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Prólogo
El tedio podía hacer cosas extrañas con los sentidos de un hombre. Mark Greenwood se inclinó con brusquedad hacia el monitor cuando una sombra apareció fugazmente delante de la cámara de seguridad. Parecía un hombre agazapado.
No. Imposible.
Tenía que ser un gamo, porque nadie podía acercarse tanto a Maple Creek.Él y Hernando Córdova se encontraban en el centro de seguridad, que era semejante a una tumba, escrutando con la vista cada uno diez de los veinte monitores que transmitían imágenes rotativas del edificio y del parque. La reserva de doce hectáreas, enclavada en un oscuro rincón del condado de Prince George, en Maryland, se asemejaba a un complejo súper secreto de investigación agrícola, con parcelas rectangulares de soja, repollo y fresas claramente visibles detrás de tres vallas de seguridad.
La broma que circulaba entre los guardias era que las plantas estaban creadas genéticamente con genes de carpa para soportar los veranos húmedos de Maryland y genes de zorro para repeler pestes, en especial las de la variedad humana. Mark miró furtivamente el reloj, contando los veinticinco monótonos minutos que le restaban de su turno. De todos modos, era un trabajo estupendo para alguien que nunca había ido a la universidad, pues se iría de aquel lugar con dinero suficiente para regresar a Howard County, en Maryland, y abrir su propia empresa de seguridad. Apretó un botón y habló por el micrófono incorporado al auricular. «Perímetro este, informe».
–Perímetro este, seguro –respondió Donaldson desde el sendero de grava que corría junto a la valla.
Los seis hombres a cargo del servicio de la parte norte se comunicaron. Como todos, los que integraban la unidad de guardia de veinticinco hombres provenían también de los cuerpos de elite del ejército, la armada o las fuerzas aéreas, aunque ahora vistieran sencillos uniformes negros sin insignias. Pero portaban clásicos fusiles M16 y Sig. 40.
Todos vivían en la base, pero había un par de bares en
donde podían negociar un revolcón por menos de cincuenta
dólares. Una mamada costaba todavía menos. Pero hoy noche
era demasiado tarde para conseguir acción.
Pensaba en los pechos aumentados con cirugía de la
página central del último número de Playboy cuando vio otro
gamo. O quizá fuera el mismo. Estaban por todas partes en el
bosque. Si te topabas con uno, podías estropearte el coche.
La imagen se desplazó al aparcamiento. Los vehículos
que pertenecían al personal de seguridad estaban en el
fondo. Los investigadores científicos obtenían los mejores
lugares, más cerca de las barracas, el único edificio visible
dentro del complejo.
En otras pantallas se veía el interior. Si uno no conociera lo que estaba mirando, se preguntaría cómo era posible que todas aquellas habitaciones cupieran en dos edificios herrumbrosos. En realidad, en el piso superior sólo estaba el centro de control donde se encontraba sentado, y unas pocas oficinas. La mayor parte de la instalación estaba en Well, el complejo de cuarenta hectáreas ubicado a tres y cuatro pisos por debajo de los campos de soja. A sólo cuarenta y cinco minutos de Washington D.C., había sido construido durante la paranoia de los cincuenta como refugio antibomba para las familias de los senadores y congresistas privilegiados.
Cuando la caseta de guardia revestida de acero apareció
en la pantalla, Mark vio a Ken Rota firme debajo las luces
fluorescentes, el cuerpo erguido por si los superiores revisaban
las cintas.
La imagen cambió y Mark vio un cartel que decía:
DETÉNGASE Y MUESTRE LA IDENTIFICACIÓN
AVANCE LENTAMENTE
LA BARRERA DE METAL PUEDE DAÑAR LOS NEUMÁTICOS
DEL AUTOMÓVIL
Las cámaras finalizaron otro ciclo. Dos minutos después, Mark volvió a la caseta de seguridad. Rota todavía estaba de pie junto a la puerta de vidrio corrediza, pero algo en la mirada vidriosa de sus ojos hizo que Mark discontinuara la inspección automática de las cámaras.
–¿Qué? –interrogó Córdova.
Mark señaló la pantalla con un gesto, acercándose con el zoom para obtener un primer plano. La postura de Rota era rígida; tenía la mirada fija, la boca tiesa como si se hubiera congelado hasta los tuétanos mientras permanecía en su puesto.
