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Capítulo 1
Hombres lobo...: una auténtica pesadez con pelo. Gatos humanos...: astutos manipuladores de nerviosos bigotes.
Imbéciles camuflados...: perdedores estrafalarios de todo tipo y disfrazados de cualquier cosa. Reinn los odiaba. Pero, por encima de todo, odiaba su trabajo. Guardián de la Sangre. Una chorrada. A lo largo de sus mil años de existencia, siempre había sido un guerrero, del tipo que fuera. Cuando finalmente decidió apartarse de esa vida, adquirió una casa y una finca en Colorado, en las Montañas Rocosas, para instalarse allí solo.
Y eso era todo. Quería estar solo. Sin amigos, sin vínculos emocionales, sin vulnerabilidades. Sí, era un frío hijo de puta. Pero era el único frío hijo de puta que seguía con vida. ¿Y cómo le había recompensado el consejo rector del clan por sobrevivir más tiempo que cualquier otro Mackenzie?
Convirtiéndole en el exterminador oficial del clan. Es decir, era un glorioso aniquilador de malas hierbas. Cortaba la cabeza de cualquier miembro del todopoderoso clan de los Mackenzie que estuviera lo bastante loco como para emparejarse con un transformista o con un demonio.
Tontos del culo. ¿A quién podía gustarle dedicarse a eso?
Bajó de su moto —la Harley clásica era la única posesión
que se permitía mimar— y cogió su bolsa. Reinn dejó la
funda que guardaba su espada donde estaba, sujeta a su espalda.
Le importaba un comino lo que pensaran de él por
entrar en la posada con un arma de aquel calibre. No es que
necesitara un arma. Era el vampiro Mackenzie más viejo y
poderoso. Pero la espada era un objeto simbólico, una señal
para el condenado, a quien le estaba siempre permitido luchar
por su vida. Estúpidas leyes del clan. Si vas a matar, limítate
a hacerlo y lárgate. Se quedó contemplando la Posada
del Miedo.
La antigua mansión victoriana rodeada de bosques tenía un aspecto fantasmagórico bajo la luz de la luna llena de verano pero Reinn sabía, gracias a la visita que había realizado al lugar el año anterior, que su interior era mucho más siniestro que el exterior. En la posada se alojaban tres tipos de huéspedes: entes no humanos, idiotas a los que les gustaba aparentar que eran entes no humanos, y humanos adictos a todo lo paranormal, de esos que se enganchan a cualquier informe que aparezca sobre los ovnis y a cualquier visión de fantasmas.Todos juntos habían convertido los encuentros en la posada en auténticas juergas sobrenaturales. Jamás habría aparecido por allí de no tener que cargarse un vampiro.
Intentó ignorar su repugnancia por el comercialismo de imitación de lugar de veraneo de la posada y ascendió la escalera de madera del anticuado porche.Tiró con fuerza para abrir la puerta y entró. Muy bien, si se trataba de hospedarse allí por unos cuantos días, mejor que encontrara algo bueno que decir sobre el lugar. Se acercó a la pequeña recepción con esa idea en la cabeza.
La posada disponía de aire acondicionado. El frescor del vestíbulo resultaba estupendo después de la humedad de la noche de Nueva Jersey. Y cuando hablase con Thrain y Cindy tendría oportunidad de ponerse al corriente de muchos asuntos. No es que fueran amigos, él no tenía amigos. Pero cuando llegó al mostrador, todos los pensamientos positivos se esfumaron. La mujer que había allí sentada cruzó en aquel instante sus largas piernas, consiguiendo con ello que la ceñida minifalda negra dejara al descubierto sus suaves muslos, y se inclinó hacia él, asegurándose de que tuviera una estupenda vista del punto del escote por donde se abría su blusa negra. Pasó los dedos entre su pelirroja melena y le sonrió, una sonrisa depredadora que se repitió en el resplandor de sus excepcionales ojos ambarinos.
Chispa de Estrellas, en carne y hueso. Carne desnuda. «¡Maldición!».
