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— No quiero hacerlo.
—Sabías que este día iba a llegar.
—Lo sé: no lo he olvidado en todos estos años; no me lo has permitido. Pero no quiero irme.
—Es por ella.
—Sí, es por ella. No quiero dejarla, no quiero separarme.
—Es que tú ya tienes un destino marcado. No puedes esquivar tu futuro.
—Puedo negarme.
—Sí, puedes, pero no lo harás. Desde pequeño sabes que es la obligación de nuestra familia; sabes que es un honor, que es una tradición que no vas a romper, que no puedes romper, Ignacio.
—Puedo olvidarme de la tradición: puedo dejar de ser honorable.
—Pero ellos no se olvidarán de ti.
* * *
Raúl, como siempre que tenía a sus hermanos cerca, se volvía un poco más serio y parco que de costumbre, tosco incluso en ocasiones, celoso de que ellos se llevaran la atención de su hija, de que la consintieran tanto. Augusto siempre hacía planes con ella.
—Ya les dije que Azul está muy ocupada con ese prometido.
La joven lo miró con los ojos entrecerrados.
—Otra vez empieza —se quejó sabiendo en qué dirección iba la
frase—. La única razón por la que no les cocino es porque me llevaría
todo el día complacer a los tres: el tío Federico es vegetariano —lo que
parecía increíble por su voluminosa figura—, el tío Augusto no come
mis salsas y a papá no le gustan las comidas que a ustedes sí —explicó
levantando un dedo por cada motivo—. Es una locura perder tanto
tiempo en la cocina para satisfacer a tres hombres que al final me terminarán
criticando por algo —agregó.
—¿Y cómo anda ese novio? —preguntó el mayor mientras volvía de la cocina con los platos.
Algo que estaba más que afirmado en la relación familiar era que todos se sentían a gusto en la casa de todos, nada de llegar y sentirse intimidado o de andar pidiendo permiso. Los hermanos de su padre se manejaban como si vivieran con ellos y lo mismo sucedía con Raúl en la casa de sus hermanos. Azul tenía un juego de llaves de la casa de cada uno.
—Muy bien —respondió ella colocando las copas en la mesa, entretenida por la charla y el bullicio.
—Supe que te ayudó con la exposición —comentó Augusto mirando de reojo a Raúl—. ¿Cómo hiciste para lidiar con ambos?
La joven se encogió de hombros delicadamente, resignada.
—Tuve que despedir a uno. ¿Te imaginas a quién? —Al novio —respondieron a dúo Federico y Augusto.
El comedor estaba a la derecha del cuarto de estar. Para ir a la
cocina, que quedaba en sentido opuesto, había que pasar por el cuarto
de estar y por el vestíbulo, un error de distribución imperdonable, de
no haber sido porque Teresa, la madre de Azul, lo había querido de
ese modo. Nadie, después de su muerte, se había atrevido a cambiar la
decisión de la mujer respecto de la decoración del hogar. Los legados
de Teresa habían pasado a ser algo sagrado para la familia Maillán.
Cuando todos estuvieron sentados a la mesa, eran cerca de las
diez de la noche. Como siempre, la mesa estaba demasiado cargada de
comida para todos los gustos. Lo único que parecía agradarle a todos era el vino: blanco o tinto, pero nunca rosado. Para cuando la cena llegaba a su fin, Azul había disuelto tres inicios de discusión e intercedido a favor de su novio ausente al menos seis veces. Toda la artillería había provenido de su padre, aunque su tío Augusto metió algún que otro comentario poco halagador.
Al ponerse de pie para recoger la vajilla, oyó que Federico le preguntaba a su padre:
—¿Tienen dónde vivir?
Azul decidió responder la pregunta ella misma. Era más rápido cortar con aquel tema de una buena vez, al menos por un tiempo hasta que su querido padre asimilara lo inevitable: su hija se iba a casar.
—Si te refieres a Fernando y a mí, no, aún no. Pero comenzaremos a buscar algún lote y construiremos una casa como más nos guste —contó con una gran sonrisa.
Raúl se mantuvo en silencio, moviendo la copa de cristal por el pie.
—¿Qué me dices de todo esto, Raúl? —preguntó el menor, recostándose en la silla—. Estás muy callado.
—Ya di mi opinión —respondió parco—. Esto es muy apresurado, nada más que cuatro meses para una boda.
La joven fulminó a su tío con la mirada.
—Está bien para nosotros. Estamos muy seguros de lo que queremos —afirmó a la defensiva.