–El señor Mandíbula de Hierro –musitó Córdova.
–No sé –respondió Mark sintiendo que un pequeño escalofrío de alarma le corría por la espalda. Había combatido en Iraq, y conocía esa sensación de que algo no andaba del todo bien. Con los ojos fijos en la pantalla, habló por el micrófono que tenía delante de la boca.
–¿Rota?
El hombre no contestó, ni movió un músculo, pese a que Mark realmente le había gritado en el oído a través del auricular que llevaba puesto.
–¿Rota?
Siguió sin responder.
Nunca había habido un Código Rojo en Maple Creek. El complejo era demasiado recóndito como para ser un objetivo y demasiado seguro para que penetraran en él. Sin embargo, cuando Mark contempló al hombre de la caseta, actuó sin titubear: pulsó con el dedo el botón de alarma. Al instante el parque se inundó de luces mientras la sirena comenzó a sonar.
–Jesús –musitó Córdova.
Una luz verde parpadeó en su consola. Cuando conectó las líneas de la centralita, una voz aguda preguntó:
–¿Qué diablos pasa?
El que hablaba era el Mayor Showalter, el jefe del cuerpo de seguridad.La respuesta de Mark fue escueta y precisa.
–Tenemos una posible violación del perímetro. En el acceso principal. Rota está de guardia y aparentemente inmovilizado. Quizás lo atacaron con algún tipo de spray tranquilizante.
–Voy para allá –espetó el mayor, luego emitió una orden cortante a todo el personal de seguridad.
Minutos después, cinco hombres armados salieron en tropel de las barracas semicirculares y se desplegaron en abanico, con los fusiles listos. Otros cuatro hombres que estaban de servicio en el perímetro se unieron al grupo. En una de las pantallas a cargo de Córdova, Mark vio a quince hombres más haciendo ruido por el hueco de la escalera, incluido el mayor, que permanecía en contacto con el centro de comando.
–¿En qué estado se encuentra Rota?
Mark cambió la imagen a la caseta del guardia nuevamente. En contra de toda lógica, había estado esperando ver algo diferente, pero el hombre que estaba adentro parecía un robot inservible.
–Está de pie como si estuviera de servicio, pero no se mueve ni responde a mi comunicado.
La siguiente pregunta era más urgente.
–¿Cuánto tiempo hace que salió de servicio?
Mark mantuvo la sequedad de la voz, centrándose en los hechos.
–Se lo veía perfecto en nuestro último barrido. No debe de haberlo dejado más que hace unos pocos minutos.
–¿Vieron aproximarse a alguien a la caseta de guardia?
–Creo que vi un cuerpo en movimiento fuera del camino. Supuse que era un gamo. –Mark se aclaró la garganta–. Podría haber sido un hombre agazapado.
La adrenalina le subió mientras escuchaba los informes que le llegaban a través del auricular.
–Ningún contacto.
–Ningún contacto.
Quería estar ahí afuera, moviéndose con un M16 en las manos, pero sabía que su posición era vital. Oyó que la puerta se abría a su espalda.
–Señor…
Giró en la silla esperando ver a Showalter. Pero no era el mayor que venía a hacerse cargo del centro de mando. En lugar de eso vio a dos hombres de pie en la puerta de entrada, cogidos de la mano. Estaban vestidos de negro, muy a la manera del personal de seguridad de Maple Creek, pero Mark conocía a todos en la unidad y ninguno de aquellos bichos raros formaba parte de ella.
–¡Qué carajo! –exclamó buscando ya el arma que llevaba a un lado del cuerpo. Junto a él, Córdova hacía lo mismo.Los intrusos cruzaron entre sí rápidas miradas. Tenían la frente cubierta con gotas de sudor y la piel pálida por el nerviosismo. Aunque había algo más en sus rostros, una determinación que Mark reconoció. La determinación del fanático, del terrorista suicida, del loco dispuesto a arriesgarlo todo porque piensa que su causa vale la pena.
Antes de que Mark pudiera desenfundar el arma, un dolor terrible le atravesó el cráneo.
Capítulo uno
El largo camino de acceso formaba una curva elegante y Jordan Walker aminoró la marcha de su Mercedes Sedan cerca de un montículo de azaleas blancas arregladas con buen gusto, mientras contemplaba la mansión Tudor que había estado oculta hasta entonces por arboledas estratégicamente colocadas.
