portada

EL SEÑOR DE LA GUERRA, Elizabeth Elliott

Extracto del capítulo uno

Kenric no se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento, hasta que la mujer se volvió de nuevo hacia su tío. Un solo vistazo a esos deslumbrantes ojos violetas hizo que le flaquearan las rodillas. Ahora estaba seguro de que el rey se había burlado de él. Sólo un ciego describiría a aquella mujer como «bonita». Tess de Remmington era magnífica.

—Te exijo una explicación —ordenó Tess a su tío, asintiendo bruscamente para dar mayor énfasis a sus palabras. Desabrochó su capa y se la quitó, doblando la prenda cuidadosamente sobre un brazo como si tuviera todo el día para oír la explicación—. Y más te vale que sea buena.

—Iba a decírtelo —dijo Ian. Habló en gaélico, bajando la voz—. Pero tenías la idea del convento tan metida en la cabeza, que no estaba seguro de que accedieras a marcharte si hubieras sabido que ibas a casarte con un hombre al que nunca has visto.

—Este plan no tiene sentido, tío. —Tess contestó también en gaélico, mirando de soslayo a los dos mercenarios que los habían escoltado hasta allí—. Entrar en un convento puede explicarse como vocación religiosa. Pero, ¿un matrimonio con un conocido tuyo? No es probable que ni tu rey, ni el mío, crean que no estás involucrado. Arriesgas tu vida
con este plan.

—Cálmate pequeña. —Ian puso sus grandes manos en los hombros de Tess—. Sabes que sólo pienso en lo que es mejor para ti. Tu propio rey Edward ha escogido a tu prometido.

—¿Qué? —Tess pareció esperanzada por un momento, luego su expresión se volvió suspicaz—. Pero el rey ya ha dado su aprobación a la elección de esposo que hizo mi padrastro. ¿Cómo puede cambiar de opinión cuando ya ha dado su palabra a MacLeith?

—Ésa es la parte más difícil de explicar —admitió Ian, frotándose la barbilla—. Las acciones de MacLeith, desde que tomó el control de Remmington, han tenido muy preocupado al rey Edward. En apariencia, ha sido un súbdito leal estos últimos cinco años, pero Edward sabe que tu padrastro no es más que un traidor. Ya no queda ningún inglés como señor en ninguno de los feudos de Remmington y hay guerreros con el tartán de los MacLeith en las almenas de todos los castillos. Tu padrastro sabía que tu matrimonio era la pieza clave que determinaría el futuro de la frontera. Si el rey se hubiera opuesto a su decisión, MacLeith habría tenido la excusa perfecta para desobedecer a su señor feudal y comenzar hostilidades. Y una guerra tan cerca de la frontera y en la que estuviese involucrado el rey de Inglaterra, pronto implicaría también al rey de Escocia. Cuando aprobó la elección, Edward evitó una guerra, pero prácticamente le entregó Remmington en bandeja a MacLeith.

—Entonces, ¿el rey no tiene intención de cumplir su palabra? — preguntó Tess, frunciendo el ceño, perpleja—. ¿No le dará este plan otra excusa a MacLeith para desafiarlo?

—No si Edward finge ignorancia sobre el matrimonio. —Ian sonrió ante la inteligencia del plan. Todavía seguía sorprendido por el hecho de que un inglés pudiera ser tan astuto—. Todo queda entre tu esposo y tu padrastro. Tu rey puede proporcionar ayuda a tu esposo, pero siempre que evite implicarse directamente, el rey Alexander no tendrá ningún motivo para interferir.

—¿A quién piensa el rey enfrentar contra MacLeith?

—Tu prometido es uno de los barones más distinguidos del rey — explicó con entusiasmo—. No esperabas que tuviera una baronía, ¿verdad?

—No —admitió Tess despacio—. Antes de que aprobara la elección de MacLeith, pensé que el rey prometería mi mano a uno de los caballeros sin tierra que compiten en sus torneos por obtener premios parecidos. Es poco habitual ofrecer una dote tan cuantiosa a un hombre que ya tiene tierras.

—Así es, tu prometido no es un mendigo. Incluso es posible que su patrimonio no sólo iguale el tuyo, sino que lo supere. De hecho, es un hombre conocido por proteger aquello que es suyo. El rey Edward ha prometido tu mano al único guerrero capaz de expulsar a Dunmore MacLeith de la frontera. Vas a casarte con el barón de Montague — anunció con cautela—. El barón es…

—¿El Carnicero? —Sonó como si la estuvieran estrangulando. Se llevó las manos a la garganta, con la voz ronca por el miedo—. ¿Piensas casarme con el Carnicero de Gales?

