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FESTIVA ANTE LA MUERTE, J.D. Robb

Capítulo uno

Soñó con la muerte.

La sucia luz roja del neón latía a través de la ventana mugrienta como un corazón enojado. Sus destellos hacían que los charcos de sangre que brillaban en el suelo se vieran ahora oscuros, ahora claros, oscuros, claros, y atravesaran la pequeña habitación brindando un rápido alivio antes de volverla a sumir en la oscuridad.

Ella se encontraba acurrucada en la esquina, una niña delgada con el cabello castaño enmarañado y unos enormes ojos del mismo color del whisky que él bebía cuando tenía dinero para comprarlo. El dolor y la conmoción habían provocado que esos ojos estuvieran vidriosos y ciegos, y que su piel mostrara el tono gris acerado de un cuerpo muerto. Miraba al frente, hipnotizada por la luz parpadeante, por la forma en que ésta se reflejaba en las paredes, en el suelo. En él.

Él, tirado en ese suelo estropeado, nadaba en su propia sangre.

Unos tenues gruñidos como de bestia se le escapaban de la garganta.

Y en la mano de ella, el cuchillo permanecía ensangrentado hasta la empuñadura.

Él estaba muerto. Ella sabía que estaba muerto. Percibía el fuerte y denso hedor que emanaba de él y que enrarecía el aire. Era una niña, era sólo una niña, pero el animal que había dentro de ella reconocía el olor y, al notarlo, sentía tanto miedo como euforia.

Él brazo que él le había roto le dolía insoportablemente. Ese punto entre las piernas le quemaba y le supuraba después de la última violación. No toda la sangre que la cubría era de él.

Pero él estaba muerto. Se había terminado. Estaba salvada.

Entonces él giró la cabeza, como una marioneta movida por los hilos, y el dolor dejó paso al terror.

Esos ojos clavados en ella mientras tartamudeaba, se apretaba contra esa esquina para escapar de él. Y los labios muertos sonrieron.

«Nunca te librarás de mí, pequeña. Soy parte de ti. Siempre. Estoy dentro de ti. Para siempre. Ahora papá va a tener que castigarte otra vez.»

Él se incorporó apoyándose sobre las manos y las rodillas. La sangre le caía del rostro y de la espalda en gotas grandes que estallaban contra el suelo. Manaba de forma obscena de los cortes que tenía en los brazos. Consiguió ponerse en pie y empezó a tambalearse hacia ella en medio de la sangre que se arremolinaba en el suelo. Y ella chilló.

Al chillar, se despertó.

Eve se cubrió el rostro con las manos y se tapó la boca con fuerza para enmudecer los enloquecedores gritos que le rasgaban la garganta como cristales rotos. El dolor que sentía cada vez que el aire le entraba en los pulmones la hacía parpadear a cada respiración.

Todavía tenía miedo, sentía su frialdad en la espalda, pero se sentó en la cama. Ya no era esa niña indefensa, ahora era una mujer adulta, una policía que sabía qué era proteger y defender. Incluso cuando la víctima era ella misma.

No estaba sola en una horrible y pequeña habitación de hotel, sino que estaba en su propia casa. La casa de Roarke. Roarke.

Pensar en él, concentrarse en su nombre, la ayudó a tranquilizarse.

Se había quedado en el sillón de descanso de la oficina de su casa porque él estaba fuera del planeta. Nunca podía descansar en la cama a no ser que él estuviera con ella. Cuando él dormía a su lado, era extraño que las pesadillas la asaltaran, pe­ro cuan­do él no estaba, esas pesadillas la perseguían demasia­do a menudo.

Odiaba esa faceta de debilidad, de dependencia, casi tanto como había acabado por amar a ese hombre.

Para consolarse, tomó en brazos al gordo gato gris que estaba enroscado a su lado y que la miraba con esos ojos de dos colores. Galahad estaba acostumbrado a sus pesadillas, pero no le gustaba que le despertaran a las cuatro de la mañana.

