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Capítulo 1
Desde la ventana de la torre, Darach MacKenzie observaba sonriente a la gata blanca. El roce de sus labios con sus colmillos le despertaba apetitos familiares: de alimento, de placer sexual.
Las dos necesidades parecían ir siempre unidas. Las apartó de su mente. Primero tenía que saber qué peligro le acechaba. Su sonrisa se ensanchó, dejando al descubierto una dentadura salvaje. Sospechó que la visión de aquella sonrisa no debía de ser nada reconfortante.
—Un ser extraño se acerca sigilosamente moviendo sus patitas felinas —dijo en un murmullo suave y meditabundo que no iba dirigido a oídos humanos.
Su sonrisa se desvaneció mientras se peinaba el pelo hacia atrás con los dedos, dejándolo caer sobre su espalda. Ganímedes había traído a otro de los suyos para que le ayudara. No le serviría de nada. Ni siquiera la combinación de sus poderes iba a hacer que Darach abandonara su deber.
—Vas a ser un gran incordio —dijo frunciendo el ceño. No sabía lo que eran Ganímedes y la gata, pero había notado su poder, un poder que no era humano—. Quizá pueda adivinar lo que estás pensando.
Centró la mente en la gata y se adentró en sus pensamientos.
No fue difícil. La gata no sólo no hizo nada para apartar su intrusión sino que casi parecía darle la bienvenida. Cuando sus pensamientos rozaron los del animal, puso unos ojos como platos. No encontró planes de muerte y destrucción, sino sólo... Sexo. Sexo en todas sus formas concebibles. Cuerpos desnudos tumbados y abiertos a todo acto erótico. Una explosión de estímulos sensuales, oscuridad, calor y un apetito sexual insaciable.
Darach se apartó de la ventana y se dio la vuelta hacia su habitación. Era un ayudante extraño para Ganímedes, pero le parecía comprensible. Tanto él como aquella criatura disfrazada de gata apreciaban el goce de todo lo sexual.Y gracias a sus desarrollados sentidos, Darach conocía mejor que nadie las maravillas del sexo. Había perdido muchas de sus características humanas al convertirse en vampiro, pero lo había compensado. Al fijar la miradaen su cama y ver los barrotes macizos de madera natural y las colchas de seda que evocaban tantos recuerdos, recuperó la sonrisa. ¡Y tanto que lo había compensado!
Avanzó a grandes pasos hasta la puerta y se detuvo. Cerró los ojos, respiró hondo y deseó volver a ser humano mientras sus afilados colmillos se retraían lentamente como las uñas de un gato.
Distraído, se puso la mano en el corazón. Incluso después de cien años, el latido de su corazón seguía impresionándole.
Todavía con los ojos cerrados, buscó a esa mujer cuya presencia había notado hacía sólo un rato. Estaba en la habitación de abajo. Una hembra caliente, toda una tentación para el sensual cazador que había en él. Aquella noche tenía la intención de alimentarse, pero no le haría daño divertirse un poco antes.
Iría a su encuentro y bajaría con ella al banquete que Ganímedes había preparado para sus invitados. Así tendría la oportunidad de calibrar la amenaza que Ganímedes y la gata suponían para él estando juntos. Ganímedes no haría nada mientras sus invitados estuvieran allí reunidos por miedo a que se alterasen.
«Sus invitados». Darach había oído a Ganímedes hablar con ellos, una gente de tiempos muy posteriores que habían pagado por el placer de alojarse en el castillo, esperando poder disfrutar unos de otros. Pero el castillo pertenecía al clan de Darach y Ganímedes y sus invitados iban a experimentar mucho más de lo que habían imaginado.
Darach abrió los ojos, se puso el tartán sobre los hombros y abrió la puerta. En seguida se animó, olvidando el hambre que le roía. Los invitados de Ganímedes tendrían razones para alterarse en aquel primer banquete. El olor infame procedente de la cocina del castillo sugería una poción de bruja. Darach se preguntó ociosamente si se los encontraría a todos convertidos en sapos después de comer. Eso le solucionaría el problema, sin duda. Con aquel jocoso pensamiento, salió de la habitación y cerró la puerta detrás suyo.
Mientras bajaba silenciosamente los peldaños de piedra de la escalera de caracol, empezó a pensar en la mujer. ¿Era joven o madura? ¿Le recibiría con una cálida bienvenida o con helado desdén? Podía rozar sus pensamientos, pero prefirió saborear ese pequeño misterio. Aunque daba igual. Si la quería, sería suya.
Siempre había sido así. Nunca se había preguntado por qué y se limitaba a disfrutar de lo que el destino le brindaba.
Darach llegó al final de la escalera y se detuvo frente a la puerta. Sabía que tenía una sonrisa voraz e intentó disimularla bajo un gesto menos amenazador. No pudo. Encogiéndose de hombros, levantó el puño para llamar a la puerta.