—Vigila tu lengua, muchacha. —Ian se irguió. El amable tío se transformó instantáneamente en el poderoso laird—. No pienso escuchar cómo injurias al hombre con el que vas a casarte. Has oído demasiadas habladurías. El barón de Montague es un hombre temido por sus enemigos y respetado por aquellos que luchan por tu país. Ni yo mismo podría haber hecho mejor elección de haber tenido la oportunidad. Dormiré más tranquilo teniendo al barón de Montague en mi frontera, en vez de ese chacal de MacLeith que sólo desea apoderarse de mis castillos. ¿Acaso hubieras preferido la elección de tu padrastro?

—Sabes muy bien el destino que me esperaba.

—Sí, escogió a Gordon, su propio hijo. Aunque tengo mis dudas sobre si Gordon MacLeith es un hombre de verdad.

—¿Acaso es mejor este otro destino? —susurró Tess. Se dio cuenta de que todavía tenía sus manos sobre su garganta y, rápidamente, las bajó a su cintura apretándolas con fuerza, preguntándose qué le había hecho ella a su rey para merecer lo que le ocurría. Todo el mundo, desde Escocia hasta Normandía, había oído hablar del barón de Montague. Primero, se ganó la reputación de ser invencible en los torneos. Más tarde, se fue a las cruzadas del rey, donde creció su fama de intrépido guerrero. Su nombre se convirtió en leyenda en la guerra contra Gales. Pero las historias de sus hazañas nunca estaban envueltas en gallardía o heroísmo. Al contrario. Los relatos sobre el Carnicero de Gales estaban bañados en sangre. Tess pensaba en el barón de Montague más como en un demonio, que como en un hombre que de verdad caminara por la tierra al igual que el resto de los mortales. Hasta los hombres de MacLeith susurraban su nombre con reverencia, como si su sola mención fuese razón suficiente para santiguarse, y de esa forma protegerse contra el mal. Tess sabía la razón de su sobrenombre y se estremecía con sólo pensarlo. El Carnicero de Gales no hacía prisioneros. Se decía que había zonas en Gales donde no era posible encontrar a nadie de sangre galesa hasta donde alcanzara la vista, porque los había masacrado a todos. Por supuesto, algunas de las historias no eran más que exageraciones, pero debía haber algún fragmento de verdad en los horribles relatos. Tess no sentía ningún deseo de comprobarlo por sí misma. Sabía, por su forma de permanecer erguido y el firme tono de voz, que la decisión de su tío estaba tomada y que cualquier protesta por su parte sería malgastar el tiempo. Decidió que escucharía lo que el laird tenía que decir y luego le pediría al sacerdote acogerse a la protección de la Iglesia. Seguramente un hombre de Dios no desearía ver a una gentil doncella forzada a casarse con semejante monstruo. Cuando el barón llegara, estaría bajo la protección de la Iglesia, a salvo y fuera del alcance de cualquier hombre.

—Tu rey eligió al barón de Montague hace algún tiempo —continuó Ian—. El padre Olwen, aquí presente, fue su confesor cuando era más joven. Celebrará la ceremonia y enviará una copia del acta de matrimonio a Londres. Los MacLeith tienen que creer que escapaste por tu cuenta. Se les dirá que el barón de Montague te atrapó pensando en cobrar una recompensa, pero que en vez de eso decidió casarse contigo.

—MacLeith hará cualquier cosa para recobrarme. Si lo consiguiera, el matrimonio podría ser anulado. Hasta los barones ingleses tendrían que respetar ese derecho. ¿Qué pasaría entonces con el plan del rey?

Ian frunció el ceño ante su lógica, pero siguió tratando de hacerla entrar en razón.

