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Septiembre, Ediciones B - Zeta inédito
PRÓLOGO
Highlands de Escocia,
Castillo Brodie, 1308
Adam Black se materializó en el salón. Silenciosamente, observó al imponente guerrero que se paseaba delante del fuego.
Circenn Brodie, terrateniente y señor de Brodie, exudaba el magnetismo del hombre nacido no sólo para existir en el mundo, sino para conquistarlo. «El poder nunca fue tan seductor —pensó Adam—, excepto, quizás, en mí.»
Su objeto de estudio se volvió, sereno, ante la silenciosa presencia de Adam.
—¿Qué es lo que quieres? —dijo Circenn.
A Adam no le sorprendió el tono de voz. Había aprendido hacía tiempo a no esperar buenas maneras, especialmente de ese señor de las Highlands. Adam Black, el aburridísimo bufón de la corte de la Reina de las Hadas, era un fastidio que Circenn soportaba de mala gana. Acercando al fuego una silla de una patada, Adam se instaló a horcajadas, con los brazos descansando sobre el respaldo de listones.
—¿Es eso lo único que tienes que decirme después de meses de ausencia?
—Sabes que detesto cuando te apareces sin aviso. Y en cuanto a tu ausencia, he disfrutado de mi buena fortuna —dijo Circenn, volviéndose hacia el fuego.
—Si me hubiera ido por mucho tiempo, me habrías echado de menos —le aseguró Adam, estudiando su perfil. «Esta poderosa bestia parece un pecador», pensó, «y sin embargo se conduce con mucho decoro.» Si Circenn Brodie iba a parecerse a un guerrero picto salvaje, entonces, por Dagda, él se comportaría como uno.
—Te habría echado tanto de menos como a un agujero en mi escudo, a un jabalí en mi cama o un fuego en mis establos —dijo Circenn—. Vuelve la silla y siéntate como una persona educada.
—Ah, pero no soy ni educado ni persona, de modo que no esperarás que me adapte a tus requerimientos. Me estremezco al pensar en lo que harías sin todas esas reglas que tienes para llevar una existencia «normal», Circenn.
Circenn se puso tenso y Adam sonrió, extendiendo una graciosa mano hacia una criada que se ocultaba entre las sombras en el perímetro del gran salón. Inclinó la cabeza, dejando que sus cabellos oscuros y sedosos cayeran sobre sus hombros.
—Ven.
La criada se aproximó, mirando alternativamente a Circenn y a Adam, como si no estuviera segura de cuál de los dos hombres era el más amenazador. O el más atractivo.
—¿Les puedo servir algo, milords? —dijo en tono vacilante.
—No, Gillendria —respondió Circenn, indicándole con un ademán que se marchara—. Vete a la cama. La hora del duende ha pasado hace rato. —Y agregó, dirigiéndole una mirada sombría a Adam—: Y mi invitado no tiene necesidades que yo quiera satisfacerle.
—Sí, Gillendria —dijo Adam—. Hay muchas formas en las que me puedes servir esta noche. Me proporcionará un enorme placer enseñártelas todas. Ve a tu cuarto hasta que los hombres terminemos de hablar. Me reuniré contigo allí.
La criada abrió los ojos de par en par mientras se apresuraba a obedecer.
—Deja a mis criadas en paz —ordenó Circenn.
—No las dejo embarazadas —dijo Adam con su sonrisa más insolente.
—No es eso lo que me preocupa, sino que una vez que terminas con ellas quedan como tontas.
—¿Como tontas? ¿Quién fue el tonto esta noche?
Circenn se puso tenso, pero no respondió.
—¿Dónde están los objetos consagrados, Circenn? —preguntó Adam, con un destello travieso en los ojos.
Circenn le dio la espalda al duende.
—Los protegiste, ¿no es cierto? —preguntó Adam—. No me digas que los perdiste —reprendió a Circenn ante el silencio de éste.
Circenn se volvió hacia él con gesto de desafío, las piernas abiertas, la cabeza ladeada, los brazos cruzados. La posición usual que adquiría cuando estaba furioso.
—¿Por qué pierdes el tiempo preguntándome cosas que ya sabes?
Adam se encogió de hombros elegantemente y respondió:
—Porque los que escuchan a escondidas no podrán seguir esta espléndida saga si no hablamos en voz alta.
—Nadie escucha a escondidas en mi castillo.
—Me olvidaba —susurró Adam—: nadie se porta mal en el castillo Brodie. Siempre pulcro, siempre disciplinado, el perfecto castillo Brodie. Me aburres, Circenn. Ese dechado de compostura que finges ser es un desperdicio para la fina alcurnia que te dio origen.
—Terminemos con esta conversación, ¿quieres?