Felicia dio una vuelta sobre sí misma, despacio, para examinar su habitación, mientras trataba de ignorar la sensación de que se acercaba algo espeluznante. Era una sensación estúpida, sin embargo, ya que no había absolutamente nada que la amenazase. Era una mujer del siglo XXIV y, en el año 2300, los científicos habían determinado que todas las apariciones de fantasmas y espíritus tenían una explicación lógica. Además, había reservado este viaje a la Escocia de 1785 a través de una agencia de viajes en el tiempo de gran reputación, y el representante de la agencia, Ganímedes, parecía capaz de hacer frente a cualquier problema que pudiera surgir.
La repentina llamada a la puerta hizo desvanecer todos los pensamientos del siglo XXIV de su cabeza. La personita simplona que se escondía en un rincón polvoriento de su conciencia y que raramente articulaba palabra le susurraba toda clase de posibilidades. «Te considera un bocado exquisito», advertía el demonio.
«Desea dormir en tu cama», susurraba la gárgola monstruosa.
«Tranquilízate.» Estaba a salvo tras una puerta cerrada. Además, había traído su espray paralizador, que era capaz de inmovilizar a un elefante incluso estando medio vacío. Sin embargo, no creía que hubiera ningún elefante al otro lado de la puerta.
Por inercia, intentó acceder a las emociones de quien estaba fuera de la habitación. Nada. Era extraño; siempre había podido descifrar las emociones. Felicia exhaló un profundo suspiro. Era evidente que ni siquiera podría descifrar las emociones más obvias si no dejaba de asustarse a sí misma de una forma tan tonta.
Sólo tenía que abrir la puerta.
Vale, sólo tenía que abrir la puerta. El recuerdo de pesadillas infantiles, especialmente las que mostraban arañas gigantes, separaba su mano del pestillo.
Su reacción la sorprendió. Se suponía que era un gurú de la tranquilidad emocional y que no podían afectarle sentimientos vagos e injustificados sin fundamento lógico. Pero en cuanto las sombras de la noche invadieron la habitación, decidió mantener la puerta cerrada.
Se apoyó contra la pared, cerca de la puerta de madera maciza y preguntó:
—¿Quién es?
—Darach MacKenzie. Vivo justo encima de usted. Pensaba que quizá podríamos bajar juntos al banquete.
Una voz humana. Un rápido análisis de aquella voz le hizo ver que era oscura, sensual, peligrosa y que hablaba en un dialecto antiguo que parecía estar en armonía con aquel castillo. La naturaleza humana de esa voz debería haber calmado su corazón acelerado pero, en vez de eso, lo aceleró aún más.
—¿Vives encima mío? Entonces estás en la suite de la torre. ¿Cómo lo has conseguido?
Era ella quien tenía que haberse alojado en esa suite. Felicia la había pedido porque quería estar lo más lejos posible de Textron, cuyo vértigo le había hecho quedarse en el primer piso.
Pero cuando llegaron, Ganímedes le dio la excusa de que había habido una confusión con las reservas y por eso le acabaron asignando aquella habitación.
—Era mi habitación antes de que usted llegara y lo seguirá siendo cuando se marche.
Felicia se mordió el labio mientras consideraba la respuesta. Así pues, su visitante no formaba parte del grupo turístico de Ganímedes, pero éste no había mencionado a ningún residente.
—¿Por qué no quiere abrir la puerta? ¿Le doy miedo? —dijo con una risita, burlándose de ella.
—No.
«Sí.» No sabía por qué, pero su instinto le mandaba un mensaje bien claro: No abras esa puerta.
—Es que... todavía no estoy vestida.Te veré en el salón..., Darach.
Felicia no tenía ninguna duda de que le reconocería. Un hombre con aquel deje tan pecaminoso tenía que destacar entre la multitud. En seguida reprimió cualquier pensamiento de sensualidad y pecado. De ninguna manera iba a volver a pasar por eso. Había aprendido por las malas que el sexo era la trampa más tonta.
Sólo tenía que esperar unos minutos y dejar que fuera pasando antes de bajar a comer. Felicia ya se había apartado de la entrada cuando el pestillo se corrió y la puerta empezó a abrirse, despacio.
Se quedó helada. Un montón de pensamientos de pánico empezaron a revolotear aterrorizados por su cabeza. El demonio, la gárgola, las arañas gigantes...Todos le gritaban «¡Haz algo!».
En algún momento entre la visión del demonio y el grito de «haz algo», un hombre entró en la habitación.
—Me decepciona, querida. Esperaba verla desnuda. Habría sido un espectáculo maravilloso. —Su regocijo ponía en evidencia la fragilidad de su mentira.
Entonces entró en acción su instinto de supervivencia.
—Fuera de aquí.
Sacó un arma. Aún llevaba el espray paralizador en el bolso. Al palpar la mesita que tenía al lado, reconoció un jarrón y lo agarró.
—No querrá destrozar ese jarrón... Podría gastar toda esa energía de una forma mucho más placentera... —Su voz evocaba humo negro y secretos nocturnos.
Felicia vaciló un momento para pensar en el humo negro y ésa fue su perdición. El hombre se acercó y le cogió la mano. Ella soltó el jarrón.
Levantó la vista hacia el rostro sombrío de aquel hombre que la sobrepasaba. ¿Qué posibilidades tenía en un combate cuerpo a cuerpo? Ninguna. Abrió la boca para gritar.
