Encadenados

ENCADENADOS , Elizabeth Elliottt

 

Extracto primer capítulo

El poco común sol inglés brillaba sobre ella de tal manera, que cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás para dejar que calentara su rostro. El aroma de las hierbas y de las flores de los manzanos perfumaba el aire. No todo era malo en Inglaterra, decidió. Quizás pudiera casarse con un inglés algún día, un hombre como el que había entrado a caballo en Lonsdale esa mañana.

Abrió los ojos y volvió al trabajo con energías renovadas. Ella no era una doncella inglesa consentida que pudiera andar holgazaneando por el jardín, aunque su cabeza estuviera llena de fantasiosas ideas. Desde que había visto al barón de Montague entrando a caballo en la fortaleza, se había pasado una buena parte del día intentando olvidarlo.

Su curiosidad la había metido en problemas otra vez. Sus pensamientos no la acosarían si esa mañana se hubiera ocupado de sus tareas como debería haber hecho. Pero había oído hablar tanto del barón de Montague que deseaba verlo aunque fuera sólo un momento. Por todo lo que había oído explicar a su tío sobre el ilustre visitante, Claudia esperaba encontrarse con un hombre de mediana edad, gordo y lleno de joyas. Sin embargo, el barón de Montague no debía de tener más de treinta años. La armadura seguramente lo hacía parecer más imponente de lo que sería sin ella. Pero, cuando se quitó el yelmo, Claudia se dio cuenta de que la armadura no era más que el reflejo de lo que se escondía bajo ella. Incluso desde la distancia a la que se encontraba, sabía que era el hombre más apuesto que había visto en su vida.

Su pelo castaño oscuro parecía salpicado de oro a la luz del sol; sus ojos también eran oscuros y rebosaban inteligencia mientras recorrían la multitud y, su rostro, compuesto por rasgos marcados y ángulos perfectos, parecía esculpido por un artista. Pensó que Dios debería sentirse orgulloso de su obra cuando mirara a Guy de Montague. Incluso se engañó a sí misma pensando que él le había devuelto su atrevida mirada antes de darse cuenta de que podía estar mirando hacia cualquier cosa o persona que se encontrara en las inmediaciones. Había más de una veintena de personas delante de ella en las escaleras de la capilla, agitando los brazos y sus brillantes pañuelos. ¿Por qué tendría que fijarse en una mujer insignificante que permanecía de pie entre las sombras de una de las entradas a la capilla?

Ese razonamiento no afectó a la poderosa fuerza que la había arrastrado hacia delante, siguiendo un impulso irracional de hacer cualquier cosa que estuviera en sus manos para acercarse a él. El sonido de la verja al cerrarse de un golpe la había devuelto a la realidad, sólo unos segundos antes de que se hubiera puesto en ridículo. Sí, habría quedado como una verdadera tonta si hubiera salido corriendo dando saltos entre la muchedumbre para ir tras él, al igual que el grupo de muchachas que lo habían seguido sin dejar de soltar risitas. Unas pocas de las más atrevidas hicieron todo tipo de malabarismos para atraer su atención. Les había prestado tan poca atención como la que había dirigido hacia Claudia.

Sono belli questi giardini.

Claudia, que se hallaba perdida en sus pensamientos, se sobresaltó ante el sonido de aquella profunda voz. Se puso de pie de un salto y giró sobre sí misma en busca de su propietario, mientras se preguntaba quién podía hablar un italiano tan fluido dentro del castillo de Lonsdale.

Encontró la respuesta bajo uno de los manzanos. El barón de Montague estaba allí de pie, con un brazo apoyado sobre una rama baja. La boca de Claudia se abrió por un momento y luego volvió a cerrarse. Había hecho un comentario sobre la belleza de los jardines. No podía pensar en nada que pudiera decir, nada que no fuera admitir que su armadura no hacía justicia a su musculosa complexión. Su pose despreocupada mostraba a la perfección la altura y la fuerza de su cuerpo.

Claudia apretó los labios.