—De acuerdo —dijo Adam—. ¿Qué fue lo que pasó esta noche? Los templarios iban a encontrarte en Ballyhock. Iban a confiarte los objetos consagrados. He oído que sufrieron una emboscada.
—Has oído bien —dijo Circenn.
—Comprendes lo importante que es que a los templarios se les dé asilo en Escocia ahora que han sido disueltos, ¿verdad?
—Por supuesto que lo comprendo —gruñó Circenn.
—¿Y lo importante que es el que los objetos consagrados no caigan en manos equivocadas?
Circenn hizo caso omiso de la pregunta de Adam con un movimiento de impaciencia de la mano.
—Los cuatro objetos consagrados se encuentran a salvo. En el momento en que sospechamos que los templarios serían sitiados, la lanza, el caldero, la espada y la piedra fueron enviados de vuelta a Escocia, a pesar de la guerra. Es mejor que queden en un país dividido que con los perseguidos templarios, cuya orden corre serio peligro. Así pues, los objetos consagrados se encuentran a salvo.
—Excepto por el frasco, Circenn —puntualizó Adam—. ¿Qué pasó con él? ¿Dónde está?
—El frasco no está consagrado —dijo Circenn, evasivo.
—Lo sé —dijo Adam con aspereza—, pero el frasco es un objeto sagrado de nuestra raza y, si cayera en manos equivocadas, todos estaríamos en peligro. Repito: ¿dónde está el frasco?
Circenn se echó el cabello hacia atrás. Adam quedó deslumbrado por la sensual majestad de ese hombre. Su sedoso cabello negro estaba atrapado entre unos dedos elegantes, revelando una cara compuesta de planos fuertes, una mandíbula tallada con cincel y cejas oscuras. Tenía la tez olivácea, ojos intensos y el temperamento dominante de sus ancestros Brude.
—No lo sé —dijo Circenn finalmente.
—¿No lo sabes? —dijo Adam, imitando su acento, consciente de que Circenn debía de sentirse como un tonto al admitirlo. Nada estaba nunca fuera del control del señor de Brodie. Reglas y más reglas gobernaban a todo y a todos en el mundo de Circenn—. ¿Un frasco que contiene un elixir sagrado, creado por mi raza, desaparece de entre tus manos y no sabes dónde está?
—La situación no es tan seria, Adam. No es que esté permanentemente perdido. Piensa que es como si... estuviera temporalmente fuera del lugar que pronto volverá a ocupar.
Adam enarcó una ceja.
—Estás cortando un pelo con un hacha... Las hábiles evasivas son arte de mujer, Brodie. ¿Qué ocurrió?
—Ian estaba cargando el cofre donde estaba el frasco. Cuando empezó el ataque, yo estaba en el ala sur del puente, esperando a que Ian lo cruzara desde el norte. Recibió un golpe en la cabeza y cayó al río. La corriente le arrebató el cofre...
—¿Y dices que la situación no es tan mala? Ahora podría tenerlo cualquiera. ¿Te gustaría que el rey de los ingleses le echara mano a ese frasco? ¿Entiendes acaso el peligro que ello representaría?
—Claro que sí. Nada de eso sucederá, Adam —repuso Circenn—. Puse un geasa sobre el frasco. No caerá en otras manos porque, en el momento en que sea descubierto, me será devuelto.
—¿Un geasa? —bramó Adam—. Magia de pacotilla... Un verdadero duende sencillamente lo habría hecho salir del río.
—No soy el enemigo. Soy un escocés Brude y estoy orgulloso de ello. Considérate afortunado de que le haya echado un conjuro a la cosa. Sabes que no soy aficionado a los métodos de los druidas. Los sortilegios son impredecibles.
—¿Cuál ha sido la inteligente invocación que elegiste, Circenn? —preguntó Adam suavemente—. Habrás elegido bien tus palabras, ¿no?
—Claro que sí. ¿Acaso crees que no aprendí nada de los errores pasados? En el momento en que se abra el cofre y una mano humana toque el frasco, éste volverá a mí. Le eché un conjuro bien específico.
—¿Especificaste si el frasco volvería a ti por sí solo? —preguntó Adam, repentinamente divertido.
—¿Qué? —dijo Circenn y se lo quedó mirando sin comprender.
—El frasco. ¿Consideraste acaso que, si usabas un conjuro vinculante, el mortal que tocase el frasco podría ser transportado junto con él? —Circenn cerró los ojos y se frotó la frente—. Empleaste un conjuro vinculante —agregó Adam con un suspiro.
—Empleé un conjuro vinculante —admitió Circenn—. Era el único que sabía —añadió a la defensiva.
—¿Y de quién es la culpa? ¿Cuántas veces rechazaste el honor de adiestrarte con mi gente? Y la respuesta es sí, Circenn, el hombre será traído ante ti por el conjuro vinculante. Tanto el hombre como el frasco se presentarán ante ti.
