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Capítulo 1
El callejón era oscuro y apestaba a orín y a vómito. Era un hogar para las ratas veloces y los huesudos felinos de mirada hambrienta que les daban caza. Ojos rojos brillaban en la noche, algunos de ellos eran humanos y todos ellos, fieros.
A Eve se le aceleró ligeramente el corazón al penetrar en esas fétidas sombras de contornos borrosos. Él había entrado ahí, estaba segura de eso. Su trabajo consistía en seguirlo, encontrarlo y capturarlo. Llevaba el arma bien sujeta, y la mano permanecía firme.
—Eh, dulzura, ¿quieres hacértelo conmigo? ¿Quieres?
Voces que emergían en la oscuridad, rasposas voces a causa de las drogas o de las bebidas baratas. Gemidos de condenados, risas de locos. Las ratas y los gatos no vivían solos ahí. La compañía de la basura humana que se amontonaba a lo largo de los húmedos muros de ladrillo no ofrecía ninguna comodidad.
Agachada y apuntando a un lado y a otro, Eve rodeó una destrozada unidad de reciclaje que, por el olor que desprendía, hacía una década que no se había puesto en funcionamiento.
El hedor de comida pasada se añadía a la humedad del aire y lo convertía en un caldo grasiento.
Se oyó un gemido suplicante. Eve vio a un chico de unos trece años completamente desnudo. Tenía unas heridas en el rostro que ya se estaban ulcerando. De espaldas al sucio muro, se esforzaba por trepar como un cangrejo. Sus ojos eran dos rendijas por donde se filtraba el miedo y el desamparo.
Eve sintió que el corazón se le llenaba de pena. Ella también había sido una niña una vez, herida, aterrorizada y escondida en un callejón.
—No voy a hacerte daño. —Le habló en voz baja, casi en un murmullo, con la mirada fija en sus ojos mientras bajaba el arma.
Y entonces fue cuando él atacó.
Apareció por detrás, con el estruendo y la velocidad de una ola. Decidido a matar, le asestó un golpe con una tubería. Eve lo esquivó agachándose rápidamente al tiempo que se daba la vuelta. El acero silbó en el aire. No tuvo casi tiempo de maldecirse a sí misma por haber perdido la concentración cuando veinticinco kilos de músculo y determinación la empotraron contra el muro de ladrillo.
El arma salió disparada de su mano. En la oscuridad, se oyó el golpe metálico contra el suelo.
Eve le vio los ojos, un brillo violento intensificado por la droga Zeus. Observó la tubería levantada, calculó el tiempo y rodó segundos antes de que ésta fuera a estrellarse contra los ladrillos. Se impulsó con las piernas y se precipitó de cabeza contra el estómago de él. El tipo gruñó, se tambaleó y alargó las manos hacia el cuello de Eve. Ella aprovechó la posición para darle un fuerte puñetazo en la mandíbula. El dolor del contacto se le extendió por todo el brazo.
La gente chillaba y se arrastraba por encontrar un lugar seguro en ese estrecho mundo donde nada ni nadie se encontraba a salvo. Eve giró sobre sí misma con fuerza y utilizó la inercia del giro para propinar un golpe que rompió la nariz de su adversario. La sangre salió a borbotones, añadiéndose a la horrible mezcla de olores.
Tenía la mirada enloquecida, pero el hombre casi ni se movió a pesar del golpe. El dolor no era un contrincante para el dios de las drogas. Sonriendo con el rostro lleno de sangre, se golpeó la palma de la mano con la tubería.
—Te voy a matar. Te voy a matar, zorra. —Caminó alrededor de Eve mientras hacía oscilar la tubería como si fuera un látigo. Sonreía, sonreía mientras sangraba—. Voy a abrirte la cabeza y me voy a comer tu cerebro.
