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EL VIKINGO SALVAJE , Sandra Hill

 

Prólogo

998 a.C., verano en los países nórdicos

Jorund Ericsson contemplaba con la mirada vacía el enorme túmulo funerario, lo bastante grande como para albergar una galera vikinga y todas las pertenencias necesarias para que su ocupante llevara una buena vida en el otro mundo.

Hacía más de un año que había partido hacia Oriente, a luchar en las guerras del emperador de Miklegard, la lejana Bizancio. Soldado de fortuna durante toda su vida, Jorund había formado parte de la élite de la guardia varega, compuesta por vikingos escogidos de entre muchas naciones. En el viaje de regreso a casa había matado el tiempo luchando bajo la bandera del rey noruego Olaf Tryggvason, que había vuelto a la ofensiva en Bretaña esparciendo a su paso el rocío de la espada como una marea sangrienta. Para Olaf (que era, a la sazón, tío paterno de Jorund), aquello no suponía más que un breve alto en sus luchas territoriales con el rey danés Sven Barba Partida.

Algunos decían que la guerra era el modo de vida de los vikingos. Era cierto.

Jorund reconocía sin sonrojo ser un maestro en el arte de la espada; un mercenario, pero no sin escrúpulos: sólo seguía a aquellos caudillos cuyos valores y propósitos podía compartir. Al seguir aquella senda, tenía a la muerte por constante compañera y había perdido hacía tiempo la cuenta de los hombres que habían sucumbido bajo su espada y de los compañeros de armas que moraban ya en el Valhalla.

Pese a todo, no esperaba encontrarse aquello al regresar a casa.

Angustiado, sus ojos se movían de un lado a otro, escudriñando la tumba. Al poco encontró la lápida mortuoria, donde en símbolos rúnicos semejantes a bastones se leía:

Aquí yace Inga Sigrundottir,

esposa del karl Jorund Ericsson de Vestfold,

hija del jarl Anlaf de Lade.

Vivió apenas veintitrés inviernos.

Murió durante la gran hambruna,

en el año 997.

Jorund sofocó un gemido. Inga y él no se habían amado durante los seis años que había durado su matrimonio forzoso. Sin embargo, su muerte, acaecida ocho meses antes, lo llenaba de pena y de vergüenza. Un hombre protegía a los que se hallaban bajo su escudo a menos que fuera un nithing, un hombre sin honor. Debería haber estado allí para proteger el bienestar de su esposa, ya fuera contra los peligros del hombre, ya contra los de la naturaleza.

Su mirada se deslizó entonces hacia la izquierda, hacia las dos estelas funerarias contiguas que rezaban:

Greta y Girta Ingadottir,

gemelas primogénitas,

hijas amadas.

Vivieron apenas cinco años.

Que Freya las acoja en su seno eterno.

Jorund cayó de rodillas y ocultó la cara entre las manos. No era hombre dado a las emociones. Una vez, en el fragor de la batalla, había hendido la cabeza de un hombre hasta los dientes con su hacha de guerra y no había sentido ni una punzada de remordimiento. No recordaba la última vez que había caído en la flaqueza femenina del llanto (quizá de niño, cuando uno de sus hermanos le hizo daño mientras jugaban), pero aun así las lágrimas inundaron sus ojos.

Al pensar que Inga yacía en la fría tierra, lamentó que alguien tan joven tuviera que partir prematuramente de este mun­do. Lo lamentó…, nada más. Era él quien más había sufrido las célebres maquinaciones de Inga, que lo habían llevado a regañadientes al tálamo nupcial. No le guardaba rencor, a pesar de todo. En el fondo, no era mala mujer.

El recuerdo de sus hijas, sin embargo, le produjo una opresión en la garganta y un violento dolor en el pecho. No había querido casarse. Ni siquiera había querido tener hijos, pero cuan­do abrazó por primera vez a las niñas después de que emergieran del vientre materno, arrugadas, azules y sanguinolentas…, las quiso a primera vista. Eran semillas de sus entrañas, pero también mucho más que eso.

La última vez que las vio, no habían celebrado aún el cuar­to aniversario de su nacimiento. Su drakkar estaba levando anclas en el fiordo, frente a su vasto hogar. Inga permanecía en la orilla, acompañada por su padre, el jarl Eric, su madre, lady Asgar, sus hermanos, Rolf el Hacedor de Barcos y Magnus el de las Grandes Orejas, y los sirvientes de la casa. Greta y Girta bajaron brincando por la ladera de la colina en el último momen­to, las trenzas rubias oscilaban adelante y atrás, las gunnas arremangadas, arrugadas y sucias por algún juego infantil. Iban riéndose. Era extraño que Jorund recordara eso ahora. Claro que, se dijo, ¿había algún sonido más conmovedor que la risa de un niño, incluso para un guerrero tan curtido como él?

—No olvides traerme cintas, padre —le había gritado Greta como si no se lo hubiera recordado mil veces la noche anterior, entre pegajosos besos y abrazos infantiles—. De todos los colores del arco iris…, por favor —había añadido al ver que su madre la miraba con el ceño fruncido por ser tan maleducada. Inga, hija de un elevado jarl de Lade, en la Noruega del noreste, daba gran importancia a la cortesía.

—Y babuchas de seda de un harén —había dicho Girta alegremente, y acto seguido había agachado la cabeza para esquivar la bofetada con que su madre castigó su impertinencia.

—¡Un harén! —había bufado Inga, pero luego no había podido contenerse y había sonreído ante la osadía de la niña. Girta era conocida por su afilada lengua.

Aquel dulce recuerdo hizo sonreír a Jorund al tiempo que un sollozo estrangulado escapaba de su garganta.

—Hijo mío…

Jorund se incorporó bruscamente al sentir una mano sobre el hombro. Levantándose, se volvió hacia su padre.

—Necesito tu ayuda, Jorund. La tuya y la de tu hermano Magnus.

—Éste no es momento —logró decir con voz sofocada mientras señalaba, sacudiendo una mano, el túmulo funerario.

—No hay otro mejor —dijo su padre cansinamente—. Ya no puedes hacer nada por Inga y las niñas. No, no me mires así. Es la verdad.

Jorund advirtió de pronto lo mucho que había envejecido su padre desde su marcha. ¿Se debía ello al hambre o a tantas pérdidas humanas? ¿O quizás a otra cosa? Arrugó la frente inquisitivamente.

—Tu hermano Geirolf ha desaparecido y tememos que haya muerto.

—¡Vamos, padre! Seguramente se habrá demorado en uno de sus viajes. —Rolf construía barcos y a menudo probaba sus navíos en largas travesías antes de venderlos a encumbrados nobles de diversos países.

—Esta vez, no —insistió su padre—. Mientras estabas fue­ra, le encomendé una misión confiando en acabar con la hambruna que asolaba Noruega, pero su drakkar se hundió tras una violenta batalla naval con Storr Grimmson, ese perro despreciable. Su cuerpo nunca fue hallado. —Hizo una pausa y añadió—: Necesito estar seguro, para bien o para mal.

—¿Crees que Rolf puede estar vivo aún? —preguntó, poniéndose alerta de inmediato, a pesar de que las noticias que acababa de darle su padre le habían dejado anonadado.