Circenn masculló su frustración.
—¿Qué harás con el hombre cuando llegue? —preguntó Adam.
—Interrogarlo y después devolverlo a su hogar a toda prisa.
—Lo matarás.
—Sabía que dirías eso, Adam. Puede que él ni siquiera entienda de qué se trata. ¿Qué pasaría si un hombre inocente encontrara el cofre en la orilla de un río?
—Lo que pasaría es que matarías a un inocente —respondió Adam con toda tranquilidad.
—No haré tal cosa.
Adam se irguió con la graciosa seguridad de una serpiente que se dispone a dar el golpe de gracia. Atravesó el espacio en dirección a Circenn y se detuvo muy cerca de éste.
—Lo harás —dijo con calma—. Porque lanzaste un conjuro estúpidamente, sin medir las consecuencias. Aquel que llegue con el frasco lo hará en medio del escondite de los templarios. Tu conjuro traerá al hombre, inocente o no, a un lugar donde sólo pueden entrar tus guerreros fugitivos. ¿Crees acaso que podrás, sencillamente, dejarlo marcharse con un saludo y la promesa de que no hablará de la cuestión? «Por favor, extraño, no menciones que la mitad de los templarios que faltan se quedaron a vivir entre mis muros, y no dejes que te tiente el precio que les pusieron a sus cabezas» —añadió—. Así que lo matarás, porque consagraste tu vida a poner a Robert Bruce firmemente en el trono, y prometiste no correr riesgos innecesarios.
—No mataré a un hombre inocente.
—Lo harás, y si no lo haces tú, lo haré yo. Y sabes que tengo por costumbre jugar con mis presas.
—Torturarías a un inocente hasta matarlo —dijo Circenn, y no era una pregunta.
—Ah, me has entendido. Tus opciones son sencillas: o lo haces tú o lo hago yo. Elige.
Circenn buscó los ojos del duende. «No pretendas compasión. Carezco de ella», fue el mensaje que leyó. Al cabo de un momento prolongado, Circenn inclinó la cabeza.
—Seré yo quien se haga cargo del portador del frasco.
—Serás tú quien mate al portador del frasco —insistió Adam—, o lo haré yo.
—Mataré al hombre que traiga el frasco —dijo Circenn con furia—. Pero se hará a mi modo. Sin dolor y con rapidez, y tú no interferirás.
—Muy bien —dijo Adam, retrocediendo un paso—. Júralo por mi raza. Júralo por los Tuatha Dé Danann.
—Con una condición: a cambio de la promesa que ahora te hago, no volverás a ensombrecer mi puerta sin invitación, Adam Black.
—¿Estás seguro de que eso es lo que quieres? —preguntó Adam, apretando los labios en señal de disgusto. Circenn había vuelto a cruzar los brazos, mostrando una actitud furiosa. «¡Qué guerrero glorioso, oscuro ángel. Podrías haber sido mi aliado más poderoso!»
—Eso es lo que quiero.
Adam inclinó la cabeza; una sonrisa burlona se insinuaba en las comisuras de sus labios.
—Sea entonces lo que pediste, Brodie, hijo de los reyes Brude. Ahora jura.
Para salvar a un hombre de una muerte penosa en manos del duende, Circenn Brodie se arrodilló y juró por la raza más antigua de Escocia, los Tuatha Dé Danann, que él cumpliría con su promesa de matar al hombre que llegara con el frasco. Luego suspiró aliviado, mientras Adam Black, el sin siriche du, el más negro de los elfos, desaparecía para no volver a oscurecer la puerta de Circenn porque éste, seguramente, jamás le volvería a extender una invitación, aun si viviera mil años.
CAYENDO...
Arriba y abajo, arriba y abajo,
Los llevaré arriba y abajo
Me temen en el campo y la ciudad.
El duende los lleva arriba y abajo.
WILLIAM SHAKESPEARE,
Sueño de una noche de verano
1
El presente
—¡Eh, mire por dónde va! —gritó Lisa, mientras el Mercedes dejaba atrás a un taxista holgazán y pasaba peligrosamente cerca del bordillo de la acera donde ella estaba, salpicando de agua sucia sus tejanos.
—¡Quítate de la calle, idiota! —bramó el conductor del Mercedes a su teléfono móvil. Lisa estaba lo bastante cerca como para oírle decir al teléfono—: No, tú no. Parece una indigente. Cuando uno piensa que paga los impuestos —añadió, y su voz se desvaneció a medida que se marchaba.