—Yo no digo que él no lo esté, por supuesto que lo está, si eres una belleza —objetó Raúl en voz alta—, pero no pienso lo mismo de ti —manifestó con seriedad.
Al fin y al cabo se trataba de la felicidad de su hija, de su futuro, y el matrimonio era algo sagrado, por eso disentía tanto con Augusto, que había terminado separándose de su mujer.
—Papá, creí que el tema había quedado claro —advirtió Azul, haciendo gala de la misma terquedad que su padre—. No quiero tener que volver a oír de tu poca confianza en Fernando: nunca dejas de menospreciarlo.
Federico se acomodó en la silla, que crujió bajo su peso.
—La chica tiene razón, estamos hablando de su prometido, tiene que sentirse dolida por todo esto —razonó Federico en defensa de su sobrina, queriendo poner paños fríos.—Sabes, sobrina, que te adoro. Eres más encantadora que tu padre y me tratas mejor —afirmó Augusto—, pero también veo algo de apresuramiento, ¿no estarás…?
—¡No! —exclamó Azul ofendida—. No estoy embarazada. ¿Es esa la única razón que se te ocurre por la que querría casarme con mi novio? —preguntó dolida, logrando avergonzar al menor de los hombres.
Molesta, llevó los platos a la cocina. A sus espaldas no había más que silencio. Cuando volvió por el resto, los tres hermanos miraban el mantel hasta que Raúl tuvo la valentía de alzar la vista.
—Hubo un solo hombre que te hizo perder la cabeza…
—¡Tenía dieciocho años! —gritó furiosa. No ignoraba a dónde iba todo aquello. Detestaba a su padre por su terquedad, por su egoísmo, por querer torcer todas las cosas para que los demás terminaran haciendo lo que él quería. Si estuviera por casarse con aquel novio de su adolescencia, su padre encontraría otro motivo para que no lo hiciera.
En definitiva, quería tenerla siempre a su lado.
—Se te veía más feliz entonces: tú no amas a Fernando más de lo que amaste a Ignacio.
—Aquí vamos… —murmuró Federico mirando a padre e hija.
—… por enésima vez —coincidió Augusto poniéndose de pie para levantar el mantel. Siempre que las charlas tomaban aquel rumbo era mejor tomar distancia.
—Esto es inaudito —bufó incrédula—. Es inaudito que no quieras a un tipo centrado como Fernando, un arquitecto respetado, que no solo me ama sino que te soporta a ti; y eso dice mucho del gran amor que me tiene —agregó sarcástica—. Por otro lado, no haces más que traerme a colación a Ignacio, que me dejó hace nueve años. ¡Nueve años! —recalcó alzando la voz—. Ya lo olvidé. ¿Por qué no lo haces tú también? —preguntó furiosa antes de caminar detrás de su tío rumbo a la cocina.
Raúl soltó un suspiro y miró a su hermano mayor. Jugó con las miguitas de pan que habían quedado esparcidas. En el ambiente había un dejo amargo, un resabio de la discusión. No era frecuente que padre e hija discutieran, siempre habían sido muy unidos. Era habitual que Augusto y Federico renegaran porque Raúl era muy celoso. Tal vez solo se preocupaba en exceso por su única hija.
—No lo olvidó —aseguró.
* * *
¿Es posible? ¿Puede volver a presentarse ante mí luego de tanto tiempo?
Por qué, por qué, por qué..., se preguntó una y otra vez. Le temblaba el cuerpo y sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. Apenas si podía ver por dónde caminaba.
Una señora que vivía junto a su casa la saludó amablemente y quedó extrañada al no recibir respuesta. Pero Azul estaba en el limbo: no sabía qué era lo que la había golpeado, no podía entender qué hacía él allí después de nueve años.
Tuvo la sensación de que había reaccionado de modo exagerado por algo que era solo un encuentro. Aquel hombre había significado mucho en su vida como para pretender que verlo no significara nada.
Por más que su parte razonable le dijera que aquello era absurdo, sentía que su mundo no podía volver a girar del mismo modo luego de encontrarlo de nuevo. Simplemente se le antojaba imposible.
Azul entró a su casa y corrió escaleras arriba con tanto ímpetu como si una horda de demonios la persiguiera. Tal vez fuera así, tal vez los demonios creados por el antiguo sufrimiento habían despertado con la aparición de él y venían a devorarle la paz que había conseguido.
El olvido que finalmente le habían traído tantos años de separación parecía evaporarse por la sola llegada de Ignacio.