Si no se equivocaba, la residencia era la copia de un palacio perteneciente al príncipe de Gales. Había hecho el viaje de dos horas desde Washington D.C. a un promedio de velocidad excelente, lo que era muy bueno pues sabía que Leonard Hamilton concedía méritos adicionales por la puntualidad. También le gustaban los hombres que hablaban con franqueza, cumplían con una buena relación calidad-precio y tenían agallas para hacerle frente.
Jordan había empleado varios días para investigar bastante bien al multimillonario. Sabía la edad: sesenta y ocho años; el estado de salud: delicado. La pasión por la ópera, su famosa colección de arte estadounidense de Copley a Whistler y O’Keefe. La afición por las orquídeas. El examen de antecedentes era un procedimiento de rutina para Jordan, porque había aprendido que la preparación a menudo representaba la diferencia existente entre eléxito y el fracaso.
La investigación concienzuda era sólo una parte de lo que le había valido el premio Pulitzer. Él tenía algo más: una facilidad para leer a las personas, para saber cuándo el de una entrevista soplaba humo como un abogado de defensa criminal con un cliente culpable. La calzada de cemento se convirtió en empedrado cuando Jordan llegó al camino circular delante de la casa.
Aparcó y se bajó junto al arriate cubierto de mantillo y tulipanes amarillos y blancos plantados en cuidadas hileras, como soldados custodiando la entrada. El sol brillaba. El aire olía tanto a limpio como la ropa recién lavada de su madre secándose en la cuerda. La cámara de seguridad en lo alto de la pared lo siguió como si fuera un predador de la jungla.Tras estirar la rigidez de los brazos y las piernas, subió los tres escalones de ladrillo hacia las puertas dobles. Unos segundos después de haber tocado el timbre, un hombre de traje oscuro, alto y delgado le abrió la puerta de la derecha.
–Jordan Walker.
–Sí, señor. Adelante. El señor Hamilton lo recibirá en el jardín de invierno –dijo con un marcado acento de clase alta británica.
Jordan accedió a un vasto vestíbulo que fácilmente se hubiera tragado el primer piso de la modesta casa en la que él había crecido. Sus pisadas resonaron sobre baldosas de mármol de cinco por diez mientras seguía al hombre por el ancho pasillo, pasando por delante de habitaciones silenciosas en dirección a un enorme recinto de vidrio exuberante con el perfume a tierra de la vegetación tropical.
Reconocer los árboles le llevó un minuto. Por lo general, los había visto como ejemplares más pequeños en grandes macetas. Aquellas schefleras, dracenas y ficus brotaban de grandes cuadrados incorporados en el suelo y esparcidos por el piso de terracota. Alternaban con formaciones rocosas talladas de las que colgaban las orquídeas como si fueran joyas.
–Póngase cómodo. El señor Hamilton estará con usted enseguida. ¿Le traigo algo para beber? –dijo el mayordomo.
–Agua nada más –dijo Jordan.
Cuando el hombre se hubo marchado, se paseó por el lugar, mirando los árboles y flores, disfrutando de la atmósfera. Alguna vez se habría sentido completamente fuera de lugar en aquel entorno tan lujoso, pero hacía mucho tiempo que había superado el estadio de timidez. Inspeccionaba una orquídea blanca y amarilla cuando el sonido de un motor lo obligó a dar media vuelta. Leonard Hamilton, de cabello plateado y hombros encorvados, entró en la habitación deslizándose en una silla de ruedas eléctrica y fijó en él una mirada penetrante; después dijo, a modo de saludo:
–Con el horario de trabajo que usted viene manteniendo en los últimos años, esperaba encontrar algo de gris en su cabello oscuro, pero aparenta tener menos de treinta y dos años.
–Un vida saludable –respondió Jordan.
–Siéntese para que estemos al mismo nivel. Como le dije en mi carta, quiero hablar del proyecto de un libro.
Jordan acercó una silla y se sentó. Antes de que Jordan pudiera dar más detalles, reapareció el mayordomo con una bandeja de plata, un vaso alto lleno de agua helada y una tetera azul Wedgwood y un jarrito haciendo juego, acompañados de una lechera y un azucarero de plata.