—¡No estaba en la calle! —le gritó Lisa, calzándose la gorra de béisbol. Luego sus palabras se fueron apagando. «¿Indigente? Santo Dios, ¿eso es lo que parezco?» Y echó una mirada a sus tejanos gastados, raídos y deshilachados en los dobladillos. Su diminuta camiseta, aunque blanca, estaba gastada a causa de los cientos de lavados. Tal vez la gabardina hubiera conocido mejores días algunos años antes de que ella la comprara en la tienda de segunda mano Sadie, pero aún la ayudaba a mantenerse seca. Una de sus botas tenía un agujero, pero el conductor del Mercedes no lo podía haber visto porque estaba en la suela. El agua helada de los charcos le entraba en la bota, empapándole el calcetín. Movía incómoda los dedos del pie y se dijo que nuevamente tendría que arreglar la bota con cinta adhesiva. Pero ¿de verdad parecía una indigente? Estaba escrupulosamente limpia, o, al menos, lo había estado antes de que el Mercedes pasara a toda velocidad junto al bordillo.
—Lisa, no tienes pinta de indigente —le dijo la indignada voz de Ruby, interrumpiendo sus pensamientos—. Es un idiota pomposo que cree que el que no conduce un Mercedes no merece vivir.
Lisa miró a Ruby con una sonrisa de agradecimiento.
Ruby era la mejor amiga de Lisa. Todas las noches hablaban mientras esperaban juntas el bus que iba a la ciudad, donde Lisa trabajaba en tareas de limpieza y Ruby cantaba en un club del centro.
Lisa observó el atuendo de Ruby con desazón. Debajo de la gabardina clásica color gris paloma, Ruby llevaba un deslumbrante vestido negro adornado con un rosario de perlas. Los sensuales zapatos con tiras permitían ver las cuidadas uñas de los pies (zapatos que costarían lo que consumían Lisa y su madre durante todo un mes). Ningún hombre se permitiría salpicar con su coche a Ruby Lanoue.
Y cuando Lisa se viera así, tampoco a ella. Pero sí ahora, que estaba tan endeudada que ni siquiera podía imaginarse una salida.
—Y sé que ni siquiera le echó una buena mirada a tu rostro —añadió Ruby, frunciendo la nariz, irritada por el conductor que hacía rato se había alejado—. Si lo hubiera hecho seguramente se habría detenido para disculparse.
—¿Porque me veía tan deprimida? —preguntó Lisa irónicamente.
—Por lo bella que eres, cariño.
—Sí. Claro —dijo Lisa, y si había algún rastro de amargura Ruby lo ignoró tácticamente—. No importa. No era que estuviera intentando impresionar a nadie.
—Pero podrías hacerlo. No tienes idea de cómo te ves, Lisa. Seguro que era gay. Es la única razón por la cual un hombre podría perderse a una mujer tan guapa como tú.
Lisa sonrió débilmente.
—Nunca te das por vencida, ¿eh, Ruby?
—Lisa, eres bella. Sigue mis consejos. Quítate esa gorra y déjate el cabello suelto. ¿Por qué crees que Dios te dio esa magnífica cabellera?
—Me gusta mi gorra —dijo Lisa, y se hundió hasta las cejas la gorra de los Cincinnati Reds, como si temiera que Ruby fuera a quitársela—. Papi me la compró.
Ruby se mordió el labio interior, vacilando, y a continuación frunció el ceño.
—No puedes esconderte debajo de esa gorra para siempre. Sabes lo mucho que te estimo, y sí —agregó haciendo señas de que Lisa no protestara incluso antes de que la protesta llegara a sus labios—, sé que tu madre se está muriendo, pero eso no significa que tú te encuentres en el mismo estado, Lisa. No puedes dejar que eso te venza.
La expresión de Lisa se volvió inescrutable.
—¿Con qué canción empezarás tu actuación de esta noche, Ruby?
—No intentes cambiar de tema. No dejaré que te rindas —dijo amablemente Ruby—. Tienes tanta vida por delante, Lisa... Vas a sobreponerte a esto.
Lisa evitó la mirada de su amiga.
—¿Será eso lo que quiero? —murmuró Lisa, pateando el bordillo de la acera. A su madre, Catherine, le habían diagnosticado cáncer hacía unos meses. El diagnóstico había llegado demasiado tarde, y ahora era poco lo que podía hacerse, salvo animarla para que se sintiera lo mejor posible. «Seis meses, tal vez un año», habían dicho los médicos cautelosamente. «Podemos intentar con métodos todavía en experimentación, pero...» El mensaje era claro: Catherine iba a morirse de todos modos.
Su madre se había negado, con férrea determinación, a ser objeto de métodos todavía en experimentación. Pasar los últimos meses de su vida en un hospital no era el final que querían Catherine o Lisa. Lisa se las había apañado para acondicionar la casa a las circunstancias, y ahora el dinero, que siempre había sido escaso, lo era aún más.