—Hola, guapísimo. —Deslizó la mirada por toda la longitud de su cuerpo—. No tienes ni idea de las ganas que tenía de verte de nuevo. —Especial hincapié en la palabra«verte». Chispa era del tipo de mujer que puede hacer que un cumplido suene como una amenaza—. Ganímedes, Problema y yo hemos planeado muchas cosas para ti.
Ganímedes. Debía de ser el gato gordo de color gris que estaba sentado en el mostrador observándole con ávido interés. Y Problema debía de ser el perro pardo que meneaba la cola y lo miraba desde detrás del mostrador. Mujer, perro y gato poseían los mismos ojos ambarinos e iban a ser las tachuelas que se encontrara en el camino y le impidieran dar por finalizado rápidamente su trabajo.
Había sido testigo directo del tipo de estragos que entre la mujer y el gato podían llegar a provocar. ¿Cómo los había llamado Thrain? Perturbadores cósmicos. Su presencia allí no auguraba nada bueno. «Estupendo. Simplemente estupendo». Reinn no sabía nada del perro, pero si acompañaba a los otros dos, significaba que Problema debía de ser un nombre de lo más adecuado.
—¿Utilizaréis vuestros nombres auténticos esta vez, chicos?
Chispa pestañeó.
—Por supuesto. Me llamo Chispa de Estrellas.
—Hola, Reinn, ¿qué te trae por Jersey? —En el gato gordo y bonachón asomó el brillo de una mirada potente y peligrosa—. ¿A que no sabías que todos los transformistas y demonios de los Estados Unidos se pusieron en alerta máxima en cuanto corrió la voz de que el Guardián de la Sangre había regresado de Australia? Los cagas de miedo. —Ganímedes hizo una pausa, como si estuviese saboreando la idea de cagar de miedo a alguien—. Y con eso de que a los vampiros no se les puede echar fotografías, no tienen ni idea ni de cómo te llamas ni de la pinta que tienes. Loúnico que saben es que eres una máquina de matar despiadada.¡Eres un tío!
—Humm. Los vampiros poderosos son muuuy sexis.—El hablar arrastrado y sensual de Chispa insinuó hacia dónde le gustaría dirigir todo aquel poder—.Y tú eres el más grande y el más malo de todos los Mackenzie. Me estremezco sólo de pensar en ti.
—A ti te hace estremecer cualquier hombre. —Ganímedes lanzó una mirada beligerante a Reinn—. Recuerda simplemente, campeón, que tal vez tú la hagas estremecer, pero que yo soy elúnico que enciende su pasión. —Se enderezó, se estiró y luego volvió a sentarse—. Hay que mantener en forma este viejo cuerpo.Ah, y ya que este lugar está infestado de humanos, he decidido que lo mejor es practicar de nuevo la mierda esa de la telepatía.Había pensado adoptar una forma distinta esta vez, pero los gatos son mejores para esconderse y espiar.Vivo para esconderme y espiar.
Ganímedes bostezó. Seguramente estaba listo para echar un sueñecito después de un ejercicio de estiramientos tan duro como aquel. Reinn buscó una razón creíble que justificara su presencia allí.
—Tenía unas cuantas semanas libres, así que decidí darme unos días de descanso y recuperación. —Sí, como si hubiese elegido la Posada del Miedo para unas vacaciones de relax—. ¿Dónde están Thrain y Cindy? ¿Y qué hacéis vosotros aquí?
Chispa se inspeccionó las uñas.
—Cindy y Thrain están en Escocia. Decidieron celebrar su primer aniversario de boda con una visita al padre y a la madrastra de Cindy.
Caray. No sonaba nada bien.
—¿Y?
Chispa no respondió. Estaba embelesada con el brillo de sus uñas.
—Le dijimos a Cindy que nos encargaríamos de la posada hasta su regreso. Chispa ha buscado a alguien para que se ocupe de la confitería de Texas mientras está aquí.—Ganímedes se quedó mirando a una mujer que pasaba por recepción comiendo un pastelito—. Ahora mismo me comería uno de esos. ¿Cuándo desayunamos?—Clavó los ojos en Chispa hasta que ella apartó la vista de sus uñas.
—¿Qué? —Miró primero a Reinn y luego a Ganímedes—. Oh, el desayuno. En cuanto tengamos instalado a Reinn iré a mirar si Katie lo tiene a punto.
