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ENMENDAR A UN GRANUJA, Suzanne Enoch

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Capítulo uno

 

Lucien Balfour, sexto conde de Kilcairn Abbey, se apoyó contra uno de los pilares de mármol de la entrada principal de Balfour House y observó los nubarrones de tormenta concentrarse por encima de su cabeza.

«Me hormiguean los pulgares —murmuró, dando una calada a su cigarro—. Algo malvado se acerca por estos lares.»*

Aunque el cielo al oeste de Londres era temiblemente sombrío, aquella tormenta en particular no era lo único que preocupaba a Lucien Balfour. Una tempestad mayor se le aproximaba a pasos agigantados; estaba a punto de acoger en su casa a la sierva de Satanás y a su madre.

La puerta principal se abrió a su espalda. Lucien echó un vistazo al cielo al tiempo que un gran trueno retumbaba sobre los tejados de Mayfair.

—¿Qué sucede, Wimbole?

—Me pidió que le avisara a las tres en punto, milord —respondió el mayordomo con su habitual tono impasible—. El reloj acaba de dar la hora.

Lucien dio otra calada a su puro, dejando que el humo saliera de su boca formando remolinos y que la refrescante brisa se lo llevara consigo.

—Cerciórese de que las ventanas del estudio están cerradas, y procure una copa de whisky al señor Mullins. Imagino que lo necesitará en breve.

—Muy bien, milord. —La puerta se cerró de nuevo.

La lluvia comenzó a caer con fuerza sobre los llanos escalones de granito que tenía delante justo cuando un carruaje irrumpió estrepitosamente en Grosvenor Street y giró en dirección a la mansión. Lucien dio una última calada a su cigarro, lo apagó contra la columna y lo arrojó con un juramento. Los demonios tenían una puntualidad espléndida.

La puerta se abrió nuevamente y Wimbole, flanqueado por media docena de lacayos de librea, apareció a su lado en el preciso instante en el que un monstruoso carruaje negro se detenía al pie de las escaleras. Un segundo vehículo, menos ostentoso que el primero, se paró detrás.

Cuando Wimbole y sus tropas se adelantaron con paso firme, el señor Mullins ocupó la posición vacante en el pórtico.

—Milord, debo elogiarle de nuevo por su deferencia para con el deber familiar.

Lucien miró al abogado.

—Dos personas firmaron un trozo de papel antes de sus muertes, y yo cargo con las consecuencias. No me elogie por quedar atrapado en algo que, sencillamente, no he sido capaz de evitar.

—Aun así, milord… —El hombre se interrumpió cuando el primer ocupante del carruaje salió bajo la ligera llovizna—. Dios mío —dijo con voz ahogada.

—Dios no tiene nada que ver con esto —farfulló Lucien.

Fiona Delacroix puso un pie en el camino y, con un chasquido de sus dedos, reclamó a Wimbole su bastón de paseo. No pareció percibir la lluvia, pero, dado el tamaño del sombrero aposentado sobre su estridente pelo rojo —naranja— probablemente no se daría cuenta del aguacero hasta que el peso del agua la hiciera zozobrar.

—¡Lucien! —Ella recogió su voluminosa falda rosa y fue resueltamente a su encuentro mientras él bajaba las escaleras—. Qué típico de ti esperar hasta el último momento para enviar a por nosotras. ¡Había comenzado a pensar que querías que nos pudriéramos en nuestra afligida soledad todo el verano!

Del techo de ambos coches comenzaron a manar montañas de equipaje y a caer en los brazos de los solícitos lacayos. Lucien echó un vistazo al montón, reparando en que tendría que ceder otra habitación sólo para guardarropa femenino, antes de tomar su mano enguantada e inclinarse sobre ella.

—Tía Fiona. Confío en que el viaje desde Dorsetshire fuera placentero.

—¡No lo fue! Sabes cuánto afecta a mis nervios el viajar. Si no fuera por mi querida, queridísima, Rose, no se cómo lo habría logrado. —Giró su figura rotunda y oronda como la proa de un barco para mirar hacia el carruaje—. ¡Rose! ¡Sal aquí! Recuerdas a tu primo Lucien, ¿verdad, cielo?