Desde el accidente de coche, que cinco años atrás había dejado inválida a su madre y que le había costado la vida a su padre, Lisa había estado trabajando en dos lugares. Con la muerte de su padre, su vida había cambiado de la noche a la mañana. A los dieciocho años había sido la hija querida de padres ricos y formaba parte de la elite de Cincinnati, donde vivía, con un futuro brillante y seguro por delante. Veinticuatro horas después, la noche de su graduación de la escuela preparatoria, su vida se convirtió en una pesadilla de la que no había podido despertar. En lugar de ir a la universidad, Lisa había empezado a trabajar como camarera y luego había conseguido un empleo nocturno. Lisa sabía que, una vez que su madre muriese, continuaría con las dos ocupaciones, tratando de pagar las astronómicas cuentas de los médicos que se habían acumulado.
Al recordar las recientes instrucciones de su madre a propósito de que la incineraran ya que eso era menos caro que un entierro, se estremeció. De pensar demasiado en ese comentario se descompondría allí mismo, en la parada del autobús. Comprendía que su madre estaba tratando de ser práctica, que intentaba minimizar los gastos para que Lisa tuviera alguna oportunidad en la vida, una vez que ella hubiese muerto, pero, en la intimidad de su alma, la perspectiva de vivir sola, sin su madre, le resultaba muy poco agradable.
Esa semana, Catherine había empeorado de manera inapelable, y Lisa había recibido una bofetada en el rostro ante la evidencia dolorosa de que nada podía hacer para mitigar el sufrimiento de su madre. Sólo cesaría con la muerte. La gama de emociones que venía experimentando le resultaba apabullante.
A veces se sentía furiosa para con el mundo en general; en otras ocasiones, habría ofrecido su alma a cambio de la salud de su madre. Pero los peores momentos tenían lugar cuando, por debajo de la pena, aparecía una punzada de resentimiento.
Esos días eran los peores, porque con el resentimiento también venía la aplastante carga de culpa que la hacía consciente de lo ingrata que era. Muchas personas no habían tenido la suerte de querer a sus madres durante tanto tiempo como ella había querido a la suya. Mucha gente tenía mucho menos que Lisa: «la mitad», habría dicho Catherine.
Cuando subieron al autobús, Ruby hizo que Lisa se sentara a su lado y mantuvo una conversación jovial, con la intención de levantarle el ánimo. No funcionó. Lisa se desconectó, intentando no pensar en nada (y, por cierto, no en el «después»). El ahora ya era lo bastante negro.
«¿Cómo he llegado a esto? Dios, ¿qué le ha ocurrido a mi vida?», se preguntó, frotándose las sienes. Más allá de las ventanillas del autobús que iba al centro de Cincinnati, la helada lluvia de marzo volvió a caer, desplegando capas uniformes de color gris.
Mientras entraba en el museo, Lisa respiró hondo. En medio del silencio sepulcral, sintió que la envolvía una cierta paz. Las vitrinas de vidrio engalanaban suelos de mármol que habían sido esmeradamente lustrados y que reflejaban las luces suaves de los apliques de las paredes. Antes de acceder a su santuario, se detuvo para sacudirse cuidadosamente las botas mojadas sobre el felpudo. Ninguna pisada húmeda echaría a perder ese suelo sacrosanto.
Lisa había estado famélica de estímulos intelectuales desde su último día en la escuela preparatoria, hacía cinco años, e imaginaba que el museo le hablaba seductoramente al oído sobre cosas que nunca experimentaría: lujo, climas exóticos, misterio, aventura. Cada noche esperaba el momento de ir a trabajar, a pesar de haber pasado un día agotador sirviendo mesas. Le encantaban los techos abovedados con sus mosaicos pintados de colores brillantes, que describían famosas sagas. Podía trazar con todo detalle los menores matices de las últimas adquisiciones. Podía recitar de memoria los rótulos: cada batalla, cada conquista, cada héroe o heroína más grandes que la vida misma.
Ya secas las botas, colgó su gabardina en la puerta y se dirigió velozmente, más allá de las primeras vitrinas, al ala medieval. Pasó los dedos sobre la placa que había en la entrada, trazando el contorno de las letras doradas:
QUE LA HISTORIA SEA SU PUERTA MÁGICA AL PASADO.
NUEVOS Y EXCITANTES MUNDOS
LE ESTÁN ESPERANDO.
Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios. Podría usar una puerta mágica hacia un nuevo mundo: uno en el que pudiera asistir a la universidad cuando todos sus compañeros de la preparatoria hubiesen partido a toda carrera, con sus flamantes equipajes para conocer nuevos amigos, dejándola atrás envuelta en el polvo de las esperanzas y los sueños rotos.