Él se alejó del manzano y dio varios pasos hacia ella. Sus ropas azul oscuro resaltaban las poderosas líneas de su cuerpo al igual que su riqueza. Llevaba botas altas y pantalones de piel teñidos del mismo tono que su túnica lujosamente guateada. Había perlas cosidas en cada cruce del guateado; un diseño que hacía que la tela pareciera un cielo nocturno salpicado de estrellas. Zafiros del mismo color azul oscuro que su ropa relucían a lo largo de la empuñadura y la funda de su daga y su espada.

Sólo sus ojos eran de un tono azul diferente. Eran del color de un océano cálido del sur.

La banda de piel de leopardo que llevaba sobre su hombro representaba un adecuado emblema de su poder. Al igual que el enorme felino, había un aire exótico en él que sólo insinuaba ligeramente el peligroso animal que yacía bajo su elegante apariencia. Incluso los leonados mechones de oro en su pelo dotaban a su aspecto de una engañosa calidez.

—Muy hermoso —continuó, todavía hablando en italiano. Algo en sus ojos hacía pensar que hablaba de ella, y no del paisaje que los rodeaba. Su mirada se paseó por su cuerpo, y Claudia tuvo la impresión de que nada había escapado a esa rápida inspección. Manchas de hierba y tierra estropeaban su falda y, en el mejor de los casos, su vestido verde parecía vulgar si se comparaba con sus elegantes ropas. Se sintió como una niña a la que pillan jugando en un charco de barro.

Respondió en su propia lengua, encantada de tener la oportunidad de usarla en voz alta.

—¿Dónde aprendisteis italiano, barón?

Él sonrió, y Claudia supo que nunca había visto una sonrisa tan bella. Hizo que una oleada de calor recorriera el cuerpo femenino. Sus palabras tenían un mínimo rastro de acento normando, y su voz era grave y profunda.

—Visito vuestro país a menudo, pequeña. Aprendí el idioma hace tiempo. —Echó un vistazo alrededor evaluando el lugar—. ¿Qué hacéis aquí sola? El banquete empezará pronto, ¿no os uniréis a los demás?

¿Cómo sabía que era italiana? Claudia supuso que se debía a su apariencia latina, herencia de su padre, y que su tío lamentaba tan a menudo. Dirigió la mirada hacia la capilla. La misa no podía haber acabado tan pronto, aunque la posición del sol le indicó que habían pasado casi dos horas desde la marcha de fray Thomas.

—El banquete no empezará sin vos, milord. Y yo diría que en este momento deberíais estar acompañado del barón de Lonsdale y de su séquito. Como podéis ver, yo podría haceros las mismas preguntas a vos.

—Es descortés responder a un hombre con sus propias preguntas. ¿Os impresionaría con mis elegantes modales si os respondiera?

Claudia se oyó a sí misma soltar una risa en voz baja. Ella nunca reía de ese modo. ¿Qué le estaba pasando? Se obligó a sí misma a adoptar una expresión propia de una dama.

—Podríais intentarlo.

Él pareció divertido por su intento de mantener la compostura. Su sonrisa se amplió cuando la joven elevó el mentón en un gesto altivo.

—Le dije a vuestro tío que deseaba estar unos minutos a solas para reflexionar sobre el edificante mensaje del sermón del obispo Germaine. Pareció impresionado por mi inclinación hacia la meditación religiosa.

Claudia sintió que se quedaba sin aliento.

—¿Sabéis quién soy?

—Sí, milady. Sé que sois la sobrina del barón de Lonsdale. —Hizo un ademán hacia el banco de mármol que había bajo la pérgola de rosas—. ¿Os importaría sentaros conmigo?

Inconscientemente, Claudia dio un paso hacia atrás.

—Te... tengo trabajo que hacer.

—El barón de Lonsdale dio permiso a todos los habitantes del castillo para que abandonaran sus tareas con motivo del banquete. La comida no se servirá hasta que yo llegue, pero apostaría a que los festejos ya están en marcha. Según las palabras de vuestro propio tío, estáis liberada de vuestras obligaciones hasta mañana.

La joven inclinó la cabeza e intentó tomarse el máximo tiempo posible para quitarse los guantes mientras su mente buscaba otra excusa.

—No me gustaría interferir en vuestras meditaciones, barón. Debo irme.

—Habrá personas a las que les parecerá extraño veros abandonar los jardines justo en este momento.

—¿A qué os referís?