—Lo siento —dijo en voz baja mientras le acariciaba con la mejilla—. Es una tontería tan grande. Él está muerto y no va a volver. Los muertos no vuelven. —Suspiró y observó la oscuridad a su alrededor—. Yo debería saberlo.

Vivía con la muerte, trabajaba con ella, se manejaba con ella día tras día, noche tras noche. Durante esas últimas semanas de 2058, las armas estaban prohibidas y la ciencia médica había descubierto cómo prolongar la vida hasta más allá de los cien años.

Pero los hombres todavía tenían que dejar de matarse unos a otros.

Su trabajo consistía en defender a los muertos.

Para no arriesgarse a tener pesadillas otra vez, ordenó que se encendieran las luces y saltó del sillón. Notó que tenía las piernas bastante firmes y que el pulso casi había recuperado el ritmo normal. Ese horrible dolor de cabeza que seguía a una pesadilla desaparecería pronto, se dijo a sí misma.

Contento ante la perspectiva de un desayuno temprano, Galahad la siguió y se frotó contra sus piernas en cuanto llegaron a la cocina.

—Yo primero, amigo. —Programó café en el AutoChef y luego dejó un cuenco de comida de gato en el suelo. El animal la atacó como si se tratara de su última comida mientras Eve miraba por la ventana, pensativa.

Las vistas no eran las de una calle, sino las de una amplia extensión de césped, y el cielo estaba despejado de tráfico. Parecía que estuviera sola en la ciudad. La intimidad y la tranquilidad eran privilegios que un hombre rico como Roarke podía comprar con facilidad. Pero Eve sabía que más allá de esos bonitos campos, más allá del alto muro de piedra, la vida latía. Y la muer­te la seguía con avidez.

Ése era su mundo, pensó mientras sorbía el café y se masajeaba con suavidad el hombro, cuya herida todavía no estaba curada del todo. Mezquinos asesinatos, grandes ambiciones, tratos sucios y una desesperación que clamaba al cielo. Ella estaba más familiarizada con todo eso que con el colorido entorno de dinero y de poder de su esposo.

En momentos como ése en que se encontraba sola y con el ánimo un poco bajo, se preguntaba cómo habían podido juntar­se, esa correcta policía que creía firmemente en las directrices de la ley con ese elegante irlandés que se había manejado al margen de esas directrices durante toda la vida.

El asesinato los había unido, dos almas perdidas que habían escogido distintos caminos para escapar y sobrevivir y que, contra toda lógica y sentido común, se habían encontrado la una a la otra.

—Dios, le echo de menos. Es ridículo. —Molesta consigo misma, se dio la vuelta con la intención de ducharse y vestirse. Pero la luz parpadeante del TeleLink indicaba una llamada entrante. Sin dudar ni un momento de quién llamaba, lo tomó y marcó el código de desbloqueo.

El rostro de Roarke apareció en pantalla. Un rostro impresionante, pensó al ver que él arqueaba una ceja. De una belleza poética. El pelo negro le caía hasta los hombros. Los labios, cuyo dibujo le confería una expresión de inteligencia. Los pómulos altos y marcados. La sorprendente intensidad de los ojos azules y brillantes.

Después de casi un año, todavía el verle solamente el rostro le aceleraba el pulso.

—Querida Eve. —Su voz tenía la suave densidad de la nata mezclada con el fuerte whisky irlandés—. ¿Por qué no estás durmiendo?

—Porque estoy despierta.

Ella sabía qué era lo que él veía al observarla. Había muy pocas cosas que ella consiguiera ocultarle. Él percibía las sombras de una mala noche en el contorno de sus ojos, en la palidez de su piel. Incómoda, se encogió de hombros y se pasó una ma­no por el pelo.

—Voy a ir a la Central temprano. Tengo que ponerme al día con unos papeles.