Eve sabía que lo decía en serio, y notó que la adrenalina le subía al punto máximo. A vida o muerte. Eve respiraba entrecortadamente, el sudor le bajaba por el cuerpo como si fuera aceite. Esquivó el siguiente golpe poniéndose de rodillas y, apoyando una mano en la bota, volvió a ponerse en pie, sonriendo.
—Prueba esto, cabrón de mierda. —Tenía el arma de reserva en la mano. No tenía intención de inmovilizarle. Ese disparo solamente provocaría cosquillas a ese tipo de ciento diez kilos colocado de Zeus. El arma estaba puesta en posición de tirar a matar.
En cuanto él se precipitó contra ella, Eve le disparó. Los ojos murieron primero. Eve ya había visto suceder eso anteriormente. Los ojos se pusieron vidriosos como los de una muñeca, incluso mientras continuaba precipitándose contra ella. Eve dio un paso a un lado, lista para disparar de nuevo, pero la tubería se le cayó de la mano. El cuerpo del tipo inició esa compulsiva danza provocada por la sobrecarga del sistema nervioso.
Cayó a sus pies, una masa de humanidad en ruinas que había jugado a ser un dios.
—Ya no vas a sacrificar a ninguna otra virgen, capullo —dijo Eve.
Se pasó una mano por la cara mientras sentía que le bajaba la energía. Dejó caer el brazo con que sujetaba el arma.
Un ligero susurro de piel contra cemento la puso en guardia. Empezó a volverse con el arma levantada, pero unos brazos la sujetaron y la obligaron a ponerse de puntillas.
—Debes vigilar siempre tu espalda, teniente.
La voz sonó en un susurro justo antes de que unos dientes empezaran a mordisquearle el lóbulo de la oreja.
—Roarke, joder. Casi te derribo.
—Ni siquiera has estado cerca de hacerlo. —Riendo, la hizo darse media vuelta entre sus brazos y apretó los labios, hambrientos y calientes, contra los de ella—. Me encanta verte trabajar —susurró mientras su mano se deslizaba por su cuerpo hasta tomar uno de sus pechos—. Es… estimulante.
—Corta. —Pero el corazón le latía con fuerza y la orden no tuvo plena determinación—. Éste no es lugar para la seducción.
—Todo lo contrario. Una luna de miel es un período tradicional para la seducción. —La hizo apartarse un poco y le puso ambas manos sobre los hombros—. Me preguntaba dónde habrías ido. Debería haberlo imaginado. —Echó un vistazo al cuerpo tendido a sus pies—. ¿Qué ha hecho?
—Tenía una debilidad por destrozar el cráneo de las mujeres jóvenes y luego se comía el cerebro.
—Oh. —Roarke parpadeó y meneó la cabeza—. De verdad, Eve, podrías haber elegido algo menos desagradable.
—Hace un par de años había un tipo en la colonia Terra que tenía este perfil, así que me preguntaba… —Se interrumpió y frunció el ceño. Estaban de pie en un apestoso callejón, con la muerte a sus pies. Y Roarke, el impresionante ángel negro que era Roarke, vestía un esmoquin—. ¿Para qué te has vestido así?
—Teníamos planes —le recordó—. ¿Cena?
—Me olvidé. —Apartó el arma—. No pensé que esto me ocuparía tanto tiempo. —Suspiró—. Supongo que debería asearme.
—Me gustas tal como estás. —Él se acercó a ella otra vez, tomó posesión—. Olvídate de la cena… de momento. —Su sonrisa apareció con lentitud, irresistible—. Pero sí insisto en tener un entorno un tanto más estético. Fin del programa —ordenó.
El callejón, los olores y el montón de cuerpos parpadearon y desaparecieron.
Se quedaron de pie en una enorme habitación vacía cuyas paredes estaban ocupadas por varios equipos y luces parpadeantes. Tanto el suelo como el techo eran unos grandes espejos de color negro preparados para la proyección de los hologramas disponibles en el programa.
Era uno de los juguetes más nuevos y sofisticados de Roarke.