—Algunos marineros de la tripulación de Storr confesaron bajo tortura que Geirolf fue visto por última vez en el agua… vivo. —Su padre se encogió de hombros, lleno de incertidumbre—. Magnus y tú debéis viajar a Islandia, tal vez incluso más allá, hasta Groenlandia, la región donde Geirolf fue visto por última vez.

—¡Islandia! —exclamó Jorund. No era pequeño el favor que le pedía su padre—. ¡No!

—Pero…

Nei pyDir nei —dijo casi gritando. Luego, más suavemen­te, añadió—: No es no.

Su padre se limitó a mirarlo, haciendo que se sintiera de nue­vo como un niño. Como un niño egoísta.

No sabía qué hacer. ¿Debía quedarse allí, en Vestfold, y sufrir la penitencia por haberles fallado a Inga y a sus hijas? ¿O debía abandonar su hogar para ayudar a su padre y expiar qui­zá su culpa?

—Te lo ruego, hijo mío. Deja a un lado tu pena por ahora y concédeme ese favor. Fui yo quien envió a Geirolf al peligro. Los remordimientos me pesan tanto que apenas puedo pensar o hablar.

Aquélla era una misión que no podía rechazar.

Capítulo uno

Otoño de 998 d.C.

Más allá de Islandia

—¡Mira, Jorund! ¡Mira! ¡Allí sopla otra vez! Mmm. Tal vez sea así como te lanza besos la bella Thora. ¿Crees que…?

—Magnus —le advirtió Jorund Ericsson a su hermano sacudiendo la cabeza con fastidio—, ya he oído suficientes tonterías por hoy. Te sugiero que vayas a sentarte junto a una de las horquillas y desfogues tu exceso de energía remando un rato.

De pie junto a la barandilla del Guerrero Feroz, su barco vikingo, Jorund afilaba la hoja de su espada preferida, Letra de sangre.

A su lado, Magnus, que salvo cuando tenía un arado entre las manos, un cuerno de hidromiel en los labios o una muchacha en la cama, parecía creer que su misión en la vida consistía en hacer rabiar a su hermano, se afilaba la lengua. No era exagerado afirmar que tenía una opinión para cada asunto.

—Vamos, vamos, no seas tan modesto, hermanito —le aconsejó Magnus sacando pecho, señal segura de que estaba a punto de explayarse largo y tendido sobre alguna trivialidad. Llevaba el pelo, largo y rubio, apartado de la cara y recogido en la nuca con una tira de cuero, lo cual hacía resaltar sus enormes orejas. Se había pasado años diciendo que sus orejas eran indicio de otros… en fin, de otros atributos igualmente pronunciados, pe­ro Jorund no acababa de creérselo.

«¿Y qué me ha llamado? ¿Hermanito?» A decir verdad, Magnus y él eran de la misma imponente estatura, aunque Magnus, que era granjero de oficio, tenía la complexión de un toro mientras que él poseía el cuerpo delgado y fibroso de un guerrero. Apenas se llevaban nueve meses. Así que «hermanito» no era precisamente el término más adecuado para llamarle. «¡Por amor de Odín! ¿Qué importa que mi hermano me considere grande o pequeño? Se me debe de estar reblandeciendo el cerebro con este calor a destiempo. ¿Quién iba a pensar que el sol pudiera ser tan fuerte en Islandia? Tal vez nos hayamos desviado más de…»

—Todo el mundo sabe que la bella Thora se ha enamorado de ti —prosiguió Magnus—. Y no sólo lanza besos. Debes reconocer que lleva más de una semana persiguiéndote. Te llama agitando su cola como una ramera de Hedeby. Está enamorada, tenlo por seguro.

Jorund le lanzó a su hermano una mirada de enojo.

—¿Qué te hace pensar que tira besos? —Sabía que era un error responder a las pullas de Magnus, pero aun así añadió—: Tal vez sólo esté expulsando el aire.

—¿Ventoseando, quieres decir? Ésa sí que es buena. —Magnus sonrió—. Cuando éramos pequeños, nuestra madre siempre nos decía que las mujeres no ventosean, y menos aún en público; que esas cosas sólo las hacen los viejos y los niños malos. ¡Ja! Sospecho que se reía a nuestras espaldas con ese embuste. O eso, o te garantizo que nunca se acercó a Helga la Gor­da, la cabrera, después de haber cenado gammelost. —Se tocó la barbilla con exagerado gesto pensativo.

Jorund dejó escapar un gruñido. «¿Cuándo aprenderé? Pue­do predecir lo que va a decir ahora.»

—¿Acostumbran las mujeres a atraerte pedorreando?

«Estaba en lo cierto.»

—¡Qué idea tan ridícula! —bufó Jorund, y entonces se dio cuenta de que Magnus se estaba riendo por lo bajo—. ¡Aaaar! —bramó. Mantener una conversación con Magnus era como hablar con una de sus necias vacas. Su tosquedad no conocía límites, y su carácter pedestre y terrenal procedía, a no dudarlo, de su trato continuado con… en fin, con la tierra. Y no es que Jorund no estuviera acostumbrado a las vulgaridades, hallándose rodeado de soldados cada una de cuyas palabras solía ser un exabrupto de la peor especie. Él mismo había proferido unos cuantos.

Pero, a decir verdad, últimamente su hermano había adquirido una costumbre sumamente fastidiosa: burlarse de él. ¡Por el sagrado Thor! ¿Dónde se había visto que hombres hechos y derechos se entretuvieran en tales juegos de niños? La vida era demasiado seria (y fugaz, como bien sabía él) y su misión demasiado importante para caer en frivolidades. Seguramente ello se debía al aburrimiento, o a la impotencia de verse perdidos en el mar. Bueno, no del todo perdidos; sólo un poco desorientados.

Hizo caso omiso del sonriente rostro de su hermano y miró a lo lejos, donde la espléndida orca a la que los marineros habían dado el nombre de Thora estaba, en efecto, ejecutando su danza ritual. Era a ella a la que Magnus le atribuía nada menos que la capacidad de lanzar besos.

En ese instante, su lisa figura blanquinegra saltaba al aire en una espectacular pirueta, maniobra esta que entre los marinos se conocía como «abrir brecha» en el mar.

Al culminar su majestuoso salto, la ballena daba la falsa impresión de sostenerse sobre las aletas de la cola a ras del agua durante unos instantes. Luego volteaba su cuerpo terso describiendo un arco perfecto con notable agilidad para su envergadura, y volvía a zambullirse en las saladas profundidades para nadar raudamente bajo las olas que ella misma había creado. Si seguía la rutina de los días precedentes, repetiría su actuación otras dos o tres veces, variando a menudo sus cabriolas con saltos hacia atrás acompañados de estrepitosos chillidos, borboteos y rápidos chasquidos, antes de alejarse nadando un corto trecho para observar y seguir al navío en su curso.

No había modo de escapar a la ballena asesina. Habían intentado eludir su molesta compañía remando velozmente a favor del fuerte viento, y aun así les daba alcance. Sin duda era la orca el animal más rápido de todos los océanos.