Reinn miró el reloj... las nueve de la noche. Había olvidado que en la Posada del Miedo se dormía de día y de noche se practicaban juegos sobrenaturales. Por eso se desayunaba con la puesta de sol y se cenaba a primera hora de la mañana. No le importaba. Lo único que Reinn quería era ir a su habitación, dejar sus cosas y luego mezclarse un poco con la gente.
—Mirad, nadie conoce mi nombre, pero por mera seguridad, llamadme Daniel... —Miró de reojo el cuadro de la Posada del Miedo que colgaba en la pared, detrás de Chispa. Envuelta en las sombras de la noche, tenía un aspecto verdaderamente fantasmagórico—. Night.
—Oh, sííí. —Sólo Chispa podía hacer que una afirmación sonara como un orgasmo—. Me gusta. Daniel es un nombre fuerte, masculino, y los hombres fuertes y masculinos son increíblemente excitantes. ¿Y qué quieres que diga sobre Night? Me hace pensar en sexo apasionado en lugares oscuros y eróticos.
—Oh, colega. —Ganímedes puso cara de paciencia.
Problema parecía simplemente confuso.
Chispa se levantó y se estiró prácticamente igual que antes había hecho Ganímedes.
—Estás en la habitación del Gato Humano, segundo piso, entrando a la izquierda. En la mesita de noche encontrarás un folleto con los horarios de comidas y todas las actividades. Después del desayuno, todo el mundo se reúne en el salón para charlar sobre lo sucedido la noche anterior.¿Alguna pregunta?
Reinn desconfiaba.
—¿Algún motivo especial por el que me has asignado la habitación del Gato Humano? —No creía en las coincidencias. Chispa le miró con ojos grandes e inocentes.Ya. ¿Y se suponía que debía creer que un ser cuyo único objetivo en la vida era meterse con la vida sexual de la gente podía tener un momento de inocencia? Ni en broma.
—Siempre intento emparejar a los huéspedes con habitaciones que sean simbólicamente importantes para ellos. Si no recuerdo mal, tu trabajo como Guardián de la Sangre consiste en impedir que los miembros de tu clan se líen con transformistas y demonios. —Se encogió de hombros—. Las habitaciones del Demonio, del Hombre Lobo y del Vampiro están ocupadas.
Tenía sentido, pero Reinn seguía sin fiarse de ella.Aunque la verdad era que no se fiaba de nadie.
—Está bien. Dame la llave y subiré a mi habitación.
Chispa le entregó una llave grande y anticuada. Reinn se volvió en dirección a las escaleras.
—Quieto ahí, chupasangre.
Reinn se detuvo para atender de nuevo a Ganímedes.
—De aquí a una semana tenemos una boda importante. Un vampiro y una mujer gato. No lo digo porque piense que estás aquí para cortarle la cabeza al novio. —Eso era exactamente lo que pensaba—. Pero ya que tenemos muchos huéspedes aquí con motivo de la boda, guardaré tu espada a buen recaudo. Puedes recogerla cuando te marches. Oh, y si intentas hacer el trabajo sin tu espada, tendrás que darme explicaciones.
—¿Y si no dejo la espada?
Ganímedes le ofreció la versión gatuna de la acción de encogerse de hombros.
—Pues no te quedas en la posada.
Reinn miró fijamente a Ganímedes. Le había lanzado el guante. En ningún momento se le pasaría por la cabeza infravalorar el poder del gato. Pero haría lo que tenía que hacer y que Ganímedes, Chispa y Problema se fueran a la porra. Sin más comentarios, se despojó del estuche que llevaba a la espalda y se lo entregó a Chispa. Meneando la cola y con la boca abierta y dibujando una feliz sonrisa canina, Problema se levantó y salio corriendo tras Reinn. Levantó la cabeza y ladró.
—¿Qué le pasa a este perro? —Desconfiaba de cualquier cosa con dientes afilados y que pareciera tan feliz. Chispa había vuelto a la contemplación de sus uñas.