Azotó la puerta en una infantil descarga de emociones encontradas. Se detuvo en el medio de la habitación, agitada, temblando.
¿Y ahora qué?, se preguntó hundiéndose en la desesperación, en el miedo de que su presencia rompiera la armadura que había creado, de que echara a perder la vida que estaba construyendo.
Observó su habitación: tan cambiada de lo que había sido en su adolescencia. No había nada en el presente que guardara simetría alguna con su pasado. Había borrado toda huella que pudiera recordarle a él. Desde la decoración de su habitación hasta la clase de dibujos que hacía, desde el modo de vestirse hasta el modo de ver la vida. Había intentado borrar cualquier cosa que a él le hubiera gustado de ella, todo como una compleja venganza por su abandono, como un modo de cambiar de piel, de transformarse en una mujer diferente; una mujer capaz de conquistar a un hombre de modo permanente y que no la abandonara sin motivo de un día para el otro.
Él llegaba y de un plumazo borraba todo, tan solo con una mirada y ella sentía renacer el recuerdo de por qué lo había amado tanto.
La reacción de una adolescente, así se sentía: invadida por toda una gama de emociones para las que creía estar ya muy grande o, mejor dicho, a las que ya había renunciado. Estaba prometida en casamiento.
Pero había fracasado. Tantos cambios parecían absurdos; si con el regreso de Ignacio se volvían obsoletos, le parecían tontos y perdían sentido. Ninguno había valido la pena.
Fernando jamás había logrado tantas reacciones en ella: siempre se alegraba de verlo, pasaban momentos agradables y se divertían estando juntos. Pero sentir la excitación, la ansiedad, la fuerza de los latidos del corazón, el estremecimiento en el cuerpo al pensar si los brazos serían igual de fuertes que lo que aparentaban… No, esas cosas Fernando jamás las había despertado y nunca lo haría.
* * *
—Azul, Azul. —La profesora de pintura chasqueó la lengua—. Una buena pintora no puede permitirse desaprovechar tu estado de ánimo.
—Mejoraré.
—Te saldrían unas pinturas muy expresivas si volcaras lo que hay en tu corazón.
—Sería un cuadro muy sórdido. —Puso sus cosas en la mochila—. Recuperaré esta clase, lo prometo.
—La pintura es un espejo de nuestras emociones —sentenció la profesora con sabiduría.
—Ingrid, pinto mejor cuando mi mente y mi alma van en el mismo sentido —repuso mientras caminaba hacia la puerta—. Estoy algo nerviosa con lo del compromiso, ya sabes que mi padre no está muy de acuerdo…
—Ese viejo terco.
Azul se rió antes de darle un beso.
—En diez días me voy de viaje con mi prometido.
—Espero que eso resuelva todo.
—Yo también.
* * *
Ignacio no recordaba cuándo había sido la última vez que había bebido tanto, y por Dios que sabía beber. Tenía ascendencia escocesa, era un excelente bebedor de whisky, pero lo cierto es que aquellos tragos parecían haber taladrado su cerebro. Se acordaba apenas de una cosa: había decidido raptar a Azul.
* * *
El extraño era ágil: lo demostró al saltar el paredón y quedarse quieto por un breve momento. No estaba agitado ni parecía preocupado. Nadie hubiera podido decir que tenía intenciones de meterse en una propiedad ajena. Se tomó el tiempo de volver a su sitio una maceta que se había caído y pasó ambas manos por las suelas de los zapatos. La noche era clara, la luna llena iluminaba más de lo habitual y pintaba el piso del patio de un color azul claro que dejaba entrever las flores con sus capullos ya cerrados. Sin embargo, no se veían los rasgos del hombre, ni el color de su pelo, ni la tez de su rostro. Era una sombra más del lugar.
Inclinó levemente la cabeza aguzando los oídos. Esperó un rato sin moverse Luego avanzó agachado, pero apoyando con seguridad los pies.
Se dirigió hacia la puerta de la cocina y la empujó suavemente: al notarla cerrada sacó del bolsillo una ganzúa y sin hacer ruido la giró en el tambor de la cerradura; un segundo después la puerta se abría ante él.
La casa parecía vacía. Las luces apagadas, una taza de té olvidada en la mesa, nada más. El único ruido era el de los automóviles que pasaban por la calle. No se detuvo en ninguna de las habitaciones de la planta baja, sino que fue hasta las escaleras. Antes de dar el primer paso apoyó lentamente el pie: no dejó marcas de suciedad; entonces comenzó a subir despacio por los peldaños. Se dirigió hacia el final del pasillo y apoyó el oído en la puerta. Lentamente la abrió y entró. Vio a la mujer dormida. Trató de percibir si su presencia la había sobresaltado, pero a simple vista comprendió que dormía plácidamente.