—No voy a salir, madre —pudo escucharse desde las entrañas del cavernoso vehículo.

La sonrisa de tía Fiona se volvió más radiante.

—Por supuesto que sí, querida. Tu primo te espera.

—Pero está lloviendo.

—Sólo un poco. —Su sonrisa comenzó a debilitarse.

—Me estropearé el vestido.

El resuelto buen humor de Lucien empezó a desmoronarse un tanto. El maldito testamento de su tío en modo alguno le obligaría a pillar una neumonía.

—Rose… —advirtió de nuevo la tía, marcando enfáticamente la erre.

—Oh, muy bien.

La encarnación del infierno en la Tierra —como la había recordado desde su último encuentro cuando, con siete años, se agarró un berrinche gritando y pataleando como loca porque le negaron un paseo en poni— emergió del carruaje. Ella se apeó de éste en medio de una nube de encaje y volantes rosa en perfecta armonía con el vaporoso vestido de su madre.

Rose Delacroix hizo una reverencia y los rizos rubios que enmarcaban su rostro se balancearon impertinentemente al unísono.

—Milord —susurró ella, alzando y agitando sus largas pestañas.

—Prima Rose —respondió Lucien, conteniendo su espanto ante la atroz idea de que algunos de su género encontraran atractiva su apariencia angelical. Con sus grandes mangas abombadas y sus etéreos volantes parecía más un pajarillo desgarbado que un ángel—. Ambas tenéis un aspecto colorido esta tarde. ¿Entramos a resguardarnos de la lluvia?

—Es seda y tafetán —canturreó tía Fiona, ahuecando una de las alas caídas de su hija—. Cuestan doce libras cada uno y vienen directamente de París.

—Y los flamencos vienen directamente de África.

El comentario fue benigno, tratándose de él; pero cuando se dio la vuelta para acompañar a Rose a las escaleras, los ojos azules de la muchacha se llenaron de lágrimas. Lucien ahogó un suspiro de disgusto.

Algunas veces los recuerdos siguen sumamente vigentes a pesar del paso del tiempo.

—No le gusta mi vestido, mamá —se lamentó mientras le temblaba el labio inferior—. ¡Y la señorita Brookhollow dijo que era la última moda!

Lucien tenía intención de comportarse, al menos por hoy. Pero esto superaba sus buenas intenciones.

—¿Quién es la señorita Brookhollow?

—La institutriz de Rose. Llegó muy bien recomendada.

—¿Por quién… por artistas de circo?

—¡Mamá!

—¡Por Dios bendito! —masculló Lucien, haciendo una mue­ca de dolor—. ¡Wimbole, entre sus cosas! —Volvió a fijar la atención en su tía—. ¿Todo vuestro vestuario hace juego de un modo tan… vistoso?

—¡Lucien, no consentiré que nos insultes a los cinco minutos de haber llegado! ¡El querido Oscar jamás toleraría semejante crueldad!

—El querido tío Oscar está muerto, tía Fiona. Y, como bien sabes, él y mi padre conspiraron para asegurarse de que acabarais aquí en estas circunstancias.

—¿Conspiraron? —repitió tía Fiona, alzando tanto la voz que podría haber hecho añicos el cristal—. ¡Es tu responsabilidad familiar! ¡Tu deber!

—Precisamente por eso estáis aquí. —Subió las escaleras solo, pues a ellas pareció no importarles seguir berreando bajo la lluvia—. Y sólo hasta que ella… —y apuntó el dedo en dirección a su empapada prima— esté casada. Entonces pasaréis a ser la responsabilidad y el deber familiar de otro.

—¡Lucien!

Él miró de nuevo a su llorosa prima.

—¿Fue la tal señorita Brookhollow quien te ha enseñado todo lo necesario para garantizar tu éxito en sociedad?

—¡Por supuesto que sí!

—Espléndido. ¡Señor Mullins!

El abogado salió de detrás de una de las columnas de mármol.

—¿Sí, milord?