Sabían que era una hembra por su tamaño, pequeño en comparación con los machos de la especie, aunque aquella amistosa criatura era, pese a todo, casi tan grande como su drakkar. Bueno, quizás eso fuera una exageración. Pero al menos era cuatro veces más grande que Jorund del hocico a la cola.

A pesar de que jamás lo admitiría ante su hermano, a Jorund no le cabía duda de que era a él a quien el animal había cobrado afecto. La orca les seguía como una sombra desde hacía más de catorce días, acercándose cada vez más. Pero no era por eso por lo que Jorund sabía que le seguía a él. Lo sabía porque la ballena le hablaba. Por asombroso que pareciera, y aunque nadie más que él lo oyera, Jorund había logrado comunicarse con ella. Hablaba mentalmente con la ballena. Y la ballena le hablaba a él.

Siempre había tenido facilidad para las lenguas de otros países. Y no sólo para el nórdico y el inglés, el idioma de los sajones, que eran muy parecidos. Hablaba también con fluidez la lengua del país de los francos, la de Bizancio, la de Bagdad, la de Roma y la de Córdoba. Pero nunca había hablado con animales. Nadie lo hacía, que él supiera, salvo quizá los dioses. Y él no era un dios.

¿De dónde procedía la voz que oía en su cabeza?

De noche, cuando era ya tarde y sus hombres dormían, se quedaba de pie en la proa del barco y conversaba con la orca. Por suerte Magnus ignoraba aquel despropósito, o habría tenido motivos fundados para mofarse de él.

¿Se estaba volviendo loco? ¿Pesaban en exceso sobre su espíritu los acontecimientos del año anterior? ¿O acaso el efecto acumulado de años y años de derramamiento de sangre se había abatido finalmente sobre él, aplastándolo? Hombres más fuertes habían enloquecido.

«¿Cómo puede ser?», le había preguntado a Thora la víspe­ra. Era una muestra de su lamentable estado el que inquiriera a un animal sobre su cordura.

Chasquido, chasquido. Chillido, chillido. Chasquido, chilli­do, chasquido, chillido. La ballena le había contestado con secuencias de sonidos siempre cambiantes. En otras palabras: «Los hombres hacen demasiadas preguntas. Escucha con el corazón; habla con el corazón, amigo mío».

«Yo te pido ayuda y tú me vienes con adivinanzas —se había lamentado él en silencio—. No lo comprendo.» No tenía que hablar en voz alta para que la ballena lo oyera, otro suceso extraordinario.

Con sus chasquidos, borboteos y chillidos de costumbre, Thora le había dicho: «Ya lo entenderás, ya lo entenderás». Lue­go, antes de alejarse, había añadido: «Abre tu corazón, amigo mío. Sólo entonces no habrá barreras de país ni de especie…, ni siquiera de tiempo».

«¿De tiempo? ¿Qué tiene el tiempo que ver con esto?»

—Jorund, ¿ya estás en las nubes otra vez? ¿Te encuentras bien?

Jorund parpadeó y refrenó sus pensamientos. La enorme zarpa que su hermano tenía a modo de mano descansaba sobre su hombro en un gesto de preocupación.

«¿Me encuentro bien?

»No, no me encuentro bien en absoluto.»

—Estoy bien —dijo.

Pero pronto descubrió que no lo estaba.

¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!

Blód hel! —exclamaron Magnus y él al mismo tiempo, y luego repitieron—. ¡Qué demonios…! —Algunos de sus marineros, adeptos tanto a la religión cristiana como a la escandinava, hacían la señal de la cruz sobre sus robustos pechos.

¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!

Thora estaba usando las enormes aletas de su cola para golpear el flanco del barco.

¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!

Parecía estar jugando con ellos a algún extraño juego de orcas, pues estaba claro que no empleaba toda su fuerza; de otro modo, habría volcado el navío. Aun así, el impacto de los poderosos golpes de su cola sobre los flancos de madera bastaba para hacer oscilar el drakkar. Un poco más fuerte y la madera comenzaría a astillarse.

Jorund intentó escuchar como le había enseñado la ballena. Oyó en respuesta un ruido agudo y chirriante, casi como el que haría una puerta oxidada al cerrarse, y creyó entender que le decía: «Ha llegado la hora, vikingo».

—¿La hora? ¿Qué hora? —preguntó.

—¿Eh? —Magnus ladeó la cabeza, extrañado.

Jorund se dio cuenta de que había hablado en voz alta y sintió que le ardía la cara de vergüenza. Magnus se burlaría de él sin piedad si llegara a sospechar que su hermano se comunicaba con un animal.

La ballena se alejó nadando un corto trecho y luego quedó flotando sobre el agua, observándolo con sus grandes ojos semejantes a cuentas de cristal. Y aquella especie de chirrido continuó sonando.

—¿Jorund? ¿Estás bien? —preguntó Magnus con preocupación.

Él asintió con la cabeza.

—Aquí está pasando algo raro —prosiguió Magnus—. No eres el mismo desde que murieron Inga y las niñas.

—No quiero hablar de eso —dijo con frialdad—. Será mejor que levemos el ancla y nos libremos de esa fastidiosa ballena. Si no conseguimos dejarla atrás, habrá que matarla.

Le pareció oír que una voz chillona decía a lo lejos: «¡Ja! A ver si te atreves».

A su lado, Magnus no estaba dispuesto a dejar correr el asunto.

—Algunas personas creen que hay que hablar de las penas que afligen el corazón si uno no quiere que le consuman las entrañas…, volverse loco de pena.

—¿Insinúas que me he vuelto loco?

Magnus frunció los labios y se tiró pensativamente de una de sus enormes orejas.

—Tal vez. Al menos un poco lelo.

Jorund resopló con fastidio.

—Ya sé que no le tenías mucho cariño a Inga, pero tus hijas… Bueno, está claro que ocupaban un lugar especial en tu corazón.

—Ten cuidado, Magnus. Vas demasiado lejos —le advirtió.

Pero, como de costumbre, su hermano hizo oídos sordos a sus sabios consejos y siguió parloteando.

—Yo me arrancaría el cabello de dolor si perdiera a mi hijo… o a mi hija.

—¿Qué hijo o hija? —preguntó Jorund con un atisbo de humor. Resultaba difícil permanecer mucho tiempo enfadado con su bienintencionado hermano.

Magnus levantó el mentón, poniéndose a la defensiva.

—Cualquiera de mis hijos… o hijas —respondió. Su hermano practicaba la vieja costumbre del more danico y tenía dos esposas, además de tres concubinas… ¿o eran cuatro? Según se decía, su simiente había engendrado ocho hijos y cinco hijas, todos ellos con grandes orejas.

Jorund chasqueó la lengua mirando a su hermano, a quien quería mucho aunque fuera tan pesado.

—Solucionaré mis problemas a su debido tiempo y a mi manera —le dijo—. Ahora debemos darnos prisa para intentar dejar atrás a esa orca.

La noche anterior habían anclado en una pequeña ensenada, cerca de la costa, a fin de extraer agua fresca de un arroyo situado en una isla cercana. No habían visto ningún poblador humano, pero habían dormido a bordo por si acaso.