—Problema habla poco. Se lo regalamos a Thrain y Cindy con motivo de su boda y es a los únicos a quienes ha dado cariño. Pero al parecer le gustas. Qué curioso. —Fue como si acabase de darse cuenta de lo que acababa de decir, porque apartó la vista de sus uñas para sonreírle... una sonrisa que transmitía maliciosas intenciones—. No es que no seas absolutamente encantador.
—Claro. —Nunca había sido encantador.Y apostaría lo que fuese a que Ganímedes le había ordenado al perro pegarse a él para que no pudiese cortarle la cabeza a ese tonto de novio vampiro en cuanto nadie le viese. El perro era un chivato, pero ningún chucho baboso le detendría cuando tomara la decisión de hacer lo que tenía que hacer—. ¿No dirá nada en cuanto a mi identidad?
Chispa puso cara de enfadada.
—Los perturbadores cósmicos sabemos cómo mantener la boca cerrada.
Sí. De acuerdo. Reinn subió las escaleras con Problema a su lado.
—¿Cuándo eras un bebé vampiro, hacías...
—Nunca fui un bebé vampiro. Nací humano.
La voz de Problema que Reinn oía en su mente era la voz de un niño. Muy bien, un perturbador cósmico jovencito. Tendría que simplificar sus explicaciones.
—Escúchame bien, porque sólo voy a decirlo una vez. Fui humano hasta los veintiocho años de edad y entonces me convertí en vampiro. No me preguntes por qué, porque no lo sé. Las cosas funcionan así en el clan de los Mackenzie, así de simple. ¿entendido?
—No.—Problema lo miraba con ojos perplejos.
—Mira.Yo era un vikingo hasta que el clan decidió establecerse en Escocia. Entonces me convertí en un residente más de las Highlands.Decidimos que nuestro clan llevaría el nombre de Mackenzie, para integrarnos un poco más.
—¿Y lo conseguisteis?
—A veces. Bueno, no mucho. Pero mira, éramos vampiros. A los que se portaban mal, los invitábamos a cenar. Y simplemente no les comentábamos que la bebida la ponían ellos. ¿Empiezas a entenderlo?
—Sí, claro.
Reinn le dio unos golpecitos cariñosos en la cabeza.
—Ya verás como de aquí a unos años, pequeño, todo empieza a tener sentido. —Giró hacia la izquierda en busca de la habitación del Gato Humano.
—¿Por qué quieres matar a Alan? Es un vampiro, pero es muy amable conmigo. Julie me da de comer por debajo de la mesa y va a casarse con él. Es una transformista. ¿No te gustan los transformistas?
—No tengo nada en contra de los transformistas. —Además de desear que se abriese la tierra y se los tragara a todos—. Pero en mi clan existe una ley que impide que transformistas y vampiros... se casen. Soy un poco como un policía que vela por el cumplimiento de la ley.
—Caramba, un policía. Me gustaría ser policía de mayor.—Problema le miró como si viera un héroe, un brillo de veneración en sus ojos ambarinos.
—Por supuesto, pequeño. —Reinn era un antihéroe, pero no pensaba contárselo a Problema. Que conservase sus ilusiones unos cuantos años más. Sabía muy bien lo que era perder esas ilusiones demasiado pronto.
Reinn se detuvo frente a la habitación del Gato Humano. Introdujo la llave en la cerradura y la giró. Nada. Dejó la bolsa en el suelo y jugueteó con la llave. A punto estaba de utilizar su poder para abrir la condenada puerta cuando oyó voces aproximándose.Tendría que esperar hasta que hubieran pasado.
Cuando se acercaron, se protegió con sus escudos mentales. Ningún ser podía ahora llegar a su mente, ni siquiera identificarlo como vampiro. Sus mil años de construcción de defensas, tanto psíquicas como físicas, le convertían en intocable cuando así lo decidía. En la Posada del Miedo nunca sabías con quién o con qué podías tropezarte. Reinn miró de reojo a las tres personas que acababan de detenerse a su lado y lo miraban, dos mujeres y un hombre. Gatos humanos. Frunció el entrecejo.
—¿Necesitas ayuda? El chico que ocupaba antes esta habitación siempre tenía problemas con la llave. —Una de las chicas le sonrió y se le acercó.