¿Universidad? ¡Bang! ¿Fiestas, amigos? ¡Bang, bang! ¿Padres que vivirían para verla crecer y quizá casarse? ¡Bang!
Miró su reloj y enterró el sufrimiento en un arrebato de actividad. Trabajando rápidamente, barrió y limpió el ala hasta que quedó inmaculada. Quitar el polvo a lo que se exponía era un placer que saboreaba, pasar la mano por tesoros de manera en la que ningún guardián se lo habría permitido.
Tal como era su costumbre, se reservó el despacho del director Steinmann para el final. No sólo él era el más meticuloso, sino que a menudo tenía allí nuevas e interesantes adquisiciones para ser catalogadas antes de ser dispuestas en vitrinas. Podía haberse pasado horas errando por el silencioso museo, estudiando las armas, las armaduras, las leyendas y las batallas, pero Steinmann mantenía la estricta política de que ella abandonase el museo a eso de las cinco de la mañana.
Mientras devolvía los libros a sus lugares en las estanterías de caoba que cubrían el despacho, Lisa ponía los ojos en blanco. Steinmann era un hombre pomposo y condescendiente.
Recordó que cuando terminó su primera entrevista ella se había puesto de pie y le había ofrecido la mano y Steinmann se había quedado mirándola con disgusto. Luego, con voz dura, le informó que la única evidencia que quería de su presencia nocturna era que las oficinas quedaran impecablemente limpias. Prosiguió recordándole el «toque de queda» de las cinco de la mañana de manera tan enérgica que ella se sintió como una Cenicienta, segura de que Steinmann la convertiría en algo peor que una calabaza si por casualidad no abandonaba el museo a tiempo.
A pesar de la grosera despedida, estaba tan eufórica por haber conseguido el trabajo que dejó que su madre le hablara de salir con Ruby para una tardía cena de cumpleaños. Al recordar ese fiasco, Lisa cerró los ojos y sollozó. Al cabo de la cena, se había quedado al lado de la barra esperando el resto para que ella y Ruby pudieran jugar una partida de billar.
Se le acercó un hombre apuesto y bien vestido. Galanteó con ella y Lisa se sintió especial por unos instantes. Cuando él le preguntó en qué trabajaba, ella respondió orgullosa que en un museo. Bromeando, quiso saber más: «¿Directora? ¿Administrativa? ¿Guía?»
—Hago la limpieza por la noche —dijo—. Y durante el día, sirvo en el First Watch.
Un instante después, él se excusó y partió. Se sintió humillada y se quedó esperando en la barra a que Ruby acudiera en su rescate.
Al recordar el desaire, Lisa pasaba el trapo por las estanterías y lo sacudía furiosa sobre el gran globo que había en un rincón del despacho, molesta por que el incidente todavía le molestara. No había nada de que sentirse avergonzada; era una persona responsable y entregada a su trabajo, y no era una estúpida. Su vida se había visto restringida por responsabilidades que se le habían impuesto y, al hacer un análisis final, sentía que se las había arreglado bastante bien.
Paulatinamente la ira fue cediendo a la oleada del siempre presente agotamiento que, por lo general, la energía nerviosa mantenía constantemente a raya. Desplomándose sobre un sillón que había delante del escritorio de Steinmann, acarició el cuero suave y esponjoso, relajándose. Entonces advirtió un cofre de apariencia exótica en un rincón del escritorio.
No lo había visto antes. Medía unos tres palmos de largo por medio palmo de ancho. Hecho de ébano africano profusamente lustrado, con los bordes tallados reproduciendo nudos de manera exquisitamente detallada, era obviamente una nueva adquisición. De manera contraria a su costumbre, Steinmann no lo había guardado en la vitrina donde almacenaba los nuevos tesoros que esperaban a ser catalogados.
¿Por qué habría dejado una reliquia tan valiosa sobre su escritorio? Lisa trataba de adivinarlo con los ojos cerrados.
Descansó durante unos instantes. Mientras lo hacía, se animó a fantasear por un instante: era una mujer económicamente independiente que vivía en una casa hermosa y su madre gozaba de buena salud. Tenía muebles tallados a mano y sillones cómodos. Tal vez, un novio...
Imaginándose el lugar perfecto en su casa soñada para el encantador cofre de caoba, Lisa se quedó dormida.
—Debería haberme llamado apenas llegó —dijo enfadado el profesor Taylor.
Steinmann condujo al profesor más allá de las vitrinas en dirección a su despacho.
—Llegó ayer, Taylor. Nos lo enviaron de inmediato desde la excavación. El hombre que lo encontró se negó a tocarlo, ni siquiera quiso sacarlo de la tierra —dijo Steinmann. Hizo una pausa y añadió—: Hay una maldición grabada sobre la tapa del cofre. A pesar de que está en gaélico antiguo, ese hombre entendió lo suficiente como para percibir lo que decía. ¿Ha traído guantes?