Kenric entendía el gaélico lo bastante bien como para seguir la conversación, pero en realidad no estaba escuchando. Dejó que sus ojos recorrieran la longitud de la gruesa trenza rubia, pasando por una cintura increíblemente pequeña y unas caderas voluptuosamente redondeadas. Sus dedos ansiaron tocar ese sedoso cordón, deshacer los rizos pulcramente entretejidos y llenar sus manos con su oro. Esa idea mantuvo la atención de Kenric hasta que empezó a preguntarse si se había imaginado el color de sus ojos. Algunas joyas podían reflejar ese intrigante e hipnótico tono azul violeta, pero nunca lo había visto en los ojos de una mujer. Mientras Kenric pensaba en aquel insólito color, lady Remmington volvió su cabeza ligeramente dándole la oportunidad de poder atisbar su rostro. Los fascinantes ojos se hallaban velados por gruesas pestañas entrecerradas, permitiéndole examinar sus rasgos sin distracción. Su expresión era tranquila, serena, casi majestuosa. Pero notó la forma en que las comisuras de su boca se torcían hacia abajo cada vez que su tío mencionaba la palabra matrimonio. El gesto no restaba exuberancia a su boca. El labio superior formaba un arco exquisito y el inferior estaba deliciosamente lleno. No podía esperar a sentir esos deliciosos labios bajo los suyos. Deseaba tocarla, seguro de que su piel sería tan suave como parecía. Sus labios se entreabrieron ligeramente para revelar la punta de su lengua cuando se humedeció los labios. El gesto fue tan inconscientemente inocente y, sin embargo, tan dulcemente seductor, que Kenric se encontró conteniendo el aliento de nuevo. No le llevó mucho tiempo darse cuenta de que su increíble belleza no necesitaba unos ojos embrujadores para distraer la atención de un hombre. Por sí sola, su curvilínea silueta lograba ponerlo rígido hasta el punto del dolor.

Se forzó a apartar la mirada, tratando de controlar su desbocada imaginación. No pudo recordar cuándo fue la última vez que reaccionó físicamente ante una mujer sin ni siquiera tocarla. Diablos, ni siquiera la conocía. ¿Qué le pasaba? Su mirada se dirigió hasta Fitz Alan y se sintió complacido al advertir que su vasallo estaba tan aturdido como él por la apariencia de lady Remmington. Fitz Alan tenía la boca abierta de una forma casi ridícula.

—Estás babeando —le susurró Kenric al oído.

La boca de Fitz Alan se cerró de golpe, pero no quitó los ojos de la muchacha.

—Tenías razón después de todo —continuó Kenric, con cierto engreimiento en su voz—. No me disgusta contemplar su rostro.

—Es un ángel —susurró Fitz Alan, asombrado.

Sonriendo, Kenric miró a lady Remmington de nuevo. Estaba discutiendo con furia con su tío. Debía tratarse de un ángel con carácter. La sonrisa desapareció por completo cuando oyó sus siguientes palabras.

—La única solución es ingresar en un convento. Tomaré los votos.

—Los únicos votos que tomaréis serán los del matrimonio —gruñó Kenric desde la espalda de Tess, en un gaélico casi perfecto.

—Yo…

Sus palabras se apagaron en el momento en que giró sobre sí misma y miró detenidamente a los dos mercenarios contratados para ayudarla a escapar de Dunmore MacLeith. Se dio cuenta en ese momento de varias cosas desagradables.

No eran mercenarios.

Los mercenarios no eran conocidos por poseer ropas de tan buena calidad como las que llevaban los hombres que permanecían de pie ante ella. También fue consciente del trabajo artesanal en sus armaduras y de lo costosas que debían ser. No, no podría acogerse a la protección de la Iglesia antes de la llegada del novio, porque ya se hallaba frente a ella.

¿Pero cuál de ellos era?

Su mirada se dirigió al hombre de la derecha y no encontró nada que objetar en su apariencia. De hecho, era francamente apuesto. Tenía el cabello de un color castaño leonado y profundos ojos marrones que probablemente habían hecho mella en el corazón de más de una doncella. La atrevida sonrisa del caballero revelaba que era consciente de su atractivo, pero sus labios dejaron de sonreír y pareció avergonzado, como si le hubieran descubierto haciendo algo que no debía. Tess sintió que su corazón se hundía junto con sus esperanzas. Debería haber imaginado que el barón de Montague no tendría un aspecto tan agradable. No, sin duda se trataba del otro, el que se parecía al diablo. El diablo sobrepasaba en altura a su amigo y a su tío Ian, y su corpulencia le confería un aspecto mucho más temible. Su capa estaba echada hacia atrás y Tess pudo recorrer lentamente su cuerpo con la mirada, estudiándolo con franca curiosidad. Portaba una cota de malla de intrincados anillos, cubierta por un sobreveste azul y blanco. Su armadura apenas ocultaba su poderosa constitución y la desmedida amplitud de su tórax. Su mirada se demoró en uno de los enormes brazos cruzados sobre su pecho. Ella sería incapaz de abarcar esos poderosos músculos con las dos manos. El hombre era un gigante, aunque tuvo que admitir que no había en él nada descomunal o tosco. Cada parte de su cuerpo parecía en perfecta proporción con su tamaño. Le recordaba a la esbelta y peligrosa pantera que Dunmore MacLeith tenía como mascota; el poder contenido era tan fascinante como letal. Su mirada continuó hacia arriba hasta llegar al almófar, que en esos momentos estaba echado hacia atrás, revelando un cabello tan oscuro como su feroz y peligrosa mirada. Unos ojos aún más oscuros la miraban con llamas ardientes desde una cara marcada por una cicatriz de aspecto maligno que recorría una de sus mejillas.