Calidez. Esa fue la primera impresión. Una melena cálida y de tono castaño prácticamente hasta la cintura, ojos castaños grandes y cálidos, y una sonrisa cálida y simpática. Seguro que en su forma gatuna era un precioso y mimoso gato atigrado.
—No pasa nada. Lo conseguiré. —No se fiaba de la calidez y la simpatía de los gatos humanos. Eran maliciosos y poco fiables tanto en forma humana como gatuna.
La sonrisa de la chica se hizo más ancha.
—No, no lo conseguirás, o al menos no lo conseguirás hasta de aquí a un buen rato.Vamos, déjame intentarlo. Sé exactamente cómo moverla. —Miró de reojo al hombre y a la mujer, que se habían detenido también a observar—. Oh, estos dos son Wendy y Jake, mi hermana y mi hermano. Estamos aquí para asistir el próximo sábado a la boda de nuestra hermana.
Wendy y Jake le saludaron con simpatía. Reinn les sonrió. Nada de colmillos, de momento.Volcó de nuevo la atención en la señorita Cálida y Mimosa.
—¿Y tú eres...?
—Soy Kisa Evans. —Alargó la mano para coger la llave y él se la dio.
—¿Kisa? Un poco más exótico que Wendy y Jake. —Hasta aquí, todo bien. Sólo llegar había conocido a la familia de la novia. Ahora, todo lo que tenía que hacer era conocer al novio y separar su estúpida cabeza de su cuerpo si no accedía a alejarse de su encantadora gata humana.
Reinn llevaba sólo un año como Guardián de la Sangre y aquel era su primer trabajo. Había habido la posibilidad de un trabajo en Australia, pero cuando el novio se enteró de que el Guardián de la Sangre estaba en el país, había dejado plantada en el altar a su conejita humana. Reinn era de la opinión de que el consejo tenía muy poco que hacer si dedicaba sus esfuerzos a ir detrás de una conejita. Últimamente no había visto ningún conejito con colmillos, así que no creía que la novia de orejas gachas fuera a morder un cuello Mackenzie y absorber con ello todos sus poderes.
Tampoco esperaba tener ningún tipo de trato con demonios. Los demonios no querían saber nada de relaciones amorosas. Lo que ya estaba bien, por lo que a él se refería. Unos cuantos encuentros sexuales fortuitos no hacían daño a nadie. Pero el Guardián se veía obligado a actuar siempre que un Mackenzie decidía iniciar una relación a largo plazo.
Afortunadamente, el anterior Guardián era un cabrón vicioso y Reinn no se había visto obligado a tejer una red intimidante. Su predecesor se lo había pasado en grande acabando no sólo con el Mackenzie culpable, sino también con cualquier transformista que encontrara en un radio de diez kilómetros. Afirmaba que sus carnicerías eran necesarias para que no quedaran transformistas con vida que pudieran identificarle. Creía también en la práctica, práctica y más práctica... y machacaba a cualquier criatura de forma humana donde pudiera encontrarla. Pero aquello ya le iba bien, pues mientras más temiesen los humanoides a Reinn, menos palizas tendría que dar él.
Kisa movió la llave y la puerta se abrió emitiendo un sonido amortiguado.
—Seguramente mamá debía de sentirse exótica cuando eligió mi nombre. Kisa significa «gatita» en ruso.A mamá le encantan los gatos.—Le regaló una sonrisa de triunfo acompañada por un gesto en dirección a la puerta abierta.
«A buen seguro que sí».
—Por lo que veo, tienes una familia muy... extensa.
—Es verdad.Tres hermanas y cuatro hermanos. ¿Y qué te trae por la Posada del Miedo? —Su mirada no mostraba recelo, simplemente curiosidad.
Para cuando acabase con su familia, tendría una sana dosis de recelo hacia todo el mundo. La idea, de todos modos, no le hacía tanta gracia como debería.
—Siempre me ha interesado lo paranormal, de modo que cuando me enteré de la existencia de este lugar, decidí echarle un vistazo. —Mentira. Había recibido el chivatazo anónimo de que Alan Mackenzie iba a romper la ley del clan casándose con una gata humana. No conocía a Alan, pero el tipo debía ser muy tonto por creer que el Guardián de la Sangre no se enteraría de su matrimonio. El clan de los Mackenzie no era tan grande como para eso, y las noticias viajaban a toda velocidad.