—Iniciar escenario tropical 4-B. Mantener estado de control dual.
Como respuesta obtuvieron un bramido de olas y el brillo de la luz de las estrellas en el agua. Debajo de sus pies la arena era tan blanca como el azúcar. Las palmeras oscilaban como unas bailarinas exóticas.
—Esto está mejor —decidió Roarke, y empezó a desabrocharle la camisa—. Mejor incluso cuando te tenga desnuda.
—Me has tenido desnuda cada vez que he parpadeado durante las últimas tres semanas.
Él arqueó una ceja.
—Privilegios del esposo. ¿Alguna queja?
«Esposo.» Todavía le asaltaba un sobresalto interno ante esa idea. Ese hombre de cabellera negra de guerrero, de rostro de poeta, de salvajes y azules ojos de irlandés era su esposo. No se acostumbraba a ello.
—No. Solamente… —Se le entrecortó la respiración al sentir que una de sus manos de largos dedos jugaba sobre sus pechos— era una observación.
—Policías. —Sonrió y le desabrochó los vaqueros—. Siempre haciendo observaciones. Estás fuera de servicio, teniente Dallas.
—Solamente estaba entrenando mis reflejos. Tres semanas lejos del trabajo y uno se oxida.
Él deslizó una mano entre sus muslos desnudos y la sujetó por el pubis. La miró mientras ella gemía y echaba la cabeza hacia atrás.
—Tus reflejos están perfectamente —murmuró, y la hizo tumbarse encima de la suave arena blanca.
«Su esposa.»
A Roarke le gustaba recordarlo mientras ella le montaba, mientras ella se movía debajo de él, mientras ella permanecía tumbada a su lado, inerte. Esa fascinante mujer, esa policía dedicada, esa alma atormentada le pertenecía.
La había observado trabajar durante todo el programa, en el callejón, contra ese asesino colocado. Y sabía que ella se enfrentaba a su trabajo real con la misma determinación fuerte valiente con que lo había hecho entonces.
Él la admiraba por ello, a pesar de los malos momentos que eso le provocaba. Al cabo de unos días volverían a Nueva York y él tendría que compartirla con sus obligaciones. De momento, no quería compartirla con nada. Con nadie.
A él no le eran extraños los callejones repletos de basura y de gente desamparada. Había crecido entre ellos, se había ocultado en ellos y, al final, se había escapado de ellos. Había hecho de su vida lo que era en esos momentos, y entonces ella había aparecido, afilada y letal como una flecha, y se la había cambiado de nuevo.
Una vez, la policía había sido su enemigo, luego fue su diversión, y ahora se encontraba ligado a una de ellos.
Hacía tan sólo dos semanas que ella había caminado hacia él vestida con una túnica de un profundo color de bronce, las manos repletas de flores. Los hematomas que un asesino le había provocado tan sólo unas horas antes habían sido disimuladas con maquillaje. Y en esos ojos, en esos grandes ojos del color del coñac que mostraban tanto, él había observado nerviosismo y diversión.
«Allá vamos, Roarke. —Casi la había oído decirlo en cuanto ella puso su mano en la de él—. Para bien o para mal, te acepto. Que Dios nos ayude.»
Ahora ella llevaba el anillo que él le había dado, y él llevaba el que ella le había ofrecido. Él había insistido en eso, aunque ese tipo de tradiciones no estaban exactamente de moda a mitad del siglo xxi. Él había querido tener un testimonio tangible de lo que representaban el uno para el otro, un símbolo de ello.
Ahora, él le tomó la mano y le besó el dedo que lucía el anillo de oro labrado que le había hecho para ella. Eve tenía los ojos cerrados. Observó los ángulos agudos de su rostro, la boca generosa, el pelo corto y marrón revuelto y en punta.
—Te amo, Eve.
Un ligero tono rojizo inundó las mejillas de ella. Resultaba tan sencillo conmoverla. Se preguntó si ella tendría la más mínima idea de lo grande que era su corazón.