Pero había algo desconcertante en su expresión.

Los labios de Tess se entreabrieron levemente por la sorpresa cuando se dio cuenta de que había algo en aquel hombre que le resultaba intensamente familiar. Se trataba de un recuerdo que escapaba a su memoria. Y, sin embargo, la realidad difería del recuerdo de una manera que no alcanzaba a definir. Para empezar, sus ojos eran demasiado oscuros, decidió Tess, frunciendo el ceño pensativa. Y los rasgos de su cara eran demasiado afilados, demasiado marcados. Volvió a contemplarle de la cabeza a los pies, tratando de recordar dónde había visto a aquel hombre con anterioridad. Kenric sabía que su expresión era lo bastante sombría como para inquietar tanto a amigos como enemigos. Pero comprobó que su gesto no tenía ningún efecto en lady Remmington. La forma en que lo recorría con la mirada, como un cocinero inspeccionando un solomillo de buey, era insultante. Estaba a punto de redoblar sus esfuerzos para poner en su lugar a la descarada muchacha cuando sus ojos se encontraron.

—Sois vos —susurró ella, pareciendo a punto de gritar.

—Por supuesto que soy yo —contestó con voz sarcástica. Por un momento habría jurado que sus ojos lo habían reconocido. Se trataba de la misma mirada que una mujer usaría para saludar a un amigo querido o un amante. Pero la calidez en sus ojos desapareció tan repentinamente, que se preguntó si lo había imaginado. La actual expresión de aturdida incredulidad de la muchacha, se adaptaba más a la reacción normal de una doncella. Le acababan de presentar al Carnicero de Gales; un hombre que llevaba el nombre que las madres usaban para asustar a los niños que se portaban mal.

Al menos no se había desmayado.

—Os casaréis conmigo tanto si os gusta como si no —dijo en inglés. No se le daba bien la difícil pronunciación del gaélico escocés con sus marcadas erres, y quería que la dama entendiera todas y cada una de sus palabras. No importaba que ella prefiriera casarse con una cabra de tres cabezas. El rey de Inglaterra le había prometido a Tess de Remmington y Kenric estaba decidido a quedarse con ella. Se detuvo para dedicarle una breve y escalofriante sonrisa de triunfo.

—¿O acaso os atrevéis a desafiar la orden de nuestro rey?

Tess luchó por recobrar la serenidad bajo la helada mirada del barón. Un esfuerzo casi imposible, pues la había cogido desprevenida por completo. Pero, ¿quién no se sorprendería al ver una imagen salida de sus sueños convertida en realidad? Era demasiado increíble. Ésa era la razón, sin duda, de que se le hubiera formado un nudo en el estómago.

De repente, sintió que iba a desmayarse. No seas cobarde, se reprendió a sí misma, sacudiendo la cabeza para librarse de esa tonta idea. De acuerdo, había visto la imagen de un hombre de cabello oscuro mientras dormía, un hombre cuyo rostro se le había aparecido en sueños tan a menudo, que creyó reconocerlo al ver al imponente caballero que se erguía ante ella. Sí, había tenido el mismo sueño todas las noches durante la semana anterior. Una coincidencia. De eso se trataba, una simple y sencilla coincidencia. Se arriesgó a mirar de nuevo la cara del barón, sólo para asegurarse.