Personalmente, le importaba un comino si la sangre del clan se mezclaba con la sangre de cualquier demonio monstruoso, criatura humanoide o ser sobrenatural aún por descubrir que rondara por ahí intentando mejorar su reserva genética. Pero el clan no pedía la opinión de los guardianes antes de llevarlos al combate. Había tenido la tentación de rechazar la oferta del consejo, pero de haberlo hecho habrían soltado a sus cazadores con la orden de acabar con él. Los Mackenzie jamás decían un no a su consejo.
—Tenemos que irnos, hermanita.—Jake taladró a Reinn con esa mirada sin pestañeo que tanto dominan los gatos—. ¿Y tú te llamas...? —Esperó a que Reinn soltara un nombre.
Jake no parecía tan confiado como su hermana.
—Daniel Night. —Reinn trató de ignorar su habitual reticencia a revelar el más mínimo detalle sobre su persona, ni aunque fuera un nombre falso.
—Encantado de conocerte, Dan. Nos vemos abajo, hermanita. —Jake saludó a Reinn con un gesto de asentimiento antes de proseguir camino hacia la escalera en compañía de Wendy.
—Daniel, no Dan. —Pero ya estaban lejos y no podían oírle.
Kisa se había quedado perpleja.
Le regaló de nuevo su simpática y poco amenazadora sonrisa, un tipo de sonrisa que él tenía que practicar frente al espejo durante tres semanas antes de conseguirla.
—Lo siento, no me gustan los diminutivos. —Los diminutivos sugerían familiaridad, como si alguien te conociese de verdad, como si fuese tu colega.Y él nunca había querido que alguien le conociera, ni era el colega de nadie.
Kisa asintió, pero su expresión revelaba que pensaba que aquella respuesta era un poco extraña.
—De acuerdo, Daniel, permíteme que te enseñe cómo tienes que mover la llave para que se abra la puerta.
Se inclinó él hacia delante. De cerca, sus ojos tenían el
mismo misterio que había observado en los de otros gatos
humanos.
Pero por algún motivo los ojos de ella no le hacían pensar
de inmediato en astucia y engaño. Simplemente le daban
un aspecto muy sexy.Y eso de tener algún tipo de pensamiento
positivo respecto a una transformista le generaba
cierto malestar.
Kisa cerró de nuevo la puerta para poder hacerle la demostración,
e intentó mantener su frialdad. Caramba, era
un macho tremendamente sexy. Era caliente en ese sentido
completamente primitivo que lleva a una mujer a tener ganas
de bailar un tango entre las sábanas con él. Estaban los
masculinos, y luego estaban los masculinos con «eme» mayúscula.
Y él era masculino con una enorme eme mayúscula escrita en letra gótica. Alto, moreno y tan sensual que hasta le dolían los dientes. No ese dolor que se siente al morder algo muy dulce, sino el tipo de dolor que sientes cuando hincas los dientes en un pedazo de helado duro. La dulzura está potencialmente allí, pero no puede alcanzarse hasta después de haber trabajado un montón para ablandarlo. Pero, de todos modos, tampoco es que el helado pastoso le gustara.
Debía de medir cerca de metro noventa, tenía las espaldas anchas y prometía un cuerpo desnudo de esos que las mujeres adoran. La simple idea de rodear ese cuerpo y deslizar los dedos por toda esa extensión de piel musculosa, suave y caliente...
«Para». Respiró hondo para tranquilizarse. Parecía una gata en celo. Oh, un momento: era una gata en celo. Kisa le sonrió en un intento de no susurrarle «Miau». Odiaba que su naturaleza gatuna se inmiscuyera en su entidad humana.
—Estoy impresionado. —Sonrió, su boca carnosa y sensual endulzando los ojos azules que habían desencadenado aquella imagen de postre helado.