Taylor asintió.
—Y pinzas para manipular el contenido. ¿Aún no lo ha abierto?
—No he conseguido hallar el mecanismo que libera la tapa —dijo Steinmann con aspereza—. Inicialmente, no estaba seguro de que se abriría. Parece estar hecho en una única pieza de madera.
—Hasta que el laboratorio lo examine, para manipular todo usaremos las pinzas. ¿Dónde ha dicho que lo encontraron?
—Enterrado cerca de la orilla de un río en las Highlands de Escocia. El granjero que lo desenterró estaba quitando piedras del cauce para levantar un muro.
—¿Cómo demonios hicieron para sacarlo del país? —preguntó Taylor.
—El granjero llamó al conservador de una pequeña firma de antigüedades de Edimburgo que, casualmente, me debía un favor.
Taylor no presionó para obtener mayores informaciones. El traspaso de reliquias invaluables a las colecciones privadas lo enfurecía, pero no tendría sentido distanciarse de Steinmann antes de tener la oportunidad de estudiar el cofre.
Taylor estaba obsesionado con toda clase de cosas celtas, y cuando Steinmann lo llamó para discutir a propósito de una pieza medieval inusual, Taylor apenas pudo arreglárselas para ocultar su interés. Revelárselo sólo habría servido para darle a Steinmann poder de manipularlo, y cualquier tipo de poder en las manos del director era algo peligroso.
—Estúpida muchacha —murmuró Steinmann cuando entraron en esa ala del museo—. ¿Ha visto? Dejó nuevamente encendidas las luces.
Por debajo de la puerta de su oficina se veía una delgada línea de luz.
Lisa se despertó abruptamente, sin saber dónde estaba o qué era lo que la había despertado. Entonces oyó voces de hombres en el pasillo que conducía al despacho.
Poniéndose en movimiento, Lisa se puso de pie de un salto y le echó una mirada aterrada a su reloj. Eran las cinco y veinte de la mañana... ¡Perdería el trabajo! Instintivamente se dejó caer al suelo y, mientras lo hacía, se dio un golpe en la sien con la punta del escritorio. Con un gesto de dolor, se arrastró debajo del escritorio, mientras oía la llave en la cerradura, y luego la voz de Steinmann:
—Es imposible tener colaboradores decentes. Esa chica inútil ni siquiera trabó la puerta. Lo único que debía hacer era apretar el botón. Hasta un niño podría hacerlo.
Mientras los hombres entraban en el despacho, Lisa, hecha un ovillo, se acurrucó en silencio. Respiró con cautela y llevó las rodillas hacia atrás. Los zapatos de Steinmann tenían unos adornos colgantes cubiertos del barro de la reciente lluvia. Le costó poner en juego toda su fuerza de voluntad para no extender la mano y limpiar las ofensivas motas de tierra de la alfombra.
—Qué detalle asombroso. Es bello —dijo la segunda voz en un murmullo.
—¿Verdad que sí? —coincidió Steinmann.
—Aguarde un segundo, Steinmann. ¿Dónde dijo que encontraron el cofre?
—Debajo de una acumulación de rocas, cerca de la orilla de un río en Escocia.
—Eso es absurdo. ¿Cómo es posible que los elementos no lo afectaran? El ébano es una madera resistente, pero en absoluto incorruptible. Este cofre está como nuevo. ¿Ya lo han datado?
—No, pero mi fuente en Edimburgo le tiene una fe ciega. ¿Puede abrirlo, Taylor? —preguntó Steinmann.
Hubo una especie de crujido. Un murmurado «Veamos... A ver cómo funcionas, cosita misteriosa...».
Debajo del escritorio, Lisa apenas se atrevió a respirar durante el prolongado silencio que siguió.
—¿Tal vez esto? —dijo finalmente Taylor—. Quizás este pequeño cuadrado que se levanta... ¡Ah, ya está! He visto esto antes. Es un pestillo a presión. —El cofre hizo un ruido desvaído—. Fue sellado —observó—. Mire, Steinmann. Ese mecanismo de pestillo es brillante, y ¿ve la resina gomosa que sella los canales internos de la madera donde se entrelazan las juntas? ¿No le asombra que nuestros ancestros se las ingeniaran para crear mecanismos tan inteligentes? Algunas de las cosas que he visto simplemente desafían...
—Corra la tela y veamos qué hay debajo de ella, Taylor —le cortó Steinmann.
—Pero, al manipularla, la tela se puede desintegrar —protestó Taylor.
—No hemos llegado hasta aquí para dejar el cofre sin examinarlo —dijo Steinmann ásperamente—. Corra la tela.
