tan maleducada. Tenía mejor planta que los demás. ¿Y qué? Conocía perfectamente su tipo. Reconocía ese tipo de sonrisa. Se estaba relamiendo porque pensaba haber encontrado un sabroso bocado. Bueno, pues pronto iba a enterarse de que ella era más vinagre que miel.

—Me gusta como comes fresas.

Aquella no era exactamente la frase de salida que se esperaba.Al menos, le reconoció el mérito de la originalidad. Cerebralmente, podía reconocer su inteligencia y minimizar su importancia. Físicamente, no era tan fácil de desestimar. Le entró un hormigueo en el estómago. Aquella frase de salida le indicaba en pocas palabras varias cosas a la vez. Que había estado mirándola desde hacía bastante rato. Que le había gustado lo que veía.Y que le había interesado lo bastante como para mirarla más de cerca.¿Halagüeño? Sí. Si ella hubiese sido cualquier otra mujer, podría haberle funcionado el truco. En cambio, ella se limitaba a devolverle la mirada con una altanería que habría desalentado a cualquier otro hombre menos resuelto que él. El hombre deslizó su mirada de zafiro hasta la boca de la mujer.

—¿Qué más se te da bien hacer?

—Eludir los halagos indeseados.

Él se echó a reír.

—Y dar réplicas ingeniosas.

—Gracias.

—¿Bailamos?

—No, gracias.

Sunny intentó darse la vuelta, pero él la cogió del codo.

—¿Por favor?

—No, gracias. —Pronunció esas palabras de manera que a él no le cupiese la menor duda de la determinación que había tras ellas.

—¿Cómo?

No quería avergonzar a Fran, ni a Steve. Si no, le habría recordado a aquel sin sustancia de ojos azules con cuerpo irresistible y sonrisa de cocodrilo que no le debía ninguna explicación por no querer bailar con él.En su lugar, se decantó por decir:

—He bailado ya tanto que me duelen los pies.Ahora, si me disculpa.

Sunny se apartó, dándole la espalda. Se dio una vuelta por el bufé y se dirigió hacia la mesa redonda en el centro de la habitación, la que tenía una fuente de champán en el centro. Colocó un vaso debajo de uno de los pitorros y lo rellenó.

—Me enseñaron en el catecismo que es pecado mentir.

Al darse la vuelta, sobresaltada, se le derramó el champán sobre la mano cuando se encontró de bruces con ese enorme pecho una vez más. Tenía serias dudas de que aquel hombre hubiese ido al catecismo.Y estaba segura de que la única consideración que habría tenido con el pecado sería la de cuál cometer a continuación.

—Pues a mí me enseñaron que es de mala educación ponerse tan pesado.

—No era necesario que dijeses una mentira.

—No estaba mintiendo.

Él respondió con un «tssss».

—A ver, señorita Chandler, te he estado observando durante más de una hora y no has bailado ni una sola vez, aunque te lo han pedido varias veces.

Sunny se sonrojó, aunque estaba más molesta que avergonzada.

—Pues eso, debería haberle dado la primera pista. No quiero bailar.

—¿Y por qué no lo dices?

—Lo acabo de hacer.

Volvió a reírse de nuevo.

—Me gusta tu sentido del humor.

—No estaba intentando resultarle divertida y me importa un bledo si le gusto, si le gusta mi sentido del humor o mi manera de comer fresas. No me importa nada de nada.

—Me lo acabas de dejar bien claro, pero, ¿sabes?, eso supone un problema para nosotros dos.

—¿Cómo dice? —A ella se le estaba agotando la paciencia y empezaba a cansarse de este juego. Si no hubira sido por la mirada avariciosa de la señora Morris, habría posado su copa de champán y habría abandonado la habitación indignada. Ya habría encontrado el momento de pedir disculpas a Fran y a Steve más tarde—. ¿Qué problema podríamos tener usted y yo en común?

—¿Ves a ese hombre que está allí delante al lado de la cesta de rosas?