Jorund se dio la vuelta y ordenó a la tripulación levar el ancla y recoger sus cajas de mar. Su drakkar, construido por su hermano Rolf, no era muy grande. Tenía treinta y dos troneras para los remos a cada lado, manejadas por igual número de hombres que, en lugar de bancos, usaban sus propias cajas de mar como asientos. Junto a ellos había otros treinta y dos marineros que tomaban el relevo cuando los primeros se quedaban sin fuerza en los brazos.

—El ancla no sube —le informó al cabo de un rato un marinero—. Debe de haberse enredado entre las algas cuando nos golpeó la ballena.

Mientras tanto, la orca había vuelto a zarandear el barco con el morro y las aletas de su cola. «¡Basta de tonterías!»

Jorund profirió una maldición y comenzó a quitarse la ropa: el jubón, la túnica, las botas de piel y las calzas. Sabía que tendría que lanzarse al agua para desenredar el ancla. Le pareció oír una risa aguda, pero cuando miró a su alrededor sólo vio a sus marineros, que lo observaban con preocupación.

—Tranquilos, muchachos —les dijo—. Pronto nos pondremos en camino. Soy un excelente nadador y tengo fama de contener gran rato la respiración bajo el agua. Pulmón de cue­ro, solía llamarme mi padre. —No estaba alardeando; sencillamen­te constataba un hecho para tranquilizarles.

Una vez estuvo desnudo, salvo por la espada envainada que llevaba sujeta a un ancho cinturón abrochado a la cintura y asegurada al muslo por una tira de cuero, se zambulló en el mar. El agua estaba extrañamente templada en la superficie. Aunque se iba enfriando a medida que Jorund descendía, se hallaban en Islandia y debería haber estado helada. Tendría que pensar sobre ello más adelante. «Aun así, está tan fría que podría achicar la verga más grande hasta convertirla en un guisante», pensó con un escalofrío.

«¿Y qué te hace pensar que la tuya es tan grande?», oyó decir a la ballena con acento burlón.

«¡Dios mío! ¿Tú, otra vez?», repuso Jorund secamente pa­ra sí mismo mientras hendía con la espada las algas que envolvían la maroma del ancla. Pronto descubrió que no había mo­do de liberar el ancla de hierro de aquellos frondosos tentáculos. Cuantos más apartaba, más parecía haber. Tendría que cortar la soga.

La ballena se había sumergido sigilosamente y observaba sus esfuerzos con interés.

Por alguna razón, Jorund no sentía miedo, sino sólo fastidio porque aquel animal le estuviera causando tantas complicaciones.

Volvió a enfundarse la espada, nadó hasta la superficie y respiró hondo varias veces.

Magnus y el resto de los marineros lo miraban por encima de la barandilla del flanco. Las aves marinas volaban en círculos sobre ellos, barruntando algún sabroso bocado. Jorund confiaba en que no fuera él.

—¿La has soltado? —preguntó Magnus.

Jorund negó con la cabeza, todavía jadeante. Cuando fue capaz de hablar, le dijo a su hermano:

—Es esa maroma de piel de foca que Rolf se empeña en usar. Tardaré un rato.

Muchos dueños de barcos compraban aquella apreciada maroma de piel de foca en los mercados de Birka y Hedeby. Conocida por su resistencia, se cortaba en una sola tira a partir del pellejo de una foca o una morsa y se enrollaba formando una espiral. Por desgracia, era difícil de cortar con la espada.

Jorund tomó aire una última vez y se zambulló de nuevo en el agua salobre. Tal y como imaginaba, la ballena le estaba esperando. Esta vez, mientras aserraba apresuradamente la maroma, la orca se lanzó a un nuevo juego: empujar el trasero desnudo de Jorund con su gran hocico. Lo que le faltaba: ¡una ballena en celo!

La maroma se rompió por fin. Jorund se envainó la espada y se disponía a regresar a la superficie cuando la orca se lanzó hacia delante y lo agarró con la boca. Su cabeza asomaba por un lado de sus fauces mientras sus piernas asomaban por el otro. Sentía la presión de sus enormes dientes en el estómago y las nalgas, pero Thora parecía sujetarlo con extrema delicadeza, pues los dientes no traspasaban su piel.

«Suéltame, ballena descerebrada.»

La única respuesta fue una risa borboteante.

Debería haber estado mortalmente asustado. Pero no lo estaba.

Al principio, aquello le hizo reír para sus adentros. Los escaldos cantarían eternamente aquella saga. Incluso inventarían una oda en honor a Jorund, el guerrero que cayó en las fauces de una ballena asesina y vivió para contarlo. Su regocijo se esfumó muy pronto, sin embargo, al darse cuenta de que no podría contener la respiración mucho más tiempo y notar que la ballena nadaba a gran velocidad, alejándose del barco. En una ocasión en que la ballena salió un instante a la superficie, advirtió, angustiado, que su drakkar estaba ya muy lejos; demasiado lejos para regresar nadando. A menos que la ballena lo devolviera a él.

Pero no. Thora tenía otros planes.

Lanzando un chillido y un alegre borboteo, se sumergió de nuevo, y ni los gritos que Jorund daba en silencio ni el movimiento frenético de sus extremidades lograron disuadirla.

Pronto el agua entró por las fosas nasales y por todos los orificios del cuerpo de Jorund. Ya no podía contener la respiración y engullía grandes tragos de agua marina. Se le soltó la coleta y la melena comenzó a agitarse en torno a su cara, cegándolo, al tiempo que un aturdimiento no del todo desagradable se apoderaba de él. Y pensó: «De modo que así es como serviré de pasto a los cuervos. En el mar, y no en el campo de batalla. De modo que así es como esto acaba».

«No, nada de eso —contestó la ballena—. Las Parcas tienen otros designios para ti, vikingo.»

Capítulo dos

2000 d.C. Galveston, Texas

Estrellita lucera, estrellita brillante,

estrella primera que veo delante,

quisiera que fuera esta noche

mi deseo verdad rutilante.

Maggie McBride se disponía a entrar en la habitación de sus hijas, Suzy y Beth, cuando las oyó recitar al unísono aquella cancioncilla infantil. Ya las había arropado y les había dado, co­­mo de costumbre, un beso de buenas noches acompañado de cosquillas. No era raro que, en cuanto salía de la habitación, las niñas saltaran de las camas dispuestas a emprender alguna travesura inofensiva. Y no tenía importancia, en realidad. Maggie había aprendido a hacer oídos sordos en lo tocante a sus hijas.

Retrocedió hacia el pasillo con una sonrisa y al mirar por el quicio de la puerta las vio asomadas a la ventana de su cuarto, contemplando una estrella que centelleaba con especial intensidad. Sus voces susurrantes de niñas de nueve años tenían un acento de melancólica fe en la magia de las constelaciones mientras repetían la vieja canción de parvulario.

«¿Fui yo alguna vez tan inocente? ¿Creí alguna vez en los milagros?»