Lisa luchó contra el deseo de asomarse por debajo del escritorio. La curiosidad superaba su sentido común y su instinto de conservación.
Se produjo una larga pausa.
—Bueno, ¿qué es? —preguntó Steinmann al cabo.
—No tengo idea —respondió Taylor lentamente—. Nunca traduje relatos sobre esto ni vi bosquejos de algo así en mis investigaciones. Y no parece muy medieval, ¿no? Casi parece... del futuro —añadió, incómodo—. Francamente, me siento confuso. El cofre parece prístino, aunque la tela es antigua y esto... —Hizo un gesto dirigido hacia el frasco—. Es condenadamente extraño.
—Quizás usted no sea tan experto como le habría gustado hacerme creer, Taylor.
—Nadie sabe más que yo sobre los irlandeses y los pictos —replicó fríamente—. Pero algunos artefactos sencillamente no constan en mis registros. Le aseguro que encontraré las respuestas.
—¿Y lo hará examinar?
—Ahora me lo llevaré.
—No. Yo lo llamaré cuando estemos listos para entregarlo.
—Planea invitar a otra persona para que lo examine, ¿verdad? —preguntó Taylor—. Usted pone en duda mi capacidad.
—Sencillamente necesito catalogarlo, fotografiarlo y registrarlo en nuestros archivos.
—¿Y ubicarlo en la colección de alguna otra persona? —preguntó Taylor secamente.
—Déjelo donde estaba —advirtió Steinmann, cerrando la mano alrededor de la muñeca de Taylor y obligándolo a dejar nuevamente el frasco debajo de la tela. Luego cogió las pinzas de la mano de Taylor, cerró el cofre y depositó las pinzas a su lado—. Lo traje aquí. Le diré lo que necesito de usted en el momento adecuado. Y le recomiendo que se aparte del asunto.
—De acuerdo —saltó Taylor—, pero cuando descubra que no hay nadie que sepa de qué se trata, ya me llamará. No debe mover un artefacto que no puede ser identificado. Soy el único que puede averiguar de qué se trata, y usted lo sabe.
—Lo acompaño hasta la salida.
—No hace falta, conozco el camino.
—Pero me quedaré más tranquilo si lo hago —insistió Steinmann con calma—. No puedo permitir que un adorador de antigüedades tan apasionado como usted ande solo por el museo.
Los zapatos retrocedieron por la alfombra con pasos apagados. El sonido de una llave en la cerradura puso alerta a Lisa. «¡Maldita sea!» Normalmente, cuando ella se iba, apretaba el botón de la cerradura del picaporte. No se le confiaba la llave a ninguna humilde empleada. Steinmann había corrido el pestillo y, en realidad, empleaba la llave para cerrar el cerrojo. Al enderezarse, Lisa se golpeó la cabeza con la parte inferior del escritorio.
—¡Oh! —exclamó suavemente. Mientras se cogía del borde y se ponía de pie, se detuvo para mirar el cofre.
Fascinada, tocó la madera fría. Bellamente grabada, la materia oscura brillaba bajo la tenue luz. Sobre la cubierta había letras grabadas a golpes enérgicos y sesgados. ¿Qué era lo que contenía el cofre para haber dejado perplejos a dos experimentados proveedores de antigüedades? A pesar del hecho de estar encerrada en el despacho de Steinmann y de no dudar de que él regresaría en instantes, la curiosidad la consumía. «¿Del futuro?» Con cautela, pasó los dedos sobre el cofre, buscando el pestillo a presión que habían mencionado. Luego se detuvo. Las extrañas letras que había sobre la tapa parecían casi..., latir. Un escalofrío de aprensión le corrió por la espalda.
«Vamos, estúpida, ¡ábrela! No puede hacerte daño. Ellos la tocaron.»
Resuelta, presionó el cuadradito con el pulgar. La tapa saltó hacia arriba con el sonido desvaído que había oído antes. En el interior había un frasco, rodeado por andrajos polvorientos de antigua tela. El frasco había sido hecho con metal plateado y parecía brillar, como si su contenido tuviera energía. Dirigió una mirada nerviosa hacia la puerta. Sabía que tenía que salir del despacho antes de que Steinmann regresara; sin embargo, se sentía extrañamente paralizada por el frasco. Sus ojos iban de la puerta a éste una y otra vez. El frasco la atraía. Era como si dijese «Tócame», con el mismo tono de los otros objetos que había en el museo. «Tócame mientras no hay guardias, y te contaré mi historia y mis leyendas. Soy sabiduría...»
Las yemas de los dedos de Lisa rodearon el frasco. El mundo pareció salirse de su eje bajo sus pies. Se tambaleó y, de repente...
No pudo...
Dejar...
De caer...