Él le puso su enorme mano en la boca y se le acercó para susurrarle al oído:
—Está a salvo conmigo. Sólo es que el pestillo estaba flojo y el viento ha abierto la puerta.
¿A salvo? No lo creía. La presión de su cálida piel contra sus labios, ese aroma de parajes oscuros y de macho salvaje y el roce sedoso de su pelo sobre su mejilla enturbiaron sus pensamientos.
¿Peligroso? Desde luego. ¿Por qué? No lo sabía. Nunca había destacado en las preguntas tipo test.
Pero no podía negar que era humano y, puesto que había esperado ver salir algún monstruo de la oscuridad, su presencia de carne y hueso la tranquilizó un poco.
El desconocido había percibido su indecisión, porque le sacó la mano de la boca y se adentró en la habitación.
—Le vendría bien un poco de luz para ahuyentar los terrores nocturnos.
—¿Y qué hago? No he traído mi encendedor y nunca le pillé el truco a eso de frotar dos piedras. —No podía dejar que la apartara de su propósito—. Además no hay viento.
Una ráfaga de viento helado entró súbitamente por la puerta y se llevó sus palabras.
—Hay muchas corrientes de aire por aquí y el viento se cuela por cualquier abertura que encuentra, para jugar.
Encendió las velas una a una, sin volverse para mirarla, y luego se agachó frente a la chimenea.
¿Cómo lo había hecho? No había visto que tuviera ningún instrumento para hacer fuego en la mano. ¿Cuándo empezaron a usarse las cerillas? No lo recordaba. Distraída, cerró la puerta para que el viento no apagase las velas.
Entonces se centró de nuevo en aquel hombre. Lo primero que vio fue que era alto, musculoso y que llevaba una especie de... Rebuscó entre sus conocimientos de vestimenta antigua.
Una falda escocesa. Llevaba una falda escocesa a cuadros azules y verdes. No se parecía a las de las imágenes que había visto sino que más bien era como un trozo de tela atado a la cintura.
Lo único que veía ahora era el sólido muro de su espalda y una larga maraña de pelo negro. Podría haber salido corriendo de la habitación, pero la existencia misma de esa posibilidad anuló su necesidad de hacerlo. Si quería hacerle daño, tendría su oportunidad.
Envolviéndose en sus propios brazos, avanzó cautelosamente hacia él. El fuego ardía con fuerza en la chimenea, cosa que la sorprendió mucho. No había encendido un fuego en su vida pero el sentido común le decía que tenía que pasar algún tiempo antes de que pudiera arder con aquella fuerza. ¿Y por qué no había sido capaz de descifrar sus emociones? Felicia sopesó sus sospechas y su necesidad de calor. Ganó el calor, así que se le acercó más.
—Cuando vuelva de la cena, la habitación ya se habrá calentado. —Se levantó y se quedó mirando el fuego—. Necesitará mantas para protegerse del frío cuando amanezca y el fuego se apague.
«Date la vuelta para que pueda verte la cara.» Necesitaba calmar su inquietud, poder poner un rostro humano a sus miedos.
—Un hombre también le serviría. El calor corporal no se extingue al amanecer.
Su sugerencia era una tentación turbulenta que le ponía la carne de gallina; nada tenía que ver con el frío de la noche. «Recuerda tus miedos.» Pero, por alguna razón, no podía recuperar el pánico que había sentido hacía sólo unos instantes. Aunque el terror no podía haberse llevado también su sentido común.
—Con el fuego es suficiente. No necesito nada más.
Sospechó que si permanecía mucho más tiempo escuchando la oscura pasión de esa voz, pronto desearía explorar fuentes de calor alternativas. Pero no pensaba dejar que sucediera porque tenía trabajo que hacer y el sexo no formaba parte de su misión.
—Todos necesitamos algo más.
Con aquel enigmático comentario, se dio la vuelta. Felicia le miró, fascinada. Si realmente existía la belleza aterradora, la estaba viendo en aquel momento. En su época, había moldes para cuerpo y rostro que podían darle a uno el aspecto deseado. Pero aquello era sólo una máscara. La cirugía estética no reflejaba los demonios interiores.
El rostro de aquel hombre no ocultaba nada. Todos y cada uno de sus rasgos eran esencialmente masculinos y configuraban el tipo de rostro que los hombres temían y las mujeres... sabían apreciar. Era la primitiva necesidad de calor que habitaba en toda mujer, por mucho que lo negara. La mirada de Felicia se deslizó por sus labios, tan sensuales que casi podía sentir cómo se derretían en su boca. Evitó mirarle a los ojos. Aún no estaba preparada para hacerlo porque quería admirar su belleza, como una tormenta perfecta en toda su brava grandeza, sin dejar de reconocer el peligro, y no necesitaba mayor sensibilidad para hacerlo.
—Bienvenida a mi tiempo. No me ha dicho cómo se llama.