Las niñas se incorporaron, rozando con las tripitas el alféizar de la ventana, y se ajustaron las camisetas de dormir. La de Suzy era de color rosa chillón y llevaba una foto de Ricky Martin; la de Beth, en cambio, ostentaba una reproducción de Keiko, la orca, a la que idolatraba tanto como su hermana a la estrella de rock del momento. Dejando a un lado sus caracteres e intereses opuestos, las niñas eran gemelas idénticas; las dos llevaban relucientes aparatos correctores en los dientes, recién puestos, y tenían el pelo largo y rizado, recogido para dormir en sendas trenzas que les llegaban hasta los omóplatos. Habían heredado la mala dentadura y el pelo color miel de un padre al que nunca habían conocido: Judd Haskell. Maggie tenía el pelo negro como el carbón y liso como un alfiler… y, gracias a una reciente aventura capilar de resultados nefastos, tan corto como Demi Moore en La teniente O’Neil. Pero sus hijas tenían sus ojos, del color azul de la flor del botoncillo.

—Yo he pedido que mamá encuentre por fin un novio —le confesó Suzy a su hermana. Todavía no se habían dado cuenta de que Maggie estaba en el pasillo.

Beth asintió con gravedad.

—Yo también.

Maggie se estremeció. «¡Otra vez no!»

—No pienso pasar ni una Navidad más en la granja del abuelo Haskell, para que lo sepas —declaró Suzy con vehemencia—. Lo único que hace es darnos sermones sobre lo mal que se está aquí, en la ciudad, y lo bien que viviríamos con él y la abuela. ¡Vaya cosa! Y, no es por ofender, pero estoy harta de todas esas historias de antes de que muriera nuestro papá en ese accidente de paracaidismo. A ver, ¿qué hacía un médico tirándose en paracaídas? El abuelo habla de él como si fuera un santo. «Si vuestro padre estuviera vivo, esto; si vuestro padre estuviera vivo, lo otro.» ¡Menudo rollo!

—Si era tan maravilloso —dijo Beth—, ¿por qué no quiso casarse con mamá?

—Eso, eso —convino Suzy.

Maggie sofocó a duras penas un gemido de sorpresa. ¿Có­mo sabían que Judd se había negado a casarse con ella cuando descubrió que estaba embarazada? Tener una esposa e hijos no habría encajado en su estilo de vida de alto riesgo. Él era libre como un pájaro. Maggie rezaba porque no supieran también otra cosa: que había querido que abortara. No, era imposible que lo supieran. Ella no se lo había dicho a nadie. Judd había muerto poco después de aquel espantoso encuentro como consecuencia de una de sus muchas aventuras.

—Y la abuela, igual —continuó Suzy—. Siempre hablando de las madres solteras, como si fuera culpa de mamá haber tenido que criarnos sola.

—Ya lo sé —dijo Beth, refunfuñando—. La última vez se puso a citar unas estadísticas que había oído en no sé que programa de la tele. Decía que las hijas que se crían sin padre muchas veces no acaban el instituto, y que un montón se quedan embarazadas antes de los dieciséis años.

Beth y Suzy intercambiaron una mirada.

—¡Qué asco! —exclamaron las dos al mismo tiempo. Aún no les interesaban los chicos, y mucho menos el sexo o cualquier cosa que diera como resultado un bebé.

—¿Sabes? —dijo Beth pensativamente—, apuesto a que mamá se esforzaría más por buscar novio si se creyera todas esas cosas. Siempre está diciendo que la escuela es muy importante.

—Y apuesto a que estas navidades podríamos quedarnos aquí si hubiera un papá en casa —añadió Suzy.

—Sí, un papá no dejaría que le dieran la lata hasta convencerle. Les diría —aquí la voz de Beth descendía hasta adoptar un tono grave y viril—: «Lo siento, amigos, pero este años las niñas no pueden ir a veros por Navidad. Ahora somos una familia, y queremos que nuestras hijas estén en casa para pasar las fiestas todos juntos. Mis niñas tienen que venir conmigo al bosque y ayudarme a talar un árbol. Puede que hasta cortemos un poco de leña y la traigamos en la camioneta».

—Eso sería genial —comentó Beth—, sobre todo, si hubiera nieve. ¡Un papá, un árbol de verdad, un fuego con nuestros calcetines colgando de la repisa de la chimenea, y nieve!

Los suspiros que siguieron estaban cargados de ilusión.

Aunque aquella melancólica conversación le causaba cierto desasosiego, Maggie no tuvo más remedio que sonreír. No había ningún bosque en los alrededores. El árbol artificial que tenían llevaba nueve años cumpliendo con su cometido. No tenían chimenea para aquel cargamento de leña, ni para colgar los calcetines. En el camino de entrada a la casa no cabían su Volvo y una camioneta. Y en cuanto a que nevara en Galveston por Navidad… «¡Imposible!»

A pesar de su media sonrisa, tenía ganas de llorar.

—Mamá dice que es feliz tal como está —se quejó Suzy.

«Lo soy. Lo soy. Bueno, sí, a veces me siento sola, pero afrontémoslo: tengo treinta y dos años, y a estas alturas no estoy dispuesta a renunciar a mi independencia, con lo que me ha costado ganarla. Me he esforzado mucho para llegar donde estoy. Además, renuncié hace mucho tiempo al sueño del Príncipe Azul. Ojalá mis chiquitinas renunciaran al sueño del papá ideal.»

—Pues yo no soy feliz. Ni pizca.

—Yo tampoco —repuso Beth.

Maggie se acongojó por sus dos preciosas hijas. Era cierto que la ausencia de un padre dejaba un hueco en sus vidas. Ella lo sabía. Pero a veces era mejor no tener padre que tener uno malo. Y Judd habría sido un padre atroz, de eso no le cabía ninguna duda. Además, ella hacía estupendamente el papel de padre y el de madre, y encima se las había ingeniado para salir adelante y seguir progresando hasta el punto de que estaba ya en situación de hacerse llamar Margaret McBride, doctora en psicología.

—Mamá es tan guapa… Igualita que Demi Moore —añadió Beth—. Todo el mundo lo dice. Hasta con ese corte de pelo. Y sobre todo desde que se puso el piercing en el ombligo. Todavía no me lo creo. Podría conseguir a cualquier hombre que quisiera.

Maggie no sabía si podría conseguir a cualquier hombre que quisiera; ni siquiera recordaba la última vez que había tenido una auténtica cita. Pero estaba de acuerdo con las niñas en una cosa: ella tampoco podía creer que se hubiera puesto un piercing en el ombligo. Era tan impropio de ella…

De pequeña, se había desarrollado antes que sus amigas y había sido blanco de las pullas de chavales adolescentes que vivían en la falsa creencia de que una chica con los pechos grandes era una chica fácil. Con el tiempo, el resto de su cuerpo se había puesto a la par que sus pechos, claro está (aunque seguía siendo demasiado opulenta para su gusto, pese a las constantes dietas), pero nunca había superado la costumbre de ocultar sus atributos naturales con ropa ancha y un estilo de vida casi remilgado. Es decir, hasta hacía poco.

El corte de pelo había sido idea suya: una forma de liberarse de lo viejo al recibir su título de doctora, la primavera anterior. ¿Quién iba a pensar que la peluquera se volvería loca?