—¿Quién? ¿George Henderson?

—¿Te acuerdas de él?

—Claro que sí. —Sunny sonrió y le saludó con la mano. George le devolvió el saludo, sonrojándose hasta su mismo cuero cabelludo.

—Bueno —continuó diciendo el desconocido—, George y yo acabamos de hacer una apuesta.

—¿Ah sí?

—Él ha apostado una caña de pescar y yo una caja de Wild Turkey si conseguía llevarte a la cama en el transcurso de esta semana. Así que, a no ser que te empiece a importar medianamente si me gustas o si no me gustas, me va a resultar muy difícil ganar mi caja de whisky.

El hombre le quitó cuidadosamente la copa de champán que tenía ladeada entre sus lánguidos dedos antes de que se derramara el contenido. Primero posó la copa sobre la mesa y después cogió a Sunny entre sus brazos y dijo:

—¿Bailamos?

La banda iba ya por el segundo compás de la canción, antes de que Sunny tuviera tiempo de decir nada.

—Lo debe estar diciendo de broma, ¿verdad?

Hasta una barra de mantequilla se habría derretido ante la sonrisa de aquel hombre.

—Y ahora, ¿qué te parece?

Ella no sabía qué pensar. No conocía a ningún hombre que tuviese la cara tan dura de reconocer que ha hecho una apuesta, además de tener el coraje de hacer la apuesta en primer lugar. Claramente, le estaba tomando el pelo. En cualquier caso, su sonrisa no era muy tranquilizadora.

Sunny decidió no devolverle la sonrisa.

—¿Qué creo? Creo que no acepta usted un no por respuesta.

—Al menos no cuando quiero algo con tantas ganas.

—Y tenía muchas ganas de bailar conmigo.

—Ah-ha.

—¿Por qué?

—Nunca había conocido antes a ninguna mujer de ojos dorados.

Aquellos mismos ojos que parpadeaban en ese momento.

—No son dorados, son marrón claro.

—Yo diría que son dorados —replicó con terquedad—. Van a juego con tu nombre. Me pregunto cómo tu madre lo supo con antelación para llamarte Sunny.

Pronto se dio cuenta de que George Henderson le debía de haber dicho su nombre. No era necesario alarmarse en ese sentido. Sin embargo, no podía haber distinguido el color de sus ojos desde el otro lado de la habitación y ella reparó en ello.

—¿Entonces, por qué quería bailar conmigo?

El hombre la acercó más a él.

—Como te digo, me gusta tu manera de comer fresas bañadas en chocolate. —De nuevo, aquellos ojos del color de los fiordos escandinavos la miraron fijamente a la boca—. Se te ha quedado una pequeña viruta de chocolate en la esquina izquierda de tus labios. —Instintivamente, Sunny intentó localizar la partícula con la punta de la lengua.Al percatarse de que la había encontrado, él dijo—:Ahí la tienes.

Sunny se despertó del letargo momentáneo al que le había inducido milagrosamente aquel hombre.

—Me imagino que George le ha contado todo sobre mí.

—Lo suficiente. Sin embargo, hay algunas cosas que me gustaría descubrir por mí mismo.

—¿Por ejemplo?

—Sunny, lo que yo quiero descubrir de ti, dudo que prefieras que lo haga en medio de la pista.

Ella se apartó de él y dijo con frialdad: —Gracias por el baile, señor...

—Beaumont.Ty Beaumont. Sin embargo, no puedes dejar de bailar ahora. Acaba de empezar la siguiente canción.—Él la estrechó entre sus brazos de nuevo. Justo cuando ella estaba apunto de intentar liberarse de él, le oyó decir—: Hola, Fran. Hola, Steve. Bonita fiesta.

—Hola Ty, dijeron los dos al unísono.