Pero él se daba cuenta de más cosas de las que ella creía. Al mirarla veía fuerza, valor y dolor. Y una belleza —en esos marcados pómulos, en esos labios llenos, en esos ojos firmes del color del coñac— a la que ella no prestaba atención. Al ver que en ella había cansancio, cambió de planes.

—Vuelvo a casa esta noche.

—Creí que necesitabas pasar un par de días más ahí arriba.

—Vuelvo a casa esta noche —repitió, y le sonrió—. Te echo de menos, teniente.

—¿Sí? —Por tonto que le pareciera la emoción y la calidez que la embargaban, le sonrió—. Supongo que tendré que dedicarte cierto tiempo cuando vuelvas.

—Hazlo.

—¿Es por eso que has llamado, para hacerme saber que volvías antes?

La verdad era que él había tenido intención de dejarle un mensaje comunicándole que todavía se retrasaría otros dos días, o para convencerla de que fuera a reunirse con él el fin de semana en el Complejo Olimpo. Pero se limitó a sonreír.

—Sólo quería informar a mi esposa de mis planes de viaje. Vuelve a la cama, Eve.

—Sí, quizá. —Pero ambos sabían que no iba a hacerlo—. Nos vemos esta noche. Esto… Roarke.

—¿Qué?

Eve todavía tenía que inhalar con fuerza antes de decirlo.

—Yo también te echo de menos.

Cortó la comunicación antes de ver que él sonreía. Más tranquila, se tomó el café y se dispuso a prepararse para el día.

No salió de la casa exactamente a hurtadillas, pero sí intentó pasar desapercibida. Quizá todavía no fueran las cinco de la mañana, pero no tenía ninguna duda de que Summerset no estaba muy lejos. Eve prefería, siempre que era posible, evitar al sargento mayor, o como fuera que se llamase a un hombre que lo sabía todo, lo hacía todo y metía demasiado a menudo su larga nariz en lo que Eve consideraba sus asuntos personales.

Eve sospechaba que durante las dos últimas semanas, desde el último caso en el cual estuvieron más cerca el uno del otro de lo que ninguno de los dos consideraba cómodo, él la había estado evitando con tanta escrupulosidad como ella.

Al recordar eso, se frotó con gesto distraído la zona del bra­zo justo debajo del hombro. Todavía le dolía un poco por las mañanas, o después de un día muy largo. Recibir un disparo de su propia arma había sido una experiencia que no deseaba volver a tener ni en ésta ni en otra vida. En otro sentido, todavía había sido peor que, después, Summerset la hubiera obligado a tragar­se los medicamentos aprovechando que ella estaba demasiado débil para darle una patada en el culo.

Cerró la puerta al salir e inhaló con fuerza el helado aire de diciembre. De repente, maldijo con rabia.

Había dejado su vehículo al pie de las escaleras principalmente porque eso enojaba a Summerset. Y él lo había trasladado porque eso la sacaba de quicio a ella. Refunfuñando por no haber llevado consigo el control remoto de la puerta del garaje, dio la vuelta a la casa. El césped helado crepitaba bajo sus botas, las puntas de las orejas empezaron a dolerle del frío, y la nariz comenzó a gotearle.

Apretó la mandíbula y marcó el código con los dedos desnudos. Luego entró en el impoluto y maravillosamente caldeado garaje.

Los vehículos estaban aparcados en dos niveles: coches, bicicletas, motos aéreas, e incluso un pequeño helicóptero biplaza última generación. Su vehículo de ciudad, de un color verde guisante, parecía un chucho en medio de una manada de elegantes y acicalados perros de caza. Pero era nuevo, se dijo a sí mis­ma mientras se sentaba ante el volante. Y todo funcionaba.

Se encendió como en un sueño. El motor ronroneó. A una orden suya, los ventiladores empezaron a distribuir el aire de la calefacción. Las luces de la cabina que indicaban que se estaba realizando la comprobación inicial del estado del vehículo se encendieron. Inmediatamente, una voz suave le comunicó que todos los sistemas estaban operativos.