Él se encogió de hombros; un pequeño gesto de indiferencia que hizo que Claudia fuera consciente de la amplitud de su espalda.

—Nuestro encuentro podría parecer una cita concertada previamente entre nosotros.

—Entonces debo irme ya, antes de que alguien piense una cosa así.

—Empezó a caminar alejándose—. Nadie pensará tal cosa si os dejo con vuestras meditaciones poco después de que hayáis entrado en los jardines.

—Llevo aquí más tiempo del que pensáis, milady.

Sus palabras la hicieron pararse en seco. Retorció los guantes entre sus manos y lanzó una mirada preocupada hacia la verja de entrada.

—Mi tío se pondrá furioso si descubre que he permanecido aquí con su invitado sin que nadie nos acompañe. Es indecoroso.

—Uno de mis hombres vigila la entrada para asegurarse de que nadie perturbe mi meditación. —Empezó a caminar hacia ella—. Venid a sentaros conmigo, milady. Os prometo que nadie sabrá de vuestra presencia.

Claudia empezó a retroceder alejándose de él hasta que Guy se detuvo y extendió su mano hacia ella.

—No estoy predispuesto para pensamientos religiosos y me gustaría disfrutar de vuestra compañía. Dedicadme unos minutos de vuestro tiempo. Luego os dejaré en paz sin que nadie se entere de nuestro encuentro casual.

Claudia se mordió el labio inferior y se quedó mirando su mano. Si el barón tenía a un hombre apostado en la entrada, significaba que su tío también tenía a otro. Estaba segura de que su tutor vigilaba cada movimiento del barón dentro de la fortaleza. Si salía del jardín antes que el barón, no le cabía la menor duda de que su tío sería informado de ello.

No tomó la mano que le ofrecía, pero sí se acercó al banco y se sentó. Nada bueno podría salir de todo aquello y, sin embargo, no era el miedo lo que hacía que su corazón latiera más deprisa, sino el hombre que caminaba hacia ella. Se sentó a su lado sin pedir permiso con movimientos medidos y pausados.

—Me sorprendió no veros en la iglesia. Decidme que no sois una pagana o que no os han excomulgado por alguna espantosa razón.

—Ya asistí al servicio religioso esta mañana —le informó con tono remilgado. Luego, le preguntó frunciendo el ceño—: ¿Me buscasteis en la misa?

—Os busqué en todas partes. —Lo dijo con tanta naturalidad que estuvo segura de que se burlaba de ella. Guy estudió su rostro por un momento y pareció leer sus pensamientos—. ¿No me creéis?

La exagerada mirada de fingido enojo que le dirigió, hizo que Claudia sonriera, consciente de que sonreía al rostro del peligro; un rostro que podría encantar serpientes si se lo propusiera.

—No podéis buscar a alguien que no conocéis, barón.

—Sé más sobre vos de lo que creéis. Vuestro padre era italiano, y vuestra madre era la hermana del barón de Lonsdale. Hace cinco años, después de quedaros huérfanos, vos y vuestros dos hermanos vinisteis a Inglaterra. Ellos se fueron al poco tiempo, pero vos permanecisteis en Lonsdale ganándoos el sustento como costurera. Eso es todo lo que sé sobre vos por el momento, aunque me gustaría saber más. Mucho más.

Su mirada se paseó por su rostro y se detuvo en su boca. Probablemente porque la mantenía muy abierta. Al darse cuenta, Claudia la cerró de golpe.

—¿Cómo sabéis tanto sobre mí?

—Es mi propio interés lo que me mueve a averiguar todo lo que pueda sobre el barón de Lonsdale y su familia. Vine aquí para firmar un contrato con vuestro tío, y yo nunca llevo a cabo negociaciones sin saber todo lo posible sobre la persona con la que trato. —Apoyó el brazo en el borde del banco a su espalda y estiró las piernas, cruzándolas a la altura de los tobillos. Tenía todo el aire de un noble que disfrutaba de su tiempo libre—. ¿Qué os gustaría saber sobre mí?

—¿Qué me... ? —Tomó una profunda inspiración para relajarse—. No tengo necesidad de saber nada sobre vos, barón. Quizá deberíais mantener esta conversación con mi tío.