Lo del arete en el ombligo, en cambio, no había sido idea suya. Era el precio que había tenido que pagar por perder una apuesta con sus hijas, quienes, asombrosamente, habían sacado sobresaliente dos semestres seguidos y cumplían todos los días a rajatabla su régimen de tareas domésticas. Al doctor Spock, el célebre pediatra, le habría horrorizado su falta de habilidades educativas al usar una apuesta para motivar a sus hijas. Pero valía la pena. No por Beth, que adoraba la escuela, sino por Suzy, que por lo general se conformaba con ir tirando y sacar un bien. Y tener durante nueve meses los platos fregados y la ropa doblada sin tener que ponerse a discutir había sido como estar en la gloria.

El piercing podía quitarse.

—Sí —dijo Suzy.

«¿Eh?»

—Mamá es tan guapa que podría ligarse a cualquier hombre que quisiera —continuó Suzy.

«Ah, eso.»

—Hasta a Ricky Martin.

Aquel despropósito hizo reír a las niñas: Maggie la psicóloga y Mister Amor Adolescente. Aunque, en realidad, eso no era del todo cierto: Ricky Martin no sólo atraía a las adolescentes.

—Pero, Suz, acuérdate de cuando el año pasado intentamos que ligara con el encargado del supermercado. ¡Buff! Fue un desastre desde el principio —le recordó Beth—. Yo creía que a mamá le gustaría un hombre más joven. Es muy guay…, para ser una madre. Y Spike era supermajo, ¿verdad? Imagínate.

Suzy hizo una mueca al recordarlo.

—Pero tenía dieciocho años. A mamá casi le da un ataque. Se enfadó muchíiiiiisimo.

Maggie se tapó la boca con la mano para no echarse a reír a carcajadas. Spike (el mocoso) había echado un vistazo a su piercing y la había invitado a ir al autocine. ¡Ja! ¡Ni en sueños!

—Ese chasco vino justo después de que intentáramos emparejarla con el veterinario de Rita —recordó Suzy.

Rita era su gata persa, que tenía diez años y pesaba nueve kilos. Y el veterinario era el mismo que un día se permitió una ingeniosa observación acerca de Rita: «Tu gata no se aleja mucho del plato de comida, ¿no?».

—¿Quién iba a saber que el doctor Cheswick era gay? —Beth pronunció la última palabra susurrando.

«Yo. En cuanto le puse la vista encima.»

—Y luego vino el policía que visitó nuestro colegio.

—Sí. —Suspiró Beth—. Era tan mono, con ese pelo cortado a cepillo…

Sí, era un corte de pelo muy atractivo. Y George era guapo a más no poder. Lástima que sus opiniones políticas sobre las armas y las minorías hubieran chocado con las suyas nada más conocerse.

Suzy se echó a reír al recordar algo.

—¿Y el cura que trajiste a cenar a casa?

—¿Cómo iba a saber yo que era cura? ¡Jo! Iba en chándal —dijo Beth, poniéndose a la defensiva—. Y llevaba unas Nike Air Jordans que te mueres.

«Sí, eso sí que fue un mal trago.»

—Bueno, sólo quedan tres meses para Navidad. No nos deja elección —afirmó Suzy al tiempo que erguía resueltamente sus finos hombros—. Si no puede buscarnos un papá ella sola —señaló con la cabeza hacia el cielo que se veía más allá de la ventana—, quizá Dios nos eche un mano.

Beth se animó al comprender lo que quería decir.

—Claro. ¿Cómo va a enfadarse mamá con Dios?

—Exacto. No podría echarnos la culpa a nosotras. —Suzy parpadeó con aire inocente, mirando a su hermana.

Maggie pensó en entrar en la habitación y echarles un buen rapapolvo, pero no quería romper su burbuja. Tenían mucho tiempo por delante para aprender que los sueños sólo se hacen realidad en las películas.

Antes de volver a la cama de un salto, las niñas echaron un último vistazo a su estrella de los deseos y dejaron escapar una exclamación de sorpresa. Maggie también sofocó un gemido.

Casi parecía que la estrella les estaba guiñando un ojo.

Luego se distrajeron con otra cosa.

—¡Eh, Suz! ¡Mira! Mira ese grupo nuevo de estrellas. ¡Allí! ¿A que parece una ballena?

Suzy sonrió ampliamente a su hermana desde su cama gemela.

—Tiene que ser una buena señal.

Un rato después, cuando Maggie entró en su dormitorio, se sintió atraída inexorablemente por las grandes ventanas de dos hojas y miró hacia el cielo.

Las nuevas estrellas habían desaparecido.

Al día siguiente…

—¡Mamá! ¡Es calvo! —exclamó Suzy en cuanto el doctor Harrison Seabold no pudo oírla, y añadió con una mueca de asco—: Tu primera cita desde hace siglos, ¿y eliges a un calvo?

—¡Susan Marie McBride! ¡Cállate! —reprendió Maggie a su hija, y lanzó una rápida ojeada a la espalda en retirada de su jefe para asegurarse de que no les oía. Acababan de entrar en Orcaland, el parque acuático que formaba parte del enorme complejo de entretenimiento de la bahía de Galveston conocido como «Marine Kingdom». Harry había ido a comprar unos helados para los cuatro—. Además, esto no es una cita —añadió.

—Ahora es de mala educación decir «calvo» —puntualizó Beth con aire de suficiencia—. Está capilarmente discapacitado.

Ese día, Suzy y Beth iban vestidas igual, cosa que por lo general evitaban a toda costa, con unos vaqueros cortos y una camiseta que proclamaba Gemelas al poder. Estaban las dos algo enfurruñadas (su enfado tenía algo que ver con una estrella y la caza de un padre en la que su madre no cooperaba). Aunque no hubiera oído su conversación de la noche anterior, Maggie habría notado que estaban tramando algo. Eran tan transparentes…

Maggie las miró achicando los ojos. Si empezaban en serio otra vez con aquel rollo del padre-marido, iba a tener que retorcerles el pescuezo. En serio.

Además, la noche anterior, mientras estaba despierta en la cama, había decidido que ese año las niñas pasarían las mejores navidades de su vida. En casa. Caso cerrado. A fin de cuentas, para eso no hacía falta un papá. Lo de la nieve y la chimenea no estaba en su mano, pero si de verdad, de verdad querían un árbol auténtico, ¿quién decía que no podía conseguirlo ella sola? «Soy una mujer. Mirad como talo un abeto.»

Suzy le hizo a Beth una mueca arrugando la nariz. Beth alzó al aire su nariz respingona con un soplido de superioridad y le devolvió la mueca.

—Tú crees que todos los hombres tienen que parecerse a Ricky Martin —continuó—. ¿Cuántos pósteres de él tienes en la pared de tu lado de la habitación? ¿Eh? ¿Eh?

—No tantos como tú de Keiko la ballena asesina —replicó Suzy—. Además, a ti también te gusta Ricky Martin.

—No tanto como a ti.

—Es que me parece una tontería que vayamos otra vez al parque acuático. Yo prefiero ir a la montaña rusa. En Orcaland ya hemos visto todo lo que hay que ver. —Este último comentario se lo lanzó a su hermana con cierto retintín. Por lo visto había mejores perspectivas de encontrar un padre en un parque de atracciones que en un parque marino.