Eve hubiera estado dispuesta a sufrir todos los castigos de los penitentes antes de admitir que echaba de menos los caprichos y el mal genio de su vieja unidad.

Salió despacio del garaje y recorrió el camino en dirección a las puertas blindadas con calma. Éstas se abrieron con suavidad, silenciosamente, para ella.

Las calles de este barrio exclusivo eran tranquilas, limpias. Los árboles del enorme parque estaban cubiertos con una fina capa de escarcha, como una piel de polvo de diamante. En lo más profundo de las sombras de la ciudad, los traficantes y los matones debían de estar terminando con sus ocupaciones nocturnas, pero aquí sólo había edificios de piedra pulida, amplias avenidas y la tranquila oscuridad que precede al amanecer.

Eve había recorrido muchas manzanas cuando vio la primera valla luminosa, que escupía una luz estridente a la noche. Santa Claus, con las mejillas sonrosadas y una sonrisa de manía­co que le hacía parecer un elfo colocado de Zeus, atravesaba el cielo en su flota de renos y emitía su «jo, jo, jo» al tiempo que avisaba al populacho de cuántos días les quedaba para hacer las compras navideñas.

—Sí, sí, te oigo. Inmenso hijo de puta. —Frunció el ceño y frenó ante un semáforo. Nunca antes había tenido que preocuparse en esas fiestas. Sólo había sido cuestión de encontrar algo ridículo para Mavis, y quizá algo comestible para Feeney.

En su vida no había habido nadie más para quién tuviera que envolver regalos.

¿Y qué diablos podía comprar para un hombre que no sólo lo tenía todo, sino que era el propietario de la mayoría de fábricas del planeta? Para una mujer que prefería que la golpearan con un bate a tener que ir de compras una tarde, ésa era una cuestión muy seria.

La Navidad, pensó Eve mientras Santa Claus pregonaba la variedad de tiendas del Centro Comercial Aéreo de la Gran Manzana, era un palo.

Descendió ligeramente la ventanilla y notó el olor de castañas asadas, de perritos de soja, de humo y de humanidad. Alguien anunciaba con voz estridente y monótona el fin del mun­do. Un taxista hizo sonar el claxon por encima de lo permitido por las leyes contra la contaminación acústica, enojado con los peatones que se habían lanzado a la calle cuando él tenía la luz verde. Por encima de sus cabezas, los primeros autobuses aéreos emitían ese sonido tan desagradable y los primeros globos publicitarios pregonaban las mercancías de la ciudad.

Presenció una pelea a puñetazos entre dos mujeres. Acompañantes con licencia callejera, pensó Eve. Las acompañantes con licencia tenían que proteger su territorio con la misma fiereza que los vendedores de comida y de bebida. Estuvo a punto de bajar del coche y de detenerlas, pero la pequeña rubia tumbó a la pelirroja y huyó entre la multitud como un conejo.

Bien pensado, se dijo Eve al ver que la pelirroja ya se había puesto de pie y gritaba obscenidades.

Esto, pensó Eve con afecto, era Nueva York.

Con cierta tristeza abandonó la zona, penetró en la relativa tranquilidad de la Séptima Avenida y se dirigió hacia el centro de la ciudad. Necesitaba volver a entrar en acción, pensó. Esas semanas de baja la habían hecho sentir nerviosa e inútil. Débil. Se había saltado la última semana de baja y se había sometido al examen físico que se requería.

Y, lo sabía, lo había pasado por los pelos.

Pero lo había pasado y ya había vuelto al trabajo. Ahora, si pudiera convencer al comandante de que la apartara de la rutina de despacho, sería una mujer feliz.

La radio se activó y Eve le prestó atención sólo a medias. No tenía que estar disponible hasta al cabo de tres horas.

«Cualquier unidad que se encuentre próxima; se ha in­for­ma­do de un 1222 en el número 6843 de la Séptima Avenida, apartamento 18B. No hay ninguna confirmación. Buscar al hombre del apartamento 2A. Cualquier unidad que se encuentre próxima…»

Eve respondió antes de que repitieran la llamada.