Se acercó a ella y la habitación se llenó de calor. Vale, sabía lo del viaje en el tiempo. ¿Cómo podía ser que lo aceptase con tanta tranquilidad? Aquella ropa anunciaba rudeza a gritos. Era el año 1785, por el amor de Dios. ¿Por qué no se adentraba corriendo en la noche o la acusaba de brujería? Tuvo un escalofrío. Brujería. La idea de morir quemada no la seducía en absoluto.
—No pareces trastornado por el viaje en el tiempo.
—Sé cosas que usted nunca podría llegar a imaginarse. ¿Por qué tendría que extrañarme que haya viajado en el tiempo?
Parecía sincero.
«¿Cosas que usted nunca podría llegar a imaginarse?» No era una respuesta demasiado reconfortante.
—Supongo que tiene un nombre, ¿verdad?
Cualquiera diría que se estaba divirtiendo.
—Felicia —respondió ella automáticamente.
La larga y esplendorosa melena del desconocido había traído la noche consigo. Felicia no podía imaginárselo bien peinado y con la cara despejada. Era consciente de que tenía que mirar más allá de su pelo, más allá de sus marcados rasgos y de la tentación de sus labios. Tenía que mirarle a los ojos, pero aún no estaba preparada.
—¿Felicia? ¿No tiene usted otro nombre?
Se acercó todavía más a ella.
—Soy Felicia número 56-2310, según los documentos de nacimiento. Fui la Felicia número cincuenta y seis nacida en el año 2310. Pero el número es sólo para una identificación oficial.
El hombre se le acercaba amenazadoramente, tapando el fuego con sus anchas espaldas e invadiendo su espacio mientras le traía un mensaje que la confundía.
Se había pasado toda la vida descifrando las emociones de otra gente y lidiando con ellas. Sin embargo, no alcanzaba a percibir de él sino... poder. Capas y capas de poder. Un poder sexual que tentaba y seducía. Y también un poder oscuro, el que había sentido aproximarse a ella y al que había respondido cuando él había llamado a la puerta por primera vez.
Se preguntaba qué debía de esconderse detrás de todo aquel poder. ¿Seguro que quería saberlo?
—Es un nombre muy frío para una mujer como usted.
El gesto malicioso de sus labios daba a entender que le hubiera gustado bautizarla de nuevo. Probablemente con un nombre tipo «Felicia-mujercaliente».
Era el momento de dejar de ser el centro de atención.
—¿Y qué me dices de ti? ¿Quién eres, Darach?
Su intuición le decía que necesitaría varias vidas para lograr una respuesta a su pregunta.
—Soy un MacKenzie. Este castillo y estas tierras pertenecen a mi clan. No paso demasiado tiempo aquí, pero es el hogar de mi juventud y vuelvo cuando me veo obligado a hacerlo. —Con aire distraído, le apartó un mechón de pelo de la cara y luego le rozó el colgante de plata que lucía en el cuello.
Felicia comprobó que no le ardiera el pelo. El resto de su cuerpo ardía por completo.
—El castillo parece desierto, sin contar el grupo turístico. ¿Dónde está el resto de tu familia?
Una emoción que no pudo identificar le tensó la mandíbula y le hizo apretar los labios.
—Viven... en otro lugar.
Quizá no lograba acceder a sus emociones pero entendió perfectamente que no quería que supiera demasiado sobre él. Secretismo. Los secretos solían engendrar estrés e infelicidad. Las posibilidades florecían. Sonrió.
—Parece que llevas una vida muy solitaria.
Qué suerte la suya. La soledad era un indicador infalible de infelicidad, y Felicia se dedicaba precisamente a combatir la infelicidad. La mirada del desconocido se había posado sobre sus labios y era como si se los estuviera rozando con las yemas de los dedos.
Felicia los apretó para que ni se le ocurriera tocárselos.
El hombre se encogió de hombros.
—No necesito más compañía que la mía —dijo derritiendo la mirada en su boca—. Deberías sonreír más a menudo.
Felicia empezó a hablar ante el temor de quedarse sin aliento.
—Entonces supongo que la agencia de viajes te alquiló el castillo a ti.
Sin poder evitarlo, dio un paso hacia atrás.
—A mí no me han alquilado nada. —Había en sus labios un toque de humor que estaba segura que no vería en sus ojos, si se atrevía a mirarlos—. De eso quiero hablar con ellos.
Distraído, se puso una mano en el corazón. Quizá ella debería hacer lo mismo para intentar apaciguar los latidos del suyo.
—Ésta era mi casa antes incluso de que hubiera el castillo y no dejaré que Ganímedes y su mercenario me echen.
Se inclinó hacia ella y Felicia dio otro paso hacia atrás. Él sonrió, satisfecho.
«¿Antes incluso de que hubiera el castillo?» Vale, era suficiente. A este paso, la haría retroceder hasta la puerta y bajar la escalera de caracol de la torre. Tenía que reflexionar sobre aquello de «antes de que hubiera el castillo», pero ahora mismo tenía otras preocupaciones.
Felicia decidió tratar el asunto con mano dura ya que, de lo contrario, no conseguiría llevar a cabo su misión. Estaba dejando que el castillo, la noche y aquel hombre jugaran con su mente.
Tenía que recuperar el control.