Una energía, escalofriante y despiadada, emanaba del hombre que estaba frente a ella. Un hombre que podría matar sin emoción ni remordimiento. No había ningún rastro de calidez en los fríos y negros ojos que la contemplaban, ni el menor asomo de gentileza en su tensa mandíbula.

Sus miradas volvieron a encontrarse y, en aquella ocasión, no le pasó desapercibido el propósito de su feroz expresión.

¡Vaya, intentaba intimidarla!

Y lo estaba consiguiendo.

Sintió un escalofrío recorrer su espalda y que la piel se le erizaba. Estaba tan atrapada por esos ojos como una presa cogida en una trampa. La cautivaban. El poder que sentía en ellos era absoluto, capaz de forzar a cualquiera a someterse a su voluntad. Para su sorpresa, las emociones que la abrumaban eran completamente opuestas al temor u horror que debería experimentar. Era de lo más extraño, porque sentía un impulso casi irresistible de acercarse más al guerrero. . . de tocarlo. . . de. . .

—¿Vais a responder, lady Remmington? —La voz del barón de Montague rezumaba sarcasmo—. ¿O tendré que repetir la pregunta? Parecéis confundida.

Tess se indignó, dejando ver su temperamento.

—No es de buena educación mirar de esa forma a una gentil dama. —Se volvió hacia el padre Olwen, perdiéndose la expresión de incredulidad en la cara de Kenric—. Tal vez podáis ayudar a estos hombres a entrar en razón, padre. Me gustaría explicaros la situación.

Cuando lo haga, estoy segura de que veréis lo juicioso de mi decisión y aconsejaréis a los presentes en consecuencia.

—Lo haré lo mejor que pueda —dijo el padre Olwen con inseguridad—, pero deberíais saber que el mismo rey Edward me informó del motivo de este matrimonio, lady Remmington.

Tess asintió. Luego echó su trenza sobre un hombro y empezó a retorcer la punta.

—Tessss… —protestó Ian, alargando su nombre, sonando casi como el siseo de una serpiente o como una advertencia.

—No deseo casarme.—Tess observó que su tío se aproximaba y se apresuró a darle al sacerdote sus razones—. Mi deseo es hacerme monja. Como es costumbre, mis tierras pueden ser repartidas cuando haga los votos. Será como si hubiera muerto.

—Estáis muy lejos de estar muerta, milady.

—Remmington revertiría al rey Edward —continuó Tess, ignorando la interrupción del barón. Trató de no pensar en su profunda voz, en cómo llenaba la estancia sin esfuerzo, en lo penetrante que era. Casi podía sentir el sonido vibrando a través de su cuerpo. Santo Dios, ¿qué me está pasando? se preguntó, sintiendo pánico. Se esforzó en continuar con su argumentación—. Si entro en un convento, Remmington seguirá en manos inglesas sin derramamiento de sangre. Mi padrastro y el rey Alexander no podrán protestar, porque las leyes canónicas son las mismas en ambos reinos y no se atreverían a enfrentarse a la Iglesia en este asunto. Si me caso con alguien, habrá guerra. —Finalizó su pequeño discurso

inclinando la cabeza, incapaz de seguir mirando a los ojos al padre Olwen ni un momento más. ¡Le había mentido descaradamente a un sacerdote!—. ¿Veis lo acertado de mi plan, padre Olwen?

El sacerdote frunció los labios, mirando al suelo mientras se mecía hacia delante y hacia atrás sobre sus talones. Tess advirtió al fin que la punta de su trenza estaba deshecha y alisó la borla deshilachada antes de dejar que cayera a un costado. Estaba segura de que su tío sabía que mentía. Él siempre podía darse cuenta de sus argucias. Pero, ¿qué pasaría con el barón de Montague? ¿También sospecharía? Que el Señor la ayudara, ¡sentía un demencial impulso de casarse con el salvaje caballero!

—¿Qué decís de la historia de la dama? —preguntó el sacerdote a Kenric.

—Por lo que yo sé, todo es cierto —dijo, mostrándose de acuerdo afablemente—. Excepto una parte.

Tess sintió que su corazón dejaba de latir. Esperó conteniendo el aliento a que el barón descubriera su engaño.

—Habrá guerra sin importar lo que ella haga con su vida.

Cerró los ojos y suspiró aliviada. Su mentira estaba a salvo del barón de Montague. No le oyó moverse en silencio a través de la estancia, ni supo que se le acercaba, hasta que las cálidas puntas de sus dedos levantaron su barbilla, haciendo que sus párpados se abrieron de golpe por la sorpresa. La miró fijamente a los ojos con expresión insondable.