—Lo sé. —Eve abrió los ojos—. Estoy, estoy, empezando a acostumbrarme.
—Bien.
Mientras escuchaba la música del agua al acariciar la arena, el susurro balsámico de la brisa al rozar las hojas de las palmeras, Eve se apartó el pelo de la cara. «Un hombre como él —pensó—, poderoso, rico e impulsivo, es capaz de invocar escenas como ésa con un chasquido de dedos.» Y lo había hecho para ella.
—Me haces feliz.
Él sonrió y esa sonrisa le provocó un cosquilleo de placer en el estómago.
—Lo sé.
Con una fuerza ágil y sin ningún esfuerzo, él la levantó y la hizo ponerse a horcajadas encima de él. Deslizó las manos por el cuerpo esbelto y musculoso de ella.
—¿Estás preparada para admitir que te alegras de que te raptara y te llevara fuera del planeta para pasar la última parte de nuestra luna de miel?
Eve sonrió al recordar su pánico, su terquedad al negarse a poner los pies en el transporte que les estaba esperando y cómo él, riéndose, la había cargado encima del hombro y había subido a bordo mientras ella le maldecía.
—Me gustaba París —repuso—. Y me encantó esa semana que pasamos en la isla. No veía ningún motivo para venir a un complejo a medio construir en el espacio si íbamos a pasar la mayor parte del tiempo en la cama de todas maneras.
—Estabas asustada. —A él le había encantado que ella se hubiera puesto fuera de sí ante la idea de su primer viaje fuera del planeta, y le había gustado haberla mantenido ocupada y distraída durante la mayor parte del trayecto.
—No lo estaba. —«Hasta la médula —pensó—. Asustada hasta la médula.»—. Estaba enojada, y con razón, porque tú habías hecho planes sin hablarlo conmigo.
—Me parece recordar que había alguien ocupado en un caso que me dijo que planificara lo que me pareciera bien. Eras una novia guapísima.
Eso la hizo sonreír.
—Era el vestido.
—No, eras tú. —Llevó una mano hasta el rostro de ella—. Eve Dallas. Mía.
El amor la invadió. Siempre lo hacía en oleadas enormes e inesperadas que la azotaban sin compasión.
—Te amo. —Acercó su cuerpo al de él y puso sus labios encima de los de él—. Parece que eres mío.
Ya era medianoche cuando cenaron. En la terraza bañada por la luna de la alta torre del casi terminado Gran Hotel Olimpo, Eve saboreaba una langosta rellena y contemplaba las vistas.
Con Roarke al mando, el complejo Olimpo estaría terminado y completamente equipado en un año. De momento lo tenían por completo para ellos, si no se tenían en cuenta los equipos de constructores, los empleados, los arquitectos, los ingenieros, los pilotos ni otros habitantes que compartían la enorme estación espacial.
Desde la pequeña mesa donde cenaban, Eve divisaba el centro del complejo. Las luces brillantes, encendidas para los trabajadores nocturnos, y el silencioso zumbido de la maquinaria delataban un ritmo de trabajo de veinticuatro horas. Las fuentes y los haces de luces como arco iris atravesando las aguas eran para ella. Eve lo sabía.
Él había querido que ella viera lo que estaba construyendo y, quizá, que empezara a comprender de qué formaba parte ahora. Como esposa.
«Esposa.» Exhaló con tanta fuerza que el aire le hizo volar el flequillo. Dio un sorbo del champán helado que él le había servido. Haría falta un poco de tiempo para que comprendiera cómo había pasado de ser Eve Dallas, teniente de Homicidios, a ser la esposa de un hombre de quien algunos decían que poseía más dinero y poder que Dios.
—¿Algún problema?
Ella le miró y sonrió ligeramente.