Beth era muy susceptible respecto a sus sentimientos hacia Keiko…, respecto a todas las orcas que vivían en cautiverio, a decir verdad. Su hija, que era una niña muy precoz, tenía incluso su propia página web dedicada a jóvenes interesados en la difícil situación de las ballenas. Normalmente, tras recibir semejante crítica de su hermana, se habría lanzado a una encendida perorata adolescente acerca de la tragedia de las orcas. Pero ese día respiró hondo y explicó:

—Lo que Suzy intentaba decir, mamá, al hacer ese comentario sobre que el doctor Seabold es calvo, es que nos ha sorprendido un poco que eligieras a un calvo para ser nuestro papá…, quiero decir para tener una cita.

—No empecéis.

—Vale, admito que el chico del supermercado era un poco joven para ti —prosiguió Beth—, pero ¿con éste no se te ha ido la mano en el otro sentido? Ya sé que siempre estás diciendo que lo que cuenta es lo de dentro, y que el cerebro es más importante que el músculo, pero aun así…

—Esto no es una cita —dijo Maggie… otra vez.

—¿El cerebro? ¡Bah! —dijo Suzy, ignorando a su madre—. ¿Cuánto cerebro puede tener un tío que se hace la raya a la altura de la oreja? Espero que no sople el viento. Y, desde luego, no debería montarse en la montaña rusa —añadió con un exagerado suspiro, como si fuera la mayor tragedia del mundo: un padre que no podía montar en montaña rusa. ¡Qué horror!

Las gemelas contemplaron el peinado de Harry (había que reconocer que era una birria) y se sonrieron la una a la otra. En lugar de esconder su calva reluciente, Harry atraía la atención sobre ella. Cualquiera habría pensado que un hombre con su formación en el campo de la psiquiatría sería más sensato. «¡Hombres! ¡Y luego dicen que las mujeres somos vanidosas!»

Las niñas estaban en realidad muy unidas, pero ese día las altas temperaturas, tan extrañas a principios de octubre, y la frustración que les producía su fracaso como casamenteras habían ofuscado sus ánimos. Y, a decir verdad, habían estado en aquel parque acuático por lo menos una docena de veces en el último año.

—¿Tú has visto las bermudas que lleva? —Por lo visto, Suzy seguía dándole vueltas a la idea de que Harry pudiera llegar a ser su papá—. Son de cuadros —dijo «cuadros» como si fuera algo asqueroso, como los deberes. A Beth le gustaba el colegio; Suzy sólo lo soportaba.

—Oye, ¿quién te ha nombrado a ti experta en moda? Yo tampoco voy a la última —dijo Maggie, señalando su falda vaquera, que le llegaba hasta la rodilla, y su jersey azul pálido de Liz Clairbone, corto y de manga veraniega.

Pero las niñas no le estaban haciendo caso. Suzy seguía arremetiendo contra las bermudas de Harry.

—Y, peor todavía, son de cuadros de colores. Para que luego digan de los que se quedaron colgados en los sesenta. Yo no pienso tener un padre que se vista de cuadros, y punto. Eso por no hablar de las sandalias con calcetines blancos. ¡Qué asco!

—A ti te da asco todo lo que no sea de The Gap.

—Y a ti te da asco todo lo que no huela a pez muerto.

—Las ballenas no son peces. Son mamíferos.

—Peces, mamíferos, qué más da. Apestan.

—¡Buff! —bufó Beth.

—¡Buff! —bufó Suzy.

—¿Por qué no pasas de mí?

—¿Por qué no intentas obligarme?

El espíritu de camaradería que compartían había quedado hecho añicos. Unos segundos más y estarían rodando por el suelo como un par de cachorros. Hora de otra intervención maternal.

—¡Vosotras dos! ¡Ya basta! —les reprendió Maggie. Se sentó en un banco y las hizo sentarse cada una a un lado—. Portaos bien. Harry es un hombre muy agradable. Le he invitado a venir porque le preocupa que la clínica cierre ahora que va a cambiar de dueños. Necesita distraerse, no que dos niñas sabiondas se rían de su aspecto.

—Mamá, no tendremos que mudarnos si cierra la clínica, ¿verdad? —preguntó Beth con ansiedad. Era muy propio de su hija centrarse en el punto menos pertinente de su discurso. Obviamente le preocupaba más su posible separación de Gon­so, la orca estrella del parque acuático, que la posibilidad de que su madre se quedara sin trabajo. Quizá su obsesión por las orcas hubiera ido demasiado lejos. Pero ésa era una cuestión que Maggie tendría que abordar más adelante.

—A mí no me importaría mudarme a Houston. En Rodeoland tienen una montaña rusa increíble. Aunque no mola tanto como El Vómito.

«¿El Vómito?», repitió Maggie para sus adentros, y luego recordó que así llamaban a La Cometa, la montaña rusa del parque de atracciones asociado al Marine Kingdom. A Suzy le volvían locas las montañas rusas. A Beth, ni fu ni fa. Maggie, por su parte, procuraba evitarlas. Pero eso no venía a cuento. Fijó su atención en el presente.

—No vamos a mudarnos, pase lo que pase con la clínica —les aseguró—. Pero, volviendo a lo que os estaba diciendo, os he dicho muchas veces que no está bien hacer comentarios sobre el aspecto de las personas. ¿Recordáis cómo os sentisteis cuando Joey Pisano os llamó «boca de alambre» el primer día que fuisteis al colegio con los brackets? ¿Y eso de «sonrisas de hojalata»?

Las niñas asintieron con la cabeza y se sonrojaron de vergüenza por haber cometido el mismo error.

—Mirad, tesoros, nunca hay que juzgar a un hombre o a una mujer por lo que se ve a simple vista. Si no, os equivocaréis siempre, podéis creerme.

—Pero mamá… —dijeron las dos a la vez.

—Y una última cosa. Anoche os oí. Olvidaos de milagros. Los únicos milagros que hay en esta vida son los que crea uno mismo.

Suzy y Beth bajaron la cabeza; Maggie no sabía si por remordimiento o por desilusión. Y, a pesar de que sus palabras estaban cargadas de lógica, le supo mal haber sido tan dura con ellas.

—Hey, ratoncito —le dijo en broma a Beth, tirándole de las trenzas—, ¿no tenemos una cita con unas orcas? —La sonrisa que Beth pegó a sus labios era a todas luces forzada—. Y tú, mi princesita marchosa. Quizá podamos montarnos en la montaña rusa antes de irnos a casa.

Suzy también compuso una sonrisa.

Maggie sabía que el asunto no estaba zanjado…, ni mucho menos. Estaba claro que tener un padre era mucho más importante para ellas que las ballenas o las atracciones de feria.

A veces Maggie deseaba que los sueños de veras pudieran hacerse realidad.

Estaban sentadas en las gradas, en la curva interior del ocea­nográfico que comprendía el parque marino. El oceanográfico era una enorme ensenada de más de dos hectáreas de extensión que daba a la bahía de Galveston. En la boca de la ensenada, una barrera de redes que se extendía desde el fondo hasta tres metros por encima de la superficie impedía escapar a las orcas de su cautiverio. Dado que aquel brazo de mar se hallaba fuera del hábitat natural de las orcas, había tubos de refrigeración especiales que corrían por el fondo, y se añadía sal al agua.