—Avisos, aquí Dallas, teniente Eve. Estoy a dos minutos de la dirección de la Séptima Avenida. Respondo.

«Recibido, Dallas, teniente Eve. Por favor informe de la situación en cuanto llegue.»

—Afirmativo. Dallas, corto.

Se deslizó hacia la esquina y echó un vistazo hacia arriba, al edificio de un color gris acero. Unas cuantas luces brillaban en las ventanas, pero en el piso 18 sólo se veía oscuridad. Un 1222 significaba que había habido una llamada anónima avisando de una disputa doméstica.

Eve salió del vehículo y sin darse cuenta deslizó la mano hasta su costado, donde su arma reposaba. No le importaba empezar el día con problemas, pero no había policía vivo o muerto que no temiera enfrentarse a una disputa doméstica.

Parecía que no había nada con que un esposo o una esposa disfrutaran más que volverse contra el pobre bastardo que intentaba evitar que se mataran el uno al otro por culpa del dinero del alquiler.

El hecho de que hubiera respondido voluntariamente a la llamada era una muestra de la insatisfacción que sentía con las tareas que tenía asignadas en esos momentos.

Eve subió el corto tramo de escaleras corriendo y se encontró ante el hombre del 2A.

Levantó la placa mientras él hablaba desde el otro lado de la mirilla de la puerta, y cuando el hombre la abrió, Eve la colocó ante sus diminutos ojos.

—¿Tienen problemas aquí?

—No sé. Los polis me han llamado. Soy el encargado. No sé nada.

—Ya lo veo. —El hombre olía a sábanas sucias y, de forma inexplicable, a queso—. ¿Me permite entrar en el 18B?

—Tiene un código maestro, ¿no?

—Sí, de acuerdo. —Eve le hizo un rápido repaso: bajo, delgado, olía mal y estaba asustado—. ¿Qué tal si me dice algo de los ocupantes antes de que entre?

—Sólo uno. Mujer. Mujer soltera. Divorciada o algo. Es reservada.

—¿No lo son todas? —dijo Eve entre dientes—. ¿Sabe cómo se llama?

—Hawley. Marianna. De unos treinta, treinta y cinco años. Buen aspecto. Ha estado aquí seis años. Ningún problema. Mi­re, no he oído nada, no he visto nada. No sé nada. Son las cinco y media de la madrugada, mierda. Si ella ha provocado algún desperfecto al apartamento, quiero saberlo. Si no, no es cosa mía.

—Está bien —dijo Eve mientras le cerraba la puerta en las narices—. Vuelve a tu agujero, rata. —Movió los hombros un momento y luego recorrió el pasillo hasta el ascensor. En cuan­to entró en él, sacó el comunicador—. Dallas, teniente Eve. Estoy en la dirección de la Séptima Avenida. El encargado del edificio es nulo. Informaré de nuevo después de entrevistar a Hawley, Marianna, residente en el 18B.

«¿Necesita refuerzos?»

—No, de momento. Dallas, corto.

Se guardó el comunicador en el bolsillo y salió al pasillo del piso 18. Un rápido vistazo le hizo saber que las cámaras de seguridad estaban en su sitio. El pasillo estaba tan silencioso co­mo una iglesia. Por la localización y el estilo del edificio, supuso que la mayoría de sus habitantes eran oficinistas, de ingresos medios. La mayoría no se levantarían de la cama hasta pasadas las sie­te de la mañana. Se tomarían el café y saldrían disparados hasta su parada de autobús aéreo o de metro. Los más afortunados sólo tendrían que conectarse con su oficina desde la estación de trabajo de su casa.

Algunos tendrían que llevar a los niños a la escuela. Otros darían un beso de despedida a su esposo o esposa y esperarían a su amante.

Unas vidas corrientes en un lugar corriente.

Por un momento le pasó por la cabeza la posibilidad de que Roarke fuera el propietario del edificio, pero la dejó a un lado y se acercó a la puerta del 18B.