Estaba segura de que odiaba aquellas pestañas espesas y oscuras que convertían sus ojos azules en un éxito seguro. No parecía el tipo de hombre al que le encanta destacar en una multitud. Qué mala pata. Cortándose incluso aquel estupendo pelo largo y enmarañado y poniéndose lentillas, su persona seguiría obligando a la gente —sobre todo a las mujeres— a mirárselo dos veces.
—¿A qué te dedicas cuando no estás planificando una boda? —Lo preguntó con una mirada directa y una expresión que decía que aquello no era más que una conversación por simple educación.
Kisa hizo caso omiso a su desconfianza instintiva de gato
humano hacia cualquiera que no fuese de la familia. Estábamos
en 2006 y nadie había matado a ninguno de los suyos
desde hacía décadas, exceptuando algún que otro canalla
como el Guardián de la Sangre del clan de los Mackenzie.
Pero Kisa, incluso con sólo veintiocho años de edad, tenía
sus sentidos lo bastante desarrollados como para identificar
a un vampiro. Daniel era seguro. Bueno, tal vez seguro no
fuese la palabra, pero definitivamente no era un vampiro.
—Soy crítico gastronómico. Le digo al público lo que
está de moda y lo que no en el universo de la restauración.
—Caliente, definitivamente caliente. No era sólo que fuese
un tipo que estaba buenísimo; era esa sensación de dominio
primitivo que salía de él a oleadas. Siempre sería el rey de la
manada. Naturalmente, ella no era un león, de modo que
aquél no era su rey. Pero nunca nadie sería su rey... ni su pareja.
El pensamiento ensombreció parte de la alegría del
momento. En la cultura de los gatos humanos, rígidamente
dominada por el macho, las hembras sólo podían emparejarse
con machos más poderosos que ellas. Kisa no había
encontrado aún a ninguno con esa característica.Y seguramente
nunca lo encontraría. Una regla estúpida.
La sonrisa de él nunca llegaba a iluminar su mirada.
—Interesante.
El maestro de las conversaciones intrascendentes. No.
—Observa cómo abro la puerta. —Movió lentamente la llave en la cerradura para que él pudiera memorizar todos los giros.Y cuando la cerradura hizo clic, empujó la puerta, retiró la llave y se la entregó.
—Gracias. —Se tranquilizó y la observó con sus fríos ojos azules.
Ella reprimió la necesidad que sentía de retorcerse. Su tranquilidad la incomodaba. Era la tranquilidad del gato justo antes de saltar sobre su presa. Que concentraba por completo la atención cuando las vibraciones del peligro ondeaban en el aire y la muerte envolvía a los desprevenidos. Pero ella no era una presa, nunca sería una presa.
—Tal vez quieras comentarle a Chispa lo de la cerradura.—Hizo una pausa al pensar en la encargada de la posada—. Chispa de Estrellas. Un nombre insólito.—Para una mujer insólita.
La sonrisa fue sólo un poco más calurosa. Cualquier mujer tendría que trabajar duro para conseguir de él una sonrisa sincera, pero debía de valer la pena.
—Los nombres tienen una especie de poder. Consiguen que la gente te recuerde o se olvide de ti. Chispa quiere que todo el mundo se acuerde de ella.Y mucho. —Su sonrisa se volvió enigmática—.Ya había estado antes aquí.Y te aseguro que nadie se olvida de Chispa de Estrellas.
¿Escondiendo secretos? Tal vez. Pero no quería saberlo.
—A lo mejor nos vemos más tarde por abajo.—Porque ella tenía también su propio secreto, y estaba segura de que el suyo superaba con mucho cualquiera que él pudiese tener.
Él asintió con la cabeza y entró en la habitación. Mientras cerraba la puerta a sus espaldas, ella trató de conservar el recuerdo de sus fríos ojos y su sensual boca. Se preguntó cuánto costaría calentar aquella mirada.Y encogiéndose de hombros, se dirigió hacia la escalera. Kisa llegaba al final de la escalera cuando escuchó los gritos. La curiosidad —una característica a veces desafortunada de los gatos humanos— la llevó hasta la cocina. Katie, la cocinera, y Chispa se encontraban frente a frente con la mesa entre las dos y Ganímedes como observador interesado.