El hombre se detuvo ante el pequeño escritorio. Con la mano enguantada apartó unos libros y encontró lo que buscaba. Tomó el teléfono móvil y, con la ayuda de una pequeña linterna, modificó configuraciones en el interior del aparato con movimientos cortos y prácticos.
Metió la mano en un bolsillo, sacó otro teléfono igual y realizó un procedimiento análogo. Guardó el primero en su saco y lo reemplazó por el que él mismo había llevado.
Dio una rápida mirada a la habitación y notó que la mujer seguía durmiendo. La observó no sin cierta ternura y pensó que ese era un gesto de debilidad. Apuró el paso hacia la puerta. Las escaleras las bajó un poco más aprisa de como las había subido y salió de la misma manera en que había entrado. Parecía que nunca había estado allí.
* * *
—¿Lista para el viaje?
—¡Detén el coche! —exclamó incrédula—. ¡Ignacio, quiero bajarme!
Pero solo oyó el conocido ruido de los seguros de las puertas al activarse.
—Creo que seguiré mi camino —contestó él con una sonrisa.
—Nada te lo impide, tan solo déjame bajar —repuso apaciguándose—.
Por favor, Ignacio, mi prometido espera por mí, no es broma —apeló a la buena educación y la serenidad.
—Yo también viajo, sería buena idea que me acompañaras —comentó relajado, sin prestarle mucha atención.
Azul se tragó sus palabras y decidió hacer algo más productivo: giró y buscó su bolso en el asiento trasero. Si él creía que ella se quedaría tan tranquila, estaba equivocado. Ella no era una niña tonta e indefensa.
—No te vas a salir con la tuya. —Tomó su teléfono. Si hubiera mirado a Ignacio algo la hubiera puesto sobre aviso, pero no lo hizo y se perdió su sonrisa segura y tranquila. El aparato parecía muerto, sin señal. Estaba segura de que andaba cuando salió de su casa, totalmente segura. Vencida y sabiendo que no podía ganar, lo guardó en silencio.
Él no quería mirarla porque corría el riesgo de besarla o reírse al ver su creciente desesperación, y ella lo abofetearía en cualquier caso.
—¿Cómo se te ocurre hacerme esto? —preguntó indignada mientras veía que dejaban atrás la ciudad.
Ignacio creyó que si no se calmaba pronto, ella se ahogaría en su creciente enojo. Puso el guiño al pasar un camión de gran porte. Último impedimento para pisar el acelerador.
Azul también sintió el suave aumento de la velocidad.
—No hice nada malo.
—Me has raptado.
—No, no lo he hecho. Jamás haría semejante cosa —aseguró, pero al parecer ella no le creyó. Chica inteligente—. Tú te has subido a mi coche, nadie te ha raptado.
Azul pataleó dentro del vehículo.
—¡Para! —gritó desesperada—. ¡Déjame salir de aquí!
—No te oigo.
—¡Déjame bajar! —gritó lo más fuerte que pudo y al oírse se sintió totalmente estúpida.
Él ignoró el pataleo.
—No está en mis planes.
—¡Entonces sí me estás raptando! —volvió a gritar.
—Deja de gritar por un momento. Estoy seguro de que hablando llegaremos a un acuerdo.
—No habrá acuerdo a menos que sea para dejarme salir de aquí.
Ignacio meneó la cabeza e hizo un ruidito con la lengua. Azul sintió que se le estaban agolpando las lágrimas. Él vio por el rabillo del ojo que estaba al borde del llanto. Siempre que no conseguía algo lloraba de frustración. No estaba acostumbrada a recibir una negativa como respuesta. Él había sido el único que la hacía llorar de furia. A pesar de no ser una joven caprichosa, siempre había sabido muy bien qué era lo que quería y había sido muy justa, muy centrada y seria. Por eso ni su padre ni sus tíos jamás habían puesto objeción a sus pedidos. Por eso él, con su inflexibilidad, más de una vez había logrado que ella llorara de rabia y frustración. Suponía que durante su ausencia había obtenido todo cuanto hubiera anhelado.
¿Podía ser que casarse con Fernando Gutiérrez fuera un capricho por la oposición de Raúl a la relación? No, le costaba creer que fuera así.