El piloto de seguridad estaba encendido en color verde. De­sactivada. Instintivamente, se colocó a un lado de la puerta y pulsó el timbre. No lo oyó dentro de la casa y pensó que el apartamento estaba insonorizado. Fuera lo que fuese lo que ocurriera allí, quedaba dentro. Un tanto incómoda, sacó el código maestro y abrió los cerrojos.

Antes de entrar, llamó en voz alta. No había nada peor, pen­só, que provocar que un asustado civil que hubiera estado durmiendo cargara contra uno con un aturdidor casero o con un cuchillo de cocina.

—¿Señora Hawley? Policía. Tenemos un aviso de problemas en su apartamento. Luces —ordenó, y las luces del salón se encendieron.

Era bastante bonito, tenía un aire tranquilo. Colores suaves, líneas sencillas. La pantalla estaba pasando un viejo vídeo. Dos personas imposiblemente atractivas retozaban desnudas enci­ma de una cama cubierta de pétalos de rosa. Gemían de forma muy teatral.

En la mesa, delante del largo sofá de un verde apagado, había un plato con caramelos. Estaba lleno hasta el borde de unas gominolas cubiertas de azúcar. Unas velas rojas y plateadas rodeaban el plato y tenían distintas alturas.

Toda la habitación olía a arándanos y a pino.

Eve vio de dónde procedía el olor a pino. Un perfecto y pequeño árbol estaba tumbado delante de la ventana. Las luces festivas y los adornos de angelitos de carita dulce estaban destrozados. Las ramas estaban rotas.

Por lo menos, doce cajas envueltas en papel de fiesta estaban aplastadas debajo del árbol.

Eve sacó el arma y dio una vuelta por la habitación.

No había ningún otro signo de violencia a la vista, no allí. La pareja de la pantalla llegó al clímax de forma simultánea con unos gemidos guturales y animales. Eve pasó por delante de la pantalla. Escuchó.

Oyó música. Tranquila, alegre, monótona. No conocía la melodía, pero reconocía que era una de las fastidiosas cancioncitas de Navidad que se oían por todas partes durante esa época.

Recorrió el corto pasillo apuntando con el arma. Dos puertas, ambas abiertas. Una se abría a un lavabo, un lavamanos, una bañera, todo de un blanco brillante. Manteniendo la espalda contra la pared, se deslizó hasta la segunda puerta, donde la música no dejaba de sonar.

La olió, olió la muerte reciente. Un olor a la vez metálico y afrutado. Acabó de abrir la puerta del todo y la encontró.

Entró en la habitación, apuntó a la derecha, a la izquierda, con ojos y oídos abiertos. Pero sabía que se encontraba sola con lo que una vez había sido Marianna Hawley. A pesar de ello, miró en el vestidor, detrás de las cortinas, y abandonó el dormitorio para registrar el resto del apartamento antes de bajar la guardia.

Sólo entonces se acercó a la cama.

El del 2A tenía razón, pensó. La mujer había sido atractiva. No de una forma impresionante, pero sí era una mujer bonita con el pelo de un castaño claro y unos ojos de un verde profundo. La muerte no le había arrebatado eso, no todavía.

Tenía los ojos abiertos de par en par y una mirada de sorpresa, como era habitual a veces en los muertos. Le habían aplicado un color sutil sobre la aburrida palidez de las mejillas. Le habían pintado las pestañas, y también los labios, de un rojo cereza muy festivo. Le habían puesto en el cabello un ornamento, justo encima de la oreja derecha. Era un pequeño y brillante arbolito con un pajarito gordo y dorado posado en una de las ramas plateadas.

Ella estaba desnuda. Sólo llevaba una brillante guirnalda que le habían colocado alrededor del cuerpo de forma artística. Eve se preguntó, al ver las abrasiones en el cuello, si eso era lo que habían utilizado para estrangularla.