—Espera, cogeré el chal. Recuérdame que le pida a Ganímedes algo para encender el fuego y no morir de frío. Un autorregulador de temperatura habría sido ideal, pero supongo que no se le ha ocurrido.
Esquivó a Darach, evitando compararse con un cangrejo asustado.
—¿Un autorregulador de temperatura?
El valor de Felicia creció proporcionalmente a la perplejidad de Darach.
—Y no he visto ningún baño. ¿Qué hago si tengo que... ya sabes? —Agitó las manos para realzar la importancia de aquel «ya sabes»—. Soy capaz de sobrellevar la autenticidad hasta cierto punto. Durante la cena, tendré una conversación con Ganímedes sobre necesidades básicas.
—Tiene un orinal debajo de la cama.
Fuera perplejidad y vuelta a la diversión.
—Gracias, lo tendré en cuenta.
¡Dios! ¿Podría soportarlo durante dos semanas? Valía la pena intentarlo.
Felicia cogió el chal, una de las prendas del vestuario «auténtico » que Ganímedes había insistido en que sus invitados trajeran para poder mezclarse con la gente del lugar. Quizá se había desviado un poco del concepto de auténtico, pero oye, era su viaje.
Al coger el chal, sacó también el espray paralizador de su bolso, un arma de menos de ocho centímetros. Vaya, no tenía bolsillos. Dándole la espalda a Darach, se la metió en el sujetador y
deseó no tener que recuperarla.
Luego se dio la vuelta con una sonrisa radiante.
—Muy bien, ya estoy. Vámonos.
La sonrisa de Felicia se desvaneció cuando Darach se acercó a ella, le arrancó el chal de sus dedos flácidos y se lo puso sobre los hombros. Era como si llevara a cuestas todas las dudas que tenía sobre él, abrumándola con preguntas sin respuesta. ¿Por qué no podía descifrar sus emociones? ¿Qué había querido decir con que había estado allí antes incluso de que hubiera el castillo? ¿Por qué la hacía sentir tan intranquila? ¿Por qué la hacía...? Le miró de arriba abajo. Bueno, al menos tenía respuesta para esa pregunta en particular.
—Usted viene de lejos y las cosas que no comprende sobre este lugar podrían perjudicarla. Es muy imprudente por su parte haber venido hasta aquí. Y Ganímedes no es quien usted cree.
Habría hecho mejor quedándose en casa tranquila, con su autorregulador de temperatura y su baño. —Se le acercó un poco más. Ya era suficiente. Se negó a dar otro paso hacia atrás. Con sólo unas palabras, la había amenazado y había ofendido su capacidad de tomar decisiones. Sin pensarlo dos veces, le miró a los ojos.
Craso error. Tenía los ojos más azules que había visto en su vida. Felicia recordaba haber visto un lago con el agua exactamente del mismo color, tan brillante que uno se olvidaba de su profundidad y del frío cortante del glaciar que lo formaba.
Aquellos ojos se lo mostraron todo. Profundidades a las que no podía acceder y a las que no creía que quisiera acceder, y también una frialdad increíble. Automáticamente, aguzó los sentidos en busca de una emoción cualquiera. Nada. Era como si le hubiera cerrado una puerta en las narices. Tenía que tener sentimientos, todo el mundo tenía. «Quizá él no.»
Felicia apartó la mirada. No lograría nada con el estómago vacío.
—Tengo hambre, bajemos al salón.
Haciéndose la despistada, fue hasta la puerta con la esperanza de que saliera de la habitación mientras ella examinaba el pestillo.
—Habla de un modo muy extraño.
No parecía que tuviera intención de irse.
—Usé el Programa de Asimilación del Lenguaje para aprender el dialecto más antiguo posible pero, desafortunadamente, el más antiguo databa del siglo XXI. —Se encogió de hombros. ¿Se iría ahora?
Felicia estaba maldiciendo en voz baja el pestillo, hablando en Riparian, una lengua muy rica en tacos descriptivos, cuando notó que él se detenía junto a ella. Le sintió. Su cuerpo, su calor y su aroma la rozaron con algo tan primitivo que tuvo que tomar aire para recobrar fuerzas. Al darse la vuelta, se había olvidado por completo de la puerta.
—Las puertas nunca impiden la entrada a los que realmente quieren entrar.
Aquella suave declaración la dejó helada, al tomarla en un sentido que no quería ni analizar.
Decidió ignorar los dobles sentidos.
—Entonces, esta puerta no impediría la entrada a un mosquito kadiano.
Él sonrió ampliamente.
—Eso de mosquito kadiano parece una criatura espantosa.
Felicia había viajado por la galaxia y más allá pero nunca, absolutamente nunca, había visto una sonrisa como aquella: oscura y perversa, prometiendo noches enteras de placer pecaminoso. Pestañeó. ¿Qué había dicho?
—Ah, el mosquito kadiano.—Tenía que apartarse del alcance de aquella sonrisa antes de que la abatiera como un misil—. Es bastante inofensivo —dijo retrocediendo—. Es un pequeño insecto que se te mete en la ropa, te pica y te deja una marca lila que tarda una semana en marcharse.