—No. —Con una expresión de intensa concentración, se llevó a los labios una porción de langosta bañada en mantequilla, mantequilla de verdad, ya que no había sucedáneos en la mesa de Roarke—. ¿Cómo voy a ser capaz de tragar lo que hacen pasar por comida en el comedor de la Central cuando vuelva al trabajo?
—En cualquier caso, siempre comes barritas de caramelo en el trabajo. —Le llenó la copa de vino y arqueó una ceja al ver que ella le miraba con suspicacia.
—¿Intentas emborracharme, amigo?
—Completamente.
Ella se rio. Él había notado que lo hacía más a menudo y con mayor facilidad durante esos días. Se encogió de hombros y tomó su copa.
—Qué demonios, voy a complacerte. Y cuando esté borracha —se bebió el carísimo vino como si fuera agua— voy a ofrecerte una corrida que tardarás en olvidar.
La lascivia, que él había creído sedada por el momento, se le enroscó, cosquilleante, en el vientre.
—Bueno, en ese caso —se sirvió su propia copa, hasta el borde— emborrachémonos los dos.
—Me gusta aquí —anunció ella.
Se apartó de la mesa de un empujón y llevó su copa hasta la gruesa baranda de piedra tallada. Debía de haber costado una fortuna extraerla de la cantera y transportarla hasta allí. Pero se trataba de Roarke, después de todo.
Apoyada en la baranda, Eve observó las luces y el juego del agua de las fuentes, estudió los edificios, cúpulas y torres brillantes y elegantes que alojarían a suntuosos clientes y a sus suntuosos juegos.
El casino estaba terminado y brillaba como una bola de oro en la noche. Una de las doce piscinas se encontraba iluminada y el agua despedía unos destellos de azul cobalto. Los pasajes aéreos zigzagueaban entre los edificios como hilos de plata. Ahora se encontraban vacíos, pero Eve se imaginó el aspecto que tendrían dentro de seis meses o un año: atestados de gente envuelta en seda y cargada de joyas. Estas personas acudirían ahí para ser mimados entre los muros de mármol de los balnearios, en sus baños de arcilla y en sus equipos de cuidados corporales, acompañados por sus amables asesores y solícitos androides. Acudirían ahí para gastar fortunas en el casino, para beber licores exclusivos en los clubes, para hacer el amor con los cuerpos tensos y suaves de los acompañantes con licencia.
Roarke les ofrecería un mundo, y ellos acudirían a él. Pero ya no sería su mundo cuando esas gentes lo ocuparan. Eve se encontraba más cómoda en las calles, en el ruidoso mundo de la ley y el crimen. Roarke lo comprendía, pensó ella, dado que él provenía del mismo lugar. Por eso le había ofrecido ese espacio en ese momento que era sólo para ellos.
—Vas a conseguir algo importante aquí —le dijo mientras se daba la vuelta y se apoyaba contra la baranda.
—Ése es el plan.
—No. —Eve negó con la cabeza, y se sintió complacida al notar que ésta empezaba a darle vueltas a causa del vino—. Vas a conseguir que la gente hable de esto durante siglos, que sueñe con venir aquí. Has recorrido un largo camino desde el tiempo en que eras un ladronzuelo que recorría los callejones de Dublín, Roarke.
Él sonrió con lentitud y con cierto disimulo.
—No hace tanto tiempo, teniente. Todavía ando metiendo la mano en los bolsillos, pero ahora lo hago de forma tan legal como es posible. Estar casado con una policía limita ciertas actividades.
Ella frunció el ceño.
—No quiero oír hablar de eso.
—Querida Eve. —Se levantó con la botella en la mano—. Tan de manual. Todavía tan intranquila por haberte enamorado locamente de un personaje turbio. —Le llenó el vaso otra vez y dejó la botella a un lado—. Un personaje que, hace tan sólo unos meses, se encontraba en tu lista de sospechosos de asesinato.
—¿Disfrutas con eso? ¿Te gusta ser sospechoso?