—Quizá, pero ahora estoy con vos. —Su sonrisa sagaz hizo que su pulso se acelerara—. ¿Acaso no tenéis la más mínima curiosidad? ¿No hay nada que deseéis saber sobre mí? Contestaré cualquier pregunta que me planteéis.

—¿Por qué pagar tanto por un castillo que vale tan poco? —La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera pensárselo dos veces. No debería hacerle ninguna pregunta, pero ya que lo había hecho, quiso satisfacer su curiosidad por completo—. Se dice que mi tío os pidió una fortuna en oro y, aun así, aceptasteis el precio sin dudarlo. ¿Por qué estuvisteis de acuerdo con un trato así?

Él apartó la mirada de ella y estudió sus botas. Su expresión indicaba que su pregunta no le había gustado mucho pero, fiel a su palabra, respondió.

—Halford perteneció a Montague hace mucho tiempo. Mi padre se lo cedió a vuestro abuelo cuando yo todavía era un niño. Mi madre creció allí, y deseo que la propiedad vuelva a estar de nuevo bajo dominio de los Montague.

—¿Sentís nostalgia por el lugar donde vuestra madre pasó su infancia? —La idea de que aquel hombre tan poderoso albergara esos sentimientos parecía increíble, sin embargo, no podía pensar en ninguna otra razón que le hiciese desear un castillo tan insignificante—. ¿Deseáis honrar la memoria de vuestra madre reuniendo su patrimonio? Claudia creyó ver un rastro de sombría diversión en sus ojos, pero esa impresión se desvaneció al instante.

—Deseo evitar que mis primos mueran de hambre. Todavía residen en Halford y nunca abandonarán su tierra. Vuestro tío reclama como impuesto y diezmo, no sólo todo lo que la propiedad puede producir, sino también los animales y sacos de grano que les enviamos para ayudarlos. Mi gente envejece cómodamente en Montague, mientras que la familia de mi madre muere de hambre cada invierno. Vuestro tío sabía que tarde o temprano yo querría solucionar la situación. Incluso envió un mensaje a Montague diciendo que estaba deseoso de desprenderse

de Halford Hall. En cuanto al precio, yo esperaba que pidiera el doble de lo que pidió. Y con tal de ver este asunto zanjado, lo habría pagado.

Claudia se asombró de que respondiera a su pregunta, pero sobre todo, de que le diera tanta información.

—No deberíais haberme contado vuestra verdadera intención, barón. Mi tío estaría encantado de saberlo. No os conviene sinceraros tanto con nadie en Lonsdale.

—Tengo la impresión de que puedo confiar en vos, milady. —Lo dijo mostrándose tan seguro que la joven sintió una extraña oleada de orgullo—. También sé que vos y vuestro tío no estáis muy unidos. ¿Cuál es la causa de que le desagradéis tanto?

La oleada de orgullo desapareció de súbito, y el nerviosismo hizo que Claudia empezara a frotar algunas manchas de suciedad de su vestido.

—Mi abuelo concertó el matrimonio de mi madre con un hombre que no era del agrado de mi tío. Afirma que soy el fiel reflejo de mi padre tanto en el aspecto como en el temperamento. —Se concentró en una mancha de hierba, incapaz de mirarle a los ojos, pero deseosa de corresponder

a su sinceridad—. Yo no hablo vuestro idioma tan bien como debería después de vivir cinco años en este país. Mi tío afirma que se siente ofendido cuando hablo porque es como si oyera a mi padre. También dice que se lo recuerdo cada vez que entro en una habitación. «Desagrado» es una palabra muy suave para describir lo que mi tío siente por mí.

Guy se mantuvo en silencio durante un largo instante. Seguramente había hecho que se sintiera violento compartiendo con él sus problemas familiares.

—Vuestra vida aquí debe de ser muy difícil, lady Claudia.

Su voz era tan suave, tan llena de ternura, que sintió ganas de llorar. En lugar de eso, forzó una sonrisa y miró hacia los jardines.

—No es tan mala. Lonsdale es una gran fortaleza y puedo evitar la compañía de mi tío la mayor parte del tiempo. De hecho, hay días en los que creo que él olvida mi existencia.