Sunny puso sonrisa de circunstancia mientras pasaban de largo bailando y, a continuación, le lanzó una mirada envenenada a su compañero. La tenía atrapada y él lo sabía. No iba a permitir que se fuera así como así. Sabía que ella no iba a atreverse a montar ningún numerito. Sin embargo, antes muerta que relajar su cuerpo contra el de él, como sus musculosos brazos parecían querer dictarle. Bastante desconcertante era ya para ella que la abrazara tan de cerca, sintiendo sus sólidos muslos frotarse contra los suyos.

—Volviendo al porqué de querer bailar contigo —dijo Ty, tratando de entablar conversación—.También me gusta tu pelo dorado.

—Gracias.

—Estoy seguro de que estaría diabólicamente sexy extendido sobre mi almohada.

—Eso nunca lo sabrá.

—Ya tengo una apuesta en juego sobre este tema.¿Quieres que hagamos otra entre tú y yo?

—No.

—Bien. Porque perderías.

—Todo lo contrario, sería una victoria segura, señor Beaumont.Y, por favor, quite esa mano de ahí.

—¿De aquí? Le dio un apretón en la zona del sostén a la altura de su espalda, que le produjo una explosión de sensaciones de cintura para abajo.A punto estuvo Sunny de emitir un gemido, pero se contuvo justo a tiempo.Tenía miedo, no obstante, de no haber ocultado su reacción de cara a su compañero, que la miraba de cerca. —Relájate—le dijo él.

—Olvídese.

—No pretendo ofenderte.

—¿Ah no?

—No. Es sólo que admiro tu figura.

—Bueno, pues si tiene que admirarla, por favor hágalo desde lejos.

—Yo sería el primero en defenderte si cualquier otro hombre bailara tan pegado a ti. Sin embargo, como vamos a entablar relaciones íntimas, yo...

—No vamos a entablar ninguna relación íntima, ni de ningún tipo.

Él le sonrió con complicidad.

Sunny sólo estaba sonriendo para que la vieran todas las señoras Morris de la sala. Pero en el fondo, no sólo estaba molesta, sino también preocupada.Ty Beaumont transmitía una vitalidad masculina, animal, capaz de atraer a cualquier mujer de la especie humana. Por mucho que Sunny se sintiese impermeabilizada hacia los hombres, seguía siendo una mujer. Aparentemente, no era tan inmune al magnetismo sexual como ella se pensaba. Para evitar ceder a ese magnetismo, era necesario reconducir la conversación hacia otros canales más seguros.

—¿Cuándo se mudó a Latham Green, señor Beaumont?

—Llámame Ty. Vamos a ver —dijo, frunciendo el ceño para concentrarse—, hace unos tres años. Creo que no llegamos a coincidir.

Al oír eso, Sunny llegó a la conclusión de que George le debía haber hablado de cuándo se había ido ella. Antes de que le diera tiempo a preguntarle si George le había también hablado de las circunstancias de su mudanza, él espetó:

—En una sala llena de poliéster, tu seda brilla con luz propia.

Entonces, él le frotó la espalda con la mano. Ella la arqueó como acto reflejo, lo que resultó ser un paso en falso al provocar que sus senos quedaran apretados contra la solidez de su pecho. Aquel hombre tenía los ojos de un azul intenso. Sunny contuvo la respiración en el acto.

—¿A qué se dedica? —preguntó delicadamente.

—Me apostaría algo a que tu ropa interior también es de seda.

De repente,Ty se quedó con los brazos vacíos. Sunny se separó de él, pidiendo con timidez discretas disculpas a su paso camino de la puerta. Como él era más grande, le resultaba más difícil abrirse paso entre las parejas que bailaban en la pista. Sunny iba ya por las escaleras de entrada a la fachada colonial del club municipal antes de que él pudiera alcanzarla.

—¿No te habrás ido por algo que yo haya dicho?

Ella lo encaró con el genio de una gata furiosa.

—No fue sólo lo que dijo, sino todo lo que hizo. Desprecio su estúpida superioridad masculina, que me huele fatal. De hecho, desprecio totalmente todos sus ramalazos sexistas, señor Beaumont. Ahora, déjeme en paz.