Tomó aire y escondió barriga, intentando pasar por su lado sin establecer contacto físico.
—No todas las cosas que se te meten en la ropa y te pican son inofensivas.
Felicia percibió la ironía de su voz mientras cerraba la puerta y la seguía por las oscuras escaleras del castillo. No le importaba no haber cerrado la puerta con llave; al fin y al cabo, se había llevado al peligro con ella.
—¿Cosas que pican? —Intentó ignorar la presencia que le pisaba los talones. Imposible—. No me digas que hay animales salvajes ahí fuera. —En 2339, ya no quedaban animales salvajes en la Tierra.
—¿Fuera? Quizá el que debería preocuparla es el de dentro.
Casi podía sentir su cálido aliento en la nuca mientras la seguía de cerca. Le entró un escalofrío pero no quiso saber la causa.
—Si intentas asustarme, olvídalo. Yo no me asusto de nada.
Mentiras, mentiras y más mentiras. Él la asustaba. La asustaba porque no le entendía y ella siempre había entendido a la gente. La asustaba porque no sabía cómo tratar con aquel animal absolutamente sexual.
Felicia estaba tan ocupada pensando en animales sexuales y picaduras inesperadas que tropezó en la oscuridad. Con un grito de alarma, buscó la pared de piedra para evitar caerse. Pero no la encontró. Darach la envolvió en sus brazos y la apretó contra él, refunfuñando:
—No me puedo creer que Ganímedes no haya encendido los candelabros para que sus invitados puedan ver dónde pisan.
—Podría haberme desnucado —dijo jadeando, aunque no por el susto de aquella caída inminente.
Como él estaba en el peldaño de arriba y era mucho más alto que ella, al cogerla le había puesto las manos justo debajo del pecho en vez de en la cintura.
—Sí, y sería una pena echar a perder un cuello como el suyo.
Cuando se inclinó para susurrarle esas palabras al oído, Felicia percibió una suave risita. Tenía la impresión de que había en juego algún chiste que sólo él entendía.
—Un accidente así habría puesto fin a mi siglo de vida.
—¿Siglo? —No pudo articular más de una palabra seguida.
—Mmm. —Sus labios le rozaron la nuca—. ¿He dicho siglo? Quería decir día. —Le lamió la piel que sus labios habían rozado.
Aquel contacto le encendió el cuerpo y la hizo temblar de la cabeza a los pies, cortándole la respiración. En aquel momento, todas las criaturas que rugían en la noche, fuera del castillo, parecían inofensivas comparadas con la sensual amenaza del escocés que tenía delante.
Se estaba desviando de su objetivo. No había viajado hasta allí para gozar del roce de los labios de aquel desconocido mientras deseaba fervientemente que subiera un poco las manos para tocarle los pechos. ¿Qué sabía de él, aparte de que le había dado un susto de muerte? Quizá era una especie de ritual nocturno: seducción en las escaleras, cena y un sueño profundo. Abrió la boca para expresar lo que sentía.
Pero él la soltó antes de que pudiera decir nada y se quedó con las ganas, en las escaleras. El aire fresco de la noche se le metió en el chal y le acarició la nuca, todavía caliente por el roce de sus labios. Intentó sobreponerse a esa inexplicable sensación de derrota y siguió bajando las escaleras, esta vez palpando la pared de piedra.
—¿Por qué ha venido? El castillo no ofrece grandes comodidades y no parece muy interesada en las posibilidades sensuales que le brindan los que la trajeron aquí.
Su voz sonaba fría, como si la calidez de los instantes previos no hubiera existido nunca.
¿Posibilidades sensuales? Frunció el ceño. Ah, sí. La Agencia Cósmica de Viajes en el Tiempo había prometido aventuras sexuales, una escapada romántica a un pasado remoto en el que los hombres eran hombres. Garantizado.
Una aventura sexual era la última cosa que quería Felicia. Su última incursión en líos sexuales la había metido en un buen lío con Éxtasis S.A., y cuando supo que aquel viaje estaba enteramente relacionado con el descubrimiento erótico, le dijo a Textron que no quería ir. Le pidió que la mandara a otro lugar, pero él insistió en que sería la prueba perfecta para ver si realmente podía concentrarse en el trabajo e ignorar todo lo sensual.
¿Había sido una prueba lo que había ocurrido en las escaleras?
El simple pensamiento la sacaba de quicio y no sabía por qué.
—No he venido a pasar unas vacaciones sexuales. —Intentó que su voz sonara tan fría e indiferente como la suya—.Trabajo para Éxtasis S.A. y mi trabajo es hacer feliz a la gente.
Distraída, se tocó el colgante de plata de la empresa que llevaba en el cuello.
—Pues lo hace de maravilla, querida. He sido muy feliz cuando estábamos en las escaleras.
Parecía sincero.
—Pero no uso el sexo para hacer feliz a la gente. El sexo sólo funciona a corto plazo y yo trabajo a largo plazo.—Era increíble que pudiera hablar mientras apretaba los dientes—. En mi tiempo, los científicos han logrado combatir la enfermedad y el envejecimiento con sólo unos pequeños implantes corporales. Yo elegí ponérmelos cuando tenía veinticinco años y me quedaré en veinticinco a no ser que muera por accidente o asesinato.