—Pero debéis verlo cada día a la hora de la comida.

—Oh, no. A menudo, como en la cocina o en mi alcoba. —Su sonrisa se debilitó. Le estaba dando una impresión poco halagüeña de sí misma, y ella no deseaba su compasión—. Prefiero estar sola. Hay tanta gente en este castillo que me siento afortunada de tener una estancia que puedo considerar como mía. Además, me gusta trabajar en este jardín. Sólo el sacerdote y la familia más allegada pueden disfrutar de este refugio sin necesidad de un permiso. —Señaló la muralla que se alzaba a lo lejos—. Ayudé a plantar aquellas vides hace tres años. Pronto cubrirán toda la muralla. También planto y cuido de las parcelas de hierbas aromáticas cada año. El trabajo que hago aquí es muy gratificante.

—¿Pero preferiríais vivir en algún otro lugar?

Esa pregunta hizo que pensara en su hermano Dante, en el precioso castillo que había mencionado en su última misiva. Si a su hermano le salían bien las cosas, algún día tendría un jardín propio en un hogar donde podría volver a ser feliz.

—Sí, me gustaría vivir en otro lugar.

Guy la sorprendió cuando colocó las puntas de sus dedos bajo su barbilla e hizo que volviera su rostro hacia él.

—¿Tenéis un pretendiente, lady Claudia? ¿Algún hombre que anhele convertiros en su esposa?

Ella rió en voz alta.

—No, barón. Dudo que ningún hombre en Inglaterra anhele tener una esposa como yo. La mayoría no puede entender más que una palabra de cada tres que pronuncio, y supero la edad de la mayoría de las doncellas casaderas. —Negó con la cabeza y mantuvo las manos con las palmas hacia arriba mostrándolas vacías—. La mayoría de los hombres desean una heredera rica, pero lo que veis aquí es toda mi dote. Sólo un loco desearía una esposa así.

La expresión de Guy se volvió más intensa.

—Conozco a alguien así.

Claudia no supo cómo interpretar ese extraño comentario, ni qué hacer cuando él cambió de postura y se acercó a ella.

—¿Qué hacéis, barón?

—Me gustaría que me llamarais por mi nombre de pila.

Él se inclinó, acercándose aún más; sus ojos eran tan profundos y misteriosos como un mar insondable. El pánico se adueñó al momento de Claudia y se alejó de él hasta que se encontró sentada en el borde del banco. Su corazón latía tan fuerte que tuvo que apoyar la palma de la mano sobre su pecho para contenerlo.

—¡No deberíais mirarme de esa forma, barón!

—Guy. —Él apresó su mano bajo la suya y se la llevó al corazón—. Mi nombre es Guy.

En el momento en que él tocó su mano, Claudia se olvidó de todo. Se sintió mareada y desorientada, incapaz de pensar en nada coherente. Guy continuó acercándose, pero la joven no se dio cuenta de sus intenciones hasta que sus labios tocaron los suyos. En total quietud, la observó

con unos ojos que, de alguna manera, parecían haberse convertido en fuego azul.

Claudia no supo cómo reaccionar. Cerró los ojos, pero no ayudó. La sensación de mareo y el zumbido en sus oídos se hicieron más fuertes. Parecía no poder mantener el equilibrio y, sin embargo, tampoco podía abrir los ojos. Si el fuerte brazo de Guy no la hubiera rodeado, se habría

caído al suelo. De pronto se vio envuelta por su calidez. Sus labios empezaron a acariciar y a tentar suavemente los suyos, sin abandonar nunca el contacto, apretándose más y más hasta que su boca se apoderó de la suya por completo. Se descubrió a sí misma entregándose totalmente a su beso, a los duros y masculinos labios que, de alguna forma, también le resultaban suaves. Ningún hombre la había besado nunca, aunque a veces se había preguntado qué se sentiría. Ahora ya lo sabía.

Era como estar en las nubes. Deseaba que no se acabara nunca. De hecho, parecía que así sería. Deseaba...

¡Estaba sentada sobre su regazo!

Claudia se puso tensa e intentó alejarse. Claro que primero tendría que retirar sus propios brazos de alrededor de su cuello. ¿Cómo habían acabado así? Y sobre todo, ¿cómo había conseguido besarla? Apoyó las manos en sus hombros y se inclinó hacia atrás todo lo que los brazos del barón le permitieron.