Tess hubiera podido asegurar que el tiempo se detuvo. Se miraron el uno al otro sin decir una palabra mientras algo parecido a un mensaje pasaba entre ellos en ese intercambio silencioso. Una advertencia, sí, pero quizás algo más.

—Se casará conmigo —afirmó, arrogante, sin quitar los ojos de los suyos. Alzó su mano y deslizó el pulgar por el labio inferior de Tess, haciendo que otro extraño escalofrío recorriera su espalda—. Seguro que ya sospechabais esto cuando estábamos en el bosque, lady Remmington.

No le dio ocasión de responder. Su mano cayó de golpe a un costado, como si no pudiera soportar seguir tocándola ni un momento más.

—No os hagáis la difícil, milady. No soy un hombre conocido por su paciencia con los ardides femeninos.

Tess frunció el ceño ante su arrogancia, pero permaneció en silencio. No iba a explicarle que había pensado que eran mercenarios, espadas de alquiler contratadas para escoltarla hasta un convento. Si lo hiciese, él pensaría con toda seguridad que estaba tratando con una estúpida.

—Mejor que hagamos esto de una vez —apremió Kenric al sacerdote. Tomó la mano de Tess y la arrastró hacia el altar—. Ya hemos perdido bastante tiempo.

Eso fue todo lo que Tess necesitó para entrar en acción. Trató de soltarse de la mano del barón y, cuando eso no funcionó, se volvió para enfrentarse a él.

—Todavía tengo que escuchar el consejo del padre Olwen. —Tomó la mano del sacerdote con la suya libre, y siguió hablando en voz suplicante—. Estos hombres son guerreros, padre. Sólo piensan en combatir. Seguro que podéis ver lo acertado de mi plan y que lo mejor es que me acojáis en la Iglesia.

Tess casi hizo una mueca de dolor ante el fuerte apretón de la mano del barón en sus dedos, pero mantuvo sus ojos en el sacerdote, esperanzada al ver que el padre Olwen parecía sopesar sus palabras. El hombre de Dios era su única esperanza.

—La Iglesia es para aquellos que sienten auténtica vocación —dijo el padre Olwen finalmente—. Debéis obedecer los deseos de vuestro rey.

—Pero… —Tess emitió un extraño sonido ahogado cuando Kenric apretó su mano con tanta fuerza, que pensó que le iba a romper los huesos.

—Se hace tarde —dijo Kenric en tono seco—. Vuestro tío tiene que estar muy lejos cuando vuestra ausencia sea descubierta.

—¡Todo está sucediendo demasiado deprisa! —Tess miró a tu tío pidiéndole apoyo. Ian alzó las manos, sugiriendo que debía seguir adelante con el asunto. Ella bajó la cabeza y susurró suavemente sus objeciones—. Tengo tan poco tiempo para pensar sobre este nuevo plan. . .

—Mejor que penséis deprisa, o vuestro padrastro estará aquí para presenciar la ceremonia. —Kenric suspiró con impaciencia—. Podéis elegir, milady. MacLeith o yo.

Consideró seriamente la idea de casarse con MacLeith, pero sólo por un momento. A su modo de ver, el Carnicero de Gales no era ni de lejos una buena elección. Estaba fuera del alcance de su padrastro por primera vez en cinco años y no tenía prisa en renunciar a esa libertad. Pero, ¿el matrimonio? ¿Con ese hombre? El precio de su libertad era demasiado alto. Sin embargo, si fuera lo bastante lista, podría escapar del barón tal como había escapado de MacLeith. Si pudiera llegar hasta el rey Edward y explicarle su plan sobre ingresar en un convento, él vería lo acertado de sus acciones y anularía el precipitado matrimonio. Su mirada fue lentamente desde las puntas de las botas del barón de Montague hasta los poderosos brazos, de nuevo cruzados sobre el pecho. Casi sonrió ante la ironía de la situación, pues el barón de Montague era el único hombre en toda Inglaterra cuya reputación como hombre peligroso sobrepasaba a la de MacLeith. No importaba cuánto durase su matrimonio, daría casi cualquier cosa por estar presente en el salón del castillo cuando Dunmore MacLeith se enterara de que se había casado con el Carnicero de Gales.

—Estoy dispuesta, milord.

Volver a autoras