—Bueno, mira, lo siento, quizá he ido demasiado rápido.

—¿Demasiado rápido?

—Desde el momento en que te vi, supe que quería acostarme contigo. Por eso...

Una vez más,Ty se encontraba hablándole a la espalda. Sunny bajó las escaleras hasta el camino de gravilla de la entrada, que estaba haciendo un daño irreparable a sus tacones de cuero en tonos pastel. Al intentar cogerla del brazo, ella se liberó.

—Si le va lo de ir por la vida haciendo discursos calenturientos, señor Beaumont, le sugiero que se vaya a Bourbon Street. Allí encontrará chicas a las que puede pagar por minuto para que escuchen esa basura. Pero, por favor, ahórreme el tener que escucharle.

—George me dio a entender que no eras como las demás mujeres de la zona.

—Gracias a Dios que no.

—Parece ser que eres una mujer libre en la gran ciudad.

—Exactamente.

—Pues ahí iba yo a parar. Ése es el quid de la cuestión. Sólo tenemos una semana.

—Claro. ¿Para qué perder el tiempo? —dijo ella, dejando caer su sarcasmo sobre cada sílaba.

—Una mujer sofisticada como tú sabe de qué va la historia.Yo te he visto, te deseo, me he movido. Si te he entendido mal, te pido mis más sinceras disculpas. No querría ofenderte.

—No se imagina cuánto lo aprecio.

—¿Entonces qué? ¿Quedamos para un revolcón más adelante en la semana?

Sunny se le quedó mirando por un momento, perpleja.Él, en cambio, parecía como si realmente se esperase una respuesta. Finalmente, ella se dignó a responder:

—No, señor Beaumont, no quedamos.

Entonces,Ty le brindó su sonrisa más encantadora.

—¿Estás segura?

Ella se cruzó de brazos, adoptando la misma postura de exasperación que tantos egos masculinos había roto.

—No quedaría con usted ni aunque el infierno se congelase, señor Beaumont.

A él no pareció importarle demasiado. De hecho, se acercó aún más, tanto que ella tuvo que inclinar la cabeza hacia arriba para mirarle a la cara.

—Pues, entonces, no juegas limpio. Deberías habérmelo dicho directamente, Sunny —dijo con contundencia—, en lugar de ponerte toda caliente y disponible mientras bailábamos.

Sunny se le quedó mirando mortificada, no sólo porque sus palabras fueran tan provocadoras, sino también porque eran acertadas.

—Yo... tú... yo no estaba caliente... ni... disponible.

Él la miró con el ceño fruncido, que acentuaba el rubio oscuro de sus cejas.

—Ya te habías apuntado una mentira, Sunny.Y en tu lugar, no tentaría demasiado a mi suerte.

—No estoy mintiendo.

Él bajó la mirada hasta fijarla sobre su entrepierna.

—¿Quieres que te lo demuestre?

Sunny se dio la vuelta, una tarea nada sencilla teniendo en cuenta que iba con tacones y que el camino era de grava, y se apresuró hacia su coche.Ty, con una sonrisa incontenible, la observó mientras ella se metía en un deportivo americano y se daba a la fuga como si estuviese acuciada por mil demonios. En esencia, era precisamente el demonio quien la perseguía, pensó Ty con una sonrisa lasciva.

—Ya te advertí que no lo conseguirías —dijo George, haciendo entrada en el porche de la cochera.

—Sólo ha sido un primer acercamiento, George. No empieces a hacer espacio sobre la repisa de la chimenea para colocar los trofeos de pesca que vas a ganar con esa nueva caña de pescar —dijo Ty con total seguridad en sí mismo—. Puede pasar de todo en una semana.

George parecía igual de confiado en la derrota de Ty.

—Una semana tampoco es tanto tiempo.

En su coche, Sunny pisaba el acelerador a fondo por la carretera.

—¡Una semana! —exclamó. Se le iba a hacer eterna.

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