Estaba tan absorta en su explicación que ni siquiera se dio cuenta de que habían llegado al final de la escalera. Se dio la vuelta justo a tiempo de ver la expresión asustada de Darach. Genial. Su estupor la animó.
—Eso ha causado problemas inesperados. La tierra, por ejemplo, está superpoblada, y el espacio vital es escaso y muy caro. Las personas tienen que trabajar toda la vida para mantenerse a sí mismas y a su familia. Cuando uno no puede aspirar a jubilarse y no ve en el futuro más que trabajo eterno, el estrés
adquiere dimensiones cataclísmicas. Algunos se desesperan tanto que se sacan los implantes o incluso se suicidan. —Se quedó en silencio el rato suficiente para percibir el enorme interés de Darach—. Mi empresa se dedica a aliviar los efectos del estrés, aportando calma y felicidad a las vidas de aquellos que se encuentran al borde de una crisis emocional debido al exceso de trabajo. Éxtasis S.A. no ofrece soluciones sexuales sino que confía en el talento de su competente equipo de Felicidad.
Felicia frunció el ceño. Estaba hablando como uno de esos anuncios de Éxtasis S.A. Un montón de hechos desapasionados. ¿Dónde había dejado su pasión por el trabajo?
—No debería desestimar el poder de las soluciones sexuales.
No sonreía, así que asumió que hablaba en serio. Ella meneó la cabeza.
—Uso métodos sancionados por la Asociación Intergaláctica del Alivio del Estrés y la Depresión para hacer que la gente vuelva a ser feliz y productiva.
Felicia frunció más el ceño. ¿Por qué sentía la necesidad de justificar sus métodos ante aquel salvaje que probablemente resolvía sus asuntos saqueando unos cuantos pueblos?
—Puedo hacer feliz a cualquiera.
Nunca había tenido que hacer alarde de sus capacidades. ¿Por qué ahora sí? «Porque te hace poner a la defensiva.»
La expresión de Darach daba a entender que dudaba de sus capacidades, pero no hizo ningún comentario.
—No me gustaría vivir en un mundo como el que describe. —La guió hacia la luz de las velas y el murmullo de voces procedente del salón.
Felicia reflexionó sobre lo que había dicho.
—Supongo que alargar las vidas de la gente también tiene sus inconvenientes.
Él caminaba a su lado, en silencio.
El salón la transportó a otro lugar y a otro tiempo. Bueno, de hecho ya estaba en otro lugar y otro tiempo. No tenía ni idea de si aquel montaje era auténtico, pero parecía la representación transitable de un banquete en un castillo de 1785. La luz de las velas y el fuego de la chimenea proyectaban una luz surrealista sobre la larga mesa y las seis personas que estaban sentadas a su alrededor.
Se detuvieron en la entrada y un hombre se levantó de la mesa para ir a buscarles.
A pesar de que ya había visto a Ganímedes al llegar, no pudo evitar abrir unos ojos como platos ante el total impacto de su presencia. Era enorme, recio y musculoso, y casi debía de medir dos metros. Tenía el pelo rojizo y salvaje y lucía una barba espesa.
Su falda escocesa de color azul y verde oscuro completaba el retrato de un antiguo terrateniente escocés.
—Encantado de volver a verla, Felicia —le dijo rebosante de buen humor, pero pronto desvió la mirada, casi sin reparar en ella.
Felicia siguió la dirección de sus ojos hasta una gata blanca que tenía a los pies. La gata la ignoró sutilmente para dedicarse a Darach.
—Quiero darle oficialmente la bienvenida al castillo de Ganímedes.
Durante el tiempo que esté aquí, le ruego que me vea como Ganímedes MacKenzie, el cacique escocés que se encargará de que lo pase en grande. La Agencia Cósmica de Viajes en el Tiempo siempre cumple las expectativas.—Le dio una palmada en el hombro y casi la tiró al suelo.
Sonaba un poco demasiado jovial y, aunque le estaba hablando a ella, tenía la mirada puesta en Darach. Felicia aprovechó para mirarle a los ojos.
Pero en seguida bajó la mirada. Aquellos ojos reflejaban falsas pretensiones. Quizá aparentaba ser un escocés franco y bondadoso, pero aquellos ojos de color ámbar gritaban «buitre» alto y claro. ¿Y sus sentimientos? Les echaría una ojeada. Felicia alcanzó sus emociones, pestañeó y luego retrocedió. ¡Vaya! Hablaban de agresividad.
—Bueno, bueno. —La sonrisa de Ganímedes no se desvanecía, pero aquella mirada tan fría la hacía estremecer—. ¿Y usted es?
Ahora se dirigía a Darach.
—Darach.Y no hay ningún MacKenzie que se llame Ganímedes. —La sensualidad traviesa de Darach había desaparecido, dejando al descubierto a aquel desconocido que había asustado tanto a Felicia—.Tiene que pedir permiso antes de traer invitados a la casa de mi clan.
Ganímedes arqueó una de sus cejas pobladas.