—Me gusta. —Le acarició el pómulo con el pulgar, en un punto donde un hematoma ya había desaparecido, excepto en su memoria—. Y me siento un poco preocupado por ti.
«Mucho», admitió para sí.
—Soy una buena policía.
—Lo sé. La única a quien he admirado por completo. Qué extraño giro del destino que yo me haya enamorado de una mujer tan devota de la justicia.
—A mí me parece todavía más extraño que yo me haya vinculado con alguien que puede comprar y vender planetas por capricho.
—Que te hayas casado. —Se rio. Le hizo darse la vuelta y le acarició la nuca con la punta de la nariz—. Adelante, dilo. Estamos casados. Esa palabra no va provocarte ningún ahogo.
—Ya lo sé que lo estamos. —Eve se obligó a relajarse y apoyó el cuerpo contra el de él—. Permíteme vivir esto un tiempo. Me gusta estar aquí, lejos, contigo.
—Entonces, entiendo que te alegras de que te presionara para que te tomaras tres semanas libres.
—No me presionaste.
—Tuve que darte la lata. —Le mordisqueó la oreja—. Amenazarte. —Deslizó las manos hasta sus pechos—. Suplicarte.
Ella se rio.
—Tú nunca has suplicado por nada. Pero quizá sí me diste la lata. Yo no he tenido tres semanas libres desde… nunca.
Roarke decidió no decirle que tampoco las había tenido ahora. Era difícil que pasara un período de veinticuatro horas sin poner algún programa que la hiciera enfrentarse con el crimen.
—¿Por qué no hacemos que sean cuatro?
—Roarke…
Él se rio.
—Sólo ha sido un intento. Bébete el champán. Todavía no estás lo bastante borracha para lo que tengo en mente.
—¿Ah? —Se le aceleró el pulso y se sintió tonta—. ¿Y qué es eso?
—Perderá emoción si te lo cuento —decidió él—. Digamos solamente que tengo intención de tenerte ocupada durante las próximas cuarenta y ocho horas que nos quedan aquí.
—¿Cuarenta y ocho horas? —Con una carcajada, vació la copa—. ¿Cuándo empezamos?
—No hay momento mejor que… —Se interrumpió y frunció el ceño al oír el timbre de la puerta—. Dije al personal que dejaran todo despejado. Quédate aquí. —Le recompuso la bata que acababa de desanudarle—. Voy a mandarles lejos. Muy lejos.
—Trae otra botella de camino —le dijo ella, sonriente mientras vertía las últimas gotas en la copa—. Alguien se ha bebido esta botella entera.
Divertido, Roarke entró y atravesó la amplia zona de estar de techo de cristal y suelo alfombrado. Decidió que la quería ahí, en ese suave suelo y las estrellas frías como el hielo sobre sus cabezas. Sacó una larga lila blanca de uno de los platos de porcelana y pensó que le mostraría qué era capaz de hacer un hombre hábil con los pétalos de una flor.
Sonreía al entrar en el vestíbulo de paredes lustrosas y ondulante escalera de mármol. Encendió la pantalla del portero y se dispuso a mandar al infierno al servicio de habitaciones por la interrupción.
Con cierta sorpresa, se encontró con el rostro de uno de sus ingenieros ayudantes.
—¿Carter? ¿Algún problema?
Carter se pasó la mano por un rostro que se veía pálido como el de un muerto y empapado de sudor.
—Señor. Me temo que sí hay un problema. Tengo que hablar con usted. Por favor.
—De acuerdo. Un momento. —Roarke dejó escapar un suspiro mientras apagaba la pantalla y abría las cerraduras. Carter era joven por la posición que tenía, estaba en la veintena, pero era un genio en cuanto a diseño y ejecución. Si había un problema con la construcción, era mejor enfrentarse a él en ese momento.
—¿Se trata de la rampa aérea del salón? —preguntó Roarke mientras abría la puerta—. Creía que ya habías arreglado las deficiencias ahí.