Estaban viendo a Gonso hacer sus ejercicios, acompañado por Mork y Mindy, dos crías de orca. Las crías, que eran del tamaño de furgonetas, ejecutaban sólo trucos rudimentarios, como volteretas hacia atrás o saltos en el aire en busca de comida, pero Gonso era todo un profesional… y, para colmo, un exhibicionista. Atravesaba aros de un salto. Saludaba a la multitud agitando las aletas de su cola, llamadas «nadaderas», y levantando grandes cantidades de agua. Se subía a una plataforma. Chillaba y borboteaba y en general parecía pasárselo en grande. Quizá fuera uno de los depredadores más voraces de los mares, pero allí, en Orcaland, era como un gatito: dejaba que los adiestradores se subieran sobre su lomo o le metieran la cabeza dentro de la boca, donde tres docenas de dientes letales relucían, muy blancos, a la luz del sol. Maggie comprendía por qué Beth había llegado a tomarle tanto cariño. A Gonso, y a las orcas en general.

Justo entonces oyó que Beth dejaba escapar un gemido de sorpresa.

—¿Qué pasa? —preguntó, adoptando al instante el papel de madre.

Beth seguía boquiabierta y señalando hacia el mar, más allá del oceanográfico. «¡Dios bendito!» Había una enorme orca nadando justo al otro lado de las redes. Daba vueltas y más vueltas, expelía chorros de espuma pulverizada, se zambullía de cabeza y emergía levantando columnas de agua.

Era extraño que las orcas en estado natural se acercaran al oceanográfico porque no habitaban en las aguas cálidas de la costa de Texas, pero aquélla debía de haberse sentido atraída por las ballenas en cautividad y la perspectiva de alimento. ¿O estaría en apuros aquel magnífico animal?

Cuando se puso a saltar, levantándose del agua casi perpendicularmente, Gonso hizo lo mismo. Se imitaban el uno al otro. Sus chasquidos, gritos y silbidos resonaban por toda la ensenada como extraños cornos acuáticos. Parecían estar comunicándose frenéticamente la una con la otra.

Pero eso no era lo más notable.

Había un hombre montado a lomos de la ballena asesina. Y parecía aferrarse a su aleta dorsal como a un salvavidas.

«Pero espera.» ¿Estaba dirigiendo al mamífero como si la aleta fuera el timón de un barco? ¿Sería aquello una nueva atracción del parque, puesta en escena con una entrada espectacular? «¡Uuau!»

¿O («¡Oh, dios mío!») se trataba de una orca salvaje enfurecida?

A Maggie se le erizó el vello de todo el cuerpo y su intuición se puso en marcha a lo bestia. Sabía (sencillamente lo sabía) que aquel hombre estaba en apuros.

°

—¡Tranquila! —le gritaba Jorund a Thora.

«Agárrate», respondió la ballena mientras surcaba el océano como una roca lanzada por una catapulta, expulsando por el orificio cenital espuma suficiente para anegar un pueblecito.

Como la velocidad excesiva del animal creaba una fuerte corriente de aire, la mayor parte de aquella sustancia fue a parar sobre su enojado pasajero. Jorund se apartó el pelo de la cara y escupió varias veces con repugnancia. La espuma de ballena tenía un sabor tan asqueroso como el del bacalao podrido.

Jorund estaba tan enfadado que apenas podía pensar o respirar.

Y, sí, tenía que admitirlo: estaba tan asustado que muy bien hubiera podido mojar las calzas. Si llevara calzas, claro. Y si no estuvieran ya mojadas.

Al parecer no se había ahogado, a fin de cuentas. Pero en cierto modo desearía haberlo hecho.

—En cuanto paremos, te voy a convertir en el mayor montón de grasa de ballena que se haya visto —le gritó a Thora—. Voy a hacer contigo sopa suficiente para alimentar a toda una nación. Voy a hacer hachuelas con tus dientes. Voy a hacerme un collar con tus feos ojos de cerdo. Voy a…

Jorund no acabó la frase, porque Thora volvió a zambullirse en el océano, lo cual exigió que su pasajero contuviera el aliento.

Cuando volvió a emerger, Jorund prosiguió con su cantinela.

—Y, además, la próxima vez que decidas desayunarte un tiburón, ¿te importaría comer con la boca cerrada? Podrías cortar la leche con el aliento.

«Cierra el pico, vikingo. Ya casi hemos llegado», dijo Thora con sus chillidos y borboteos de costumbre.

Jorund todavía no podía creer que entendiera el habla de la ballena. Pero eso no venía a cuento.

—¿Ya casi hemos llegado? —preguntó. Entonces se fijó en la enorme red que se alzaba muy por encima de las olas, delante de ellos.

No lo haría, se dijo.

Thora aumentó su velocidad hasta que el aire comenzó a silbar en los oídos de Jorund y el pelo a volarle a la espalda.

«Lo va a hacer.»

Antes de que le diera tiempo a parpadear o a elevar una plegaria a los dioses, Thora se hundió en el océano y emergió con un salto verdaderamente impresionante. Al alcanzar el punto más alto de su ascenso, justo antes de doblar su corpachón describiendo un arco para volver a zambullirse en el agua, se sacudió, haciendo que Jorund soltara su aleta. Con un grito de terror, Jorund voló por el aire, pasó por encima de la red y cayó al agua más allá de la barrera.

«Ahora depende de ti, vikingo.»

—¿Qué? —dijo Jorund borboteando, todavía debajo del agua.

«Tu destino.»

«¡Aaarr! ¡Adivinanzas otra vez! ¡Adivinanzas de ballena!»

Por fin salió a la superficie con la espada golpeándole el muslo y se dio la vuelta. No había ni rastro de Thora.

Entonces se volvió hacia la orilla, que se veía a lo lejos, y contempló un espectáculo asombroso. Había allí gente (mucha gente) y varias ballenas. El aire arrastraba una música melodiosa que sonaba algo así como a «Uumpapa, uumpapa, uumpapa», y extraños objetos de vivos colores giraban en círculos y sobre enormes aros de metal suspendidos en el aire.

Jorund exhaló un profundo suspiro y comenzó a nadar hacia la orilla. Sólo cabía una explicación: debía de haberse muerto, a fin de cuentas. Aunque se sentía en paz, la tristeza por no haber cumplido la misión que le encomendara su padre se apoderó de él. «En fin, lo que tenga que ser, será.»

Aquello debía de ser Asgard, el olimpo de los vikingos.

Con una risa remolona, expresó en silencio el deseo de que sus valquirias particulares fueran pechugonas. Después de lo que había pasado aquellos últimos meses y de haber estado casado con una mujer plana como una tabla, se merecía una diosa bien dotada. Quizá su hermano Rolf estuviera esperándolo en la orilla para darle la bienvenida. Sí; si su hermano había pasado, en efecto, al más allá antes que él, se aseguraría de que hubiera mozas de grandes pechos en abundancia para calentar su lecho de pieles.

Llevaba un rato nadando rítmicamente hacia la orilla, brazada a brazada, con la cara en el agua, cuando de pronto levantó la vista, echó la cabeza hacia atrás y miró de nuevo.

—¡Por el sagrado Thor!

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