Katie tenía las manos en las caderas, mientras que su escoba parecía brincar arriba y abajo detrás de ella. Katie practicaba la magia de la Wicca y Kisa pensó que mejor haría Chispa poniéndose a cobijo de un posible ataque de la escoba de Katie.
—¿Qué hay de malo con un desayuno a base de tocino, salchichas, bistec y huevos? Aquí hay mucho carnívoro. Quieren proteínas y, por lo tanto, voy a darles carne. Prepararé tostadas, bizcocho, rosquillas, cereales y fruta para los que prefieran algo distinto. —Katie tenía la mirada clavada en Chispa—. ¿Qué hay de malo en eso, señora jefa? —La cocinera estaba enojada y la escoba empezó a dar saltos más altos.
La expresión de Chispa era la de quien intenta explicar los secretos del universo a un niño de cinco años.
—Aquí damos de comer a seres muy sensuales. Las salchichas y el tocino no son comidas sensuales. ¿Has preparado copos de avena?
La forma de entrecerrar los ojos de Katie anunciaba un potencial ataque violento por parte de la escoba.
—Cuando los preparo, no los come nadie.
—Prepáralos de todos modos. —Chispa se había puesto en plan jefa—. La avena estimula la testosterona.
—En este lugar vamos sobrados de testosterona. —Katie empezaba a respirar con dificultad.
—Y añádele nueces a la avena. Los romanos creían que mejoraban la fertilidad. —Chispa ignoraba por completo las señales de peligro.
—¿Algo más? —Cuantas menos palabras utilizaba Katie, más frenética se ponía la escoba.
—Oh, mucho más. —Chispa sacó una lista. Una lista muy larga—. Se han terminado los fritos y las salsas grasas. Hacen que la gente se sienta pesada, no sexy.Y disminuye el azúcar, la sal, las grasas saturadas y los alimentos muy cocinados. Aumentan la frigidez, dificultan el orgasmo y generan inapetencia sexual.Y...
—Me largo. —Katie se arrancó el delantal y lo arrojó al suelo. Agarró la escoba justo antes de que se arrojara contra Chispa.
Un gigante barbudo interrumpió entonces lo que Katie tuviera que decir.
—Oye, cocinera, ¿dónde está la manduca? —Su mirada iba dirigida a los fogones, más allá de donde Katie se encontraba—. Asegúrate de que fríes más salchichas y tocino para mí. No quiero quedarme corto como ayer.—Y salió corriendo de la cocina.
—¡Ja! —Katie señaló dramáticamente en dirección a la puerta por donde había aparecido el hombre—. Dígale a él que no puede comer fritos. —Entonces cogió el bolso y desapareció.
Chispa se volvió y miró confusa a Ganímedes y Kisa.
—De acuerdo, tal vez debería haber excluido a los osos humanos de mi lista de gente sensual. —Abrió los ojos de par en par—. ¿Se ha ido Katie?
—Creo que sí. —Kisa pensó que debía almacenar unos cuantos gramos de grasa con esta comida, pues la situación no parecía muy prometedora para las siguientes.
Ganímedes cayó presa del pánico.
—¿Y qué comeremos? Katie era una buena cocinera.
Chispa guardaba silencio. Demasiado silencio.
—Yo me encargaré de la cocina.
El pánico de Ganímedes no hizo más que aumentar.
—Pero si tú no cocinas, hermosura.
Chispa le lanzó una mirada de impaciencia.
—¿Y tan complicado es? Y sólo utilizaré alimentos sensuales. Cuando termine, la posada será un hervidero de frenesí sexual.
—Oh, mierda.—Comentario de Ganímedes.
—Voy a prepararme mi bandeja. —Comentario de Kisa.
Y una vez hubo terminado el contenido del plato, regresó a por un segundo para guardar en la neverita de la habitación. Por si acaso. Chispa examinó sus perfectas uñas de color fucsia.
—Tendré que conseguir unos guantes antes de ponerme a cocinar. Las uñas desconchadas me ponen de un humor terrible.
Ganímedes avanzó furtivamente hacia Kisa.
—¿Quieres hacer una escapada al McDonald’s más próximo para ir a buscarme algo?
Kisa suspiró. «Caramba».