—Deduzco que nuestra querida señorita Brookhollow se esconde en el segundo coche. Entréguele veinte libras y las señas de la tienda de gafas más próxima, y mándela a paseo. Quiero un anuncio en el London Times. Solicite una acompañante de señoritas para mi encantadora prima. Inmediatamente. Alguien versada en música, francés, latín, moda, y…

—¡Cómo te atreves, Kilcairn! —gruñó tía Fiona.

—… y etiqueta. Haga que se personen en esta dirección. Nada de nombres. De ningún modo deseo que el mundo sepa que mi prima tiene el aspecto de un caniche y el estilo de una lechera. Nadie en su sano juicio querría encadenarse a ningún animal.

—Inmediatamente, milord. —El señor Mullins inclinó la cabeza en un gesto de cortesía.

Lucien dejó a las mujeres vociferando tras de sí y entró en la casa con paso resuelto. Aquello ciertamente había degenerado demasiado. El dolor de cabeza con que se había despertado retornó con saña. Debería haber hecho que Wimbole le sirviera un whisky también a él.

Se detuvo en lo alto de la escalera, apoyando la espalda mojada contra el pasamanos de caoba. Una serie de cuadros cubrían la pared contraria, parte de la vasta galería de retratos del gran vestíbulo de Kilcairn Abbey. Dos de ellos, colgados a varios metros el uno del otro, portaban sendos lazos negros en las esquinas superiores. Uno era un retrato aceptable de Oscar Delacroix, hermanastro de su madre. Apenas había conocido al hombre, y le había agradado aún menos; y tras un breve instante volcó su atención en el retrato más cercano.

Su primo, James Balfour, había muerto hacía poco más de un año, de modo que, a estas alturas, Lucien ya debería haber hecho que Wimbole retirara el lazo. El crespón servía como recordatorio, sin embargo, de la clase de aprieto en que le había metido James.

—Maldición —murmuró desapasionadamente.

James, su pariente varón más próximo, habría —debería haber— heredado Kilcairn Abbey. No obstante, el afán de su joven y testarudo primo por la aventura había coincidido de forma trágica con la búsqueda de poder de Bonaparte. Según estipulaba ahora la herencia, una vez que el lloroso repollo rosa con lazos de abajo estuviera casada, su vástago poseería los títulos, tierras y riqueza de los Balfour. Pero después de haber puesto nuevamente los ojos en ella, Lucien no tenía intención de permitir que aquello sucediera.

Y de ese modo, la desconsiderada muerte de todos sus parientes varones le había obligado a tomar el único camino por el que había jurado no aventurarse jamás. El conde de Kilcairn Abbey necesitaba un heredero legítimo… y así, por lógica —aunque desafortunada— extensión, necesitaba una esposa. Pero antes de poder comenzar la tarea necesitaba concluir sus obligaciones con Rose Delacroix y su madre con la mayor premura posible.

Alexandra Beatrice Gallant se apeó del coche que había alquilado y se enderezó la capa. El vestido azul de mañana era el más austero que poseía, y el cuello alto le rozaba. Sin embargo, incómodo o no, había asistido a suficientes entrevistas durante los últimos cinco años para saber que un aspecto y unos modales comedidos obraban maravillas con las perspectivas de empleo. Y, en este momento, necesitaba toda la ayuda posible.

Shakespeare, su skye terrier blanco y compañero más fiel, saltó a su lado. El conductor hizo girar el coche de alquiler sin mirar atrás y se incorporó al ligero tráfico del mediodía. Alexandra recorrió Grosvenor Street con la mirada.

—Así que esto es Mayfair —musitó, mirando las sobrias fachadas de las formidables mansiones.

Aunque había trabajado para la aristocracia rural y la baja nobleza en el pasado, nada podía compararse a esto. La dorada Mayfair, lugar predilecto de los más acaudalados y de más alta alcurnia de Inglaterra, guardaba poca semejanza con el resto de la ruidosa, abarrotada y mugrienta ciudad de Londres. Desde la ventana del coche de alquiler había divisado numerosas y agradables rutas de paseo que explorar junto con Shakespeare en Hyde Park. Encontrar empleo en Mayfair podría tener incuestionables beneficios, siempre que la joven dama y su madre no fueran completamente antisociales.