—No… quiero decir, sí, señor. Lo he hecho. Ahora funciona perfectamente.
Roarke se dio cuenta de que el hombre estaba temblando y se olvidó del enojo.
—¿Ha habido algún accidente? —Tomó a Carter del brazo, le acompañó hasta la zona de estar y le hizo sentar en una silla—. ¿Se ha hecho daño alguien?
—No lo sé, quiere decir, ¿un accidente? —Carter parpadeó y se quedó con la mirada inerte y vidriosa—. Señorita, señora, teniente —dijo cuando Eve entró. Empezó a levantarse, pero cayó con gesto de debilidad sobre la silla en cuanto ella le empujó para que se sentara.
—Está bajo los efectos de una conmoción —le dijo apresuradamente a Roarke—. Trae un poco de ese excelente coñac que tienes por ahí. —Se agachó al lado del hombre para quedar a la misma altura que él. Observó que tenía las pupilas pequeñas como puntas de aguja—. Carter, ¿verdad? Tómeselo con calma.
—Yo… —Su rostro tomó un tono de cera ahora—. Creo que voy a…
Antes de que pudiera acabar la frase, Eve le hizo poner la cabeza entre las rodillas.
—Respire. Solamente respire. Ese coñac, Roarke. Tome un trago de esto.
—Sí, señor.
—Por Dios, deja de llamarme señor.
El color volvió a aparecer en las mejillas de Carter, fuera por el coñac o por la vergüenza. Asintió con la cabeza, tragó y exhaló con fuerza.
—Lo siento. Creí que me encontraba bien. Vine directamente. No sé si hubiera… no sabía qué otra cosa hacer. —Se tapó la cara con una mano, como un niño ante una película de terror. Inhaló con dificultad y rápidamente añadió—: Se trata de Drew, Drew Mathias, mi compañero de habitación. Está muerto.
Exhaló como si el aire le estallara desde los pulmones y volvió a inhalar de forma entrecortada, tembloroso. Dio un largo sorbo del coñac y tosió. La mirada de Roarke se tornó inexpresiva. Recompuso en su mente una imagen de Mathias: joven, ambicioso, de pelo rojo y con pecas, un experto en electrónica y especialista en autotrónica.
—¿Dónde, Carter? ¿Cómo ha sido?
—Pensé que debía decírselo inmediatamente. —Ahora las mejillas de Carter eran como dos banderas rojas—. Vine directamente a decírselo a usted… y a su esposa. Pensé que ya que ella es… es policía, que podría hacer algo.
—¿Hace falta un policía, Carter? —Eve le quitó la copa de la mano temblorosa—. ¿Por qué necesitas a un policía?
—Creo… debe de haberse… suicidado, teniente. Estaba allí colgando, colgando de la lámpara del techo de la sala. Y su cara… Oh, Dios. Oh, Jesús.
Eve dejó que Carter enterrara el rostro entre las manos y se dirigió a Roarke.
—¿Quién tiene la autoridad en este lugar para algo como esto?
—Tenemos una seguridad de tipo estándar, la mayor parte automatizada. —Asintió e inclinó la cabeza—. Yo diría que eres tú, teniente.
—De acuerdo. Mira a ver si puedes preparar un equipo de campo para mí. Necesito una grabadora, audio y vídeo, un poco de sellador, bolsas de pruebas, pinzas y un par de cepillos pequeños.
Eve dejó escapar un suspiro sibilante y se pasó una mano por el pelo. No dispondría del equipo para medir la temperatura corporal y la hora del fallecimiento. No habría ningún escáner, ningún equipo de registro, ninguna de las sustancias químicas estándar que los forenses acostumbraban a llevar a la escena del crimen.
Tendría que improvisar.
—Aquí hay un médico, ¿verdad? Llámale. Tendrá que hacer de forense. Voy a vestirme.