El mayordomo prestaba gran atención a la ceremonia de preparación del té del anciano. Mientras se realizaba el pequeño ritual, Jordan se sentó con una inusitada tensión que le retorcía las entrañas, deseoso de que Hamilton continuara con la entrevista.
–Gracias, Griggs. Eso es todo –dijo Hamilton. Esperó a que el hombre se hubiera retirado antes de decir–: Estoy mal de salud. No tengo mucho tiempo que perder, así que iré directo al grano. Quiero una biografía definitiva. El hombre que la escriba recibirá toda mi colaboración.
Jordan se esforzó por ocultar la sorpresa. Leonard Hamilton siempre había sido un hombre tan hermético como un atleta olímpico que consumía esteroides. Prefería permanecer en la sombra, permitiendo que los nombres de otros con una fortuna idéntica salpicaran la prensa. ¿Por qué había cambiado finalmente de opinión?
Recostado en la silla, Jordan bebió un sorbo de agua.
–Usted sería un tema fascinante, pero si espera un trabajo de blanqueado, yo no soy el hombre indicado.
–Obtendría la historia completa.
Jordan apoyó el vaso.
–¿Contaría con franqueza por qué lo abandonó su mujer después de treinta años de matrimonio? ¿Y por qué mantuvo a su hijo fuera de un centro de detención juvenil tras una serie de arrestos durante la adolescencia?
Permanecieron sentados a la mesa frente a frente, mirándose durante algunos instantes cargados de tensión. Había resquebrajado el barniz del anciano. Pero no había conseguido lo que quería, todavía. Hamilton se revolvió en el asiento, después cambió abruptamente de tema.
–Me pareció que su libro sobre la crisis del SIDA en África estaba muy bien hecho. ¿Cuánto tardó en escribirlo?
–La investigación me llevó más de un año, incluyendo seis meses de viaje por el continente. La escritura la completé en seis meses.
–Siempre obtiene información que otras personas pasan por alto. Incluso nada más empezar en el Baltimore Sun.
–¿Investigó tanto?
–Más. Hasta la revelación del incremento de su calificación universitaria en el Daily D.
Jordan se encogió de hombros para ocultar su sorpresa. Al parecer, el viejo había fisgoneado en su época universitaria en Dartmouth.
–Estoy preparado para ser despiadadamente honesto sobre mí mismo y mi familia –continuó Hamilton–. Y estoy dispuesto a pagarle mucho más de lo que ganó con los últimos libros. Puede contarle al público lo que se le antoje sobre mí. Me aseguraré de que le convenga.
–Si voy a tener libertad para escribir con honestidad un libro, no podré estar en su plantilla –dijo, sin alterar el tono de voz–. Recibiré mi pago del adelanto del editor. Una de las editoriales importantes estaría dispuesta a pagar el precio más alto por una versión honrada y autorizada de su biografía.
Hamilton sonrió.
–Mejor así. Porque si usted hubiera corrido a aceptar mi generosidad, ya habría estado detrás de la puerta antes de que pudiera tomar otro sorbo de agua.
–¿Entonces me estaba poniendo a prueba con ese ofrecimiento?–aclaró Jordan.
–Quiero saber lo que un hombre hará por dinero antes de cerrar un trato con él. Puede trabajar de la forma que le plazca. Colaboraré ampliamente, pero le pido algo en retribución.
Ah, ahí viene el remate del chiste.
–Quiero que a cambio averigüe qué le pasó a mi hijo.
A pesar de que Jordan tenía talento para desestabilizar al sujeto de una entrevista, Hamilton podría darle lecciones. Un minuto después dijo:
–Él y su amigo… murieron en un accidente a bordo de una embarcación, ¿verdad? En la bahía de Chesapeake.
El nudoso anciano lo escrutaba desde el otro lado de la mesa.
–Según el informe oficial, él y Glenn Barrow salieron en un bote en condiciones peligrosas. Creo que es una estupidez.
Jordan se inclinó hacia delante en su silla. La sintió, esa ventaja de la certidumbre que se apoderaba de él cuando advertía que estaba sobre la pista de algo importante, de algo sorprendente.
–¿Tiene prueba de lo contrario?
–Sí.
–¿Qué?