Para ser justo, debía decir que no abusaba de la devoción que su padre mostraba por ella. Nunca había oído más que palabras cariñosas de parte de Azul cuando de su padre se trataba: eran muy unidos.
Había algo que lo intrigaba: saber qué había visto ella en su prometido como para aceptar casarse.
—Mira, haremos un trato ahora —dijo sin quitar la vista de la carretera—: detendré el automóvil dentro de unos kilómetros y bajaremos a hablar tranquilamente. Si tú me dices convencida que no quieres hacer este viaje conmigo, volveré sobre la marcha y en media hora estarás en la puerta de tu casa.
Azul sonrió satisfecha.
—Eso será muy fácil. No veo por qué seguir alejándonos de Necochea más tiempo, cuando recorreremos camino inverso en unos minutos.
Ignacio se tragó la sonrisa. Tenía un plan en mente que Azul no había ni siquiera imaginado y era demostrarle que, a pesar de lo que ella decía, podía probarle que no lo había olvidado aún.
* * *
Azul lo siguió a regañadientes a la cocina. La pregunta de si amaba a Fernando había quedado flotando en el aire, sin respuesta. Ignacio simplemente había decidido cambiar de tema y de lugar. Se quedó rezagada, indecisa. Ignacio no le prestó más atención; la cocina se convirtió en su territorio. Pensar en eso le robó una sonrisa. Despacio, sin hacer ruido, queriendo pasar inadvertida, se acercó más. La mesa era amplia. El recuerdo de lo que hacía en su casa de pequeña le dio el empujón final y se sentó en una de las puntas de la mesa. Preparó una réplica defensiva por si él acotaba algo, pero Ignacio no dijo nada.
Parecía totalmente concentrado en su nuevo rol de cocinero. Y no lo hacía tan mal, notó con cierto asombro.
Sabía dónde estaba todo. No abrió dos veces el mismo cajón, ni devolvió nada de todo lo que sacaba. Un paño colgaba del bolsillo derecho del jean. Una botella de vino tinto descansaba ya descorchada junto a una olla. De manera seductora vertió el precioso líquido rojo en una copa y se la tendió con una media sonrisa. Azul tomó la copa, la giró levemente, se llenó los sentidos con el fragante aroma del vino y probó un sorbo, exquisito.
Ignacio puso una sartén sobre el quemador y echó unas gotas de aceite. Luego ralló con rapidez una zanahoria y picó con destreza una cebolla. Puso todo en la sartén y el fuego hizo su trabajo. El sonido de las verduras al cocinarse y el delicioso aroma que llenó la cocina aparecieron como magia. Azul se mordió el labio, encontraba toda la escena muy placentera.
¿Qué más sorpresas tendrás guardadas, Estember? A cada rato te descubro una nueva faceta: hay algo más que me muestras y que me sorprende. ¿Por qué me sorprende tanto? Lo sé, porque nunca pensé que serías tan considerado de saber cocinar. Nunca imaginé que cerca de los treinta años un jean viejo y una camisa te quedaran tan bien; Dios, qué guapo que te ves así…
Azul sorbió un poco más de la copa, tragó el líquido y se pasó la lengua por los labios. Jamás había creído que ver cocinar a un hombre podía ser tan… sensual. Él echó una pizca de pimienta a la sartén con los dedos y ella pudo imaginar a esos mismos dedos sobre su cuerpo, deslizándose por la piel, despertando sus sentidos, sus manos haciendo maravillas por donde la tocaran…
Pero ella veía más que el procedimiento de cocinar, ella notaba las mangas de la camisa adherirse a sus músculos, veía que, cuando él giraba, la tela del pantalón le marcaba la cadera y la mano que bajaba a limpiarse en el paño era grande, de dedos fuertes. Y esa misma mano podía tocarla, si ella se lo permitiera.
Detente, Azul. Esto es una locura. Él no va a hacerte el amor, solo está cocinando para ti. Él sabe cocinar, conducir y mil cosas más que saben hacer un millón de hombres en este mundo…
Ignacio la miró un momento y ella aún tenía la vista fija en sus dedos.
—¿Qué te sucede?
Azul levantó la vista con brusquedad, ruborizada, la había descubierto.
—Nada, nada. ¿Por qué?
—Porque estás sonrojada. ¿En qué pensabas que mirabas con tanta insistencia mis manos?
En que tienes unas manos fuertes para sostener el cuerpo desnudo de una mujer…
—Nada, es el vino que me da calor. Sabes que no soy buena bebiendo —le recordó alzando la copa.