Había más contusiones en las muñecas y en los tobillos, lo cual indicaba que la víctima había sido atada y, posiblemen­te, había tenido tiempo de intentar deshacerse de las ataduras.

En la unidad de ocio que reposaba al lado de la cama, la cantante la invitó a que pasara una feliz Navidad.

Con un suspiro, Eve sacó el comunicador.

—Avisos, aquí Dallas, teniente Eve. Tengo un homicidio.

—Vaya forma de empezar el día. —La agente Peabody reprimió un bostezo y observó a la víctima con sus oscuros ojos de policía. A pesar de lo temprano de la hora, el uniforme de Peabody estaba impecable y perfectamente bien planchado. Tenía el cabello castaño oscuro cortado como un paje y lo había domado de forma implacable.

La única señal que indicaba que la habían hecho levantar de la cama despiadadamente era la marca de la sábana que todavía tenía en la mejilla.

—Vaya forma de terminarlo —dijo Eve—. El registro preliminar de la escena indica que la muerte ocurrió a las veinticuatro horas, casi exacto. —Se apartó a un lado para dejar que el equipo de la oficina del forense confirmara sus conclusiones—. Hay indicios de que la causa de la muerte fue estrangulación. La falta de señales de lucha indica que la víctima no luchó hasta que estuvo atada.

Con cuidado, Eve levantó el tobillo izquierdo de la mujer para examinar las lesiones en la piel.

—Los hematomas en el ano y en la vagina indican que fue agredida sexualmente antes de que la mataran. El apartamento está insonorizado. Hubiera podido gritar hasta desgañitarse.

—No he visto ninguna señal de entrada a la fuerza en el salón, excepto el árbol de Navidad. Eso me pareció que lo habían hecho de forma deliberada.

Eve asintió con la cabeza y miró a Peabody de reojo.

—Buen ojo. Ve a ver al hombre del 2A, Peabody, y consigue los discos de seguridad de este piso. Vamos a ver quién llamó.

—Ahora mismo.

—Envía a un par de agentes de uniforme a que hagan un puerta a puerta —añadió Eve mientras se dirigía hacia el TeleLink que había al lado de la cama—. Que alguien apague esa jodida música.

—No parece que tenga ánimo festivo. —Peabody presionó el botón del sistema de sonido con un dedo perfectamente sellado—. Teniente.

—La Navidad es un palo. ¿Habéis terminado aquí? —preguntó al equipo del forense—. Vamos a darle la vuelta antes de meterla en la bolsa.

La sangre había encontrado el nivel más bajo y se había depositado en la zona de las nalgas, que estaban completamente rojas. El vientre se había vaciado, los restos de la muerte. A través de la capa selladora que llevaba en las manos, Eve notó la textura de la piel como de cera.

—Esto parece reciente —murmuró—. Peabody, graba esto en vídeo antes de irte. —Eve observó el brillante tatuaje en el omóplato derecho mientras Peabody lo grababa.

—Mi amor verdadero. —Peabody apretó los labios con gesto pensativo ante las brillantes letras de color rojo de una tipografía antigua.

—Me parece un tatuaje temporal. —Eve se inclinó hasta que casi tocó el hombro de la mujer con la nariz. Olió—. Se lo han aplicado recientemente. Buscaremos dónde se hacen este tipo de tratamientos corporales.

—Una perdiz en un peral.

Eve se incorporó y miró a su ayudante con una ceja arqueada.

—¿Qué?

—En el pelo, la horquilla del pelo. El primer día de Navidad. —Eve continuaba mirándola sin comprender, así que Peabody meneó la cabeza y explicó—: Es una vieja canción de Navidad, teniente. Los doce días de Navidad. El chico le da a su amor verdadero algo cada día, y empieza con una perdiz en un peral el primer día.

—¿Qué se supone que tiene que hacer una con un pájaro en un árbol? Qué regalo tan tonto. —Pero una desagradable sospecha la asaltó—. Esperemos que ella fuera su único amor verdadero. Dame las grabaciones. Métanla en la bolsa —ordenó, y volvió hacia el TeleLink de la cama.