—¿La casa de su clan? A mí me pareció un montón de ruinas. Pedía ser reformada a gritos. Yo me la quedé, la restauré y ahora es mía.
—No lo creo. —La voz de Darach era un susurro amenazador.
Bythe se quedó pasmada cuando la emoción que tanto había buscado la azotó con una intensidad que la hizo retroceder. Sin embargo, no era el tipo de emoción que habría deseado. La ira era una fuerza viva entre aquellos dos hombres. Y el poder que le había transmitido la había asustado. No sabía qué ocurría y no quería saberlo. Intentó olvidarse por un instante de los dos hombres y miró a la gata. Había traicionado a Ganímedes y se paseaba sinuosamente entre las piernas de Darach, mientras le miraba con un interés ardiente en los ojos.
—Al menos una de nosotras no está intimidada, gatita —dijo mirándola.
Felicia sacudió la cabeza para deshacerse de la débil risita que le había parecido oír. Genial, ahora estaba oyendo cosas.
—Ya puedes sacar el culo de mi castillo, amigo. No quiero que molestes a mis invitados.
Ganímedes había alzado la voz.
—No me harás salir de mi casa. Búscate otro lugar para tus jueguecitos o tendrás problemas.
La voz de Darach había quedado reducida a un peligroso murmullo.
—¿Tú y qué ejército de enclenques con falda? —Ganímedes estaba casi gritando—.Y no pienses que el hecho de jugar en campo propio te ayudará.
Felicia puso los ojos en blanco mentalmente. No estaba dispuesta a quedarse ahí escuchando cómo se deterioraba la conversación hasta convertirse en una competición de gritos. De acuerdo, el único que gritaba era Ganímedes, pero quería salir de allí como fuera. Aunque primero tenía que intentar distender la situación.
—¿Por qué no vienes conmigo, Darach, y nos tomamos algo para calmar los nervios? Luego tú y Ganímedes podéis hablar del asunto con un poco más de madurez.
Cogió a Darach del brazo.
Al hacerlo, sintió como si estuviera tocando una fuente pura de energía. Cuando Darach la miró, tuvo la sensación de estar sufriendo una descarga eléctrica, pero las chispas y el ardor de su ira tremenda le hacían seguir agarrándole el brazo, sin poder soltarlo.
Poco a poco, Darach se fue tranquilizando y le ofreció una sonrisa tensa.
—Me encantaría brindar con usted, pero esta noche no. —Sus labios se relajaron y sus ojos le prometieron que habría otra ocasión. De nuevo, volvió a ponerse la mano en el corazón, distraído—. Debo volver a mi habitación, pero vaya con mucho cuidado. No es un lugar seguro para los que no lo conocen.
Felicia observó desconcertada cómo salía del salón a grandes zancadas. Habría jurado que esa advertencia iba para Ganímedes y no para ella. ¿Por qué no se había quedado a comer? Felicia no pensó ni por un momento que Ganímedes pudiera haberle intimidado.
Cuando Darach se hubo marchado, se dio la vuelta para mirar a Ganímedes.
Presentaba un aspecto siniestro y parecía haberse olvidado de ella por completo. Miró a la gata blanca, que intentaba esquivar su mirada fija.
—Muy bien, sabelotodo, ¿qué crees que debo hacer?
Vaya, así que Ganímedes hablaba con su gata. Bueno, podría soportarlo. Felicia miró a la mesa, donde todo el mundo había dejado de comer para seguir con interés el intercambio entre Darach y Ganímedes.
—Es así, señorita. —Ganímedes la cogió del brazo sin avisar y la arrastró hasta la mesa—. Ese Darach es un ave de mal agüero. Intentaré deshacerme de él, pero esas cosas llevan tiempo.
Ganímedes casi la empujó a su asiento, entre Textron y una invitada. Ambos parecían asustados, pero Felicia sospechó que sería por Ganímedes y no por ella. Estaba segura de que la gente que vivía en contacto con Ganímedes debía de tener un aspecto aterrorizado permanente.
Textron se inclinó hacia ella.
—He encontrado al sujeto perfecto para ti. —Genial, genial.
Ese gusano asqueroso no iba a dejarla descansar ni una sola noche—. Ahora disfruta de la cena y no pienses más en ese demonio chupasangre.
Parecía satisfecho, como si le hubiese dado una explicación lógica para todo. Ganímedes salió del salón con la gatita blanca moviendo las patitas detrás de él.
—¿Demonio chupasangre? —Felicia miró aturdida el plato de carne ennegrecida que tenía delante, con una hortaliza enorme que parecía una raíz—. ¿De qué estaba hablando?
La mujer que tenía al lado se le acercó para susurrarle:
—Creo que quiere decir que tu hombre es un vampiro —dijo con una sonrisa—. No temas por la carne. Es dura y está demasiado aderezada, pero supongo que es lo que come la gente en 1785. —Frunció el ceño—. En cuanto a esa especie de raíz, no tengo ni idea de lo que es. Me parece muy rara.
Felicia se la quedó mirando con unos ojos enormes y aterrorizados.
—¿Un vampiro?
Madre mía.