—¡Milord! ¡Controlaos!

—Guy —murmuró, dándole un último y largo beso en los labios. Levantó la cabeza y la miró a los ojos, como si buscara algo. Finalmente sonrió—. Deberíais acostumbraros a llamarme Guy.

La joven intentó levantarse de su regazo, pero él la sujetó con más fuerza.

—Tranquilizaos, Claudia.

—Soltadme, barón.

Él negó con la cabeza.

—Nunca.

La joven intentó controlarse y no dejarse llevar por el pánico. El barón parecía enloquecido por el deseo. Ése era sin duda el origen de la extraña luz en sus ojos. Antes de besarse, esa luz la había fascinado. Ahora la asustaba. Claudia levantó la mano y lo abofeteó. No muy fuerte, pero sí lo suficiente para hacerle volver a la realidad. Guy parpadeó muy despacio. Cuando volvió a abrir los ojos, ya no ardían de pasión. Parecía confundido.

—¿Por qué habéis hecho eso?

—¿Que por qué... ? —Claudia apretó su palma contra su propia mejilla y soltó un trémulo suspiro—. Pensé que así podría haceros entrar en razón, barón. No tenéis derecho a besarme.

Guy levantó una mano hacia su pelo, y capturo un mechón entre sus dedos.

—Sospechaba acertadamente que deseabais besarme. No había razón para retrasar el momento.

Claudia le arrebató el rizo cautivo de la mano y lo sujetó detrás de su oreja con un movimiento brusco. Él la miró como si le acabara de abofetear de nuevo.

—No sé por qué os he permitido besarme, pero no volverá a suceder. Lo que hemos hecho... Lo que estáis haciendo ahora es... es pecaminoso.

—Quizá. —No pareció preocupado por esa posibilidad—. Tenéis razón sobre Halford Hall. El trato parece inclinarse a favor de vuestro tío.

—¿Qué queréis decir?

El barón parecía incapaz de apartar su mirada de la boca femenina.

—Debo discutir el asunto con el barón de Lonsdale antes de poder deciros algo más. —Sacudió la cabeza como para aclararse las ideas—. De hecho, ya he hablado demasiado.

Una sensación de terror la invadió.

—Mi tío se pondrá furioso si os negáis a continuar adelante con el contrato de Halford Hall. Estáis en sus dominios, barón. Bajo su poder. Si pensáis rechazar su oferta, sería más inteligente por vuestra parte hacerlo desde la seguridad de Montague. Buscad cualquier pretexto para abandonar la fortaleza, pero no le digáis a nadie ni una sola palabra de lo que me habéis dicho a mí mientras os encontréis entre estas murallas.

—No temáis, milady. El barón de Lonsdale espera llegar a un acuerdo que lo convertirá en un hombre rico, y no se verá decepcionado a ese respecto. —Se levantó y dejó a Claudia en el suelo. Mantuvo las manos sobre sus caderas y, a pesar de que el gesto no era nada íntimo, su firme presión hizo que se estremeciera—. ¿Ha sido vuestro primer beso?

Él sabía demasiado bien cómo tratar a una mujer; podría incluso seducir a una santa. Lo más probable era que estuviera emparentado con el diablo. No tenía intención de responder a aquella pregunta, y sin embargo lo hizo.

—Sí.

Satisfecho, Guy alzó su mano y le dio otro perturbador beso en la muñeca.

—Bien. Esperaba ser el primero. —Miró hacia el camino que llevaba hasta el patio, y su boca se tensó—. Debo irme, Claudia. Dudo mucho que tengamos otra oportunidad de volver a hablar a solas antes de mañana.

Sus labios rozaron los de la joven en un beso tan breve que acabó casi antes de que ella se diera cuenta de que había empezado.

—No beséis a nadie más hasta entonces. Quiero que guardéis vuestros besos para mí.

Claudia supuso que debería haber protestado ante una orden tan grosera, o al menos, informarle de que no le permitiría besarla nunca más. Pero cuando intentó hablar, él ya se había dado la vuelta y se alejaba con paso firme.

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