Extrajo de su bolsillo el anuncio doblado de periódico y leyó la dirección una vez más, después tiró de la correa del terrier y subió la calle.

—Vamos, Shakes.

Ésta sería su segunda entrevista del día, y la novena de la semana, y aún le quedaba una posibilidad más en Cheapside. Si a finales de semana no había nadie en Londres que estuviera dispuesto a contratarla, tendría que utilizar sus escasos ahorros para dirigirse al norte. Quizás en Yorkshire no hubieran oído hablar de ella. No obstante, últimamente tenía la inquietante sensación de que toda familia, o al menos aquellas que necesitaban una institutriz o dama de compañía, conocían cada maldito detalle de su vida… y lo máximo a lo que aspiraba era a una negativa cortés a ofrecerle empleo.

—Ah, hemos llegado, el número 25. —Alexandra se detuvo a contemplar la colosal casa urbana que se alzaba al fondo de una corta calle curvada. Desde el camino se apreciaban lo que parecían medio centenar de ventanas cuyas vistas daban al pequeño y sencillo jardín del lado este. La casa estaba flanqueada al oeste por una vía para carruajes, y no se diferenciaba demasiado de las otras espléndidas mansiones con las que compartía la calle. Por el momento todo iba a las mil maravillas.

Inspiró con fuerza, recorrió el camino para carruajes que rodeaba la parte trasera de la residencia y subió los tres peldaños de la entrada. La puerta se abrió antes incluso de haber llamado.

—Buenas tardes. —De pie junto a la entrada de la cocina, un hombre alto y delgado, vestido con una impecable librea dorada y negra de la época del reinado de George III, la miraba fijamente. Las pinceladas plateadas en sus sienes servían para enfatizar con más firmeza su solemnidad—. ¿Imagino que está aquí en respuesta al anuncio?

—Sí, yo…

—Por aquí, señorita.

El mayordomo se dio la vuelta sin dirigir una sola mirada a Shakespeare. Alexandra lo siguió por la enorme cocina y dos largos pasillos interconectados hasta un amplio y espacioso estudio situado bajo una escalera de caracol de caoba tallada. Observó minuciosamente los refinados cuadros de artistas célebres, tales como Lawrence y Gainsborough, las vistosas esculturas de marfil y exquisita madera de ébano del lejano Oriente y la cornisa con incrustaciones de oro que recorría la parte alta de las paredes. Aunque refinada, elegante, fascinante y muy bien amueblada, la casa, curiosamente, no parecía nada femenina para ser la residencia de una joven dama y su madre.

—Espere aquí, señorita.

Alexandra asintió con la cabeza, absorta en sus observaciones. Shakespeare captó un interesante olorcillo junto al robusto escritorio de caoba mientras ella se acercaba al hogar para calentarse las manos. Tocó, tentativamente, la suave pata de ébano de un elefante tallado colocado sobre la repisa.

Unos pasos amortiguados descendieron las escaleras que se curvaban por encima de su cabeza. Abandonó sobresaltada la chimenea y se sentó en una silla situada al lado opuesto del escritorio. La puerta se abrió un momento después. Alexandra adoptó su mejor expresión profesional, aunque de sincero interés, preparada para iniciar su bien ensayado discurso acerca de su experiencia y sus impecables referencias, y alzó la mirada. Y, en aquel instante, olvidó todo cuanto había estado a punto de decir.

Él la miraba fijamente desde la entrada. Al principio, todo lo que vio fueron sus ojos… de un exquisito gris claro bajo unas sardónicas cejas oscuras. Poco a poco, el resto de su persona se abrió paso en sus sentidos. Alto, de cabello oscuro que se rizaba a la altura de la nuca y la estilizada constitución de un atleta, poseía los altos pómulos de un aristócrata francés y una boca arrogante y descaradamente sensual. Él permaneció donde estaba, sin moverse en absoluto, durante varios largos segundos.

—¿Está aquí por el puesto de institutriz? —preguntó lánguidamente con una voz profunda y cultivada.

—Yo… —Alexandra hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, estremeciéndose ligeramente cuando el sonido de su voz descendió por su espalda en electrizantes espirales—. Así es.

—Está contratada.

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