La mayoría de técnicos utilizaban las alas del hotel terminadas como habitáculos. Carter y Mathias se lo habían montado lo suficientemente bien y compartían una espaciosa suite de dos habitaciones durante ese turno en la estación. Mientras bajaban al piso diez, Eve le dio a Roarke la grabadora de mano.
—¿Podrás manejar esto, verdad?
Él arqueó una ceja. Estaba fabricada por una de sus empresas.
—Creo que me apañaré.
—Bien. —Le dirigió una leve sonrisa—. Eres el suplente. ¿Está ahí, Carter?
—Sí. —Pero salió del ascensor como un borracho enfrentándose a una prueba de sobriedad. Tuvo que limpiarse dos veces el sudor de la palma de la mano para que el lector se la reconociera. Cuando la puerta se abrió, dio un paso hacia atrás.
—Preferiría no volver a entrar tan pronto.
—Quédese ahí —le dijo ella—. Quizá le necesite.
Eve entró. Las luces brillaban, cegadoras, a la máxima potencia. La música sonaba desde la unidad de pared, un potente rock cuyos chillidos de la vocalista le recordaron a su amiga Mavis. Las baldosas del suelo eran de un color azul como el del Caribe y daban la sensación de caminar sobre el agua.
A lo largo de las paredes norte y sur había unos bancos de ordenadores. Estaciones de trabajo, supuso Eve. Estaban atestadas de todo tipo de tableros electrónicos, microchips y herramientas.
Vio unas ropas tiradas en un montón encima del sofá, unas gafas de realidad virtual encima de la mesa de café, tres latas de cerveza asiática, dos de las cuales ya habían sido dobladas para meterlas en el aparato de reciclaje, y un cuenco lleno de galletas con especias.
Y vio el cuerpo desnudo de Drew Mathias colgado, meciéndose suavemente desde un nudo corredizo hecho con sábanas y sujeto a un brillante candelabro de cristal azul.
—Oh, diablos. —Suspiró—. ¿Cuántos años, Roarke? ¿Veinte?
—No muchos más. —Roarke apretó los labios mientras observaba el rostro infantil de Mathias. Ahora tenía un tono púrpura, los ojos aparecían hinchados y los labios habían quedado con una horrorosa mueca de risa. Un maligno capricho de la muerte le había dejado sonriendo.
—De acuerdo, haremos lo que podamos. Dallas, teniente Eve, Departamento de Policía y Seguridad de Nueva York, presente hasta que las adecuadas autoridades interespaciales puedan ser contactadas y transportadas. Muerte sospechosa. Mathias, Drew, Gran Hotel Olimpo, habitación 1026, 1 de agosto de 2058, 1:00 horas.
—Quiero bajarle de ahí —dijo Roarke. No debería haberse sentido sorprendido ante la facilidad con que Eve pasó de ser una mujer a ser una policía.
—Todavía no. Ahora a él le da igual, yo necesito grabar la escena antes de que nada cambie de sitio. —Se dirigió a la puerta—. ¿Tocó usted algo, Carter?
—No. —Se pasó el dorso de la mano por la boca—. Abrí la puerta, exactamente como ahora, y entré. Le vi enseguida. Se… se le ve enseguida. Supongo que me quedé ahí un minuto. En pie, simplemente. Supe que estaba muerto. Lo vi en su cara.
—¿Por qué no va a la habitación de al lado? —sugirió, señalando hacia la izquierda—. Puede tumbarse ahí un rato. Más tarde necesitaré hablar con usted.
—De acuerdo.
—No llame a nadie —le ordenó.
—No. No, no llamaré a nadie.
Ella entró de nuevo y cerró la puerta con llave. Dirigió la mirada hacia Roarke y ambos mantuvieron la vista el uno en el otro un momento. Eve sabía que él estaba pensando, al igual que ella, que había algunas personas —como ella— que no podían escapar de la muerte.
—Empecemos —le dijo.