–Me dijeron que se hizo una autopsia en la oficina del Examinador Médico del Estado de Maryland. Pero cuando trajeron el cuerpo de Todd a Baltimore, hice que le realizaran exámenes adicionales. Tengo los resultados.
–¿Por qué se tomó todas esas molestias?
–Mi hijo le tenía miedo al agua. Nunca habría tenido un accidente náutico, salvo que alguien lo hubiera arrastrado en medio de la bahía contra su voluntad. –El viejo parecía cansado mientras seguía hablando–. Al principio pensé que alguno de sus amigos de los bajos fondos podría haberlo matado.
–¿Él era una decepción para usted? –le preguntó Jordan, incapaz de apartar de su mente los pensamientos de su propia relación decepcionante con su padre. Si él se hubiera muerto, su padre probablemente se habría encogido de hombros y continuado con su vida.
–Lo amaba. Traté de comprenderle, pero nunca pude… conectar con él. ¿Entiende lo que quiero decir?
Jordan asintió, identificándose muy bien con ese sentimiento. Siempre se había sentido fuera de lugar en su propia familia, como el pichón que cae accidentalmente en un nido equivocado.
La cara del multimillonario se tornó triste, luego recuperó la serenidad.
–Invertí mucho dinero en mi hijo. Pero no resultó como yo esperaba. Todd nunca encajó con otros niños.
De nuevo, Jordan se centró en sus propios recuerdos, luego los desterró de su mente con firmeza, preguntándose por qué permitía que aquella entrevista se volviera tan personal. No estaba allí para una sesión de autoanálisis. Hamilton todavía estaba hablando, la voz engrosada por la emoción.
–Tal como usted señaló hace un rato, Todd se metió en dificultades con la ley; y en otros problemas también. Yo quería saber si había habido alguna razón médica para su extraño comportamiento. Y quería saber si su muerte estaba relacionada con la droga.
–¿Y lo estaba?
–No de la manera en que yo lo imaginaba.
–¿Qué tengo que pensar que quiere decir eso?
El viejo lo miró directamente.
–¿Por qué no lee el informe del patólogo? Si piensa que vale la pena, averigüe en qué diablos andaba para hacer que lo mataran.
–Era homosexual, ¿cierto?
Hamilton lo fulminó con la mirada.
–Supuestamente usted es heterosexual, pero no ha tenido muchas relaciones con mujeres. Jamás estuvo ni cerca de casarse; nunca ha vivido con nadie. Usted ha volcado la mayor parte de la energía en su carrera. –Parecía como si estuviera a punto de decir algo más, pero se contuvo.
–¿En qué sentido es importante mi vida personal?–preguntó Jordan con prudencia.
–¿En qué sentido es importante la sexualidad de mi hijo? –consideró el multimillonario.
–Podría haber tenido algo que ver con su muerte.
–Lo dudo –dijo con brusquedad.
Jordan esperó algunos segundos antes de continuar:
–Déjeme ver si lo entiendo. Usted colaborará conmigo en una biografía sin ningún tipo de restricciones si yo investigo la muerte de su hijo. ¿Eso implica incluir lo que yo deje al descubierto en la biografía?
–Depende de hasta qué punto piense que la información es peligrosa.
Jordan todavía estaba digiriendo eso cuando el viejo metió la mano en la bolsa de tela que estaba en el portaobjetos, en uno de los costados la silla de ruedas.
–Aquí tiene la copia del informe de patología. El original está guardado en mi caja fuerte. E hice alterar los archivos de la computadora del hospital donde se hicieron los exámenes.
–¿Ah, sí? ¿Quién lo hizo?
–Eso no importa. Lo importante es que ese pedido no conduce a mí.
Jordan no se molestó en decir que los archivos de la computadora se podían recuperar, si se contaba con tiempo y habilidad.
–Investigue el material. Si acepta la comisión, le hablaré de mi hijo. De las circunstancias de su nacimiento.
–¿Cuáles son?
–Llegaremos a eso más tarde. Hablaremos de lo que quiera. Hágame saber la semana próxima lo que decida.
–¿Y si no quiero aceptar el trabajo?
Los ojos de Hamilton se volvieron astutos.
–Encontraré a otro. Alguien que no sea demasiado cobarde para descubrir por qué tenía que morir Todd Hamilton.