Él negó con la cabeza, pero si no le creyó, no dijo palabra. Revolvió con una cuchara de madera la salsa que ya estaba condimentada y le dirigió una mirada y un guiño mientras mojaba un dedo en la sartén.
Azul lo vio aproximarse a ella y acercarle el dedo a la boca. El modo en que la miró implicaba un claro desafío. Tragó en seco y no le quitó la vista. Aceptaba el reto.
Se estiró un poco hacia delante e inclinó los labios hacia el índice de Ignacio. Abrió la boca y chupó el dedo; no dejó de mirarlo en ningún momento.
El olor del cuerpo de Azul lo golpeó cuando ella se echó hacia delante; fue como una ola invadiéndole los sentidos, excitándolo. Sentir la lengua de Azul fue el detonante de su reacción, ¿qué hombre no lo haría con una mujer así? Se acercó aun más y se acomodó entre las piernas de ella. Azul se tiró hacia atrás, pero él la tomó de la cintura: no la iba a dejar retirarse tan fácilmente del juego. Era un bocado que difícilmente alguien dejara pasar; se sentía como un lobo hambriento.
Azul posó sus ojos en la boca de Ignacio. Lentamente le llegó a la nariz el perfume de él. Le puso las manos en el pecho pero lejos de alejarlo, sentía la necesidad de tocarlo; los latidos del corazón de Ignacio le llegaban a las palmas. No volvió a echarse hacia atrás cuando presintió que iba a ser besada; necesitaba ese beso con desesperación y no se iba a privar de ese placer: Ignacio la deseaba del mismo modo que ella a él. Engañarse no servía de mucho en aquel lugar.
La lengua de él rozó sus labios antes de que las bocas terminaran de tocarse. Para los sentidos de Azul aquello fue demasiado. Resistirse a él era un trabajo poco gratificante. Le pasó las manos por el cuello atrayéndolo y terminó de entregarse. Sintió los dedos de él apretarle la cintura en reacción al beso. Las lenguas jugaron sensualmente; ninguno supo en qué momento el beso se volvió exigente y desesperado.
El placer de besarse los llevaba a profundizar lo que hacían, a querer más, mucho más. Ella le mordió suavemente el labio inferior y oyó el gruñido de aprobación: aquello no bastaba.
Ignacio se retiró con la respiración agitada y el corazón desbocado.
Apoyó su frente contra la de ella. Las ganas de llevarla escaleras arriba eran poderosas.
—¿Qué tal está?
Azul tardó un poco en reaccionar y le llevó un poco más poder dejar salir su voz.
—¿Qué cosa?
—La salsa. Y el beso —agregó dándole otro, corto.
—Exquisitos.
Fin del juego, era mejor así. Por el momento, se prometió.
—Soy muy hábil —contestó vanidoso mientras sin esfuerzo la bajó de la mesa, pero sus manos siguieron en la cintura.
Azul quitó las manos del cuello, pero no dejó de mirarlo.
—En ambas cosas —coincidió antes de intentar alejarse.
Pero él la retuvo. Le tomó una mano y la miró. El anillo de compromiso brillaba odiosamente, un permanente recuerdo de que ella estaba prometida a otro hombre, y para él eso era impensable. Era de él, únicamente suya. Con cuidado le quitó el anillo que salió sin dificultad: el destino decía que no lo tenía que llevar.
Azul lo miró hacer y no pudo detenerlo, no quiso. Realmente jamás había pertenecido a otro hombre que no fuera a Ignacio.
* * *
—Aunque no lo parezca, quiero mantenerme lo más lejos que pueda de ti.
—¡Qué tontería!
—Es cierto.
—¿Apostamos?
—No.
—¿Tienes miedo?
—Jamás. ¿Qué quieres apostar?
—Esto se pone interesante.
—Me alegra que lo disfrutes. ¿Me llevas a mi casa?
—Antes dejemos en claro la apuesta.
—Será frustrante para ti —le advirtió Azul.
—¿Te echas atrás?
—¿Sabes qué?, redoblaré tu apuesta.
—Casamiento.
—¿Qué?
—Si yo me acerco, si te robo un beso.
—No.
—Muy bien. Si te robo una noche de amor, entonces tú te casas conmigo.
—Estás loco.
—Si yo no lo consigo en dos meses…
—En un mes.
—Está bien, en un mes, me voy, te dejo y ya no vuelvo a entrometerme en tu vida.
—¿Te irías?
—Sí, de regreso al sur.