Mientras sacaban el cuerpo, Eve solicitó todas las llamadas entrantes y salientes de las veinticuatro horas previas.

La primera entró justo pasadas las ocho de la mañana. Una alegre conversación entre la víctima y su madre. Mientras escuchaba y observaba el rostro risueño de la madre, Eve se preguntó qué aspecto tendría ese mismo rostro cuando la llamara y le dijera que su hija estaba muerta.

La única otra llamada se había hecho desde allí. Un chico atractivo, pensó Eve mientras observaba la imagen de la pantalla. En la treintena, sonrisa fácil, ojos marrones y conmovedores. Jerry, le llamó la víctima. O Jer. Muchas bromas sexuales, jugaban. Un amante, entonces. Quizá su amor verdadero.

Eve sacó el disco, lo metió en la bolsa y lo guardó. Localizó el diario de Marianna, el TeleLink portátil y la agenda de direcciones en un escritorio delante de la ventana. Una rápida búsqueda le facilitó a un tal Jeremy Vandoren.

Eve estaba sola. Se acercó a la cama. Las sábanas, manchadas, estaban hechas un ovillo a los pies. Las ropas de la víctima, que habían sido cortadas con cuidado y amontonadas en el suelo, ya habían sido guardadas como prueba. El apartamento esta­ba en silencio.

Ella le dejó entrar, pensó Eve. Le abrió la puerta. ¿Vino hasta aquí con él de forma voluntaria, o él la sometió antes? El informe de toxicología le diría si había alguna sustancia ilegal en la sangre.

Una vez la tuvo en el dormitorio, la ató. Manos y pies; probablemente ató las cuerdas en los postes que había en las esquinas de la cama, el cuerpo de ella desplegado como ofreciéndose para un banquete.

Entonces le cortó las ropas. Con cuidado, sin prisas. No se trataba de cólera, de furia, ni siquiera de una especie de desesperada necesidad. Había sido calculado, planificado, ejecutado de forma ordenada. Entonces la violó, la sodomizó, porque podía hacerlo. Él tenía el poder de hacerlo.

Ella había luchado, había gritado, probablemente le había suplicado. Él disfrutó con eso, se alimentó de eso. Eso hacían los violadores, pensó Eve mientras respiraba a conciencia para tranquilizarse. Su mente no cejaba de desviarse hacia la imagen de su padre.

Cuando hubo terminado, la estranguló. La observó mientras los ojos de ella se le salían de las órbitas. Luego la peinó, le maquilló el rostro, la envolvió con una festiva guirnalda. ¿La horquilla del pelo la había traído él o era de ella? ¿Había sido ella quien se había divertido poniéndose el tatuaje o había sido él quién le decoró el cuerpo?

Eve se dirigió hacia el baño de al lado de la habitación. Las baldosas blancas brillaban como si fueran de nieve y se notaba un ligero olor a desinfectante. Él se había lavado allí al terminar, decidió Eve. Se lavó, incluso quizá se acicaló, y luego fregó y roció la habitación para eliminar cualquier rastro.

Bueno, de todas formas, pondría al equipo de registro a trabajar allí. Cualquier cosa, hasta un simple pelo del pubis, podría hacer que le colgaran.

Ella tenía una madre que la quería, pensó Eve. Una madre que se reía con ella, que hacía planes para las vacaciones, que charlaba de recetas de pasteles.

—¿Señor? ¿Teniente?

Eve miró por encima del hombro y vio a Peabody en el centro del pasillo.

—¿Qué?

—Tengo los discos de seguridad. Dos policías están empezando a realizar el puerta a puerta.

—Bien. —Eve se frotó el rostro con las manos—. Precintemos el sitio y llevémoslo todo a la Central. Tengo que informar a sus parientes. —Se colgó la bolsa del hombro y tomó el equi­po de campo—. Tienes razón Peabody. Vaya manera de empezar el día.

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